viernes, 23 de junio de 2017

6. Las féminas dan el okey



   La invitación de Álvarez a Ballarín y a Ponte para pasar la primera quincena de agosto en el apartamento de su hijo ha de recibir el okey de la grey femenina, como suele decir irónicamente Grandal cuando se refiere a las esposas de sus amigos y en el caso de Ponte, que es viudo, a su hija Clara que es quién le mangonea. Para el proponente de la invitación, Álvarez, los reparos por parte de su mujer han sido mínimos. Incluso se ha quedado más tranquila al enterarse de que uno de los invitados es Ballarín de quien conoce sus buenas mañas en la cocina.
-Al menos, podréis comer de vez en cuando en casa –comenta tras dar su visto bueno a la propuesta de su marido.
   A Ballarín, su esposa le ha puesto muchos más peros. Ha insistido en que es un deber de ambos ir a Huesca a ayudar a su hija, que está llevando mal su último embarazo. Empieza a ceder cuando el exferretero le recuerda que la última vez que estuvieron en la ciudad oscense se pasó la mitad de los días de bronca con su yerno y eso que fue solamente una semana. Ahora, que será todo el verano la convivencia puede acabar como el Rosario de la Aurora y él ya no tiene edad para estar tanto tiempo de un cabreo a una bronca pasando por un ataque de nervios de la hija. La resistencia de la mujer a que su marido se vaya con sus amigos termina por derrumbarse cuando conoce que también podría ir Ponte, del que tiene muy buena opinión pues lo considera persona que aportará sensatez al resto. Al final la mujer cede, pero ata el plazo: puede irse con su pandilla, pero únicamente las dos primeras semanas de agosto.
   A Ponte le ha pasado algo parecido que a Ballarín. Su hija Clara se ha puesto hecha un basilisco ante el plan de que su padre se vaya a la playa con sus amigotes, como siempre les llama cuando algo de ellos no le gusta.
- Papá, estarás mucho mejor en Madrid donde lo tienes todo al alcance de la mano, la farmacia al lado de casa y el ambulatorio a la vuelta de la esquina. Además, aquí tienes a Felisa que te prepara lo que te gusta comer, ¿y allí donde comeréis, de restaurante? Si fueran unos días, ¿pero dos semanas? Quita, quita.
- Clarita, hija, oyéndote cualquiera diría que soy un enfermo crónico y que solo voy del médico a la farmacia. A Dios gracias, estoy bastante bien a pesar de mis alifafes y, salvo excepciones, solo voy una vez al mes a la de medicina general a por mis recetas y cada tres meses al internista a que vigile mi insuficiencia renal. Por lo demás, tú mejor que nadie sabes que me manejo razonablemente bien. En cuanto a comer, seguramente que también vendrá Amadeo, que es un cocinillas muy apañado. No tendremos que comer de restaurante, salvo cuando nos apetezca.
-Aun así, papá, creo que no es lo más indicado, pero si te empeñas tú veras, luego no me vengas con quejas y lamentos de que si te duele aquí o allá o que tienes no sé qué problemas. 
   Tras un tira y afloja, más aparente que real, Clara termina cediendo. Sabe que cuando a su padre se le mete una idea en la cabeza es difícil sacársela.
   Un día después de estas trifulcas domésticas, los cuatro amigos se reúnen nuevamente en el Centro de Mayores de Moncloa: podrán pasar juntos en la play, al menos, la primera quincena de este agosto del dos mil dieciséis. Bueno, para ser precisos, Álvarez, Ballarín y Ponte en el apartamento de uno de los hijos del primero, sito en Torrenostra. Y el último del cuarteto, Grandal, estará en Marina d´Or que se encuentra de Torrenostra a unos once kilómetros en línea recta y a unos diecinueve en coche. Álvarez, como promotor del plan y conocedor de la zona, les pone en antecedentes sobre lo que se van a encontrar.
-Torrenostra es algo así como el barrio marítimo de Torreblanca, municipio de la costa norte de la provincia de Castellón. Viene a ser lo que en la región valenciana suelen llamar un grao.
