martes, 5 de julio de 2016

Capítulo 8. El cuarteto no se rinde.- 41. Un silencio inesperado



   Tras la reunión del cuarteto de jubilados con los inspectores que coordinan el Caso Inca y en la que los policías les exigieron que abandonaran sus investigaciones, los cuatro amigos han cambiado de modus vivendi. A partir del once de diciembre y siguiendo la recomendación de Grandal, los viejos metidos a detectives se vuelcan en llevar una vida de auténticos pensionistas. Por las mañanas pasean por el Parque del Oeste, el Paseo de Rosales o por la Senda Verde de la Ciudad Universitaria, la antigua vía por la que transitaba el estudiantil tranvía Moncloa-Paraninfo. Durante las tardes se quedan en sus casas, pasean a sus nietos o van al centro de mayores a jugar al dominó y a charlar. Como anticipó el excomisario, los escoltas que les custodian, y se supone que les vigilan, se aburren como muermos. A los tres días en los que repiten el mismo plan de vida y en los que no sucede nada de particular, sin previo aviso les retiran la vigilancia policial. Al no tener quien les controle vuelven a estar en condiciones de seguir con sus investigaciones.
   Desde hace varios días, Ponte apenas si echa un vistazo a las portadas de los periódicos. Están repletas de noticias sobre las inminentes elecciones generales y el viejo hace mucho que dejó de interesarse por la política. Es consciente de que un ciudadano cabal no debería hacer dejación de sus deberes cívicos porque, como le repite su hija Clara, si no haces política participando en aquellos eventos en los que puedes dejar oír tu voz, como es el hecho de votar, otros la harán y a lo peor en contra de tu ideología e intereses. Lo que le pasa a Ponte es que los años le pesan más que la razón y no se siente con ánimos de seguir de cerca los vericuetos preelectorales en los que abundan más las promesas que las realidades y la demagogia más que las soluciones de los muchos problemas que azotan al país. Como muestra de cuanto acontece, el ABC del catorce de diciembre lleva en su portada un fotomontaje con los cuatro líderes de los partidos que, al decir de las encuestas, tienen más probabilidades de formar un gobierno de coalición puesto que no parece que ninguno de ellos vaya a obtener la mayoría absoluta. El subtítulo que acompaña a la composición reza así: Ciudadanos y Podemos reúnen a miles de simpatizantes en sus mítines centrales, mientras PP y PSOE apelan al voto útil. Ves, piensa Ponte, a ti no te interesa la política ni en los papeles, pero todavía hay miles y miles de españolitos que sí están interesados, tanto que hasta acuden a los mítines que, por otra parte, no sé para qué sirven cuando lo que más influye en la gente es la tele. Queda claro, Manolo, que estás hecho un carcamal, se dice al fin de su monólogo mental. De sus divagaciones le saca el sonido del móvil. Mira la pantalla, es Ballarín quien llama.
- Buenos días, Amadeo. Algo debe pasar para que me llames tan temprano.
- ¿Llamas temprano a las diez y media? Estás de broma. Acabo de hablar con Jacinto, dice que esta tarde en lugar de ir al desguace – Así es como suelen llamar al centro de mayores – nos reuniremos en su casa. Que tenemos mucho que hablar.
   En la reunión en casa de Grandal, éste ha preparado café y Ballarín, siempre detallista, ha traído unas pastas hechas por su esposa. Es lo primero que hacen, tomar café con pastas.
- Si fuéramos ingleses, haríamos lo mismo a esta hora – Son las cinco de la tarde -, pero con té en lugar de café – apunta irónicamente Álvarez.
- Y si fuéramos más castizos de lo que somos, tomaríamos churros en vez de estas pastas tan ricas. Por cierto, Amadeo, dale las gracias a tu mujer de nuestra parte. Sus dulces están de    rechupete – replica Ponte.
   Y así, entre bromas y veras discurre su buena media hora sin que Grandal, el promotor de la reunión, diga una sola palabra del porqué de su citación. Cuando habla es para preguntar:
- ¿Alguien quiere un chupito?
   Ballarín y Ponte se abstienen, el alcohol está contraindicado para los que se medican mucho. Álvarez si acepta el ofrecimiento:
- Yo me tomaría un licor de hierbas.
   Liquidados los cafés, las pastas y los licores, Grandal toma la palabra:
- Antes de entrar en materia tengo que preguntaros: ¿seguís sin notar algún movimiento sospechoso en vuestro entorno?, ¿nadie ha preguntado en la vecindad por vosotros?, ¿habéis detectado si os siguen? En resumen, ¿algún dato o hecho fuera de lo habitual?
