martes, 20 de octubre de 2015

8.8. Un ménage à trois


    La gota fría también ha llegado para Lola en forma de noticia: Rafael y Pepita han tenido un hijo. Resguardada tras los visillos de la puerta de casa ve pasar el cortejo del bautizo. Maruja es la madrina de su nieto y va toda orgullosa, parece que en vez de portar al crío llevase el Santo Grial. Se fija en la nueva mamá, está algo desmejorada, pero ha tenido suerte, no debe de haber engordado ni un gramo; también ella rebosa satisfacción. El padre de la criatura va detrás de los padrinos, con las manos en los bolsillos, y charlando despreocupadamente con un amigo. Cuando al cabo de un rato vuelve a pasar el cortejo de vuelta de la iglesia solo puede ver al padrino, el tío Braulio, que lanza puñados de monedas de cinco y diez céntimos mezcladas con caramelos y peladillas a la chiquillería que se arremolina a su paso.
   Fina, que acaba de llegar, saca a Lola de su contemplación.
- Esa tripita comienza a marcar curva, eh. ¿Ya te da pataditas?
- Hace mucho. La otra noche mira si se movía que me despertó. Desperté a José Vicente para que lo comprobara.
- ¿Y no se enfadó?
- ¡Mujer! ¿Por qué iba a enfadarse? También es hijo suyo. Si está más chiflado con el crío que yo. No puedes imaginarte el mimo con el que apoyó su cabeza en mi vientre para oírlo.
- ¡Que suerte tienes! Tu marido es un santo. Si en alguno de mis embarazos hubiera despertado a mi Herminio a media noche para que escuchara las pataditas del crío, a la que le da la patada es a mí. ¿Y qué prefiere, niño o niña?
- Dice que lo que venga bienvenido será, pero ya sabes, los hombres, si por ellos fuera, se pedirían niño, sobre todo el primero. Está eso de perpetuar el apellido y todas esas historias. ¿Y te digo otra cosa? Si tenía alguna duda de cuanto me quiere José Vicente, se me disiparon hace unos días. Estábamos comentando asuntos del Ayuntamiento, cuando me referí, porque venía a cuento, a Rafa. No veas cómo se puso. Le cogió un ataque de cuernos que me dejó con la boca abierta. Nunca pude imaginarme que se pondría tan celoso.
- ¡No le habrás dado motivos!
- ¡Por Dios, Fina, qué cosas dices! Pues sí que estoy yo como para andar de picos pardos. Ni le he dado motivos ni se los daré nunca. Ya te digo que si cité a Rafa fue porque estábamos hablando del señor Benjamín y salió su nombre a relucir. Vaya mosqueo que se pilló.
- Ten cuidado que los celos son malos compañeros y llegan a cambiar el carácter de las personas. ¿Te acuerdas, cuando la guerra, de lo borde que te pusiste conmigo porque no te conté el lío de aquella refugiada madrileña con Rafael? Estuviste un montón de tiempo sin dirigirme la palabra, creí que no volveríamos a ser amigas. Mira de lo que son capaces los celos.
- Ya lo sé, ya. Bastante mal que lo pasé y bien que me arrepentí de haberme portado contigo como lo hice. Al fin y al cabo tú no tenías la culpa. Alguna vez he recordado aquel episodio y me he preguntado qué se habrá hecho de aquella pobre chica.
- A mí también me picaba la curiosidad. Recién llegado al pueblo, me crucé con Toni Caselles y le pregunté por Almudena. Ya sabes que se murmuraba que Toni tuvo que ver con ella. Me dijo que no había vuelto a saber nada desde que los nacionales liberaron el pueblo.
- Esas son viejas historias que mejor es no removerlas.
- No sé si te alegrarás tanto de lo que te voy a contar, pero creo que es mejor que lo sepas por mí para que no vuelva a pasar lo de aquella vez con la evacuada. ¿A qué no puedes imaginarte quién es la última conquista del siete machos de Rafa?
- Conociéndole seguro que, sea quien sea, no me va a sorprender nada.
- Creo que esta vez sí. Ni en un millón de años podrías suponer con quién le está poniendo los cuernos a su mujer..., con nuestra amiga Consuelo.
- ¿Con Consuelo?, ¡no es posible!
- Ves como sabía que te ibas a quedar de piedra. Pues sí, con Consuelito.
- No sé si creerlo. Igual son chismes de cotillas que no tienen nada más que hacer que darle a la sin hueso.
