martes, 10 de enero de 2017

95. Comí a base de bocatas



   Después de abandonar la casa de la hermana de María Victoria, donde ésta ha comenzado a contarles su secuestro, el comisario zaragozano lleva a Grandal a su hotel. En cuanto se han puesto los cinturones de seguridad y arranca el coche, Lucientes pregunta:
- Tú que conoces mejor a la profesora, ¿es una mujer con los pies en la tierra o es una de esas que se monta una película por un quítame allá esas pajas?
- ¿A qué viene esa pregunta?
- Es que no acabo de creerme la historia que nos ha contado de los dos fulanos que se presentan en su domicilio y le sueltan la milonga de que son emisarios del embajador de Colombia que quiere verla. Una persona sensata habría recelado de dicha invitación, porque si el embajador hubiese querido de verdad entrevistarse con ella previamente la hubiera llamado por teléfono o le habría puesto un correo. ¿Y por qué enviar dos personas?, para darle el recado con una bastaba.
- Personalmente, la tengo conceptuada como una mujer inteligente y sensata. Lo que ocurre es que es una de esas contadas personas que le apasiona su trabajo y supongo que bastó que le mencionaran que se trataba del Tesoro Quimbaya para que aceptara la invitación sin plantearse ninguna sospecha. Y prueba de lo que digo es que cuando Juan Carlos Atienza le propuso participar en la tormenta de ideas sobre el robo del tesoro no se lo pensó ni un segundo.
- Acepto tu opinión, pero sigue sin convencerme demasiado su relato. Espero que lo que nos cuente mañana suene más verosímil.
   Quedan que en cuanto al día siguiente digan a Lucientes que María Victoria está en condiciones de seguir con la historia de su rapto, recogerá a Grandal en su hotel. Aquella noche, el excomisario vuelve a hablar con Atienza para contarle lo que les ha explicado Mariví.
- ¿Así que hablaban con acento sudamericano? – se interesa Atienza.
- Eso es lo que nos ha contado. No ha sabido precisar de qué país. Y hablando de eso, no estaría mal que te enteraras si el embajador de Colombia ha estado alguno de los pasados días fuera de Madrid. No es que crea que pueda estar involucrado en el suceso, pero es mejor que descartemos cualquier atisbo de sospecha.
- Lo haré. ¿Quieres que haga alguna otra gestión?
- Por el momento, no. En cuanto mañana termine Lucientes de interrogar a Mariví, te llamaré para contarte el final de su relato.
- Según lo que os cuente, es posible que tengamos que desplazarnos a Zaragoza para interrogarla por nuestra cuenta.
- Por ahora no hace falta. Cuando termine de contar lo sucedido, y en función de lo que nos diga, ya evaluaréis si debéis viajar o no.
   Al día siguiente, un poco antes de las once, Grandal recibe la llamada de Lucientes. Un coche le está esperando a la puerta del hotel para llevarle al domicilio de la hermana de María Victoria. Él está yendo para allá. Ambos comisarios encuentran a la profesora con mucha mejor cara que el día anterior, también está más animosa. Tras poner en marcha la grabadora, Lucientes la anima a proseguir su explicación.
- ¿Dónde me quedé? – pregunta María Victoria.
- Cuando la metieron en el coche, le pusieron una capucha y le dijeron que si colaboraba con ellos no le iba a pasar nada – le recuerda Lucientes. Grandal, como hizo el día anterior, no interviene en el interrogatorio.
- Pues después de dar un montón de vueltas, me llevaron al lugar donde me mantuvieron cautiva desde el jueves hasta el domingo. Una especie de…
- Un momento, por favor, María Victoria – la interrumpe Lucientes -. Antes de contarnos donde estuvo una pregunta: durante el recorrido en coche, ¿llegó a localizar algún lugar por donde pasaron?
- No sabría decirle, lo de la capucha me puso muy nerviosa y me desorienté, pero… ahora que lo pienso estoy casi segura de que pasamos cerca de la catedral porque recuerdo haber oído las campanas y también es posible que recorrieran alguna de las autopistas que circundan la ciudad porque se oía el ruido de coches circulando a gran velocidad.
