viernes, 17 de abril de 2015

4.9. Un mejicano en Senillar



   Enrique Guerrero se ha ido del pueblo y su desaparición le sienta a Lolita como una purga. Está desconcertada, el joven se ha ido sin despedirse y nadie sabe adónde ni cuál es el motivo de su marcha. Tras algunas discretas averiguaciones consigue enterarse de que Sanchís ha comentado que su sobrino se ha ido a Madrid a hacer un curso de análisis clínicos, pero lo que le preocupa es que el viejo farmacéutico ha añadido que no sabe cuándo volverá y ha dejado caer: si es que vuelve.
   La joven se deprime porque parece que todo le sale mal: Rafael se echa novia, encima parece que la cosa va en serio, y la persona con la que pretendía darle en la cresta se ha esfumado. Si creyera en conjuros diría que alguien le echó mal de ojo. Días después, semioculta tras la puerta de su tienda ve pasar, camino de misa de doce pues es domingo, a Pepita colgada del brazo de Rafael. Es la primera vez desde hace mucho tiempo que vuelve a ver a Rafa, lo encuentra tan pinturero y elegante como siempre; se le ve contento, parece que el nuevo noviazgo le está sentando bien. No puede resistir la tentación de volver a espiar el retorno de la pareja. Por la noche, en su habitación, con los ojos preñados de lágrimas, repasa viejas fotografías, las que no devolvió a Rafael cuando rompieron. No sabe si cortarlas en pedacitos o quemarlas, tras muchas dudas vuelve a dejarlas en la caja de madera taraceada en que las guarda. Y por si faltaba algo, sigue sin saber nada del sobrino de Sanchís.

