viernes, 18 de septiembre de 2015

7.12. Consejos vendo que para mí no tengo



   Alfonso y Beatriz ven abandonar el baile a Carlitos y Amparín tiernamente cogidos del talle.
- Eres un tunante, te lo has metido en el bolsillo – dice Beatriz con una sonrisa burlona en su boca -, pero… no recuerdo haberte dicho que a Carlitos le gustaran las motos.
- Y no lo has hecho, aunque sería el primer adolescente al que no le gustasen. En verdad, ha sido un tiro a ciegas, pero con muchas probabilidades a priori de acertar – asegura un sonriente Alfonso.
- ¡Huy, que peligroso eres! No sabes tú nada. ¿En manos de quien he ido a parar? – se interroga, humorísticamente, la joven.
- Es fácil de saber, estás ante un hombre que intenta por todos los medios impresionarte. Es como si hubiese comenzado a correr una contrarreloj. Tengo hasta Reyes para ganarla y el tiempo apremia. Por eso he de emplear cualquier ardid que se me ocurra.
- ¿Y cuál es el premio de la carrera? – pregunta Beatriz con aparente indiferencia, aunque el ligero temblor de la voz le delata.
- ¿Lo preguntas en serio? Creía que era evidente. El premio eres tú, eres el primer premio y… el 
único que me importa.
   La contundencia de la afirmación ha pillado desprevenida a la joven. No es capaz de responder, pero un silencioso torrente de encontrados sentimientos parece escaparse por todos los poros de su piel.
   Van a dar las cinco. La fiesta del baile de los estudiantes empieza a decaer. Algunas parejas ya se han ido, otras se lo están pensando. Pepín, Miguel y sus respectivas damiselas están discutiendo si se van o se quedan un ratito más.
- Creo que ya va siendo hora de recogernos. Esto está dando las boqueadas – opina Pepín.
- ¿Qué te parece, Julita, nos vamos o continuamos? – pregunta Miguel.
- Lo que tú quieras – contesta mansamente la muchacha.
- Bueno, Julita y yo nos vamos a ir – Miguel ya se decidió - ¿Vosotros os quedáis?
- No nos vamos a quedar aquí solos – es la respuesta de Pepín.
   Ambas parejas salen y se adentran en la oscura y fría noche hasta que en la plaza de la Iglesia se dicen adiós pues las muchachas viven en extremos opuestos del pueblo. Ante la casa de los Traverso, Pepín se despide de Maricarmen dándole un cariñoso cachete. No se atreve a ir más allá. Es la muchacha quien, sorprendiéndole, le da un fugaz beso en la mejilla. Antes de que desaparezca tras la puerta, Pepín pregunta:
- ¿Mañana saldrás a pasear al Rabal? ¿Sí? Te estaré esperando.
   La otra pareja está despidiéndose ante el domicilio de Julita.
- Me lo he pasado muy bien, Miguel. Nunca olvidaré esta noche. Creo que ha sido la más bonita de mi vida.
- Me alegra que te hayas divertido. Y perdóname si en algún momento te he desatendido, pero es que con lo de la pelea he pasado un mal rato.
- No te preocupes, lo entiendo. Y no tengo que perdonarte nada. Has estado en todo momento fantástico, y has hecho muy bien no dejándote amilanar por ese fantoche de Castaño. Y Maribel tendría que haberse comportado de otra manera y más siendo la reina, y que conste que me cae muy bien, pero esta noche no ha estado a la altura.
- Eres más buena que el pan – comenta, sonriendo, Miguel, evidentemente halagado por los elogios de la muchacha -. Otra en tu lugar me hubiese puesto a caldo por descortés y egoísta.
- Muy tonta tiene que ser la chica que piense eso de ti. Ni eres descortés ni egoísta ni nada parecido. A mí… – se apresura a matizar – y a otras muchas personas nos parece que eres uno de los chicos más… - No encuentra el calificativo adecuado -, más estupendo del pueblo.
- Gracias, Julita, pero no es para tanto. Lo que pasa es que tienes un corazón de oro. ¿Puedo darte 
beso de despedida?
