viernes, 22 de julio de 2016

46. Las opiniones son libres, los hechos son sagrados



  En la maquinación que ha urdido Atienza para convencer a Bernal de que necesitan la colaboración del grupo de jubilados para avanzar en la investigación del robo del Tesoro Quimbaya, el francés Blanchard es una pieza importante y el que ha puesto encima de la mesa el hecho de que sus superiores le han comunicado que o se logran avances en las pesquisas o le van a devolver a París. Y que sabe por sus jefes que los mandos de la pareja española también son de idéntica opinión. A la pregunta de Bernal de qué es lo que propone, el galo habla sin pelos en la lengua.
- ¿Que qué propongo? Mira Eusebio, como suelen decir los periodistas: las opiniones son libres, los hechos son sagrados. Acabamos de comprobar que cada uno de los tres tenemos opiniones diferentes sobre si aceptar o no que ese grupo de vieillards colabore de algún modo en la investigación. Todas y cada una de las posturas que hemos planteado son respetables, pero subjetivas. En cambio, hay un hecho que es incontestable y que de subjetivo no tiene nada: el dato que acaban de ofrecernos, de que uno de los atracadores fuera posiblemente un colombiano, dato que vale su peso en oro. Y no lo hemos encontrado nosotros, nos lo han traído los viejales. Par conséquent, seríamos unos verdaderos asnos si por un orgullo mal entendido no aceptáramos esa mano tendida. Dado que no entra en mis planes volver a París con el rabo entre las piernas, voto para que tengamos una nueva reunión con vuestro antiguo colega Grandal y, si fuera necesario, también con los demás Mathusalems.
- Una reunión, ¿para qué? – inquiere Bernal más mohíno que nunca.
- Para fijar las condiciones que les vamos a poner para que sigan investigando el robo. Porque en eso sí que estoy de acuerdo contigo, Eusebio – El galo trata de paliar la derrota de Bernal -, hemos de ser nosotros los que establezcamos las reglas a que deberán atenerse. Nada de barra libre. Colaborarán en la investigación, pero siempre a nuestras órdenes y de forma anónima. Nadie debe saber que tienen conexión con nosotros pues de lo contrario seríamos la rechifla de la policía de media Europa.
   Bernal termina encogiéndose de hombros. Las argumentaciones del francés han podido con él. Y así lo manifiesta:
- ¿Sabéis qué os digo? Haced lo que os salga de las pelotas ya que parecéis tenerlo tan claro, pero para reunirse con ese hatajo de jubilatas no contéis conmigo – y poniéndose la chupa que había dejado en el respaldo de una silla se larga del despacho.
- Gracias, Michel, tu intervención ha sido decisiva – reconoce Atienza.
- A pesar de lo que he dicho para persuadir a Eusebio, no creas que estoy tan convencido – se sincera Blanchard -. Eso de que tengamos que admitir que hasta ahora no hemos encontrado una pista que medio valga la pena no es para hacernos felices precisamente. Y bien, ¿y ahora qué?
- Creo que lo primero será mantener una entrevista con Grandal y con Ponte que, en definitiva, es quien ha sacado a la luz lo del presunto colombiano como uno de los asaltantes.
   La reunión entre Atienza y Blanchard, Bernal ha excusado su asistencia, y los dos miembros de los jubilados, se celebra en un sitio neutral. El inspector de Patrimonio ha creído más oportuno no tenerla en sede policial pues sería dar a los viejos un rango que no tienen, al tiempo que pondría en aviso al resto del Cuerpo sobre la posible intromisión de los jubilados en asuntos que no son de su competencia. A instancias de Atienza, se reúnen en la cafetería del hall del Hotel Meliá Princesa, ámbito que como sitio neutral es harto discutible.
   El inspector galo, a raíz de que Atienza le acusara de ser excesivamente prepotente, trata de mostrarse más simpático y afable y es quien pone la necesaria cordialidad para que la reunión discurra por los cauces del buen entendimiento. Tras darle muchas vueltas al asunto, al final llegan a un acuerdo de principio: los viejos continuarán con sus investigaciones, pero en terrenos previamente acotados. De momento se centrarán en las dos líneas de investigación que ya tenían iniciadas: una es terminar de investigar al resto de empleados del museo y de la empresa encargada de la seguridad que pudieron tener acceso a las cámaras de vigilancia; la otra es tratar de averiguar si la familia gitana que conocen sabe algo de los posibles vendedores del furgón blindado al chatarrero de Humanes. La primera línea, la de los empleados del museo, será la que tendrá prioridad. Cualquier nuevo descubrimiento que hagan lo comunicarán inmediatamente a los coordinadores del caso.