- Otra cuestión: ¿aproximadamente cuánto tiempo duró el viaje?
- Dimos muchas vueltas y creo que lo hicieron a propósito, al fin y al cabo Zaragoza no es tan grande. No sé…, quizá entre veinte y cuarenta minutos poco más o menos.
- Gracias, María Victoria, y permítame felicitarla, pese a estar nerviosa y desorientada fue capaz de fijarse en detalles como los que acaba de contarnos. Lo que dice mucho de su temple – La felicitación de Lucientes es interesada, el comisario sabe que cuanto más estimulada se vea la profesora mejor será su descripción -. Prosiga, por favor.
- El lugar donde me han tenido retenida me dio la impresión de ser un chalé como uno de los muchos que hay en el extrarradio de la ciudad. No llegué a verlo por completo porque durante los cuatro días que me retuvieron…, esa es una palabra que repetían a menudo, nunca dijeron que estaba presa o secuestrada, siempre se referían a que me tenían retenida. Bien, durante el tiempo que estuve retenida me tuvieron encerrada en la misma habitación de donde solo me dejaban salir para ir al baño. Una vez en la habitación me quitaron la capucha y volvieron a repetirme que si colaboraba con ellos no me pasaría absolutamente nada… - La pausa la aprovecha Lucientes para preguntarle.
- ¿Puede describirnos como eran los secuestradores? Denos todos los datos que recuerde: edad aproximada, detalles físicos como el color de su piel o del pelo, como iban vestidos, como hablaban, cuantos eran; en fin, todo cuanto pueda recordar.
- Le contesto por el orden de sus preguntas, comisario – Grandal piensa que la docente que es Mariví está saliendo a la superficie -. Eran gente joven, digamos que entre los veintitantos y los treinta y pocos. Del color de su piel o del pelo poco puedo decirle porque iban siempre encapuchados, solo vi la cara de la pareja que me secuestró y a la que no volví a ver. De todos modos, por el color del dorso de sus manos estoy segura de que algunos de ellos eran mestizos o cholos como les llaman en Latinoamérica. Por el mismo motivo tampoco sé cómo iban vestidos, salvo los que se hicieron pasar por diplomáticos. En cuanto al modo de hablar, como ya les dije ayer, eran claramente de algún país de Centro o de Sudamérica. Respecto a su número, tampoco estoy muy segura. Si no contamos a los dos que se hicieron pasar por diplomáticos, calculo que entre tres y cinco, quizá seis. No sé.
- Lo está haciendo muy bien, María Victoria, siga por favor – Lucientes la vuelve a animar.
- El jueves a mediodía me trajeron una bandeja con comida. Antes me avisaron que podía quitarme la capucha cuando ninguno de ellos estuviera en la habitación. Que antes de entrar llamarían a la puerta, entonces tenía que encapucharme inmediatamente y que si no lo hacía así me quemarían la cara con ácido. Fue cuando más me asusté y cuando pensé por primera vez que aquello iba en serio y que si les contrariaba en lo más mínimo no dudarían en matarme. Aunque después de serenarme también pensé que nunca habían dicho nada de matarme, que por la razón que fuera me querían viva. Lo que me llevó a seguirles la corriente y a no hacer nada que pudiera encolerizarles. Ah, algo que se me olvidaba, a partir de la tarde del jueves ellos eran los que se cubrían el rostro cuando entraban en la habitación. El hecho de que no quisieran que les viera la cara también me dio que pensar. Si no les veía el rostro no podría identificarles, lo cual suponía que posiblemente si colaboraba con ellos en algún momento podrían liberarme. No pueden imaginarse la de cosas que se llegan a pensar en situaciones como esas.
   Lucientes, ante el peligro de que la testigo comience a perderse en digresiones, y para que retome el hilo del discurso, pregunta:
- ¿Y qué le llevaron de comida?
