domingo, 22 de enero de 2017

*** Una cifra redonda: 30.000



   La pasada semana, los servicios estadísticos de Google informaban que el blog había alcanzado la redonda cifra de 30.000 páginas vistas.
   Me ha parecido oportuno que los lectores lo supieran para así contar con un motivo para darles las gracias. Ojalá me quede tiempo para ver esa cifra doblada o centuplicada, ¿por qué no?
Los sueños son libres, sobre todo los que se tienen con los ojos bien abiertos.

viernes, 20 de enero de 2017

98. De síndrome de Estocolmo, nada



   María Victoria ya está en comisaría dispuesta a terminar su declaración, es el tercer día y nota como la fatiga psíquica se le ha ido acumulando. Pese a todo intenta poner buena cara. La pasada noche ha sido la primera en que ha dormido a pierna suelta, piensa que debió influir su apasionado encuentro con Jacinto.
- ¿Dónde me quedé, comisario? – pregunta la mujer a Lucientes.
- Exactamente, cuando explicó a sus secuestradores los instrumentos que necesitaría para realizar un análisis metalográfico de las piezas y como luego pensó que se había pasado y que en cuanto tuviera ocasión les diría que, en su opinión y a reserva de un análisis exhaustivo, las piezas eran actuales, no del siglo quinto – responde el comisario zaragozano.
- Ah, sí. El jueves, después de decirles que las joyas no eran originales no volví a verles. Al día siguiente, a primera hora me trajeron el consabido bocadillo para desayunar y una jarra de agua. Al poco, entraron tres de los bandidos – es la primera vez que les llama así – y me volvieron a preguntar que, a reserva de los análisis de laboratorio y de acuerdo con mis conocimientos y experiencia, les volviera a dar mi opinión sobre la antigüedad de las piezas de arte indígena que otra vez me volvieron a mostrar. No les preocupaba de qué metales estaban hechas, solamente querían saber su antigüedad. Lo que prueba que los bandidos sabían lo que tenían en su poder, pues el valor del Tesoro Quimbaya lo es más por su antigüedad que por otra característica.
   María Victoria hace una breve pausa para beber agua. Lucientes en esta ocasión no le mete prisa.
- Naturalmente, les dije la verdad, que en mi opinión, y a reserva de otros dictámenes más cualificados, las piezas que me enseñaban estaban fabricadas en la actualidad. Precisé más: su fabricación pudo hacerse entre los años cuarenta y setenta del pasado siglo. Y aunque llevaban puestas unas máscaras de esas que se venden en las ferias, casi juraría que les cambió la cara. No les volví a ver hasta la tarde de ese día cuando entró el que parecía el jefe que volvió a preguntarme si me reafirmaba en lo que les había dicho por la mañana. Le dije que sí, que casi con total seguridad. A ese individuo no volví a verle más. No volvieron a importunarme ni a preguntarme nada más hasta cuando entraron el sábado para decirme que me iban a liberar al día siguiente. Cuando oí eso no sabía si reír o llorar. Me puse más nerviosa que un flan.
   Otra pausa. Ahora no bebe agua sino que la mujer entrecierra los ojos como rememorando aquellos momentos tan dramáticos para ella. Todos respetan su silencio, solo se oye el suave siseo del magnetófono que sigue grabando. Hasta que arranca otra vez.
- El sábado, debieron poner algo en la comida o en el agua porque al poco rato de haber cenado me entró un sopor extraño, me recosté en el catre en el que dormía y cuando me desperté iba en la parte trasera de un coche en medio de dos individuos. Volvía a llevar los ojos vendados y me encontraba mareada. Uno de los bandidos me explicó que me iban a dejar en el aparcamiento del Centro Comercial Puerto Venecia, que me metía en el bolso un billete de veinte euros para que cogiera un taxi y que desde ese momento era libre. Y así lo hicieron. Cuando me quité la venda de los ojos estaba confusa y desorientada hasta que vi que, en efecto, estaba en el aparcamiento de Puerto Venecia donde he ido muchas veces a comprar. Recordé que cerca hay una parada de taxis. Cogí uno y pedí que me llevara a casa, luego me lo pensé mejor y cambié el destino, que me llevara a casa de mi hermana. Lo demás, ya lo conocen ustedes.
- Bien, muy bien, María Victoria, es usted lo que llamamos una testigo fiable. Cuenta las cosas con gran precisión. La felicito por ello – afirma Lucientes.
   Grandal piensa que su colega zaragozano es un consumado experto en la siempre compleja técnica del interrogatorio. Sabe cómo incentivar y premiar a los declarantes.
- Lo he hecho lo mejor que he sabido, comisario – confiesa María Victoria.
