viernes, 13 de febrero de 2015

3.5. Aquí los buenos modales no cotizan, las fincas sí



   Gimeno trata de convencer a Lolita de que le enseñe buenos modales a su novia. La joven escucha y calla. Nunca pudo imaginarse que toda la suficiencia que aparenta José Vicente se tambaleara como un castillo de naipes por causa de una mocosa que no ha cumplido los veinte y que aparte de ser mona tiene pocos más atributos. Este va por las fincas de los Arnau, piensa, pues las tendrás, pero te van a salir caras. Pese a todo se ha ablandado, le da pena la imagen de perro apaleado que muestra el hombre y lo desamparado que parece. Hará la buena obra del día, le ayudará.
- Bien, jefe. Te echaré una mano, pero no soy nada optimista de que el plan funcione.
- Estás más que preparada para enseñarle todo cuanto necesita saber.
- El pesimismo no es por mi preparación para enseñar, sino por el interés que pueda tener Pepita en aprender. Un maestro que tuve cuando la guerra nos repetía que la educación solo se da cuando se produce la comunicación entre quien tiene la voluntad de enseñar y quien la tiene de aprender, y sospecho que Pepita no debe de estar por la labor, pero te prometo que por mí no va a quedar.

   Lolita intenta ganarse a la joven novia de su jefe para que la muchacha se le confíe, le cuente sus inquietudes y anhelos, le abra la puerta de sus vivencias íntimas. Y en cierta medida lo está consiguiendo. Pepita admira a su delegada, la considera una mujer con clase y estilo, pero, al mismo tiempo se cree superior: ella es rica, la otra no. La jovencita deja entrever algunos de sus deseos e ilusiones, pero es profundamente desconfiada y nunca se abre totalmente. Lolita comienza por enseñarle, como al desgaire, algunas de las habilidades que sabe que encantan a todas las mujeres: le enseña a maquillarse, a combinar los colores de los vestidos, a elegir los zapatos adecuados, a usar el abanico..., pero cuando un día intenta explicarle cómo organizar una reunión en su futuro hogar, la muchacha echa los pies por delante.
- Eso es una bobada, Lolita. No sé para qué necesito saberlo. A todos los que invito a mi casa los conozco y no tengo que andar con remilgos ni ringorrangos con ellos.
- Esto te servirá para el día de mañana. Piensa que José Vicente conoce a mucha gente y que más de una vez querrá quedar bien con determinadas personas. Y te pedirá que organices una cena o una merienda o que invites a las mujeres de sus amigos a tomar el café o el té. Y todo ese montaje es fácil si sabes hacerlo, pero si no se conocen las reglas de urbanidad y de los buenos modales se puede meter la pata fácilmente y hacerle un flaco favor a tu marido.
- Ya le diré a José Vicente que de reuniones en casa ni una. Que si quiere juntarse con sus amigotes que se busque otro sitio. La casa es para la familia, no para los forasteros por muy importantes que sean.
   Por mucho que Lolita intenta persuadirla de que lo que pretende enseñarle es muy fácil y se aprende en un abrir y cerrar de ojos, Pepita no cede y se niega a continuar la conversación. Es terca como una mula, se dice Lolita, ha salido tan obstinada como su padre.
   Días después encauza la charla para tratar sobre cómo se debe de montar una mesa para una comida de compromiso. La muchacha vuelve a negarse.
- Esas tonterías no necesito saberlas.
- Ahora no lo necesitas, pero piensa en el futuro. Cuando te cases con José Vicente vas a tener que celebrar más de una comida en tu casa con invitados de postín y tendrás que montar una mesa debidamente.
- Cuando me case tendré criada y ya se encargará ella de todo eso.
- ¿Y si la sirviente no sabe hacerlo?
- Pues que aprenda que para eso se le paga.

