martes, 2 de febrero de 2016

*** Epílogo



   El transportista termina de descargar del pequeño camión las cajas de azulejos que ha depositado en el solar de lo que en unos meses será un bloque de apartamentos, uno de los muchos que a principios de los años que corren, los sesenta, se están construyendo en Las Villas de Benicasim, como en otros muchos lugares de la costa mediterránea. Con un pañuelo, que está pidiendo a gritos una urgente colada, se seca el sudor de la cara. Piensa que se ha ganado un buen almuerzo y hasta un carajillo bien cargado. Cuando sale del bar donde ha almorzado ve pasar a un anciano por la acera de enfrente cuya cara le resulta familiar. Mira con más atención hasta que de pronto descubre quien es el viejo.
- ¡Don Manuel, don Manuel Lapuerta! – llama a gritos.
   El interpelado se vuelve sin mostrar prisa alguna. Da la impresión de que no reconoce a quien está voceando su nombre y que se le está acercando.
- Don Manuel, ¿no se acuerda de mí? Soy Timoteo, el de Senillar. Recordará que tenía la iguala con usted. Atendió a mi mujer en todos sus partos y a los críos cuando les daba algún arrechucho.
   Con tantos detalles, al fin parece que se ha hecho luz en la memoria del octogenario.
- Ahora caigo, claro, tu mujer se llama Rosita, ¿verdad? Tuvisteis cuatro niños, tres varones y una hembra.
- Que bien que se acuerde de mí. Cuando se lo cuente a Rosita se va a llevar un alegrón de muerte; ella siempre dice que usted ha sido, de largo, el mejor médico que hemos tenido. Que causalidad que le encuentre aquí. Yo le hacía en Carcagente.
- Cuando me jubilé, de eso hace ya unos años, compré aquí un apartamento de los que tienen vistas al mar, es pequeño pero para mí y Angustias es más que suficiente. Pero no continuemos de pie o la artrosis me pasará factura, vamos a sentarnos en esa terraza y te invito a lo que quieras. De paso me cuentas cosas de Senillar.
   Una vez sentados, el anciano parece recobrar ánimos y comienza a interrogar a Timoteo.
- ¿Y qué novedades me cuentas del pueblo?
- Pues no sé por dónde empezar, ¿qué quiere saber?
- ¿Continua Gimeno siendo el cacique? y su mujer ¿sigue tan guapetona?
- ¡Quia! Gimeno ya no vive en el pueblo, se marchó a Valencia. Está de mandamás de un sindicato, creo que del de Hostelería. Y sobre su mujer, dicen las malas lenguas que si se han desajuntado. Ella tampoco ya no vive en el pueblo. Se rumorea que si se ha ido a Madrid y se ha arrejuntado con un pez gordo, pero de eso no le puedo dar fe.
- Bueno, las parejas se hacen y se deshacen, es algo natural. Aunque en la España del nacionalcatolicismo los que quieren desajuntarse, como dices, lo tienen crudo, ya no existe el divorcio y el matrimonio es hasta que la muerte separe a los cónyuges. Oye, y si ya no está Gimeno, ¿quién os pastorea ahora? – lo de pastorear le ha salido de manera espontánea, solo espera que Timoteo no se moleste por ello.
   El transportista, que no es lerdo, sí se ha dado cuenta de que el término usado por el viejo médico convierte a la gente de su pueblo poco menos que en borregos, pero se hace el desentendido.
- Mandar, lo que se dice mandar, mandan los de siempre, los ricos. Gente como los Arbós, los Blasco, los Alberola…; en fin, los que tienen cuartos e influencias. Aunque en teoría quien debería mandar es el que está de alcalde y jefe local de Falange.
- ¿Y quién es?
- Don Ricardo Poveda, uno que es maestro. No sé si se acordará de él. Está casado con Adelina, una chica del pueblo. Don Ricardo es el que hace de mamporrero de los que de verdad cortan el bacalao.
- Hombre, pasan los años pero, por lo que cuentas, las cosas no cambian, siguen teniendo la sartén por el mango los ricachos y los funcionarios. ¿Y qué me dices de mi amigo Sanchís, el boticario?
- Se jubiló y se fue a vivir a Almazora con una hermana. De la gente de título que había en el pueblo cuando usted estaba creo que no queda nadie. El veterinario joven que usted recordará, don Alfonso, también se marchó. Por cierto, se casó con la hija mayor   de un maestro que no recuerdo como se llamaba, pero que se apellidaba Villangómez. Ahora ejerce en un pueblo que está al lado de Sagunto.
- ¡Cuántos cambios, cuántos años! – es todo lo que acierta a decir Lapuerta.
   Como parece que al anciano ya se le han acabado las preguntas, Timoteo cambia de registro.
- Por cierto, hay que ver cómo está creciendo Benicasim, con la coña de los veraneantes este pueblo aumenta de un año para otro. Siempre que vuelvo han hecho algún bloque nuevo de apartamentos. A este paso la playa se va a quedar chica para tanta gente y eso que aquí más que playa lo que tienen es un playón.
- Así es, el turismo está cogiendo mucho auge y de hecho la economía del pueblo depende cada vez más de los turistas y menos de la agricultura como ocurría antes. Supongo que por eso mismo en Senillar le habrán dado un buen lavado de cara a la zona costera de la Marina.
- ¿Un lavado? Ni lavado ni leches. Lo que han hecho es una cagarruta. En el cincuenta y nueve construyeron un espigón de nada en la parte sur, y frente al caserío han levantado un muro, que no debe de tener más de metro y medio de altura, y que está a unos ocho metros de las casas. Eso que han construido y nada es todo lo mismo porque sigue habiendo la misma playa de mierda de siempre en la que hay más cantos rodados que arena.
- ¡Qué poca visión de futuro! Con lo cuesta abajo que va la agricultura y la inexistencia de algún tipo de industria, ¿los que mandan todavía no se han dado cuenta de que la llave del progreso del pueblo está en la zona costera, en el turismo? – El viejo hace una pausa como si reflexionara y luego retoma su discurso -. Acabo de decir algo que quizá no sea del todo exacto: lo de que no hay industria, porque me has contado que traías un porte de azulejos, ¿es qué ya hay allí azulejeras?
- ¡No caerá esa breva! Ni azulejeras ni Cristo que las fundó. Como no hagan una fábrica de buñuelos de viento ya me dirá usted de qué. En el pueblo hay lo de siempre, los cultivos y poco más.
- Hablando de cultivos, ¿cómo sigue lo del coto arrocero?
- Eso pasó a la historia. El agua era cada más vez salitrosa y resultaba muy cara por lo que el cultivo dejó de ser rentable. Ahora los marjales están como antes, solo hay carrizos y juncos.
- O sea que el pueblo sigue como siempre, sesteando.
- Más o menos; bueno, para ser justos, más.
- Es sorprendente que la gente no quiera prosperar.
- Eso se lo tengo que negar, don Manuel. Claro que queremos vivir mejor, a quien le amarga un dulce, pero los que mandan no parecen estar por la labor porque ellos sí que viven bien. Y ya se sabe, donde hay patrón...
- Magro futuro les espera a vuestros hijos.
- Hombre, don Manuel, no hay que ser pesimista. Las cosas pueden cambiar, solo hay que darle tiempo al tiempo. ¿No lo cree usted?
- No, no lo creo. Las cosas solo cambiarán cuando aparezca una generación que quiera de verdad progresar y no limitarse a vivir como lo hicieron sus mayores.
- ¿Y cuándo ocurra eso, si es que llega, cómo lo sabremos?
- Porque cuando llegue ese día, que llegará, la gente dejará de seguir como borre… – el anciano se corta y trata de suavizar su discurso - con mansedumbre a los que van al frente de la procesión.
   Pese a la dulcificación de la frase, el comentario ha escocido a Timoteo y está a punto de revolverse, pero mira a su interlocutor y solo ve a un viejo achacoso que mira más al pasado que al futuro. Por eso hace una pregunta anodina:
- ¿Y cuándo calcula usted que eso puede pasar?
- Cuando en el país haya una democracia que no necesite de adjetivos como el de orgánica y en el pueblo gente que sepa pensar por su cuenta. Siendo optimistas, échale un par de generaciones. ¿Y sabes qué te digo? Que tampoco sois una excepción, en Senillar estáis, como en el resto de España, sumidos en la pertinaz sequía que no solo es climatológica. ¡Qué país, Miquelarena!



