viernes, 10 de junio de 2016

34. Almorzando en el Café del Río



   Cuando Ponte abre su ordenador en el ángulo inferior derecho aparece la fecha del cuatro de diciembre. Hoy toca ojear El País. La mayoría de las noticias de la portada son alusivas, como no podía ser de otra manera, a las inminentes elecciones generales. Arranca la campaña más plural y abierta de la democracia es el primer titular. Y al lado la foto del todavía Presidente del Gobierno en la noche del inicio de la campaña. Marianito, se dice el viejo, te van a dar más palos que a una estera. De todos los demás titulares el que más le llama la atención es una encuesta que el diario titula así: El PP ganará, pero quedará en manos del Ciudadanos, según el CIS. Si pasa eso habrá que ver la cintura de los populares para pactar, piensa Ponte. Quizá no fuera un mal resultado, al menos no tendrían que negociar con los trabucaires insaciables de los nacionalistas como ha ocurrido en anteriores legislaturas. Lo que no acabo de creerme es que el PSOE tenga tan malos resultados cuando medio país se considera de izquierdas, si no que se lo pregunten a mis hijos. También concitan su atención dos noticias sobre Venezuela: El chavismo amenaza con la “lucha en las calles” si pierde las elecciones y El 85 % de los venezolanos no está satisfecho con la situación del país. Ves, se dice, a donde lleva la demagogia populista, a la pobreza y al caos, pero lo más chocante de esos demagogos de pacotilla es que se declaran demócratas mientras ostentan el poder y cuando lo pierden pretenden recuperarlo al precio que sea, si es necesario a balazos. Espero que esto no llegue a suceder nunca aquí, sería volver al 36.
   Ponte se levanta pronto. Ha quedado con Ballarín en volver a la zona de Madrid Río a investigar al empleado del museo que vive en el barrio de Los Cármenes y que es uno de los sospechosos de haber manipulado las cámaras. Como había prometido, el bueno de Amadeo le recoge con su coche para que no tengan que viajar en bus.
- ¿Dónde piensas dejar el coche? – pregunta Ponte.
- Me ha dicho mi yerno, que es un forofo del Atleti y se conoce bien los alrededores del Calderón, que por esa zona hay una calle, la Vía Carpetana, en la que suele haber sitio salvo los días en que hay partido.
- ¿Y eso queda lejos?
- No, según Google Maps a cinco minutos del río.
   La Vía Carpetana resulta ser una calle con una pronunciada pendiente y que, en efecto, tiene muchos huecos para aparcar y, además, no es zona azul. Allí dejan el coche y van andando hasta el bar La Competencia, en la esquina de San Conrado con la ribera del río, donde toman el primer cafelito del día.
- ¿Le volvemos a preguntar a ese fulano? – pregunta Ballarín señalando al barman -. A ver si hoy está más charlatán que ayer.
- No vale la pena, no le vamos a sacar nada – opina Ponte.
   El día anterior ya comprobaron que en las riberas del río en dirección sur no hay ni un merendero donde preguntar, al menos hasta la suave curva con la que el río parece querer abrazar el estadio que inicialmente se llamó Manzanares, pero que desde mil novecientos setenta y uno lleva el nombre de un antiguo presidente del Atleti, Vicente Calderón. Estadio al que, según la prensa y si la política no malbarata el proyecto, le quedan pocos años de vida.
   La pareja de detectives aficionados sigue orillando el río hacia el norte. En la Cafetería de la Presa número 6 no está el correturnos del día anterior, pero el camarero habitual tampoco les aporta nada. Lo mismo ocurre en todos los bares y merenderos en los que paran. Siguen su paseo, sobrepasan el Puente Oblicuo y llegan al Paseo de la Ermita del Santo; allí, a la altura de la Sala Riviera, una popular sala de fiestas que está en la otra orilla, hacen una pequeña parada para descansar. Cuando han recobrado fuerzas siguen lo que en vez de un paseo se está convirtiendo en una caminata y sobrepasan el Puente de Segovia. En el siguiente tramo les llama la atención un edificio ante cuya puerta hay una larga cola de personas.
- ¿Qué deben regalar ahí? – pregunta Ponte por decir algo.
- De regalar, nada. Ni siquiera esperanza – contesta Ballarín.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque es la Oficina de Empleo de Madrid Puerta del Ángel. Y no dan nada, ni siquiera ofrecen la esperanza de encontrar un trabajo – se explica Ballarín.