- Unos bocatas. Es lo que estuve comiendo todos los mediodías. Bocadillos y una jarra de agua. Y para cenar solían traerme pizza; ah, y la noche del sábado me trajeron burritos. El jueves, prácticamente, no probé bocado ni bebí nada porque pensé que los secuestradores igual habían metido alguna droga en el agua o en la comida, pero el viernes, como estaba sedienta y tenía hambre, me bebí la jarra entera y me comí todos los bocatas. No me dieron ninguna droga hasta el día antes de liberarme.
   La mujer ha ido desmoronándose poco a poco, algo que no ha pasado desapercibido a Lucientes por lo que decide darle un descanso, ya seguirán por la tarde. Cuando se lo dice, María Victoria le hace un ruego:
- Comisario, le pido un favor: en lugar de seguir esta tarde, ¿podría ser mañana? No me encuentro con ánimos de continuar con el interrogatorio. Estoy otra vez de los nervios y es posible que no recuerde con claridad lo que pasó. Esta tarde debería descansar y serenarme.
   Lucientes, de mala gana pero accede a la petición de la mujer.
- Hasta mañana y gracias por ser tan comprensivos – les dice la mujer cuando se van.

viernes, 6 de enero de 2017

94. Unos falsos diplomáticos



   Cuando Lucientes y Grandal llegan al piso de la hermana de María Victoria encuentran a ésta en un estado mezcla de confusión, de nerviosismo y con dificultades para expresarse. Ambos comisarios piensan lo mismo: la mujer ha sido drogada, los síntomas que presenta así parecen atestiguarlo. Por lo demás, salvo que el traje chaqueta que lleva está muy arrugado como si hubiese dormido con él puesto, a primera vista no da la impresión de que haya sufrido ningún tipo de violencia. Se encuentran a ambas hermanas discutiendo, María Victoria quiere marcharse a su apartamento, María Eugenia cree que no es buena idea, no está en condiciones de quedarse a solas.
- Puedes dormir en la habitación de Elenita – ofrece María Eugenia.
- ¿Crees que voy a echar de su habitación a mi sobrina? – farfulla María Victoria.
- ¡Por Dios Mariví!, esta es también tu casa, no vas a echar a nadie. Le pondremos a Elenita una cama en el dormitorio de su hermanito y estará encantada de tenerte con nosotros. Ya sabes que eres su tía predilecta.
   Al ver entrar a los policías, María Victoria se echa en brazos de Grandal en medio de incontenibles sollozos y no hace más que repetir: 
- Jacinto, Jacinto,…, sabía que vendrías a salvarme.
   Grandal trata de tranquilizarla y de entender lo que a borbotones y con una lengua de trapo está diciendo María Victoria.
- Tendrías que hacer caso a tu hermana, Mariví. No estás en condiciones de quedarte a solas. Es mucho mejor que duermas aquí – le aconseja Grandal.
   En esas que llega el forense que inmediatamente se lleva a María Victoria a una de las habitaciones para hacerle un primer reconocimiento. Tras casi un cuarto de hora, el médico sale para informar.
- La paciente está bien, aunque presenta un cuadro agudo de ansiedad. No se advierten signos de que haya sufrido violencia alguna y no ha sido agredida sexualmente, pero si la han mantenido dopada con algún tipo de tranquilizante, de ahí su estado de confusión y cierta dificultad al hablar. En cuestión de poco más de veinticuatro horas habrá eliminado los restos de la droga y recobrará su estado normal y su capacidad de expresión mejorará sensiblemente. No creo necesario hospitalizarla, aunque en los próximos días sería aconsejable hacerle una revisión general por si tuviera algún traumatismo interno o alguna clase de patología como consecuencia del estrés por los días que ha estado cautiva. Le he dado un sedante porque lo que más necesita ahora es dormir y que su ansiedad vaya remitiendo.
- Doctor, ¿podemos interrogarla? – inquiere Lucientes.