   En su papel de Pigmalión la joven delegada todavía efectúa una última intentona: enseñar a la jovencita algunas nociones elementales de higiene personal. No ha querido tratarlo antes porque es consciente de lo delicado del tema y de lo complicado que puede resultar que la jovencita lo asuma. Conoce bien a las Pepitas del pueblo, las trata a diario en su tienda, y sabe que sus hábitos y conocimientos al respecto se cimientan en un conjunto de trasnochadas creencias transmitidas de madres a hijas, trufadas de prejuicios y tópicos de lo más primitivo. La muchacha le deja hablar, pero cuando le oye decir que una señorita debe de lavarse diariamente los dientes, y mejor si lo hace después de cada comida, ya no puede contenerse más y salta como una gata montesa.
- Lolita, esas cosas son para las señoritingas de la capital. Madre dice que como no tienen nada que hacer se entretienen en tonterías de esa clase. Si un ama de casa tuviera que lavarse tantas veces como dices no le quedaría tiempo para atender sus tareas. 
- Ten en cuenta que lavarse los dientes no solo es una cuestión de higiene sino también de estética. Una mujer es mucho más atractiva si tiene una boca cuidada y unos dientes blancos. A buen seguro que José Vicente te querría aún más.
- Si mi novio me tiene que querer porque me lave más o menos será una prueba de que no me quiere por mí misma. ¡Pues estamos apañaos!
   Llegado a ese punto, Lolita lanza la toalla. Presumía que la empresa no iba a ser fácil, pero ha mostrado ser imposible.
- Lo siento, jefe, pero resultó como temía. No se puede enseñar a quien no quiere aprender. Y tu novia es de esas. Créeme que lo he intentado de la mejor manera que sabía, pero fracasé. Me hubiese encantado poder hacerte el favor.
- ¿Cómo que no quiere aprender? ¿Si todo cuánto ibas a enseñarle iba a ser bueno para ella, independientemente de que se case o no conmigo? ¿Qué razones te ha dado para no querer aprender? A lo mejor puedo rebatirlas.
- Opino que no se trata de razones personales, son de otro tipo – explica Lolita -. En el pueblo los buenos modales no cotizan, las fincas sí. Y como Pepita va a heredar un montón está persuadida de que no necesita nada más.

   Lolita ha ido a la farmacia de Sanchís a por un preparado para su madre. Antes de que tenga tiempo de pedir el fármaco al viejo boticario, un joven se adelanta:
- La atiendo yo, tío. ¿En qué puedo servirla, señorita?
   Al salir de la botica, Lolita se topa con su amiga Consuelo y como le ha picado la curiosidad le pregunta:
- ¿Quién es el nuevo dependiente de la farmacia de don José? 
- No es un dependiente, es un sobrino suyo que también es boticario. Se llama Enrique Guerrero y, según cuentan, cuando don José se jubile se quedará con la farmacia. Ah, y otra cosa muy interesante para todas las que no tenéis novio: es soltero y sin compromiso - Consuelo no pierde oportunidad para restregarla a Lolita su condición de soltería. La joven no se da por aludida y se limita a decir:
- Pues será todo eso que cuentas, pero me ha parecido un sosaina de cuidado.
- Lolita, hija, ¿crees qué despachar aspirinas o bicarbonato es para estar cómo unas castañuelas?
- No digas bobadas, Consuelo. Lo que quiero decir es que me atendió como si hubiese sido…, que sé yo, mi madre. Tan pomposo y anticuado. Hasta me llamó señorita. 
- Es lo que eres, ¿no? – la afirmación ha sonado con cierto retintín.

martes, 10 de febrero de 2015

3.4. Buscando a Pigmalión



   Haber formalizado su vínculo solo ha supuesto pequeños cambios en la relación de Pepita y José Vicente. Si hay una variación destacada: todas las noches el joven acude a casa de los Arnau para hablar con la muchacha, sentados ambos en sendas sillitas de enea en la entrada de la casa. A Gimeno le parecía que el sitio natural para estar con su novia debería de ser el saloncito de recibir, pero enseguida descubre que el hogar de sus futuros suegros está formado en realidad por dos módulos diferenciados: hay una parte de la vivienda, la que da a la entrada principal, que está siempre impoluta, completamente decorada y amueblada, y que solo utilizan para enseñarla a las visitas. Dónde verdaderamente los Arnau hacen la vida es en la parte de atrás de la casa, que es más vieja, bastante sucia, está pobremente amueblada y su decoración, por así calificarla, es más bien espartana. Bueno, piensa, esa será una de las muchas cosas que habrá que cambiar en esta casa el día que pase a formar parte de la familia.

