martes, 7 de junio de 2016

33. De tapeo por La Arganzuela



   Álvarez y Grandal vuelven al barrio de Arganzuela a seguir preguntando sobre el empleado del Museo de América que vive en la calle Ferrocarril. El día anterior apenas si pudieron enterarse de aspectos de su vida que tuvieran interés para lo que buscan: saber su nivel de vida. Lo único que realmente llegaron a enterarse sobre el sospechoso es algo común a centenares de miles de españoles: es muy aficionado al fútbol y se ufana de ser un seguidor a muerte del Atleti de Madrid.
   Se patean toda la calle de cabo a rabo y no dejan un solo bar y cafetería sin visitar. Cuando llega el mediodía, Grandal, que siempre fue un buen bebedor, sostiene el tipo, pero Álvarez que seguramente no está tan acostumbrado a trasegar cerveza en grandes cantidades va con una media cogorza.
   En la calle hay muchos sitios para tapear y aunque en invierno no están las terrazas abiertas, los bares y tabernas están bastante animados, animación que crece a medida que se acerca el mediodía. Al menos, piensa Grandal, voy a volver a casa comido porque no solo son las cervezas, también están las tapas que acompañan a las cañas. En cada sitio tienen sus especialidades. En el bar Ferrocarril, que hace honor al nombre de la calle, preparan unos pinchos morunos que, aunque no aparecen en la carta, están ricos, ricos. En Las Abejas, curioso nombre para un bar, prueban unas tostas de pan de pueblo francamente apetecibles. En Cruz Blanca, pescaito frito y ahumados. En Hermanos Guío, migas con uvas y patatas amorosas con una mezcla de salsa brava y alioli. En El Vagón, otro nombre que alude al pasado ferroviario de la calle, alitas de pollo y raciones de ibéricos. Y junto a ello, la inacabable muestra del tapeo madrileño más castizo: calamares, pulpo, chopitos, patatas bravas o con alioli, pimientos rellenos, morcillas, choricillos, gambas al ajillo, pinchos de tortilla, cazuelitas de callos, bacalao rebozado, quesos, chacinas, aceitunas, croquetas, boquerones en vinagre… Y hasta están a punto de entrar en la Chocolatería Habana, a lo que se niega Álvarez que solo de pensar en tomar unos churros con chocolate se le revuelven las tripas.
   No solo se vuelven a casa ya comidos, como sospechaba Grandal, también han recopilado una amplia información sobre su objetivo. No han detectado ningún síntoma de que en las últimas semanas sus finanzas hayan sufrido un vuelco espectacular. Tal y como vive da la impresión de que no es más que el típico empleado con un sueldo que le da para vivir con una cierta dignidad, pero poco más. Parece que su bien más valioso es el piso donde vive con su mujer y dos chavales, pero lo heredó de sus padres lo que descarta un desembolso superior a sus ingresos. Hay más datos que avalan la existencia de una economía ajustada: sus hijos van al colegio público San Eugenio y San Isidro en la cercana calle de Peñuelas, tiene un Ford Fiesta con más de diez años de antigüedad y suele veranear en el pueblo de Mansilla de las Mulas, de donde es originaria la familia de su esposa.
- Desde le luego, este fulano no es Onassis precisamente – comenta Álvarez con una lengua que comienza a ser estropajosa.
- Esos son los detalles que nos señalan como vejestorios o miembros de la tercera edad como dicen los soplagaitas – Es la críptica frase de Grandal.
- No sé si es que estoy un poco pedo, pero no te entiendo – replica Álvarez.
- Que hayas puesto como ejemplo de superrico a Onassis. Eso solo lo hace un carroza, ahora dirían que el fulano que hemos investigado no es precisamente Bill  Gates. Y vámonos al metro que como sigamos soplando tendré que cargar contigo.
   Esa misma tarde, la otra pareja del cuarteto de jubilados, Ballarín y Ponte, están transitando por el barrio de Los Cármenes, del distrito de La Latina. Su objetivo es recabar más datos del empleado del museo que vive en la calle de San Conrado y que, en su día, localizó Ponte. Siguiendo la recomendación de Grandal lo primero que hacen es visitar los bares y cafeterías próximos al domicilio del sospechoso. Encuentran uno bien cercano, en la misma esquina de San Conrado con el río, que tiene un nombre curioso: La Competencia.
