martes, 1 de marzo de 2016

05. Una primicia televisiva


   Mientras el comisario Bermúdez se despide de Clara Ponte, en otra dependencia de la comisaria se dilucida la clásica pugna entre diferentes departamentos policiales que quieren apropiarse del caso del robo del museo. Cada uno de ellos expone sus argumentos para demostrar que el asunto entra dentro de su ámbito competencial. Los de la Brigada de Delincuencia Especializada son los primeros en tirar la toalla; hay sospechas de que el asalto haya sido perpetrado por alguna banda de delincuencia organizada, pero de momento no son más que sospechas. El enfrentamiento entre los distintos departamentos acaba centrándose entre la Policía Judicial, hay un fiambre por medio, y la Brigada de Patrimonio que argumenta ser la competente pues se trata del expolio de una importante obra artística que, al valor intrínseco de las piezas auríferas robadas, une rasgos históricos y hasta con ramificaciones de política exterior como pocos tesoros reúnen.
   Al final, la Comisaría General, con la anuencia de la Judicatura, impone una solución salomónica y nada habitual en el procedimiento policial que, como suele ocurrir, no contenta a nadie. La Policía Judicial se encargará de investigar el crimen y los de Patrimonio investigarán el robo. Como son dos sucesos encadenados, dos inspectores, uno por cada departamento, se encargarán de coordinar la investigación y de mantener abiertos los canales de contacto para que la información fluya en ambas direcciones. Decisión que al inspector de Patrimonio al que han encargado el caso, Juan Carlos Atienza, le lleva a decir:
- Eso es como dar un chupachups a dos niños y pedirles que lo laman por turnos.
- Algo de eso hay, pero ya sabes: donde hay patrón no manda marinero – es la respuesta de Eusebio Bernal, de la Policía Judicial, el otro encargado de la coordinación.
- Sí, claro, pero quienes nos vamos a comer la mierda por esta cacicada vamos a ser nosotros – se lamenta Atienza
- ¿Sabes por qué hacen esos juegos malabares, por llamarles de alguna manera? – y sin esperar contestación, Bernal responde a su pregunta -. Porque piensan de manera distinta que nosotros. Tú y yo pensamos como lo que somos, policías. Ellos piensan como lo que son o quieren ser, políticos.
- Bueno, qué le vamos a hacer. ¿Por dónde te parece que empecemos? – pregunta Atienza.
- En principio, estimo que deberíamos centrarnos en el vigilante muerto para cerrar esa línea de investigación lo más rápido posible porque no creo que dé mucho de sí, y así poder dedicarnos al robo del contenido del furgón que considero que es la parte mollar del caso. ¿Te parece?
- Totalmente de acuerdo, pero antes tendremos que lidiar con los tocahuevos de los periodistas que son peores que una fístula en el trasero.
   El asesinato del vigilante de seguridad ya fue noticia en los telediarios del día anterior, pero el robo del furgón blindado no mereció un solo titular, se hablaba de ello en la letra pequeña de las informaciones que narraban el suceso. La valoración de lo sucedido ha cambiado rápidamente. No se sabe cómo, pero alguien ha debido filtrar la información de que lo realmente importante en el caso es lo que llevaba el furgón. Dos canales de televisión y un periódico de ámbito nacional se han hecho con la primicia. Inmediatamente aparece la noticia en los informativos de las cadenas televisivas, siempre más ágiles que los medios escritos. Se habla, sin dar muchos más detalles, de que el vehículo transportaba una colección artística de incalculable valor al ser única en el mundo. Los reporteros atosigan a los inspectores con sus preguntas y estos se escudan en que la señora jueza ha declarado secreto del sumario, pero son conscientes que esa postura no podrán mantenerla por mucho tiempo. Saben que en una sociedad libre los ciudadanos exigen estar informados y la realidad de cuanto ocurre no se les puede hurtar excesivamente.
