viernes, 4 de marzo de 2016

0.6. Cuatro jubilados comentando la primicia



   El móvil de Clara Ponte echa humo. Tras los avances informativos previos al telediario de mediodía de Canal 5, familiares, amigos y conocidos la han llamado para contarle que han visto a su padre en la tele. Que hay que ver lo estupendo que se conserva para sus años. Y con qué seguridad habla, como si fuera un locutor. Y como le sienta de bien lo moreno que está en contraste con su pelo tan blanco. Y con que agilidad maneja el carrito del niño a pesar de sus años. Cuando oye la alusión a su hijo le falta un ápice para lanzar el móvil por la ventana. Antes de apagarlo llama por enésima vez a su padre, no contesta. Hoy es lunes, piensa, y no tiene partida de dominó. ¿Dónde estará? Vacila en si llamar al único de los amigos de su padre de quien tiene el teléfono, pero desiste. Tiempo tendrá de ajustarle las cuentas. Le quita la batería al móvil. Coge el teléfono fijo, al que nadie ha llamado, y marca el número de Pepe Cruz, compañero de colegio de su marido y que en el ambiente del foro madrileño tiene reputación de ser un competente laboralista.
- Pepe, ¿puedes acercarte a casa?
- Lo siento, Clara, pero con esta maldita crisis que no parece tener fin estoy de trabajo hasta la coronilla. ¿Pasa algo? Lo pregunto porque si se trata de una emergencia intentaré hacer un hueco.
-  No es ninguna emergencia, aunque…; bueno, de algún modo sí. ¿Has visto los informativos de mediodía del Canal 5?
- Pues estoy yo como para ver la tele. Tengo tajo para aburrir. ¿Qué ha dicho la caja tonta?
   Clara le hace a Pepe un resumen de las declaraciones de su padre a la televisión y lo remata con una petición:
- Quería pedirte, y eso pienso ahora que lo puedes hacer por teléfono, que le aconsejaras al bocazas de mi señor padre que no volviera a hacer más declaraciones a los medios. Podrías utilizar cualquier excusa legal, que igual cuela; por ejemplo, decirle que al ser secreto el sumario la ley prohíbe a los testigos hablar del caso.
- Lo siento, Clara, pero eso no puedo hacerlo. Tu padre será octogenario, pero no es tonto. Posiblemente, no sepa que el Derecho Procesal no limita los derechos fundamentales de la persona que actúa como testigo, pero sé que ha leído más de una vez la constitución y posiblemente recuerda que el derecho a la libertad de expresión es un derecho fundamental y no va a limitarlo el juez.
- Bueno, vale, pero es que se está pasando doscientos pueblos. Le ha dado una información a los de la televisión que no se la dio a la policía.
- ¿No la dio porque se le olvidó o lo hizo aposta?
- No lo sé, todavía no he podido hablar con él. Y lo que es peor, los de la tele han utilizado al pequeño, a Julio.
- ¿El niño ha salido en pantalla? No me lo puedo creer.
- No se le ve nada, pero sí sacan el cochecito en el que va.
- Bueno, ese es otro cantar. Mira, Clara, las declaraciones que valen a efectos judiciales son las efectuadas ante el juez durante el juicio y sometidas a las preguntas del fiscal y de los defensores. Como mucho lo que hará la policía será volver a llamarle para que les cuente esa nueva información y a lo mejor le sueltan un chorreo, pero de ahí no pasará la cosa. Y permíteme un consejo. Quien tiene más ases en la mano para lograr que tu padre no vuelva a contar nada más a los medios eres tú. Si te pones seria, y tú sabes hacerlo, tienes la suficiente ascendencia sobre tu progenitor para que diga amén a lo que le indiques. Eres la persona a la que más necesita en el mundo y no va a poner eso en peligro por ninguna aparición en la tele. Por otra parte, ya ha tenido sus cinco minutos de gloria.
- Bien, te haré caso. La policía no sé si le dará un chorreo, pero yo desde luego sí. Gracias por todo. Eres un amigo de los buenos. Siempre se puede contar contigo.
