viernes, 9 de junio de 2017

4. Mandar es cuestión de mujeres



   Los cuatro jubilados, después de terminar su partida de dominó y tras desollar hasta el rabo el tema de los resultados electorales, hacen una pausa en su charla hasta que vuelve a ser Grandal quien cambia el rumbo de la conversación.
-¿Qué planes tenéis para el verano?
-Yo lo pasaré donde todos los años –Ponte es el primero en responder -. En julio estaré unos días en Cintruénigo con mi primo Julián y luego dos semanas con Clarita y los nietos en Ribadesella, a ver si nos toca la lotería y tenemos sol muchos días que en el norte nunca se sabe. Y en agosto en Madrid que con eso de que queda medio desierto se pasa tan ricamente.
-Algo parecido es lo que voy a hacer –cuenta Ballarín -. En julio, en Jaca, en la casita de montaña que me deja mi cuñado y en agosto en el chalé de Boadilla, aunque algunos días vendré a Madrid.
-En lo que a mí respecta -anuncia Álvarez -, en julio aprovecharé el apartamento que mi hijo Nacho tiene en la playa. Y en agosto aquí, como Manolo y Amadeo. 
-Yo este verano tengo un plan nuevo y al revés que vosotros me quedaré en Madrid en julio. Una amiga de Chelo le presta para agosto un apartamento que ha comprado en Marina d´Or. Es una lástima, Luis, que no coincidamos en el mismo mes, lo digo porque la Marina creo que está al lado de donde veranea tu hijo. Es en Torreblanca, ¿no?
-Bueno, donde tiene el apartamento es en Torrenostra que es el barrio marítimo de Torreblanca. Y también siento no coincidir contigo porque por una vez podría tener allí de compañero de dominó a alguien que sabe lo que se lleva entre manos –comenta Álvarez.
   Tres días después algunos de los planes veraniegos del cuarteto cambian de la noche a la mañana. En el caso de Luis Álvarez cuando suena el teléfono de casa.
-Papá, soy Nacho
-Hola, hijo, ¿qué tal, cómo estáis?
-Todos, bien. Leito y la cría esperando las vacaciones. ¿Y vosotros cómo andáis? –y sin dar tiempo a la respuesta añade -. Te llamo sobre todo para daros lo que espero sea una buena noticia para vosotros, aunque no lo es tanto para mí. Si está mamá dile que se ponga, por favor.
-Matilde -llama Álvarez -, Nacho al teléfono.
   La conversación con Nacho no se prolonga mucho pues su esposa le pasa enseguida el teléfono.
-Escucha lo que cuenta nuestro hijo.
-Nacho, cuéntame.
-Verás, el nuevo consejero delegado se está especializando en tocarnos los cataplines a los departamentos técnicos. Este año se le ha ocurrido la brillante idea de cambiar los turnos de vacaciones. En vez de tomarlas en agosto, como hacemos desde siempre, este año las haremos en julio. Con lo cual, el apartamento de El Palmeral se va a quedar vacío en agosto. Si queréis pasar el mes allí lo tenéis a vuestra disposición. Solo os voy a pedir una cosa, que si podríais quedaros la niña con vosotros durante ese tiempo. Leito dice que en agosto hace demasiado calor en Madrid para la cría y que estará mejor en la playa. Ah, papá, entre nosotros: me da la impresión de que a mamá la oferta no le ha hecho mucha gracia porque tenía otros planes. A ver si la convences.
-Bueno, hijo, haré lo que esté en mis manos, pero ya sabes que a tu madre como se le atraviese una idea es más dura de pelar que una gallina vieja.
   A Álvarez, convencer a su mujer de que vayan a pasar todo agosto en la playa con la nieta le está costando Dios y ayuda. Ella tenía pensado estar dos semanas tomando las aguas termales en el Balneario de Alhama de Aragón y la propuesta de su hijo trastoca sus planes. Por otro lado, piensa que no puede dejar que su nieta tenga que sufrir el tórrido verano madrileño. La solución del dilema se la sirve en bandeja su marido.