   A medida que han ido pasando los días, José Vicente ha ido descubriendo cómo son sus futuros suegros y su hija. Como percibió el primer día, el tío Braulio es buena persona, cazurro, trabajador, austero, parco en palabras, pero poco más que un cero a la izquierda en lo que concierne al estatus familiar. Quien decide todo lo que hay hacer es Águeda, que es taimada, retorcida, hipócrita e interesada, y su hija es la niña de sus ojos por lo que, a la postre, es Pepita la que impone sus deseos y caprichos. Toda esa combinación ha propiciado lo que es ahora la muchacha: una joven caprichosa y marimandona, convencida de que es una belleza, sabedora de que heredará una gran fortuna, y que con todo eso poco más necesita. El hombre que pretenda desposarla va a ser afortunado por tenerla como pareja.
   En realidad, la joven tiene múltiples carencias como Gimeno pronto descubre: sus modales dejan mucho que desear, sus habilidades sociales brillan por su ausencia, sus limitaciones culturales son patentes y, lo que peor lleva el joven político, su higiene personal es bastante deficiente. Hasta la petición apenas si la había tocado, pero después del permiso paterno, la muchacha le ha dejado que la acaricie. La primera vez que la besó estuvo a punto de darle un mareo, le olía la boca y no precisamente a rosas. Le da la impresión de que apenas si debe de lavarse los dientes y siempre atufa a un perfume intenso, que sospecha debe de servir para enmascarar otros olores menos gratos. José Vicente decide que ese estado de cosas no puede seguir así e idea un plan para eliminar o al menos pulir las carencias de la muchacha. Solo es cuestión de encontrar la persona que pueda y quiera hacer de Pigmalión. Sabe que no será fácil hallarla porque la tarea será complicada de llevar a cabo dada la autosuficiencia que, paradójicamente, tiene Pepita. En las que primero piensa para realizar su plan es en las maestras del pueblo, pero no tiene confianza suficiente para pedirles algo tan personal y además tampoco cree que la muchacha se deje instruir por ellas. Teme que tendrá que desistir de su idea por falta de una persona adecuada que ayude a su novia y le dé un curso acelerado de buenos modales e higiene personal. En esas reflexiones está cuando aparece Lolita en el quicio del despacho de jefatura.
- Jefe, te dejo el estadillo de altas y bajas del pasado mes. Por cierto, una de las altas es de tu novia. Enhorabuena. Podéis quedar de lo más propio si os casáis vistiendo la camisa azul – las palabras de Lolita están cargadas de suave ironía.
- Gracias, Lolita. Tendré muy en cuenta tu propuesta – contesta Gimeno con tono parecido. Es frecuente que en sus contactos, siempre por tareas del partido, ambos utilicen una dialéctica cargada de ironía, pero sin llegar a hacer sangre. Da la impresión como si hubiesen llegado a un pacto no verbalizado de lanzarse pequeños dardos, pero sin excesiva virulencia.
   Apenas la delegada ha cerrado la puerta, cuando Gimeno se da una palmada en la frente. ¡Lolita, cómo no se le ocurrió antes! Es la persona idónea para su plan. Es educada, tiene modales, una cultura que ya quisiera para su prometida, sabe estar y comportarse. Cuanto más lo piensa más se afianza en su primera impresión: ha encontrado la instructora ideal. Encima, como convenció a Pepita de que se inscribiese en la Sección Femenina, tiene la excusa perfecta para que la muchacha no desconfíe de todo cuanto pueda enseñarle la que es su delegada. El único pero existente es que probablemente Lolita le dirá que no. Ha de urdir alguna estratagema para ganarse su confianza.