   Al oír mencionar Torreblanca, Grandal se pregunta:
-¿De qué me suena ese nombre?
-De que fue uno de los pueblos de la Plana Alta por los que anduvimos buscando a los García Reyes para ver si podíamos dar con el Tío Josefo cuando lo del robo del Tesoro Quimbaya (*) –recuerda Ponte.
-Como os iba diciendo –Álvarez retoma su explicación -. Torrenostra es el típico lugar que está pensado para el verano, después de septiembre queda prácticamente desierto, solo contadas personas aguantan allí el invierno. Tiene cuatro playas muy majas, separadas por sendos espigones. Y es un lugar ideal para gente como nosotros que no buscamos jaleo ni movidas ni discotecas ni nada de follón sino paz y tranquilidad. Mi hijo Nacho, que como buen ingeniero es amigo de las síntesis, dice que es un estupendo lugar para jubilados y familias con niños. O sea, que para nosotros es un sitio ideal.
-Oye, Luis, ¿cómo piensas que organicemos el desplazamiento? –pregunta Ballarín que, como exferretero, es muy amigo de la precisión.
-Podemos ir los tres en mi coche, aunque sería mejor contar con dos vehículos. A veces hay que subir al pueblo a hacer alguna compra y está a tres quilómetros. Tener dos coches nos facilitaría los desplazamientos.
-Para el segundo coche contar con el mío, aunque primero tengo que llevar a mi mujer a Huesca y desde allí viajaré a Torrenostra –recuerda Ballarín.
   Y así quedan, Álvarez se llevará con él a Ponte y Ballarín se reunirá más tarde con ellos. Grandal, que se ha quedado al margen de los últimos acuerdos puesto que no le atañen, interviene para informarles de la fecha de su marcha a Marina d´Or:
-Chelo y yo nos vamos a Oropesa el uno de agosto, ¿cuándo pensáis viajar vosotros?
-¿Pero no dijiste que ibais a veranear a Marina d´Or y ahora hablas de ir a Oropesa? –pregunta Ballarín.
-Es que Oropesa del Mar es el municipio al que pertenece Marina d´Or –aclara Grandal
-Por cierto, la gente de por allí dice Orpessa. Se comen la segunda o –especifica Álvarez -. Yo pensaba viajar el treinta de julio, pero Matilde me recordó que es sábado y que habrá un tráfico de narices. Y lo he cambiado por el primero de agosto, pero en cuanto a la fecha estoy a lo que le venga mejor a Manolo. ¿Cuándo te viene a ti bien? –pregunta dirigiéndose a Ponte.
-Por mí, cuando tú quieras, el uno me parece bien.
-Oye, Luis, ¿y en dónde jugaremos?, ¿hay algún Centro de Mayores, algún casino o algo parecido? –quiere saber Ballarín.
-En el pueblo hay un Centro de Mayores, al que por cierto hay gente que le llama el desguace, pero no vamos a desplazarnos tres kilómetros para jugar. Lo haremos en la terraza de alguno de los bares que están en primera línea de playa y en las que corre siempre una brisa que da gusto. Ya veréis, no vais a pasar ni pizca de calor. Para mí que es de lo mejor que tiene esa playa.
-Luis, antes has dado un dato que no me ha quedado claro. Has comentado que Marina d´Or está a once quilómetros de Torrenostra, pero en coche a diecinueve. ¿Por qué esa diferencia? - pregunta Grandal al que no le gusta nada conducir.
-Lo de los once es en línea recta, pero por la costa no hay ninguna carretera porque entre Marina y Torrenostra está el Parque Natural del Prado de Cabanes-Torreblanca que es una zona de humedales bastante grande y por la que no se puede pasar. Tendrás que salir a la nacional trescientos cuarenta en dirección norte y una vez en Torreblanca coger la carretera del mar. Está todo muy bien señalizado, no te perderás. Como la costa hace un óvalo, desde Torrenostra y mirando hacia el sur parece que tienes delante a Marina d´Or, pero para ir de un sitio a otro tienes que dar la vuelta por la nacional.