                                                                                FIN

domingo, 31 de enero de 2016

*** Fin de “La pertinaz sequía”



   Pasado mañana, 2 de febrero, aparecerá en el blog el último episodio de “La pertinaz sequía”, en forma de epílogo. Desde el 3 de octubre de 2014, fecha en que se publicó el primer post sobre dicha novela, han transcurrido dieciséis meses en los que se han realizado 127 entregas, que han tenido 3022 visitas. Como digo siempre, no está mal para el blog de un octogenario y desconocido autor.
   Terminan, pues, la peripecias, aventuras, amoríos y desamores de los habitantes de un pueblo no tan ficticio como Senillar, en un marco histórico que va de 1940 a 1955, década y media que discurre en la época más dura del franquismo después de la sangrienta guerra civil española. Son tiempos de plomo, de miseria y de pasiones alicortas como reflejan las vidas de los personajes de la novela. Son los años de la pertinaz sequía, una de las frases más usadas por aquel Caudillo que se jactaba de responder únicamente ante Dios y ante la Historia.
   Ahora, y parafraseando la conocida proclama cuando muere un rey, muerta la novela, viva la novela. A partir del 5 de febrero se publicarán en el blog los primeros posts informativos sobre la nueva narración que se desarrolla en el Madrid del 2016 y cuya trama gira alrededor del insólito robo de un tesoro auténtico. Tesoro del que, por cierto, el pasado 25.01.16 el periódico “El País” publicaba, a cinco columnas, una interesante crónica que venía a añadir un poco más de pimienta informativa a una novela ya de por sí trufada de intrigas.

viernes, 29 de enero de 2016

10.13. ¡Qué país, qué paisaje, qué paisanaje!