   Por muchas vueltas que le da, Gimeno no encuentra el medio para que la petición a Lolita de que sea la Pigmalión de su novia no suene a excesiva prepotencia por su parte y, al mismo tiempo, que el procedimiento tenga la suficiente fuerza como para inducir a su amiga a aceptar su invitación. Inesperadamente, el calendario le brinda la oportunidad que busca. La sección local de coros y danzas, una de las creaciones de su colaboradora, quedó en primer lugar en el festival provincial, por eso ha sido invitada a participar en la exhibición folklórica regional que se llevará a cabo en el recién construido estadio Castalia de Castellón con ocasión del uno de abril, Día de la Victoria, a imitación de las exhibiciones que se realizan en el ámbito nacional en el estadio Chamartín de Madrid. Para ello se necesita un vestuario nuevo y eso supone un gasto que las magras finanzas de la jefatura local no pueden permitirse. La joven delegada viene insistiéndole desde hace tiempo en que no pueden ir a la capital con los viejos trajes que tienen las jóvenes de la sección, habría que contar con nuevo guardarropa, pero Gimeno se ha negado hasta el momento. Ahora piensa que, como Lolita está muy ilusionada con el proyecto, si da luz verde al mismo estará en posición de pedirle algo a cambio. La caja de jefatura se va a quedar más tiesa que una mojama pero, parafraseando a aquel rey francés: si Paris bien vale una misa, la formación de Pepita bien vale que se quede el presupuesto a cero.
- Lolita, tengo una gran noticia que darte. Sé que te vas a alegrar mucho y, aunque no lo creas, para mí también ha supuesto una satisfacción… – hace una pausa para dar mayor efectismo a la información -. Conseguí financiación para que podáis ir a Castellón el próximo uno de abril vestidas de dulce.
- ¿De verdad, en serio? – Lolita ríe y palmotea como una niña pequeña a la que acaban de regalar una muñeca. En un gesto impulsivo le planta un par de besos en las mejillas.
   ¡Huele solo a agua y jabón, pero que aroma tan rico!, piensa Gimeno. Y cuando se ríe se transforma, parece mucho más joven y pierde ese aire entre borde y ceñudo que adopta casi siempre. Qué lástima que no ría más a menudo. Este es el momento de plantearle la propuesta:
- Por cierto, tengo que pedirte un favor personal.
- Después de la noticia que acabas de darme, lo que quieras.
- Verás... – José Vicente busca las palabras para que su petición suene lo menos exigente posible -, Pepita es encantadora en muchos sentidos, pero le falta bastante mundología. Me da la impresión de que su madre no le ha enseñado muchas de las cosas que una señorita debe de saber. ¿Me entiendes?
   Lolita mira a Gimeno y trata de permanecer lo más circunspecta posible. Claro que le entiende y supone a qué se refiere. Conoce perfectamente a Pepita y a sus padres y puede imaginarse la cantidad de hábitos, conductas y conocimientos de los que la muchacha está en ayunas. Disimula.
- No acabo de entenderte, jefe. Si no hablas más claro...
- Es que no sé cómo decirlo – confiesa -, para que no parezca una actitud demasiado prepotente por mi parte. Me gustaría que cogieses a Pepita por tu cuenta y, con la excusa de enseñarle lo que una afiliada a la Sección Femenina debería saber, le dieses unas... – no encuentra la palabra justa – charlas sobre lo que una chica, que mañana será la esposa de un cargo político, debería conocer. 
- Lo siento, jefe. Ni soy docente ni estoy preparada para enseñar. Eso lo haría mucho mejor cualquiera de las maestras del pueblo.
- Esa posibilidad ya me la planteé y tuve que descartarla. Sondeé a Pepita y guarda un pésimo recuerdo de la escuela y de sus maestras. No quiere saber nada de ellas.
- Entonces, ¿ya hablaste con ella de esa preparación?
- De forma explícita, no. Se lo insinué, pero no se lo he planteado claramente. Me dio miedo de que lo rechazara.
- ¿Y pretendes que le enseñe cómo comportarse con la excusa de que es algo propio de la Sección Femenina? Seamos serios, Pepita puede ser ignorante, pero no tonta. 
- Soy consciente de que es un plan bastante descabellado, pero es que no encuentro otra forma. Y créeme que me quita el sueño. Necesito que la mujer que lleve al lado sea capaz de no desentonar y Pepita no está preparada para ello. Solo tú puedes ayudarme, por eso me atrevo a pedirte este favor. Ya sé que es algo muy personal y que no tiene nada que ver con tu trabajo en la delegación, pero, ya te digo, estoy muy preocupado y la única esperanza que tengo es que quieras ayudarme.
                                                                                                            

