viernes, 26 de agosto de 2016

56. Felices Navidades y próspero Año Nuevo



   ¿Lo detenemos o le damos cuerda? Es la disyuntiva que lleva debatiendo hace más de dos horas el trío de inspectores que coordinan el Caso Inca referido a Adolfo Martínez, el técnico de seguridad probable cómplice de los que robaron el Tesoro Quimbaya. Hay argumentos que apoyan tanto un supuesto como su contrario.
   Eusebio Bernal es partidario de detenerlo. Aduce que si continúa libre y descubre o sospecha que le están vigilando puede destruir pruebas y también se corre el peligro de que sea eliminado como le ocurrió al otro sospechoso, el asesinado Obdulio Romero. Juan Carlos Atienza defiende la postura de no detenerle, que siga con su vida habitual a ver si de ese modo logran detectar algún contacto de Martínez con los atracadores o de éstos con el sospechoso. Es dudoso que el técnico pueda destruir pruebas y, dada la red de vigilancia montada a su alrededor, es difícil que nadie pueda atentar contra él. Y añade más:
- ¡Ojalá trataran de cargárselo! Cogeríamos más peces con el mismo cebo.  
   Michel Blanchard, muy en su papel de invitado, trata de mediar entre ambas posturas:
- Detenerlo, como propone Eusebio, tiene la ventaja de que podremos interrogarlo a fondo y si terminase cantando quizá podríamos dar un acelerón a la investigación del caso. Por el contrario, presenta la desventaja de que, como opina Juan Carlos, echaríamos a perder un posible contacto del sospechoso con los atracadores. Porque, y en eso estamos de acuerdo los tres, es más que probable que Martínez, al igual que Romero, no forme parte de la banda y solo sea alguien a quien sobornaron para que manipulara las cámaras. Yo me inclino, por el momento, en dejarlo libre; eso sí, sometido a un estricto control.
- Un aspecto que no hemos tratado y que tendríamos que investigar es la posible complicidad entre Romero y Martínez – sugiere Atienza.
- Sobre eso, mi hipótesis es que es probable, yo diría que casi seguro, que existió algún tipo de colaboración entre ambos – afirma Bernal -. Está probado que Martínez estuvo en el museo cuarenta y ocho horas antes de producirse el robo. Debió ser entonces cuando manipuló las cámaras, pero no podía dejarlas ciegas en ese momento, hubieran llamado del museo para que las repararan. Necesitaba que alguien pulsara el botón o manipulara el chip del dispositivo que las inutilizara y para eso tuvo que contar con Romero, que el día del robo estaba de guardia. Si mi hipótesis es cierta, solo nos falta descubrir las pruebas del entendimiento entre ambos y para eso él único medio que tenemos es detener a Martínez – insiste Bernal.
- Estoy totalmente de acuerdo con tu hipótesis, Eusebio, pero no con el corolario al que llegas. Nos aporta más que Martínez siga libre que detenido. Le tenemos vigilado las veinticuatro horas, hemos pinchado su teléfono, controlamos su correspondencia, seguimos incluso las andanzas de su esposa. Es cuestión de tiempo que cometa un error y así podremos llegar al núcleo de la banda – argumenta Atienza.
- ¿Alguno de vosotros juega al ajedrez? – es la inesperada pregunta que formula Blanchard -. ¿No? En ajedrez hay una jugada llamada ataque a la descubierta que es una acometida producida cuando una pieza se aparta del camino de otra. Un caso especial de esta jugada es el jaque descubierto donde el ataque enmascarado es un jaque. Todos los grandes maestros de este juego coinciden en que es más efectiva mantener la amenaza de un jaque descubierto que realizarlo, siempre que con ello no ganes material o consigas el jaque mate.
- Vamos a ver, Blanchard – Bernal sigue sin llamar por su nombre al inspector galo -, ¿y con ese galimatías del ajedrez qué es lo quieres decir?
- Que por el momento es más efectivo no realizar el jaque descubierto que hacerlo. En otras palabras, es más rentable para nuestra investigación que Martínez siga libre que detenerlo.
   El apoyo del francés es decisivo para tomar la decisión de no detener al sospechoso por el momento, pero controlando todos sus movimientos. La decisión no es bien recibida por el grupo de policías de apoyo encargados de ser la sombra de Martínez, ya que ello supondrá que en plenas Navidades tendrán que estar muchas horas fuera de su hogar. Acatan la orden porque no les queda otra alternativa, pero a sus espaldas reniegan del trío de coordinadores del Caso Inca y todavía se mosquean más cuando se enteran de que Blanchard ha partido hacia Paris para pasar las fiestas navideñas entre los suyos.