   Lo del curso de análisis clínicos de Enrique Guerrero es una verdad a medias: la entidad organizadora, la Facultad de Farmacia de la Universidad Central de Madrid, le llama curso aunque solo dura cuatro semanas. Enrique traba amistad con un grupo de cursillistas que terminan formando una pandilla que dedica más tiempo a divertirse que al aprendizaje de las técnicas analíticas. Hay una compañera, Covadonga, que tiene una farmacia en Avilés, con la que rápidamente congenia. No es una belleza, pero tiene un carácter tranquilo y una sonrisa agradable; es de esas personas que irradian una sensación de paz y serenidad. Terminan emparejándose y el resto de compañeros bromean a su costa.
- Quién te lo iba a decir Covi, qué ibas a encontrar novio en Madrid.
- Como broma, vale, pero nada más. No somos novios ni mucho menos, simplemente, amigos.
- Hija, pero si estáis juntos la mitad del día.
- Como el resto del grupo, guaje.
   El flirteo de Enrique con la asturiana termina cuajando. Todavía sigue acordándose de Lolita, pero Covadonga es una chica maja, simpática y buena conversadora lo que hace que el recuerdo de la joven senillense vaya diluyéndose. Parece que su amigo Grau tenía razón: lo que sentía por la joven, todavía no sabe si era amor, parece que no está resistiendo la distancia.
                                                                        *  
   Carlos Arruza torea en Valencia. El mejicano es uno de los diestros de moda en un verano en el que la segunda guerra mundial ha dado paso en Europa al Plan Marshall. Además de su innegable torería otro hecho que le ha aupado a los primeros puestos del escalafón taurino es que algunos medios han tratado de convertirlo en el antagonista de quien, sin duda alguna, es el número uno en el planeta del toro: el cordobés Manuel Rodríguez “Manolete”.
   Un grupito de aficionados de Senillar, comandados por el más taurino de todo el pueblo, Fermín de Belda, ha ido a verle torear al coso de la calle Játiva. Aunque ese día el matador azteca no cuaja una gran faena, los lugareños, con Fermín al frente, se han desplazado al hotel en el que descansa el torero e insisten en verle para felicitarle. El apoderado trata de quitárselos de en medio con la excusa de que el maestro está cansado y necesita reponerse pues en dos días ha de torear en Alicante y por medio hay un pesado viaje por carretera. La insistencia de los senillenses no tuerce la voluntad del apoderado a quien la negra blusa campesina de Belda ha sido suficiente para catalogarle como el clásico paleto huertano. Tras la negativa, el grupo se refugia en el bar del hotel para tomar unas copas y decidir qué van a hacer. Ante su sorpresa, en un extremo de la barra está el diestro mejicano departiendo con uno de los miembros de su cuadrilla.
- Fermín, ¿ese alto no es Arruza?
   El aludido, uno de los escasos vecinos del pueblo que ha visto repetidas veces al matador, con parsimonia y, sin que parezca importarle interrumpir la charla que mantiene el diestro, le aborda.
- Perdone, usted es Carlos Arruza, ¿verdad?
- El mismo – contesta el torero con su cadencioso acento mejicano.
   El resto del grupo se ha arremolinado en torno al diestro y al bueno de Fermín que está empeñado en invitar al matador a tomar lo que quiera porque, en su opinión, es el torero más grande del mundo desde que faltó Joselito. El peón, con el que departía Arruza, intenta espantar al inesperado moscón, pero al mejicano le hace gracia la verborrea del pueblerino y se deja invitar a un café. Belda tiene la osadía de pedir al diestro que les visite en las fiestas de agosto, lo que sería un honor para todo el pueblo. El mejicano, dada la insistencia de Fermín, solo se compromete a parar un momento en el pueblo pues le coge de mano en su viaje a la ciudad alicantina.
   Al día siguiente el torero pasa por Senillar. Desconoce que a un par de kilómetros antes de llegar al pueblo están apostados unos mozos que, en cuanto ven pasar la rubia del matador, lanzan un cohete cuyo estampido es la señal que espera el gentío. Arruza nunca pudo imaginárselo: en la plaza, engalanada con banderas españolas y mejicanas, está esperándole un enorme gentío y la banda de música tocando el pasodoble que lleva su nombre y hasta las pocas piezas mejicanas que conocen como Adelita y Cielito lindo. La auténtica emoción que percibe en la gente le llega al corazón. Está acostumbrado a los aplausos y vítores de los públicos de los cosos taurinos, pero nunca vio a todo un pueblo, de gente campesina y modesta, tan entregado y con tantas ganas de ofrecerle su cariño y simpatía. Tan es así que, en un gesto espontáneo, pregunta a Andrés Gago, su apoderado, si tiene alguna fecha libre durante la semana de las fiestas de agosto. Al parecer la tiene pues una corrida que tenían apalabrada en el norte ha sido cancelada. Sin dudarlo un momento le indica que reserve ese día: toreará en Senillar, sin cobrar un duro por supuesto

   De la noche a la mañana, los senillenses se vuelven confesos seguidores del diestro azteca que mantiene en los ruedos un apasionante duelo con Manolete, pese a que fuera de los cosos son buenos amigos, y que hace revivir a los aficionados a la fiesta otros enfrentamientos de tiempos pasados como los protagonizados por Joselito y Belmonte o Bienvenida y Ortega. El Califa de Córdoba, como también apodan a Manolete, ya no es el número uno para ellos y hasta un vate local le pone una letra peyorativa al pasodoble del torero cordobés. La breve parada del matador es relatada una y otra vez por las esquinas del pueblo y todo el mundo se hace lenguas como una persona tan famosa como el diestro mejicano, un auténtico coloso del ruedo, ha tenido el detalle de conversar con unos vecinos de tú a tú y hasta de prometerles que volverá. Una inusitada fiebre arrucina se extiende por la población.
   Con el paso de los días la simpatía hacia el torero se convierte en verdadero fervor. Menos elevarlo a los altares todo lo demás es poco. Inmediatamente se constituye una comisión pro-Arruza porque son muchas las cosas que hay que preparar para su venida. En el pueblo jamás ha toreado un matador de la categoría del azteca y eso significa que habrá que mejorar y adecentar la plaza de toros, hecha con los carros de los labradores, que los vecinos construyen en la Plaza Mayor. Además está el problema de las reses, hay que contratar auténticos toros de lidia porque no valen las vaquillas cerriles que se corren en las tientas locales y que han sido toreadas en la mitad de pueblos de la provincia. El tío Fermín de Belda se autonombra presidente de la comisión y Agustín el Pipa es designado vicepresidente, entre ambos se comprometen a tenerlo todo a punto. Todos están de acuerdo en que Fermín es la persona más apropiada para esa tarea. Es taurino, soltero, y tiene tiempo y dinero para dedicarlo a lo que más le gusta. Ahora, en Arruza ha encontrado el leiv motiv de su vida.

