martes, 27 de octubre de 2015

8.11. … y si me entero que no me duela



   Se ha jubilado el viejo cartero del pueblo y queda vacante un puesto codiciado, dado que es un trabajo en el que no hay que doblar el espinazo y está dotado de un salario mensual, exiguo pero asegurado. Los que aspiran al cargo, para sí o para algún familiar, se afanan en buscar recomendaciones porque en la España del franquismo quién no tiene padrinos no le bautizan, principio que en los pueblos pequeños tiene un valor exponencial.
   Apenas si el alcalde entra en casa cuando su mujer ya le está trasladando el recado que tiene para él:
- Fernando, esta tarde ha venido a verte la señora Rita, la de la panadería de la calle José Antonio. Volverá esta noche acompañada de su marido.
- ¿Te ha dicho qué quiere?
- Que recomiendes a su hijo para el puesto de cartero.
- ¡Otro más! Estoy de recomendaciones hasta el gorro. Necesitaría un par de docenas de vacantes para quedar bien con todos los que me han pedido que les recomiende.
- Es natural, marido. Para algo eres el alcalde y, por si fuera poco, fuiste jefe de estafeta. Quien más, y quien menos está convencido de que el puesto lo darás tú.
- Es una tontería, María Eugenia, aunque ya sé que la gente está persuadida de lo que dices. Lo que pasa es que no piensan. Por ejemplo: el chico de la señora Rita, ¿es hijo único, verdad? Entonces, heredará la tahona. ¿No sería más práctico que fuese panadero? Encima ganaría mucho más dinero que de cartero.
- Lo mismo al chico no le gusta la panadería y prefiere un empleo público. La madre me ha contado que de niño coleccionaba sellos.
- Claro, aquí todos quieren ser funcionarios. Si supieran la miseria que nos pagan no tendrían tantas ganas. Cualquiera de los labradores del pueblo ha ganado más dinero en un año con los boniatos que yo, jefe de estafeta, ganaba en cinco; que digo cinco, en ocho o nueve.
- De todas formas, hazlo por mí. Cuando vengan los Teruel con su hijo ponles buena cara y diles que vas a hacer buenamente lo que esté en tu mano. La señora Rita siempre se porta muy bien conmigo y a veces me proporciona cosillas fuera de la cartilla de racionamiento.
- No te preocupes, mujer. No te haré quedar mal. ¿Te acuerdas cómo se llama el chico?
- Lo apunté aquí para que no se me olvidara. Elías Teruel.
   El hombre está parado en el quicio de la puerta del despacho de Gimeno en la cooperativa, estrujando inquieto la boina, y no acaba de decidirse a entrar.
- Pasa, Rogelio.
- Espero no molestarte, José Vicente. Solo estaré un segundo. Verás..., ya supongo que a un hombre tan importante como tú a estas alturas te habrán hecho un montón de peticiones. Yo ni quería venir, pero por no oír más a la Constancia me he dicho voy a ver a José Vicente.
- Bueno, pues tú dirás. ¿Qué puedo hacer por ti?
- Yo estoy seguro de que el chico, mi hijo mediano, tiene condiciones. La verdad es que en la escuela era de los más aplicados. Don Florencio decía que hasta servía para estudiar. Y ya sabes, lo que uno no haga por un hijo...
- Claro, claro, Rogelio – Como no empiece a preguntarle, se dice Gimeno, a éste le tengo aquí una hora sin que se arranque -, pero todavía no me has dicho qué es lo que puedo hacer por tu hijo el mediano.
- ¿No te lo he dicho? Pues lo de correos. Le gustaría ser cartero. Ahora nos ha salido diciendo que es un oficio que siempre le ha tirado, ir de casa en casa con la cartera al hombro repartiendo cartas y todo lo demás. Y su madre y yo creemos que valdría para el puesto.
- Me parece muy bien, pero no voy a ser yo quien haga la elección, serán los jefes de correos quiénes decidirán.