- No en estos momentos. Como he dicho le he suministrado un sedante y espero que esté durmiendo entre diez y quince horas. Tendrás que esperar ese tiempo, Paco – el galeno parece conocer bien al comisario Lucientes -, para que te pueda dar respuestas coherentes. De momento, lo que tiene que hacer es descansar, dormir y que se le pase el desasosiego. Mi trabajo aquí ha terminado – y dirigiéndose a María Eugenia le dice -. Le dejo mi teléfono, si ocurriese cualquier anomalía no dude en llamarme.
   Tras la marcha del forense, la hermana de María Victoria explica a ambos comisarios que hacia las siete treinta de la tarde sonó una insistente llamada del telefonillo del portal de la finca. Al preguntar su marido quien era, una voz atropellada dijo:
- Abridme, soy Mariví.
   Su hermana apareció tal y como la habían visto, con la ropa arrugada, el cabello desordenado y un estado entre la histeria y la alegría. Les explicó que la habían soltado en el parking de un centro comercial. Al preguntarle que donde había estado se puso a divagar sobre los hombres que se la llevaron, pero entre que hablaba atropelladamente y que no vocalizaba de forma correcta la mitad de lo que les contó no lo entendieron. Le dieron una tila para que se tranquilizara y un paracetamol porque se quejó de que le dolía la cabeza. Y poco más podía contarles.
- Bien, no se preocupe – la tranquilizó Lucientes -. Mañana, en cuanto se despierte su hermana y la vea recuperada, me llama y vendré personalmente a hablar con ella – y volviéndose a Grandal le pregunta - ¿Tú vas a quedarte o te vuelves a Madrid?
- Voy a quedarme el tiempo que haga falta, hasta que el caso esté cerrado. Y si no te importa, Paco, me gustaría acompañarte en la visita de mañana. Estaré callado y no molestaré – promete Grandal.
- Me parece bien. Tu amistad con María Victoria la hará sentirse más confiada y podrá contarnos lo ocurrido con mayor detalle – y dirigiéndose nuevamente a María Eugenia añade -. Esta noche voy a dejar un coche patrulla de vigilancia delante del portal. A la menor sospecha de que algo raro pasa avísenles y, si lo consideran necesario, ellos ya me localizarán. Nosotros nos despedimos y quedamos a la espera de su llamada en cuanto considere que su hermana esté en condiciones de hablar.
   El lunes, Grandal madruga más que de costumbre. Desayuna en el bufet del hotel y no sale puesto que está esperando la llamada de Lucientes para que le acompañe a casa de la hermana de María Victoria. Parte de su tiempo matinal lo dedica a ponerse en contacto con la gente que ha dejado en Madrid. Llama primero a Atienza para contarle que apareció Mariví sana y salva y que en cuanto sepa más datos sobre su secuestro le tendrá informado. Luego llama a Ponte para excusarse de que no podrá reunirse con el trío de sus amigos porque ha tenido que salir de Madrid urgentemente. Le cuenta la mitad de la verdad: que está en Zaragoza porque el comisario jefe de la Policía Judicial tiene un problema y le ha pedido su ayuda. Que ya les contará cuando vuelva. Después de pensarlo, llama también a Chelo. Le repite lo que le dijo el día anterior: que está en Barcelona y que, posiblemente, tendrá que quedarse algunos días más. Estará en contacto. Chelo le agradece que la tenga informada y no le formula ninguna pregunta. Cuando ve que son las doce, ya no puede aguantarse más y llama a Lucientes.
- Paco, ¿sabes algo de María Victoria?
- Acabo de hablar con su hermana. Me ha dicho que se despertó hace un rato, se tomó un tazón de leche con unas galletas y un ibuprofeno y se volvió a dormir. Me llamará cuando se despierte. En cuanto lo haga te llamo, mientras date un paseo por la ciudad, verás que no es la misma de aquellos años en los que íbamos a tapear al Tubo.
