domingo, 13 de septiembre de 2015

*** 6000



Según el servicio de estadística de Google a principios de septiembre el blog rebasó holgadamente la cifra de las 6000 páginas vistas. Digo lo de siempre: no es una cifra espectacular, pero para un blog que solo es soporte de una novela por entregas, de un casi octogenario y desconocido autor, tiene su mérito. Como lo tiene el que el blog ha sido abierto desde 42 países.
Larga y feliz vida a todos los internautas que lo leen.

viernes, 11 de septiembre de 2015

7.10. Una lección de maneras



   Amparín y Carlitos se siguen deslizando por la pista como si estuviesen solos. Hay momentos en que no hablan, no lo necesitan. De vez en cuando se miran a los ojos y sonríen. Les basta. Solo se musitan al oído dos palabras: te quiero. A su conjuro, el resto del universo desaparece. El muchacho la estrecha entre sus brazos con la delicadeza con la que su madre limpia la porcelana de Manises que decora el aparador de casa. De cada uno de sus gestos emana un torrente de ternura y pasión. La jovencita se aprieta para notar mejor como late el corazón del chico. Con su mano izquierda le acaricia suavemente la nuca, mientras le susurra: ¡ojalá esta noche durara eternamente!
   A Carlitos tanta felicidad le parece imposible. Incluso lo que temía que fuera un amargo trago, su visita a casa de los Vives, salió mucho mejor de lo que pudo imaginar. En parte gracias a su hermana Beatriz que le dio toda una lección sobre cómo debía de comportarse y qué debía decir, le enseñó maneras como dicen en los pueblos.
- Has de intentar portarte con naturalidad. Mira a los ojos, habla alto, claro y sin prisa. Sonríe mucho y no te achantes. Estoy segura de que los Vives te tratarán bien y serán amables contigo.  
- ¿Y cómo estás tan segura, acaso hablaste con ellos? – pregunta enfurruñado un desquiciado Carlitos.
- Con ellos no, pero con Amparín sí. Esta tarde me tropecé con ella. Estuvimos hablando un buen rato y me dio un recado para ti, lo que te he dicho: que estuvieras tranquilo, que lo ha arreglado todo con sus padres y que te recibirán con toda la amabilidad del mundo.
- Eso es muy fácil decirlo, pero quien ha de dar la cara soy yo. Y para empezar no sé qué voy a decirles.
- A ver, hermanito, vamos por partes. Lo primero que has de hacer es calmarte, con ese estado de nervios lo único que conseguirás será pasar un mal rato, hacérselo pasar a Amparín y estropearlo todo. Trata de tranquilizarte y escúchame. ¿Qué les vas a decir? Piensa con lógica. Dentro de un rato vas a presentarte en el hogar de la chica de la que estás enamorado. Y contesta esta pregunta: ¿a qué vas a su casa?
- A pedir a sus padres que me den su permiso para llevarla al baile.
- Ves que fácil. Te diriges a su padre y le dices: señor Vives o señor Paco, conviene que te dirijas a él como señor, vengo a pedir su permiso para acompañar a su hija al baile.
   Beatriz tenía razón. Todo se desarrolló como la seda. Sorprendentemente, la más nerviosa fue Amparín, en cambio los padres se portaron como si aquello fuera algo cotidiano.
- Buenas noches, Carlitos, ¿qué tal, cómo estás? – le saluda con familiaridad la señora Asunción, la madre de su enamorada, como si fuera una visita habitual de la casa.
- Muy bien, señora. Muchas gracias. ¿Y usted?
- Bien, pero siéntate, por favor. ¿Quieres tomar algo?
- No, gracias. Prefiero no tomar nada de momento.
- Entonces, voy a llamar a Paco. Ahora vuelvo.
   El matrimonio llega en seguida. Ella con la misma sonrisa con la que le recibió y él aparentemente relajado, aunque con un semblante un tanto hosco, pese a ello no parece ser el ogro que algunos dicen que es.
- Así que este caballerete es el famoso Carlitos, ¿qué tal, cómo estás? – le saluda Paco, tendiéndole la mano.
- Muy bien, señor. ¿Y usted?
- Siéntate, anda. Bien, vamos al grano, vas a llevar a Amparín al baile, ¿no es eso? Espero que nos la devuelvas igual que como va a salir de esta casa. ¿Tengo tu palabra?
- Por supuesto, señor. Le prometo que me portaré como un caballero y se la devolveré sana y salva. Le doy mi palabra de honor.
- Bien. ¿Quieres un pito?
- No, señor, gracias, no fumo.
- Está bien eso de que no fumes. Yo debería dejarlo, pero soy demasiado mayor para cambiar de vicios.
- Yo le veo muy bien, señor. Es más, de cerca parece usted mucho más joven que viéndole por la calle.