    A la mayoría de asistentes al baile la fatiga empieza a pasarles factura. A Carmen Ribes, que ha vuelto a quedarse sola, se le han hinchado ligeramente los pies y comienza a sentirse extenuada. En la pista van quedando pocas parejas. Carmen no puede menos que sonreír sarcásticamente al fijarse en una de ellas: Almiñana y la Barquerita. Bailan tan ceñidos que parecen formar un solo cuerpo. Él le mordisquea el cuello mientras musita algo a su oído. La muchacha tiene los ojos cerrados y la respiración entrecortada. Ahí va, se dice Carmen, ese cerdo en plena caza. Y parece que ha encontrado pieza que abatir. Que no te pase nada, paloma. En un apartado rincón, Beatriz y Alfonso continúan absortos su conversación, como si el resto del mundo se hubiese desvanecido. Carmen les mira con envidia. Mira por donde, piensa, el baile de este año puede servir para algo: quizá Bea haya encontrado al hombre de su vida. También puede terminar siendo la aventura de una sola noche. ¡Ojalá no sea así! Bea se merece lo mejor. Solo quedan unos cuantos, aunque cada vez con menos fuelle. El cansancio hace mella, pero los irreductibles no se dan por vencidos. Hasta que el director de la orquesta dice basta.
- Damas y caballeros, esta es la última pieza. El año que viene, más.
   El baile de los estudiantes donde tantas historias pasaron ya es historia, ha transcurrido algo más de un año. Es un ventoso y claro día de finales de enero. Los pasajeros con destino a Valencia esperan el coche de línea. Una de ellos es Amparín Vives, tiene que hacer unas gestiones en la Delegación de Hacienda. A pesar de las tensas relaciones que mantiene con su padre, que sigue presionándola para que corte su relación con Carlitos Villangómez, continúa ayudándole a llevar la administración de los negocios familiares. Realmente es la única de la familia que está preparada para hacerlo. Le hubiese gustado estudiar, y hasta hacer una carrera universitaria, pero su padre es de los que opinan que lo único que ha de saber una mujer es como llevar una casa. Por eso solo quiso que estudiase su hermano Paquito, que no fue capaz de terminar ni el bachillerato elemental. Ella se tuvo que conformar con hacer un curso de contabilidad por correspondencia, los números siempre se le dieron bien. Su padre es un lince para los negocios, pero no tiene formación para enfrentarse a la cada vez más complicada gestión administrativa de sus empresas. Y su hermano, que debería ser el natural heredero de los negocios familiares, ni está preparado, ni tiene interés alguno, solamente le atraen las mujeres, los toros y la caza. Una voz familiar la saca de su ensimismamiento, es Lola Sales.
- Buenos días, Amparín. ¿También a Valencia?
- Buenos días, Lola. Sí, voy a ver si resuelvo unos asuntos del almacén.
   A pesar de que el padre de la jovencita y el marido de Lola son enemigos políticos, ambas mujeres, pese a la diferencia generacional, han terminado profesándose un sincero afecto. Hay algo que las une: la estrecha relación que ambas tienen con la familia Villangómez. Carlitos es el novio de Amparín y Beatriz es una rendida admiradora de la personalidad y carácter de Lola.
- Si vuelves a mediodía, ¿quieres que te guarde sitio en el coche? - se ofrece Amparín.
- No, gracias. Dudo que haya terminado a mediodía. Tengo que ver varios talleres de confección y, entre unas y otras cosas, no creo que termine hasta bien entrada la tarde. Tendré que coger el último autobús.
- Se me olvidaba, Lola. ¿Sabes que Bea va a pedir la excedencia? – le informa Amparín -. Ahora que sus padres están destinados en Puzol se irá a vivir con ellos y podrá terminar la carrera en Valencia.
- Me alegro por ella y por Alfonso. Así podrán verse todos los fines de semana – comenta Lola.
- Creo que van a ser más que los fines de semana. Dentro de unos días le entregan a Alfonso un Renault cuatro-cuatro que tenía pedido y seguro que irá a verla la mitad de los días.
- Es una estupenda noticia y ambos se lo merecen. Forman una de las parejas más enamoradas que he visto en mi vida. Cuando les veo juntos te prometo que me dan envidia. Y hablando de enamorados, ¿qué me cuentas de Carlitos?, ¿sigue tan colado por ti?
- A Dios gracias, sí. No sé si sabes que en las vacaciones de Navidad estuvo aquí, pero tenemos que vernos de tapadillo, mi señor padre sigue empeñado en que Carlos no es un buen partido – se lamenta Amparín.
- Permíteme darte un consejo – se ofrece Lola -. No te enfrentes con tu padre cuando salga a relucir el tema de Carlitos, evita disgustos innecesarios, pero si estás tan enamorada de él como lo está él de ti, no renuncies a ese amor por nada del mundo. Aguanta el tirón y cuando seas mayor de edad le dices a tu señor padre que verdes las han segado y la que decide quien ha de ser el hombre de su vida eres tú. Esa pelea al final la vas a ganar, pero mientras tanto habrás de tener mucha paciencia y ponerle al mal tiempo buena cara. Por cierto, le dije a Bea que te aconsejara en ese sentido. No sé si lo hizo.
