martes, 4 de abril de 2017

119. Una propina de veinte euros



   El viernes por la mañana se reúne el cuarteto de jubilados en casa Grandal que les cuenta que un antiguo amigo del Cuerpo, prefiere no revelar que ha sido Blanchard, le ha enviado la ficha de la policía colombiana sobre Efraím Gomes Restrepo. Su historial revela una afición que quizá pueda servirles para poder localizarlo: es un fan del béisbol. En función de lo que hayan descubierto en internet sobre la implantación de ese deporte en España esa podría ser una pista más efectiva que buscarlo en bares, restoranes y otros sitios donde se concentren los colombianos residentes en Madrid. Álvarez es quien ha conseguido la mayor información. Antes de entrar a hablar del béisbol español, sus amigos tienen que soportar que les cuente algunas historias de cuando fue jugador de rugby universitario en el equipo del Colegio Mayor Ximénez de Cisneros.
- …  y el primer equipo del colegio fue el líder indiscutible durante un montón de años de la competición de Colegios Mayores de Madrid, así como del torneo Alfonso XIII de la Universidad Complutense. ¡Aquellos sí que fueron buenos años! – recuerda con emoción -. Precisamente fue entonces cuando conocí a otros universitarios que jugaban al béisbol. Si no recuerdo mal eran de los primeros beisbolistas que hubo en España.
- Luis, y yo que creía que lo tuyo era el fútbol y ahora nos sales con el rugby – ironiza Ponte.
- Bueno, caballeros, que nos estamos desviando del objetivo prefijado. Centrémonos en lo que habéis averiguado sobre el béisbol en nuestro país.
- De acuerdo – Álvarez ordena unas hojas en las que ha imprimido la información de la red sobre el béisbol español -. Aunque el béisbol es un deporte que no goza de gran popularidad entre los españoles, lo primero a destacar es que a nivel competitivo la selección de béisbol de España es la tercera potencia europea, lo que tampoco supone tanto puesto que en Europa la afición a ese deporte es también muy minoritaria. Existe una liga española de béisbol regida por la Real Federación Española de Béisbol y Sóftbol y que funciona desde mil novecientos cincuenta y ocho, pero no es hasta mil novecientos ochenta cuando se establecen las actuales divisiones: la División de Honor y la Primera División A.
- Háblanos del béisbol en Madrid que es lo que nos interesa – le apremia Grandal.
- El año pasado eran ocho los equipos que militaban en la División de Honor y ninguno de ellos era de Madrid, aunque si hay clubes madrileños que juegan en la Primera División.
- Por curiosidad – le interrumpe Ponte -, ¿en qué lugares juegan equipos de los de la División de Honor?
- En sitios tan distintos como Navarra, Valencia, Cataluña, Bilbao y Tenerife – responde Alvarez tras lo que retoma el hilo de su exposición -. En nuestra comunidad hay varios clubes: el Club de Béisbol y Sóftbol Rivas-Vaciamadrid, el Villalbilla Béisbol Club, el Club Béisbol Gatos de Madrid y la Escuela Municipal de Béisbol de Madrid, que radica en la capital pero que solo juega en las categorías de alevines y cadetes. Además está el Centro Deportivo Municipal La Elipa que cuenta con un campo de béisbol, pero sin ningún equipo federado. Ah, otra cuestión, en algunos clubes se juega indistintamente al béisbol y al sóftbol.
- ¿Y qué coño es eso de sóftbol? – inquiere Ponte.
- Es un deporte hermano del béisbol. Difieren en las reglas, pero comparten la esencia del juego: batear la pelota lanzada por el pitcher. Se puede decir que el sóftbol es una derivación suave del béisbol. Y no es un juego cualquiera, fue deporte olímpico en Atlanta y volverá a serlo en la Olimpiada de Tokio en el dos mil veinte.
- O sea que en Madrid solo hay un club donde se juegue regularmente al béisbol, ¿no es eso? – pregunta Grandal.
- Lo que hay es todo lo que he encontrado en la red, te lo puede confirmar Amadeo con quien he coordinado la navegación – contesta Álvarez -. He intentado recordar el nombre de algunos de aquellos pioneros del béisbol español de los sesenta por si me podían facilitar más información, pero mi memoria parece que ha borrado esos recuerdos.