-Matilde, he estado pensando una fórmula para que puedas estar tus dos semanas en los baños y, al mismo tiempo, que Candela pueda estar agosto en la playa. Tú te vas del uno al catorce a Alhama, como tenías previsto, y yo me llevo a nuestra nieta a la playa.
-Olvídate de eso, Luis. ¿Dónde vais a comer si no sabes hacer un huevo frito?
-Comeremos en alguno de los restaurantes de allí y por la noche iremos a la pizzería que ya sabes que le gustan mucho las pizzas.
-Quita, quita. Mi nieta comiendo fuera de casa durante dos semanas, van a creer que no tiene padres ni abuelos. Además, lo tengo solucionado. He llamado a la dirección del balneario y me han dicho que no hay problema de que me lleve a la niña, van a poner otra cama en mi habitación. El que tendrás que apañarte vas a ser tú, a ver cómo te las arreglas los días en que no voy a estar.
   A otro miembro del cuarteto, Amadeo Ballarín, también se le han truncado los planes estivales. Una de sus hijas, casada con un oscense y que vive en la ciudad de su marido, está teniendo un embarazo complicado, pese a que es el tercero. Su ginecólogo le ha recomendado que guarde reposo el mayor tiempo posible. Por eso ha pedido ayuda a su madre.
-Amadeo, se nos estropearon los planes para el verano –le anuncia su mujer -. Tendremos que ir a Huesca a echar una mano a la hija. Tiene que guardar cama la mayor parte del día y no va a tener tiempo ni fuerzas para llevar la casa ni cuidar a la familia. En cuanto a lo de contratar a una interna ya sabes que no andan muy boyantes.
-Lo que faltaba, pero haremos lo que haya que hacer. Todo sea por la nieta que viene –Amadeo no es del todo sincero, lo de pasarse todo el verano en Huesca no le hace ninguna ilusión, no por su hija ni por sus nietas sino por su yerno con el que se lleva a matar.
   En la última partida de la temporada, los cuatro amigos vuelven inevitablemente a hablar de lo que piensan hacer durante el inminente verano del dos mil dieciséis y de los cambios producidos. Grandal y Ponte mantienen sus planes, pero Álvarez y Ballarín los han cambiado. Precisamente, este último se lamenta de lo cuesta arriba que se le va a hacer pasarse un mes en Huesca, teniendo que soportar al inútil de su yerno. Al escuchar las quejas de su amigo a Álvarez se le ocurre algo.
-Oye, Amadeo, ¿y por qué no te vienes conmigo a la playa en la primera quincena de agosto? Voy a estar solo en un apartamento que es bastante grande y que está a cincuenta metros del mar. No pasarás el calor de Huesca, te olvidarás de tu yerno durante quince días y les enseñaremos a los palurdos de allí cómo se juega al dominó.
-¿Y cómo le sentará a tu hijo que le metas forasteros en casa? –apunta Ballarín, más por aquello de quedar bien que porque realmente sienta lo que dice.
-Hombre, Amadeo, tú no eres un forastero para Nacho. Si no recuerdo mal estuviste en su boda. Estoy convencido de que no va a poner ningún pero –replica Álvarez.
-Y tu mujer, ¿qué va a decir de que te lleves a un carcamal de compañero? –repregunta Ballarín, pero ya a la defensiva porque la propuesta de Luis le ha ilusionado.
-Ya conoces a Matilde, al principio igual refunfuña un poco, pero cuando le recuerde lo bien que se te da la cocina no creo que ponga ninguna pega. Anda, hombre, anímate, me haces un favor.
-Se me acaba de ocurrir que, si Amadeo acepta el generoso ofrecimiento de Luis, seremos tres para el dominó. No olvidéis que en agosto voy a estar en Marina d´Or que está al ladito de Torrenostra –es Grandal el que ha metido baza.
-¡Vaya hatajo de membrillos que tengo por compañeros! –exclama Ponte con aire enfurruñado -. Estáis planeando veranear los tres juntos y a mí que me den morcilla. Con amigos así no es necesario tener enemigos.