- Gracias de corazón, Lola. Es lo que estoy haciendo por consejo de Beatriz. Ahora comprendo porque mi futura cuñada te admira tanto. Tus consejos son tan agudos como sensatos. Eres maravillosa.
- No lo creas. Algunas veces pienso que se me podría aplicar el dicho aquel de que consejos vendo que para mí no tengo – asegura Lola con un cierto regusto amargo en su tono.

martes, 15 de septiembre de 2015

7.11. En las distancias cortas mejoro


 
   El diálogo entre Alfonso y Beatriz comienza a adentrarse en terrenos que lindan con lo personal, aunque enmascarado por la cortesía y una cierta cautela, más por parte del veterinario que de la joven maestra. Esa cierta caución empieza a abandonarla Alfonso cuando, como al desgaire, pregunta:
- ¿Acaso Carmen y tú estáis comprometidas y guardáis ausencia?
   Pese al plural de la frase, teóricamente referida a ambas amigas, a Beatriz no se le oculta que la pregunta no tiene otra destinataria que ella, por lo que piensa: vaya forma tan sesgada de preguntarme si tengo novio. Sin embargo su respuesta es tajante:
- No hay ninguna ausencia que guardar – y, para paliar una cierta brusquedad en su respuesta, añade -. Observa a tu alrededor. Como verás, la mayor parte de los asistentes son muy jóvenes, casi unos adolescentes. Y tanto Carmen como yo dejamos de usar calcetines cortos hace mucho.
- Cualquiera que te oyese hablar deduciría que eres una vieja y nada más alejado de la realidad, más bien estás empezando una juventud que se adivina espléndida.
- ¿Cuántos años me echas? – coquetea Beatriz.
- Entre veinte y veintidós, pero ni uno más. Vamos, todo un pimpollo.
- No sé si hablas en serio o eres un guasón redomado.
- Mírame a los ojos – pide el hombre – y dime si ves en ellos algún asomo de guasa.
- Lo siento, no soy experta en analizar miradas. Me tendré que fiar de lo que dices.
- Palabra de honor que solo miento lo preciso y hasta el momento no he sentido ninguna necesidad de hacerlo. Te puedes fiar de mí – asegura Alfonso poniéndose serio -. ¿Te apetece tomar algo?
- No, gracias, prefiero charlar. Aquí no es fácil encontrar un hombre con quien mantener una conversación en que lo más excitante que puede contarte son las novatadas que le hicieron en la mili.
- No creas que soy tan distinto, Beatriz, a mí también me encanta contar batallitas. Cuando nos conozcamos mejor, verás la de episodios que te voy a colocar de mi paso por los campamentos de las milicias universitarias. Esa variable bélica los varones la debemos de llevar en los genes, seguramente es una herencia de cuando teníamos que salir a cazar para alimentar a la prole.
- ¿Tienes mucha prole a la que alimentar? – la pregunta está hecha con aparente indiferencia, pero subyace un fondo de ansiedad en la misma.
- De momento, ninguna. Aunque cuando encuentre mi media naranja espero tenerla; mejor dicho, me gustaría tenerla. Ha de ser precioso lo de tener hijos con la mujer de quien se está enamorado.
- ¿Eso quiere decir qué todavía no encontraste a tu futura media naranja? – Beatriz ha hecho la pregunta con tanto miedo a que la respuesta sea positiva como esperanzada de que sea negativa.
- A fuer de sincero tengo que decirte que creía que sí, pero ahora no estoy tan seguro.
- Muchas dudas tienes. No sé si es bueno dudar tanto.
- Es posible que no, pero en los sentimientos dudar es absolutamente natural. La mente y el corazón no están siempre de acuerdo escribió no recuerdo quien.
- De acuerdo y yo te replico que también alguien dijo que la duda es uno de los métodos para encontrar la verdad – apostilla Beatriz al tiempo que lanza una alegre carcajada -. Está claro que nos hemos juntado un buen par de pedantes, pero aquí resulta tan difícil serlo que hasta me siento feliz por ello.
   La muchacha apoya la cabeza en el hombro de su pareja. Se calla para saborear mejor ese fugaz momento de dicha. Él siente en su barbilla el leve roce de la sedosa mejilla de ella. Aunque la orquesta está tocando un foxtrot, siguen bailando lentamente sin hacer caso de la música. Cada uno está metido en un mundo interior en el que parecen encontrarse muy a gusto. De pronto, Alfonso pregunta:
- ¿Te gusta montar en moto?