- Mujer, ya sabes que en estos casos nadie asegura que los ha visto encamados, pero lo que sí parece cierto es que han visto a Rafa entrar y salir de casa Consuelo cuando su marido no está. Conociendo lo catacaldos que es Rafa desde luego no va a pasar el rosario.
- Lo que es la vida. De todas vosotras, Consuelo fue la única que demostró envidia cuando salía con Rafa. Precisamente fue ella la que me contó lo que antes referíamos de la madrileña. Y ahora, al cabo de tantos años, resulta que también ha pasado por el aro ¡Qué poca vergüenza tiene, una mujer casada! Y el manta de su marido sin enterarse.
- Eso es lo mejor de la historia. Dicen que Modesto es consentidor.
- Pero bueno, ¿adónde vamos a llegar, a qué el marido consienta?
- El asunto no acaba ahí. Hay más. Como dice mi Herminio esto es para mear y no echar gota. Dicen las malas lenguas que es un, un..., a veces te he oído emplear una expresión francesa que creo que es la que viene al pelo en estos casos.
- ¿Un ménage à trois?
- Pues eso, esta es una historia de ménage. Parece que todos consienten porque todos salen ganando.
   La historia ha excitado la curiosidad de Lola.
- A ver, explícate, ¿quiénes son todos?
- Pues todos, las dos parejas, Rafael y Pepita y Consuelo y Modesto.
- ¿Pero Pepita también está liada con Modesto? Eso sí que no lo creo de ninguna manera.
- No, no está liada con ese vago. Lo que parece es que, según cuentan, en ese apaño del Rafa con Consuelo todos ganan, incluso los que llevan los cuernos.
- Ya me dirás cómo se guisa eso, porque de todo lo que me llevas contado es lo más sorprendente, que los cornudos también estén contentos.
- Tampoco será la primera vez. Mi padre nos contaba que cuando estuvo sirviendo al Rey en África había un sargento que decía que los cuernos son como los dientes, que al nacer duelen, pero que luego, según quien te los ha puesto, ayudan a comer.
- Cómo no te expliques mejor sigo en ayunas.
- Es que no es fácil. Verás, según parece Rafael ya le tenía echado el ojo a Consuelo, entonces para ganarse al holgazán del Modesto y saber cuándo tiene el patio libre de moros, le ofreció trabajo en su almacén de materiales. De esa forma, todos ganaban, Consuelo conseguía que su marido hiciese algo de provecho, Modesto encontraba quien le diese un sueldo y Rafa tenía al pajarito contento.
- Si fuera tal como lo cuentas sería en verdad un ménage à trois, pero sigo sin explicarme qué diablos pinta Pepita en ese vodevil.
- Esa parte es la enrevesada, y parece que la menos clara, de esta historia. Hay quien asegura que las relaciones de cama de Rafael y su mujer nunca han sido gran cosa y más aún después de tener el crío. Como ahora Rafa tiene la colita satisfecha pues no reclama sus derechos maritales o los exige mucho menos.
- ¿Quieres decir qué Pepita sabe que su marido la engaña?
- Casi seguro. El día que fui con mi suegra a conocer al niño, ya sabes que son parientes, me quedé a solas con Pepita mientras Águeda le enseñaba a mi suegra todos los regalos que le habían hecho al crío. Hablamos de los partos y de todo lo que viene después y cuando le comenté que tenía que pasar la cuarentena para volver a estar con su marido, ¿sabes qué me contestó? Que la cuarentena o la centena si hacía falta, que a Rafael no lo iba a echar de menos. Fíjate, y nosotras qué creíamos que era poco menos que tontita. Bueno, pues de eso nada, me parece que es tan ladina como su madre.
- Es que se me hacen los ojos chiribitas. ¿Pues sabes qué? Tenías razón, la historia que acabas de contarme es increíble. Aquí, el que no corre, vuela.
- Si ya lo dice mosén Batiste: este pueblo es como Sodoma y Garrama.
- Gomorra, Fina, Gomorra.