   Alfonso Grau no acaba de creerse lo que le cuenta Martín Esteller, piensa si no será una de las muchas historietas en las que el barbero convierte un grano de mostaza de realidad en una enorme planta de inventiva. Está convencido de que si hay un matrimonio en Senillar que formen una pareja poco menos que modélica es la constituida por José Vicente y Lola. Les ha tratado lo suficiente para saber que si algo puede achacárseles es que están muy por encima de la mayoría de matrimonios de la localidad. José Vicente es inteligente, de fácil palabra, se le dan muy bien las relaciones públicas y si algo puede reprochársele es que se ha convertido en un político profesional de los que sostienen que el fin siempre justifica los medios. En cuanto a Lola es una mujer espléndida en muchos sentidos: encantadora, inteligente, sensible, buena conversadora y si habría que ponerle algún pero sería el que a veces se muestra excesivamente sinuosa. Ha ido pensando todo eso después de lo último que ha dicho el rapabarbas: apechugar con los cuernos.
- ¿Cuál de ambos tiene que apechugar con los cuernos? – quiere saber el veterinario.
- Ahí está uno de los poblemas – Esteller vuelve a dar patadas al diccionario – más gordos. Si fuera ella la cosa tendría menos pelendengues porque como es sabido a los hombres nos gusta mojar en más de una salsa, pero lo jodido del caso es que los cuernos son de él y eso ya son palabras mayores.
- ¿Qué Lola le ha puesto los cuernos a José Vicente?, no sé si creérmelo.
- Lo que yo le diga, don Alfonso, lo que yo le diga.
- Pero, bueno, Martín, ¿acaso los ha visto usted encamados?
- Don Alfonso, no me ofenda. Una cosa es que me guste darle a la sin hueso. Al fin y al cabo eso forma parte de mi oficio. Y otra muy distinta es que sea un alcahuete. Hasta ahí no llego.
- ¿Entonces cómo está tan seguro de que Lola ha engañado a su marido?
- Le podría responder que lo sé porque es lo que se cuenta en todas las esquinas del pueblo, pero por lo que estoy realmente seguro es porque en ese mismo sillón en el que está usted sentado hace tan solo unos días estaba el fulano que le ha puesto a Gimeno unos cuernos más grandes que los de un Miura.
- O sea, que usted admite como prueba incontestable de un adulterio la confesión o el farol de cualquier cantamañanas que va por ahí jactándose de que ha hecho esto o lo otro. Eso no me parece serio, Martín. Hay que ser más riguroso en lo que se cuenta, sobre todo cuando puede afectar a la honra de una mujer como Lola Sales y al honor de un hombre como José Vicente Gimeno – A Grau le ha dolido lo que barrunta que puede ser una ligereza del fígaro que, con tal de dar palique a un parroquiano, es capaz de inventarse cualquier cotilleo.
- Perdone, don Alfonso, no he querido molestarle con mis palabras. Razón tienen cuando dicen aquello de que en boca cerrada no entran moscas. Como si no hubiese dicho nada – El barbero se calla y continúa con su trabajo.
   Grau piensa que quizá se ha pasado un poco en la reprensión y no quiere que Martín, a quien ha llegado a apreciar, se quede disgustado, por eso no da por terminado el asunto:
- De todas formas, Martín, le confieso que tiene usted una habilidad inigualable de despertar mi curiosidad. Ha dicho que el supuesto burlador – esto no lo va a entender, se dice Grau -, el que ha puesto los cuernos se lo ha contado a usted. Y ese fulano supongo que tendrá un nombre.
- Si señor, lo tiene, y hasta dos apellidos como todo españolito – La respuesta del rapabarbas ha sido más bien seca y no ha añadido nada más.
- Bueno, no puede usted dejarme en ayunas. Ya que me ha contado lo más, el supuesto adulterio y sus víctimas, también debe contarme lo menos: el tenorio que ha sido el causante.
- ¿Sabe uno de los efectos de los cuernos, don Alfonso? – El barbero no parece que tenga ninguna gana en darle el nombre del burlador -. Un viejo cliente me contaba que cuando estuvo en la guerra de África tenía un sargento que, cuando se hablaba de cornamentas, siempre solía citar a un famoso escritor, cuyo nombre no recuerdo, que escribió que los cuernos son como los dientes, que al nacer duelen pero que luego ayudan a comer. Bien, pues en este caso ni siquiera existe ese consuelo.
- ¿Por qué?