- Bueno, pues si eso es cuánto hay tenemos el campo de investigación muy acotado. Ahora es cuestión de hacerse con el calendario de la competición y del emplazamiento de los terrenos de juego de los cuatro clubes madrileños que juegan al béisbol – comenta Grandal.
- De todo eso se ha encargado Amadeo – informa Álvarez.
   Ballarín abre su inseparable cartera de mano y saca unas fichas que coloca ordenadamente encima de la mesa. En la primera ficha está el calendario de competición de la Liga Nacional de Primera División de Béisbol. Luego hay otras fichas, una para cada uno de los clubes madrileños que juegan. El Club de Béisbol y Sóftbol Rivas que en la actualidad tiene equipos en todas las categorías. El campo de juego está en el Polideportivo Cerro del Telégrafo en Rivas-Vaciamadrid, ciudad sita al este de Madrid y de la que dista unos quince kilómetros. Otra ficha es del Club Villalbilla Béisbol Club, que juega en el Campo Municipal de Béisbol, Urbanización El Zulema de Villalbilla. La última ficha recoge los datos del Club Béisbol Gatos de Madrid y que es la más escueta, solo pone que su equipo juega en el Polideportivo Municipal de La Elipa que se encuentra en el parque del mismo nombre dentro del barrio de La Elipa.
- Bien, pues ahora es cuestión, de acuerdo con el calendario de partidos, de organizar las visitas a Rivas-Vaciamadrid, Villalbilla y al Polideportivo de La Elipa – sintetiza Grandal.
- Yo ofrezco mi coche para los desplazamientos fuera de Madrid. Es lo suficientemente grande para que quepamos los cuatro cómodamente – ofrece Ballarín.     
   Resulta que en el calendario de la Liga Nacional de Béisbol de 1ª División hay años en que solo participa el Club de Béisbol y Sóftbol Rivas y que en los demás la previsión de las competiciones es bastante aleatoria. Al final lo que deciden es olvidarse de cualquier clase de competición y simplemente visitar los distintos terrenos de juego. Como les explica Álvarez, todo eso ocurre porque en Europa no hay prácticamente béisbol profesional y España no es una excepción.
   El primer campo que visita el cuarteto es el del Polideportivo Cerro del Telégrafo en Rivas-Vaciamadrid, donde tiene sus reales el que parece el club más potente de la comunidad. No descubren ningún rastro de Efraím, aunque si hay un dato prometedor: entre sus jugadores alevines y cadetes se adivinan por sus rasgos muchos chavales procedentes de allende el Atlántico Sur. Una vez más es Álvarez quienes les explica el motivo: en muchos países latinoamericanos el béisbol tiene una fuerte implantación. Lo único positivo que sacan del viaje es saber algo más de Rivas-Vaciamadrid, población que ha crecido vertiginosamente desde los 500 vecinos de 1980 a los 80.000 de la actualidad, dando lugar a un asentamiento de aluvión que es considerado como el de mayor expansión demográfica de Europa.
   En Villalbilla visitan el campo de béisbol de la Urbanización El Zulema. El resultado es el mismo, ni rastro del narco colombiano, pero si aprenden más cosas del pueblo, municipio de la Comunidad de Madrid próximo a Alcalá de Henares y que cuenta con una población de once mil habitantes.
   La última visita es al Polideportivo de La Elipa. Lo que ven allí es más una escuela para la formación de futuros beisbolistas que otra cosa. Los practicantes son casi todos niños y adolescentes. Sin embargo, es en La Elipa donde se enteran de un dato prometedor. El que atiende el bar, entre café y café, les comenta que de uvas a peras, cuando el campo tiene horas libres, se reúne un grupo de latinoamericanos, todos ellos acérrimos aficionados al béisbol, para batear unas bolas y cuando hay quórum a veces terminan organizando un partido entre amigos.
- ¿Y hay colombianos entre ellos? – pregunta Grandal.
- Hay de todas partes, desde argentinos y chilenos hasta cubanos y mejicanos y, por supuesto, también hay colombianos. Lo mejorcito de cada casa, vamos.
- No parece que le caigan muy simpáticos – apunta Álvarez.
- Ni simpáticos ni antipáticos, lo que pasa es que dejan unas propinas de puta pena, eso cuando las dejan.
- ¿La próxima vez que se reúnan querrá llamar a este teléfono? – pide Grandal al del bar dejándole de propina un billete de veinte euros en el que ha garabateado un número.