- Ya me lo suponía. Es lo que le he dicho a la Constancia, pero tú tienes mucha mano en la capital y si dices una palabrita a quien corresponda seguro que te van a escuchar... Nosotros sabremos agradecértelo.
- Verás, Rogelio. Como te acabo de decir, la última palabra sobre quien será el nuevo cartero la tendrá el jefe provincial de correos a quien no conozco pero, de todas maneras, lo que si te prometo es que le haré llegar el nombre de tu hijo a ver si hay suerte y le toca el gordo.
- Muchas gracias. Ya sabía que no nos ibas a fallar. Se lo adelanté a la Constancia, cómo José Vicente pueda meter mano, la meterá hasta el fondo. Mira, aunque no le den el puesto, solo con lo que vas a hacer por nosotros es para estar agradecidos de por vida.
- Nada, hombre. Los amigos estamos para las ocasiones. Apúntame ahí el nombre completo del chico.
- Es que no sé escribir, solo firmar.
- Pues dime cómo se llama.
- Como yo, Rogelio.
- ¿Y sus apellidos?
- Alcóser Roures.
   A llegar a casa, en tono más bien festivo, José Vicente presume de lo importante que es en el pueblo, sobre todo en estos momentos:
- ¿Sabes, Lola, cuántos recomendados tengo para la cartería? Ocho.
- Nueve, marido.
- No me digas que también te han pedido recomendaciones.
- Cinco, pero de cuatro de ellas ni te voy a hablar. Ya les dije que harías todo cuanto estuviese en tu mano, pero que será algo muy difícil porque no vas a ser tú quien tome la decisión. Pero la quinta es importante y te pido que la tomes muy en serio porque es un caso de conciencia.
- ¿De quién se trata, de algún familiar tuyo, de un conocido…?
- De Modesto Soler.
- ¿El marido de tu amiga Consuelo? Creía que ni siquiera te hablabas con ella.
- Es cierto que nos habíamos distanciado, aunque seguíamos saludándonos. Pero esta mañana vino a verme y me contó lo que le pasa y, como te digo, es un caso de conciencia. Modesto está empleado en el almacén de Rafael Blanquer, pero gana una miseria, además parece que el negocio no es nada boyante y que terminarán cerrándolo. En esa casa no hay otros ingresos que los que trae el marido y nunca tienen un duro. Y por si faltaba poco, Consuelo se ha vuelto a quedar embarazada.
- Y ha pensado que su marido puede ser cartero… ¿Pero no me has dicho mil veces que el tal Modesto es un vago de siete suelas y que Consuelo es una arpía envidiosa y una mala persona? ¿Y ahora quieres que recomiende a su marido?
- Es cierto que Modesto tiene fama de holgazán y que Consuelo ha demostrado ser mala persona y una amiga poco fiable. Pero no lo hago por ellos, estoy pensando en el pobre crío que van a tener. Por eso considero que esta recomendación debías de tomarla con el máximo interés. Nada de decir aquello de que haré todo lo que esté en mi mano, aunque no te prometo nada. En este caso, te suplico que pongas toda la carne en el asador. Se lo he prometido a Consuelo en tu nombre. No me gustaría que me hicieses quedar mal.
   - Ya veo que te lo has tomado muy a pecho, pero me lo pones muy difícil. ¿Cómo les va a sentar al resto de candidatos que se elija a un individuo como Modesto con la fama de inútil que tiene?
- ¿Y qué importancia puede tener la opinión de unas cuantas personas? Es posible que Modesto no sea el hombre más trabajador del pueblo, pero el de cartero tampoco es un empleo que exija esfuerzos penosos, por consiguiente creo que podrá desempeñarlo razonablemente. Y tu esposa, marido, ha empeñado su palabra.
- No has debido hacerlo sin haberlo consultado antes conmigo. Políticamente me puede costar una sangría si apoyo a ese inepto. Nadie entenderá que me haya comprometido con semejante individuo. Me resultará muy difícil explicarlo.