-¿Y en el parque ese de Cabanes-Torreblanca qué es lo que hay? –interroga Ballarín.
-Yo no lo he visitado porque lo de pegarse una panzada de andar en plena calorina no es que sea mi ideal, pero tengo entendido que lo que más hay son pájaros, no sé de qué clase, y bichejos de esos que se crían en las aguas salitrosas. Un viejo del pueblo me contó que hace algo más de sesenta años se cultivó arroz, pero ahora no hay más que plantas salvajes de las que crecen en los sitios pantanosos. Ah, de lo que hay, y en abundancia, son mosquitos, aunque afortunadamente no se hacen sentir en la playa porque el Ayuntamiento se encarga de fumigar la zona.
-¿Y el parque se puede visitar? –sigue preguntando Ballarín, una de cuyas aficiones ya medio olvidada fue la ornitología.
-Creo que sí, pero son visitas guiadas, no puedes ir por tu cuenta. Si tienes interés en recorrer el parque, hay un centro informativo en la playa donde podemos preguntar –le informa Álvarez.
-Tendré que coger los prismáticos –musita el exferreterro.
-Lo que tienes que coger es el manual del buen jugador de dominó a ver si así espabilas de una puñetera vez –le espeta Álvarez.

(*) Novela “El robo del Tesoro Quimbaya”: se puede ver en este mismo blog.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 16 de junio de 2017

Capítulo 2. Cambio de planes.- 5. Con lo grande que es España…



   Portugal tiene muchos y bellos parajes costeros, pese a ello no le resultó fácil a quién se hacía pasar por Francisco Martínez Galán encontrar un sitio en el que esconderse. Su búsqueda fue más complicada que con Alvito, el primer pueblo en el que se refugió. Navegando por la red se topó con un blog llamado “Sin parar de viajar”, y allí encontró lo que buscaba. Tras varios descartes, al final se quedó con dos candidaturas: Ilha de Tavira, una isla de arena de unos once kilómetros de largo sita en la costa de Algarve, al sur de la ciudad del mismo nombre, y Comporta ubicada cerca de Setúbal. Este último lugar reunía casi todos los requisitos que había preseleccionado: contaba con unas excelentes playas dentro de la Reserva Natural del Estuario de Sado, estaba bien dotado de establecimientos hoteleros y muy bien comunicado al estar relativamente cerca de la capital lisboeta. A la postre, lo que decantó su elección fue algo que era un obstáculo para la mayoría de viajeros, pero que consideró que para un fugitivo como él constituía una especie de cortafuegos para drenar el número de visitantes: a la Ilha solo se podía acceder por medio de un ferry que tenía dos rutas, la primera salía del centro de la ciudad de Tavira y la segunda del muelle de Quatro Aguas, a unos dos kilómetros del centro. La decepción llegó cuando buscó dónde alojarse. Se encontró con la sorpresa de que en la isla no había hoteles ni casas rurales, solo un camping. En su vida había sido campista, le parecía una excentricidad propia de los guiris y de la gente joven. Y no iba a empezar un nuevo tipo de vida cuando estaba a punto de alcanzar el medio siglo.
-Adiós a Ilha Tavira. Tendré que seguir buscando –dijo en voz alta.
   Al final, desistió de buscar otros lugares costeros y se decantó por lo más cercano que tenía, en vez de ir a la isla se quedaría en tierra firme, en Tavira. Wikipedia contaba de la ciudad que estaba situada en el distrito de Faro y a unos veinticinco kilómetros de la frontera española, a su vera corría el río Gilao que fluía hacia los escasamente profundos pantanos del Parque Nacional de la Ría Formosa, un seguro refugio para las aves migratorias. La ciudad estaba considerada como un excelente destino turístico dentro del Algarve, pero sin llegar a las concentraciones de veraneantes de otros lugares de la región tales como Albufeira, Vilamoura o Portimao. Le llamó especialmente la atención un párrafo en el que se decía que Tavira era adecuada para familias, pero no para grupos que buscasen la vida nocturna.