domingo, 2 de abril de 2017

*** Esto se acaba



El pasado viernes apareció en el blog el primer episodio del capítulo 24, el penúltimo. Lo que quiere decir que el capítulo 25 será el último de “El robo del Tesoro Quimbaya”. O sea, que esto se acaba. Al fin, podremos saber lo que pasó con las joyas robadas.

viernes, 31 de marzo de 2017

Capítulo 24. Nueva pista: buscar a un aficionado al béisbol.- 118. El béisbol, deporte muy minoritario en España



   Blanchard, visto el frontal rechazo de Atienza a la posibilidad de que los jubilados amigos de Grandal sigan investigando el robo del tesoro, llama al comisario y le pide que le dé unos días para  pensarse si les ayuda y que en cuanto hay tomado una determinación se lo comunicará. Grandal les cuenta a sus amigos la postura del policía francés.
- Ya sabía yo que con un gabacho no iríamos a ninguna parte. Los franchutes desde que les dimos para el pelo cuando lo de la Guerra de la Independencia no pueden tragarnos. ¡Menudos pájaros! – Ponte no puede ocultar la animadversión que siente por el galo.
- ¿Y se puede saber para qué coño necesitamos al francés? No hemos necesitado a nadie en las anteriores investigaciones y tampoco lo necesitamos ahora – afirma Álvarez muy seguro de lo que dice.
- Estoy con Luis, para buscar al tal Efraím no necesitamos a nadie.
   Grandal trata de hacerles comprender que buscar al colombiano puede conllevar algún tipo de riesgo. Los sicarios de los narcos son gente peligrosa, de los que disparan primero y preguntan después. Como no acaba de convencerles, intenta al menos reconducir la situación.
- Os propongo algo a ver qué os parece. Está a medio camino entre una exploración a fondo y no hacer nada. Y desde luego para ello no necesitamos ni a Blanchard ni a nadie. Lo que sugiero es que podríamos ir cualquier día de estos a un lugar al aire libre en el que, según el artículo del ABC que recuperó Amadeo, se suelen reunir los colombianos. Me refiero a la estación de metro de Colombia. Además, no tendríamos que gastarnos ni un euro. 
   La ladina propuesta de Grandal encuentra una favorable acogida entre los vejetes.
- Hombre, eso me retrotrae a cuando íbamos en metro tras algunos empleados del Museo de América sospechosos de ser cómplices de los ladrones – rememora Álvarez.
- Y a mí me recuerda mi metedura de pata cuando me puse aquel ridículo sombrero tirolés cuando seguía los pasos del pobre Obdulio Romero, que Dios tenga en su seno – evoca Ballarín.
- Mañana os espero en casa y analizamos la inmediata investigación. El que tenga un plano del metro que lo traiga.
   Al día siguiente, a media mañana, se reúnen los cuatro amigos para planear su gira. Ballarín ha traído un plano de bolsillo del metro de Madrid.
- Espero que esto sirva – se justifica.
- Es más que suficiente – acepta Grandal -. ¿En qué línea está la estación de Colombia?
   Ballarín, que además de haber suministrado el plano parece que se ha estudiado el asunto a fondo, da la respuesta:
- Es una estación en la que se cruzan dos líneas: la nueve, que va de Paco de Lucía, en el norte, a Arganda del Rey, en el sudeste, y la ocho que enlaza Nuevos Ministerios con la terminal cuatro del Aeropuerto de Barajas. La estación está situada bajo la calle de Príncipe de Vergara, entre la plaza de la República Dominicana y el principio de la calle Colombia. Toda esa zona pertenece al distrito de Chamartín.
- Bueno, pues cuando queráis nos acercamos hasta allí. ¿Qué día os viene mejor que vayamos?
- Creo que tendría que ser un jueves o un sábado. Una chica ecuatoriana que tuvimos en casa decía que uno de esos días es cuando solían reunirse sus compatriotas. Supongo que con los colombianos pasará lo mismo - explica Álvarez.
- Mañana es jueves. ¿Qué tal si vamos mañana por la tarde? –    propone Grandal. Y así quedan.
   Al día siguiente por la tarde, el grupo de jubilados coge, en la estación de Arguelles, la línea seis del metro, la conocida como circular, hasta la estación de Nuevos Ministerios donde hacen transbordo a la línea ocho cuya primera estación es Colombia. Salen a la calle por la plaza de la República Dominicana y recorren un par de manzanas de las calles Príncipe de Vergara y Colombia. La gente entra y sale del metro como en todas partes y no ven ningún grupo que tenga pinta de estar reunido o que pueda estar formado por sudamericanos. Para hacer tiempo, entran en un bar y se toman unos cafés. Preguntan al camarero que si por allí suelen reunirse latinoamericanos. La única respuesta que consiguen es:
- A veces.
   Y es todo lo que le sacan al lacónico camarero.
   Mientras el cuarteto se vuelve a sus pagos con el rabo entre las piernas, Blanchard ha recibido noticias de su amigo en la Embajada de Francia en Bogotá, quien le remite una copia de la ficha policial de Efraím Gomes Restrepo, de veinticuatro años y natural de Jamundi, Departamento del Valle del Cauca. El tal Efraím, pese a su juventud, tiene un jugoso historial. Se le imputan delitos de tráfico ilegal de narcóticos, daños a terceros, intento de secuestro y atracos a mano armada. También se sospecha que ha podido participar en algunos arreglos de cuentas con resultado de varias muertes, aunque esto último no se le ha podido probar. Se le considera un sicario del cártel de los Varelas y al que en los últimos meses la policía colombiana le ha perdido la pista. Entre los variados detalles que complementan su ficha figura uno que llama la atención de Blanchard: es un fanático seguidor del club de béisbol Los Caimanes de Barranquilla, ciudad en la que pasó parte de su niñez. Cuando el inspector francés les pasa a sus colegas hispanos la ficha del colombiano, Bernal es el primero en lamentar que un dato como ese llegue demasiado tarde.
- Hace tan solo unas semanas hubiéramos dado cualquier cosa por esta información y ahora tenemos que limitarnos a archivarla. ¡Manda cojones!
- Así es esta jodida profesión, colega – le consuela Atienza.
   Blanchard no comenta nada. Ha quedado patente lo que sus colegas van a hacer con el historial del sicario colombiano: nada. Es consciente de que no pueden hacer otra cosa, pero él no se ha tomado tantas molestias para que el asunto termine allí. Quizá la gente de Grandal pueda sacarle partido.
- Comisario, soy Blanchard, tengo algo para usted, ¿cuándo podemos vernos?
   Esa misma tarde, el francés se reúne en una cafetería de la Gran Vía con Grandal y le entrega una copia de la ficha policial de Efraím Gomes Restrepo. El excomisario, tras leerla, comenta:
- Un buen pájaro. Y debió comenzar su andadura muy joven porque con los pocos años que tiene y hay que ver con que historial cuenta el gachó.
- ¿Van a hacer algo con esto? – quiere saber el galo.
- Lo de que van a hacer, ¿significa que usted no nos va a acompañar en la búsqueda de este tipo?
- Así es. Lo he pensado mucho y creo que es mejor que no vaya con ustedes. Tengo dos poderosos motivos: por un lado, no desobedecer a mis superiores y por otro no traicionar a mis colegas. Si ustedes hacen las cosas como es debido, la investigación no debería depararles riesgo alguno. ¿La ficha le ha aportado alguna pista de dónde buscar al colombiano?
- Sabe perfectamente que sí – es la escueta respuesta de Grandal.
- ¿El béisbol? – inquiere Blanchard, en un interrogante que suena más a afirmación que a pregunta.
- El béisbol – confirma lacónicamente el excomisario.
- ¿Se juega al béisbol en España? – pregunta extrañado el francés.
- No soy un gran experto deportivo, pero hasta donde sé, que en estos momentos no es demasiado, puedo decirle que el béisbol tiene escasa implantación en España y, posiblemente solo lo practican jugadores amateurs, pero haberlo haylo, como diría un gallego.
   En cuanto Grandal se ha despedido del francés se apresura a wasapear a sus cuates, como a veces les llama Chelo a quien le encantan los mejicanismos. El texto es breve: Mañana, 11 h, reunión en casa. Tenemos trabajo. Enviado el WhatsApp, y tras pensarlo, les envía un segundo: Buscar en internet béisbol en España.
   Al único de los tres cuates que le hace tilín al leer lo del béisbol es a Álvarez. Cuando estudiaba económicas en la Complutense jugó en el equipo de rugby del Colegio Mayor Cisneros, bien que casi siempre de reserva. En la década de los sesenta, todo lo que no fuera el fútbol era considerado como una rareza entre la juventud española. Por eso, aquellos españolitos que practicaban o que les gustaban otros deportes tenían que reunirse para hablar de ellos en lugares específicos donde no les considerasen unos tipos raros. Uno de esos lugares era un bar regido por un cubano que había en la calle de Hermosilla, en pleno barrio de Salamanca. Y allí conoció a algunos de los pioneros del béisbol español que por aquel entonces constituía una rareza mucho mayor que el rugby. Bucea en su memoria, pero no recuerda el nombre de ninguno de aquellos esforzados beisbolistas.
- Bien – dice Álvarez en voz alta -, habrá que ver lo que dice la red del béisbol en España.