   La respuesta negativa es unánime.
- No sabéis cuanto me tranquiliza oír eso. Por mi parte tampoco he notado nada anómalo. Por consiguiente, creo que podemos estar tranquilos por ahora, pero una advertencia: no bajéis la guardia, seguid vigilantes y al menor indicio de algo que huela raro me avisáis ipso facto.
- ¿Tú crees que alguien puede intentar hacernos daño? – aventura Ballarín que se muestra un tanto intranquilo.
- No necesariamente, pero si los que se cargaron al empleado del museo y a su cuñado son los mismos que realizaron el atraco, eso supondría que la banda o parte de ella sigue en Madrid y pueden tener la tentación de silenciar a todos aquellos que se les acerquen de algún modo. Y en ese supuesto, aunque de manera indirecta, podríamos estar incluidos nosotros.
- No acabo de entender lo último que has dicho, Jacinto – se sincera Álvarez.
- Veréis, le he dado muchas vueltas a lo que me dijo Bermúdez, el comisario jefe de Moncloa – recuerda Grandal – y que luego, con otras palabras, repitieron los Sacapuntas. Que es posible, solo posible, que nuestras pesquisas acerca del empleado del museo que vive…, que vivía – La rectificación del tiempo verbal parece que se le atraganta un tanto – en la calle San Conrado hayan sido el detonante que ha podido provocar su muerte y la de su cuñado. Si los atracadores, o algunos de ellos, siguen en Madrid y se enteraron de que por la vecindad iban preguntando sobre Obdulio Romero es posible que decidieran cortar por lo sano y eliminaron lo que podía ser un eslabón débil de su cadena. Si esa hipótesis fuera cierta, y es probable que lo sea, quizás nuestras investigaciones fueron la mecha que provocó el incendio. 
- Pero nosotros no pretendíamos tal cosa, nuestras intenciones eran otras – rebate Ponte.
- Manolo, de buenas intenciones está el infierno empedrado. No es cuestión de que no tuviéramos ninguna intención de causar lo ocurrido, pero ocurrió y lo que está hecho, hecho está y no hay que darle más vueltas. Es algo con lo que tendremos que apechugar.
- Pues la verdad, se me han revuelto las tripas después de lo que acabas de contar – se lamenta Álvarez.
- Si es como lo cuentas, Jacinto, ¿no será mejor que nos olvidáramos del puñetero robo del tesoro y de todo cuanto lo rodea? – inquiere Ballarín.
- Eso sería una cobardía – es Ponte quien responde -. Si como dice Jacinto somos, en alguna medida, responsables de lo ocurrido no es el momento de adoptar la táctica del avestruz y meter la cabeza bajo el ala. Ahora más que nunca tendríamos que seguir adelante, antes lo hacíamos básicamente para no aburrirnos, ahora tenemos una nueva motivación: reparar de algún modo nuestro posible fallo y seguir investigando para que los que han cometido esos asesinatos no se vayan de rositas.
   Unas palmadas suenan en el salón, son las del anfitrión.
- Manolo, chapó. Tu DNI podrá decir que eres el más viejo de los cuatro, pero tu corazón lo contradice, en realidad eres el más joven con diferencia. Precisamente, esa era la propuesta que pensaba haceros: que debemos seguir investigando. Como bien dice Manolo, ahora tenemos más motivos para hacerlo. Y para poner todas las cartas encima de la mesa hay algo que os debe quedar claro, si seguimos con nuestras pesquisas podemos correr riesgos, ¿de qué clase?, no lo sé, pero no hay que descartar ninguno. Por tanto, se impone peguntaros: ¿estáis dispuestos a seguir afrontando los riesgos que ello nos pueda deparar?
- Por lo que a mí respecta ya he dicho cuál es mi postura, adelante – afirma Ponte.
- Seremos mayores – Álvarez nunca dice viejos, siempre utiliza el eufemismo de mayores -, pero nos sobran huevos para enfrentarnos a quien sea. Contad conmigo.
   Hay un silencio inesperado que resuena más fuerte que todo cuanto se ha dicho, el de Ballarín.

viernes, 1 de julio de 2016

40. ¡Se van a enterar de lo que vale un peine!