- De todos modos, mantenme informado por si puedo ayudaros en algo.
   Mientras Clara Ponte se queda rumiando en como tapar la boca al autor de sus días, Manuel está presumiendo ante sus amigos de su aparición en la tele. Se ha reunido con sus habituales compañeros de la partida de dominó que juegan dos veces a la semana en el Centro de Mayores de Moncloa. Cómo él, están todos jubilados. Son Amadeo Ballarín, propietario de una feterrería que ya no regenta; Luis Álvarez, exempleado del Canal de Isabel II y Jacinto Grandal, antiguo comisario de policía. Están en casa de Ballarín porque es el que tiene una televisión de pantalla curva de sesenta y cinco pulgadas de grande que casi parece una pantalla de cine. El anfitrión ha grabado la entrevista a Ponte que acaban de volverla a ver y están comentándola.
- Manolo, hay que ver lo bien que das en la tele. No me extrañaría que te ofrecieran un papel de galán maduro, en plan de Vittorio de Sica – comenta Jacinto Grandal que es un poco coñon, quizá porque es el más joven de los cuatro.
- Yo lo de salir en la tele…, no sé qué decirte. Ahora te conoce todo el mundo y no podrás ir por la calle sin que alguien se acerque y te diga aquello de que usted es el que vio el robo del Museo de América y tal y tal. No sé si has hecho un buen negocio – afirma Luis Álvarez, un setentón que los lleva francamente bien.
- Pues a mí no me parece mal. Yo creo que Manolo tiene todo el derecho del mundo a contar a la gente lo que vio, que sea en la tele o en un periódico, eso que más da – opinina el anfitrión que nadie diría que acaba de cumplir los setenta si no fuera por su blanco cabello.
- Ahora, hablando en serio, Manolo – retoma la palabra Grandal -, si esa suposición tuya sobre la existencia de una mujer entre los atracadores no se la contaste a la policía tienes que hacerlo cuanto antes, aunque mientras no se demuestre lo contrario no es más que eso, una suposición. Y te aseguro que a mis compañeros no les va a gustar nada que les hayas ocultado ese dato.
- Es que no lo oculté, Jacinto, cuando me interrogaron en la comisaría no dije nada sobre una posible mujer porque eso lo he pensado luego, cuando se me ha pasado el susto y he ido reconstruyendo lo que pasó.
- Bueno, dejaros de monsergas que esa historia no da más de sí – apremia Álvarez -. Como no espabilemos no encontraremos mesa en Sazadón y tendremos que esperar en la barra.
- No te preocupes, Luis – le tranquiliza Ballarín -, he reservado mesa para después del telediario.
   Al llegar a casa, Manuel llama a la puerta de al lado, donde vive su hija. Todas las tardes que hace bueno, y el otoño madrileño suele deparar muchas, recoge a su nieto mayor, de casi tres años, y le lleva al parque de San José de Calasanz para que juegue un rato.
- Hola papá, te estaba esperando. Ven, pasa un momento a la habitación.
   El rapapolvo que Clara le echa a su padre es de los que marcan época.
- ¿Se puede saber en qué estabas pensando para ir dando entrevistas como si fueras un participante de Gran Hermano? Y por si faltaba poco has consentido que utilicen a mi hijo para adornar el reportaje. Nunca hubiera esperado una cosa así de mi padre. Siempre te tuve por un hombre sensato y prudente, pero lo de hoy me ha hecho ver cuán equivocada estaba. Y encima alardeando como si te hubieses enfrentado a los ladrones. ¿Por qué no has contado que te measte encima?
   Esta última frase hace que Manuel hunda la cabeza entre los hombros y se pase la lengua por los labios. Conoce esa sensación, se le está secando la boca. No replica. Sabe que cuando su hija se enfada lo mejor que puede hacer es dejar que se desahogue.
- … y que esta sea la última vez, me oyes, la última que te pones delante de una cámara, de un micro o de un periodista, sea de donde fuere. Te lo ruego como hija y te lo exijo como madre. Si esto se vuelve a repetir te juro que me vas a oír. ¡Y no quiero oír ni una palabra más sobre el dichoso robo! ¿Te ha quedado claro?