viernes, 16 de octubre de 2015

8.7. La gota fría destruye muchas ilusiones



   Ha llegado el momento de la siega del arroz. Julio Bosch está pendiente de que no le falte nada a la cuadrilla de segadores, al tiempo que su hijo Julito hace de aguador. El chaval chapotea en el limo del arrozal, mientras va detrás de la cuadrilla, llevando el botijo del que los segadores echan sus buenos tragos, aunque alguno prefiere reservarse para darle un tiento a su bota de vino. Aunque es final de septiembre, el sol sigue apretando y el trabajo de la siega no es precisamente leve, hay que doblar bien la espalda y meter los riñones para segar el arroz con la hoz e ir depositándolo en los montones que cada segador deja tras sí hasta que forma una gavilla. Los hombres, unos maduros y otros jovencitos casi imberbes, van descalzos y los pies se hunden ligeramente en el suelo fangoso del arrozal. Muchos van cubiertos con sombreros de paja para resguardarse la cabeza, son más de diez horas diarias bajo el sol y nadie está exento de coger una insolación, ni siquiera los atezados segadores.
- ¡Chico, el botijo! – grita un cuadrillero.
   Allá va corriendo el chaval. Su padre le mira y piensa: en un par de años ya estará listo para segar, me ahorraré un jornal. Y ojalá inventen pronto una máquina segadora como las del trigo, se dice.
- ¡Agua! – pide un segador.
   Allá va Julito sin darse demasiada prisa. Su padre vuelve a echarle otro vistazo. Le gustaría que el chico fuese más rápido y fuerte pero, bueno, es lo que es.
- ¡A ver, Argimiro, que te estás atrasando! – grita el cabeza de cuadrilla.
   Bosch y su mujer están echando cuentas de lo que van a sacar del cosechón de arroz que se está secando en los campos. Y también en qué van a invertir el dinero que obtengan.
- Entonces, ¿lo del cupo no hay forma de camuflarlo?
- Qué cosas preguntas, mujer. Cómo si en la cooperativa no tuvieran el cálculo aproximado de cuantos kilos por hectárea dará esta campaña.
- Pero no lo pueden saber con exactitud.
- Naturalmente, y ahí es donde podemos escamotear un buen montón de kilos para venderlo de estraperlo.
- Bueno, ¿y ya tienes claro qué hacer con el dinero?
- Primero pagar las deudas. Por fin quedaremos a cero. Para ser exacto, solo faltará por saldar una pequeña cantidad con el Instituto Nacional de Colonización, el plazo que vence el año que viene, pero es poca cosa. Y si sobra algo podemos plantearnos hacer obras en la casa.
- Bastante le recé a la Purísima para que llegara este día.
- Pues lo que es yo, la de noches que he pasado pensando en qué haríamos si las cosas salían mal. A Dios gracias, podemos olvidarnos de esas preocupaciones.       
   El fuerte calor del final de septiembre ha calentado el agua del Mediterráneo casi un par de grados por encima de la temperatura habitual en esas fechas, el resultado es que la evaporación también se incrementa y la aparición de densos cúmulos se convierte en un fenómeno habitual la mayoría de las tardes. Las tormentas son aparatosas, pero generalmente inocuas, caprichosos relámpagos, retumbantes truenos, algún chaparrón, pero poco más. Lo peligroso podría ser una granizada, pero ese meteoro es poco frecuente en la zona y además existe un seguro contra el pedrisco. El único problema que han generado los dos o tres chubascos que han caído es que han retardado algo el secado de las gavillas que todavía están los campos, por lo demás todo marcha según lo previsto. Bosch ha sacado del banco el remanente de dinero que le quedaba en cuenta para pagar a la cuadrilla de segadores y ha apalabrado con el dueño de la trilladora que le pagará la trilla cuando cobre de la cooperativa arrocera.
   La noche del veintiocho al veintinueve de septiembre los cumulonimbos han ido creciendo espectacularmente en la comarca y desde el anochecer parecen darse cita en la llanura senillense. Antes de que se haga noche cerrada comienza a llover, al principio da la impresión de que es el clásico aguacero, corto pero intenso, propio de las tormentas septembrinas, pero a medida que trascurren las primeras horas de oscuridad la lluvia arrecia por doquier. Llega un momento en que la tierra, empapada, se niega a recibir más líquido y todas las vaguadas se transforman en impetuosos torrentes que vierten mares de agua en la llanura. Poco después de la medianoche, comienzan a inundarse las casas del pueblo que están ubicadas en las zonas más bajas y las calles y caminos se convierten en cauces que encaminan el agua hacia las cotas más bajas del término municipal: los campos al este de la vía férrea, la marjalería y el humedal de la Marina, precisamente donde están los arrozales.
