martes, 28 de julio de 2015

6.10. Necesitamos un hombre de paja



   Veinticuatro horas después de la conversación entre el matrimonio Gimeno-Sales sobre las opciones que tienen ante la posibilidad de que nombren a José Vicente alcalde de Senillar, Lola da con una posible salida que, en el peor de los casos, puede aportar nuevas ideas. Sugiere a su marido que hable con Benjamín Arbós quién, como cacique del pueblo durante muchos años, es posible que tenga algo que decir sobre el recambio en la alcaldía. A esa propuesta su esposo le encuentra pegas.
- Cariño, te recuerdo que hace poco ya hablé con el patriarca por lo del puerto y, como te conté, el viejo tahúr se me escurrió como una anguila; eso sí, siempre con buenas palabras, pero al final no dijo nada que no supiéramos.
- De todas formas, José Vicente, creo que debes volver a intentarlo. Pídele que, en la hipótesis de que algún día cesaran a Vives, te dé su opinión sobre quién podría ser la persona más indicada para sustituirle. Si ese zorrón dijera que tú podrías ser ese hombre, pese a lo que hablamos ayer, sería cuestión de plantearse sí aceptar el cargo.
- ¿Y si lo que me aconseja no nos conviene?
- Bueno, tú tírale de la lengua y luego haremos lo que nos parezca más conveniente. En cualquier caso, alguna pista nos aportará. Recuerda que más sabe el diablo por viejo que por diablo.
   Los argumentos de su mujer terminan convenciendo a Gimeno, que acaba siguiendo su consejo al pie de la letra. Benjamín, que algo debe de barruntarse, le deja hablar sin apenas interrumpirle. Como ha ocurrido en otras ocasiones, el baqueteado cacique no suelta prenda. Llega un momento en que a José Vicente no le queda otra que plantear la cuestión descarnadamente:
- Si se encontrara en la tesitura de tener que dar un nombre como nuevo alcalde, siempre y cuando Vives no siga, ¿quién le parecería que podría ser el hombre adecuado?
   Benjamín se queda mirando a Gimeno, con los ojos semientornados, como si quisiera leerle el pensamiento, y demora su respuesta. Detecta que su interlocutor está un tanto ansioso y cree intuir lo que espera su joven amigo, pero fiel a su instinto de avezado político le da una larga cambiada:
- Verás, José Vicente, la respuesta a tu pregunta no es fácil. En primer lugar, tú mismo dices que el cese de Vives no es seguro ni mucho menos. En segundo, nadie nos garantiza que, en el supuesto de que lo cesen, el Gobernador no tenga ya en cartera un nombre de repuesto. Por tanto, todo esto no es más que hablar por hablar y no creo que nos conduzca a nada.
   Gimeno comprende que no le queda más remedio que soltar más información si quiere obtener respuestas concretas de su taimado interlocutor:
- En confianza, Benjamín, tengo noticias de buena fuente, y por favor que no salga de aquí lo que voy a decirle, de que el relevo de Vives puede estar al caer. Si eso ocurre, y todo apunta a que sí, creo que sería bueno para el pueblo y, ¿por qué no decirlo?, también para nosotros, que el nuevo alcalde fuera una persona de nuestra total confianza. A mí, ya se lo he comentado en varias ocasiones, me gustaría que el alcalde volviera a ser usted, pero dado su estado de salud comprendo que no quiera retornar a la política activa. Por eso he venido a pedirle consejo y a que me sugiera a alguien que sea muy cercano a nosotros – a José Vicente solo le falta añadir ¿y quién más cercano que yo?
   Después de hacerse rogar, Arbós suelta un nombre: Antonio Vidal. Gimeno no puede evitar que un mohín de disgusto se le pinte en el semblante. Después de tanto florete dialéctico resulta que quien propone el viejo cacique es uno de sus hombres de m-máxima confianza, que le profesa una fidelidad casi perruna.
   Concluida la conversación con Arbós, Gimeno vuelve a casa más irritado que otra cosa. Su esposa recibe las noticias que le da su marido casi sin inmutarse, como si las esperase, y deja que el hombre se desahogue antes de dar su opinión:
- Mira por donde, la astucia del viejo nos va a servir. Vamos a seguir su consejo.