   José Vicente Gimeno ha pensado en meterse en la comisión encargada de preparar la actuación del diestro mejicano, puede ser una buena ocasión para hacerse notar, más aún al enterarse de que el alcalde no ha mostrado mayor interés por ello. Lolita, a quien ha pedido su opinión, se lo quita de la cabeza.
- Yo no me metería, José Vicente. No se te conoce como aficionado a los toros, ni siquiera sueles asistir a las capeas que se organizan en las fiestas de agosto. Además, todos los que están en la comisión son viejos amigos que han viajado mil veces juntos para ver algunas de las ferias taurinas más importantes de España. Tú no serías más que una especie de pegote y darías la nota – Casi está en un tris de revelarle el mote que algunas lenguas afiladas le han puesto: Perejil, porque está en todas las salsas, pero se contiene. Una cosa es que no sea santo de su devoción y otra herirle en su orgullo. En lugar de ello su final es otro -. Bueno, esa es mi opinión, ya que me la has pedido, pero conociéndote sé que tienes el suficiente criterio para decidir por tu cuenta. O sea, que tú mismo.

martes, 14 de abril de 2015

4.8. A veces poner distancia da resultado



   La casamentera que ha buscado Maruja la de Blanquer, como es conocida en el pueblo, desempeña exitosamente su papel con los padres de Pepita Arnau. No se trata más que de un primer tanteo para constatar si existe alguna posibilidad de que haya conversaciones ulteriores. La correveidile habla con Águeda, ésta lo hace con su marido y ambos con su hija quien, a espaldas de sus padres, le pide opinión a Encarnita, su más íntima amiga.
- ¿Y qué te parece ese chico? Yo no recuerdo haber cruzado palabra con él.
- Yo tampoco. Es algo mayor que nosotras y estuvo unos años estudiando fuera. Lo que sí te puedo decir es que es un rato guapo, también dicen que es muy faldero. Por cierto, ¿sabes de quién fue novio?, de tu amiga la delegada de la Sección Femenina – añade con sorna Encarnita que conoce la escasa simpatía que siente su amiga por Lolita.
- Sí, eso ya lo sabía. ¿Quién lo dejó, él o ella?
- Pues no sé, pero volviendo a Rafa, también he oído comentar que cuando hizo la mili en Valencia llevaba una vida de lo más perdularia. Su madre estaba muy disgustada y hasta hay gente que dice que si tuvo algo que ver con una chica de mala reputación. Pero todo eso son chismes que vete a saber si son ciertos o no.
- Bueno, pero ¿a ti que te parece? – insiste Pepita.
- Ya te lo he dicho, para mí lo quisiera. Si es que está de toma pan y moja. Más de la mitad de las chicas del pueblo le ponen ojitos.
- Sí, pero de la guapeza no se come.
- Anda, hija, si alguien te oyera hablar así pensaría que eres una muerta de hambre. Como si a ti te fueran a faltar los cuartos. Y los Blanquer no tienen tanto como vosotros, pero tampoco están desnudos.
- Me ha dicho mi madre que tía Elisa le contó que si le van a poner un almacén de materiales y que va a ganar mucho dinero.
- Guapo y con dinero, ¿qué más quieres Baldomero? Ese chico es un chollo, te lo digo yo.
- Lo que me hace más tilín es que, según mi madre, como se va a dedicar a lo del almacén, su mujer será una señorona que no tendrá que ayudar en el campo y hasta tendrán criada y todo.
- Pues mejor me lo pones. Anda, hazme un favor. Di que no y así probaré fortuna yo. ¡Qué suerte tienes con los pretendientes, hija, primero José Vicente y ahora éste!
- Eso es lo que más me escama, mira que si sale un cantamañanas como José Vicente y también es de los que se empeña en que tengo que aprender esto y aquello y que una señora tiene que conocer no sé cuántas cosas para saber mandarlas. Estos que estudiaron tienen esas manías y las chicas del pueblo les parecemos todas unas catetas.
- Como te dije, no le he tratado, pero por lo que cuentan me parece que éste se parece tanto a José Vicente como una castaña a un higo chumbo. Tú dale un poco de gusto y verás como no se te despega de las faldas.
   Tras muchos cabildeos y embajadas, idas y venidas, se reúnen los Blanquer y los Arnau; ambos matrimonios han logrado convencer a sus hijos y, tras su asentimiento previo, acuerdan el noviazgo de sus chicos y, si todo marcha bien, su boda. Están de acuerdo en que la relación no sea excesivamente larga, un año como mucho.                                                                 