- Amadeo, eres como la Enciclopedia Británica, no hay cosa que no sepas – se admira Ponte.
- Es mucho más simple que eso. Antes de venir he visitado la web de Google Maps de la zona y allí está todo. Mira, ahí a la izquierda está el Reino del Agua, es un local para fiestas, celebraciones y eventos de esa clase. ¿Crees que deberíamos preguntar?
- ¿En un lugar así? No creo. Lo que debemos hacer es volvernos o buscar un restorán o cafetería donde comer o, al menos, tomar un piscolabis. Son cerca de las dos y mi estómago empieza a gruñir.
- Estamos llegando a la conexión de la Cuesta de San Vicente y el Paseo del Embarcadero,  ahí mismo hay un restorán, el Café del Río, donde podemos tomar algo. He leído que no se come mal y tienen un menú bastante barato.
- Pues sea. Ya está bien de arrastrar los pies. Ahora entiendo el por qué alguna vez le oí decir a Jacinto que la mejor arma de un policía es un buen par de botas.
   El Café del Río, que en su web se anuncia como la mejor terraza de Madrid, tiene buena pinta. No comen en la publicitada terraza porque allí el precio del menú es algo mayor. Un obsequioso maitre les ofrece la carta en la que va una hoja aparte con el menú del día.
- Oye, pues no está mal – opina Ponte.
- Ya te lo dije. Y todo por 10,90 incluido el pan, la bebida y café o postre.
   Ballarín pide de primero unas lentejas estofadas y de segundo secreto ibérico a la parrilla. Ponte se pide berenjenas rebozadas con miel, de entrante, y merluza en salsa verde de plato fuerte. Entre plato y plato se acerca el maitre.
- ¿Todo bien? – pregunta rutinariamente.
- ¿Puedo cambiar el café por un poleo con menta? –pide Ponte.
- Faltaría más, señor.
   Ballarín ha tomado al entrar un folleto de propaganda del establecimiento en el que, además  de publicitar su terraza, se dice que el restaurante nace con el fin de ampliar la oferta gastronómica de la zona de Madrid Río y que cuenta con un espacio multifuncional y una infraestructura audiovisual y de sonido que hará que los eventos superen las expectativas de los asistentes. En la sección de últimas noticias de la web se informa de las primeras comuniones para el 2016, de un speed run y de las cenas de Navidad. Cuando están tomando el café y el poleo con menta, vuelve a acercarse el maitre para preguntar, una vez más, si todo está bien, ocasión que aprovecha Ballarín para pedirle que si puede ampliarles la información sobre lo de las comuniones para el próximo año.
- Es que tengo una nietecilla que hará su primera comunión el año que viene. Les he dicho a sus padres que la comida de celebración la pago yo y estoy buscando restaurantes que ofrezcan un buen servicio y precios asequibles – se justifica Ballarín.
- Está usted en el sitio adecuado señor… - El maitre deja en el aire el final de su frase en una clara invitación a que la complete su interlocutor.
- Ballarín, Amadeo Ballarín.
- Encantado, don Amadeo. Permítame explicarle que lo más importante para nosotros es la atención personalizada a cada uno de nuestros clientes de principio a fin – el maitre hace su explicación con el tonillo del que lo ha repetido infinidad de veces -. Por eso, en el Café del Río ayudamos al cliente a diseñar y organizar la comunión de su hijo o hija, en su caso de su nieta, con un toque especial, cuidando hasta el último detalle para que los padres y demás familiares e invitados solo tengan que preocuparse de disfrutar.
   Mientras está oyendo como en sordina al servicial empleado, Ponte está pensando que podría ser una buena fuente informativa si el sitio estuviera más cerca de donde vive el sospechoso de la calle San Conrado. Y también cavila sobre lo complejo que resulta investigar, sobre todo cuando no se puede abordar de manera directa a los posibles informantes. Hay que preguntar como al desgaire y siempre dando tantos rodeos que en muchas ocasiones las respuestas no tienen nada que ver ni con lo que preguntan ni con lo que les interesa saber. Lo de ser detective no es tan fácil como lo pintan en la tele, ni mucho menos.