- Oye, mi hija no me había dicho que sabes hacer tan bien la pelota – al ver lo colorado que se ha puesto el muchacho, se apresura a añadir -. Tómatelo como una broma, hombre. ¿A qué hora pensáis volver?
- A la que usted diga, señor.
- Vaya, sabes cómo tratar a la gente. No os voy a poner una hora concreta, lo único que te pido es que no seáis los últimos en cerrar el baile.
- No se preocupe, señor. Así lo haremos.
- Otra cosa, ¿tus padres saben que estás aquí?
- Por supuesto, señor.
- ¿Y cuentas con su permiso?
- Naturalmente, señor. Si no fuera así, no estaría delante de usted.
- Eso está bien, pero que muy bien. Me gusta la gente que sabe respetar a sus mayores.
- Paco – interviene la madre por primera vez -, ¿no crees que debería llamar a la niña? Como sigáis hablando van a llegar tarde al baile.
- Tienes razón, Asun. Dile a nuestra hija que está aquí su caballero.
   La pareja no puede imaginarse que tras su marcha, los Vives han mantenido una animada charla.
- ¿Qué te ha parecido? – interroga la madre.
- Pues mejor de lo que esperaba. Para tener solo dieciséis años se ha portado como todo un hombre. Me da la impresión de que ahora los chicos maduran antes.
- Es posible que así sea. Nuestra hija es otro ejemplo de madurez precoz.
- Es cierto y vaya genio que se gasta. Nos ha salido peleona.
- Tiene a quien parecerse – señala ella con una sonrisa.
- Confieso que el chaval me ha parecido muy educadito y se le ve muy respetuoso. Espero que no cometan ninguna tontería.
- Todo es posible, pero me llevaría una gran decepción si ocurriera algo fuera de lo normal. Nuestra hija tiene la cabeza sobre los hombros. Y cuanto más tiempo pase, más se asentará.
- De todas maneras, procura atarla corto – aconseja el padre -. Más vale prevenir que curar.                                                                      
   En el baile, Carmen Ribes se sorprende al ver reaparecer a Beatriz. ¿Se habrá cansado de flirtear con el veterinario?, se pregunta. No lo parece, su rostro muestra tal contento que piensa que más bien debe ser cualquier otra cosa.
- ¿Qué pasa, qué se ha hecho de tu caballero andante? - pregunta Carmen.
- Han venido a buscarle hace un rato. Una urgencia, un parto de una vaca que viene mal. Ha dicho que tratará de volver antes de que acabe el baile. ¿Sabes qué? Alfonso me ha parecido un tipo fantástico, ya me lo había dicho Lola Sales.
- Mira, Bea, conviene que no te hagas demasiadas ilusiones y que tengas cuidado. Todos los tíos buscan lo mismo, aunque a veces tienen la habilidad de disfrazarlo de honestas intenciones.
- O mucho me equivoco o Alfonso no es de esos. Por lo que me contó Lola, y aunque acabo de conocerle, presiento que es de los que van por derecho.
- En cualquier caso, insisto en que no te fíes. Los hombres son maestros en hacer muchas promesas y, luego, si te he visto, no me acuerdo. De todas formas, cuéntame, ¿qué tal tu galán, cómo se ha portado?
- No te puedes imaginar lo amable, educado y simpático que es. Todo un encanto de hombre y, además, ¡es tan guapo!
   Inopinadamente, reaparece Grau. Se le ve ligeramente agitado, como si hubiese estado corriendo.
- Señoritas, felizmente estoy de vuelta. Carmen, si nos disculpas, tenía una conversación pendiente con esta beldad – y tendiendo la mano a Beatriz se encaminan a la pista.
   No parecía tan alto, piensa Beatriz, pero me saca toda la cabeza y no soy precisamente bajita. Que bien huele, se dice Alfonso, parece que debe de ser Heno de Pravia, pero le pega, es como la yerba recién segada: fresca y tierna. Cuando la orquesta hace una pausa no vuelven a la barra, se quedan en el centro de la pista en animada conversación.
- ¿Y puede saberse qué haces en el Rincón de Ademuz cuándo sales de la escuela?
- Aburrirme como una lapa y estudiar. Curso Filosofía y Letras por libre. No quiero terminar mis días como maestra de escuela, aunque es una profesión que me apasiona. ¿Y tú qué haces en el pueblo cuándo ya no quedan animalejos que visitar?
- También aburrirme – Alfonso se apresura a cambiar de tema, le interesan otras cuestiones -. Antes me preguntaba cómo era posible que dos preciosidades, como Carmen y tú, no estuvieseis rodeadas de moscones intentando camelaros. ¿Acaso estáis comprometidas y guardáis ausencia? – Lo de guardar ausencia es la frase tópica que alude a salvaguardar la no presencia de la persona con la que estás comprometido.
   Alfonso se empeña en desentrañar el entramado sentimental de la mujer de la que, por momentos, se siente más atraído.