- Y como acabo de decir, lo ha hecho muy bien. Ahora, viene la fase de las preguntas. Usted conteste lo mejor que sepa, si algo no entiende me lo dice y si no tiene respuesta para alguna de mis preguntas lo dice también, no pasa nada. ¿De acuerdo? Ah, cuando se note fatigada lo dice y haremos un receso. Mi primera pregunta es: ¿se reafirma en la opinión de que las piezas que le enseñaron se fabricaron en el siglo pasado?
- Si, comisario. Entre mil novecientos cuarenta y mil novecientos setenta, aproximadamente.
- ¿Las tres piezas que le mostraron son idénticas a las originales del Tesoro Quimbaya?
- Sí, con la salvedad de que las piezas de los bandidos son réplicas.
- ¿Recuerda qué tipo de coche era en el que le llevaron a Puerto Venecia?
- No sabría decirle. Como he dicho antes estaba confusa y desorientada y, además, tenía los ojos vendados.
- ¿Y el que usaron cuando la secuestraron?
- Sé poco de coches, solo puedo decirle que era grande y de un color oscuro.
- ¿Puede calcular más o menos cuánto duró el recorrido del lugar donde estuvo secuestrada hasta Puerto Venecia?
- Vale lo que dije antes. Estaba con la cabeza en una nube.
- Le pido perdón de antemano por la pregunta que le voy a hacer, pero es obligada: ¿en algún momento de su cautiverio intentaron abusar de usted?
- No, en eso los bandidos se portaron como caballeros. Ninguno de ellos hizo el menor asomo de propasarse
- Aunque ya lo ha declarado anteriormente, vuelvo a preguntarle si llegó a ver a alguno de sus raptores.
- No, nunca. Al principio me pusieron una capucha y cuando me la quitaron eran ellos los que se ponían máscaras cuando entraban en mi habitación.
- Y esa habitación en la que estuvo, ¿tenía ventanas?
- Las tenía, pero estaban cerradas y las fallebas estaban aseguradas con cadenas y candados. No podía abrirlas, hubiera necesitado un cortafrío.
- Por lo que nos ha contado, es evidente que la secuestraron con el único fin de que emitiera su juicio sobre la datación de las piezas que tenían en su poder. Ahora bien, imagino que hay otros muchos expertos sobre culturas indígenas americanas, ¿se ha planteado porque precisamente la secuestraron a usted?
- Tuve tiempo durante mi cautiverio de pensarlo muchas veces. Y lo único que pudo provocar que los bandidos se fijaran en mi persona fue que, a raíz de mi participación en una tormenta de ideas sobre el robo del tesoro que organizaron los policías que llevan el caso, escribí un artículo en El Heraldo de Aragón sobre los diez errores más propalados sobre el Tesoro Quimbaya. Era un artículo divulgativo y en el que no decía nada que no pueda encontrarse en internet. Ahora bien, ¿quién lee El Heraldo fuera de Zaragoza? Claro que también hay una edición on line.
- Bien. ¿Quiere añadir algo más, algo que no le haya preguntado o un recuerdo de último momento?
- No, comisario.
- Pues por mi parte hemos terminado. Muchas gracias, doctora, por su colaboración y, sobre todo, por su paciencia. Ahora, tendrá que esperar un poco, solo el tiempo necesario para que impriman su declaración y la pueda firmar. Y le repito otra vez, al menor indicio de cualquier cosa que le parezca sospechosa no dude en llamarme inmediatamente. Si no me localizara, llame al inspector Juárez, aquí presente – y señala al policía que ha manejado la grabadora – que dirige la unidad de personas desaparecidas. Ha sido un placer hablar con usted.
   Lucientes, antes de salir, le hace un gesto a Grandal de sígueme. En cuanto llegan al despacho le pregunta:
- ¿Sigues creyendo que la doctora Martín-Rebollo es de las que tiene los pies en la tierra y solo nos ha contado lo que vio y oyó o le echa su miajica de fantasía a lo que le ocurrió?
- Mantengo lo que te dije. María Victoria es una mujer con la cabeza bien amueblada y tan realista como la que más. ¿Por qué tantos recelos?
- No sabría decírtelo. Será lo del manido olfato policial del que, por cierto, tú has sido siempre un abanderado.
- Pues debo estar anósmico porque mi olfato no ha olido nada.
- Otra cuestión: ¿dirías que en María Victoria hay un ramalazo de síndrome de Estocolmo puesto que se ha mostrado, hasta cierto punto, benevolente y comprensiva con la conducta de sus secuestradores?
- De síndrome de Estocolmo, nada  de nada – es la rotunda respuesta de Grandal.
- Oye, y en esta noche pasada en su apartamento no te ha contado algo que no haya reflejado en su declaración.
- Pues sí, que pasó mucho miedo y que en alguna ocasión me echó de menos. Incluso llegó a pensar que si yo hubiera estado en su apartamento no la hubieran secuestrado. Fin de la declaración – concluye Grandal, con lo que viene a decir a su colega: hasta aquí hemos llegado, no preguntes más.