   El nuevo interés de los medios por lo que comienza a llamarse “El robo del Museo de América”,  o “El robo del siglo”, como dicen los más populistas, ha supuesto para el viejo Ponte que su nombre y hasta su foto aparezcan por primera vez en los medios, algo inusual en su monótona vida. Uno de los avispados periodistas de Canal 5 se ha enterado que el único testigo del caso vive al final de Hilarión Eslava, casi esquina con Cea Bermúdez. Como no ha podido averiguar el número del edificio ha ido mirando en los paneles de los telefonillos de los portales y en los buzones hasta que lo descubre. Llama al equipo de grabación y los cita en la cafetería Rionegrito enfrente del domicilio del viejo. Mientras llegan sus compañeros, sin pensarlo dos veces, sube al piso y llama. Quien abre la puerta no es el viejo sino su hija Clara que, como vive en la puerta de al lado, se pasa con frecuencia a casa de su padre. Cuando el reportero explica el motivo de su visita se topa con la radical negativa de la hija de que su padre sea entrevistado. El comisario le ha aconsejado que rehúyan a los medios, solo les traerán problemas.
   El periodista no desiste, lo que hace es preguntar al portero de la finca contándole que es un antiguo conocido del señor Ponte, de cuando trabajaba en Iberdrola. El portero le dice que casi todos las mañanas el viejo saca a pasear a su nietecillo y suele llevarlo o al Museo de América, sitio que después de lo ocurrido no cree que vuelva a pisar, o al parque infantil de Los Jardines de San José de Calasanz, ubicados en un reducido espacio entre las calles Joaquín María López, Gaztambide y Andrés Mellado. El reportero recoge a la gente de su equipo y se desplazan a los jardines a esperarlo. En un primer momento, el viejo se niega a contarle nada al periodista, pero éste insiste. Cuando el reportero le comenta que el reportaje saldrá en todos los telediarios, que lo van a ver en media España y que se va a convertir en un personaje famoso, al viejo le puede más la vanidad que la prudencia y accede a que le graben. Solo pone una condición: que no saquen a su nieto.
- No se preocupe, señor Ponte, no pensábamos hacerlo. Está prohibido sacar a los menores de edad. Ahora bien – al periodista se le acaba de ocurrir algo -, sería un magnífico final del reportaje el que le grabáramos yéndose usted del parque empujando el carrito del bebé. A esa secuencia la titularíamos algo así como: El hombre que se enfrentó a los atracadores del Museo de América paseando a su nieto.
- Pero entonces saldría el niño – recela el viejo.
- No, en absoluto. Haríamos una toma, un primer plano de usted llevando el carrito, con lo que la capota del carro ocultará al niño del que no se le verá ni un pelo. Le doy mi palabra.
- No sé, no sé – el viejo no parece muy convencido -. Igual a mi hija no le gusta que aparezca el crío.
- Le reitero, señor Ponte, que del chaval no se va a ver nada, solo el carricoche.
   El viejo vacila, pero al final accede. Y vuelve a repetir lo que ya ha contado varias veces a la policía hasta que, otra vez, su vanidad le juega una mala pasada.
- Y les diré algo que no se lo he contado a nadie, ni a la policía. He vuelto a reconstruir muchas veces lo que vi y, sin estar seguro al cien por cien, juraría que uno de los asaltantes podría ser una mujer que iba disfrazada de hombre. Cuanto más lo pienso, más convencido estoy.
   El reportero abre unos ojos como platos. ¡Una mujer! Ninguna de las fuentes que maneja ha dicho nada de que hubiese una mujer entre los asaltantes. Si lo que cuenta el viejo es cierto tiene en su poder un scoop formidable. La primicia hará feliz al director de informativos de la cadena que últimamente le ha estado puteando. Tiene que seguir tirando del hilo de ese ovillo que el viejo acaba de poner en sus manos.
- Cuente, don Manuel, cuente – el informador le ha ascendido el tratamiento.