viernes, 6 de febrero de 2015

3.3. Una pedida de mano insólita



   A José Vicente solo le falta un último paso para que su relación con Pepita tenga todas las bendiciones sociales: hablar con el padre de la joven. Decide dar el paso. Una tarde pide a la jovencita que le diga a su padre que esa noche irá a hablar con él. Le recibe el tío Braulio en una especie de saloncito de estar que parece sacado de una revista de interiorismo: todo está impecable, impoluto, hasta se diría que el mobiliario está recién sacado de la fábrica. Águeda y Pepita no pierden ripio de la entrevista tras una de las puertas. Pese a su autodominio, Gimeno está francamente nervioso. No todos los días se da un paso semejante.
- Verá usted, señor Braulio, Pepita y yo llevamos hablando un tiempo y…, bueno, parece que hemos congeniado. Como soy un hombre serio y sé perfectamente que usted también lo es, antes de dar ningún paso he querido hablar con usted y pedirle su permiso para poder entrar en esta casa como novio de su hija.
   Se produce un silencio. El tío Braulio no dice nada y José Vicente no sabe si debería proseguir o qué. Como el dueño de la casa sigue sin arrancarse, el joven prosigue con su explicación:
- Yo, como usted sabe, tengo un empleo fijo y gano lo suficiente para poder mantener dignamente una casa – Gimeno no está muy seguro de que su afirmación sea tan cierta -. Y como también soy jefe local del Movimiento, tengo posibilidades de lograr mejores empleos todavía. Por eso – vuelve a repetirse – le pido su permiso para poder entrar en casa y hablar con su hija.
   Sigue el silencio. Gimeno comienza a ponerse nervioso. Casi está por gritar: ¡pero, hombre de Dios, quiere de una puñetera vez decir algo! El tío Braulio le mira de soslayo con sus ojillos cazurros de un marrón desvaído y se pasa la lengua por los labios, pero sigue callando. José Vicente vuelve a tomar la palabra porque el silencio le está poniendo de los nervios:
- Debe saber que respeto mucho a su hija y, por supuesto, también a ustedes. Sé que son una familia cabal. Nunca me hubiese atrevido a hablar con usted si mis intenciones no fuesen honestas. Pepita y yo hemos hablado mucho de lo nuestro y estamos de acuerdo en llevarlo adelante. Nos queremos, pero… no vamos a dar un paso más si no es contando con su permiso para hacerlo. Yo sé que los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos – no sabe qué decir más y habla por hablar – y usted no va a ser menos. No sé si soy el mejor partido para Pepita, pero como le he dicho tengo una paga segura y conmigo su hija llevará una vida de señora y… por eso he venido a preguntarle si me concede su permiso para poder entrar en casa y…
   Como el tío Braulio no parece que vaya a decir nada, Gimeno, agotada su paciencia, decide conminarle:
- ¿Me da permiso para cortejar a su hija? Usted dirá – casi lo ha dicho gritando.
   El tío Braulio carraspea, vuelve a mojarse los labios, y al fin se arranca:
- Eh… Bueno… Lo que está bien, está bien… Somos una familia honrada… Pepita es nuestra única hija y todo va a ser para ella… Espero que la respetes y que vengas con buenas intenciones – una parrafada tan amplia parece haber agotado las posibilidades verbales del buen hombre que vuelve a callarse. Sale del saloncito y regresa al momento acompañado de su mujer y su hija.