-Bueno –se dijo -. Serquita de España, buenas playas, exselente clima, de un tamaño asumible y recomendada para grupos familiares. Creo que es un buen sitio para esconderse y que el aburrimiento no acabe conmigo.
   No tuvo problemas para encontrar alojamiento, la ciudad tenía buena oferta hotelera. Tras mirar las diversas propuestas y comparar precios, todavía le quedaba la impronta de sus años de niño pobre, se decidió por los Apartamentos Turísticos Monte da Eira, en la llamada Quinta do Morgado. Era un establecimiento de tipo medio, discreto y barato, el precio medio por noche salía por cuarenta y cinco euros. Y lo que más le sedujo fue que estaba alejado del centro. Como le ocurrió en Alvito, cuando dijo que quería alquilar un apartamento, en principio para seis meses, y que prefería pagar en efectivo no le pusieron ningún problema en cuanto a la documentación, con el carnet de conducir les bastaba. En los primeros días se dedicó a recorrer la ciudad surcada de calles empedradas. Lo que vio le sorprendió, sobre todo el centro histórico repleto de monumentos, iglesias recargadas y casas con bonitas fachadas. Aunque no era un experto ni un amante de la arquitectura había aprendido lo suficiente como para distinguir lo elegante de lo vulgar y en el caso de la arquitectura portuguesa tradicional abundaba más lo primero que lo segundo.
   Con el paso de los años y la sobreabundancia de dinero fácil se había acostumbrado a la buena mesa y fue otro de los encantos que le sedujeron de la ciudad. Había muchos y buenos restaurantes con precios más asequibles que los sevillanos. Además, como hijo de la mar que era, le gustaba especialmente el pescado y en Tavira había profusión del mismo recién sacado del Atlántico. Abundaba sobre todo el atún, el salmonete y el congrio que solía servirse con arroz, ensalada y patatas fritas. También le gustó sobremanera uno de los platos típicos de la región llamado cataplana que era un estofado de marisco servido en una olla de cobre. En cambio, los vinos no eran gran cosa. Un día que el maitre del restaurante en el que solía comer se le acercó para preguntarle si todo estaba a su gusto, le confesó que el menú era espléndido, pero que el vino no estaba a la misma altura. Sorprendentemente, el empleado le contestó en voz baja y en un correcto español:
-Estoy de acuerdo con usted, caballero. En Portugal, vino de calidad solo hay uno, el Oporto, los demás son para los extranjeros que no tienen cultura del vino como ustedes los españoles.
El que le hemos servido al lado de un Rioja, un Ribera del Duero o un Fino Jerezano no tiene color.
   ¡Vaya!, pensó Curro, ¿cómo habrá sabido que soy español? Claro, si es que no te esfuerzas en aprender portugués y todo lo pides en español, se increpó, pero tampoco pasa nada. En realidad, sí pasaba. Como pudo comprobar en los días siguientes, eran numerosos los españoles que, dada la cercanía, se desplazaban al Algarve incluso en viajes de veinticuatro horas. Las playas no estaban tan abarrotadas como en España, se comía estupendamente y los precios eran bastante más baratos. Igual no había sido muy feliz la idea de buscar un escondite tan cerca de la frontera española. Quizá tendría que haber optado por Comporta, pero lo hecho, hecho estaba. Esperaría a que se acabase la temporada veraniega y entonces vería.