viernes, 26 de febrero de 2016

04. Una señora de armas tomar



   El viejo Ponte le cuenta a su hija Clara el motivo de por qué no puede irse todavía de la comisaria de Moncloa:
- … y me han dicho que solo es cuestión de que me lean mi declaración y la firme.
   Como si hubieran oído al viejo, llega un agente que le requiere para la firma en cuestión. Al cabo de unos minutos vuelve a aparecer el mismo policía que se llevó al anciano, pero sin él.
- Señora, puede usted marcharse cuando quiera con su hijo. Su padre debe quedarse porque tiene que volver a testificar.
- Yo no me voy de aquí si mi padre no viene conmigo – Clara Ponte se pone brava -. ¡Y ya está bien! Mi padre no tiene edad para continuar aquí mucho rato, acaba de cumplir los ochenta. Según me dice ya lo ha contado todo y varias veces, ¿qué más pueden pedir a un octogenario? Como no le suelten inmediatamente, voy a llamar a nuestro abogado y les voy a poner una querella que se van a enterar ustedes de lo que vale un peine.
- Señora - se disculpa el agente -, como suele decirse en estos casos yo solo soy un mandado. Le transmito la orden que me ha dado el comisario.
- Me da igual que sea el comisario o el sursuncorda, repito lo que he dicho: no me voy de aquí sin que me acompañe mi padre. Y le juro por mi hijo que esta retención, que no sé cómo calificarla, mañana podrá leerla en la portada de la prensa como una actuación policial que recuerda a como actuaban ustedes antes de que llegara la democracia. Hágalo saber a quién mande en esta pocilga.
   El agente, más mosqueado que otra cosa, vuelve grupas y se marcha por donde vino. Apenas pasan unos minutos ya está de vuelta.
- Señora, el comisario quiere hablar con usted. Si es tan amable… – y le hace gesto de que lo acompañe.
- Dígale al comisario que primero es mi hijo. Que espere a que termine de darle el biberón.
   El agente piensa que el padre, el tal Manuel Ponte, parece blando, pero que la hija es una señora de armas tomar. Con gesto resignado espera a que el bebé acabe con el último resto de la leche. Después, su madre le sienta en las rodillas y le da unos amorosos golpecitos en la espalda para que el crío eructe hasta que lo consigue.
- Bien, ya está. Vamos, que quiero cantarle las cuarenta a ese comisario. Se va a enterar que con los Ponte no se juega.
   El encuentro entre el comisario y Clara Ponte no puede comenzar de forma más intemperante. En cuanto entra en su despacho, y antes de que el policía siquiera pueda presentarse, Clara le espeta:
- ¿Es usted el responsable de que retengan aquí a un ciudadano que cumplió ya los ochenta y que ha contado todo cuanto ha visto al menos media docena de veces? – y sin esperar respuesta alguna, prosigue -. Pues sepa usted que soy periodista – Es una verdad a medias, es licenciada en Ciencias de la Información, pero nunca ejerció el periodismo – y que mañana podrá leer en los medios que ustedes siguen pasándose por el arco del triunfo los derechos civiles. ¡Pero en qué país creen que vivimos!
   El comisario, hombre ya entrado en años, ha debido de bregar durante su dilatada carrera profesional con muchas madres cabreadas. Se nota porque le bastan unos minutos para que Clara deponga su belicosa actitud.
- Señora, soy el comisario Bermúdez. Ante todo, le ruego que acepte mis disculpas, y hablo en nombre de todas las fuerzas que han participado en el operativo. Y permítame felicitarla por tener un padre que se ha portado con gran entereza y que ha protegido a su nieto en todo momento. Por cierto, que yo tengo un nieto – es mentira – que mes arriba o abajo debe tener el mismo tiempo que su niño. Me han dicho que se llama Julio. ¿Sabe una cosa?, en estos tiempos en que a la gente le ha dado por poner a sus retoños nombres de lo más absurdo, o cuando no extranjeros, encontrar a una mujer como usted que le ha puesto al niño un nombre tan normalito, es un alivio. La felicito por ello y por tener a un hijo que se ha portado tan bien como su abuelo. Me han contado mis hombres que hasta que no ha sentido hambre no ha abierto la boca, como si no estuviera allí.