   Grandal y Ponte le cuentan a Álvarez lo acordado en la reunión con Atienza y Blanchard.
- … pues así está el patio. En consecuencia, se impone imprimir un ritmo más acelerado a las investigaciones sobre los empleados del museo y de la compañía de seguridad que faltan por concluir. Uno es tuyo, Luis, y el que le correspondía a Amadeo lo haré yo. A partir de ahora nos dedicaremos full time a esas misiones. En cuanto a la búsqueda de los García Reyes hasta que no vuelvan de Castellón no hay nada que hacer – remacha Grandal.
- Jacinto, ¿me permites una sugerencia? – pregunta Ponte con cierta timidez -. Es sobre los García Reyes. La temporada de recolección de la naranja dura todo el invierno, lo que supone que hasta el veintitantos de marzo no volverán. Es mucho tiempo para esperar. ¿Por qué no nos adelantamos y somos nosotros los que nos desplacemos a La Plana a buscarlos?
- ¿Un viaje a Castellón? No me lo había planteado.
- Piénsalo. Como Luis tiene tarea, podíamos ir nosotros dos. Un viaje corto, de tres o cuatro días.
- Pero no sabemos dónde están exactamente esos fulanos. La provincia de Castellón no es que sea muy grande, pero tiene el suficiente tamaño para convertir en algo complicado lo de buscar a unos calés. Sería tan difícil como encontrar una aguja en un pajar – Resulta claro que a Grandal la sugerencia de Ponte no le parece buena idea.
- No es exactamente como dices. Un primo hermano mío vivió muchos años en Onda, donde estaba de encargado de Hidrola. Le fui a visitar varias veces y algo aprendí de la recolección de la naranja. La mayor parte de la zona naranjera está en la Plana Baja, al sur de Castellón. Debe de haber una veintena de municipios, desde Burriana hasta Almenara. Si alguno de tus amigos en la policía o en la Guardia Civil podría facilitarnos previamente la información de los pueblos en los que estén trabajando familias gitanas, solo tendríamos que visitar un puñado de localidades. Algo que podríamos hacer en tres o cuatro días.
- No sé, no sé. Déjame pensarlo – Grandal continúa renuente.
   Cuando la reunión termina, Ponte se hace el remolón con la excusa de que quiere preguntar a Grandal un problema que tiene su yerno. En cuanto quedan solos, Ponte vuelve a la carga con su propuesta del viaje a La Plana, pero añadiendo un nuevo aliciente.
- ¿Puedo hacerte una pregunta personal?
- ¿Personal? Dispara.
- ¿Cuánto tiempo hace que no invitas a Chelo a salir de Madrid unos días?
   Grandal se queda mirando a su viejo amigo con una media sonrisa en los labios.
- ¿Qué estás sugiriendo? ¿Qué nos llevemos a Chelo a Castellón para que nos ayude a buscar a tus amigos gitanos?
- Llevarnos a Chelo sí, pero no para que busque a nadie sino para que tenga unos días de descanso. Y aunque no creo que pueda bañarse, lo que sí podrá hacer es tomar el sol. Allí, incluso en invierno, las temperaturas son muy suaves y casi seguro que el sol está garantizado. Nosotros podríamos dedicar las mañanas a buscar a los García Reyes, mientras Chelo se broncea. Por las tardes podrías enseñarle los encantos de la zona, que tampoco son tantos, mientras yo continuaría con la búsqueda.
- ¿Tú sabes el trabajo que tiene Chelo por estas fechas con la milonga de las elecciones? Si fuera el mes de agosto todavía, pero invitarla a ir a la playa en pleno invierno no creo que sea la mejor de las ideas.
- ¿Por qué no haces la prueba? Tú díselo, las mujeres son imprevisibles y a lo mejor te llevas una sorpresa. Si le planteas el viaje no pierdes nada, si acepta nos servirá para intentar encontrar a los gitanos, si dice que no te apuntas el tanto de que la has invitado a que descanse unos días y quedas como un señor.
- Manolo, estás hecho un alcahuete.
   Ante la sorpresa de Grandal, Chelo hasta se emociona cuando le cuenta lo del viaje a la provincia levantina.