   La inminente Navidad también altera el ritmo de trabajo del cuarteto de jubilados. Grandal solo tiene a Chelo con quien pasarla, pero en las fiestas navideñas las escorts tienen trabajo intensivo. Al parecer, el número de ejecutivos, industriales y hombres de negocios que se sienten solos en unas fiestas tan ligadas a la familia es elevado. Por lo que el excomisario ha de afrontar la pascua más solo que la una, por eso es partidario de continuar trabajando y descansar solo los días de Navidad, Año Nuevo y Reyes, para luego proseguir las investigaciones. Su propuesta recibe un rechazo frontal. Ponte es el primero que se niega y explica sus motivos:
- Jacinto, conmigo no cuentes desde hoy hasta que pasen los Reyes. Mi hijo David viene desde Estados Unidos a pasar las Navidades. ¿Cómo voy a decirle que le dejo solo porque tengo que hacer no sé qué investigaciones? En cuanto a mi hija, ídem de lienzo. En cuanto llegan las vacaciones navideñas le falta tiempo para soltarme a sus críos para que jueguen con el abuelo. Hasta tiene el programa de actos preparado. El veinticuatro ya tengo que llevarlos por la mañana a ver Cortylandia en el Corte Inglés de Preciados.
- Les encantará, Manolo – es Ballarín quien le ha interrumpido -. Este año representa la fantasía de un tren conducido por el lobo de las nieves seguido de vagones con pequeños pasajeros que ha ido recogiendo a lo largo de sus viajes por la Navidad. Un zorro va contando la historia mientras el resto le va coreando con sus canciones. Estuve hace unos días con mis nietos y se lo pasaron pipa.
- Por la tarde hay que poner el belén – prosigue Ponte -. Por la noche  tenemos cena de Nochebuena. El veinticinco ni te cuento. Y después hemos de llevar a los chavales a la feria de la Plaza Mayor a curiosear los puestos donde venden las figuritas para el nacimiento, hay que ir a Lhardy a tomar su consomé y degustar las croquetas, comprar regalos de Papá Noel y Reyes, llevar a los nietos al Circo Price, al zoo de la Casa de Campo y un inacabable etcétera.
- Pues yo tengo un programa parecido al de Manolo, pero al que hay que añadir el aspecto religioso que él ha eludido o se ha olvidado. La Misa del Gallo, la Adoración del Niño, la vigilia de fin de año y alguna que otra actividad que ahora no recuerdo – añade Ballarín.
- Toda esa programación que cuenta Manolo es solo para dos nietos, imaginaos lo que será para los que tenemos siete como yo – arguye Álvarez para terminar rematando la jugada -. O sea, Jacinto, que hasta pasados los Reyes puedes olvidarte de nosotros.
- Así no vamos a ninguna parte. ¿Cómo vamos a adelantar la investigación si ahora paramos durante quince días? Eso no puede ser. Una cosa es que hagamos fiesta los días de Navidad, Año Nuevo y Reyes, pero no el resto. Esos son días laborables.
- Sí, claro, para los currantes, pero a nosotros ya nos dieron de baja en ese apartado – replica con humor Álvarez.
- Compréndelo, Jacinto, ten en cuenta que antes que jubilados somos abuelos y éstas son unas fechas en las que los críos no tienen cole, pero los padres siguen trabajando porque, como bien has señalado, los días entre fiestas siguen siendo laborables. Alguien tiene que atender a los chavales y para eso están los abuelos – Ponte está a en un tris de añadir algo así como: si tuvieras nietos lo comprenderías, pero no lo hace, mejor no hurgar en la lamentable biografía familiar del excomisario.
- Claro, los abuelos estáis para malcriar a los nietos. Así crecen los críos de ahora que no respetan nada ni a nadie – despotrica Grandal, un punto irritado al ver que se va a quedar sin auxiliares durante dos semanas al menos.
- Naturaca – replica Álvarez que se ha puesto en plan castizo -. Los abuelos estamos para dar gusto a los nietos en lo que pidan, que para decirles que no y ponerlos firmes ya están los padres. Nosotros lo hicimos cuando nos tocaba, ahora les toca a ellos.
