domingo, 2 de octubre de 2016

*** El blog se dispara




   El habitual número de páginas vistas del blog se ha disparado en la última semana. Las masivas descargas que se han producido desde los Estados Unidos han hecho que en el último mes sean 1000 las páginas vistas. De forma que hemos rebasado con creces la cifra de 9000 páginas vistas.
   Es obvio decirlo, pero estoy encantado. Todos los novelistas escribimos para ser leídos, alguna excepción habrá pero esa es la intención generalizada. Y es el caso de este octogenario aficionado a escribir literatura de ficción.
   Solo me resta decir: gracias, amigos. Prometo que, mientras me queden fuerzas, seguiré escribiendo. Es mi manera de resistir a los imparables avances de la vejez.

viernes, 30 de septiembre de 2016

66. Preparando la tormenta de ideas



   El lunes, dieciocho, los policías que coordinan el Caso Inca aprovechan la jornada para atacar en dos direcciones. Por una parte, tantean a aquellas autoridades que puedan saber algo sobre la autenticidad o no de las piezas robadas del Tesoro Quimbaya. Han de andar con pies de plomo porque en todos los casos se trata de superiores suyos y alguno de ellos con malas pulgas. No obtienen  ninguna información clara, solo respuestas ambiguas en el mejor de los casos, y hasta algún rapapolvo como el que les suelta la jueza instructora del caso, evidentemente molesta ante la pregunta. Todo ello les lleva a reafirmarse en que las piezas robadas son, casi con toda seguridad, meras réplicas. Por otra, al finalizar la tarde preparan todo lo necesario para que la tormenta de ideas que va a tener lugar al día siguiente, ya con la participación del excomisario Grandal, sea lo más exitosa posible.
   Cuando el trío de inspectores recapitula el conjunto de ítems a desarrollar en la tormenta de ideas se encuentra con la siguiente colección de preguntas:
1. ¿Por qué las autoridades ocultan que las piezas robadas no son auténticas? En ese apartado están, entre otras: la dirección del Museo de América, la jueza instructora, los mandos policiales que van desde el jefe de la Brigada de Patrimonio hasta el Ministro del Interior, y puede que hasta el Presidente del Gobierno.
2. ¿Cómo siendo tantas las personas que, presuntamente, están al tanto del encubrimiento la noticia no se ha filtrado a los medios?
3. ¿Cuáles pueden ser los motivos que les llevan a no hacer pública la noticia?
4. Si todo sigue igual, ¿cómo repercute ello en el esclarecimiento del caso?
5. ¿Qué podría pasar si se publicara la información de la no autenticidad de las piezas robadas?
6. Y cómo corolario del anterior ítem, ¿en su caso qué sería mejor para la investigación policial, publicar la noticia cómo información del poder ejecutivo o filtrarla a los medios como producto de una investigación de la prensa?
7. ¿Cuáles podrían ser las repercusiones que el anuncio de la no autenticidad podría tener en los ladrones y/o autores intelectuales del robo? 
   En tanto los policías se afanan preparado la tarea del día siguiente, Grandal, puesto que la reunión en Patrimonio la han programado para la tarde del martes, reúne a sus colegas de la investigación paralela para contarles cuanto ha sucedido después del interrogatorio que los policías sometieron a Ponte en la cafetería Van Gogh. Todos escuchan muy atentamente el relato del excomisario, quien al finalizar su narración les pide su opinión sobre cómo afrontar mejor la tormenta de ideas de la tarde. Antes de que opinen, Grandal quiere explicarles en qué consiste una lluvia o tormenta de ideas. Ante su sorpresa, resulta que tanto Álvarez como Ponte no solamente lo saben sino que en sus respectivas empresas, el Canal de Isabel II e Iberdrola, participaron en más de una. Solo hay que hacerle un sucinto compendio a Ballarín, quien nunca tuvo necesidad de utilizar semejante técnica de grupo en su negocio de ferretería.
- Y tú, Jacinto, ¿cuál crees que es la pregunta más interesante que podría hacerse? – pregunta Álvarez.
- Creo que hay dos preguntas que podrían ser importantes. Una es ¿por qué ocultan las autoridades que las piezas robadas no son las auténticas? La otra: ¿qué pasaría si se hiciese público que las piezas verdaderas siguen a buen recaudo en el museo? – y añade -. Y ahora vamos a hacer una minitormenta nosotros. ¿Quién tiene alguna respuesta a la primera pregunta? Os doy cinco minutos para que lo penséis.
   Los cinco minutos parecen haberse convertido en cinco segundos, así pasan de rápidos. Cuando Grandal, como si fuera un entrenador de baloncesto, dice: ¡tiempo!, Álvarez levanta presto la mano.