- Pero, Lola, ¿estás loca?, ¿crees que es buena idea darle al Gobernador el nombre de uno de los lacayos de Arbós, que no irá ni a mear sin su permiso?
- No estoy pensando en él, pero de la sugerencia del patriarca hay que extraer la conclusión de que ahora somos nosotros quienes hemos de buscar a nuestro particular Vidal.
- ¿Cómo qué a nuestro Vidal?
- José Vicente, cuando te pones de los nervios no das una a derechas. Lo que hemos de hacer es buscar alguien que nos sea tan fiel y leal como Vidal a Benjamín; en definitiva, lo que necesitamos es un hombre de paja. Alguien que se deje llevar, que no sea demasiado ambicioso y que, como dices, aunque es una ordinariez, no vaya a mear sin pedirnos permiso. Cuando lo encontremos, ese será el hombre que tendrías que proponer para alcalde.
- ¿Crees que es mejor eso que aceptar mi nombramiento?
- Estoy absolutamente segura. Teniendo a un hombre de paja en la alcaldía, vas a mandar en el Ayuntamiento y en la jefatura. Por otro lado, no tendrás que soportar las quejas, reclamaciones y gaitas de los vecinos. Irás aumentando tu experiencia política sin desgastarte. Y lo más importante, estarás en situación de afianzar y mejorar tus relaciones políticas en Valencia. Con todo ese bagaje, cuándo dentro de unos años te consideres preparado y haya más bonanza económica, será el momento de acceder a la alcaldía. Si lo piensas, lo único que harás será lo que Benjamín hizo durante muchos años, mandar por persona interpuesta. Creo que es la mejor forma de no quemarse políticamente.
- Sabes, Lola, qué me estás convenciendo… - responde Gimeno, que queda pensativo por unos instantes hasta que un sonrisa le ilumina la cara -. Creo… que ya tengo a nuestro hombre, ¿qué te parece Fernando Marín?
   La mujer reflexiona sobre el nombre que acaba de dar su marido. Es un administrativo de correos ya jubilado. Un hombre sin ambiciones, sin planes de futuro, sin hijos y con una mujer que, por lo que la ha tratado, cree que no es de las que espolean las ambiciones maritales. A todo ello hay que añadir que los Marín, pese a la diferencia de edad, son buenos amigos de los Gimeno y Fernando siente una indisimulada admiración por José Vicente.
- Esposo, estoy orgullosa de ti. Creo que has dado de lleno en la diana. Ya tenemos candidato a la alcaldía.
   A Gimeno le cuesta poco convencer a Marín de que es el hombre más idóneo para ser alcalde: tiene una formación superior a la de la mayoría de la gente del pueblo y todo el tiempo libre del mundo, con lo cual dedicar unas horas al Ayuntamiento incluso le servirá de distracción. Especula, como sin darle importancia, con que seguramente a María Eugenia, la mujer de Marín, le encantará acompañarle en los actos oficiales en los que asistan las esposas y, por supuesto, contará con toda su ayuda, tanto política como personal, en todas las gestiones que haya que llevar a cabo. Para que no le quepa ninguna duda de su absoluta amistad y apoyo todos los días departirán un ratito para ver cómo andan los asuntos locales y entre los dos encontrar las mejores soluciones. Cuando Marín acepta, Gimeno corre a contárselo a su mujer.
- Vida mía, tenemos candidato a alcalde. Me costó un poco convencerle, pero lo conseguí. Solo espero que a María Eugenia no se le suba a la cabeza lo de ser alcaldesa y le coma el coco al marido de que quién manda en el pueblo es él.
- Por María Eugenia no te preocupes. Ya me encargo de ella. Sé cuáles son sus puntos débiles.
- Solo nos resta un fleco por cubrir, rodear a Marín de algunos concejales que tengan buena prensa en el pueblo y que sean bien vistos por la mayoría.
- Bien pensado, marido. A este paso voy a tener que pedir la baja como asesora y conformarme con ser ama de casa.