- Porque el tenorio, como usted llama al que ha colocado los pitones, no le puede dar pan al que ha convertido en cabrón, solo berrinches y mala leche, mucha mala leche.
   Visto que el fígaro se empecina en no dar el nombre del supuesto donjuán y con su curiosidad a flor de piel, Grau insiste:
- Bueno, Martin, toda relación adúltera siempre está formada por un trío: el engañado o engañada, el adúltero o adúltera y el engañador o engañadora. ¿Va a decirme o no el nombre que falta para completar el trío?
- Don Alfonso, si me lo pide así yo le digo lo que usted quiera. Faltaría plus. El tenorio de marras es Rafael Blanquer. En el sillón que usted ocupa ahora alardeó de cómo se estaba tirando a la mujer del jefe local del Falange y, no contento con eso, lo contó con todo lujo de detalles, tantos que si no es cierto lo que dijo es que me estoy volviendo mochales.
- Ah – es cuanto dice Grau, un mucho asombrado por la revelación.
   El veterinario sale de la barbería con el pelo recién cortado y su fe en el género humano también bastante recortada. ¿Lola Sales liada con un petimetre como Rafa Blanquer? Un cantamañanas que no le dio jamás un palo al agua, un tío más superficial que las caras de un polígono, un tipo decadente que lleva impreso en el rostro la huella del vicio. Un fulano sin consistencia, ni hombría ni ambiciones. No puede ser. No se lo cree. Sabe que para gustos están los colores, pero es que lo que le ha contado el barbero es poco creíble. Tendrá que quedarse con la duda porque no es algo que se deba ir preguntando por ahí. ¡Solo faltaría que se le relacionara con semejante escándalo! De pronto, un nombre le viene a la cabeza. Hay una persona cuya discreción tiene más que probada y que, sin ser una chismosa, suele estar al corriente de cuanto ocurre en el pueblo, la novia del que pronto será su cuñado, Pilarín Vives.
- Pilarín, sabes que no me gustan los chismorreos, pero esta mañana me han contado uno en la barbería que no acabo de creerme. Y lo cierto es que han conseguido que me picara la curiosidad. Solo a ti me atrevo a preguntar algo que no me atañe en absoluto, pero que me gustaría que me lo confirmaras o que lo desmintieras. Bueno, y ya está bien de circunloquios. Lo que me han dicho, y me lo han asegurado como cierto, es que tu amiga Lola Sales tiene un romance, por decirlo de manera fina, con Rafael Blanquer. ¿Sabes algo o no es más que el clásico bulo para hacer daño?
- ¿A ti también te ha sorprendido?, pues puedes imaginarte la sorpresa de los que tratamos a Lola con cierta asiduidad. Parece que sí, que es cierto. Al menos, todos los datos que se conocen apuntan a ello. De hecho, la propia Lola le ha contado a una de sus íntimas que no se va a ir con José Vicente a Valencia y que él se lleva a la niña. Y, al parecer, añadió más, dijo que si estuviéramos en la República ya se habría divorciado. Y para completar la falla, y enredar más este lío, también se rumorea que los Arbós han tenido algo que ver en esa historia tan lamentable, que han sido ello los que han espoleado a Rafa para que le pusiera los cuernos al marido.
- Esto último no me cabe en la cabeza, no lo entiendo.
- Está claro, un individuo al que todo el mundo señala como cornudo queda desprestigiado y un hombre así no puede seguir siendo jefe local del Movimiento y mucho menos el cacique de facto del pueblo. Hasta le han sacado un remoquete, ahora le llaman “El Manso”. Blanco y en botella.
   Días después, Grau le cuenta a su novia la adulterina historia del trío formado por José Vicente, Lola y Rafael. Beatriz le da otras pistas que arrojan más luz sobre la aventura.
- Lola, con la que sabes que llegué  tener una buena amistad, aunque aparenta ser alguien que todo lo controla, es una mujer de sentimientos volcánicos. Rafael Blanquer fue su primer novio y, estoy convencida, de que también ha sido el único. Se casó con Gimeno para no convertirse en una solterona, pero dudo mucho de que estuviera enamorada de él. Lo que pongo en cuarentena es la intervención de los Arbós. No por ellos, que retorcidos lo son un rato, sino por el necio de Blanquer que es de los que piensa con la bragueta. Aunque de cierta gente de Senillar, que son capaces de todo para alcanzar el poder, te lo puedes esperar todo.
- Como diría Unamuno: ¡Qué país, qué paisaje, qué paisanaje!