martes, 8 de septiembre de 2015

7.9. Amores nuevos olvidan.viejos


   Pepín Mañes no recuerda un baile en el que se lo haya pasado tan bien. Maricarmen Traverso no solo es francamente mona, también es simpática y más alegre que unas castañuelas. Además, no disimula que le está agradecida por haberla invitado. Y algo importante para su complejo de bajito, aunque calza zapatos de medio tacón no le supera en altura. El acompañante de Pilarín, la prima de Pepín, ha sacado a bailar a Maricarmen y ambos primos se han quedado solos.
- Bueno, Pepín, ¿qué tal lo estás pasando? Pareces muy animado. No has soltado a Maricarmen ni un segundo – asegura Pilarín con una sonrisa cómplice.
- No está mal – Pepín trata de parecer displicente -. Es bastante agradable.
- Para mí que la has deslumbrado. Me parece que podíais formar una buena pareja.
   Aparece la pareja de Pilarín que trae medio a rastras a una sofocada Maricarmen.
- Pepín, hazme caso y dale caña a la Traverso – aconseja el acompañante de Pilarín-, que por mucho que se queje te digo que le va la marcha.
- No le escuches, Pepín, está loco. ¿Sabes qué, Pilarín? Me quedo con tu primo, de todas todas, y te devuelvo a este chalao.
   Entre bromas y risas, ambas parejas se separan. Pepín acaba de poner en marcha la calculadora mental y está tabulando la última frase de su pareja. Eso de que me quedo con tu primo, de todas todas, habrá que analizarlo detenidamente. De entrada, le ha gustado. Con la mejor de sus sonrisas pregunta:
- Maricarmen, bonita, te veo muy acalorada, ¿quieres que traiga algo fresco: una coca, una naranjada o prefieres una cerveza?
- Pepín, que solo tengo dieciséis años, no estoy acostumbrada a tomar cerveza. Con un refresco me vale.
   Sí Pepín se está divirtiendo un montón, en cambio el baile está siendo un viacrucis para Miguel Vinuesa. El mala sombra de José Antonio Castaño monopoliza a Maribel, pese a que como reina de la fiesta debería bailar con todos cuantos se lo pidieran. No hay manera de abordarla. Hasta que se cansa y decide ir por las bravas. Se acerca a la mesa donde está la pareja y se planta frente a la reina de la noche.
- Maribel, me gustaría bailar contigo.
   La chiquilla no contesta, solo hace un mohín que puede significar cualquier cosa, pero es Castaño quien responde:
- Maribel está conmigo y no tiene por qué bailar con otro.
- Que en este momento esté contigo no quiere decir que no pueda bailar con los demás. En este baile, la costumbre es que puedes invitar a cualquier chica, salvo a las novias, y más si se trata de la reina. Por tanto, no tienes nada que decir –  y dirigiéndose a la muchacha vuelve a preguntarle - ¿Quieres bailar conmigo, por favor?
   La jovencita hace amago de levantarse, pero Castaño es más rápido y de un salto se planta ante Miguel.
- Te repito que está conmigo y tú, aquí, sobras, cretino.
- Si hay alguien que sobra eres tú. Y en cuanto a cretinez tú te llevas la palma y también de la mala baba.
- A ver si tienes cojones de repetirme eso en la calle.
- En la calle y dónde quieras, chupatintas de mierda.
   Lo de chupatintas no ha debido de gustarle a Castaño porque de improviso coge a Vinuesa por las solapas y da un violento tirón. Éste se revuelve y ambos chicos se enzarzan en una pelea que parece de patio de colegio. En vez de golpearse se han agarrado y cada uno trata de echar al suelo a su oponente. Inmediatamente se forma un corro alrededor de ambos contendientes y los mirones jalean tanto al uno como al otro. La pelea es más aparatosa que violenta y la peor parte se la está llevando la indumentaria de ambos contendientes pues la chaqueta de Miguel tiene una solapa medio desprendida y la camisa de José Antonio sufre un rasgón en forma de ángulo. Más que el fragor de los achuchones de los luchadores es el griterío de quienes los jalean lo que termina suscitando la atención del resto de los asistentes. Algunos de los más sensatos se acercan para poner fin a la pelea, como no lo consiguen entre varios logran sujetar a ambos contendientes. Uno de los que trata de poner paz, Ernesto Ballesta, agarra fuertemente por detrás a Castaño y le inmoviliza, aunque éste sigue intentando desasirse.
- Oye, tío, estate quieto de una puta vez. Este no es lugar para peleas – le conmina Ballesta.
- Que me sueltes, que le voy a partir la cara a ese gilipollas – vocifera exaltado Castaño.