-Hombre, Manolo, eso tiene fácil solución –ofrece Álvarez -, ¿por qué no te vienes también conmigo y con Amadeo a la playa? El apartamento de mi hijo cuenta con tres habitaciones, una para cada uno. Y si te animas a venir, ya tenemos el cuarto que nos falta para las partidas.
-Además, estoy pensando –tercia Ballarín – que si le digo a mi mujer que tú también vendrás, seguro que no pondrá ninguna pega a que vaya. Asun, no sé por qué, pero tiene de ti una gran opinión.
-Decídete, Manolo –le insta Álvarez -, entre quedarse en Madrid en pleno Ferragosto y estar a las orillas del Mediterráneo no hay color. Mira el plan que podemos hacer: por las mañanas, sin madrugones, nos damos un bañito corto, luego nos tomamos unas cañas. Después almorzamos en alguno de los restoranes que hay en primera línea de playa. Una siestecita y nos juntamos con Jacinto, que habrá llegado de Marina d´Or, para echarnos unas partiditas en alguna de las terrazas que estén pegaditas al mar y en las que corre una brisa que da gusto. Y después de jugar, hacemos otra ronda de cañas o vamos a pasear un ratito por el Paseo Marítimo. Y si la Chelo no le pone morritos a Jacinto por salir de noche, podemos hacer unas partidas nocturnas, que eso debe ser la releche.
-Es una idea cojonuda. Ahora solo falta que lo consultéis con el alto mando –remata Grandal medio en serio, medio en broma, porque es perfectamente consciente de que en los hogares españoles quienes llevan los pantalones son los hombres, pero mandar, lo que se dice mandar es cuestión de mujeres.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 2 de junio de 2017

3. Un fugitivo inexperto



   Curro, dada su inexperiencia como fugitivo, cometió su primer error en la elección del lugar donde esconderse para escapar de aquellos que podrían estar interesados en buscarle Dios sabe con qué intenciones. Pensó que lo mejor era encontrar un pueblo pequeño, escondido, apartado de las rutas turísticas, lo que eliminaba de un plumazo las bellas playas lusitanas que atraen a millones de veraneantes. Y busca, buscando por las regiones interiores de Portugal hasta que se topó con un topónimo que hizo que su memoria se activara: Alvito.
-¿De qué coño me suena ese nombre? -dijo en voz alta.
   Buceando en los recovecos de sus recuerdos lo encontró. Era un compañero de juegos de su infancia cuyo padre se llamaba Victoriano, nombre que puso a su hijo. La gente para no confundirle con el progenitor comenzó a llamar al chaval El Vito, apelativo que fue contrayéndose hasta convertirse en Elvito. De eso le sonaba: Alvito, Elvito, solo cambiaba una vocal. No supo decirse porqué, pero consideró un buen augurio toparse con dos palabas homófonas, una de las cuales le retrotraía a su niñez.
-No busco más, me refugiaré en Alvito –se dijo otra vez en voz alta.
   Aunque no era un experto internauta, se manejaba lo suficiente para navegar por la red y lo que decía la Wikipedia de Alvito le gustó. Un pueblo perdido en el interior del Alentejo, región del centro-sur de Portugal más conocida por sus dehesas de alcornoques, olivos y vides que por su afluencia de visitantes. Y el pueblo hacía honor a la región de la que formaba parte. Una pequeña localidad con poco más de mil habitantes, ubicada en una zona rural con escasos encantos. Además, y según como se desarrollaran los asuntos judiciales que dejaba atrás, volver a Sevilla sería solo cuestión de pocas horas. Parecía un lugar ideal para esconderse.
-¿Quién coño irá a buscarme en un lugarejo perdido del distrito de Beja? –se dijo.