- Lola, el día que pidas la baja, un minuto más tarde dimitiré del cargo.
- ¿Tanto valoras a la cabecita loca de tu mujer?
- Te lo demostraré esta noche – responde con maliciosa sonrisa.
- Te lo recordaré luego por si se te olvida.
- No te inquietes, no se me olvidará. Lo que si hemos olvidado con tantos juegos florales es concretar qué hacemos sobre el equipo más adecuado para acompañar a Fernando.
- Convendría que fuera gente popular, que todo el mundo conozca, que estén bien vistos y, lo más importante, que sepan quién tiene la sartén por el mango.

viernes, 24 de julio de 2015

6.9. Juegos de cama



   Lo que barruntaba Gimeno acerca de la petición hecha por el alcalde sobre la obra costera en la Marina se materializa: al mes y medio de realizada la solicitud el Ministerio de Obras Públicas remite a Valencia el expediente del Ayuntamiento de Senillar, solicitando la construcción de un puerto, para que las autoridades provinciales competentes lo informen. Cuando el Gobernador Civil constata que Vives ha intentado una vez más puentearlo monta en cólera y decide terminar de una vez por todas con la inadmisible independencia que muestra el alcalde. Llama a uno de sus secretarios y le dicta dos oficios: uno, sin fecha, cesando a don Francisco Vives como Alcalde-Presidente del ilustrísimo Ayuntamiento de Senillar; otro, convocando a las cuarenta y ocho horas al camarada José Vicente Gimeno, jefe local del Movimiento, para una reunión en Gobierno Civil. Desde la Jefatura Provincial Germán, el secretario y buen amigo de Gimeno, hace una discreta llamada:
- José Vicente, lo que voy a decirte no se lo refieras ni a tu mujer. El jefe va cesar a Vives y está pensando en ti como nuevo alcalde. Te lo cuento para que estés preparado. Por supuesto, cuando te lo comunique te haces de nuevas que si no me la juego.
- ¿Eso va en serio o me estás tomando el pelo?
- Con las cosas de comer no se juega, José Vicente, deberías de saberlo. E insisto: tú no sabes nada, pero ten bien preparado lo que vayas a responderle y bromas ni una.
   Pese a la discreción prometida, Gimeno se lo cuenta inmediatamente a su esposa. Realmente, no da un paso sin consultárselo.
- Bueno, amor, - bromea – lo que no sé es cómo te sentará el papel de alcaldesa. Eso sí, nunca habrá tenido Senillar otra tan joven, guapa y encantadora.
- Me parece una gran noticia, pero... creo que es demasiado pronto para que seas alcalde.
- Lola, ¿no lo dirás en serio? – la interpela Gimeno cariacontecido pues se ha dado cuenta de que su mujer no parece bromear.
- Claro que lo digo en serio. No te lo tomes a mal, pero opino que la alcaldía no nos llega en el momento oportuno.
- Pero, cariño, estas propuestas vienen cuando vienen, no las elige uno y, además, ya no soy un jovencito. Si me nombran, tendré…, tendremos – se corrige – la ocasión de poner en marcha algunos de los muchos proyectos de los que tantas veces hablamos. En cambio, si no acepto el nombramiento es más que posible que el Gobernador se moleste y pueda caer en desgracia y hasta me puede cesar como jefe.
- Vamos a debatirlo con calma, José Vicente. De entrada, si aceptas el cargo, solamente atender las quejas y reclamaciones de los vecinos te va a llevar un montón de tiempo. Cierto que vas a poder hacer muchos favores, pero eso no sé si va a compensar la de pejigueras que vas a tener que aguantar. Por otra parte, hay que ser realistas, no es lo mismo echar discursos sobre la doctrina nacionalsindicalista que atender el día a día de la política municipal. También te recuerdo que en las arcas del Ayuntamiento no hay un duro. Además, lo que está a punto de ocurrirle a Paco me ha dado qué pensar. Vives es, por mucho que nos fastidie, un personaje muy popular en el pueblo; si hubiera elecciones, como antes de la guerra, y se presentara posiblemente arrasaría. Todo ello, ¿de qué le va a valer?, de nada. La fuente del poder no está en la gente, está en el Gobierno Civil, por consiguiente a los que hay que tener contentos es a los de Valencia y eso lo puedes conseguir tan bien o mejor desde la jefatura local que desde la alcaldía.