   Manuel mueve la cabeza en señal de asentimiento. Se acabaron las primicias televisivas.

martes, 1 de marzo de 2016

05. Una primicia televisiva


   Mientras el comisario Bermúdez se despide de Clara Ponte, en otra dependencia de la comisaria se dilucida la clásica pugna entre diferentes departamentos policiales que quieren apropiarse del caso del robo del museo. Cada uno de ellos expone sus argumentos para demostrar que el asunto entra dentro de su ámbito competencial. Los de la Brigada de Delincuencia Especializada son los primeros en tirar la toalla; hay sospechas de que el asalto haya sido perpetrado por alguna banda de delincuencia organizada, pero de momento no son más que sospechas. El enfrentamiento entre los distintos departamentos acaba centrándose entre la Policía Judicial, hay un fiambre por medio, y la Brigada de Patrimonio que argumenta ser la competente pues se trata del expolio de una importante obra artística que, al valor intrínseco de las piezas auríferas robadas, une rasgos históricos y hasta con ramificaciones de política exterior como pocos tesoros reúnen.
   Al final, la Comisaría General, con la anuencia de la Judicatura, impone una solución salomónica y nada habitual en el procedimiento policial que, como suele ocurrir, no contenta a nadie. La Policía Judicial se encargará de investigar el crimen y los de Patrimonio investigarán el robo. Como son dos sucesos encadenados, dos inspectores, uno por cada departamento, se encargarán de coordinar la investigación y de mantener abiertos los canales de contacto para que la información fluya en ambas direcciones. Decisión que al inspector de Patrimonio al que han encargado el caso, Juan Carlos Atienza, le lleva a decir:
- Eso es como dar un chupachups a dos niños y pedirles que lo laman por turnos.
- Algo de eso hay, pero ya sabes: donde hay patrón no manda marinero – es la respuesta de Eusebio Bernal, de la Policía Judicial, el otro encargado de la coordinación.
- Sí, claro, pero quienes nos vamos a comer la mierda por esta cacicada vamos a ser nosotros – se lamenta Atienza
- ¿Sabes por qué hacen esos juegos malabares, por llamarles de alguna manera? – y sin esperar contestación, Bernal responde a su pregunta -. Porque piensan de manera distinta que nosotros. Tú y yo pensamos como lo que somos, policías. Ellos piensan como lo que son o quieren ser, políticos.
- Bueno, qué le vamos a hacer. ¿Por dónde te parece que empecemos? – pregunta Atienza.
- En principio, estimo que deberíamos centrarnos en el vigilante muerto para cerrar esa línea de investigación lo más rápido posible porque no creo que dé mucho de sí, y así poder dedicarnos al robo del contenido del furgón que considero que es la parte mollar del caso. ¿Te parece?
- Totalmente de acuerdo, pero antes tendremos que lidiar con los tocahuevos de los periodistas que son peores que una fístula en el trasero.
   El asesinato del vigilante de seguridad ya fue noticia en los telediarios del día anterior, pero el robo del furgón blindado no mereció un solo titular, se hablaba de ello en la letra pequeña de las informaciones que narraban el suceso. La valoración de lo sucedido ha cambiado rápidamente. No se sabe cómo, pero alguien ha debido filtrar la información de que lo realmente importante en el caso es lo que llevaba el furgón. Dos canales de televisión y un periódico de ámbito nacional se han hecho con la primicia. Inmediatamente aparece la noticia en los informativos de las cadenas televisivas, siempre más ágiles que los medios escritos. Se habla, sin dar muchos más detalles, de que el vehículo transportaba una colección artística de incalculable valor al ser única en el mundo. Los reporteros atosigan a los inspectores con sus preguntas y estos se escudan en que la señora jueza ha declarado secreto del sumario, pero son conscientes que esa postura no podrán mantenerla por mucho tiempo. Saben que en una sociedad libre los ciudadanos exigen estar informados y la realidad de cuanto ocurre no se les puede hurtar excesivamente.