   Sin panoramas espectaculares, sin playas, sin edificios monumentales; solo algunos bosques y chatas sierras como marcos del territorio. Por tanto, no abundarían los turistas, como mucho podría tropezarse con senderistas o buscadores de setas. Aquella parecía ser una región como las del interior de España, de las que duermen el sueño de los siglos. Por no tener, Alvito no tenía ni un hotel que mereciera la pena, lo mejor que ofrecían las webs que consultó eran casas rurales. Se decidió por una de ellas que en las fotos parecía confortable, Casa dos Pinheiros, por dos motivos: estaba como a un kilómetro y medio del centro del pueblo y solo contaba con dos habitaciones, por tanto no iba a tener demasiados vecinos. Y el alquiler era toda una ganga: cuarenta euros al día. Pensó en alquilar una de las habitaciones por internet, pero cuando vio que tenía que pagar con tarjeta de crédito se echó atrás. El viejo sindicalista que le aconsejó que se largara de Sevilla había insistido que cuantas menos pistas dejase, mejor.
-Bueno, Me voy p´allá y pago en metálico. A buen seguro que en cuanto vean los billetes no pondrán pegas. El parné es el parné, aquí y en Alvito –se dijo en voz alta -. Y si la casa de los Pinheiros está ocupada me busco otra y santas pascuas.
   Una vez que cruzó la frontera hispano-lusa por Vila Real de Santo Antonio, alquilo un coche. Un vehículo modesto, nada de llamar la atención. Como identificación presentó un carnet de conducir, más falso que Judas, a nombre de Francisco Martínez Galán. Se lo había agenciado un antiguo compañero del sindicato que tenía contactos en el proceloso mundo de la falsificación de documentos. Quiso conservar su mismo nombre, así sería más improbable que se equivocara al utilizarlo.
   En cuanto llegó a Alvito, por una carretera que dejaba mucho que desear, fue directamente a la casa rural que pensaba alquilar. No se molestó en chapurrear las cuatro frases que había aprendido de portugués ni en ocultar su acento. Tras enterarse de que las dos habitaciones estaban vacías alquiló una, en principio por tres meses, añadiendo que si no les importaba prefería pagar por adelantado y en cash. Usó el término inglés que entienden hasta los que desconocen la lengua de Shakespeare. Como había previsto, a partir de ahí todo fueron facilidades. Que no necesitaban el pasaporte. ¿Qué había olvidado el DNI?, que no se preocupara, con el carnet de conducir era más que suficiente.
   Los primeros días se dedicó a descansar y a seguir las noticias de España en la Rádio e Televisao de Portugal por alguno de sus dos canales generalistas. Respecto al caso de los Eres andaluces todo seguía más o menos igual: políticos y sindicalistas echando arena en los engranajes de la justicia y jueces y fiscales mareando la perdiz. Luego le dio por recorrer todos los rincones del pueblo y echarse unas interminables siestas. Lo de las comidas lo resolvió de la forma más simple. Se preparaba el desayuno en la minúscula cocina del apartamento: un café con leche y algún bollo. En el pueblo no había churros que era lo que le gustaba tomar por las mañanas. A mediodía almorzaba en una pousada del lugar y por la noche volvía a la posada o tomaba un ligero refrigerio en la habitación.
   Cuando se cansó de dar vueltas por las contadas calles del pueblo, se dedicó a visitar los alrededores. Estuvo en Viana do Alentejo, en Cuba –topónimo que le recordó su homónima caribeña, uno de los lugares a los que le hubiera encantado ir sino hubiese sido por la cuestión del pasaporte -, en Ferreira do Alentejo y en Alcacer do Sal, que era como la capital de la comarca. Lugares medio dejados de la mano de Dios y en los que los visitantes eran un producto escaso. Precisamente de ahí, de la escasez de forasteros le vino un problema con el que no había contado. Haber elegido un pueblo tan pequeño en el que los extraños constituían una rareza, hizo que en pocos días no hubiese un solo alvitense que no supiese que en Casa dos Pinheiros se albergaba un forastero, andaluz por más señas y que respondía al nombre de Francisco Martínez. El turista, como tal se presentó, iba a estar al menos tres meses y era hombre de pocas palabras. Durante el primer y único invierno que pasó en Alvito se convirtió en el forastero al que todos señalaban con el dedo y al que llamaban O espanhol. Por saber hasta sabían que le gustaba ver los noticiarios de la RTP. Y si no sabían más era porque no dio más información puesto que cuando le preguntaban procuraba con más o menos habilidad no dar respuestas concretas.