- ¿Con quién competirá? – pregunta Ballarín sin esperar respuesta alguna.
   De allí no sacan nada en limpio. Al parecer, el bar ha cambiado de dueño recientemente y quien atiende la barra o no conoce a la gente del barrio o es de los que no suelta prenda. Su siguiente parada es recorrer los márgenes del Manzanares, al que Quevedo llamó arroyo y aprendiz de río y Tirso de Molina afirmaba que solo tenía curso en invierno, en metafóricas alusiones a lo menguado de su caudal. Ninguno de ambos poetas reconocería al actual Manzanares, desde que fue represado en los años cincuenta parece otro. Y el cambio ha sido todavía más espectacular con el soterramiento de seis kilómetros de la carretera de circunvalación M-30, lo que ha dado lugar a la llamada Operación Madrid Río.
- No conocía la remodelación – comenta Ponte -. La verdad es que ha quedado fantástico. Recuerdo que a finales de los sesenta fui alguna vez con Puri a un merendero que había junto al Puente de los Franceses. Por aquella época el río era bien poca cosa y sus riberas estaban llenas de porquería. Nada que ver a como está ahora.
- Esta zona de Madrid Río, como la llaman, es una franja de terreno paralela a las dos orillas del Manzanares y que debe tener algo más de siete kilómetros. Está sembrada de parques, zonas de recreo, tanto para niños como para adultos, senderos, lugares preparados para hacer picnic, merenderos… En fin, es una zona de esparcimiento muy completa, pero lo más espectacular que tiene son los puentes y pasarelas que lo cruzan. Hay algunos de ellos que son una virguería de diseño – comenta Ballarín poniéndose didáctico.
   Paseando por las orillas llegan por el norte hasta el Puente Oblicuo que recibe el nombre por su forma sesgada de cruzar el río. Al volver hacia el sur se detienen en la Cafetería de la Presa número 6 donde encuentran a un camarero que le gusta la charleta, pero que poco puede informarles porque es un correturnos y apenas conoce a la clientela. Luego entran en La Terraza con un resultado similar.
- Creo que más hacia el sur, pasado el Puente de San Isidro hay algún bar más – apunta Ballarín.
- Tendrás que ir tú solo porque yo no puedo más. Ha sido una mala decisión por mi parte lo de hacer este recorrido por la tarde. Nunca aprenderé. Debería saber que a partir de mediodía mi reserva de energía mengua rápidamente y me canso enseguida. Tendrás que perdonarme, Amadeo, pero los viejos tenemos esas limitaciones.
- Vamos, hombre, que no estás tan viejo. Ya me gustaría llegar a tus años y estar como tú estás – le anima Ballarín.
- Bueno, dale tiempo al tiempo y cuando cumplas los ochenta ya me contarás, aunque no sé si para entonces estaré a tu lado para que me lo cuentes – contesta Ponte tirando de humor negro.
- No pasa nada. Vamos  coger el bus y nos volvemos al centro. Si te parece bien repetimos el paseo mañana por la mañana.
- De acuerdo, Amadeo. Por las mañanas soy otro, ando más ligero y aguanto más que por las tardes. De todas formas, ya estoy muy cascado para las tareas policíacas. No sé si Jacinto no debería retirarme de estos trabajos de campo y dedicarme solo a actividades caseras.
- No exageres, Manolo. Estás perfectamente capacitado para llevar a cabo cualquiera de las tareas de investigación que tengamos que hacer. ¿Qué te cansas por las tardes? Y quien no, a nuestra edad las fuerzas siempre son limitadas, pero ya me gustaría tener la memoria que tienes y lo bien que razonas. Te podrán fallar las piernas, pero la cabeza te funciona como un Omega. Lo que haremos mañana será coger mi coche y así tendremos que andar menos y perderemos menos tiempo porque este 25 no es demasiado puntual – se ofrece Ballarín en la parada del autobús donde ya llevan esperando más de diez minutos.
- Si quieres, cogemos un taxi.
- No, esperaremos el bus. Bastante nos hemos gastado en bares y eso que hemos sido muy parcos a la hora de consumir. Es una cuestión, la de la pasta, en la que no pensamos cuando nos metimos en este fregado. ¿Tú sabes si a los policías de verdad estos gastos se los pagan?