- Es la mejor propuesta que me han hecho en mucho tiempo. Chatín, eres un cielo.

martes, 19 de julio de 2016

45. Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor



   Atienza ha preguntado a Grandal porque no ha querido que su compañero Bernal estuviera presente en la reunión que están manteniendo, reunión en la que el excomisario le ha contado el nuevo dato que ha recordado Ponte, para terminar exigiéndole que no le cuente milongas, que diga la verdad.   
- Te voy a hablar sin tapujos, Juan Carlos – se sincera Grandal -. En la anterior y lamentable ocasión que hablé con vosotros, Bernal estuvo francamente desagradable y hasta faltón, no solamente conmigo sino también con mis amigos. Y no tenía porque. Por otra parte, fue quien más hincapié hizo en recordarme que podía caerme la del pulpo si seguía interfiriendo en vuestras investigaciones. Lo de que hayamos interferido no se ajusta en absoluto a la verdad, pero recordarás que repitió mucho ese término. Y fue también Bernal quien dejó caer que la jueza de instrucción podría imputarnos no sé cuántos cargos. De tu compañero saqué la impresión de que es un buen policía, pero también hombre de reacciones primarias, de los que primero actúan y luego piensan. Por todo ello, y teniendo en cuenta lo que acabo de contarte, temo que podría aprovechar esta ocasión para buscar en el Reglamento del Cuerpo algún artículo con el que abrirme expediente pese a mi condición de jubilado. Tampoco descarto que pinchara a la jueza de instrucción para imputarnos Dios sabe qué cargos. Por lo que a mí respecta esas posibles vendettas me la traen al fresco, pero que puedan empurar a los vejetes es algo que no puedo consentir. ¿Te parecen suficientes razones para no querer que Bernal estuviera presente?
- Y todo eso que piensas que puede hacer Bernal, ¿no lo puedo llevar a cabo también yo? – pregunta Atienza que sigue todavía muy reticente.
- Poder, podrías, pero no creo que lo hicieras jamás – afirma tajantemente Grandal.
- ¿En qué te basas para estar tan seguro?
- En que  eres demasiado inteligente y en que si he aprendido algo durante casi cuarenta años de tener que desentrañar lo que la gente guarda en sus tripas es conocer la verdadera calaña de las personas. Y tú me podrás joder de mil maneras, pero eres de los que cualquier acción que hagas antes de ejecutarla la pasarás por el filtro de la razón. Por tanto, no vas a hacer nada que suponga indisponerse con los mejores, y prácticamente únicos, aliados que tenéis en estos momentos, yo y mis amigos.
   Atienza no contesta de momento, mira a Grandal como intentando calibrar los auténticos motivos del excomisario y el grado de veracidad de sus palabras, hasta que finalmente le pregunta:
- Y exactamente, ¿qué es lo que quieres de mí?
- Uno, que cuando le cuentes a Bernal lo que acaba de recordar Ponte, de que uno de los atracadores fuera posiblemente colombiano, hagas cuanto esté en tu mano para que no se suba a la parra y que desista de meternos un puro utilizando el Reglamento o el Código Penal. Dos, que trates de meterle en su dura mollera que no se oponga a que continuemos investigando, siempre de forma discreta y, por supuesto, comunicándoos inmediatamente cualquier nueva pista, indicio o dato que descubramos.
- Quizá lo primero podría conseguirlo, eso sí con mucha paciencia y dosis ingentes de mano izquierda – admite Atienza -, pero sobre tu segunda petición ya te anticipo que Eusebio jamás la consentirá. Ha hecho del Caso Inca algo personal y no está dispuesto a que nadie más se entrometa. Solo te diré que está a matar con Blanchard, el inspector francés que colabora con nosotros, porque le considera una especie de rémora que solo sirve para entorpecer nuestras investigaciones. ¡Cómo para que vaya a admitir más invitados a la fiesta!
- Por lo que sé de él, Bernal será tozudo y de reacciones primarias, pero no es tonto ni mucho menos. Al menos, eso es lo que se cuenta de tu compañero en el ambiente de la Judicial. Sé que no hace ninguna falta que te dé argumentos para convencerle, pero permíteme que haga solo dos apuntes. Uno, que hasta el momento vuestros logros en la investigación han sido, por decirlo de forma suave, más bien precarios. Dos, que todo cuanto descubramos nosotros seréis vosotros quienes os apuntaréis el tanto. Y sabes mejor que yo que en la Dirección General y hasta en el propio Ministerio están más que descontentos con vuestra actuación. Necesitáis urgentemente apuntaros algún tanto para que no os quiten el caso de las manos y ahora llegamos nosotros y os ofrecemos uno. Y no descarto que sea el último, puede haber más.