   La portada de la edición on line de El Mundo del diez de diciembre trae muchas noticias, pero a Ponte apenas si le parecen relevantes tres o cuatro. Los dos primeros titulares tratan de informaciones que no le interesan en absoluto: una es el escándalo Arístegui-De la Serna, el enésimo caso sobre una posible corrupción de servidores públicos; el otro, una promesa electoral, en este caso de Rajoy que promete eliminar el IRPF a quienes trabajen más allá de los 65 años. Por prometer que no quede, piensa Ponte. Se detiene algo más en una noticia relativa al medio ambiente, SOS: España se está quedando sin agua. Esto sí que puede ser dramático, se dice el viejo. Vamos a terminar formando parte del Sahara. Cierra el ordenador porque no tiene la cabeza para otra preocupación que no sea la visita que han de hacer a la Brigada de Patrimonio donde los inspectores del Caso Inca les esperan para interrogarles. Ha estado dudando en sí contárselo o no a Clarita, al final opta por no decirle nada. Se lo contará a toro pasado.
   Los cuatro amigos han quedado para desayunar en Casa Manolo, casi al final de Princesa. Desde allí tomarán el metro para acudir a la cita de los Sacapuntas. Están todos nerviosos, se les nota. Hasta Grandal lo está, pese a que por su pasado como policía debería estar habituado a reuniones como la que van a mantener, pero lo está porque en esta ocasión se situará al otro lado de la mesa, no donde los interrogadores sino donde los interrogados. Y no se siente cómodo en ese papel para él desconocido.
   Los inspectores que coordinan el Caso Inca le han pedido a Bermúdez que también asista a la reunión dado que fue el primer depositario de las confidencias hechas por Grandal, pero el comisario jefe de Moncloa-Aravaca ha eludido la invitación amparándose en el mucho trabajo que tiene programado en la comisaría para esta mañana. Presupone que la entrevista será dura, sino desagradable, y no le apetece volver a enfrentarse con su antiguo jefe. Los policías también han decidido que será Bernal, mucho más coriáceo que Atienza, quien dirigirá el interrogatorio de los jubilados.
   El clima de la reunión es tenso y un punto amenazante. Para empezar, Bernal lee al cuarteto de jubilados los artículos del Código Penal que han podido transgredir, así como las medidas que puede tomar la jueza de instrucción contra ellos. Lo que trata es de amedrentarles para que se sientan vulnerables y de esa manera obtener de ellos toda la información de que disponen.
   Quien lleva la voz cantante de los jubilados es Grandal, así lo han acordado los cuatro amigos cuando desayunaron. El excomisario cuenta, punto por punto, todas y cada una de las pesquisas que han llevado a cabo y de cómo realizaron las oportunas investigaciones. Explica que no se valieron de otros medios que aplicar las viejas recetas de la policía: paciencia, tenacidad, intuición y buscar lo que siempre deja huella: el dinero. En algún momento les sonrió la suerte, pero poco más. Esa explicación encabrona todavía más a Bernal y hace que se muestre más duro y, hasta en algún momento del interrogatorio, desconsiderado con Grandal, éste no pierde la serenidad y demuestra que tantos años en el oficio le han servido para saber templar los nervios.
- ¿Entonces, no hay más? – repregunta Bernal una vez más.
- No hay más. Todo cuanto sabemos sobre el robo del Tesoro Quimbaya es lo que hemos declarado. No nos hemos dejado nada en el tintero.
   Bernal mira a Atienza que asiente con los ojos. Blanchard, a su vez, se encoge de hombros, todavía está un tanto atónito ante lo que lo que acaba de escuchar. Piensa que por mucho que España pertenezca a la Unión Europea y tenga como moneda el euro, los españoles siguen a años luz de ser auténticos europeos. Allí está la muestra. Bernal vuelve a recordar al cuarteto el articulado del Código que han podido vulnerar y les insta a que abandonen de inmediato cualquier clase de investigación o actividad relativa al Caso Inca.
- Otra cuestión. Les vamos a poner protección, al menos durante unos días hasta ver cómo evolucionan los acontecimientos. La jueza de instrucción les va a citar inmediatamente y tendrán que repetir lo que nos acaban de contar para que conste en el sumario del caso. Y ahora vuélvanse a sus domicilios y no cometan más tonterías. Dedíquense a jugar a la petanca, al tresillo o a lo que jueguen los jubilados. Se terminó lo de jugar a policías. El juego se ha vuelto demasiado peligroso. Ah, y no salgan de Madrid sin que previamente nos hayan informado.