   Pese a su infancia pasada en un pueblo cuyo mayor encanto eran sus extraordinarias playas, no era hombre playero. Se conformaba con un chapuzón a primera hora y luego pasear descalzo por donde morían las olas. Se retiraba a su aposento antes de que la playa se poblara de parasoles y sillas, de parejas jugando a las palas y niños correteando por todas partes. Paseos que le gustaba repetir con las últimas luces del día aprovechando que otra vez las playas se quedaban huérfanas de gente. Era en esos solitarios paseos cuando solía pensar en su vida y en porqué había llegado a Tavira, como antes lo hizo a Alvito. Recordaba su infancia en un hogar en el que no sobraba nada, aunque hambre, lo que se dice hambre, no llegó a pasar. Su padre, de profesión marinero, se empleaba en las almadrabas durante la temporada del atún en la que ganaba sus buenos duros. Y luego se enrolaba en un barco de artes menores de los que se dedicaban a la pesca de pargos, corvinas, caballas, jureles y demás especies que se daban en el Estrecho. Y su madre, en verano, se dedicaba a limpiar apartamentos turísticos de la costa. Y desde los diez años hasta él ganaba unas pesetas haciendo mandados en un chiringuito playero cuyo dueño era amigacho de su padre.
   No fueron malos tiempos los de su infancia, hasta que cumplidos los doce a sus padres se les metió en la cabeza que para hacerse un hombre tenía que estudiar y como entonces allí solo había escuelas primarias lo enviaron a Cádiz, a casa de una hermana de su madre. Aquello fue otro cantar. Sus tíos tenían dos chicos mayores que él y se las hicieron pasar canutas. Y además le tocó trabajar como un negro. Por las mañanas iba a una escuela de artes y oficios y por la tarde ayudaba en una tienda de alfombras de unos paquistaníes en la que le tocaba hacer de todo: barrer, ordenar las alfombras, hacer recados; en fin, lo que le mandaban.
-No eran mala gente aquellos paquis –se dijo en voz alta -; aunque eso sí, te hasían currar lo que no está en los escritos. En cambio, mis primos eran unos cabronsetes de mucho cuidao.
   Sus recuerdos terminan cuando decide que, puesto que el sol está declinando, es un buen momento para darse un garbeo por la playa más cercana que a estas horas supone vacía. Craso error, en su paseo está a punto de darse de bruces con una pareja que no está precisamente rezando el rosario. No llega a poder disculparse pues una tronante voz de macho ibérico con cerrado acento andaluz le espeta:
-¡Gilipollas, vete a pasear donde tu puta madre!
   Es incapaz de callarse:
-Gilipollas vosotros, con lo grande que es España y tenéis que venir a follar aquí.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 9 de junio de 2017

4. Mandar es cuestión de mujeres



   Los cuatro jubilados, después de terminar su partida de dominó y tras desollar hasta el rabo el tema de los resultados electorales, hacen una pausa en su charla hasta que vuelve a ser Grandal quien cambia el rumbo de la conversación.
-¿Qué planes tenéis para el verano?
-Yo lo pasaré donde todos los años –Ponte es el primero en responder -. En julio estaré unos días en Cintruénigo con mi primo Julián y luego dos semanas con Clarita y los nietos en Ribadesella, a ver si nos toca la lotería y tenemos sol muchos días que en el norte nunca se sabe. Y en agosto en Madrid que con eso de que queda medio desierto se pasa tan ricamente.
-Algo parecido es lo que voy a hacer –cuenta Ballarín -. En julio, en Jaca, en la casita de montaña que me deja mi cuñado y en agosto en el chalé de Boadilla, aunque algunos días vendré a Madrid.
-En lo que a mí respecta -anuncia Álvarez -, en julio aprovecharé el apartamento que mi hijo Nacho tiene en la playa. Y en agosto aquí, como Manolo y Amadeo. 
-Yo este verano tengo un plan nuevo y al revés que vosotros me quedaré en Madrid en julio. Una amiga de Chelo le presta para agosto un apartamento que ha comprado en Marina d´Or. Es una lástima, Luis, que no coincidamos en el mismo mes, lo digo porque la Marina creo que está al lado de donde veranea tu hijo. Es en Torreblanca, ¿no?
-Bueno, donde tiene el apartamento es en Torrenostra que es el barrio marítimo de Torreblanca. Y también siento no coincidir contigo porque por una vez podría tener allí de compañero de dominó a alguien que sabe lo que se lleva entre manos –comenta Álvarez.