martes, 17 de enero de 2017

97. En peores garitas he hecho guardia



   El apartamento de María Victoria no está tal cual lo dejó aquella fatídica mañana del pasado jueves cuando salió de casa creyendo que iba a entrevistarse con el embajador de Colombia y terminó siendo secuestrada. El comisario Lucientes había ordenado que nadie, salvo la Policía Científica, entrase en el piso para no contaminar el escenario del secuestro y, al parecer, los agentes no han sido demasiado cuidadosos en dejar muebles y enseres donde debían estar.
- ¡Qué desastre! – se lamenta María Victoria al ver el estado del apartamento -, pero si está todo manga por hombro. Menudo chorreo le voy a echar a la asistenta.
- La asistenta no tiene ninguna culpa, Mariví. Cuando desapareciste, Lucientes ordenó que no entrase nadie, salvo la policía. Por eso está así, pero no te preocupes, yo te ayudo y entre los dos lo dejaremos como los chorros del oro – y al ver que la mujer empieza a recoger unos libros del suelo, Grandal la corta -, pero eso lo haremos mañana. Ahora lo que debías de hacer es darte un baño que eso te ayudará a relajarte y luego te acuestas. Todavía te dura el estrés y descansar es uno de los mejores antídotos.
- Tendrás que dormir en el sofá. Ahora te traeré un almohadón y unas mantas que igual esta noche hiela y la calefacción la cortan a medianoche – comenta María Victoria retomando el papel de anfitriona.
- No pases cuidado. Estoy acostumbrado a las guardias en la comisaria donde era capaz de dormirme en una silla de tijera o con la cabeza apoyada en la mesa del despacho como almohada. Como dicen los militares: en peores garitas he hecho guardia.
- ¿Quieres tomar alguna cosilla?, aunque no recuerdo que puede quedar en el frigo que no se haya estropeado – dice ella mientras abre la puerta del frigorífico -. A ver, hay leche desnatada, yogures dietéticos, galletas integrales, también hay huevos. Te puedo hacer una tortilla francesa en un pispás.
- Gracias, Mariví, no quiero nada. Tu hermana no has dado de cenar opíparamente.
- A María Eugenia siempre se le dio la cocina mucho mejor que a mí. Más de una vez he pensado que conquistó a su marido más por el estómago que por otra cosa. Bueno, pues entonces voy por las mantas.
- No hagas la cama, me la hago yo. Ya sabes que estoy acostumbrado. Voy al baño, ¿o quieres ir antes? ¿No?, pues entonces buenas noches y que tengas felices sueños – le dice mientras deposita un casto beso en la mejilla de la mujer.  
   A Grandal le cuesta coger el sueño, cuando recuerda que no ha llamado a Atienza como le había prometido. Se levanta procurando hacer el menor ruido posible y llama al inspector.
- Juan Carlos, soy Jacinto. Tengo una primicia que darte. Los que secuestraron a María Victoria eran sudamericanos, por el momento de nacionalidad desconocida, pero lo más importante es que tenían en su poder tres piezas… ¿adivinas de qué? Acertaste, del Tesoro Quimbaya. Un collar, un poporo y la imagen de uno de los seis caciques que tiene catalogados el Museo de América. Y ahora viene lo bueno: las piezas no son las originales sino réplicas. Lo que presupone que estamos más cerca que nunca de probar que los autores del robo o, al menos, los que tienen en su poder las piezas robadas son una banda de sudacas, posiblemente narcos o relacionados con el narcotráfico. Y también se verifica de una vez por todas que las piezas del tesoro que transportaba el furgón blindado son copias y no originales…
   Y Grandal sigue contando a su joven colega cuanto les ha relatado hasta el momento María Victoria. Atienza no cesa de interrumpirle con múltiples preguntas, pero el excomisario que está fatigado le ruega que se las haga mañana, que ahora se va a dormir. Vuelve a recostarse en el sofá, pero el sueño no llega cuando oye que la puerta de la habitación de María Victoria se abre. La mujer, que lleva una bata encima del camisón, se acerca despacito al sofá y al ver que Grandal está despierto se detiene un tanto desconcertada.
- ¿Tampoco puedes dormir? – le pregunta Grandal.
- No hay manera. Pensaba en tomarme un somnífero, pero he recordado que el médico me ha recomendado que en un par de semanas no tome ningún estimulante ni tranquilizante hasta que elimine la droga que me inyectaron los raptores. Iba al frigo porque he recordado que de pequeña, mi madre nos daba un vaso de leche caliente cuando no podíamos dormir. Y eso es lo que iba a hacer. ¿Quieres otro?