   La noticia del noviazgo es durante unos días la comidilla local. Nadie sabe cómo, aunque en un pueblo pequeño mantener un secreto es una utopía, pero uno tras otro trascienden todos los mimbres que han servido para tejer la nueva relación: que si Elisa la de Antonino hizo de casamentera, que si la acordaron los padres, que si él le ha regalado una pulsera preciosa, que si la Maruja está que no cabe de gozo, que si la boda será seguramente el próximo año, que… Y además de los cotilleos nadie se priva de opinar sobre el emparejamiento.
- ¿Y ese tarambana de Rafael no hubiese hecho mejor boda casándose con la hija de la señora Leo?
- De todas, todas. Lolita es una mujer de su casa, una chica fina y hasta es mucho más guapa que la niña de la Águeda.
- Sí, pero los Arnau tienen duros como para llenar una plaza de toros.
- Eso es cierto, y claro: poderoso caballero es don dinero.
- No está mal que el Rafa haya sentado la cabeza porque parece que es un mujeriego de mucho cuidao.
- ¿Y tú ves a la Pepita con arrestos para meterlo en cintura?, si parece que no ha roto un plato en su vida.
- Dicen que la Águeda está enseñándole a guisar. Como va a ser ama de casa…
- A buenas horas. Eso tendría que haberlo hecho mucho antes.
   Al conocer la noticia a José Vicente le da la risa floja. Se dice que debe de ser verdad eso de que siempre hay un roto para un descosido y piensa que Rafael, al que conoce muy someramente, no sabe dónde se mete. También cavila en la extraña coincidencia de que él y Lolita hayan sido novios de la nueva pareja. Es una curiosa situación. Piensa embromar con ello a su camarada, pero cuando la ve un sexto sentido le dice que no está para chuflas, desde hace algunos días vuelve a ser la joven antipática, arisca y borde que conoció al principio. Mejor callarse.
                                                   
