viernes, 6 de mayo de 2016

Capítulo 5. Primeras misiones.- 24. Fotógrafo de fortuna



   Cuando Ponte abre El Mundo del lunes 23, encuentra que la principal noticia sigue siendo una de las consecuencias de la masacre parisina del 13-N: Bruselas vive su tercer día de parálisis mientras busca a Salah. Y debajo del titular, la noticia de que el gobierno belga ha prolongado, un día más, las medidas de seguridad excepcionales por riesgo de atentado yihadista. Estos fanáticos, piensa el viejo, van a conseguir paralizar a media Europa y eso en sí ya es una victoria para ellos. El segundo titular que llama su atención es otra noticia que no ha dejado de serlo en los últimos meses: el secesionismo catalán. Debajo de una foto del Ministro de Hacienda, el pie dice: Montoro investigará los 1.300 millones sin contabilizar de Cataluña. Esta es la típica investigación de la que nunca vuelve a saberse nada. Dicen que investigarán pero luego, tanto si encuentran algo punible como si no, jamás vuelve a saberse nada. Espero que nuestra investigación sobre el robo del museo no siga los mismos pasos. El tercer titular que reclama su atención es diferente: Argentina opta por el cambio y consagra a Macri como presidente. A ver si de una vez los argentinos retoman la senda de la sensatez y se dejan de esas milongas del peronismo que no les lleva a ninguna parte. Aunque mi dentista, que es de Rosario, dice que todo argentino lleva un peronista dentro. Finalmente, antes de cerrar el portátil, la noticia en la que se fija es de puro esparcimiento: “Ocho apellidos catalanes”, el mejor estreno del año 2015. Habrá que ir a verla. Supongo que será una especie de refrito de “Ocho apellidos vascos”.
   Hoy tiene doble sesión de trabajo en su faceta detectivesca. Tiene que estar ante la puerta del museo cuando entra el personal para ir quedándose con sus caras. Ballarín ha sacado de una web de museografía los distintos tipos de profesionales que trabajan en un museo: vigilantes de seguridad, personal de limpieza, de mantenimiento, de guardarropía, de atención al visitante, recepcionistas, auxiliares de sala, guías internos y externos, educadores, administrativos, personal de gerencia y dirección, documentalistas, restauradores y conservadores. Aparte de los mencionados, los museos de ciertas dimensiones suelen ofrecer servicios complementarios tales como cafetería-restaurante, tienda o hasta en algunos casos parking. Además de todos estos profesionales que trabajan directamente en el museo, hay que añadir aquellos que realizan trabajos puntuales: museólogos, iluminadores, carpinteros, grafistas, museógrafos, diseñadores, músicos, actores, publicistas, etcétera. No podía imaginarse Ponte que en un centro, aparentemente tan estático como un museo, pudiesen trabajar tantos profesionales distintos. La segunda tarea que le aguarda es por la tarde. Acompañará a Ballarín a fotografiar a varios empleados del museo entre los que sospecha que pueden estar alguna de las personas que cegaron las cámaras de seguridad.
   Hace rato que la pareja de vejetes aguarda en la cafetería de la Fundación Jiménez Díaz que mira hacia la plaza de Cristo Rey. Están esperando a que llegue el personal de museo al que Ballarín ha de fotografiar.
- ¿Cómo piensas hacerlo? – Ponte se interesa por el modus operandi que va a utilizar Ballarín.
- He pensado en tres maneras distintas. La mejor es hacerlo a escondidas sin que se entere ninguno de los objetivos y, si es posible, ningún empleado o cliente de la cafetería. Para ello cuento a mi favor con la pequeñez de la cámara y que parece cualquier cosa antes que lo que es. Si no puedo hacerlo así, tú me servirás como modelo, como si te hiciese una foto, aunque realmente estaré enfocando a uno de nuestros objetivos. Y otra posibilidad es como si nos hiciéramos un selfie, pero lo que haremos será apuntar al objetivo. Y hablando de objetivos, ¿cómo los has identificado? – pregunta Ballarín que parece no valorar demasiado las dotes detectivescas de su amigo.
- Tampoco ha sido tan difícil. Ten en cuenta que nuestros objetivos, como tú les llamas, llevan uniforme y una placa que pone Vigilante de Seguridad – explica Ponte sin darse importancia.