- Creo que algunas de las cosas que dices son muy ciertas, Lola. Te concedo que me falta experiencia en la política municipal y, si me apuras, muchos de los asuntos que se cuecen en el Ayuntamiento hasta me aburren. También estoy de acuerdo en que el poder real está en Valencia y no aquí, pero lo que no tengo tan claro es que desde la jefatura pueda quedar más bien que desde la alcaldía.
- Pues yo sí lo tengo claro. Vamos a ver, la mayor parte de las veces que Vives se desplaza a la capital ¿a qué va? Lo sabes mejor que yo, a pedir, a solicitar, a reclamar: que faltan aceras, que hay que reparar los caminos rurales, que no hay dinero suficiente para montar la escuela de adultos, que se necesita cambiar parte del alumbrado público, que hay que construir una nueva casa-cuartel para la Guardia Civil, que el presupuesto para pagar a los funcionarios no llega… y así hasta la extenuación. Como las finanzas públicas son raquíticas, de cada diez cosas que pides con suerte te conceden una. Siempre le queda al alcalde de turno un remanente de solicitudes. Consecuencia: cuando el Gobernador ve entrar en su despacho a un alcalde ya está pensando ¿este pesado qué me pedirá hoy? En cambio, un jefe local ¿de qué le habla?, del aumento de militantes, de que se va a formar una centuria del Frente de Juventudes, de que la cuestación para el Auxilio Social ha sido todo un éxito, etcétera. Sí, ya sé – se adelanta a su marido que va a objetarle algo -, también alguna vez le hacéis peticiones de fondos, pero casi siempre de escasa cuantía, y de ningún modo pueden compararse con las necesidades de un Ayuntamiento. Si te conviertes en alcalde el Gobernador tendrá que decirte muchas veces que no y repetir las negativas acaba siendo desagradable para cualquiera. En cambio sí continúas solo de jefe eso no ocurrirá.
- A veces, cielo, me pregunto quién es aquí el político, si tú o yo – bromea Gimeno, a quien los argumentos de su esposa parecen haberle convencido -. Lo que pasa es que sigue habiendo un pero importante en tu argumentación, si no acepto la propuesta de la alcaldía, ¿quién nos garantiza que no van a designar a otro Vives o a alguien todavía más perjudicial para nosotros?
- Premio, marido. Acabas de poner el dedo en la llaga. Ese flanco habría que controlarlo y no se me ocurre cómo. Vámonos a dormir y lo consultaremos con la almohada.
   El matrimonio sigue hablando del asunto en la cama, mientras él acaricia suavemente el sedoso pelo de la mujer. Llega un momento en que el diálogo se atasca. Lola hace un gesto de buenas noches y se dispone a dormir. Antes de que eso ocurra, José Vicente comienza a darle pequeños y suaves besos en el cuello y le mordisquea un lóbulo. Ella no responde, pero tampoco se resiste, finalmente los labios de ambos se unen en un apretado y cálido beso en el que las lenguas se pelean bravamente. El hombre desliza sus manos por debajo del camisón y empieza a frotarle suavemente los pezones, a la caricia la mujer responde gimiendo quedamente. Cuando la mano diestra de su marido se desliza más abajo de la cintura, Lola sabe que ha perdido la partida: comienza a abrir el arco de sus piernas. El hombre, respondiendo a la tácita invitación, la penetra sin dilación. Transcurren unos segundos en que ambos permanecen estáticos hasta que es ella la que comienza a mover las caderas al tiempo que le hunde los dedos en la espalda mientras sus roncos gemidos se disparan por la alcoba. El encuentro es tan breve como tórrido. Acabada la pasional unión, y tras darle un último beso, el hombre se duerme rápidamente. Ella, en cambio, no coge el sueño, se ha desvelado. Después de un rato, se levanta sigilosamente para no despertar a su esposo. Va a la cocina y se prepara un vaso de leche caliente. Mientras le llega el sueño piensa cual debe ser el motivo por el que cada vez que hacen el amor luego se desvela. No sabe identificarlo, aunque tiene que admitir que le agrada, y mucho, la causa que provoca esos puntuales insomnios.