   Tres días después algunos de los planes veraniegos del cuarteto cambian de la noche a la mañana. En el caso de Luis Álvarez cuando suena el teléfono de casa.
-Papá, soy Nacho
-Hola, hijo, ¿qué tal, cómo estáis?
-Todos, bien. Leito y la cría esperando las vacaciones. ¿Y vosotros cómo andáis? –y sin dar tiempo a la respuesta añade -. Te llamo sobre todo para daros lo que espero sea una buena noticia para vosotros, aunque no lo es tanto para mí. Si está mamá dile que se ponga, por favor.
-Matilde -llama Álvarez -, Nacho al teléfono.
   La conversación con Nacho no se prolonga mucho pues su esposa le pasa enseguida el teléfono.
-Escucha lo que cuenta nuestro hijo.
-Nacho, cuéntame.
-Verás, el nuevo consejero delegado se está especializando en tocarnos los cataplines a los departamentos técnicos. Este año se le ha ocurrido la brillante idea de cambiar los turnos de vacaciones. En vez de tomarlas en agosto, como hacemos desde siempre, este año las haremos en julio. Con lo cual, el apartamento de El Palmeral se va a quedar vacío en agosto. Si queréis pasar el mes allí lo tenéis a vuestra disposición. Solo os voy a pedir una cosa, que si podríais quedaros la niña con vosotros durante ese tiempo. Leito dice que en agosto hace demasiado calor en Madrid para la cría y que estará mejor en la playa. Ah, papá, entre nosotros: me da la impresión de que a mamá la oferta no le ha hecho mucha gracia porque tenía otros planes. A ver si la convences.
-Bueno, hijo, haré lo que esté en mis manos, pero ya sabes que a tu madre como se le atraviese una idea es más dura de pelar que una gallina vieja.
   A Álvarez, convencer a su mujer de que vayan a pasar todo agosto en la playa con la nieta le está costando Dios y ayuda. Ella tenía pensado estar dos semanas tomando las aguas termales en el Balneario de Alhama de Aragón y la propuesta de su hijo trastoca sus planes. Por otro lado, piensa que no puede dejar que su nieta tenga que sufrir el tórrido verano madrileño. La solución del dilema se la sirve en bandeja su marido.
-Matilde, he estado pensando una fórmula para que puedas estar tus dos semanas en los baños y, al mismo tiempo, que Candela pueda estar agosto en la playa. Tú te vas del uno al catorce a Alhama, como tenías previsto, y yo me llevo a nuestra nieta a la playa.
-Olvídate de eso, Luis. ¿Dónde vais a comer si no sabes hacer un huevo frito?
-Comeremos en alguno de los restaurantes de allí y por la noche iremos a la pizzería que ya sabes que le gustan mucho las pizzas.
-Quita, quita. Mi nieta comiendo fuera de casa durante dos semanas, van a creer que no tiene padres ni abuelos. Además, lo tengo solucionado. He llamado a la dirección del balneario y me han dicho que no hay problema de que me lleve a la niña, van a poner otra cama en mi habitación. El que tendrás que apañarte vas a ser tú, a ver cómo te las arreglas los días en que no voy a estar.
   A otro miembro del cuarteto, Amadeo Ballarín, también se le han truncado los planes estivales. Una de sus hijas, casada con un oscense y que vive en la ciudad de su marido, está teniendo un embarazo complicado, pese a que es el tercero. Su ginecólogo le ha recomendado que guarde reposo el mayor tiempo posible. Por eso ha pedido ayuda a su madre.
-Amadeo, se nos estropearon los planes para el verano –le anuncia su mujer -. Tendremos que ir a Huesca a echar una mano a la hija. Tiene que guardar cama la mayor parte del día y no va a tener tiempo ni fuerzas para llevar la casa ni cuidar a la familia. En cuanto a lo de contratar a una interna ya sabes que no andan muy boyantes.