   No pasa demasiado tiempo cuando entran en la cafetería tres hombres, uno de ellos uniformado y ostentando la placa a la que aludió antes Ponte.
- Mira, ahí está, es el que lleva uniforme.
   Los recién llegados se acomodan en una mesa tras pedir en la barra su comanda. Una vez que los tiene emplazados, Ballarín busca el mejor ángulo desde el que hacer la foto. Lo encuentra en otra mesa que, afortunadamente está vacía, y desde la que tiene una excelente visión del rostro del vigilante. No tiene ningún problema para tomar varias instantáneas con la microcámara sin que, al parecer, se haya dado cuenta nadie.
- ¡Qué sangre fría tienes, Amadeo! Hay que ver lo bien que te has desenvuelto. Yo no sé si hubiera sido capaz. Solo he actuado de señorita de compañía y todavía estoy más nervioso que un flan – confiesa Ponte.
- Confesión por confesión. El que está como un flan soy yo. Aún me tiemblan las canillas, aunque reconozco que no ha sido tan difícil. Claro que con este chisme – dice señalando a la minicámara – hacer fotos sin que nadie se dé cuenta es un juego de niños.
   En los siguientes días la improvisada pareja de detectives consigue grabar en la cámara que maneja Ballarín a otros cuatro vigilantes de seguridad. Todo transcurre sin que pase ninguna incidencia, pese a que en una ocasión se llevan un pequeño susto. Una de las camareras que suele atenderles y que se ha quedado con sus caras les pregunta un día:
- No suelo hacer preguntas a los clientes, ¿pero se puede saber qué es ese chisme tan curioso que les he visto manejar a veces? – y lo dice mientras señala la minicámara que Ballarín se ha dejado descuidadamente encima de la mesa.
   Quien reacciona primero es Ponte:
- Es un microprocesador para controlar el ritmo del marcapasos que lleva instalado mi amigo. Cuando está en lugares cerrados como este y que tienen el ambiente un tanto cargado ha de vigilar el ritmo del cacharro que lleva dentro.
- ¡Un microprocesador para marcapasos! En el tiempo que llevo aquí nunca había oído hablar de semejante chisme. ¡Cómo avanza la medicina!
   Al vigilante número seis no tienen que ir a ninguna parte para fotografiarle. Es un fumador compulsivo y cada cierto tiempo sale a la puerta del museo, enciende un cigarrillo, le da unas cuantas caladas apresuradas y se vuelve a meter. Los dos últimos objetivos, en el nuevo léxico que maneja el dúo de jubilados, los cazan en la cafetería Sicilia ubicada en el cuarenta y cuatro de Isaac Peral adónde suelen ir a tomar el desayuno de media mañana. Después de unos días Ponte, que es quien sigue apostado en los alrededores del museo, llega a la conclusión de que no hay más vigilantes a los que fotografiar. Solo queda el que ha sustituido al que asesinaron el día del robo, pero que únicamente vigila las oficinas de la administración. Así lo informa al resto del equipo.
- Bien, Manolo, has hecho un trabajo espléndido. Al igual que Amadeo con la cámara. Os felicito. Ahora, que tenemos los nombres y los rostros, viene la segunda fase: la de averiguar dónde viven. Voy a repartir el seguimiento de los objetivos entre los tres, exactamente de los que usan transporte público. De los que llegan al museo en coche propio me encargaré yo.
- ¿Y si nos descubren? – pregunta Ballarín con tono de cierta preocupación.
- Os daré unas instrucciones sobre cómo seguir a un individuo sin que él lo note. Por lo demás, una vez metidos en el metro o en el autobús es fácil mantenerse invisible.
- ¿Podemos disfrazarnos para seguirles? – pregunta Ponte con ojos brillantes de emoción.
   Grandal no puede menos que soltar una carcajada y mira con ternura al decano del grupo.
- Manolo, no necesitas disfrazarte, lo que sí has de hacer es ocultar esa melena blanca que te gastas, es demasiado llamativa.

martes, 3 de mayo de 2016

23. ¿Qué hay que buscar? La pasta



   Grandal, que definitivamente ha tomado el timón del flamante equipo de jubilados, no se resiste a seguir dando instrucciones para el buen funcionamiento del equipo.