martes, 21 de julio de 2015

6.8. Tenemos mucho que aprender



   Gimeno, al conocer los planes de Vives sobre la construcción de un puerto en la Marina, decide antes que nada consultárselo a su esposa: 
 - Lola, me ha soplado Severino que Paco Vives ha resuelto solicitar al Ministerio la construcción de un puerto en la Marina y eso no es todo, también parece que va a tratar de convencer a los Arbós para que se pongan a su lado y muevan sus influencias a ver si así consigue que su plan triunfe.
- ¡Vaya, sí que es una sorpresa! Eso quiere decir que Vives ha echado el órdago. Esto puede ser uno de sus últimos cartuchos, si no es el del fin de su andadura política.
- ¿Cuál crees que debería de ser nuestra réplica?
- Lo primero que tendríamos que hacer es desactivar el presunto acercamiento entre Vives y los Arbós. Si se unen y forman un frente común puede resultar letal para nosotros. En algún momento tendremos que deshacernos del clan, pero no ha llegado el momento, todavía los necesitamos.
- Mañana mismo, cariño, voy a ver al patriarca – Así suele el matrimonio denominar a Benjamín Arbós.
- No deberías esperar a mañana. Como se te adelante Vives y convenza al patriarca la hemos hecho buena. Vete ahora mismo a hablar con Benjamín, y más que su opinión sobre la hipotética construcción de un puerto lo que nos interesa es saber si estaría dispuesto a coaligarse con Vives y para qué.
   Benjamín recibe a Gimeno con su acostumbrada amabilidad:
- Hombre, José Vicente, qué agradable sorpresa. Siéntate, por favor ¿Te apetece una cerveza fresquita? Enriqueta, que la muchacha traiga un par de cervezas y algo para picar.
   Los dos hombres charlan durante varios minutos de generalidades. Benjamín sabe que la visita de Gimeno no es casual, conoce lo suficiente al joven político para saber que no da puntada sin hilo, pero como viejo zorro que es no se le ocurre ser el primero en preguntar. Cuando Gimeno estima que ha llegado el momento plantea a su interlocutor el motivo real de su visita:
- No sé si ha oído hablar, Benjamín, del último dislate que se le ha ocurrido a nuestro peculiar alcalde.
- Pues no sé de qué va la historia – Benjamín está al cabo de la calle de lo del puerto, pero le interesa conocer la versión de su apadrinado.
- Como sabe, hace más o menos un año, el Ayuntamiento solicitó al Ministerio de Obras Públicas la construcción en la Marina de un puerto o, en su defecto, de un refugio pesquero o, como última solución, una escollera. Naturalmente, los del ministerio ni se molestaron en contestar. Como Vives es tan bruto como tozudo quiere volver a insistir en la petición pero concretándola, ahora va a pedir que construyan un puerto. Como si construir una obra de esa envergadura costara cuatro duros y el ministerio fuera por ahí regalando desembarcaderos al primer cantamañanas que se le ocurra solicitarlos.
- ¿Y…? – Benjamín no quiere emitir ninguna opinión hasta no conocer el verdadero alcance de las intenciones de Gimeno.
- Que con toda probabilidad volverá a tener el mismo resultado: la callada por respuesta.
- Bueno, ya sabes lo que se dice: el que no llora no mama.
- Por supuesto, pero un alcalde tiene que ser sensato y no pretender la luna de Valencia, y más cuando sabe que no se la van a dar. Porque si en Madrid consideran que el Ayuntamiento de Senillar está formado por un hatajo de insensatos que piden por pedir, puede ocurrir que cuando se realice la solicitud de una obra, que verdaderamente sea imprescindible para el municipio, la denieguen al entender que éste es un pueblo poco serio y que sus autoridades tampoco lo son.