   Sobre las cinco de la tarde se produce la llamada de Lucientes, María Victoria se ha despertado. La mujer que encuentran parece distinta a la del día anterior. Está más tranquila, se expresa fluidamente y ha recobrado parte de su prestancia. Comienza a explicarles con todo detalle la historia del secuestro. El pasado jueves, a primera hora, alguien llamó a su puerta. La abrió despreocupadamente y dos hombres, bien trajeados y hablando un español de alguna parte de Sudamérica, le preguntaron cortésmente si era la doctora Martín-Rebollo. Le mostraron unos pasaportes diplomáticos y le explicaron que el embajador de Colombia, que estaba de paso en la ciudad, quería hablar con ella de un asunto relacionado con el Tesoro Quimbaya. El señor embajador la estaba esperando en el Hotel Reina Petronila. Que sería cuestión de media hora como máximo. Eran educados y amables, les creyó. En cuanto entró en el coche estacionado a la puerta de su casa todo cambió. Le hundieron una pistola en los riñones y le dijeron que si estaba callada y no montaba un escándalo no le pasaría nada y que si colaboraba en lo que iban a pedirle nadie iba a tocarle un pelo. Luego le pusieron una capucha. Al revivir su rapto por un momento da la impresión de que la mujer va a venirse abajo. Lucientes se da cuenta y la interrumpe.
- Descanse un momento, María Victoria, no tenga prisa. Tenemos el tiempo que haga falta para que nos lo cuente todo, pero sin atorarse. Beba un poco de agua y, si quiere, fúmese un pitillo.
- Gracias, pero lo dejé. Aunque lo que me vendría bien sería un cafelito.
   Es oír lo del café y María Eugenia se dirige a todos preguntando quien quiere café, té o la infusión que prefiera. En esas están cuando suena el timbre de la puerta.
- ¿Esperan a alguien? – inquiere Lucientes.
- No, a nadie – responde María Eugenia que ya se ha puesto en pie para dirigirse a la puerta.
- Espere, María Eugenia, deje que abra yo, no vaya a ser una visita indeseable.
   No es un indeseable sino el decano de la facultad de Filosofía y Letras que, sabedor de que ha aparecido María Victoria, pregunta por ella. Al oírle es la propia Mariví la que sale a su encuentro para agradecerle su interés y explicarle que no ha llegado en buen momento porque está siendo interrogada por la policía. Que mañana se pasará por su despacho y le relatará toda la odisea por la que ha pasado. A todo eso, ya se han hecho las nueve de la noche y los dos niños de María Eugenia andan reclamando la cena. Es Lucientes quien decide que por hoy está bien.
- ¿A qué hora le viene bien que vengamos a continuar… - iba a decir el interrogatorio, pero cambia de sustantivo – la conversación?

martes, 3 de enero de 2017

93. Sana y salva



   La portada gráfica del ABC del lunes, catorce de marzo, le parece a Ponte sorprendente. Resulta que en España, el país al que la inmensa mayoría de extranjeros identifica con el mundo del toreo, hay ahora gente exigiendo que se proteja a la llamada fiesta nacional. El titular así lo confirma: Multitudinaria manifestación en Valencia. Clamor en defensa de la fiesta. Miles de aficionados exigieron libertad y reivindicaron la Tauromaquia “como un bien cultural amparado por la Constitución”. ¡Qué país este!, es cuanto al viejo se le ocurre. De la segunda portada no le llama la atención ningún titular salvo un cintillo que dice: La falta de agua de calidad pone en riesgo la huerta mediterránea. Al final tanto turismo, tanto apartamento con vistas al mar y tanto crecimiento urbano del arco mediterráneo y no vamos a tener agua ni para beber, se dice Ponte. Cuando va a ver la portada de El Mundo, suena el móvil. Mira la pantalla, es Chelo.
- Chelito, buenos días. ¿Ya se ha despertado el dormilón de Jacinto?
- No lo sé. Ayer me llamó para decirme que se iba a Barcelona para asistir al funeral de un sobrino.
- No sabía que tuviera familiares en la Ciudad Condal – A Ponte se le notan los años hasta en su lenguaje. Ya nadie llama a Barcelona así. Habría que ver como se pondrían los nacionalistas catalanes.