   En Alvito aprendió la primera lección de todo el que no quiere que le encuentren: que es mucho más fácil camuflarse entre la muchedumbre que pretender pasar desapercibido donde no hay gente. Se dijo que tenía que encontrar un refugio en el que fuera uno más entre el ir y el venir del gentío. Evidentemente, era poco probable que nadie le buscara allí, pero podía ocurrir que algún alvitense podía comentar, ¡Dios sabe dónde!, que en su pueblo residía un español que solo se dedicaba a pasear, sestear, ver la TV y poco más. ¿Qué hacía un tipo con un comportamiento tan extraño en un pueblo como Alvito? Y de ese débil cabo alguien que le estuviera buscando podía tirar del hilo.
   Los tres meses que en principio alquiló la casa rural se multiplicaron por casi tres, hasta que no pudo más. No solo era que todos le conocían, aunque fuera bajo una falsa identidad, sino que estaba hasta la coronilla de ver siempre las mismas caras y los mismos parajes, de escuchar el habla alentejana que no era precisamente el portugués más comprensible para un gaditano de Zahara de los Atunes, recriado en Cádiz y hecho hombre en Sevilla, de no tener con quien echar una parrafada o una partidita de dominó, uno de sus entretenimientos favoritos. Con la llegada de la primavera decidió que no aguantaba más y volvió a meterse en la red a ver dónde encontraba un  lugar en el que su fuga fuera más llevadera y en el que llamara menos la atención. Para no cometer el mismo error de Alvito confeccionó una lista de los rasgos que debería tener su nuevo escondite.
-Tendría que ser un lugar con la suficiente afluencia de forasteros para que uno más pasara desapercibido.
-Puesto que no podía usar pasaporte y visto que en Portugal eran bastante permisivos con el asunto de la documentación, debería ser nuevamente en territorio luso.
-Echaba de menos el mar. Algo natural, sus correrías de infancia habían tenido lugar en las playas de Zahara bañadas por el Atlántico. Buscaría un sitio en la costa. Entre veraneantes y turistas pasaría por uno más.
-Y que no fuera tan aburrido y solitario como Alvito que por no tener ni siquiera tenía con quien pegar la hebra.
   Establecidos los requisitos de su nuevo escondite, se metió en internet a encontrar un lugar que se adecuase a lo que buscaba.
-A ver si en esta ocasión no la cago –se dijo en voz alta.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 26 de mayo de 2017

2. No caerá esa breva



   A unos quinientos cincuenta quilómetros de Tavira donde Curro Salazar se aburre como un muermo, en la capital de la vecina España un grupo de viejos está matando el tiempo en la sala de juegos del Centro Municipal de Mayores “Infante Don Juan”, sito en el Paseo de Moret. A esos centros antes se les llamaba Hogar del Pensionista o del Jubilado, pero cuando a la sociedad le dio la fiebre del eufemismo y se puso de moda usar expresiones políticamente correctas, voces como jubilado o pensionista desaparecieron y fueron sustituidas por otras como gente de la tercera edad o mayores. A los que están enfrascados en sus partidas lo del cambio de vocablos se les da una higa. En una ocasión la redactora de un periódico gratuito elaboró una encuesta sobre el tema de cómo preferían que se les llamara. Hubo respuestas de todo tipo: desde el que contestó “por mi nombre”, pasando por el que dijo “como quieran, siempre que antepongan el don”, hasta quien dio por respuesta “menos cabrón consentido, como les salgan de las pelotas”.
   Los pensionistas juegan al mus, al dominó, al ajedrez o están de tertulia. Los más vocingleros son los de las cartas con sus envites, faroles y órdagos. Los ajedrecistas parece que ni respiran, tan concentrados están. En los grupos del dominó lo que más se oye es el golpeteo de las fichas contra las mesas. En una de ellas están cuatro jubilados que, junto al fugitivo que se muere de tedio en Tavira, serán protagonistas de esta historia, aunque en estos momentos no pueden imaginárselo. Los nexos que les unen es que son amigos, están jubilados y viven en las cercanías del centro. Sus nombres: Manuel Ponte (Manolo para los amigos pese a que es octogenario), exempleado de Iberdrola. Amadeo Ballarín, exferretero y septuagenario. Luis Álvarez, exempleado del Canal de Isabel II y que ya cumplió los setenta y Jacinto Grandal, excomisario de policía y el más joven del cuarteto. Amadeo y Luis siguen felizmente casados. Manuel es viudo y Jacinto se supone que está divorciado aunque esa cuestión es tabú, ninguno de sus amigos habla jamás del tema; también es el único que no tiene nietos, los otros tres son abuelos en ejercicio.