- O sea, Jefe, que a reserva de que nos llamemos para felicitarnos y como siempre se ha dicho: Felices Navidades y próspero Año Nuevo – Ballarín pone el The end a la charla y al 2015 en espera de lo que les pueda deparar el 2016.

martes, 23 de agosto de 2016

55. Blanco y en botella



   El martes, veintidós, Grandal y Ponte, llegados el día anterior de su viaje por tierras levantinas, se reúnen con Álvarez y Ballarín para hacer la puesta en común de todo lo que ambas parejas han descubierto en sus desplazamientos. Unos por La Plana y otros por Majadahonda. Indudablemente, la noticia estrella de la reunión es haber descubierto que uno de los sospechosos de manipular las cámaras de seguridad del museo se ha gastado en la adquisición de una plaza de garaje un dinero cuya procedencia es incierta. El dilema que se les plantea al grupo de jubilados que investigan el Caso Inca está en sí contárselo o no a la policía. Las opiniones están divididas, pero ahora se centran en cómo averiguar el origen del dinero pagado por la compra hecha por el sospechoso. En este momento es Ballarín quien argumenta sobre la posible procedencia del dinero:
- Estoy de acuerdo contigo, Jacinto, en que es harto improbable que un tipo que es un asalariado tenga guardadas quince mil leandras en su casa o en la caja fuerte de un banco. Lo más lógico es que las tuviera invertidas en una cuenta a plazo fijo, en un fondo de inversión, en acciones o en cualquier otro activo financiero. Y si así fuera, habría pagado la compra con un talón no con billetes. Lo que nos lleva a deducir que probablemente esos quince mil euros que se ha gastado en la plaza de garaje los tuviera no hace demasiado tiempo.
- Tu razonamiento es impecable, Amadeo – admite Grandal -. Ahora bien, para descartar que esa pasta no la tuviera invertida en cualquier clase de activo bancario tendríamos que conocer los movimientos de las cuentas del tal Adolfo. Y para eso habría que indagar en los bancos con los que trabaja ese fulano.
- Dudo mucho que los bancos nos faciliten una información de ese tipo – apunta Ponte.
- Esa información no se la van a dar a unos jubilados, pero sí a la policía y en el supuesto de que le pusieran pegas, ante un mandamiento judicial los bancos abrirían todos sus archivos – argumenta Grandal.
- Ahora veo a dónde quieres llegar, Jacinto – interviene Ponte -. Has conectado el tema del dinero con el de las tres opciones que planteaste antes. Si te he entendido bien no vamos a tener más salida que informar de lo que hemos descubierto a tus colegas pues ellos sí que pueden investigar los movimientos bancarios del sospechoso.
- Ahí quería llegar. Si no queremos toparnos con un muro que va a ser infranqueable para nosotros, no nos queda otra que informar a los Sacapuntas. Ellos van a llegar a donde nosotros no podemos.
- Uno de mis hijos es subdirector de una importante sucursal de Bankia – informa Álvarez, que ve que por momentos se esfuma la posibilidad de que sean ellos los únicos que sigan investigando al sospechoso -. Podría hablar con él y quizá nos consiguiera los movimientos de las cuentas del Adolfo de marras.
- Ni lo sueñes, Luis – replica Ballarín -. Tu hijo no moverá ni un dedo y no lo hará porque una gestión de esa naturaleza podría costarle el puesto. Mejor que no le digas nada y así evitarás que además de negarse te eche un broncazo.
   No hay mucho más que debatir. El acuerdo al que llegan es que Grandal se reunirá con los Sacapuntas, les contará lo que han descubierto y les rogará que les dejen continuar trabajando en las otras líneas de investigación que siguen abiertas. Por tanto, Adolfo Martínez, el sospechoso de Majadahonda, será investigado por la policía. Todos están de acuerdo en que los posibles errores cometidos con el otro sospechoso del barrio de los Cármenes no deben volver a repetirse.
   Grandal llama a Juan Carlos Atienza y le cuenta que han de reunirse nuevamente. Hay novedades. Deja a su criterio si la reunión debe hacerse con todos los que dirigen la investigación sobre el robo del Tesoro Quimbaya o si va a ser un tête-à-tête. Cuando el excomisario llega al remozado Café Restaurante Lion, muy cerquita de la Plaza Mayor, le están esperando Atienza y el galo Blanchard. Una vez más Bernal, el otro componente del trío, no ha querido validar con su presencia una colaboración que considera espuria.