   Bosch ha estado colocando cubos y palanganas para recoger el agua de algunas goteras que han aparecido en el tejado de la casa. Mira a través de la ventana la manta de lluvia que cae y con deje preocupado comenta a su esposa:
- Solo faltaba esta maldita lluvia. Las gavillas, que ya estaban secas, quedarán otra vez empapadas y tendremos que retrasar la trilla.
- Mientras sea solo un retraso – musita la mujer un tanto inquieta.
- No te preocupes – la tranquiliza Julio -, con el agua que cae no hay peligro de pedrisco que es lo único que podría hacer daño.
   La conversación queda interrumpida con la llegada de uno de sus cuñados que viene a avisarles que en su casa hay más de un metro de agua y que necesita ayuda. Bosch se pone las botas de goma, coge una pala y se va rápido a echar una mano. Encuentra a la familia del cuñado tratando de poner fuera del alcance del agua los muebles, enseres y objetos que flotan por las habitaciones y que terminan engullidos por el remolino que se forma en la puerta trasera que está en la cota más baja de la casa. Antes de que aparezcan las primeras luces del alba deja de llover. Cuando comienza a clarear, tanto Bosch como su cuñado y los vecinos que han venido a echarles una mano se percatan del desastre que ha causado la inundación: el agua ha ido saliendo poco a poco, pero la casa está llena de lodo, los muebles y enseres que se han salvado están embarrados y parece como si por allí hubiese pasado un torrente. De alguna manera, así ha sido. Un conocido les dice que la inundación ha llegado hasta el mar y que se ha llevado varios tramos del terraplén del ferrocarril. Cuando Bosch lo oye el corazón le da un vuelco. Se despide apresuradamente:
- Me voy a ver cómo está el arrozal. Tengo un mal presentimiento.
- No vayas solo – le dice su mujer -, que te acompañe Julito.
   Padre e hijo cogen la bicicleta y se dirigen al coto arrocero. En el camino de la marjalería, antes de llegar a la vía férrea, se cruzan con un convecino que, con tono desabrido y gesto de jódete, les dice:
- No queda ni una gavilla. Han parado todas al mar.
   El pobre Julio se queda lívido y no es capaz de decir nada. Al llegar al paso a nivel del ferrocarril, Bosch contempla con dolorido asombro que a la altura del Torreón hay más de un centenar de metros de tendido ferroviario donde la riada se ha llevado el terraplén y los raíles han quedado colgando en el vacío. Poco después es otro vecino, que también tiene un campo de arroz, el que con gesto y voz compungida solo es capaz de decirles:
- Disgusto, disgusto… - y cabizbajo y entristecido no añade más.
   Tienen que dejar las bicicletas porque es tanto el espesor del lodo que las ruedas se hunden y no hay forma humana de desatascarlas. Al llegar al motor del arroz, encuentran al motorista sacando objetos llenos de fango de la caseta del motor. Interrumpe el trabajo y se dirige a Bosch:
- Lo siento de todo corazón, Julio, pero no queda una puñetera gavilla en toda la Marina. La riada ha arramblado con todo lo que ha encontrado por delante y toda la cosecha debe de estar en el fondo del mar. Me jode un montón ser yo quien te dé la noticia, de verdad, pero ya lo verás con tus propios ojos
   Bosch se tambalea y la sangre parece que haya abandonado su rostro. Padre e hijo chapotean en medio del cenagal en que se han convertido los caminos de la zona hasta que llegan a la finca. En silencio miran lo que era un espléndido campo motejado cada varios pasos por las gavillas de arroz puestas a secar, no queda nada. El campo, que el día anterior estaba seco, ahora es una lámina de agua que oculta hasta los caballones que sirven de márgenes entre parcela y parcela. Ni rastro de arroz ni de nada, solo una laguna de agua sucia que se confunde con la del mar porque éste ha perdido su tono azulado y presenta un desagradable color terroso. Por encima de la lámina de agua de la Marina solo sobresalen los plumeros de los carrizos, toda la demás vegetación está anegada. La riada, así la llamarán siempre los senillenses aunque por allí no haya ningún río, se lo ha llevado todo por delante. Julio se echa las manos a la cara y no puede evitar un sollozo. Unos lagrimones gordos como garbanzos se le escurren por las mejillas. Su hijo le mira entre el asombro y la tristeza, es la primera vez que ve llorar a su padre. Por el momento, a los Bosch les ha cambiado la vida. La bonanza económica que vislumbraban se ha desvanecido como si de un espejismo se hubiese tratado.
