domingo, 4 de septiembre de 2016

*** 8000



Según el servicio de estadística de Google a principios de septiembre el blog rebasó holgadamente la cifra de las 8000 páginas vistas. Digo lo de siempre: no es una cifra espectacular, pero para un blog que solo es soporte de una novela por entregas, ”El robo del Tesoro Quimbaya”, de un casi octogenario y desconocido autor, tiene su mérito. Como lo tiene el que el blog ha sido abierto desde 52 países.
Larga y feliz vida a todos los internautas que lo leen.

viernes, 2 de septiembre de 2016

58. ¡Lo que nos faltaba!


   Los coordinadores del Caso Inca, a pesar a las posibles restricciones legales, se han puesto de acuerdo en presionar al director de la agencia de detectives que está realizando el seguimiento aleatorio de Adolfo Martínez para que les informe por cuenta de quien lo están vigilando. Otro punto a dilucidar es si visitar la agencia o que sea su máximo responsable quien venga a ellos. Se ha impuesto la opción de jugar en campo propio.
   Bernal llama al director de la agencia y le ruega que si puede pasarse por la  Brigada de Patrimonio. Han de darle información de un hecho que, según como se resuelva, puede ser altamente interesante o catastrófico para su negocio. El director, y principal accionista de la empresa, insiste en saber de qué se trata, pero Bernal le reitera que el asunto es confidencial y no puede decirle más por teléfono. Planteada así la cuestión, el director resuelve visitar la Brigada con la que nunca ha colaborado. Lo primero que hace Bernal es presentarle a sus dos compañeros. El hecho de que haya un inspector francés en el grupo incrementa la curiosidad de Ernest Perarnau. Hechas las presentaciones, el inspector de la Policía Judicial explica al director de Método-5 de qué va el asunto.
- Ernest, como sé que eres hombre para quien el tiempo es oro, no voy a andar con rodeos. Hemos detectado que algunos de tus empleados están realizando el seguimiento de Adolfo Martínez, técnico de seguridad que vive en Majadahonda. Y los hemos descubierto porque también nuestra gente está vigilando a ese individuo. Lo hacen con la anuencia de la jueza que está instruyendo el sumario de un grave delito cometido hace un cierto tiempo. Y no te puedo facilitar más datos porque su señoría ha declarado el secreto del sumario.
- ¿Y se puede saber porque me lo cuentas? – es la lógica pregunta de Perarnau.
- Porque queremos pedirte dos favores. Uno, que retires a tus hombres de la vigilancia de Martínez. Con tanta gente siguiéndole los pasos terminará por darse cuenta de que le están vigilando y eso resultaría desastroso para el esclarecimiento del delito del que te hablaba. Otro, que necesitamos que nos digas el nombre del cliente que está interesado en conocer las andanzas del fulano de Majadahonda.
   La respuesta del director suena a frase de los Hermanos Marx:
- Y también dos huevos duros.                                                                 
- Ernest, te lo estamos pidiendo de la manera más correcta posible. Las chacotas sobran.
- Mi estimado Bernal, me lo tomo a broma porque si me tomase en serio tu petición lo que tendría que hacer sería plantarme ante el juzgado de guardia y presentar una denuncia contra vosotros. ¿Sabéis en cuántos tipos penales estáis incurriendo?
- Algo sabemos. Como tú también debes saber que en cuanto recurramos a la jueza que instruye el caso y libre el correspondiente mandamiento cantarás hasta la Internacional.
- Pues recurrir a la juez en cuestión. No tengo más que añadir. Bueno, sí. Que no pienso ordenar a mis hombres que dejen de vigilar a Martínez. Y como has dicho muy bien, amigo Bernal, soy hombre muy ocupado por lo que está conversación, por mi parte, ha terminado.
- Lo siento, pero no – Atienza interviene en la charla por primera vez -. No se terminará hasta que lo digamos nosotros y eso será cuando hagas lo que Eusebio te ha pedido.
- ¿Qué pasa, me vais a retener a la fuerza? – inquiere un incrédulo Perarnau -. ¿Qué vais a hacer, detenerme?
- Si fuera necesario… - admite Bernal.
- ¿Y qué vais a alegar, que os quería meter mano o que os he invitado a esnifar unas rayitas? – pregunta con sorna el de la agencia.
- Podemos alegar la tira de motivos, por ejemplo: resistencia a la autoridad, agresión, intento de cohecho y alguna cosilla más que se nos pueda ocurrir – aclara Atienza.
- ¿Pero es que os habéis vuelto completamente locos? – Perarnau aún no da crédito a lo que está pasando.
   Bernal cree que ha llegado el momento de soltarle algo más de información al de la agencia como forma de incrementar la presión.