   En la minúscula mesa de la cocina, la pareja está tomando un vaso de leche caliente con unas galletas integrales. María Victoria le cuenta lo mal que lo ha pasado y la de veces que pensó en él.
- No sabes cuantas veces me dije: si hubiese estado Jacinto conmigo no me hubieran raptado, él lo habría impedido.
- Posiblemente, Mariví, pero si llego a estar quizá hubiese sido peor porque al encontrar a alguien con quien los secuestradores no contaban lo mismo se habrían puestos violentos y no sé lo que hubiese podido pasar. Porque si tus raptores forman parte de una banda de  narcotraficantes, como sospecha la policía, es gente que no se para en barras y tiene el gatillo fácil.
- Para encontrar excusas te la pintas solo. Una más que añadir a la colección – reprocha la mujer.
   A Grandal no le gusta un pelo el cariz que está tomando la conversación. Le recuerda las discusiones que, en esa misma mesa, mantuvo con María Victoria en los últimos meses, pero por un motivo muy distinto. En cuanto formalizaron su relación él, cuando viajaba a Zaragoza, vivía en el apartamento de ella. Al poco tiempo María Victoria comenzó a hablar de casamiento. Su argumento era siempre el mismo: era persona muy conocida en ciertos círculos de la ciudad, especialmente en los universitarios, y tenía un nombre que salvaguardar. A su edad no podía permitirse que alguna colega o cualquier conocida deslenguada, que las había y muchas, le echase en cara que vivía amancebada. No era necesario que se casaran por la iglesia, bastaría con una boda civil. En esas discusiones lo que solía hacer él era echar balones fuera como se dice en el fútbol. No decía que no, pero tampoco que sí. Se convirtió en un experto en lo de marear la perdiz. Hasta que ante la insistencia de la mujer en lo de las nupcias, un día Grandal se cansó y le contó la verdad.
- No puedo casarme, Mariví, no puedo porque ya lo estoy.
-¡Cómo!, ¿pero no estás divorciado? – La sorpresa de la mujer se pintó en su rostro.
- Nunca llegué a firmar los papeles del divorcio. Todavía no sé por qué, pero no los firmé. Si contrajera nuevas nupcias podrían acusarme de bígamo.
- O sea, que me has estado engañando miserablemente – se dolió ella.
- No te engañé, simplemente no te lo conté todo.
   Y también recuerda el rosario de reproches que se sucedieron a su confesión. Ella llegó a ponerse tan pesada y desagradable con sus recriminaciones que un buen día hizo la maleta y se volvió a Madrid. Desde entonces no habían vuelto a verse; por otra parte, él había retomado su antigua relación con Chelo, que le volvió a acoger como si no hubiese existido ningún corte en su relación. Los lunes volvieron a ser los de siempre. Mientras él ha estado recordando, la mujer se ha quedado callada tras su último reproche hasta que pregunta:
- ¿Quieres otro vaso?
- No, gracias. Lo que voy a hacer es echarme a ver si consigo atrapar el sueño. Buenas noches, Mariví.
   Al ir a darle un beso en la mejilla, ella le echa las manos al cuello a la par que le ofrece los labios. Su primera intención es darle un beso amistoso, pero ella toma la iniciativa y le ofrece la lengua mientras se pega a su cuerpo arqueando las caderas. Terminan en la cama donde la pasión se desborda. Cuando alcanzan el clímax, ella se duerme enseguida. Él, en cambio, sigue sin poder dormir pensando en lo que acaba de pasar. Es una magnífica mujer, se dice, pero yo no estoy ya para estos trotes. Necesita alguien más joven y quizá menos egoísta que yo, termina reconociendo cuando el sueño le vence. Duerme plácidamente hasta que alguien le sacude suavemente. Abre los ojos. Es María Victoria, que esta mañana  luce una sonrisa espléndida.
- Buenos días, dormilón. Es hora de levantarse. Nos aguarda Lucientes y no es cuestión de hacerle esperar. Te he preparado el desayuno que te gusta, lo tienes en la mesa de la cocina.
   Tras las abluciones matinales y desayunar, Grandal recuerda que le prometió a Atienza que le iba a llamar. Lo hace, pero en Patrimonio no le localizan ni tampoco contesta al móvil. Mejor, se dice, pues el tiempo de la cita con Lucientes se les echa encima. Cuando llegan a comisaría, ya está todo preparado para que María Victoria pueda continuar con su declaración.
- ¿Dónde me quedé, comisario?