- La verdad, es que es un pedazo de pan – admite la madre ya con su agresividad inicial en retroceso -. Pero vamos a ver, comisario, todavía no me ha explicado porque van a retener a mi padre más tiempo. Me ha dicho que les ha contado cuanto vió. Y por otro lado, también está sin comer. Ya le he comentado que es muy mayor y ha de comer a sus horas, sino luego tiene problemas digestivos.
- Lo de la comida está solucionado. Le van a traer del Café de Viena algunos de sus platillos que los hacen muy ricos y una cerveza o lo que quiera. En cuanto al motivo por el que debe seguir aquí es porque hay otro grupo de compañeros que quieren hablar con él.
- ¿Otro grupo?, ¿de qué?, ¿para qué?, ¿por qué?
   Pues no es nadie Clara Ponte haciendo preguntas, se dice el comisario que trata de apaciguar a la mujer que ha vuelto a mosquearse.
- Señora, por favor, tranquilícese. No hacemos más que seguir el procedimiento prescrito en estos casos.
- Comisario, me recuerda usted a esos políticos al uso que hablan mucho para no decir nada. El procedimiento prescrito, ¿de qué o para qué?
- Perdón nuevamente, creía que se lo había dicho. Van a llegar de un momento a otro los compañeros de la Brigada de Patrimonio Histórico que son los que quieren interrogarle.
- Ahora sí que no entiendo nada. ¿Qué tiene que ver mi padre con el patrimonio histórico?
- Señora, no puedo ser mucho más explícito. La jueza del caso ha declarado secreto del sumario. Sólo puedo apuntar que, al parecer, el furgón que su padre vio robar llevaba alguna obra de arte de mucho, de muchísimo valor. Por eso, los de la Brigada de Patrimonio quieren hablar con él. Esa Brigada es la que investiga todas las agresiones al patrimonio histórico, artístico y cultural, tanto público como privado. Y como, según parece, el furgón podría llevar objetos pertecientes al Museo de América, que es de titularidad estatal, de ahí que intervengan en el caso.
- ¿Entonces…?
- Resumiendo. Su padre tendrá que continuar aquí hasta que los de Patrimonio terminen de hablar con él. No se preocupe, le tratarán bien y en cuanto termine su deposición yo, personalmente, me aseguraré de que le lleven a su domicilio. En cuanto a usted, si quiere, puede continuar aquí, pero una comisaría no es el lugar más adecuado para un bebé, por eso creo que lo más sensato es que vuelva a su casa.
- ¿Cree oportuno que llame a un abogado amigo nuestro para que asista a mi padre?
- Haga lo que considere oportuno, pero su padre no necesita ningún abogado. La jueza en ningún momento ha tomado medidas contra él. Ni está imputado ni acusado, solo está aquí en calidad de testigo presencial, nada más.
- Bueno, me fío de su palabra, parece usted buena gente. Espero que no tarden demasiado con mi padre. La recuerdo, no sé si se lo he dicho, que tiene ochenta años y que aunque aparentemente puede parecer que está como una rosa tiene sus lógicos alifafes.
- Yo creo que en poco más de una hora, como máximo, los de Patrimonio habrán terminado con él y podrá irse. Por cierto – el comisario le entrega una cartulina -, le doy mi tarjeta. Para cualquier problema que se les plantee en relación con este lamentable suceso no dude en llamarme. Me tiene a su disposición y le agradezco, nuevamente, su amable colaboración – El    comisario vuelve a sacar su cara más diplomática.  
   Pese a la amabilidad mostrada por el policía, Clara Ponte es de las que le gusta decir la última palabra.
- Bien, comisario. Me voy, pero espero ver a mi padre prontito en casa. Si tengo que volver a sacar las uñas le aseguro que no le va a gustar nada.