- Mira, Ernest. Te vamos a dar un poco más de información que te aclarará por qué te estamos presionando. Has oído hablar del robo del Tesoro Quimbaya, ¿no es eso? Pues bien, el Martínez es más que presunto cómplice de los autores del robo. Por eso lo estamos siguiendo. Y, como bien has dicho, si le pedimos a su señoría que libre un mandato para que nos informes sobre tu cliente, lo hará sin rechistar, pero eso sí, tomándose su tiempo. Y ya sabes que el tempo de nuestra judicatura tiene la rapidez de la tortuga. De forma que cuando estemos en disposición legal de hacerte cantar hasta La Traviata, el tal Martínez lo mismo se ha percatado de que a su alrededor pulula un montón de gente y se esfuma la oportunidad de que se ponga en contacto con los que le sobornaron, que desaparezca o que se pegue un tiro. Por eso necesitamos con tanta urgencia que te avengas por las buenas a llevar a cabo lo que te pedimos.
   Antes de que Perarnau pueda rebatir los argumentos de Bernal, Atienza recuerda aquello de al hierro candente, batirlo de repente y pone otro pascal de presión:
- Te voy a dar otra migaja más de información para que te vayas poniendo en onda. Lo que te pedimos es algo que viene de arriba, de muy arriba, de mucho más allá del Jefe de la Brigada o de la Jefatura de la Policía o de la Secretaría de Estado de Seguridad. La proyección que tiene el robo del tesoro es inimaginable. Para que te hagas una idea: están interesados al menos tres ministros. El de Interior, pues el fallo de seguridad ha sido de campeonato; el de Hacienda, responsable de la custodia de un bien que es patrimonio nacional y el de Asuntos Exteriores, por la repercusión que está teniendo el robo en las relaciones hispano-colombianas. En otras palabras, que al Jefe de mi Brigada no hay día que no le llame un Secretario de Estado o un Subsecretario. De ahí para arriba.
- Todo lo que me cuentas son problemas vuestros, no míos – es la rotunda respuesta del director de la agencia.
- Es cierto – admite Bernal -, como también lo es que en cuanto salgas por esa puerta sin habernos prestado la colaboración que te pedimos, empezarán los tuyos. De entrada, en el Paseo de la Castellana revisarán con lupa tu actual autorización y a buen seguro que encontrarán docena y media de normas que incumples o las cumples a medias. De ahí a tener que cerrar tu chiringuito, aunque sea de forma cautelar, no mediará más que un suspiro. Y eso solo será el principio de tu calvario. Cuando lo que llamamos el Grupo de los Caimanes termine contigo, si te queda dinero para el Ave a Barcelona donde reside esa amiguita que espera un hijo tuyo y a la que le has montado un piso nada menos que en la Travesera de Gracia, será un milagro. O sea, que tú mismo.
   A estas alturas de la conversación, Perarnau ha pasado de la incredulidad a la preocupación. Ha tenido que lidiar con presiones de los cuerpos policiales en más de una ocasión, pero nunca había sufrido un acoso tan brutal y descarnado como ahora.
   Blanchard, que hasta el momento ha sido un observador silente de la pugna, decide que ha llegado el momento de rematar la faena. Como diría su difunta madre, insigne pacense de Herrera del Duque, ha llegado la hora del descabello.
- Si me permite, monsieur Perarnau – pronuncia el nombre a la manera francesa por lo que suena algo así como mesié Peganó -, no sabe cuánto lamento que esto ocurra en su país y no en el mío. Si usted trabajara en Francia y llevado a la Sureté, hoy Police Nationale, se negara a colaborar al esclarecimiento de un caso que afecta al prestigio, al orgullo y al honor de la nación, habría al menos un par de departamentos, que no figuran en ningún organigrama gubernamental, que se encargarían de que en menos de 24 horas su cuerpo estuviera flotando en el Sena después de haber contado toda su vida desde el día de su inscripción en el Registro Civil. No sabe usted la suerte que tiene.
   La parrafada del inspector galo resulta ser, en efecto, el estoconazo que le faltaba a Perarnau para que se viniera abajo. Todavía intenta jugar una postrera baza.
- Si os digo el nombre del cliente será con dos condiciones. Una, que esta conversación quedará entre nosotros. Otra, que estéis veinticuatro horas sin hacer ninguna operación para que pueda poner en antecedentes a mi cliente.
- ¡Ni condiciones, ni pollas en vinagre! – revienta Bernal que al fin ve acogotado al correoso director -. El nombre.
   Cuando Perarnau, vencido al fin, les facilita el nombre de su cliente, la reacción más sorprendente es la de Atienza:
- ¡La rehostia. Lo que nos faltaba!
   Quien queda más atónito es Blanchard. Desde que trabaja con el inspector de Patrimonio es la primera vez que le oye un exabrupto.