martes, 7 de junio de 2016

33. De tapeo por La Arganzuela



   Álvarez y Grandal vuelven al barrio de Arganzuela a seguir preguntando sobre el empleado del Museo de América que vive en la calle Ferrocarril. El día anterior apenas si pudieron enterarse de aspectos de su vida que tuvieran interés para lo que buscan: saber su nivel de vida. Lo único que realmente llegaron a enterarse sobre el sospechoso es algo común a centenares de miles de españoles: es muy aficionado al fútbol y se ufana de ser un seguidor a muerte del Atleti de Madrid.
   Se patean toda la calle de cabo a rabo y no dejan un solo bar y cafetería sin visitar. Cuando llega el mediodía, Grandal, que siempre fue un buen bebedor, sostiene el tipo, pero Álvarez que seguramente no está tan acostumbrado a trasegar cerveza en grandes cantidades va con una media cogorza.
   En la calle hay muchos sitios para tapear y aunque en invierno no están las terrazas abiertas, los bares y tabernas están bastante animados, animación que crece a medida que se acerca el mediodía. Al menos, piensa Grandal, voy a volver a casa comido porque no solo son las cervezas, también están las tapas que acompañan a las cañas. En cada sitio tienen sus especialidades. En el bar Ferrocarril, que hace honor al nombre de la calle, preparan unos pinchos morunos que, aunque no aparecen en la carta, están ricos, ricos. En Las Abejas, curioso nombre para un bar, prueban unas tostas de pan de pueblo francamente apetecibles. En Cruz Blanca, pescaito frito y ahumados. En Hermanos Guío, migas con uvas y patatas amorosas con una mezcla de salsa brava y alioli. En El Vagón, otro nombre que alude al pasado ferroviario de la calle, alitas de pollo y raciones de ibéricos. Y junto a ello, la inacabable muestra del tapeo madrileño más castizo: calamares, pulpo, chopitos, patatas bravas o con alioli, pimientos rellenos, morcillas, choricillos, gambas al ajillo, pinchos de tortilla, cazuelitas de callos, bacalao rebozado, quesos, chacinas, aceitunas, croquetas, boquerones en vinagre… Y hasta están a punto de entrar en la Chocolatería Habana, a lo que se niega Álvarez que solo de pensar en tomar unos churros con chocolate se le revuelven las tripas.
   No solo se vuelven a casa ya comidos, como sospechaba Grandal, también han recopilado una amplia información sobre su objetivo. No han detectado ningún síntoma de que en las últimas semanas sus finanzas hayan sufrido un vuelco espectacular. Tal y como vive da la impresión de que no es más que el típico empleado con un sueldo que le da para vivir con una cierta dignidad, pero poco más. Parece que su bien más valioso es el piso donde vive con su mujer y dos chavales, pero lo heredó de sus padres lo que descarta un desembolso superior a sus ingresos. Hay más datos que avalan la existencia de una economía ajustada: sus hijos van al colegio público San Eugenio y San Isidro en la cercana calle de Peñuelas, tiene un Ford Fiesta con más de diez años de antigüedad y suele veranear en el pueblo de Mansilla de las Mulas, de donde es originaria la familia de su esposa.
- Desde le luego, este fulano no es Onassis precisamente – comenta Álvarez con una lengua que comienza a ser estropajosa.
- Esos son los detalles que nos señalan como vejestorios o miembros de la tercera edad como dicen los soplagaitas – Es la críptica frase de Grandal.
- No sé si es que estoy un poco pedo, pero no te entiendo – replica Álvarez.
- Que hayas puesto como ejemplo de superrico a Onassis. Eso solo lo hace un carroza, ahora dirían que el fulano que hemos investigado no es precisamente Bill  Gates. Y vámonos al metro que como sigamos soplando tendré que cargar contigo.
   Esa misma tarde, la otra pareja del cuarteto de jubilados, Ballarín y Ponte, están transitando por el barrio de Los Cármenes, del distrito de La Latina. Su objetivo es recabar más datos del empleado del museo que vive en la calle de San Conrado y que, en su día, localizó Ponte. Siguiendo la recomendación de Grandal lo primero que hacen es visitar los bares y cafeterías próximos al domicilio del sospechoso. Encuentran uno bien cercano, en la misma esquina de San Conrado con el río, que tiene un nombre curioso: La Competencia.
- ¿Con quién competirá? – pregunta Ballarín sin esperar respuesta alguna.