   Bermúdez la despide con una amable sonrisa mientras se dice: desde luego es una mujer aguerrida, mejor será no volver a cabrearla.

martes, 23 de febrero de 2016

03. El único testigo



   Delante del Museo de América la policía está instalando unas vallas para delimitar el perímetro donde se ha producido el asesinato del vigilante de seguridad y en el que ha estado aparcado el furgón robado. La jueza de guardia, una mujer todavía joven, inicia la inspección ocular del lugar al tiempo que va dictando al secretario de la comisión judicial los principales datos que posteriormente se integrarán en las diligencias del suceso. De manera muy profesional, pese a su juventud parece bregada en estos menesteres, imparte una serie de órdenes para la protección inicial del escenario del crimen, la elaboración de un amplio reportaje fotográfico y la recogida, identificación y guarda de los indicios hallados.
   Mientras tanto, el único testigo presencial de todo el incidente, puesto que las dos empleadas del museo y quienes conducían el furgón robado estaban con la cara pegada al suelo, está en un rincón acompañado de dos policías de los que no sabe si le protegen o le vigilan. Una agente de la policía municipal trata en vano de ayudarle a mitigar al desconsolado bebé que con tanto ajetreo se ha despertado y reclama su comida de mediodía.
- Llora porque es su hora de tomar la papilla y no dejará de hacerlo hasta que pueda comer explica el abuelo a los policías que le rodean -. Déjenme llamar a mi hija, la madre del niño, y que venga con su papilla o, al menos, con un biberón. Entonces se calmará.
- Lo siento, señor, pero no podemos permitirle que use su móvil hasta que su señoría lo autorice.
- Sí, pero ya ve como está el crío, llorando a todo trapo – se lamenta el abuelo.
- Tenga paciencia, será cuestión de poco tiempo – el policía intenta calmarle.
   Precisamente, su señoría está preguntando por la existencia de testigos.
- Si tomamos en cuenta a las empleadas del museo y a los ocupantes del furgón todos ellos son testigos presenciales, pero solo pueden atestiguar lo que vieron antes de que les obligaran a tumbarse. El único testigo que pudo verlo todo es un anciano que estaba paseando a su nieto. Bueno, y más tarde podremos analizar lo que hayan grabado las dos cámaras de seguridad que enfocan la explanada y la puerta del museo. Las que hay en esa esquina – señala el inspector de la Comisaría de Moncloa que es quien está ofreciendo las explicaciones a la jueza -. En este momento, mis hombres están haciéndose cargo de las cintas. Ah, y también dispondremos de lo que hayan podido grabar las cámaras del Faro – añade señalando la alta torre que se erige justo enfrente del museo -, aunque dado su ángulo de enfoque las imágenes serán excesivamente cenitales. Igualmente, analizaremos lo que hayan podido grabar las cámaras de vídeovigilancia de la Agencia de Cooperación, aunque me imagino que solo será el paso de los vehículos.
- Bien, tráiganme al testigo, a ese anciano – ordena la jueza.
   El inspector se acerca a donde está el viejo que trata, inútilmente, de consolar a su nieto.
- Tiene que acompañarme, su señoría quiere interrogarle.
- Ya le he contado a usted y a sus compañeros todo lo que he visto – se queja el viejo.
- Lo sé, pero tiene que volver a hacerlo delante de la jueza.
   El viejo devuelve el bebé al carro, que parece que se ha tranquilizado algo en brazos de la agente municipal, y hace intención de llevárselo con él.
- Deje el carro aquí. No se preocupe, está compañera cuidará de él.
   El inspector lleva al viejo ante la jueza.  
- ¿Cómo se llama usted? pregunta la jueza.
- Manuel Ponte Fernández, señora.
- Bien, cuéntenos lo que ha visto.