- Vistas así las cosas tienes razón. Aunque si sonara la flauta…, imagínate lo que supondría para el pueblo la construcción de una obra de ese calado.
- Naturalmente que sería importante, pero Vives tiene tantas posibilidades de que acepten su demanda como yo de llegar a cardenal. Porque solo le he contado una parte de la historia, la otra es que todo ese tinglado de la petición del puerto lo está llevando a cabo sin decir ni media palabra al Gobernador. Ya puede imaginarse como le va a sentar al poncio cuando se entere de que en este pueblo se le puentea una y otra vez. Se va a poner como una hiena. Y sabe, mejor que yo, que sin contar con la anuencia del Gobierno Civil, Madrid no autorizará ninguna obra. Y no solo eso, si con esas tretas pueblerinas nos ganamos la animadversión de los que mandan en Valencia, aquí no se inaugura una obra en los próximos veinte años. Lo que, de ocurrir, quemará políticamente no solo a Vives sino a todos los que le apoyen.
- La verdad es que no había pensado en las consecuencias, pero ahora que lo dices... – da la impresión de que los argumentos de Gimeno están causando mella en Benjamín, especialmente el último ha hecho pensar al patriarca.
   Puesto que su ladino mentor no se pronuncia sobre su posición respecto a la cuestión del puerto, Gimeno intenta, al menos, saber si existe alguna posibilidad de que Benjamín termine aliándose con Vives. Puesto que no le parece prudente preguntarlo de forma directa, da mil y un rodeos para dar pie al viejo cacique de que diga algo al respecto, pero cosecha un nuevo fracaso. El patriarca de los Arbós tampoco se moja sobre esa hipotética alianza pero, más por lo que calla que por lo que dice, José Vicente saca la impresión de que coaligarse con el alcalde no entra en los planes del viejo político.
   Gimeno le cuenta a su esposa la charla mantenida con el jefe del clan de los Arbós:
- Y como de costumbre el patriarca no ha querido manifestarse ni en un sentido ni en otro, pero por cómo ha ido la conversación me da la impresión de que no piensa apoyar a Vives.
- Tenemos mucho que aprender de Benjamín, José Vicente. La cautela y saber medir lo que se dice son dos de las mayores virtudes que puede tener un político. Ahora bien, por lo que cuentas, estoy de acuerdo contigo en que tampoco va a secundar a Vives. Por lo pronto ese frente está desactivado, afortunadamente porque podría ser letal para nosotros. El siguiente paso es decidir qué hacemos respecto a la solicitud enviada a Madrid.
- Ya he pensado en ello, cariño. Puesto que ya hice llegar en su día al Gobernador la información de la primera petición a Madrid de obras en la Marina, no me parece aconsejable volver a repetir la jugada. Creo que lo más prudente sería esperar, digamos un par de meses o tres, para dar tiempo al ministerio a contestar. Si en ese intervalo no hay respuesta, entonces decidiríamos si envío el expediente a la Jefatura Provincial.
- ¿Te pasó una copia Severino?
- Sí, la tengo en la cartera de mano. ¿Quieres verla?
- No hace falta. Tampoco iba a entender gran cosa. Uno de los muchos aspectos en qué me das cien vueltas es tu dominio en todo lo referente a la burocracia. El otro día alguien, no recuerdo quién, me lo comentó: tu marido es muy bueno con el papeleo. 
- Aunque me están llamando burócrata, cuando recuerdes quien te lo dijo le das las gracias de mi parte.
   A pesar de que el final de la charla ha sido más bien banal, la mujer percibe como su marido se esponja de satisfacción ante el halago. Los hombres, piensa, son como niños. Basta con que les des unas palmaditas en la espalda y les digas lo bien que hacen esto o aquello para que se sientan satisfechos como críos. Y eso que José Vicente no es de los más vanidosos, pero su amor propio no deja de ser uno de sus puntos débiles. Bueno, si he de ser sincera, he de reconocer que también es uno de los motores que le mueven. Si le tocan su orgullo responde como un muelle. De todas formas es un buen hombre. Creo que hice bien casándome, aunque… no sé si llegaré a enamorarme de él algún día.