   Por muchas pegas que pone José Vicente al tal Modesto, Lola no ceja en su empeño de que ha dado su palabra y que no puede ni quiere dar marcha atrás. Todos los razonamientos de José Vicente en contra del candidato de Lola se estrellan ante la cerrazón de su esposa. Llega un momento en que Lola afirma muy airada que ni la quiere ni la respeta y que jamás pensó que podría darle tamaño disgusto y más en su actual estado. Al final se pone a llorar de manera como José Vicente no la había visto nunca. Llegado a ese punto, el hombre hace de tripas corazón y cede, será lo que ella quiera.
   Durante el tenso diálogo, José Vicente ha tenido una idea fija en mente, pero que no se ha atrevido a formular: por los corrillos del pueblo se ha rumoreado insistentemente que el hijo que espera Consuelo no es de su marido sino de Rafael Blanquer, ¿tendrá eso algo que ver con el interés de su mujer?, ¿Lola insiste porque el crío que va a tener Consuelo es del guaperas de Rafa?, ¿acaso de ese modo Lola le garantiza al crío un futuro?, ¿es posible que Lola le esté engañando con su exnovio?, ¿el hijo que está esperando Consuelo es del Modesto o…?, ¿y el crío que espera Lola es suyo o…? Las preguntas se arremolinan en su mente, preguntas que no tienen respuesta posible en el momento y que son como semillas que comienzan a germinar en el fecundo e infernal campo de los celos. Y aunque José Vicente solo es religioso al estilo de la mayoría de políticos de la España del nacionalcatolicismo; es decir, más de forma que de fondo, por primera vez desde hace muchos años, eleva en silencio una fervorosa jaculatoria: ¡Señor, que Lola no me sea infiel, y si lo es que no me entere, y si me entero que no me duela!

viernes, 23 de octubre de 2015

8.9. Buscando padrinos


    Nada más ver su gesto preocupado, Lola sabe que su marido tiene algún problema al que no le encuentra solución.
- A ver, José Vicente, ¿qué te preocupa? Igual puedo ayudarte.
- Ya me gustaría, Lola, que pudieses hacerlo, pero temo que mi preocupación no tiene fácil remedio. Se trata de la inundación que ha anegado los arrozales. Es una auténtica catástrofe.
- ¿No se ha podido salvar nada?
- Casi nada. Algunas gavillas que quedaron enganchadas en las ramas de árboles o que el mar ha devuelto, pero muy poca cosa. Es un desastre total. Y por si faltaba poco, muchos propietarios han tenido que pagar a las cuadrillas de segadores, que naturalmente no tienen ninguna culpa, con los últimos dineros que les quedaban en cuenta. Más de uno ha quedado completamente arruinado y, como no consigan algún préstamo, tendrán que vender sus fincas. Como te digo, una catástrofe.
- ¿Y en la cooperativa no podéis echarles una mano?
- No tenemos fondos para ello. Hay un seguro contra el granizo, pero nadie había previsto lo de la maldita gota fría.
   Durante semanas, los bous que pescan a la altura de Senillar han sacado en sus redes unos extraños peces: gavillas de arroz que, en muchos casos, ya empezaron a germinar. La riada, como se empeñan en llamarla en el pueblo, es el tema principal de conversación en todos los mentideros locales. En el café del Pipa, Arturo Rambla cuenta a los contertulios la odisea que tuvo que pasar la noche de la inundación un empleado de Hilaturas Gedosa, cuyo propietario es un empresario catalán que compró una gran finca de arroz en una de las partidas de la Marina. El patrón envió a uno de sus oficinistas de Barcelona a que vigilara la trilla porque temía que le sisaran en el pesaje. Al chupatintas, no se le ocurrió otra que, para ahorrarse las dietas, en vez de buscarse una pensión se quedaba a dormir en una caseta de campo que habían construido en la finca con materiales de fortuna.