- El Gobierno no dice la verdad porque si en el mundo del hampa se sigue creyendo que el tesoro robado es el auténtico nadie volverá a intentar robarlo.
- En cambio, yo creo que no se hace público el cambiazo – dice Ballarín – porque así el Gobierno se quita de en medio la reclamación de Colombia. Si el tesoro lo tienen otros, las autoridades españolas se lavan las manos. Que lo reclamen a los que lo han robado. Vamos, como decíamos en la mili: a reclamar al maestro armero.
- No dicen la verdad porque seguramente piensan que si los ladrones creen que están en posesión de un tesoro como el Quimbaya pueden tratar de venderlo al mejor postor. Y entonces habrá más posibilidades de pillarles – apostilla Ponte.
- Interesantes puntos de vista – les adula Grandal, aunque piensa que las respuestas dadas son más bien disparatadas -, pero siendo sincero no me acaban de convencer. Y de la segunda pregunta, ¿qué tenéis que decir?
- ¿Cuál es la segunda? – pregunta Ballarín.
   Grandal piensa que alguno de sus viejos compañeros comienza a dar muestras de las señales propias de la senilidad, entre ellas la falta de memoria para los hechos recientes. Ahí tiene, como ejemplo, a Ballarín que no recuerda la segunda de las preguntas que hace unos minutos ha planteado. La vuelve a repetir:
- ¿Qué pasaría si se hiciese público que las piezas verdaderas siguen a buen recaudo en el museo? Os doy otros cinco minutos para oír vuestras respuestas.
   Cuando Grandal avisa que ya pasó el tiempo, vuelve a ser Álvarez el primero en levantar la mano.
- Que los ladrones se convertirían en el hazmerreír de todos los chorizos europeos que se dedican al robo de obras de arte.
- Que no podrían vender lo robado a ningún perista o a algún particular – es la respuesta de Ballarín.
- Así a bote pronto, se me ocurre que podrían pasar muchas cosas. Por ejemplo: que quizá hubiese peleas entre los atracadores porque algunos de ellos o los que planificaron el robo se columpiaron de mala manera. Montaron un atraco por todo lo alto para llevarse unas piezas de chichinabo. Además, organizar un robo como el llevado a cabo supone una inversión no solo de tiempo sino también de dinero. Los ladrones habrán tenido que comprar información, pagar a cómplices, hacer viajes, etcétera, y todo el dinero invertido se ha convertido en dinero perdido. A nadie nos gusta perder pasta y supongo que menos a alguien que se dedica a robarla – es Ponte quien vuelve a intervenir.
- Unas respuestas muy agudas – resume Grandal, volviéndoles a pasar la mano por el lomo, aunque, como antes, piensa que las respuestas de los vejetes no son nada del otro mundo y que es Ponte quien ha ofrecido una respuesta que aporta mejores cables de los que tirar -. Por ejemplo, cojamos lo que acaba de plantear Manolo. Supongamos que los ladrones se pelean entre sí por alguno de los motivos que ha apuntado Manolo o por algunos otros. ¿Qué podría pasar en ese supuesto? Os doy otros cinco minutos para que lo penséis.
- Yo no necesito tiempo para darte mi respuesta – se adelanta Álvarez -. Teniendo en cuenta como suelen actuar los aficionados a lo ajeno y como son sus reacciones, estoy seguro que más de uno de los gánster implicados se encontraría con un balazo entre ceja y ceja.
- Yo opino lo mismo que Luís – afirma Ballarín -. Al menos eso es lo que ocurre en las películas. Cuando una banda de hampones la caga porque alguno de sus miembros no ha hecho los deberes, la metedura de pata casi siempre se salda con un tiro en la cabeza o con alguien que va a visitar a los peces, como decían en la serie policíaca de Los Soprano. ¿Os acordáis de Tony Soprano y sus mafiosos como se ventilaban a los que la habían cagado? Pues aquí podría pasar lo mismo.
- Estoy de acuerdo con Luis y Amadeo. Si se llega a saber que lo robado no es ni chicha ni limoná, como dicen los castizos, se podría montar una fiesta fina y no como para lanzar peladillas precisamente. Lo que… - Ponte interrumpe su exposición, parece que su argumentación le ha llevado por otros derroteros -. Oye, Jacinto, se me acaba de ocurrir que si se dijera la verdad de que las piezas robadas no son de ley y se montara una tangana entre los atracadores, eso podría abrir un portillo para nuevas investigaciones sobre el caso.
- Manolo, ¿estás diciendo lo que creo?, ¿qué para resolver el caso lo mejor sería que se hiciese público que las piezas chorizadas no son las auténticas? – repregunta Luís, un tanto perplejo.
   El brillo de los ojos de Grandal vale por toda una respuesta. Sus viejos amigos serán ancianos, pero su caletre se mantiene joven. Veremos, se dice, si en la tormenta de ideas de mañana mis jóvenes colegas están a la misma altura que este trío de viejales.