   El enterarse del noviazgo de Pepita y Rafael deja anonadada a Lolita. En el fondo seguía teniendo la oculta esperanza de que una vez vuelto Rafa al pueblo existía la posibilidad de que pudiesen reanudar su antigua relación. Y ahora va y se lía con la pavisosa de la niña de los Arnau. El nuevo rumbo que parece haber tomado la vida de su exnovio también impulsa el cambio del proyecto de vida de Lolita. Si tenía alguna remota esperanza de que Rafael volviera con ella ahora se ha esfumado. Tiene ya veintitrés abriles y eso en el pueblo son muchos años. Siempre pensó que le gustaría casarse, tener hijos…, pero con el hombre del que se enamorara. Ese hombre parece que lo perdió para siempre. No puede quedarse así, lamentándose y lamiendo sus heridas, tiene que hacer algo. Y ese algo es encontrar novio. No está dispuesta a convertirse en una solterona. También cuenta lo de darle en la cresta a su antiguo enamorado y terminar de una vez con las risitas y miradas aviesas que le dispensa más de una. Tiene la solución para todo ello al alcance de la mano: Enrique Guerrero. De la noche a la mañana, el farmacéutico ve como los desplantes y desaires de la joven se transforman en amabilidades y sonrisas. Como tampoco es tonto, se pregunta cual podrá ser la causa de un cambio tan radical. Y como no la descubre le plantea el interrogante a Manuel Lapuerta, pues sabe que el galeno conoce a Lolita desde que era niña:
- Lo que hace unos días todo eran hieles, ahora son mieles. No soy precisamente un experto en psicología femenina, pero esas transformaciones tan radicales supongo que obedecen a una causa. Ante una situación así, ¿qué harías?
   El médico está enterado del noviazgo de Rafael y presume que ese hecho quizá sea la causa del cambio experimentado por Lolita en la relación con su joven amigo. No le puede ocultar sus sospechas y se las cuenta. Por supuesto, no puede confirmar que el noviazgo en cuestión haya sido el único motivo del cambio de actitud de la joven, pero todo apunta a que debe de ser un factor a tener en cuenta. Y para concluir su relato añade:
- En cuanto a qué haría, mi querido Enrique, no tengo respuesta para esa pregunta. Estamos hablando de sentimientos y en ese terreno los consejos tienen escaso valor. Tendrás que decidir por ti mismo.
- Tampoco es tan fácil, Manolo. Lolita me gusta, para qué negarlo, pero no estoy tan seguro de estar enamorado. No acabo de cogerle el tino a la diferencia entre gustar y amar. Y estoy hecho un verdadero lío.
- Me encantaría ayudarte, Enrique, de verdad, pero no se me ocurre nada que sea medianamente razonable. Es más, la razón y el sentimiento no suelen hacer buenas migas. Recuerda la cita, creo que es de Pascal, de que el corazón tiene razones que la razón no comprende.
   Como a Guerrero le han defraudado los argumentos del médico decide preguntar a Alfonso Grau. Como persona más joven quizá esté en mejores condiciones de ayudarle. Le explica el cambio de humor de la chica, las sospechas de Lapuerta y que no sabe el camino a tomar.
- En casos así puede dar resultado poner distancia – apunta Grau.
- ¿Poner distancia?, ¿de quién?
- ¿De quién va a ser? De la persona que te gusta o a la que quieres o a la que crees que quieres. No hay amor que resista una separación y si la soporta es que no es para tanto. Piénsalo.
   Enrique piensa y repiensa la sugerencia del veterinario, igual Grau tiene razón. Quizá alejarse una temporada y perder de vista a la chica y al siempre ominoso ambiente del pueblo pueden ayudarle a sedimentar sus sentimientos, a ver con claridad el camino a seguir. Y como lo piensa, lo hace. El joven boticario desaparece del pueblo.

viernes, 10 de abril de 2015

4.7. Creo que encontré la novia que buscábamos



   Otro problema de pareja, pero de distinta índole al que acaban de protagonizar José Vicente Gimeno y Pepita Arnau es el que preocupa a Maruja, señora de Blanquer como a ella le gusta que la llamen. Sigue empeñada en casar a su hijo Rafael antes de que vuelva a las andadas y preñe a cualquier jovencita, que a lo peor no tiene un padre tan interesado como el de Esperanza, la muchacha a la que el cabeza loca de Rafa ha dejado encinta. El problema es que todas las muchachas casaderas en las que pone los ojos le parecen poca cosa para su hijo. En algún momento llega a pensar en Lolita. Es una buena chica y tiene el carácter que le falta a su chico, pero fue ella la que rompió la relación y reiniciar ese noviazgo sería tragarse un sapo. Si su hijo no era bueno para ella hace unos años, tampoco lo va a ser ahora. En todas esas cavilaciones anda cuando aparece su hermana Lidón que ha ido a verla. Mientras charlan en la cocina, Maruja prepara la cena.
- Cuéntame los últimos rumores, Lidón.
- Poca cosa. El boticario joven, el sobrino de don José, parece que le tira los tejos a la que iba para nuera tuya, aunque por lo que cuentan parece que ella no le hace demasiado caso.
- Esa noticia es vieja. Si eso se confirma será el mejor partido que va a encontrar Lolita. Espero que esta vez no lo eche todo a rodar – y casi  está por decir: como hizo con mi hijo.
- Lo último con sustancia es la ruptura del noviazgo de la chica de los Arnau y del secretario de la cooperativa.
- Ya me lo contaste. ¿Has oído algo de si Camila Tena está esperando otra vez?
- No, pero tampoco me extrañaría. Con lo beata que es, esa parirá todos los críos que Dios quiera enviarle. Y hablando de cosas de iglesia, ¿sabes lo que se dice del nuevo cura?
- Que es capaz de encontrar cuartos hasta debajo de las piedras.
- Además de eso, cuentan que si le da al coñac a modo. Parece que más de uno le ha visto más que contento.