   Los argumentos de Grandal parece que han hecho diana. El silencio de Atienza da a entender que está analizando y sopesando lo que acaba de oír. Pasan unos minutos sin que ninguno de ambos interlocutores diga nada. El silencio lo rompe el inspector de Patrimonio.
- Bueno, veré lo que se puede hacer, pero no te prometo nada.
   Atienza ha ideado un plan para lograr que Bernal ceda en su postura de que el Caso Inca es un asunto que compete exclusivamente a ellos. Para el buen fin de su proyecto necesita un aliado y solo hay uno posible: Blanchard. En la conversación que mantiene con el francés le cuenta cuanto le ha referido Grandal, lo que éste le ha pedido y el escollo que significa la irreductible posición de su compañero de equipo.
- No me extraña nada que Eusebio se oponga a cualquier tipo de ayuda. Si hasta mí me pone trabas. Es el clásico españolito del mantenella y no enmendalla – ironiza Blanchard, sacando a relucir su excelente dominio del español.
- Eusebio no es tan cerrado como crees. Y sí, es cierto que en ocasiones te ha puesto la zancadilla, como también lo es que a veces, y perdona que te lo diga, te pones un poco faltón con nosotros.
- De faltón nada, eh – rechaza Blanchard molesto por la acusación.
- Michel, sabes que me caes bien y que te considero un colega de lo más competente, pero este no es momento de andarse con paños calientes. En más de una ocasión, en las que tú y Eusebio os habéis trabado de cuernos, me han dado ganas de gritarle a Bernal que no fuera tan susceptible y a ti recordarte que se cazan más moscas con miel que con hiel. A veces, y te ruego que no te lo tomes a mal, muestras un cierto aire de superioridad que puede provocar la irritación de alguien con la piel tan fina como Eusebio. Dicho esto, te ruego que para el buen fin de nuestra investigación, y en ese nuestra entras tú por derecho propio, te avengas a echarme una mano para convencer a Eusebio.
   El francés, tras volver a insistir que no está en su ánimo menospreciar a sus colegas hispanos, se aviene a formar parte de la pequeña maquinación urdida por el inspector de Patrimonio con el fin de convencer al colega de la Judicial. Tal y como Atienza había previsto, Bernal pone el grito en el cielo cuando se entera de la última “hazaña” de Grandal y su panda de jubilados. Y, como también había supuesto Atienza, se opone frontalmente a dar cuartelillo al grupito de carrozas para que sigan investigando.
- ¡Hasta ahí podíamos llegar! – exclama Bernal francamente enojado -. Y todavía me molesta más que seas precisamente tú, Juan Carlos, quien acepte una situación que vulnera el Reglamento y que se cisca en todas las normas y procedimientos policiales. Y no te digo nada como se va a poner la jueza cuando le contemos esta nueva e irresponsable intromisión.
   Blanchard, que hasta el momento ha sido un invitado de piedra en el rifirrafe entre sus colegas españoles, entra en acción.
- Si me permitís meter baza… En esta divergencia de opiniones yo estoy más con tu postura, Eusebio, que con la de Juan Carlos. A mí que unos aficionados pretendan ayudarnos me parece algo de otros siglos, supone retroceder a aquellos tiempos en los que la criminalística, la criminología y todas las técnicas y procedimientos que hoy manejamos para luchar contra el mundo del crimen eran prácticamente desconocidos. Esa pretensión la califico como inadmisible, pero… un personaje de vuestra historia, cuyo nombre no recuerdo, dijo una frase que viene pintiparada para la ocasión: ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor. Y mi señor es el Director General de mi servicio, quien me ha hecho saber su descontento por la falta de resultados y ha ido más allá, me ha dado un ultimátum: o avanzamos en la investigación o me hará volver a París. O sea, que me apartarán del caso. Rectifico, lo que dijo exactamente fue que nos apartarán del caso. Al parecer ya lo tiene hablado con vuestros jefes. Por eso, esta discusión en si son galgos o podencos está de más. El problema que tenemos encima no es ese.