martes, 27 de septiembre de 2016

65. El viejo método socrático sigue valiendo



   Los inspectores que llevan el Caso Inca y el excomisario Grandal han terminado de almorzar, pero siguen en la cafetería Van Gogh donde los tres policías están expectantes sobre las explicaciones que va a ofrecerles el jubilado comisario de porqué es tan importante el hecho de que las piezas robadas del Tesoro Quimbaya sean meras réplicas y no las originales.
- Veréis. Os propongo que usemos un procedimiento clásico: yo pregunto y alguno de vosotros contesta.
- Le vieux méthode socratique – dice el francés y traduce por si alguien no se ha enterado -, el viejo método socrático.
- Bueno, como queráis llamarle. Primera pregunta: ¿las piezas robadas son las auténticas?
- No – es la rotunda repuesta de Atienza.
- ¿Por qué?
- Porque si lo fueran dos de los tres ministerios implicados hubieran seguido presionándonos, lo que vale también para los jefes de nuestro colega Blanchard. Puesto que han dejado de hacerlo, en mi opinión eso demuestra, casi con plena certeza, que las piezas sustraídas son más falsas que un euro de metacrilato.
- Bien, otra hipótesis –prosigue Grandal -. Admitamos que las piezas no son auténticas sino simples réplicas. El tesoro vale lo que vale no porque las piezas sean de oro, sino por su antigüedad y su carga histórica. Las originales no hay dinero para pagarlas, las réplicas solo valen lo que valga el peso de su oro y poco más. Sentado esto, la pregunta es: ¿los ladrones sabían que el tesoro que estaban robando era el original o una copia?
- Esa pregunta creo que solo tiene una respuesta: no lo sabían. No se monta un golpe así para robar una imitación por muy de oro que esté hecha – afirma Blanchard.
- De acuerdo. Otra pregunta: ¿a estas alturas saben los ladrones que lo que se llevaron son poco menos que baratijas de oropel?
   La pregunta no recibe respuesta por el momento. Da la impresión de que los inspectores se lo están pensando. Es Atienza quien primero responde:
- Apostaría algo a que no lo saben. Al menos en Patrimonio no hemos detectado el menor indicio de que se haya producido alguna filtración sobre la autenticidad de las piezas robadas.
- Lo que dice Juan Carlos, está avalado por los asesinatos de Obdulio Romero y su cuñado y por el seguimiento que se le hace a Adolfo Martínez. No creo que los atracadores se hubieran molestado en darles matarile a unos y en vigilar al tal Adolfo si hubieran sabido que el material que robaban era más falso que una promesa electoral – remata Bernal con su habitual chulería.
- Bien, aceptemos que los ladrones siguen en la creencia de que las piezas robadas son auténticas. Entonces, la pregunta es: ¿qué podría pasar si los atracadores se enteraran de que su botín no vale nada o, para ser más precisos, vale lo que valga el oro de las réplicas?
   Otra vez, la respuesta es el silencio. Parece que los inspectores están dándoles vueltas a la pregunta que acaba de formularles el excomisario. Bernal es quien quiebra el silencio.
- Pasar, podría pasar de todo.
- Permíteme decirte, querido Eusebio, que para esa respuesta no hacían falta alforjas – El excomisario se la tenía guardada al impulsivo Bernal. Y añade, hurgando en la herida –. Necesito respuestas, no vaguedades.
   Bernal, airado por el desprecio mostrado por el excomisario, está en un tris de contestarle de malos modos cuando Atienza, que sabe cómo se las gasta su compañero, se adelanta:
- Tu pregunta, Jacinto, creo que no admite una respuesta unívoca sino que abre todo un abanico de posibilidades. Por ejemplo: suponiendo que los atracadores hubiesen robado el tesoro con la intención de venderlo, si se hiciera público que las piezas robadas son únicamente réplicas, la hipotética venta se vendría abajo. Todo el trabajo hecho no les valdría para nada.
- Otra posibilidad – esta respuesta la da el inspector galo – es que, en el supuesto de que estuviéramos ante un robo por encargo, el autor o autores intelectuales del mismo se sentirían muy defraudados y hasta es posible que exigieran alguna clase de responsabilidad a los protagonistas del atraco.