- Yo suelo ir los fines de semana a Villaviciosa de Odón, ¿puedo seguir haciéndolo? – pregunta con tono ingenuo Ballarín. No hay respuesta verbal, la mirada que le echa Bernal vale por la negativa más rotunda.
   Cuando salen de la Brigada, el único del cuarteto que parece algo mustio y alicaído es Grandal. En algún momento del interrogatorio, las duras palabras de Bernal han lastimado su ego profesional. Deciden volver a Arguelles y mantener un cambio de impresiones en la cafetería Van Gogh.
- Pues tampoco ha sido para tanto – opina Álvarez.
- A mí el tal Bernal me ha parecido bastante grosero, sobre todo por la manera en que le ha faltado el respeto a Jacinto – se lamenta Ballarín.
- Toda esa sarta de tipos penales que, al parecer, hemos conculcado, ¿eso es cierto, Jacinto? – quiere saber Ponte.
   Grandal al ser requerido directamente se ve en la necesidad de contestar. Hasta el momento es el único que no ha dicho palabra.
- Habría que analizarlo detenidamente, pero a bote pronto creo que Bernal se ha pasado varios pueblos. Lo que ha intentado es meternos el miedo en el cuerpo para que no sigamos con nuestras investigaciones, pero estad tranquilos que no nos van a hacer nada. No hemos transgredido ninguna norma y nadie puede prohibir que unos ciudadanos colaboren con la justicia que, en definitiva, es lo que hemos hecho. Lo que pasa es que los Sacapuntas están cabreados porque nosotros hemos logrado lo que ellos no han sabido conseguir: descubrir la primera pista sólida del robo del tesoro. Eso es lo que les escuece.
- ¿Os habéis fijado en el franchute? – hace notar Ballarín -. No ha dicho ni mu en todo el rato, pero nos miraba como si fuéramos una panda de viejos chiflados.
- A mí, Jacinto, tus colegas me han caído gordos. Solo les ha faltado decir que somos una pandilla de viejos inútiles y que solo estamos para sopitas y buen vino – opina Álvarez.
- ¿Y ahora qué hacemos? – pregunta Ponte.
   Los tres viejos dirigen su mirada a Grandal, no en vano es el líder del equipo. Esperan su respuesta. El excomisario cierra los ojos como para concentrarse en sus pensamientos. Así está unos segundos que a sus amigos les parecen interminables.
- ¿Sabéis qué? Que el tal Bernal me ha estado tocando los huevos, pero les va a salir el tiro por la culata. Querían acojonarnos y que no volvamos a mover un dedo. Se han equivocado de medio a medio, pero antes de seguir una pregunta: ¿estáis dispuestos a continuar investigando aunque ello suponga correr algún riesgo?
   La respuesta es unánime, aunque a Ballarín le ha flaqueado la voz:
- Lo estamos.
- Bien, entonces vamos a seguir con nuestras investigaciones y les vamos a demostrar a esos colegas de cartón piedra que todavía tienen mucho que aprender. Los dos únicos cambios serán que a partir de ahora actuaremos por parejas, dos se defienden mejor que un individuo aislado, y que actuaremos con la mayor discreción posible.
   Antes de que Grandal pueda explicar en qué consiste el segundo cambio, Álvarez pregunta:
- Pero esos polis que nos van a poner de escolta se darán cuenta de que seguimos investigando. ¿Cómo los despistaremos?
- La protección, si no ocurre algo anómalo, durará tres, cuatro días como máximo. Tened en cuenta que tenemos unas elecciones generales encima y que todos los efectivos con que cuenta Interior se van a destinar a ese proceso. El otro cambio será que durante los próximos días jugaremos a los jubilados. Es decir, vamos a llevar la vida que se considera habitual de un pensionista. Solo saldremos de nuestras casas para ir a pasear, al Centro de Mayores a jugar al dominó y a charlar. Por supuesto, los que tenéis nietos los sacaréis a pasear como de costumbre. En cuanto estemos así tres o cuatro días ya veréis como nos retirarán los guardaespaldas – Y Grandal remata su alocución con una coloquial y castiza expresión caída hoy en desuso - ¡Esos pardillos se van a enterar de lo que vale un peine!

martes, 28 de junio de 2016

39. Esto no es un juego de niños



   Grandal pasa de un periódico a otro leyendo hasta el último párrafo de la noticia que cuenta la aparición de los cuerpos mutilados de Obdulio Romero y Juan Quesada. El primero, empleado del Museo de América y sospechoso de haber sido cómplice de los ladrones del Tesoro Quimbaya. El segundo, el que manejaba el dinero presuntamente obtenido por la complicidad de su cuñado Romero. En eso está cuando entra en la sala una mujer de mediana edad y todavía de buen ver que viste de sport y que al ver a Ponte se acerca y le planta dos besos.