- Tú no le vas a partir la cara a nadie, mamón. Y no me calientes los cascos que te vas a enterar de lo que vale un peine. Los chulitos como tú aquí terminan en el pilón – le amenaza Ballesta, que comienza a cansarse de la bravuconería del joven -. ¿Si te suelto te vas a comportar? Maribel, ata corto a este gallito o tendremos que echarle a patadas. ¿De acuerdo?
   Otros han conseguido reducir a Miguel con más facilidad pues éste no se ha resistido. El muchacho está desolado, no solo no ha conseguido bailar con Maribel, sino que ha quedado en evidencia. Por si faltaba algo, le ha dolido que la muchacha se haya puesto al lado de su rival. Sigue mirándoles a hurtadillas y cada vez que los sorprende charlando animadamente se lo llevan los demonios. Tiene que hacer un poderoso esfuerzo para que su pareja no se dé cuenta de que su mente está en otra parte. A la postre, la pobre Julita no tiene ninguna culpa.
   En la segunda mitad de la noche, la tensión cede. Miguel se dice que la cosa ya no tiene remedio y que posiblemente mañana Castaño se marche y Maribel volverá a estar libre. A rebajar su angustia le ha ayudado Julita, más conocida como la Pescadora pues su padre es minorista de pescado, que ha actuado como una suerte de calmante. No ha curado sus males, pero si ha aliviado su abatimiento. Es una muchacha que tiene una sonrisa agradable y sabe escuchar atentamente. Para el maltrecho ego de Miguel resulta un bálsamo tonificante. En algún momento de la velada, se da cuenta de que está riéndose de una historia que cuenta Julita con mucha gracia. La noche comienza a parecerle menos aciaga.
   Pepín ha llamado a Miguel para que compartan su mesa con la intención de hacerle más llevadera el resto de la velada.
- Acompáñame a la barra y traeremos unos refrescos a estas bellezas – Pepín trata de distender el ambiente.  
   En la mesa han quedado Maricarmen y Julita. Se miran y sonríen. Parece que se entienden sin necesidad de hablar. No es raro, son amigas.
- ¿Qué tal está Miguelito después de la riña? – pregunta Maricarmen.
- Muy fastidiado, ya lo puedes imaginar, pero creo que la bronca le ha servido para calibrar mejor la catadura de esa engreída. Antes de la pelea se ha pasado la noche echándole miradas de reojo. Después parece que ya no se ha preocupado tanto por ella.
- Te lo dije, Julita. Miguelito está coladito por esa mema. Sigo creyendo que pierdes el tiempo intentando que se fije en ti. Hasta que no se le pase esa fiebre no hay nada que hacer con él.
- No opino lo mismo. La fiebre se le puede pasar antes si alguien le ayuda. Y a quien ha traído al baile ha sido a mí, no a esa bobalicona.
- Sí, pero no te engañes, no eres más que la sustituta. Me han contado que Miguelito quería venir con ella, pero que esa pavisosa, que ni va a mear sin permiso de sus padres, cuando se lo contó a su madre ésta le dijo que nanay, que ya le buscaría otro acompañante y ahí la tienes con el mala sombra de Castaño.
- Mucho mejor para mí. Si los padres le ponen la proa a Miguel voy a tener más probabilidades.
- De todas formas, sigo creyendo que lo vas a pasar mal. Eso de llegar a la fuente y no poder beber tiene que ser muy duro.
- ¿Y qué puedo perder? El no ya lo tengo, Maricarmen. Si consigo algo, eso que habré ganado. Y mi madre suele repetir que quien no la persigue no la consigue. Pienso seguir luchando por conseguir a Miguel hasta que vea que no hay solución y como dice el dicho: la mancha de la mora con otra verde se quita. ¿Y lo tuyo cómo anda, qué tal se porta Pepín?
- No puedo quejarme, pero juego con ventaja. Él no tiene a quien lanzar miraditas de reojo.
- ¿Qué harías si lo tuviera?
- No estaría aquí o habría venido con otro. A mí los achares de amor me parecen cosas del pasado, de cuando nuestras abuelas – afirma con rotundidad Maricarmen.
- Ya me gustaría a mí que fueran cosas del pasado como dices.
- O sea, ¿qué vas a insistir en conquistarlo?
- Amores nuevos olvidan viejos – es la categórica respuesta de Julita.                                                                     
   Mientras, en la humilde pista de baile los hermanos Villangómez disfrutan de la velada como nadie. Carlos mira embelesado a Amparín al tiempo que desgrana en su oído las dulces palabras de amor mil veces repetidas por los amantes de todo tiempo y lugar. Por su parte, Beatriz escucha fascinada la entretenida charla del joven veterinario que le cuenta algunas de las anécdotas recogidas en su breve vida profesional, aunque lo que más la perturba es la suave presión de los brazos de Alfonso que ciñen su cintura.