- Una vez puestos de acuerdo en la manera de afrontar los problemas que vayan surgiendo en la investigación, creo que deberíamos establecer unas normas elementales de funcionamiento de las reuniones. Lo que podríamos llamar unas reglas de procedimiento. ¿Os parece? Bueno pues, salvo que haya algún acontecimiento excepcional, en las reuniones ordinarias lo primero será informar sobre los resultados obtenidos desde la anterior reunión, los analizaremos y valoraremos. Después, trazaremos el plan de trabajo para las jornadas que vengan a continuación. Finalmente, dedicaremos el último tramo de la junta para preguntas, consultas, sugerencias, etcétera. ¿De acuerdo? Bien, pues os voy a contar lo que he conseguido averiguar, que no es demasiado. Como me temía, los Sacapuntas no han conseguido grandes avances en su investigación, están atorados y, al parecer, lo fían todo a que la Interpol o la policía francesa les saque del atolladero. Como nosotros no tenemos a ningún organismo foráneo al que acudir no vamos a perder el tiempo esperando a que vengan los guiris a sacarnos las castañas del fuego. Vamos a centrarnos, al menos de momento, en una sola dirección… - Grandal hace una pausa y toma un sorbo de un café que preparó Ballarín y que a estas horas ya está frío.
- ¿En qué dirección? – quiere saber Álvarez.
- En la única que veo factible en estos momentos: la inutilización de las cámaras de seguridad que enfocan la delantera del museo es el único dato que resulta prometedor. Es casi seguro que la manipulación la hizo alguien desde dentro, por consiguiente nuestros esfuerzos tendrán que centrarse en la búsqueda del presunto o presuntos cómplices de los ladrones entre el personal del museo. Sé que todos los empleados, funcionarios, interinos y contratados han sido investigados a fondo y no han encontrado nada. Pero a lo mejor la inspección no ha sido tan a fondo como aseguran. Algún resquicio ha debido de quedar sin explorar.
- ¿Entonces…? – Ponte deja el resto de su pregunta al aire.
- Entonces, vamos a enfocar nuestra investigación sobre el personal del museo y de la empresa que lleva el mantenimiento del sistema de seguridad y que han podido tener acceso a las cámaras. No son muchos, seis para ser exactos.
- ¿Y qué es lo que vamos a hacer? – pregunta Álvarez.
- Investigar minuciosamente a cada uno de esos presuntos cómplices. Necesitamos saberlo todo sobre ellos. He conseguido el nombre de esas personas – ante la mirada interrogativa que percibe en sus amigos se explica -. Mejor no preguntéis como lo he logrado, aunque tampoco ha sido tan difícil. Tened en cuenta que estamos ante personas corrientes y molientes, ninguna de ellas tiene un historial que lleve el marbete de confidencial.
- ¿Solo tienes los nombres, ningún dato más? – inquiere Ponte.
- Por ahora, solo los nombres que no es poco. Ese será el hilo del que vamos a comenzar a tirar para devanar el ovillo. A esos nombres hay que ponerles caras, domicilios, familias, amistades, nivel de vida, aficiones y cuantos datos puedan conducirnos a descubrir quién o quienes han sido los que han facilitado el robo.
- Muchos de esos datos pueden conseguirse por medio de internet – afirma Álvarez.
- Jacinto, tendrías que concretar más las acciones a llevar a cabo para investigar todos esos datos que necesitamos conocer – pide Ballarín siempre amigo de las concreciones.
- Por supuesto, Amadeo. Eso ya está previsto. Vamos por partes. Manolo, que es quien mejor conoce el museo, se convertirá en habitual de la cafetería del mismo para…
- Perdona, Jacinto, pero el servicio de cafetería en la actualidad se encuentra cerrado, por lo que no es posible acceder al mismo – informa Álvarez.
- ¡Vaya! ¿Y cómo lo sabes? – inquiere, curioso, Grandal.
- El aviso está colgado en la web de museo. Ya te dije que navego mucho por la red.
- ¿Y cuál es la cafetería, bar o tasca más cercana al museo? En algún sitio han de desayunar los empleados del museo, tomar sus cafelitos de media mañana o las cañas previas al almuerzo.