- Manolo, cuanto tiempo hace que no te veía en persona, digo, porque en la tele te he visto últimamente varias veces cada vez que hablan de lo del robo del tesoro. Y qué bien das en la pantalla, granuja, me recuerdas a ese actor tan guapo…, Jacin, ¿cómo se llama ese actorazo que siempre te digo que se parece a Manolo? – pregunta Chelo.
- Vittorio de Sica – responde Grandal sin dejar de leer las informaciones sobre el hallazgo de los mutilados cadáveres.
- No, el que hizo el Doctor Zhivago – especifica la mujer.
- Omar Sharif – es la escueta respuesta de Grandal cuya atención sigue puesta en la prensa.
- Lo que decía, Manolo, eres clavadito a Omar Sharif, con unos años más, pero igualito. Seguro que te lo han dicho más veces.
- Yo creo que me parezco más bien a Pepe Isbert – dice Ponte por seguirle la conversación a Chelo.
- No seas coñón, Manolo, que te vas a parecer a Pepe Isbert. Ni de broma. ¿Te pongo una copa de algo o prefieres un cafelito?
- Un café estará bien, Chelo – aunque casi sería mejor una tila, piensa Ponte.
   La mujer desaparece tras la corredera que da a la cocina. Grandal que ha terminado con la lectura de la prensa se ha quedado como absorto con los ojos entrecerrados. Ponte respeta el silencio, es el excomisario quien termina por romperlo para preguntar:
- ¿Amadeo y Luis saben esto?  
- Amadeo ha sido el que me ha alertado y Luis también está al corriente.
- Bien. Les vas a llamar y diles que no hagan nada relacionado con el caso. Mañana a primera hora reunión de los cuatro aquí y no la hacemos ahora mismo porque tengo que hacer unas llamadas en relación a esas muertes y luego voy a llevar a Chelo a su casa. ¡Ahí va, le había prometido que iríamos a ver El Rey León! Como se va a poner cuando le diga que lo del musical habrá que dejarlo para otra ocasión – dice en voz baja para que no le oiga la mujer que continúa trasteando en la cocinilla.
- De acuerdo, ¿a qué hora nos reunimos?
- No lo sé porque antes he de hacer un par de visitas y no tengo ni idea del tiempo que me puede llevar. Esperar en casa y en cuanto termine mis gestiones os llamo. Ah, diles a los demás, y esto también vale para ti, que ni se os ocurra pisar el barrio de Los Cármenes. Y mejor que no salgáis de casa esta tarde.
- Jacinto, ¿todas esas precauciones es porque temes algo? – pregunta Ponte un tanto temeroso.
- No, pero más vale prevenir que curar. Otra cosa, si notáis algún movimiento raro en vuestros respectivos vecindarios, como personas desconocidas que preguntan por vosotros o que os siguen me lo decís inmediatamente. No importa el momento y la hora del día en que pase.
- Jacinto, no me asustes, ¿crees que estamos en peligro?
- En principio no, pero si los autores de esos asesinatos son los que temo, todas las cautelas que podamos tomar van a ser pocas. Y ahora, déjame que tengo que localizar a Anselmo Bermúdez.
- Chelo ha dicho que me iba a preparar un café.
- No es este momento para cafés. Chelo – grita Grandal -, deja lo del café que Manolo tiene prisa.
   Grandal no consigue localizar a Anselmo Bermúdez, el comisario jefe de Moncloa-Aravaca, lo que es lógico dado que la jornada es festiva. Sí lo consigue al día siguiente, miércoles. Su entrevista es de todo menos apacible. Cuando Jacinto le cuenta a su colega las investigaciones llevadas a cabo por el cuarteto de jubilados, Bermúdez sufre un arrebato de cólera. Llama de todo a Grandal quien, como es consciente de que su compañero tiene parte de razón, aguanta el sofión lo mejor que puede. Ni siquiera le agradece el haber descubierto a uno de los posibles cómplices de los atracadores. Es más, le acusa de que su investigación preguntando aquí y allá por Romero posiblemente haya provocado la muerte de éste y de su cuñado. Grandal intenta venderle la burra de que le está facilitando una información que nadie en la policía conoce, ni siquiera los inspectores que coordinan la investigación del caso. Bermúdez no se ablanda y le exige dos cosas: una, que le pasen inmediatamente toda la información que tengan; otra, que dejen en suspenso toda actividad relacionada con el caso. Se lo exige y se lo ordena. Grandal está en un tris de replicar que a un jubilado quizás se le pueda exigir, pero en ningún caso ordenar. Lo piensa mejor y se calla, no está el horno para bollos. En su lugar pregunta:
- ¿Crees que estas muertes pueden ser obra de mafiosos colombianos?