   El nuevo interés de los medios por lo que comienza a llamarse “El robo del Museo de América”,  o “El robo del siglo”, como dicen los más populistas, ha supuesto para el viejo Ponte que su nombre y hasta su foto aparezcan por primera vez en los medios, algo inusual en su monótona vida. Uno de los avispados periodistas de Canal 5 se ha enterado que el único testigo del caso vive al final de Hilarión Eslava, casi esquina con Cea Bermúdez. Como no ha podido averiguar el número del edificio ha ido mirando en los paneles de los telefonillos de los portales y en los buzones hasta que lo descubre. Llama al equipo de grabación y los cita en la cafetería Rionegrito enfrente del domicilio del viejo. Mientras llegan sus compañeros, sin pensarlo dos veces, sube al piso y llama. Quien abre la puerta no es el viejo sino su hija Clara que, como vive en la puerta de al lado, se pasa con frecuencia a casa de su padre. Cuando el reportero explica el motivo de su visita se topa con la radical negativa de la hija de que su padre sea entrevistado. El comisario le ha aconsejado que rehúyan a los medios, solo les traerán problemas.
   El periodista no desiste, lo que hace es preguntar al portero de la finca contándole que es un antiguo conocido del señor Ponte, de cuando trabajaba en Iberdrola. El portero le dice que casi todos las mañanas el viejo saca a pasear a su nietecillo y suele llevarlo o al Museo de América, sitio que después de lo ocurrido no cree que vuelva a pisar, o al parque infantil de Los Jardines de San José de Calasanz, ubicados en un reducido espacio entre las calles Joaquín María López, Gaztambide y Andrés Mellado. El reportero recoge a la gente de su equipo y se desplazan a los jardines a esperarlo. En un primer momento, el viejo se niega a contarle nada al periodista, pero éste insiste. Cuando el reportero le comenta que el reportaje saldrá en todos los telediarios, que lo van a ver en media España y que se va a convertir en un personaje famoso, al viejo le puede más la vanidad que la prudencia y accede a que le graben. Solo pone una condición: que no saquen a su nieto.
- No se preocupe, señor Ponte, no pensábamos hacerlo. Está prohibido sacar a los menores de edad. Ahora bien – al periodista se le acaba de ocurrir algo -, sería un magnífico final del reportaje el que le grabáramos yéndose usted del parque empujando el carrito del bebé. A esa secuencia la titularíamos algo así como: El hombre que se enfrentó a los atracadores del Museo de América paseando a su nieto.
- Pero entonces saldría el niño – recela el viejo.
- No, en absoluto. Haríamos una toma, un primer plano de usted llevando el carrito, con lo que la capota del carro ocultará al niño del que no se le verá ni un pelo. Le doy mi palabra.
- No sé, no sé – el viejo no parece muy convencido -. Igual a mi hija no le gusta que aparezca el crío.
- Le reitero, señor Ponte, que del chaval no se va a ver nada, solo el carricoche.
   El viejo vacila, pero al final accede. Y vuelve a repetir lo que ya ha contado varias veces a la policía hasta que, otra vez, su vanidad le juega una mala pasada.
- Y les diré algo que no se lo he contado a nadie, ni a la policía. He vuelto a reconstruir muchas veces lo que vi y, sin estar seguro al cien por cien, juraría que uno de los asaltantes podría ser una mujer que iba disfrazada de hombre. Cuanto más lo pienso, más convencido estoy.
   El reportero abre unos ojos como platos. ¡Una mujer! Ninguna de las fuentes que maneja ha dicho nada de que hubiese una mujer entre los asaltantes. Si lo que cuenta el viejo es cierto tiene en su poder un scoop formidable. La primicia hará feliz al director de informativos de la cadena que últimamente le ha estado puteando. Tiene que seguir tirando del hilo de ese ovillo que el viejo acaba de poner en sus manos.
- Cuente, don Manuel, cuente – el informador le ha ascendido el tratamiento.