-          … y el pobre hombre se pasó toda la noche subido a uno de los postes que formaban el armazón de la caseta, con el agua al cuello. Por la mañana cuando lo recogí estaba exhausto y no hacía más que repetir Mare de Déu, Mare de Déu, quina nit.
- Ese no se va a olvidar de la Marina.
- Ni del arroz. Jura que no volverá a probarlo ni en paella. Se pasó toda la noche, convencido de que había llegado su final, rezando y mirando la hora en su reloj de pulsera hasta que se agotaron las pilas de la linterna. Dice que no recuerda una noche más larga
- ¿Pues sabéis lo que me ha contado el Amadeo? Que todavía están sacando gavillas a la altura de Torrevieja. Imaginaos hasta donde llegó la riada.
- Si es que nadie en el pueblo recordaba una cosa como la ocurrida.
   Cuando el tema de la riada ya no da más de sí, Martín Esteller introduce un nuevo motivo de conversación:
- ¿Sabéis la última? Rafael, el chico de Antonio Blanquer ha cerrado su almacén de materiales de la construcción.
- Me gustaría saber cómo coño os arregláis los barberos para estar enterados de cuanto pasa.
- Lo del almacén se veía venir hace tiempo – afirma otro contertulio -. Ya dice el refrán que: hacienda, tu amo que te vea y, si no, que te venda. Y Rafael creo que solo aparecía por el almacén de Pascuas a Ramos.
- De todas maneras, independientemente de que a ese chico lo que le gusta es mojar, el negocio de la construcción ya no es lo que era. Desde que el boniato dejó de venderse a modo, la gente ya no gasta tan alegremente. ¿A qué ya no facturáis tantos vagones? – pregunta un contertulio dirigiéndose a Ballesta y Bonet, los dos ferroviarios de la partida.
- En efecto. La facturación cayó en picado. Ahora, aparte de los vagones de algarrobas y almendras, prácticamente no despachamos unidades – confirma Bonet.
- Pues, a pesar de todo, un almacén de materiales es un negocio que tiene que dejar pelas en cantidad.
- Seguro que sí, pero bien llevado, no dejándolo en manos de empleados que solo se preocupan por cobrar a fin de mes. Y si el empleado es un vaina como el Modesto, no te digo nada.
- Hablando del Modesto, ¿sabéis que lleva unos cuernos más grandes que un miura? – Más que una pregunta, el tono de Martín parece una afirmación.
- ¿Ahora te enteras? Eso dejó de ser noticia.
- Pero lo que igual no sabéis es a quién se tira ahora el pichabrava de Rafael Blanquer.
- Cuenta, coño.
- A la masovera que tienen en la finca del Fondo de Benialcaide. A una tal Genoveva.
- Pues la masovera está de toma pan y moja.
- El barbián no le da un palo al agua, pero hay que reconocer que para las mujeres tiene buen gusto.
- Espero que a ésta no la preñe como a la otra.
- Ah, pero ¿es que el crío que ha tenido Consuelo la de Modesto es suyo?
- Hombre, de esas cosas nunca puedes estar seguro al cien por cien, pero por lo que cuentan…
- ¿Y la mujer de Blanquer traga con tantos cuernos?
- Vete a saber. Unos dicen que no sabe nada. Otros, que pasa de todo. Y hasta se murmura que si duermen en camas separadas.
- ¡Cómo estarán el Braulio y la Águeda! Pensar que criaron a su hija como si fuera una reina y mira con quién la casaron. Mejor les habría valido como yerno el José Vicente.
- De todas formas, vaya sietemachos que está hecho el Rafa.
- Hasta que se tope con un marido que le parta la cara a hostias – vaticina uno con gesto de mala leche.