   Días después, cuando Gimeno le cuenta a su mujer el desastre económico que ha supuesto la riada para los arroceros locales, Lola condensa en una frase la mayor consecuencia del fenómeno climático:
- La maldita gota fría ha destruido muchas ilusiones.

martes, 13 de octubre de 2015

8.6. Lola hila fino aconsejando



   Benjamín Arbós le ha pedido a Gimeno que nombre juez municipal al marido de su sobrina Pepita y que no es otro que Rafael Blanquer. Cuando José Vicente le dice que no se le ocurre como justificar el cambio para que Lapuerta, el actual juez, no se moleste, el viejo cacique le dice que ya se le ocurrirá algo a Lola. La alusión que ha hecho sobre su mujer le irrita profundamente, pero se contiene y decide no darse por enterado.
- Lo que me pide no solo depende mí, tiene que proponerlo el alcalde, en Valencia han de aceptar la propuesta y…
- Vamos, vamos, José Vicente. Los dos sabemos cómo se manejan estas cosas y lo sugestionable que es el alcalde a tus demandas.
- No le prometo nada, pero haré cuanto esté en mi mano.
   Tras marcharse Benjamín, Gimeno da rienda suelta a su enfado, le da una patada a una de las sillas del despacho que termina por arruinarla. ¿Cómo se atreve el viejo chivo a meter a su mujer en sus tejemanejes?, se pregunta. No debería ni citarla. ¿Hasta dónde vamos a llegar si mezclamos la vida familiar con la política? Hay límites que nunca deberían de traspasarse. Al cabreo le sucede una fase de reflexión. ¿Cómo es posible que Arbós sepa que Lola le aconseja en asuntos políticos? Estaba convencido de que eso era algo que quedaba en el más estricto seno familiar. Lo que más le inquieta es cómo llegan a saberse esas intimidades. Él no lo ha comentado con nadie. Lo que quiere decir que ha tenido que ser Lola quién se ha ido de la lengua. Jamás lo hubiese supuesto. Una de las cualidades que más valora en su mujer es la discreción. No acaba de creerse que sea ella quién haya ido por ahí contando lo que habla el matrimonio.
- ¿A qué no puedes imaginarte lo que me pidió esta mañana Benjamín?
- Cualquier cosa. Del patriarca puede esperarse todo.
   José Vicente cuenta a su esposa las dos peticiones de Arbós, pero no se atreve a decirle lo que de verdad le ha dejado preocupado: su posible indiscreción.
- Con lo de las guías me andaría con mucho cuidado, marido. Si dices que podría ser algo ilegal yo le daría esquinazo. Ni siquiera llegaría a comentarle nada a ese amigo tuyo de la Comisaría. Le cuentas a Benjamín que pediste el favor, pero que te ha sido imposible conseguirlo.
- Eso mismo pensaba decirle. No estoy dispuesto a que me involucre en los turbios negocios de Gonzalo. Y en cuanto a lo de nombrar juez al cantamañanas de Blanquer también voy a decirle que no es posible.
- Ahí me andaría con pies de plomo. Te ha pedido dos favores. Opino que ambos no deberías negárselos. O le haces uno o el otro. Tienes que pagarle lo que hizo por ti en el asunto de tu aumento de sueldo.
- ¿Tienes mucho interés en que nombre juez a tu exnovio? – José Vicente no ha podido contenerse, un ramalazo de celos le ha sacudido de arriba abajo.
- No digas tonterías. Podría devolverte la moneda diciendo que por qué no quieres que tu exnovia sea la señora jueza, pero ese no es el caso. No tengo ningún interés, en absoluto. Quién me preocupa eres tú y nadie más. De eso puedes estar tan seguro como que luce el sol. Pero insisto, sería conveniente que le hicieras a Benjamín uno de los dos favores, salvo que hubiera barreras insalvables. Me has dicho que lo de las guías puede resultar peligroso, por tanto solo te queda el otro, independientemente de que el beneficiario sea Blanquer – el apellido le suena raro en sus labios, que recuerde es la primera vez en su vida que llama así a Rafa – o cualquier otro.
- ¿Has pensado por un momento cómo quedaré ante Lapuerta?, ¿qué va a pensar de mí?, ¿qué soy un chiquilicuatre al que cualquiera le da órdenes? Para más inri, te recuerdo que, en su momento, el nombramiento del médico lo calificaste como un gran acierto.