   Hay algo de la charla con su hermana que a Maruja se le ha quedado enredado en el caletre, pero no consigue recordar qué. Está poniendo un vaso de leche en la mesita de noche cuando de pronto encuentra lo que se le quedó en el subconsciente. Se da una palmada en la frente y exclama:
- ¡La chica de los Arnau!
- ¿Qué chica? – pregunta su marido.
- Me parece, Antonio, que acabo de encontrar la novia que buscábamos para nuestro hijo.
- ¿Y quién es? – se interesa el marido.
- Lo acabo de decir, la niña de Braulio el del duro.
- ¿Piensas hablar con el Braulio?
- ¡Quita por Dios!, ese ni pincha ni corta, en esa casa quien lleva los pantalones es Águeda, al fin y al cabo no deja de ser una Arbós.

   Al día siguiente Maruja se pone en marcha. Como si se tratara de un general planificando la estrategia de una acción militar: fija los objetivos, programa los medios y activa las pertinentes maniobras. La operación: casar a su retoño con la hija de los Arnau. Como se fía poco de su Rafael, decide que hará las cosas al modo tradicional: el noviazgo lo cocinarán los padres y se lo darán hecho a los hijos, éstos siempre podrán negarse, pero si se les presenta adecuadamente lo más probable es que lo acepten. Tiene que aprovecharse de que Rafa está viviendo horas bajas y puede estar más predispuesto a decir amén a lo que ellos propongan. En cuanto a la joven, sabe que tiene fama de caprichosa y de ser la que ordena y manda en su casa, pero todo será cuestión de trabajársela bien, porque al fin y al cabo no es más que una chiquilla y, por lo que sabe, tampoco es una lumbrera. Lo primero que hay que hacer es buscar una buena casamentera. En cuanto hace el repaso mental de los árboles genealógicos del matrimonio Arnau-Gasulla, rápidamente encuentra la persona más idónea para iniciar los primeros contactos exploratorios con la Águeda. Le pedirá la mediación a Elisa, la mujer de Antonino Arbós, con la que le une una vieja amistad. Águeda es sobrina de los Arbós y seguro que Elisa tendrá ascendiente sobre ella. Si no para decir amén a todo lo que le proponga, sí para escucharla. Y si atienden su propuesta, Maruja intuye que ya tiene mucho ganado.