   Sus partidas de dominó llevan repitiéndolas dos veces por semana desde hace varios años. El ritual es siempre el mismo: primero se toman los preceptivos cafés en el bar del centro que, de momento, no pagan ni el camarero les reclama el importe porque sabe que cobrará cuando la pareja que haya perdido pase por la barra para abonar la cuenta. Eso es todo lo que se juegan: quién paga el café. No suelen tomar mucho más, una pensión española no da como para tirar cohetes. Tras coger caja donde se guardan las fichas, blancas por delante y negras por detrás, antes de sentarse sortean quienes van a jugar de pareja. Los dos que saquen las fichas más altas contra los que saquen las más bajas. En la caja también se guarda una hoja plegada en la que anotarán las puntuaciones del juego y un pequeño lápiz de los que se ofrecen en Ikea. Suelen jugar a treinta decenas y al mejor de tres partidas. Luego acostumbran a estar un rato de palique en el que hablan de todo un poco: del tiempo, los problemas de salud, de deporte, de política, de lo que han leído en los periódicos o han visto en la tele. También hablan de sus nietos pero sin pasarse, saben que a Grandal es un tema que le aburre. 
   Esta tarde juegan de parejas Álvarez-Ballarín contra Grandal-Ponte. Cada uno de los jugadores expresa en la forma de jugar su personalidad. Álvarez es posiblemente  el mejor jugador, le pierde que, como suele decir Ponte en tono jocoso, está poco menos que convencido de que el juego lo inventó él, lo que le lleva a estar regañando constantemente a su pareja de turno. Ballarín es el más sistemático, juega como si se tratara de una partida de ajedrez lo que le lleva a efectuar jugadas que los demás no acaban de entender; por fortuna no es de los que se enfadan fácilmente cuando ha de aguantar las chanzas de sus compañeros. Grandal es un buen jugador que sabe explotar su intuición en percibir los puntos débiles del contrario, como contrapartida se despista a menudo lo que hace que a veces cometa fallos de principiante, cuando eso ocurre se lo llevan los demonios porque es de los que quieren ganar hasta cuándo sueñan. Ponte es un jugador del montón, tiene a su favor que sigue poseyendo una excelente memoria por lo que, cuando presta atención algo que no siempre ocurre, es capaz de recordar las fichas jugadas por los demás; su punto flaco es que le da igual ganar que perder, por ello es frecuente que haya días que preste escasa atención al desarrollo del juego.
   Hoy, en el primer juego sale Álvarez porque tiene el seis doble, tras él juega Ponte que vocea uno de los aforismos del juego:
-La salida matarás tengas o no tengas más.
-Os recuerdo que, como suele decirse, el dominó lo inventó un mudo y que el reglamento de la Federación Española de Dominó dispone que debe salir el jugador que haya cogido la ficha de puntuación más alta sin que sea necesario salir con el seis doble. Además no se debe comentar nada hasta finalizar la partida –A Ballarín le gusta ponerse en plan ordenancista.
   A pesar de las advertencias del exferretero los jubilados trufan el juego con toda suerte de comentarios y sobre todo de los latiguillos del mismo: repetirás como un gallo hasta que te quedes fallo, la mano respetarás por siempre jamás, doblador de primera jugador de tercera, a blancas dice el refrán que el cierre a tu cuenta van, si la del contrario das es porque tú llevas más, ficha nueva no des que sufrirás un revés, si el dominó aseguras te dejarás de aventuras y así una larga retahíla.