- No tengo ni idea. Tendremos que preguntárselo a Jacinto. Mira, ahí llega el autobús. A ver si mañana tenemos más suerte.

viernes, 3 de junio de 2016

32. Próxima estación: Delicias



   Una vez localizados los domicilios de varios de los trabajadores del Museo de América que tenían acceso a las cámaras de seguridad y entre los que, de acuerdo con la hipótesis del excomisario, debe de estar el cómplice que las desbarató, los jubilados se reúnen en casa de Grandal para establecer las líneas de actuación en los próximos días. El jefe del grupo insiste en que lo hay que buscar es aquella o aquellas personas que están viviendo por encima de las posibilidades de un empleado corriente. Buscad la guita es la frase que repite Grandal.
- Yo tengo otra duda sobre lo de gastarse la guita, Jacinto. Por cierto, hacía la tira de tiempo que no escuchaba ese palabro – dice Ponte -. Bueno, a lo que iba. Podría ocurrir que el dinero no se lo gaste el tipo al que compraron los atracadores o sea, el cómplice. Podría ser que quien maneje la pasta ni siquiera sea alguien de su familia directa, su mujer, sus hijos o sus padres. Podría tratarse de un primo, de un cuñado, hasta de un amigo.
- Esa duda está muy bien traída, Manolo – Grandal está aprendiendo que estos ayudantes que tiene ahora no son como los de antes que se limitarían a decir a sus órdenes y punto final. A estos de vez en cuando hay que pasarles la mano por el lomo y reírles las ocurrencias -. Por tanto, atentos al parche: no solo hay que investigar a los objetivos y a su familia próxima, sino también a lo que podríamos llamar como segundo anillo familiar y, por supuesto, a los amigos más cercanos.
- Oye, Jacinto, danos algunas instrucciones sobre cómo llevar la investigación. Me refiero a qué cosas hacer para obtener información sobre los objetivos – pide Ballarín.
- Se trata de ir acumulando datos sobre cuál es el nivel de vida del sospechoso, si vive por encima de sus posibilidades, si gasta en lujos y caprichos, si es el que siempre paga las copas cuando sale con los amigos, etcétera. Al mismo tiempo ir preguntando, como al desgaire y de forma indirecta para que no levante sospechas, a la gente del barrio sobre el fulano en cuestión y su familia. Es todo un arte lo de preguntar sin parecer que se pregunta que no es fácil enseñar y que iréis aprendiendo con el tiempo. De momento, conformaros con no cometer demasiados errores y, eso sí, en cuanto notéis que alguien se pone en guardia con vuestras preguntas pasad inmediatamente a otro tema. 
- No va a ser fácil – comenta Ponte.
- Nadie dice que lo sea, pero ¿quién fue aquel que dijo que una gran marcha comienza con un solo paso? Ah, otro dato importante: el mejor sitio para preguntar son los bares, tabernas, cafeterías, etcétera. No sé si sabéis que nuestro país ostenta el record mundial en porcentaje de bares por número de habitantes. Este es un pueblo que pasa buena parte de su tiempo tapeando, tomando cañas o cafelitos. Y en la barra de un bar la gente suele hablar con una naturalidad y falta de prejuicios como en ninguna otra parte. O sea, que tendremos que tomar muchas birras – remata Grandal.
- Otra cosa a resolver es quienes forman las parejas – apunta Ballarín.
- Por mí nos emparejaremos como queráis – ofrece Grandal.
   Un incómodo silencio se adueña del saloncito. Ocurre que en el fondo  ninguno de los otros tres quiere ir de pareja con Álvarez, pero nadie se atreve a decirlo, hasta que Ballarín rompe el impasse:
- Yo no tengo ningún problema para emparejarme con cualquiera de vosotros, pero a raíz de la investigación sobre aquella familia gitana que nos mandó buscar Jacinto, comprobé que Manolo y yo formamos un buen equipo. Nos llevamos bien y conseguimos hablar con uno de los patriarcas que nos indicó donde encontrar a los García Reyes. Por eso, y  a reserva de otras opiniones, creo que una pareja podría ser la de Manolo conmigo.
   Ponte se ve en la obligación de respaldar a Ballarín y al tiempo dejar patente que tampoco él tiene problema alguno en emparejarse con cualquiera de los demás. Por asentimiento se acepta la propuesta de Ballarín, aunque Grandal matiza que el emparejamiento adoptado no debe ser óbice para que, en función de las circunstancias, las parejas cambien de composición.