   El excomisario les cuenta de pe a pa cuanto hicieron Álvarez y Ballarín hasta descubrir la existencia de un dinero cuya procedencia es de dudoso origen. Atienza insiste en saber si en la investigación la pareja de jubilados utilizó métodos indirectos o dio el nombre del sospechoso en cuantos sitios preguntaron. Grandal les da toda clase de garantías de que sus amigos no cometieron esta vez los errores en que incurrieron en el caso de Obdulio Romero. Van aprendiendo.
   Después de un amplio debate, llegan al acuerdo de que Adolfo Martínez será a partir de ahora objetivo de la policía. Los jubilados deberán abstenerse de llevar a cabo ninguna clase de acción referente al mismo. Por el momento, deben centrarse en localizar al patriarca de los García Reyes por si supiera algo del furgón blindado robado.
   Cuando Atienza y Blanchard le cuentan a Bernal el contenido de la conversación mantenida con el excomisario, el policía de la Judicial, aunque a regañadientes, tiene que admitir que el cuarteto de jubilados están descubriendo unas pistas que a ellos se les han pasado por alto. El trío de inspectores inicia una serie de acciones centradas en saber la vida y milagros de Adolfo Martínez desde que le bautizaron hasta el día de la fecha.
   Aunque en el banco en que el sospechoso tiene su cuenta corriente, el BBVA, les pone toda suerte de pegas para informarles sobre los movimientos bancarios de Martínez, ante el amago de que les obligarán a pedir un mandamiento a la juez instructora, la entidad opta por facilitarles los movimientos. En los datos que refleja la cuenta no hay ni un solo apunte que parezca anormal. La columna de los abonos remite únicamente a los sueldos que percibe de su empresa el técnico. En cuanto a los cargos son los usuales en una familia compuesta por los cónyuges y una hija. La rápida gestión por las entidades bancarias próximas donde vive el sospechoso revela que tiene otra cuenta, en este caso se trata de una libreta de ahorro a la vista domiciliada en la sucursal de Caja Duero. La libreta apenas si registra movimientos y tiene un saldo de mil trescientos euros. Pero aquí encuentran un hecho relevante: la esposa del sospechoso alquiló en esa agencia una caja fuerte el ocho de octubre, catorce días antes de que se produjera el robo del tesoro. La caja continúa alquilada y en los dos últimos meses, la señora Martínez ha pedido su apertura en distintas ocasiones. Para abrir la caja la entidad les pide el pertinente mandamiento judicial, petición que los Sacapuntas remiten inmediatamente al juzgado de instrucción.
   La intensificación de la investigación sobre la vida de Adolfo Martínez prosigue descubriendo más datos notables. En un establecimiento de electrodomésticos llamado Zamvas, sito en la Plaza de Colón, lugar cercano a donde vive el sospechoso, les informan que la señora Martínez compró hace menos de dos semanas un frigorífico, una lavadora y un friegaplatos. Un desembolso total cercano a los ocho mil euros. Y una referencia más elocuente: pagó en metálico. Otro dato que descubre la red de seguimiento que la policía ha montado alrededor del sospechoso es que Martínez tiene miedo. De momento, no saben por qué o de quién, pero su comportamiento cotidiano muestra a un hombre que está mirando continuamente a su espalda. Hasta han constatado que antes de subir al coche de su empresa comprueba los bajos del vehículo; lo mismo que hace un individuo que teme que pongan un explosivo en el coche. ¿Por qué un modesto técnico de una empresa de seguridad, que ni siquiera es una de las punteras en su campo, teme que alguien pueda atentar contra su vida? 
   Los componentes del grupo operativo que coordina el Caso Inca van recopilando los datos relativos al sospechoso Adolfo Martínez: compra de una plaza de garaje y de unos electrodomésticos, ambas adquisiciones pagadas con un dinero que ¿de dónde ha salido? Existencia de una caja fuerte alquilada días antes del robo del tesoro, ¿para guardar qué? El sospechoso es un hombre que tiene miedo, ¿de quién o de qué?, ¿por qué va a tener miedo un hombre con un trabajo y una vida tan planas? Las respuestas a estas y otras tantas preguntas de parecido corte, conducen a un solo corolario que, por los datos que se dan, es sumamente claro y lógico y que resume Bernal con una frase tan rotunda como castiza:
- Blanco y en botella.