-Lo que faltaba, pero haremos lo que haya que hacer. Todo sea por la nieta que viene –Amadeo no es del todo sincero, lo de pasarse todo el verano en Huesca no le hace ninguna ilusión, no por su hija ni por sus nietas sino por su yerno con el que se lleva a matar.
   En la última partida de la temporada, los cuatro amigos vuelven inevitablemente a hablar de lo que piensan hacer durante el inminente verano del dos mil dieciséis y de los cambios producidos. Grandal y Ponte mantienen sus planes, pero Álvarez y Ballarín los han cambiado. Precisamente, este último se lamenta de lo cuesta arriba que se le va a hacer pasarse un mes en Huesca, teniendo que soportar al inútil de su yerno. Al escuchar las quejas de su amigo a Álvarez se le ocurre algo.
-Oye, Amadeo, ¿y por qué no te vienes conmigo a la playa en la primera quincena de agosto? Voy a estar solo en un apartamento que es bastante grande y que está a cincuenta metros del mar. No pasarás el calor de Huesca, te olvidarás de tu yerno durante quince días y les enseñaremos a los palurdos de allí cómo se juega al dominó.
-¿Y cómo le sentará a tu hijo que le metas forasteros en casa? –apunta Ballarín, más por aquello de quedar bien que porque realmente sienta lo que dice.
-Hombre, Amadeo, tú no eres un forastero para Nacho. Si no recuerdo mal estuviste en su boda. Estoy convencido de que no va a poner ningún pero –replica Álvarez.
-Y tu mujer, ¿qué va a decir de que te lleves a un carcamal de compañero? –repregunta Ballarín, pero ya a la defensiva porque la propuesta de Luis le ha ilusionado.
-Ya conoces a Matilde, al principio igual refunfuña un poco, pero cuando le recuerde lo bien que se te da la cocina no creo que ponga ninguna pega. Anda, hombre, anímate, me haces un favor.
-Se me acaba de ocurrir que, si Amadeo acepta el generoso ofrecimiento de Luis, seremos tres para el dominó. No olvidéis que en agosto voy a estar en Marina d´Or que está al ladito de Torrenostra –es Grandal el que ha metido baza.
-¡Vaya hatajo de membrillos que tengo por compañeros! –exclama Ponte con aire enfurruñado -. Estáis planeando veranear los tres juntos y a mí que me den morcilla. Con amigos así no es necesario tener enemigos.
-Hombre, Manolo, eso tiene fácil solución –ofrece Álvarez -, ¿por qué no te vienes también conmigo y con Amadeo a la playa? El apartamento de mi hijo cuenta con tres habitaciones, una para cada uno. Y si te animas a venir, ya tenemos el cuarto que nos falta para las partidas.
-Además, estoy pensando –tercia Ballarín – que si le digo a mi mujer que tú también vendrás, seguro que no pondrá ninguna pega a que vaya. Asun, no sé por qué, pero tiene de ti una gran opinión.
-Decídete, Manolo –le insta Álvarez -, entre quedarse en Madrid en pleno Ferragosto y estar a las orillas del Mediterráneo no hay color. Mira el plan que podemos hacer: por las mañanas, sin madrugones, nos damos un bañito corto, luego nos tomamos unas cañas. Después almorzamos en alguno de los restoranes que hay en primera línea de playa. Una siestecita y nos juntamos con Jacinto, que habrá llegado de Marina d´Or, para echarnos unas partiditas en alguna de las terrazas que estén pegaditas al mar y en las que corre una brisa que da gusto. Y después de jugar, hacemos otra ronda de cañas o vamos a pasear un ratito por el Paseo Marítimo. Y si la Chelo no le pone morritos a Jacinto por salir de noche, podemos hacer unas partidas nocturnas, que eso debe ser la releche.
-Es una idea cojonuda. Ahora solo falta que lo consultéis con el alto mando –remata Grandal medio en serio, medio en broma, porque es perfectamente consciente de que en los hogares españoles quienes llevan los pantalones son los hombres, pero mandar, lo que se dice mandar es cuestión de mujeres.

PD.- Hasta el próximo viernes