- No lo sé, no llevo la investigación, pero dos fiambres con sendos tiros en la cabeza y a los que les han cortado la lengua, eso huele a mensaje mafioso porque es lo que hacen a los que se van de la húmeda. Que sean colombianos o no es algo que habrá que dilucidar. Lo que no entiendo por muchas vueltas que le doy es cómo un hombre de tu veteranía y retranca te has podido enredar con una panda de jubilados.
- Yo también soy un jubilado, Anselmo.
- No me jodas, Jacinto, sabes a que me refiero. Además, me pones en un brete. No sé cómo coño voy a explicarles a los Sacapuntas lo que me has contado. Tendré que decirles la verdad. Por tanto, alerta a tu amiguetes de que vais a ser llamados a declarar a la Brigada de Patrimonio. Y no me extrañaría que la jueza que lleva el caso intentara meteros un puro. A los otros no creo que pueda, pero a ti seguro que buscará algún precedente legal para tocarte los huevos.
- Bueno, a lo hecho, pecho, como repite Ponte que es muy refranero.
- Otra cuestión que no se te habrá escapado. Si esto es una limpieza preventiva porque os estabais acercando demasiado a los autores del robo, estáis en peligro. Posiblemente os pongan escoltas, al menos durante unos días, hasta que se aclare todo este follón.
- Lo había pensado. De hecho, les dije a mis amigos que adopten todas las cautelas posibles y mejor si no salen de casa.
- Un consejo inteligente. Y ahora, déjame que he de pensar como paso este embolado a los chicos que llevan el caso.
   Con el rabo entre las piernas Grandal vuelve a casa. Lo primero que hace es llamar a sus amigos para que vayan a verle. Y les da un consejo: que no cojan transporte público, mejor que lo hagan en taxi, pero que antes de arrancar se fijen si coincide la cara del taxista con la foto que figura en la licencia. Ante la más mínima duda que se bajen y cojan otro.
   Mientras tanto, Bermúdez se ha puesto en contacto con los Sacapuntas. Como por teléfono la información que ha de darles va a ser complicado de explicar, les cita en el Café Ole Bar, muy cerquita de la Puerta del Sol. Los inspectores que coordinan el Caso Inca no dan crédito a sus oídos cuando el comisario de Moncloa les cuenta lo que ha conseguido el cuarteto de jubilados.
- ¡Es la releche! – exclama Bernal.
- ¡Y que esté mezclado en esto Grandal! Si tenía fama de ser un comisario con más conchas que un galápago. No acabo de creérmelo – Atienza se resiste a creer lo que les está contando Bermúdez.
   Blanchard no comenta nada, pero piensa: éste sigue siendo el país de pandereta que siempre fue. Seguimos metidos en un atolladero y vienen quatre ains qui sont à la retraite y lo ponen todo patas arriba. ¡Qué país!, sigue siendo cierto lo de que África empieza en los Pirineos.
- ¿Y ahora qué hacemos? - pregunta Atienza que sigue sumido en el desconcierto.
- Haremos lo que haya que hacer y es coger el toro por los cuernos – Bernal decide tomar el mando visto la desorientación de su compañero y el silencio del francés -. Lo primero será informar a la jueza sobre esos cuatro locos. Supongo que les citará para tomarles declaración. Entretanto – se dirige a Bermúdez -, y para ir ganando tiempo, le vas a decir a Grandal; no, mejor dicho, les dices a esos cuatro aficionados que esta tarde – Atienza le señala el reloj -; bueno, que mañana a primera hora se personen en la Brigada para mantener una primera charla. Va a ser una entrevista preliminar, no es necesario que vengan con asistencia letrada. Solo queremos hablar.
- ¿No pensáis ponerles protección? – pregunta Bermúdez.
- Por supuesto, después de charlar con ellos y reportar a Jefatura nuestras primeras impresiones estudiaremos qué clase de seguridad será la más eficaz. Aunque lo que merecen es que les dejáramos a la intemperie, a ver si de una vez por todas se enteran de que esto no es un juego de niños.