martes, 16 de agosto de 2016

53. En Majadahonda encuentran una pista



   El día veintiuno de diciembre, mientras Grandal y Ponte regresan de Castellón, Álvarez y Ballarín se han vuelto a reunir para continuar recabando más datos sobre uno de los sospechosos del que tienen escasa información. Se trata de uno de los técnicos de la empresa encargada de la seguridad del Museo de América y que pudo haber saboteado las cámaras. El individuo en cuestión, que se llama Adolfo Martínez, vive en Majadahonda, antiguo pueblín de majadas o lugares donde se recogía de noche el ganado y se albergaban los pastores y hoy convertido en una floreciente ciudad del área metropolitana madrileña.
   La pareja de jubilados se ha citado en el Intercambiador de Moncloa para coger un autobús de la Empresa Llorente con[ZR1]  destino a Majadahonda. Toman el bus 265 que les dejará en pleno centro de la ciudad majariega, en la zona conocida como Plaza de los Jardinillos. Durante el corto viaje, unos veinte minutos, los amigos charlan, como no, de la noticia del día: el desenlace de las elecciones generales.
- ¿Qué te ha parecido el resultado? ¡Vaya desastre! – pregunta y califica al tiempo Álvarez.
- Bueno, más o menos es lo que preveían las encuestas con la salvedad que los de Podemos han sacado más escaños de los que les pronosticaban y los de Ciudadanos bastantes menos – contemporiza Ballarín.
- Lo que no sé es qué clase de gobierno se podrá formar con ese resultado – afirma Álvarez que añade -. Debería gobernar el PP que es quien más votos y escaños ha sacado.
- Debería…, pero quien gobernará será el que más apoyos consiga en el Congreso.
- Si terminan formando gobierno los rojos, los que tú llamas progresistas, que Dios nos coja confesados. Esto puede ser el acabose – pontifica Álvarez.
- Tranquilo, Luis, ya verás como no llegará la sangre al río – le consuela Ballarín.
   La charla da para poco más puesto que el bus ha dejado la Carretera del Plantío y ha enfilado la calle del Doctor Calero, el viaje toca a su fin. Una vez en la ciudad, van paseando tranquilamente por la Gran Vía. Álvarez, que hace años que no ha vuelto por Majadahonda, no deja de asombrarse del enorme cambio que ha sufrido la arteria principal de la ciudad al haberla convertido en una vía peatonal. La calle está llena de establecimientos de toda clase, especialmente de bares y cafeterías que, como si se hubiesen puesto de acuerdo sus dueños, en su primer tramo casi todos los establecimientos están situados en la margen izquierda, mientras que en el segundo lo están en la derecha.
   Hacia el final de la Gran Vía, en la Plaza de Cristóbal Colón, se desvían a la izquierda para llegar a la calle de El Cid donde vive el objetivo. La vivienda del técnico sospechoso está ubicada en una pequeña urbanización denominada pomposamente Parque Residencial de Madrid que está compuesta por dos bloques separados por la calle Cid. Ambos inmuebles están cercados en todo su perímetro. En el que agrupa los números 10 al 16 vive el presunto sospechoso. En principio, lo que hacen es dar una vuelta por la calle Pelayo a la que da el piso en que vive el objetivo, luego por la de Santa Bárbara y finalmente por Vasco de Gama con lo que completan el perímetro de la urbanización. No ven nada que les llame la atención ni ningún comercio idóneo para preguntar.
- Tendremos que volver a realizar la habitual ronda por bares y cafeterías – apunta Álvarez.
   Así lo hacen. Recorren las distintas cafeterías, bares y tabernas que hay en la Plaza Colón y el final de Gran Vía sin obtener ni un solo dato que les pueda servir. Hasta entran en una pastelería cercana a la pequeña urbanización en la que vive el objetivo, llamada Cala Millor, y en la que compran unos suizos.
- ¿Qué tal van las ventas con esto de la crisis? – pregunta Ballarín.
- Depende – responde la dependienta como si fuera gallega.
- ¿De qué depende?
- Del día.
   Y no le sacan una palabra más. Por no dejar piedra sin remover hasta entran en un establecimiento de electrodomésticos que encuentran en Colón.
- Estoy viendo aparatos para equipar el piso que acabo de comprar a mi hijo - explica Álvarez al dependiente que les atiende para añadir -, ¿qué tal van las ventas con esto de la crisis?
   Ninguna añagaza da resultado. Nadie menciona a Adolfo Martínez.
- No vamos a tener más remedio que preguntar al portero – apunta Álvarez.