- ¿En moto? – repite ella como saliendo de un sueño -. No he montado nunca. Bueno, ahora recuerdo que hará algunos años un compañero de clase me llevó un día a dar un paseo en su Mobilette.
- Eso no es una moto. Mañana verás lo que es una de verdad. Te voy a dar un paseo, si me lo permites – añade Grau, esperando inquieto la respuesta.
- ¿Y adónde piensas llevarme?
   Alfonso está a punto de batir palmas. La tácita aceptación de la muchacha le ha hecho feliz.
- No sé. Yo solo haré de piloto. La ruta y el destino los marcarás tú. Iremos dónde quieras, cuándo quieras y las veces que quieras – apenas ha dicho la última frase comprende que se ha puesto excesivamente serio e inmediatamente añade una sonrisa a su comentario.
- Eres el primer hombre que conozco que le da cancha a una mujer en un asunto tan varonil como marcar una ruta. Y te diré que, para mí, es una experiencia tan insólita como agradable.
- Pues todavía no has hecho más que empezar a descubrirme. Creo que en las distancias cortas mejoro. Por eso espero no hacer ningún estropicio y antes de que se terminen las vacaciones poder convencerte de que soy un hombre del que podrás fiarte y al que tendrás que creer. Y lo digo totalmente en serio.
   Beatriz vuelve a apoyar la cabeza en el hombro de su pareja. Pretende así ocultar su turbación. Algo está naciendo en su interior. Todavía no lo ha identificado, pero sea lo que fuere le gusta. Él se diagnostica una ligera taquicardia.Conoce la causa de la disfunción. La lleva entre sus brazos.
   Mientras su hermana siente como un hormigueo que le baila por todo el cuerpo, Carlos mira el reloj, las dos de la madrugada. El baile está en pleno apogeo, es una pena irse ahora, pero lo ha prometido. Su padre le ha repetido mil veces que un hombre vale lo que su palabra.
- Cariño, son las dos, creo que deberíamos ir pensando en decir adiós.
- ¿Irnos ahora?, ¿por qué? Si está más animado que nunca.
- Le di mi palabra a tu padre de que nos retiraríamos a una hora prudente. Y no me gustaría darle motivos para que pensara que soy un irresponsable.
- Pero, amor mío, con lo bien que lo estamos pasando. Si por mí esta noche no tendría que terminar nunca. ¿Y quieres irte? ¿Tan mal lo estás pasando a mi lado?
- No digas cosas que sabes perfectamente que no son ciertas. ¿Cómo me lo voy a pasar mal a tu lado si eres lo único que me importa en el mundo? Pero di mi palabra y pienso cumplirla. ¿Qué pensará tu padre si en la primera ocasión le decepciono? Creerá que no soy digno de ti. Y no estoy dispuesto a permitir que eso ocurra. Justamente porque te quiero, no para una noche sino para todos los días y todas las noches de nuestra vida.
   Nunca hasta ese momento, Amparín se ha sentido tan enamorada de Carlos. Que se haya puesto enérgico es algo que le ha llenado de íntimo gozo. Este es su hombre y luchará por él contra su padre y contra el mundo si hace falta.
- Lo que tú digas, cariño.
- ¿Crees qué deberíamos despedirnos de mí hermana?
   Beatriz sigue con Alfonso. Han abandonado la pista y buscado una discreta mesa en la que conversan animadamente.
- Disculparnos. Bea, venimos a decirte adiós. Voy a llevar a Amparín a su casa, le prometí a su padre que nos retiraríamos a una hora prudente.
- Me parece muy bien. Amparín, no te lo dije antes, pero estás guapísima y llevas un traje precioso. Huy, perdona, no os he presentado. Mi hermano Carlos, su… - duda una fracción de segundo – novia Amparín. Alfonso Grau.
   Carlos le da la mano ceremoniosamente, mientras Amparín, presa de un súbito conato de timidez, se limita a sonreírle.
- Tu hermana me ha dicho que te encantan las motos – dice Alfonso -, pero que no sabes pilotarlas. Un día de estos, si te apetece, vamos a ir al campo de fútbol y te voy a enseñar a manejar la mía. Ya verás que pronto aprendes.
- ¿De verdad? ¡Fenomenal! Muchas gracias. Y ahora nos disculpáis, pero tenemos que irnos.
   Mientras la joven pareja se marcha, Beatriz se queda mirando a Alfonso. En su mirada hay una mezcla de sombro y de ironía envueltos en un halo de algo más que simpatía.