- Estoy convencida de que no los tiene. Se ha debido ir a Zaragoza, que es donde vive esa fulana que le tiene sorbido el seso.
- Es raro que haya viajado en domingo y además esta tarde íbamos a reunirnos en su casa para que nos contara lo último que se sabe del robo del tesoro. Comentó que a ti no te molestaba que nos juntáramos un lunes.
- Y no me molesta, pero ya ves, ni siquiera os ha llamado para disculparse por su ausencia porque no creo que esté de vuelta por la tarde.
- Lo que me cuentas tiene todos los visos de ser un viaje precipitado. Algo debe de haber ocurrido, pero bueno, lo que sea ya nos lo contará a su vuelta. Y ahora, dime bonita, ¿te puedo ayudar, necesitas algo?
- Gracias, Manolo. Solo te llamaba para contarte lo del viaje de Jacinto y por si tú sabías algo más, pero ya veo que no. Perdona por haberte llamado tan temprano, igual te he despertado.  
- No hay nada que perdonar, Chelo, hace mucho rato que estoy despierto. Si sé algo de Jacinto ya te llamaré. Que tengas un buen día y no te preocupes.
   El que sí que está preocupado es Grandal. En el apartamento de María Victoria la policía no ha encontrado otras huellas que no fueran las de la profesora, su hermana María Eugenia y la asistenta. Con la ayuda de la hermana han determinado que Mariví salió de casa con lo puesto. En el apartamento no falta nada, por tanto no se trata de un robo con violencia, como al principio se pudo sospechar. Preguntados los vecinos de la finca y de los edificios contiguos solo han encontrado a una persona que la vio el día de su desaparición: una viejecita que desde su ventana vio como subía a un coche en compañía de dos hombres. Del vehículo solo supo decir que era de color negro o de un azul muy oscuro, no pudo precisar más. De los hombres, que llevaban chaqueta pero sin aportar más detalles. Si dio alguno más sobre el atuendo de la profesora: llevaba un traje chaqueta y un fular en el cuello y juraría que zapatos de medio tacón. No se pudieron hacer con más informaciones.
   Paco Lucientes, el comisario jefe de la Policía Judicial zaragozana, lo comenta con Grandal.
- Reconozco, Jacinto, que es una desaparición un tanto extraña. La señora Martín-Rebollo no tiene enemigos del fuste como para secuestrarla, ni es tan joven como para que algún enamorado en un momento de apasionamiento haya decidido llevársela Dios sabe dónde. Por otra parte, hasta el momento nadie ha llamado para exigir un rescate por ella.
- Lo que está claro, Paco, es que los indicios apuntan a que no se fue por propia voluntad. Según su hermana salió con lo puesto. No se llevó absolutamente nada, ni siquiera el bolso de banderola que siempre suele llevar. ¿Conoces alguna mujer que cumplidos los cincuenta salga de casa sin una polvera o una barra de labios? Pues, al parecer, ni siquiera eso llevaba. Es raro, muy raro. ¿Qué hipótesis manejáis en la Judicial?
- ¿Hipótesis?, por ahora ninguna. Nos atenemos a los hechos constatados: mujer adulta, de edad madura, a la que se ha visto subir a un vehículo aparcado en doble fila ante la puerta de su domicilio en compañía de dos sujetos. La única testigo que la vio no pudo percibir que se la estuvieran llevando a la fuerza. Por otra parte, en su apartamento no hay huellas de violencia, ni falta nada, ni se allanó la morada, por lo que descartamos el robo. Y hasta el momento nadie se ha puesto en contacto con la familia para dar noticias de la desaparecida o exigir alguna clase de rescate. Hemos llamado a todos los centros hospitalarios de la ciudad y hasta al Instituto Anatómico Forense y no ha ingresado ningún paciente o cadáver que se ajuste a los datos de la profesora.
- De acuerdo, esos son los datos que tenemos, pero insisto: ¿tenéis alguna hipótesis? – reitera Grandal.