   Bernal, que ha escuchado con semblante hosco la perorata del francés, pregunta:
- ¿Entonces, qué propones?

viernes, 15 de julio de 2016

44. No me cuentes milongas, dime la verdad



   Grandal llama al móvil de Atienza cuyo número le ha facilitado el comisario jefe de Moncloa-Aravaca. Cuando se identifica, la sorpresa y la irritación son manifiestos en el tono del inspector de Patrimonio que de modo escasamente amigable pregunta:
- ¿Quién te ha dado mi número?
- Si te cuento quien me lo ha proporcionado perderé un amigo y además faltaré a mi palabra. No te lo voy a decir, pero prometo que si escuchas lo que tengo que contarte me olvidaré de este número y nunca más volveré a llamarte. Palabra de honor.
- Suelta lo que tengas que decir que ando escaso de tiempo – La voz de Atienza corta como una navaja cabritera.
- Lo que he de contarte se refiere al Caso Inca y no es cuestión de hablarlo por teléfono. Tiene que ser personalmente.
- Creo recordar que os dijimos taxativamente que os apartaríais definitivamente del caso.
- Así fue, pero a veces pasan cosas sin que uno haga mucho para que ocurran y algo de eso es lo que ha pasado. E insisto, lo que tengo que contarte es importante – reitera Grandal.
- Bien, te esperamos en la Brigada, digamos que en un par de horas. Así dará tiempo para que venga Eusebio.
- Juan Carlos, no he debido de explicarme bien, lo que he de contarte es solo a ti, por tanto la presencia de Bernal no es necesaria.
- Vamos a ver, comisario – Es una costumbre en el cuerpo seguir manteniendo el tratamiento de los rangos, incluso después de cesar en activo -, a ver si dejamos las cosas claras. Si lo que me vas a contar se refiere al Caso Inca, Bernal tiene todo el derecho del mundo a escucharlo. No puedes pretender que lo deje fuera de la reunión.
- Insisto, Juan Carlos, o te lo cuento a ti o no lo cuento a nadie. Por supuesto, después de oírme sé que tendrás que informar a tu compañero. Ese no es el problema.
- Naturalmente que ese es el problema. Bernal es tan encargado del caso como yo y ¿pretendes contarme no sé qué historia sobre el robo y que él quede al margen? Casi no puedo creerme que eso lo diga alguien que ha sido policía durante un montón de años.
- Todo eso lo sé, Juan Carlos, y también sé que cuando repitas a Bernal lo que quiero contarte tendrás que tirar de paciencia para aguantar su cabreo por haberle dejado al margen, pero tengo mis motivos para ello que será otra cosa que te explicaré cuando nos reunamos.
   Incluso sin verle, Grandal percibe las dudas de Atienza en aceptar su propuesta, por lo que recurre a algo que suele dar resultado: poner más carnada en el anzuelo.
- Te reitero que la información que tengo es una pista que puede ser muy importante para la solución del caso.
   Atienza no ha podido resistir al reforzamiento del cebo y muerde el anzuelo.
- Me repatea lo que voy a hacer, pero… de acuerdo. ¿Dónde nos­ vemos?
- Si no tienes compromiso para el almuerzo, te invito. Ya sabes que comiendo las relaciones fluyen con más cordialidad. ¿Conoces el restaurante Sazadón?, está en la calle Gaztambide,  no recuerdo el número, pero se encuentra en la manzana entre Donoso Cortés y Fernández de los Ríos. Voy a reservar uno de los comedores privados que tienen y así podremos charlar con total libertad y sin que tengamos que preocuparnos por posibles oídos indiscretos. ¿Te viene bien a las dos y media?
   Durante la comida, Atienza se muestra tan frío y distante en persona como cuando hablaba por el móvil. Grandal, tras los primeros escarceos en los que intenta romper el hielo y visto que no lo consigue, opta por no continuar bailándole el agua al inspector de Patrimonio y también adopta un aire grave. Después de hacer la comanda y hasta que les sirven los entrantes apenas si han intercambiado unas frases de mera y distante cortesía. Atienza parece sumido en sus pensamientos, mientras Grandal se pregunta si será verdad lo que cuentan los chismosos del Cuerpo: que el de Patrimonio es de los que pierden aceite. No parece que sea gay, piensa, pero en todo caso tiene un aire un tanto equívoco y, desde luego, parece más un intelectual que un policía. Lo que han cambiado los tiempos. En cuanto retiran los primeros platos y el camarero termina de cambiarles los cubiertos, ambos han pedido pescado, Atienza entra directamente en materia.