- Hay otra cuestión que podría pasar y que la estamos dejando de lado – añade Bernal a quien parece que se la ha pasado el enfado contra Grandal -, es la de que: ¿cómo respondería la opinión pública española ante la ocultación de la verdad por parte del Gobierno?
- Excelente aportación, Eusebio – admite Grandal, que de ese modo rectifica su puya anterior -, la de introducir el impacto que podría tener en la ciudadanía el hecho de que el poder ejecutivo haya ocultado una noticia como esa. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿para la resolución del caso que sería más eficaz seguir ocultando la verdad o publicarla?
   Una vez más, no hay respuestas a bote pronto. Grandal está llevando el clásico método de pregunta-respuesta-pregunta a planteamientos cada vez más complejos y abiertos. Bernal es el primero en responder:
- Corriendo el riesgo de que me vuelvas a acusar de que respondo vaguedades, opino que esa pregunta quizá sea la madre del cordero. Y tendríamos que meditar muy detenidamente las posibles respuestas porque en caso de acertar quizá estuviéramos ante el principio del fin de esta pesadilla en que se ha convertido este caso.
- Opino que Eusebio ha dado en el clavo – corrobora Blanchard.
- Jacinto – interviene Atienza –, nos estás haciendo cavilar más que en todo el tiempo que llevamos en el caso. Y tan es así que propongo que, dada la hora que es y que hoy es sábado, dejemos el coloquio en este punto y mañana en Patrimonio, con más medios y sin tantas voces de fondo, podemos montar una especie de tormenta de ideas para ver si encontramos las mejores respuestas a tus endiabladas preguntas.
- Oye, Juan Carlos, que mañana es domingo y mi mujer ha venido a verme – protesta Blanchard.
- Bien – acepta Atienza a regañadientes -, pues pasado mañana, lunes.
   Grandal está a punto de decir que por él vale cuando se acuerda de Chelo.
- Mañana no va a poder ser. Tengo una cuestión personal que tratar y no puedo aplazarla. O seguimos ahora o lo dejamos para el martes.
   Bernal y Atienza se miran. Ambos están al cabo de la calle de cuál es la cuestión personal que tiene que resolver el excomisario el lunes; mejor dicho, todos los lunes. El inspector de la Policía Judicial no se lo piensa dos veces, alguien tendrá que decirle a la vieja reliquia de Grandal que es más necesario e importante resolver el Caso Inca que echar un polvo a la Chelo a quien, por cierto, la policía tiene fichada como lo que es: una puta discreta y con clientes fijos, pero puta al fin. Atienza, que parece que le haya leído el pensamiento a su colega, se adelanta:
- Grandal, nos das un minuto, por favor. Antes de fijar la fecha de la nueva cita tengo que hacer un aparte con mis compañeros.
   Los tres inspectores se trasladan al otro extremo de la cafetería donde Atienza le explica a Blanchard a que se dedica Grandal los lunes. A lo que añade Bernal que es, precisamente lo que quería echarle en cara. No tanto porque tuviera un arreglillo con una fulana, sino porque le diera prioridad al sexo antes que al trabajo.
- Bon Dieu, todos tenemos nuestras debilidades. No podemos; mejor dicho, no debemos echarle en cara al comisario que dedique un día a la semana a satisfacerlas – opina Blanchard.
- Mira, Eusebio, no fuerces la mano ahora que tenemos a Grandal de nuestra parte. Ni se te ocurra mentarle a la Chelo. Como vuelva a cabrearse nos deja jodidamente solos otra vez. Y ya ves lo bien que le funciona la chola. Ha centrado el caso desde unas perspectivas que, hay que reconocerlo, no se nos habían ocurrido – afirma Atienza.
- ¿Y vamos a perder todo un día para que ese viejo verde le dé gusto al pajarito? Si no se le debe ni levantar.
- Si no se le levanta no es asunto nuestro y, además, para eso está la Viagra. Lo que hemos de decidir ya mismo es si le decimos que sigamos esta tarde o si lo aplazamos al martes como ha propuesto. Y el lunes no lo perderemos, podemos dedicarlo a organizar una tormenta de ideas sin Grandal y también a afilar las orejas para ver si conseguimos enterarnos de algo más sobre el estado de la propuesta que hicimos a la juez.
- Opino que la sugerencia de Juan Carlos es de lo más sensato. No quedan más que dos opciones: o seguimos o lo dejamos para el martes – opina Blanchard.
   Bernal se encoge de hombros en un gesto muy suyo por lo que Atienza sentencia:
- Próxima reunión: el martes.