- Hombre, Jacinto, la hipótesis más verosímil es la de un secuestro. ¿Motivos? Esa es la parte débil del presunto rapto. No parece que pueda ser para pedir un rescate económico, ni la desaparecida ni su familia tiene dinero para ello. Tampoco tiene edad para que estemos ante un caso de trata de blancas por mucho que se empeñe su hermana. Que se sepa no cuenta con enemigos reconocidos. Al parecer, no se droga ni es jugadora ni tiene deudas pendientes. Su familia y amistades son de lo más normal, su única excentricidad es que sea amiga de un comisario jubilado – añade con una sonrisa irónica Lucientes -. Entonces, un secuestro ¿para qué?
  Grandal pasa por alto la sardónica mención de su persona que ha hecho su colega e introduce una nueva perspectiva en la conversación.
- Estoy pensando que María Victoria intervino en una tormenta de ideas sobre el robo del Tesoro Quimbaya que se celebró en la Brigada del Patrimonio en Madrid. Allí fue donde nos conocimos. Me pregunto si ello tendrá algún tipo de relación con su desaparición. ¿Te importa que llame a la Brigada a ver si localizo a Juan Carlos Atienza, que es uno de los inspectores que coordina el caso del robo?
- Hombre, Jacinto, que cosas dices. Llama al Sacapuntas.
- ¿También hasta aquí ha llegado el mote que les han puesto?
- Ya sabes que en el Cuerpo los chismes corren como la pólvora.
   Mientras, Grandal ya está marcando.
- Hola. Soy el comisario Jacinto Grandal, necesito hablar con Juan Carlos Atienza.
   Se produce una pausa hasta que Atienza se pone al aparato.
- Juan Carlos, estoy en el despacho del comisario Paco Lucientes de Zaragoza. No sé si sabes que María Victoria Martín-Rebollo ha desaparecido. El pasado jueves la vieron subir a un vehículo en compañía de dos desconocidos y desde entonces nadie ha sabido nada de ella. No, no han pedido ningún rescate. Realmente, no estamos seguros de que la hayan secuestrado, aunque los indicios apuntan a ello. Me preguntaba si su desaparición podría tener algo que ver con el Caso Inca. ¿Qué opinas?
   Tras escuchar atentamente lo que le contesta Atienza al otro lado del hilo telefónico, Grandal le da las gracias y cuelga, luego le resume a Lucientes lo que le ha contado el inspector de Patrimonio.
- Los Sacapuntas no sabían nada de lo de María Victoria y Atienza opina que, en principio, no cree que haya ninguna relación entre el Caso Inca y la desaparición de Mariví, pero que de todas formas estarán alerta por si surgiera algún indicio que apuntara a ello.
   En esas están ambos comisarios cuando suena el teléfono. Lo coge Lucientes.
- Sí – pausa -. Pásamela – ordena Lucientes mientras le dice en un susurro a Grandal -. Es la hermana de María Victoria – vuelve a atender al teléfono -. Sí, soy Paco Lucientes y en efecto, Jacinto está conmigo. Dígame. ¡¿Cómo?!, ¡¿qué ha aparecido su hermana?! – Se produce otra pausa en la que el comisario escucha atentamente mientras le hace gestos a Grandal de que tenga paciencia -. ¿María Victoria está bien? No, no llame a ningún médico, yo me encargo de que la vea un forense. Usted lo que tiene que hacer es decirle que no se mueva de su casa y que no hable con nadie. Ahora mismo voy para ahí. Sí, no se preocupe, Jacinto me acompañará – y cuelga.
-  Ya lo has oído, hace unos veinte minutos María Victoria ha llegado al piso de su hermana. Al parecer se encuentra bien, aunque está muy nerviosa y un tanto confusa y desorientada, como si le hubieran suministrado alguna droga. No hace más que llorar y reír al mismo tiempo. Espera un momento mientras hablo con mi gente para que localicen al forense y nos vamos a casa de su hermana.
- Lo más importante es que está sana y salva, gracias a Dios – enfatiza Grandal visiblemente aliviado.