viernes, 26 de febrero de 2016

04. Una señora de armas tomar



   El viejo Ponte le cuenta a su hija Clara el motivo de por qué no puede irse todavía de la comisaria de Moncloa:
- … y me han dicho que solo es cuestión de que me lean mi declaración y la firme.
   Como si hubieran oído al viejo, llega un agente que le requiere para la firma en cuestión. Al cabo de unos minutos vuelve a aparecer el mismo policía que se llevó al anciano, pero sin él.
- Señora, puede usted marcharse cuando quiera con su hijo. Su padre debe quedarse porque tiene que volver a testificar.
- Yo no me voy de aquí si mi padre no viene conmigo – Clara Ponte se pone brava -. ¡Y ya está bien! Mi padre no tiene edad para continuar aquí mucho rato, acaba de cumplir los ochenta. Según me dice ya lo ha contado todo y varias veces, ¿qué más pueden pedir a un octogenario? Como no le suelten inmediatamente, voy a llamar a nuestro abogado y les voy a poner una querella que se van a enterar ustedes de lo que vale un peine.
- Señora - se disculpa el agente -, como suele decirse en estos casos yo solo soy un mandado. Le transmito la orden que me ha dado el comisario.
- Me da igual que sea el comisario o el sursuncorda, repito lo que he dicho: no me voy de aquí sin que me acompañe mi padre. Y le juro por mi hijo que esta retención, que no sé cómo calificarla, mañana podrá leerla en la portada de la prensa como una actuación policial que recuerda a como actuaban ustedes antes de que llegara la democracia. Hágalo saber a quién mande en esta pocilga.
   El agente, más mosqueado que otra cosa, vuelve grupas y se marcha por donde vino. Apenas pasan unos minutos ya está de vuelta.
- Señora, el comisario quiere hablar con usted. Si es tan amable… – y le hace gesto de que lo acompañe.
- Dígale al comisario que primero es mi hijo. Que espere a que termine de darle el biberón.
   El agente piensa que el padre, el tal Manuel Ponte, parece blando, pero que la hija es una señora de armas tomar. Con gesto resignado espera a que el bebé acabe con el último resto de la leche. Después, su madre le sienta en las rodillas y le da unos amorosos golpecitos en la espalda para que el crío eructe hasta que lo consigue.
- Bien, ya está. Vamos, que quiero cantarle las cuarenta a ese comisario. Se va a enterar que con los Ponte no se juega.
   El encuentro entre el comisario y Clara Ponte no puede comenzar de forma más intemperante. En cuanto entra en su despacho, y antes de que el policía siquiera pueda presentarse, Clara le espeta:
- ¿Es usted el responsable de que retengan aquí a un ciudadano que cumplió ya los ochenta y que ha contado todo cuanto ha visto al menos media docena de veces? – y sin esperar respuesta alguna, prosigue -. Pues sepa usted que soy periodista – Es una verdad a medias, es licenciada en Ciencias de la Información, pero nunca ejerció el periodismo – y que mañana podrá leer en los medios que ustedes siguen pasándose por el arco del triunfo los derechos civiles. ¡Pero en qué país creen que vivimos!
   El comisario, hombre ya entrado en años, ha debido de bregar durante su dilatada carrera profesional con muchas madres cabreadas. Se nota porque le bastan unos minutos para que Clara deponga su belicosa actitud.
- Señora, soy el comisario Bermúdez. Ante todo, le ruego que acepte mis disculpas, y hablo en nombre de todas las fuerzas que han participado en el operativo. Y permítame felicitarla por tener un padre que se ha portado con gran entereza y que ha protegido a su nieto en todo momento. Por cierto, que yo tengo un nieto – es mentira – que mes arriba o abajo debe tener el mismo tiempo que su niño. Me han dicho que se llama Julio. ¿Sabe una cosa?, en estos tiempos en que a la gente le ha dado por poner a sus retoños nombres de lo más absurdo, o cuando no extranjeros, encontrar a una mujer como usted que le ha puesto al niño un nombre tan normalito, es un alivio. La felicito por ello y por tener a un hijo que se ha portado tan bien como su abuelo. Me han contado mis hombres que hasta que no ha sentido hambre no ha abierto la boca, como si no estuviera allí.