    Ni corta ni perezosa, Maruja se presenta en casa de Elisa.
- Que bien estás Elisa. Ya me dirás qué haces para conservarte así.
- Tú sí que estás bien. Cada día se te ve más joven.
   Tras unos minutos de charla insustancial, Maruja entra en materia:
- Vengo a pedirte que me hagas un gran favor.
- Si está en mi mano…
- Lo está. Es más, eres de las poquitas personas en el pueblo que puede lograrlo. ¿Te sigues haciendo mucho con Águeda la de Braulio?
- Claro. Es sobrina de mi marido y ya sabes que para los Arbós la familia es siempre lo primero.
- Bueno. Te voy a hablar con el corazón en la mano. Lo que te voy a pedir no es para mí, es para mi hijo. Y como madre que eres lo entenderás mejor que nadie.
   Maruja le hace a Elisa un resumen edulcorado de los últimos malos tragos por los que les ha hecho pasar su chico, sin decir una palabra del episodio sobre la preñez de la Esperanza. Temen que, como les ha salido enamoradizo, se tropiece con alguna buscavidas que se le abra de piernas, le haga un crío y se tenga que casar con ella. La única salida que ven para salvar a su hijo de una boda no deseada es encontrarle una buena chica, a ser posible del pueblo, y de una familia como Dios manda. Su Rafael, no es por qué sea hijo suyo, pero es una joya: joven, guapo, con el título de bachiller y además están gestionando ponerle un negocio, un almacén de materiales de construcción con el que seguramente ganará sus buenos duros ahora que tantas casas se están construyendo en el pueblo.
- … y pensamos que Pepita, la hija de Águeda, es la mejor chica que nuestro Rafael puede encontrar en el pueblo y en toda la provincia. Las dos familias somos de aquí y nos conocemos de siempre, los chicos hacen una estupenda pareja y seguro que cuando se traten harán buenas migas. Y todos estamos al cabo de la calle de que los Arnau tienen muchos cuartos, pero nosotros, aunque esté mal decirlo, tampoco estamos descalzos. En ese terreno, los chicos poco tendrán que echarse en cara el uno al otro.
   Elisa ha oído rumores sobre las andanzas no muy santas del chico de la Maruja y que lo que ésta teme que le pueda pasar a su hijo es algo que, según cuentan las correveidiles bien enteradas, posiblemente ha estado a punto de sucederle. De todas formas, piensa, lo pasado, pasado está y la tontorrona de su sobrina no haría mala boda con el chico de los Blanquer. Si consigue que el arreglo prospere mataría dos pájaros de un tiro: tendría a la Maruja comiéndole de la mano y a los Arnau-Gasulla agradecidos por llevarles a casa un buen partido. Resuelve entrar en el juego.
- ¿Qué quieres, que lo hable con Águeda?
- Si me hicieras ese favor siempre te estaré agradecida. Tú sabes lo que sufrimos las madres cuando un hijo se nos tuerce. No es que mi Rafael se haya torcido, pero antes de que pueda ocurrir algo irremediable estamos dispuestos a hacer lo que haga falta. Por eso me he atrevido a pedirte que intervengas.
- Maruja, hoy por ti, mañana por mí. Nunca se sabe lo que nos aguarda. Y a lo mejor dentro de un tiempo soy yo la que tengo que pedirte un favor. Cuenta con mi ayuda. Hablaré con la Águeda.
- Si no te importa, cuando hables insístele en que la mujer que se case con mi Rafael será toda una señorona. Tendrán su propia casa y, si falta hace, criada y lo que sea menester.
- Oye, Maruja, y si esto va para delante qué tenéis pensado ¿un noviazgo largo o corto?
- Lo que le parezca mejor a Águeda, pero si he de serte sincera preferiría que fuera corto. Unos meses de noviazgo para que los chicos se conozcan mejor y evitar las habladurías, y a pasar por la sacristía que como mejor están las parejas son casadas. 
- Bueno, pues déjalo de mi mano. No sé si lograré algo, pero te prometo que haré todo lo posible. De entrada, una cosa si es segura: Águeda me escuchará, otra cuestión es lo que vaya a decidir. Por cierto, me decías antes que pensáis montarle al chico un almacén de materiales. Dame más detalles, ya sabes lo interesados que son esa pareja.
- Te cuento más. Se trata de un almacén de materiales de construcción. Antonio ha conseguido la concesión de una fábrica de cementos de Buñol y el chico va a ser el único representante para toda esta zona de la provincia. Desde aquí hasta Gandía el que necesite cemento de esa marca, que no me acuerdo como se llama, tendrá que pasar por el almacén de mi hijo. Mi marido dice que se va a ganar muy bien la vida y que, por tanto, la que sea su mujer llevará una vida muy regalada. Eso también se lo puedes decir.