- Todo eso lo sé, José Vicente, y tienes buena parte de razón. Don Manuel – Es curioso el tratamiento que la pareja da al médico: ella le trata siempre de usted, en cambio él le tutea – no se merece el cese. No ha hecho nada para ello y es una gran persona. Yo siempre le he tenido una especial simpatía. Recuerdo que cuando don Domingo nos daba clase, él se pasaba a menudo por la escuela y a veces le ayudaba y nos tomaba las lecciones o nos explicaba algo que no habíamos entendido. Como habla inglés sabe muchas cosas. Y ya no solo es simpatía, es nuestro médico, va a ser quien me asista cuando nazca nuestro hijo. Por lo tanto, tengo tanto o más interés que tú en no hacer nada que pueda molestarle. Lo que pasa es que tiene la mala fortuna de ocupar un puesto que quiere Arbós para uno de sus paniaguados, sea el marido de su sobrina o Perico de los Palotes, eso es irrelevante. A don Manuel no le debes ningún favor y a Benjamín sí. Esa es la pequeña diferencia.
- A Manolo le debo el favor de que aceptara ser juez.
- De acuerdo, pero tendrás que valorar a qué favor concedes más peso, si al que te hizo don Manuel o al que te ha hecho Benjamín. Tú mismo... Y se me ocurre otra solución, si tanto interés tienes en que Lapuerta siga siendo juez, lo que podrías hacer es cesar a Diego o a Cristóbal en el Ayuntamiento y en su puesto nombrar a Blanquer. Si a lo que aspira Pepita es a figurar, igual lo hará siendo la esposa de un concejal.
   Esta conversación la tiene el matrimonio mientras el verano está en sus postrimerías. En los campos la mayor parte de las cosechas se han recogido, el coto arrocero es una excepción. Los arrozales parecen un mar de ondeantes y doradas espigas que se curvan por el peso del grano. La cosecha promete ser espléndida. Julio Bosch, uno de los arroceros fuertes del pueblo, está más que satisfecho, cuando esta temporada finalice, entre lo que sacará del cupo vendido a precio oficial y lo que obtenga de lo que va a estraperlear, dejará atrás los números rojos e iniciará la cuenta de beneficios. En poco más de una semana, la cuadrilla que va a contratar segará el arroz y campaña terminada. Precisamente el coste de la cuadrilla es lo que está ajustando con Manèl el Rapitenc, que es el cabeza de los segadores.
- Podemos ajustar la siega como quiera: a jornal diario, por horas o a destajo.
- Tengo que pagarla de todas formas. Y a vosotros os interesará más a destajo, ¿no?
- Hombre, claro que nos interesa más. Y si bien lo piensa, a usted también, cuanto antes esté segado, antes lo podrá trillar. En San Carlos de la Rápita decimos que el arroz no está asegurado hasta que no lo tengas en el saco y bien atado.
- Pues a destajo ¿Cuándo empezaréis?
- Iré a echar un vistazo a ver cómo está de granado, pero a bote pronto calculo que podremos comenzar hacia el dieciocho o diecinueve.
   Aquella tarde, Bosch le explica a su cuñada Sagrario, que se ha pasado por casa, el proceso de la siega:
- … y los hombres siegan el arroz que dejan en montoncitos para luego formar gavillas…
- ¿Y con qué atan las gavillas? – le interrumpe Sagrario.
- Hacen una especie de soga con dos matas de arroz y la utilizan para atar la gavilla. Detrás de los segadores un hombre va cortando la parte inferior de la gavilla. Esa paja la extienden en el suelo y encima ponen la gavilla para aislarla de la superficie y así el arroz se seca mejor. Y luego, durante los días que las gavillas están en los campos, les damos la vuelta una o dos veces para que se oreen igual por todas partes.
- ¿Y cuánto tiempo cuesta secarlas?
- No hay un período concreto. Unos cuantos días, hasta que estén lo suficientemente secas para llevarlas a la trilladora. Y luego hay que volver a secar el grano en las eras.
- ¿Y por qué hay que secarlo tantas veces? Eso no pasa con el trigo.
- Mujer, es distinto. Ten en cuenta que el trigo es un cultivo de secano, pero el arroz está encharcado en agua desde que se planta hasta que se siega. La cantidad de líquido que acumula lógicamente es grande y hay que conseguir que pierda una buena parte.