- La verdad, es que es un pedazo de pan – admite la madre ya con su agresividad inicial en retroceso -. Pero vamos a ver, comisario, todavía no me ha explicado porque van a retener a mi padre más tiempo. Me ha dicho que les ha contado cuanto vió. Y por otro lado, también está sin comer. Ya le he comentado que es muy mayor y ha de comer a sus horas, sino luego tiene problemas digestivos.
- Lo de la comida está solucionado. Le van a traer del Café de Viena algunos de sus platillos que los hacen muy ricos y una cerveza o lo que quiera. En cuanto al motivo por el que debe seguir aquí es porque hay otro grupo de compañeros que quieren hablar con él.
- ¿Otro grupo?, ¿de qué?, ¿para qué?, ¿por qué?
   Pues no es nadie Clara Ponte haciendo preguntas, se dice el comisario que trata de apaciguar a la mujer que ha vuelto a mosquearse.
- Señora, por favor, tranquilícese. No hacemos más que seguir el procedimiento prescrito en estos casos.
- Comisario, me recuerda usted a esos políticos al uso que hablan mucho para no decir nada. El procedimiento prescrito, ¿de qué o para qué?
- Perdón nuevamente, creía que se lo había dicho. Van a llegar de un momento a otro los compañeros de la Brigada de Patrimonio Histórico que son los que quieren interrogarle.
- Ahora sí que no entiendo nada. ¿Qué tiene que ver mi padre con el patrimonio histórico?
- Señora, no puedo ser mucho más explícito. La jueza del caso ha declarado secreto del sumario. Sólo puedo apuntar que, al parecer, el furgón que su padre vio robar llevaba alguna obra de arte de mucho, de muchísimo valor. Por eso, los de la Brigada de Patrimonio quieren hablar con él. Esa Brigada es la que investiga todas las agresiones al patrimonio histórico, artístico y cultural, tanto público como privado. Y como, según parece, el furgón podría llevar objetos pertecientes al Museo de América, que es de titularidad estatal, de ahí que intervengan en el caso.
- ¿Entonces…?
- Resumiendo. Su padre tendrá que continuar aquí hasta que los de Patrimonio terminen de hablar con él. No se preocupe, le tratarán bien y en cuanto termine su deposición yo, personalmente, me aseguraré de que le lleven a su domicilio. En cuanto a usted, si quiere, puede continuar aquí, pero una comisaría no es el lugar más adecuado para un bebé, por eso creo que lo más sensato es que vuelva a su casa.
- ¿Cree oportuno que llame a un abogado amigo nuestro para que asista a mi padre?
- Haga lo que considere oportuno, pero su padre no necesita ningún abogado. La jueza en ningún momento ha tomado medidas contra él. Ni está imputado ni acusado, solo está aquí en calidad de testigo presencial, nada más.
- Bueno, me fío de su palabra, parece usted buena gente. Espero que no tarden demasiado con mi padre. La recuerdo, no sé si se lo he dicho, que tiene ochenta años y que aunque aparentemente puede parecer que está como una rosa tiene sus lógicos alifafes.
- Yo creo que en poco más de una hora, como máximo, los de Patrimonio habrán terminado con él y podrá irse. Por cierto – el comisario le entrega una cartulina -, le doy mi tarjeta. Para cualquier problema que se les plantee en relación con este lamentable suceso no dude en llamarme. Me tiene a su disposición y le agradezco, nuevamente, su amable colaboración – El    comisario vuelve a sacar su cara más diplomática.  
   Pese a la amabilidad mostrada por el policía, Clara Ponte es de las que le gusta decir la última palabra.
- Bien, comisario. Me voy, pero espero ver a mi padre prontito en casa. Si tengo que volver a sacar las uñas le aseguro que no le va a gustar nada.
   Bermúdez la despide con una amable sonrisa mientras se dice: desde luego es una mujer aguerrida, mejor será no volver a cabrearla.