- Otra cosa, Jacinto – dice Ponte -. Amadeo acaba de citar a los García Reyes y es algo que tenemos pendiente. El Tío Ginés el Rubio dijo que los Reyes seguramente están ahora por la provincia de Castellón en la campaña naranjera. ¿Qué hacemos al respecto?
- Por ahora, la caja común solo da para birras y poco más – dice Grandal, sin que quede claro si habla en serio o en broma -. No podemos permitirnos desplazamientos más allá del entorno de Madrid. Por consiguiente, lo de la localización de los García Reyes queda aplazada hasta nueva orden, como decimos en el Cuerpo.
- ¿Y cuándo empezamos a investigar la vida y milagros de los objetivos? – pregunta Álvarez.
- A partir de ya. Cada pareja deberá ponerse de acuerdo y elaborar un calendario de trabajo, cronograma le llamamos en el Cuerpo. Otra cosa que se me olvidaba: es mejor ir dos que uno, es más fácil pasar desapercibidas dos personas que van charlando, pero si en algún momento hay uno de la pareja que, por lo que sea, no puede acudir, ello no debe ser obstáculo para que el otro siga la investigación.
   La siguiente cuestión que el grupo se plantea es repartirse los objetivos a investigar. El criterio que siguen es que, salvo Ballarín en el caso del sombrero tirolés como humorísticamente lo han bautizado, cada pareja investigará a los empleados asignados para localizar donde viven, si es que no lo han hecho ya. Asimismo, quedan de acuerdo que la siguiente reunión la tendrán el próximo martes en la que harán balance de los resultados obtenidos.
   Ponte y Ballarín han acordado comenzar sus investigaciones al día siguiente, jueves y continuarlas el viernes. El sábado y domingo lo tendrán de asueto. Ballarín tiene un chalé en Villaviciosa de Odón en el que suele pasar los fines de semana y al que también acuden sus hijos y nietos, por tanto tendrán que aprovechar los días hábiles que les quedan. En cuanto a Grandal y Álvarez acuerdan que van a comenzar la vigilancia de uno de los sospechosos que tienen adjudicados esa misma tarde.
   Como habían quedado, después de almorzar Álvarez y Grandal se dirigen hacia el madrileño distrito de Arganzuela en que está ubicada la calle Ferrocarril donde vive el empleado del museo cuyo seguimiento lo hizo Álvarez. Cogen el metro en la estación de Argüelles y toman la línea 3. Durante el viaje, Álvarez que, en ocasiones peca de redicho, le cuenta a su compañero de partida que la calle que van a recorrer es un ejemplo de cómo el ferrocarril puede cambiar la fisonomía de una población. Durante muchos años por dicha calle discurrió el tendido férreo que se dirigía desde la Estación del Norte hasta la de Atocha, las dos estaciones de ferrocarril más importantes de Madrid hasta que se construyó la de Chamartín. El tendido del ferrocarril partía la calle en dos y hasta marcaba uno de los límites de la ciudad. En la actualidad, sigue contando Álvarez, bajo la calzada discurre una doble vía electrificada que une las estaciones de metro de Príncipe Pío con Méndez Álvaro, y en la superficie lo que era una especie de desfiladero por donde transitaban los trenes ahora es una calzada de cinco carriles para automóviles.
- Pues yo – dice Grandal un tanto harto de las explicaciones de arqueología ferroviaria de su compañero – de la calle Ferrocarril no puedo contarte nada, pero sí de esta línea de metro. Allá por los años sesenta y tantos vivía en una pensión por Cuatro Caminos y trabajaba en Legazpi. Todas las mañanas cogía la línea 10 hasta Sol y allí cambiaba a la línea 3. Y para memorizar las estaciones que venían después de Sol me inventé una frase para recordarlas, decía así: los Lavapiés de los Embajadores de Palos causan las Delicias de Legazpi.
- ¿Y sin eso no te acordabas? – pregunta, un tanto burlón, Álvarez.
   La megafonía del metro anuncia: próxima estación, Delicias.
   Fin de trayecto, se dice Grandal, puesto que Delicias es la estación más cercana a la calle Ferrocarril.