- Pues sí, pero… esta urbanización está dividida en dos manzanas por la calle Cid, ¿no? ¿Por qué no preguntamos primero al portero de los impares?, así evitamos que nos pueda ver el tal Martínez y le suenen nuestras caras – sugiere Ballarín.
- ¿Y qué le preguntamos al portero? – inquiere Álvarez un tanto escéptico.
- ¿Por qué no le colocamos el mismo rollo que les contamos a los porteros de General Perón?
- Me da en la nariz, Amadeo, que ese pretexto no va a funcionar aquí – replica Álvarez -. ¿Porque no preguntamos algo mucho más lógico?, por ejemplo: qué estamos buscando piso para un hijo que se va a casar y que trabaja aquí.
   La entrevista con el portero del bloque de impares es breve puesto que el hombre les informa que no hay ningún piso a la venta en esa mitad de la urbanización. Ya están marchándose cuando el conserje les sugiere:
- Por qué no miran en la finca de enfrente, había un piso que estaba en venta.
   Siguiendo la sugerencia que acaban de darles, la pareja llama al telefonillo del portero del bloque de los números pares y le dicen que quieren hablar un momento con él.
- Buenos días. Verá, estamos buscando piso para comprarlo o alquilarlo. Es para un hijo que se va a casar y su colega de enfrente nos ha dicho que aquí había uno en venta – se explica Álvarez.
- Sí, señor. Lo había, pero ya está vendido.
- ¡Qué lástima!, porque este tipo de urbanización es lo que anda buscando mi hijo.  
- Pues como le he dicho, de momento no hay ningún piso a la venta. Lo que si hay es una plaza de garaje que se vende o alquila. Hasta hace un par de semanas había dos, pero una se vendió.
   Álvarez y Ballarín se miran, sin decir una palabra se han puesto de acuerdo: cuanto mayor tiempo estén con el portero más posibilidades tendrán de sacarle alguna información.
- Si es tan amable y pudiéramos echar un vistazo a la plaza que resta igual le podía interesar a mi chico. Si no es molestia, vamos.
   El portero coge unas llaves y les invita a acompañarle. La plaza de garaje está en el sótano del bloque número 14 y es francamente estrecha y con un acceso complicado. Cuando lo comentan, el portero está de acuerdo con esa opinión.
- Es cierto, hay que hacer un par de maniobras para poder dejar el coche en su sitio, pero es lo que hay. La otra plaza que estaba en venta es como esa de ahí – y señala una que está ubicada en la vertical de la puerta de acceso al garaje -, es más grande y no hay que hacer ninguna maniobra. Por eso se vendió enseguida.
- Una plaza así, me refiero a la grande, ¿cuánto costaría?, más o menos – tantea Álvarez.
- Hombre, eso es cuestión de tratarlo con el propietario, pero calcule usté que sobre unos quince mil euros o algo más. En esta zona las plazas son escasas.
- ¿Y se puede conseguir a plazos? – sigue preguntando Álvarez muy metido en su papel de padre del presunto comprador.
- Eso también hay que acordarlo con el dueño. La plaza que fue la última que se vendió se pagó a tocateja, por eso el comprador logró una pequeña rebaja.
   Como la cosa no da más de sí, salen del garaje y se dirigen hacia la salida. Antes de despedirse, Ballarín decide gastar la última bala:
- Por cierto, cuando le dije a mi hija Almudena – Ballarín no tiene ninguna hija con ese nombre – que venía a acompañar a mi amigo a ver casas en Majadahonda me dijo que en una de estas urbanizaciones vive o vivía un antiguo compañero suyo de colegio, un tal Martínez.
- ¡Vaya, qué casualidad! La persona que compró la plaza de garaje vendida se apellida precisamente así, exactamente Adolfo Martínez. Lo mismo es ese amigo de su hija.
- ¿Adolfo? No me suena. Si no recuerdo mal el condiscípulo de Almudena - Los vejetes están aprendiendo a dejar el menor número posible de rastros tras ellos – se llamaba Jorge Juan.
   En ese momento, los jubilados están a punto de exclamar: ¡bingo!. La suerte acaba de sonreírles, por primera vez tienen un dato que avala la posibilidad de que el técnico sospechoso haya realizado una operación inmobiliaria que supone la existencia de un dinero que excede en mucho a sus ingresos habituales.
   ¿Será el técnico de seguridad uno de los presuntos cómplices que buscan?