martes, 30 de agosto de 2016

Capítulo 11. Se estrecha el cerco.- 57. Algo se mueve


    Los amigos de Grandal se lo dejaron muy clarito en la última reunión del dos mil quince, se van a tomar unas vacaciones en su papel de investigadores del Caso Inca. Para ellos tiene prioridad su rol de abuelos en ejercicio antes que el de policías aficionados. El excomisario, que no tiene nietos a los que atender y malcriar, lo mejor que ha podido hacer durante la pausa navideña ha sido intentar recomponer lazos con algunos de sus antiguos compañeros de cuerpo que por unas u otras causas se han deteriorado. Uno de ellos ha sido Anselmo Bermúdez, Jefe de la Comisaría del distrito de Moncloa-Aravaca, de quien se ha distanciado a raíz del descubrimiento,  por parte de Grandal y sus amigos, de otro posible sospechoso de complicidad en el robo del Tesoro Quimbaya: un tal Adolfo Martínez, técnico de seguridad que vive en Majadahonda.
   Grandal aprovecha la ocasión de que, con motivo de la festividad de los Santos Ángeles Custodios, patronos del Cuerpo de la Policía Nacional, le otorgaron a Bermúdez la distinción de la Cruz Roja al mérito policial como muestra al reconocimiento de su trabajo profesional. Aunque la entrega de la medalla fue el pasado dos de octubre, el excomisario lo utiliza como excusa para llamar a su antiguo subordinado e invitarle a comer para celebrar lo de la cruz. Bermúdez se hace de rogar, y al final únicamente acepta tomar un tentempié porque, según dice, estos días los dosieres se acumulan en su mesa.
   El excomisario ha escogido como lugar del piscolabis una taberna en la que hace unos cuantos años celebraron la resolución de un complicado caso en el que tanto Bermúdez como él se distinguieron sobremanera. Por eso le ha citado en Casa Labra, una taberna del siglo XIX en pleno corazón de la ciudad y que es famosa porque, además de que en ella Pablo Iglesias fundó el PSOE, entre otros exquisitos bocados se pueden degustar sus célebres “soldaditos de pavía”, bacalao rebozado y frito, y también unos ricos tacos de atún. Al principio del encuentro Bermúdez se muestra un tanto reticente, pero a partir del segundo Valdepeñas el ambiente entre ambos colegas se va descongelando y acaban charlando como lo que siempre fueron: un par de buenos amigos. Grandal ha tenido un cuidado exquisito en no decir una sola palabra sobre el Caso Inca, de ahí su extrañeza cuando sin venir a cuento Bermúdez dice:
- Algo se mueve.
   Aunque Grandal supone que la críptica frase se refiere a la investigación sobre el robo del Tesoro Quimbaya, se contiene para no preguntar qué es lo que se mueve, se conforma con una mirada en la que intenta reflejar una sorpresa que no es tal.
- Según me han comentado compañeros del entorno de la Brigada de Patrimonio – prosigue Bermúdez -, la vigilancia que le han puesto al fulano de Majadahonda ha descubierto que hay más gente interesada en controlarle y en saber qué se rumorea en su barrio sobre el mismo.
- ¡No me digas! – es cuanto se atreve a decir Grandal.
- Al parecer – sigue explayándose Bermúdez –, no se trata de un control sistemático como el que mantiene nuestra gente, es más aleatorio, pero el seguimiento existe. Y curiosamente, no le siguen unos mafiosos ni unos narcos sudacas, lo hace una conocida agencia de detectives.
   Llegado a ese punto, Grandal estima que su amigo le ha dado implícitamente la venia para poder preguntar directamente:
- ¿Qué piensan hacer los Sacapuntas al respecto?
- No lo sé, desde la última reunión que tuvieron contigo no he vuelto a hablar con ellos. Lo que acabo de contarte me ha llegado por vía indirecta. Y, por supuesto, de esto ni una palabra a tus vejetes.
- Esta conversación no ha tenido lugar, Anselmo – Y para probar su afirmación, Grandal da un giro sustancial a la charla -. Hablando de cosas importantes, no te he preguntado por tu primogénito, ¿continúa empeñado en seguir nuestros pasos y opositar al Cuerpo?
   Atienza, Bernal y Blanchard, que ya volvió de París, han tenido unas minivacaciones que incluso han sido más cortas de lo que tenían previsto al descubrirse que hay alguien más que sigue los pasos de Adolfo Martínez. Los policías encargados de la vigilancia del sospechoso han detectado que otros individuos, de manera aleatoria, tratan de informarse sobre lo que hace el técnico de seguridad. Los agentes de la red de vigilancia informan también a sus superiores que están casi seguros que ellos, a su vez, no han sido detectados por los inesperados rastreadores. Y están a la espera de nuevas órdenes sobre qué hacer ante el inesperado giro que ha dado la situación.