- La cafetería más próxima es la de la Agencia para la Cooperación, pero su acceso es muy restringido y está cerrada frecuentemente porque su espacio también se emplea para la presentación de libros, la celebración de cócteles y otros actos especiales – informa Ponte, que precisa -. Lo más probable es que la mayor parte del personal debe ir a la cafetería de la Fundación Jiménez Díaz o a la del Clínico que están siempre abiertas y muy cercanas al museo.
- Bien, pues tu primera misión, Manolo, será estar atento a la entrada y salida del personal del museo cuando se abre y se cierra. Por cierto, ¿alguien sabe qué horario tiene?
- De martes a sábado, de nueve y media a las tres de la tarde. Los jueves, de nueve y media a las siete de la tarde. Los domingos y festivos de las diez a las tres, ah y esos días la entrada es gratuita – responde Ponte quien tiene una pregunta -. ¿Y cómo voy a saber quiénes forman parte del personal del museo?
- Una de las habilidades que tiene que desarrollar un buen detective es el arte de observar, de escuchar, de estar atento a cuanto pasa a su alrededor. Primero, si estás en la plazuela que hay delante del museo en las horas de entrada y salida del personal irás quedándote con muchas caras. Después, en las cafeterías a las que acuden los trabajadores del museo pegarás la oreja a las conversaciones. Ese será otro medio para descubrir quiénes son los que trabajan en el museo y, con un poco de suerte, de enterarte de algún dato que nos pueda interesar. Una vez que comiences a identificar a esas personas, entrará en acción Amadeo – ahora Grandal se dirige a Ballarín -. A ti te voy enseñar a manejar una microcámara con la que fotografiarás a los tipos que te vaya indicando Manolo. Naturalmente, eso lo harás con total discreción, de forma que nadie se percate de que lo estás fotografiando.
- Y el siguiente paso, ¿cuál será? – pegunta Ballarín.
- Con los nombres y las caras de los presuntos cómplices será fácil seguirles y averiguar sus domicilios. A partir de ahí comenzaremos a investigar a fondo a esas personas hasta que lo sepamos todo sobre ellos, y cuando digo todo, digo todo – afirma con rotundidad Grandal.
- Bueno, Amadeo y Manolo ya tienen curro, ¿y yo mientras qué hago? – pregunta Álvarez.
- A ti te reservo para que, por ahora, trabajes en internet. Tienes que averiguar todos los datos de los seis nombres que os he dado e investigar todo lo que haya sobre el Tesoro Quimbaya, sobre el propio museo y acerca de las bandas especializadas en robos de objetos artísticos y del mundo de los peristas. No esperes a descubrirlo todo. Cada dos días me harás un resumen de los datos más significativos que hayas descubierto.
- Oye, Jacinto, y sobre ese rumor que nos contaste de que tus colegas creen que el furgón robado sigue oculto en Madrid, ¿no vamos a investigar eso? – inquiere Ponte.
- Es posible que el furgón esté guardado en algún garaje de la ciudad, pero os aseguro que en el caso de que fuera así estará más limpio que una novicia. Por el momento no pienso perder el tiempo siguiendo esa pista. El rastro que hay que seguir es uno que no es fácil de ocultar y por consiguiente hay más probabilidades de encontrarlo.
   Como Grandal parece que se ha olvidado de concretar cuál es el rastro en cuestión, la pregunta es obligada:
- ¿Y qué rastro es ese? – inquiere Ballarín.
- La pasta. Si como sospecho alguno de los empleados del museo fue el que inutilizó las cámaras, ese individuo o individuos han tenido que cobrar por ello. Y el dinero, cuando se tiene en cantidad y se ha logrado sin doblar el espinazo, es muy difícil ocultarlo, su patita, como la del lobo del cuento, termina descubriéndose. En resumen: lo que tenemos que buscar es la pasta.
- Confieso que con lo de la metáfora del lobo me he hecho un lío – confiesa Álvarez -. ¿La pasta de quién?
- De quien va a ser, de los que han ayudado a los ladrones a que su golpe solo tenga como testigo a Manolo, aquí de cuerpo presente.