- Bueno, a ver esa información tan importante.
   Grandal le cuenta lo sucedido el día anterior sin omitir nada y sin ninguna clase de adornos. Porque habían ido a la ribera del Manzanares: porque continúan interesados por el caso, pese a su veto. Porque habían entrado en la frutería cercana a la calle San Ramón: querían averiguar si alguien más, aparte de ellos, se había interesado por la vida de los dos asesinados. Y, finalmente, lo que había pasado en la tienda: la historia de los adolescentes revoltosos y gritones y el recuerdo de Ponte al oír al dependiente colombiano conminarles a que se callaran. Al terminar su relato, Atienza se toma un tiempo para procesar lo que acaba de contar el excomisario. Pese a su inicial predisposición en contra de cualquier historia que pudiera contarle su jubilado colega ha terminado interesado por el relato.
- ¿Y dice Ponte que está seguro de que el asaltante que le amenazó era colombiano? – pregunta Atienza.
- Él dice que sí. Le ha ocurrido algo parecido a cuando creyó descubrir que uno de los atracadores era una mujer, pero en esta ocasión afirma que está mucho más seguro. Que fuera o no colombiano no lo avala al cien por cien, pero que era sudamericano eso sí. Dice que con total seguridad.
   Atienza se queda callado meditando lo que su viejo colega le está contando. Si ello fuera cierto, y su intuición le dice que tiene visos de serlo, la investigación del robo daría un giro copernicano. Más por hábito que por dar conversación a Grandal verbaliza algunos de los pensamientos que le vienen a la mente.
- El dato que cree recordar el viejo Ponte es importante, muy importante. Si uno de los atracadores era colombiano, o por lo menos de otro país sudamericano de habla española, es un hecho que abre la puerta a un ramillete de nuevas hipótesis. Primera, podría significar que el resto de los asaltantes también lo fuera. Segunda, si la hipótesis anterior fuera cierta y se tratara de una banda colombiana ¿estará formada o financiada por los narcos de ese país? Tercera, podría tratarse de una banda internacional en la que, al menos, uno de sus miembros fuera sudamericano, entonces la pregunta es ¿para qué necesita una banda europea, suponiendo que lo sea, a un sudaca? Cuarta, si damos por sentado que son narcos o, cuanto menos, pagados por ellos, ¿pero no podían tener otros patrocinadores?, por ejemplo: estar financiados por el propio gobierno colombiano o por otros poderes fácticos de ese país. Etcétera, etcétera.
- Juan Carlos – manifiesta Grandal -, reconozco que no tenía muy buena opinión sobre las nuevas hornadas de colegas, pero oyéndote voy a tener que cambiar de parecer. Ese primer esbozo de las hipótesis que pueden deducirse del nuevo dato que ha recordado mi amigo Manolo es de chapó. Hay que tener la chola muy bien amueblada e hilar muy fino para elaborar ese puñado de deducciones casi a bote pronto – Grandal va más allá de halagar la vanidad de Atienza, también quiere conseguir que el inspector de Patrimonio Histórico vea con nuevos ojos su trabajo y el de sus amigos.
- No es necesario que me pases la mano por el lomo, Jacinto – Es la primera vez que Atienza le llama por su nombre, algo va cambiando -. Ya sé que apenas si valoras a las nuevas promociones del Cuerpo. Tú, por lo visto, no lo recuerdas, pero fui alumno tuyo en alguno de los seminarios que dabas en Ávila. Allí todos sabíamos que a los nuevos nos achacabas tener menos visión policial que un vendedor de cupones de la ONCE.
- No lo niego. Esa era mi opinión y hasta hace unos minutos la mantenía, pero escuchándote me temo que tendré que cambiarla. Lo que no deja de alegrarme porque, según dicen los que saben, cambiar de opinión es de sabios.
- Sinceramente, no sé si creerte o pensar que estás intentando quedarte conmigo, pero eso importa poco porque hay algo más que aún no me has contado. ¿Cuál es el motivo para que hayas querido que no estuviera Bernal en esta conversación cuando sabes perfectamente que es mi compañero en lo que atañe al caso? ¿Qué más tienes que decirme que él no pueda oír?Ah, y no me cuentes milongas, dime la verdad.