   Precisamente, sobre qué hacer ante el imprevisto escenario que supone la existencia de otros controladores, es de lo que discuten los Sacapuntas y el inspector galo. El hecho de que no estén ante unos posibles secuaces de la banda, sino ante los detectives de una agencia que cuenta con la debida autorización del Ministerio del Interior es lo que les pone de acuerdo como resume Bernal:
- Si los que de vez en cuando echan una ojeada a las idas y venidas de Martínez fueran unos fulanos sin más, aunque no necesariamente se trataran de delincuentes, lo inteligente sería darles cuerda a ver si les cazábamos en un renuncio, pero no es el caso. Estos son unos tíos de Método-5, una agencia que tiene todas las bendiciones de la casa grande. Por eso, mi opinión es que hay que hacerles una visita y sin andarse por las ramas preguntarles por cuenta de quien están llevando a cabo esa vigilancia.
   Tanto Atienza como Blanchard están de acuerdo con el planteamiento de Bernal. La cuestión a decidir ahora es el cómo. Atienza es partidario de informar a la jueza de instrucción para que sea ella la que opte por el procedimiento que estipula la normativa legal. Bernal, por el contrario, prefiere una vía más directa y expedita:
- Lo que hay que hacer es coger el toro por los cuernos, plantarnos donde la agencia y lisa y llanamente decirles que sabemos que están controlando al Martínez, que se trata de un sospechoso de haber participado, de algún modo, en lo del robo del tesoro y que queremos saber por cuenta de quién están realizando ese trabajo.
   Blanchard, que no es muy ducho en la legislación española al respecto, se abstiene de opinar, solo hace una puntualización:
- En el supuesto de seguir el camino que propone Eusebio, creo que no deberíamos decir a los de la agencia de qué delito es sospechoso Martínez. Mejor dejarlo en la indefinición. Cuanto menos sepan, menos se podrán ir de la lengua.
- Es una buena sugerencia – admite Bernal, que raramente aprueba las propuestas del francés.
   Atienza insiste en que ese no es el camino. Cómo en sus ratos libres estudia Derecho en la Universidad de Educación a Distancia, despliega sus todavía verdes saberes jurídicos:
- Siento disentir, Eusebio, pero no podemos hacer lo que propones. Se trata de una agencia de detectives que cuenta con todas las acreditaciones pertinentes y está, por tanto, legalmente autorizada para realizar seguimientos. Entiendo que no solamente no puede, sino que no debe revelar la identidad de sus clientes por su obligación de respetar el secreto profesional y el deber de sigilo. Por consiguiente, no podemos pedirlo y menos exigirlo.
- ¿Entonces qué propones, qué le pidamos un mandamiento a la jueza? – inquiere Bernal.
- Eso es lo que dispone la ley – es la escueta respuesta de Atienza quien añade -. Y solo nos lo dará si le presentamos indicios suficientes de comisión de delito.
- Ese camino, y lo sabes tan bien como yo, no lleva a ninguna parte. Estoy de acuerdo en que los huelebraguetas no están cometiendo ningún delito al seguir a Martinez, pero sí pueden echar por tierra toda la trama que hemos montado en derredor del sospechoso. Un tío que es presunto cómplice del robo más importante cometido en este país en muchos años – arguye Bernal que añade -. Y sabiendo que nuestra jueza se la coge con papel de fumar, sabes perfectamente que lo más probable es que nos niegue ese mandato.
   Blanchard, a su vez, almacena en su archivo del argot policial hispano el vocablo huelebraguetas. Supongo, se dice, que se refiere a los detectives privados, pero habrá que confirmarlo. Atienza, en cambio, piensa que lo que dice Bernal va a misa. Presionar al de la agencia no será lo más ortodoxo, pero quizá sea la única vía posible para avanzar en un caso que lleva ya demasiado tiempo atascado. De ahí que pregunte:
- ¿Cómo lo haríamos?
- Conozco al director, se llama Ernest Perarnau. Yo me encargo de apretarle los tornillos y te garantizo que va a cantar mejor que Pavarotti – se jacta Bernal.