viernes, 29 de abril de 2016

22. Dejemos en paz a Kipling



   Tal como habían quedado, el día diecinueve los jubilados metidos a detectives se reúnen en casa de Grandal para que el anfitrión les cuente el plan de trabajo. Para esta primera sesión el excomisario tiene unas intenciones más didácticas que otra cosa, para ello ha repasado sus propias notas de un seminario sobre criminalística que impartió durante varios cursos en la Escuela Nacional de Policía de Ávila.
- Antes de meternos en harina, creo que es necesario explicaros algunas nociones elementales sobre criminalística. Se trata de una disciplina que usa un conjunto de técnicas y procedimientos de investigación cuyo objetivo es el descubrimiento, explicación y prueba de los delitos, así como la verificación de sus autores y víctimas – A continuación Grandal se extiende sobre las técnicas y procedimientos criminalísticos hasta que se da cuenta de que sus oyentes no le están prestando demasiada atención -. Me da la impresión de que no estáis atendiendo.
- Lo siento, Jacinto – se disculpa Álvarez -. No sé si Manolo y Amadeo están entendiendo lo que nos explicas, pero confieso que yo soy incapaz de seguirte.
   Grandal ya sospechaba que los tres vejetes no tienen las mismas capacidades que sus alumnos de Ávila. Tendrá que volver a intentarlo, pero rebajando el nivel técnico de sus explicaciones. El resultado es idéntico, al cabo de unos minutos constata que otra vez sus contertulios están perdiendo interés en lo que está explicando.
- Mira, Jacinto - Ponte, que ha percibido la desazón de Grandal, intenta justificar la situación -, creo que a mí me está pasando algo de lo que decía antes Luis, que no soy capaz de seguirte. Todo eso de la investigación criminal son conocimientos que, de algún modo, nos superan. Ten en cuenta que nuestras respectivas vidas profesionales han estado muy alejadas de la actividad policial. Ni Amadeo en su ferretería, ni Luis en el Canal, ni yo en Iberdrola jamás nos tuvimos que enfrentar a casos delictivos y si alguno ocurrió no tuvimos que investigarlos, para eso estaba la policía.
- Entonces, ¿qué propones, que deje de explicaros algunas de las reglas básicas que tendríais que saber si de verdad pretendéis que desentrañemos este robo? – inquiere Grandal, un tanto molesto al constatar su fracaso como profesor.
- Esas que llamas reglas básicas son harto complicadas para nosotros. Quizá nos bastaría con saber algunas normas mucho más elementales para aplicarlas al trabajo de investigación – insiste Ponte.
   Ballarín, que hasta el momento ha estado callado, toma en ese momento la palabra.
- No sé si viene a cuento, pero en cierta ocasión un representante de una empresa de tornillería me enseñó unas reglas muy simples que me han sido muy útiles en mi trabajo. Claro, no es lo mismo investigar un robo como el del furgón que organizar una determinada sección de una ferretería, pero creo que lo que me explicó aquel tipo se podría aplicar también a la investigación.
- ¿Y cuáles son esas reglas? – quiere saber Álvarez.
- Pues cuando te surge un problema o te encuentras ante alguna cosa que quieres organizar has de comenzar planteándote unas preguntas sobre el problema o asunto en cuestión. Las preguntas son cómo, cuándo, dónde, qué, quién y por qué. Las correspondientes respuestas te señalan el camino que has de seguir.
- Tiene razón Amadeo – confirma Ponte -. Me había olvidado del poema de Kipling – y recita -: Seis honrados servidores me enseñaron cuanto sé; sus nombres son cómo, cuándo, dónde, qué, quién y por qué. Lo escribió un poeta angloindio que también fue periodista llamado Rudyard Kipling.
- ¡Lo que me faltaba oír, mezclar la criminalística con la poesía! – exclama Grandal -. ¿De qué nos va a servir una poesía para investigar? Dejemos en paz a Kipling que aquí no se le ha perdido nada.
- Ese poema me lo enseñó hace años – se explica Ponte - mi hija Clarita que, como sabéis, estudió Ciencias de la Información. En periodismo se las conoce como las seis w, aunque hay una que empieza por h. En la facultad les enseñaron que para que un informe sea considerado completo debe responder a una lista de verificación de esas seis preguntas, cada una de las cuales comprende una de las palabras interrogativas del poema.