   En uno de los juegos Ponte dice que pasa. Otro jubilado que está de mirón mete baza:
-No pasa, señor Ponte, tiene ficha para jugar.
-Los mirones callan e invitan a tabaco –apunta, sarcástico, Grandal dirigiéndose al mirón.
  -¿Quién sale?
   Esa es otra, a pesar de que se la dan todos de inmejorables jugadores, lo cierto es que con frecuencia nadie recuerda a quien le toca salir. Entonces el que lleva la cuenta del tanteo tiene que recurrir a contar el número de juegos realizados, comenzando por el que salió la primera vez que para eso está la inicial de su nombre al principio de la tabla de conteo. Cuando acaban la última partida recogen las fichas y las guardan en la caja.
-Os recuerdo que el próximo día no voy a poder venir. Como ya han comenzado las vacaciones escolares he de cuidar a los nietos –anuncia Ponte.
-Ídem del lienzo –corrobora Álvarez -, aunque en honor de la verdad he de decir que en mi caso quien se lleva el marrón de atender a los pequeñajos es la parienta.
-Veis. Esa es una de las ventajas de haberse casado joven, la de tener nietos pero ya crecidos a los que no solo no hay que cuidar sino que no quieren saber nada de los abuelos –confiesa Ballarín.
  Grandal, a quien aburren esas charlas de abuelos, cambia de tercio con una pregunta que sabe que va a tener eco:
-¿Qué os ha parecido el resultado de ayer? –Se refiere a las elecciones generales que, por segunda vez en seis meses, han hecho acudir a los españoles a las urnas.
-Pues que punto arriba punto abajo ha vuelto a repetirse el resultado de la anterior elección –responde Ponte que añade sentencioso -. Para ese viaje no hacían falta alforjas.
-Con una salvedad: que los socialistas han registrado el peor resultado de su historia. Solo han sacado ochenta y cinco escaños –precisa Ballarín -. Hasta han perdido diputados en feudos tan suyos como Andalucía o Extremadura.
-A mí lo que me extraña es que no hayan perdido más votos, sobre todo en una comunidad como la andaluza en la que el partido está enfangado con el caso ERE que es un escándalo vergonzoso. Si hasta están imputados los dos últimos presidentes de la Junta y media docena de exconsejeros. Y eso si nos referimos a los cargos más destacados porque si contamos los personajes secundarios pringados el número se multiplica –comenta Álvarez.
-Precisamente algunos de esos personajillos son, por lo que se cuenta, los que más pasta se han llevado. Especialmente los que hacían de intermediarios en las jubilaciones presuntamente fraudulentas y las subvenciones a empresas que no estaban presentando un ERE –precisa Grandal.
-Os olvidáis de otro capítulo –recuerda Ponte -. La gente de las consultoras, de los bufetes de abogados y hasta de los sindicalistas, ¡lo que es el colmo!, que se han llevado una millonada cobrando comisiones muy por encima del valor de mercado intermediando entre la Junta y los trabajadores.
   Grandal vuelve a dar otro giro a la conversación:
-¿Sabéis la última de mis colegas del caso Inca? (*). Ayer me contó un amigacho que les han propuesto para otorgarles la Cruz con distintivo rojo de la Orden al Mérito Policial por haber resuelto el robo del Tesoro Quimbaya. El próximo tres de octubre, festividad de los Santos Ángeles Custodios que son los patronos de la policía, se las impondrán.
-Ya estamos como siempre, en lo de que unos cardan la lana y otros se llevan la fama. El robo del tesoro, prácticamente, lo resolvimos los mendas –afirma Álvarez, englobando en su mirada a los cuatro de la mesa –y no nos han puesto ninguna medalla ni nos han subido la pensión.
-Eso no va a ser así –replica Grandal -. Me ha soplado un pajarito que es posible que también nos impongan alguna condecoración.
-¡Ojalá nos saliera otro caso como el del robo del tesoro! –añora Ponte.
-No caerá esa breva –dice fervorosamente Ballarín como si fuera una jaculatoria.

(*)Caso Inca: vid. en este blog la novela “El robo del Tesoro Quimbaya”
PD.- Hasta el próximo viernes