   Gotas frías e historias de cama aparte, en Senillar acaba de producirse un hecho que en otros lugares pasaría desapercibido, pero que para el pueblo, al menos para algunos vecinos, tiene su miga: se ha jubilado Leónidas Queralt, el viejo cartero del pueblo, y hay que cubrir su vacante. Es un puesto muy goloso, no porque el empleo de funcionario de correos tenga unos emolumentos considerables, más bien son escasos, sino porque es un trabajo de los de paga fija a fin de mes y en el que no hay que doblar el espinazo. Los aspirantes al mismo han de estar en posesión de los requisitos exigidos para optar a un puesto como el de la cartería: ser español, militante de FET y de la JONS, mayor de edad, carecer de antecedentes penales, no padecer enfermedad infecto-contagiosa, saber leer y escribir, ser informado favorablemente por la Guardia Civil y haber cumplido el servicio militar. Tendrán prioridad los mutilados de guerra, ex combatientes, ex cautivos, huérfanos de guerra y los que tengan algún familiar asesinado por los rojos. Más que el cumplimiento de dichos requisitos lo que realmente preocupa a los candidatos es buscarse padrinos. Cada aspirante intenta conseguir los mayores respaldos posibles, echando mano de familiares, amigos y conocidos. A las personas a las que se considera que puedan tener alguna clase de influencia les llegan, por los caminos más insospechados, peticiones de recomendación.
- Mosén Batiste, no sé si conoce a mi prima Loreto. Tiene un chico; bueno, ya es un hombre. Muy formal, religioso, serio..., buena persona. Quiere presentarse al puesto de cartero. Lo haría muy bien porque conoce a todo el mundo y es muy simpático. Venimos a pedirle el favor de si usted podría echarle una mano. Una recomendación suya sería muy importante.
- Hombre, Severino, ese asunto está muy lejos de mi ministerio. No sé qué puedo hacer.
- Somos sabedores de que no es usted quien ha de decir la última palabra, pero una indicación suya siempre será atendida.
- Bueno, no os prometo nada, pero haré lo que pueda. ¿Cómo se llama tu hijo?
- Sabino Planell, mosén Batiste. Y que Dios se lo pague.
   La mujer lo plantea con cierta dosis de dramatismo, como si en lo que demanda le fuera la vida:
- Vengo a pedirte un favor muy grande, Benjamín.
- Tú dirás, Magdalena.
- Se trata de mi Ismael. Ahora le ha dado en que quiere ser cartero. Dice que está cansado de trabajar en el campo y que prefiere otra clase de faena y como ha quedado vacante el puesto, pues que le gustaría probarlo a ver qué tal le va.
- Magdalena, explícale a tu hijo que no se puede aspirar a un puesto para probar a ver si le gusta o le deja de gustar. Que eso no es serio. Estamos hablando de un empleo del estado, no de una ocupación eventual de mala muerte.
- Su padre y yo se lo hemos dicho. Pero ya sabes cómo son los chicos de ahora. No se toman nada en serio.
- Ellos no, pero yo sí. Supongo que quieres que lo recomiende.
- Si no fuera pedir mucho...
- Lo siento mucho, Magdalena, pero no puedo. ¿Cómo voy a recomendar a una persona que ni siquiera está segura de sí quiere o no el puesto? Imagínate que lo respaldo, le dan el empleo y a los dos meses lo deja porque no le peta. Vaya papelón el mío.
- Verás. A lo mejor es que no he sabido explicarme. Lo de probar si le gusta no es del todo cierto. Lo que dice es que está harto del trabajo del campo y que sería preferible ser cartero que no darle a la azada.
- Haber empezado por ahí. De todas formas, envíame a Ismael y tendré una pequeña charla con él a ver qué es lo que realmente quiere.
   Los progenitores visitan al patriarca acompañando al aspirante a cartero. Tras dialogar con el joven, Benjamín no se queda muy convencido de la apetencia del aspirante ni de sus luces pero, como la familia es lo primero, promete recomendar a su sobrino Ismael.