   El viejo relata lo que ha presenciado. La jueza, tras hacerle unas cuantas preguntas para precisar algunos detalles de su narración, le indica al secretario que tome los datos personales del anciano y cualquier otro que ayude a su identificación y localización.
- El problema, señoría aclara el inspector –, es que el testigo no lleva encima ninguna clase de identificación.
- Bien, llévenlo a comisaría y que acuda algún familiar o persona que pueda identificarlo ordena la jueza.
- Señora jueza, ¿y mientras tanto qué pasa con mi nieto? inquiere el viejo -. Es su hora de comer y no hace más que llorar, debe estar muerto de hambre. ¿Puedo llamar a mi hija, que es la madre del niño, para que lleve un biberón a la comisaría?
-  Debería haberla llamado ya El tono conminatorio de su señoría es más propio de una madre que de una jueza de guardia.
- No puedo, me han quitado el móvil replica el viejo.
- Devuélvanle el móvil para que llame a su hija y luego vuelvan a retenérselo
   El viejo, cuyas manos todavía tiemblan, marca el número de su hija.
- Papá, ¿dónde estáis?, ¿ya venís para casa? – es lo primero que pregunta la madre del niño.
- No, hija. Estamos delante del Museo de América y aún no volvemos. Ha pasado algo muy gordo, ya te lo contaré. Ahora, escucha: tienes que ir a la comisaria de Moncloa, la que está en Rey Francisco, 15. Trae mi DNI
- ¿Qué ha pasado? le interrumpe la hija -, ¿el niño está bien?, ¿por qué hay que ir a la comisaría?, ¿cómo está Julio?, ¿qué ha pasado? repregunta la hija cuyo tono de voz es más angustioso por momentos.
- Clarita, hija, tranquilízate. El niño está perfectamente y yo también. Lo que tienes que hacer es ir a la comisaría para que puedas identificarme y allí te lo contaré todo. Mientras no tengan mi identificación no creo que me dejen salir.
- Dios sabe lo que habrás podido hacer para que te hayan detenido. Y te lo he dicho mil veces, no se puede salir a la calle sin alguna clase de documentación. Si estás en una comisaria necesitarás un abogado. Ahora mismo voy a llamar a Pepe Cruz para que se haga cargo de tu defensa, que hay policías que todavía creen que Franco sigue en El Pardo. Haya pasado lo que haya pasado tú no digas nada hasta que no llegue Pepe. ¿Y seguro que Julio está bien?
- Clarita, hija, te prometo que el niño está perfectamente, solo tiene hambre. Y no necesito ningún abogado, lo que has de traerme, además del DNI, es un calzoncillo y unos pantalones. Me he mojado. Ah, trae también la comida del mediodía para Julito. Si esto se alarga, tendrás que dársela en la misma comisaría.
   Cuando Clara Ponte llega a la comisaría, tras identificarse, es pasada a una sala donde entre otras personas encuentra a su padre con el niño en brazos intentando que deje de llorar.
- Papá, ¿qué le pasa a Julio, ¿por qué llora?, ¿está bien? al tiempo que pregunta Clara coge a su hijo en brazos. El bebé en cuanto reconoce a su madre deja de hacer pucheros.
- Ya te dije que el niño está bien. Lloraba porque tiene hambre. ¿Me has traído la ropa que te pedí?
- Primero voy a darle el bibe a Julio. Tu ropa está en el bolso.
   El viejo coge las prendas y pide a uno de los policías que le indique donde hay un baño pues necesita cambiarse. Mientras tanto, su hija está dándole el biberón al crío que succiona la tetina ávidamente. Una vez que el viejo se ha cambiado regresa a la sala y le explica a su hija lo que ha ocurrido.
 - ¡Dios mío, podrían haberos matado! Ahora la que está asustada soy yo – se lamenta Clarita -.
Y si ya lo has contado todo, ¿por qué siguen reteniéndote aquí? ¿Es que creen que todavía estamos en tiempos de la dictadura o qué? Dime quien es el que manda aquí que me va a oír.