   De allí no sacan nada en limpio. Al parecer, el bar ha cambiado de dueño recientemente y quien atiende la barra o no conoce a la gente del barrio o es de los que no suelta prenda. Su siguiente parada es recorrer los márgenes del Manzanares, al que Quevedo llamó arroyo y aprendiz de río y Tirso de Molina afirmaba que solo tenía curso en invierno, en metafóricas alusiones a lo menguado de su caudal. Ninguno de ambos poetas reconocería al actual Manzanares, desde que fue represado en los años cincuenta parece otro. Y el cambio ha sido todavía más espectacular con el soterramiento de seis kilómetros de la carretera de circunvalación M-30, lo que ha dado lugar a la llamada Operación Madrid Río.
- No conocía la remodelación – comenta Ponte -. La verdad es que ha quedado fantástico. Recuerdo que a finales de los sesenta fui alguna vez con Puri a un merendero que había junto al Puente de los Franceses. Por aquella época el río era bien poca cosa y sus riberas estaban llenas de porquería. Nada que ver a como está ahora.
- Esta zona de Madrid Río, como la llaman, es una franja de terreno paralela a las dos orillas del Manzanares y que debe tener algo más de siete kilómetros. Está sembrada de parques, zonas de recreo, tanto para niños como para adultos, senderos, lugares preparados para hacer picnic, merenderos… En fin, es una zona de esparcimiento muy completa, pero lo más espectacular que tiene son los puentes y pasarelas que lo cruzan. Hay algunos de ellos que son una virguería de diseño – comenta Ballarín poniéndose didáctico.
   Paseando por las orillas llegan por el norte hasta el Puente Oblicuo que recibe el nombre por su forma sesgada de cruzar el río. Al volver hacia el sur se detienen en la Cafetería de la Presa número 6 donde encuentran a un camarero que le gusta la charleta, pero que poco puede informarles porque es un correturnos y apenas conoce a la clientela. Luego entran en La Terraza con un resultado similar.
- Creo que más hacia el sur, pasado el Puente de San Isidro hay algún bar más – apunta Ballarín.
- Tendrás que ir tú solo porque yo no puedo más. Ha sido una mala decisión por mi parte lo de hacer este recorrido por la tarde. Nunca aprenderé. Debería saber que a partir de mediodía mi reserva de energía mengua rápidamente y me canso enseguida. Tendrás que perdonarme, Amadeo, pero los viejos tenemos esas limitaciones.
- Vamos, hombre, que no estás tan viejo. Ya me gustaría llegar a tus años y estar como tú estás – le anima Ballarín.
- Bueno, dale tiempo al tiempo y cuando cumplas los ochenta ya me contarás, aunque no sé si para entonces estaré a tu lado para que me lo cuentes – contesta Ponte tirando de humor negro.
- No pasa nada. Vamos  coger el bus y nos volvemos al centro. Si te parece bien repetimos el paseo mañana por la mañana.
- De acuerdo, Amadeo. Por las mañanas soy otro, ando más ligero y aguanto más que por las tardes. De todas formas, ya estoy muy cascado para las tareas policíacas. No sé si Jacinto no debería retirarme de estos trabajos de campo y dedicarme solo a actividades caseras.
- No exageres, Manolo. Estás perfectamente capacitado para llevar a cabo cualquiera de las tareas de investigación que tengamos que hacer. ¿Qué te cansas por las tardes? Y quien no, a nuestra edad las fuerzas siempre son limitadas, pero ya me gustaría tener la memoria que tienes y lo bien que razonas. Te podrán fallar las piernas, pero la cabeza te funciona como un Omega. Lo que haremos mañana será coger mi coche y así tendremos que andar menos y perderemos menos tiempo porque este 25 no es demasiado puntual – se ofrece Ballarín en la parada del autobús donde ya llevan esperando más de diez minutos.
- Si quieres, cogemos un taxi.
- No, esperaremos el bus. Bastante nos hemos gastado en bares y eso que hemos sido muy parcos a la hora de consumir. Es una cuestión, la de la pasta, en la que no pensamos cuando nos metimos en este fregado. ¿Tú sabes si a los policías de verdad estos gastos se los pagan?
- No tengo ni idea. Tendremos que preguntárselo a Jacinto. Mira, ahí llega el autobús. A ver si mañana tenemos más suerte.