- Muy bien, pero aquí no tratamos de escribir ninguna crónica ni artículo, lo que pretendemos es llevar a cabo una investigación policial – rebate Grandal.
- Lo que acaba de afirmar Manolo va a misa – afirma Ballarín -. El uso de esos seis servidores, yo desconocía que era un poema, sirve para mucho más que para redactar una información. Y os lo voy a demostrar con un hecho que me ocurrió cuando trabajaba en mi ferretería, en ese caso el problema era almacenar un gran lote de tornillos que acababa de comprar.
- ¿Y por qué precisamente tornillos? – inquiere Álvarez con un tonillo ligeramente impertinente.
- Porque hay tantos tipos de tornillos que hacen que la tornillería sea un mundo en sí misma. Solo por sus características básicas los tornillos se pueden clasificar en cientos de tipos. Según el diámetro exterior de la caña, el tipo y paso de rosca, el sentido de la hélice de la rosca, el material de que están hechos, la resistencia mecánica que tienen, el tipo de cabeza, si son para madera o para chapa metálica… Podría estar una hora enumerando clases y tipos de tornillos y no acabaría. Bueno, pues un día hice un gran pedido de tornillos porque había una fábrica que, a punto de cerrar, estaba vendiendo grandes lotes a precios de saldo.  El volumen del pedido fue tal que tuve que reorganizar la superficie del almacén y hasta la de la tienda para dar cabida al nuevo stock. No sabía cómo hacerlo, hasta que el viajante que me había vendido el lote me dijo lo de las seis preguntas a plantearse. Las mismas que Manolo ha dicho del poeta ese. Pues bien, aplicando esas preguntas y sus correspondientes respuestas el trabajo organizativo fue mucho más eficaz, cómodo y rápido de lo que imaginé al principio. De ahí que piense que, para empezar, nos podría servir también a nosotros.
   Grandal mueve la cabeza haciendo un gesto negativo.
- No lo veo claro. Tengo todas las dudas del mundo de que esas preguntas nos sirvan de algo.
Por ejemplo: sabemos qué hay que investigar, sabemos cuándo y dónde, ¿quién?, pues nosotros, ¿por qué?, porque nos sale de las pelotas. Y ¿cómo?, esa es la pregunta del millón y es lo que pretendo explicaros y no habéis querido entenderme.
- Jacinto, no es justo eso que dices. No es cierto que no hemos querido entenderte, más bien tendrías que decir que no hemos sabido – se excusa Ponte.
- La verdad es que entre unos y otros la hemos liado parda. Jacinto con lo de la criminalística, Amadeo y Manolo con los versos del tío ese de las seis preguntas y al final, ¿hemos adelantado algo? Nada, ni pizca. – se lamenta Álvarez.
   Un silencio incómodo se cierne sobre los reunidos, son conscientes de que lo que acaba de resumir Álvarez se acerca mucho a lo que les está pasando. Grandal ha estado reflexionando y se da cuenta de que su posición respecto a la investigación del robo ha cambiado. Ahora, la idea le va pareciendo más atractiva por momentos, podría ser una ocasión pintiparada para comprobar si sus dotes detectivescas se han enmohecido o siguen tan frescas como antaño. Por eso es quien propone una salida al impase al que parecen haber llegado.
- Lo que dice Luis es cierto, no vamos a ninguna parte si nos enfrentamos por una cuestión de método. Os propongo que nos olvidemos de unas pautas predeterminadas y que vayamos solucionando los problemas a medida que vayan apareciendo. Aplicaremos el sentido común y en cada momento si alguien propone una determinada forma de encarar un problema en la que estemos los cuatro o, al menos tres, de acuerdo será la que pongamos en práctica. ¿Os parece bien?
   La propuesta es aceptada unánimemente. Acaban de poner los primeros cimientos de la investigación del robo y, algo más importante aún, han constatado que son capaces de debatir asuntos sin tensionar excesivamente la armonía del grupo, así como de llegar a acuerdos desde puntos de vista encontrados. Son buenas noticias que Ponte sintetiza en una frase:
- ¡Caballeros, ya somos un equipo!