   José Vicente saluda por primera vez a la tía Águeda quien le da la mano y solo falta que le haga una reverencia. Pepita le sonríe sin decir nada. Se la ve más que feliz, radiante. El tío Braulio ha vuelto a callarse. Gimeno desconoce cuál es el protocolo a seguir en estos casos. Decide continuar hablando. El silencio le resulta cada vez más insoportable.
- Señora Águeda, mucho gusto en conocerla y saludarla. Pepita me habla mucho de usted… En fin, para mí es una satisfacción y una gran alegría que me permitan hablar con su hija.
- No te preocupes, José Vicente. Podemos tutearte, ¿verdad? No gastes cumplidos. Como si estuvieras en familia. Esta noche cenarás con nosotros. Mientras Pepita y yo ponemos la mesa, Braulio te enseñará la casa.
   El tío Braulio, con paso cansino, le muestra la casa, reconstruida de arriba abajo hace un par de años, y que está verdaderamente impecable. Todo aparece limpio y reluciente, no hay ningún objeto o mueble que no esté en su sitio. El anfitrión le enseña, con evidente orgullo, un cuarto de baño impoluto, hasta tiene bañera y todo, adminículo del que deben de haber muy pocos en el pueblo.
- Y aquí tenemos el cuarto de baño que, a Dios gracias, hasta la fecha no hemos tenido que usarlo.
- Ah – Gimeno, un tanto desconcertado por la explicación, no es capaz de añadir más.
   Es el tío Braulio quien desvela el sentido de la explicación:
- Afortunadamente, toda la familia tiene muy buena salud y nunca hemos tenido que bañarnos.
   En un ángulo del comedor, en el que madre e hija andan azacaneadas poniendo la vajilla y los cubiertos, hay una enorme nevera y al señalarla el tío Braulio presume que día sí, día no, compran un duro de hielo para tenerlo todo fresco.
- ¿Es moderna, verdad? La nevera.
- Muy moderna. ¿No cabe en la cocina?
- Que va – contesta la señora Águeda que no pierde ripio de cuanto dicen -. La tenemos aquí porque así luce más. Es la nevera más grande que había en la tienda. Bueno, pues ya podemos sentarnos a la mesa. José Vicente, tú siéntate ahí, así estarás al lado de la niña. No va a ser una cena de postín como a las que debes de estar acostumbrado. Solo unas cosillas para picotear y poco más.

   El piscolabis resulta ser una cena pantagruélica que, según la madre de la recién pedida, porque el padre no ha vuelto a despegar los labios, ha sido elaborada por Pepita pues es muy buena ama de casa y sabe guisar estupendamente. José Vicente termina atiborrado como un oso. Suspira cuando se ve en la calle. Ha sido una velada insólita y un tanto desconcertante. Prácticamente solo ha hablado él. Los tres miembros de la familia Arnau-Gasulla apenas han abierto la boca, eso sí, han sido unos oyentes muy atentos. La que más ha intervenido ha sido Águeda y se ha limitado a repetir lo maja y lo buena hija que es Pepita y que por eso también será una buena esposa. Y en su parrafada más larga ha hecho mención a las fincas que algún día serán de la niña y de quién sea su marido. Mientras se dirige a la pensión en la que vive, Gimeno va pensando: esta gente nada de invitaciones ni de preguntarme si quiero o no cenar con ellos, nada. Te quedas a cenar y en paz. Y el Braulio de las narices tampoco me ha contestado si me concede la mano de la hija. Por lo de la cena supongo que sí, pero en concreto no ha dicho nada. ¡Vaya Castelar! Ahora ya sé a quién ha salido la niña: tiene la misma facilidad de palabra que el padre.

   Formalizada la relación, José Vicente vuelve a recibir un alud de felicitaciones por su noviazgo, ahora ya oficial. Todos coinciden en que ha dado un buen paso y que va a hacer una gran boda. Hasta Benjamín Arbós, que es poco dado a las efusiones, le felicita calurosamente un día que se cruzan en la cooperativa.
- Enhorabuena, José Vicente. Me han dicho que vamos a emparentar. Mi sobrina es una buena chica y se merece lo mejor.
   También Lolita le vuelve a felicitar, aunque con evidente sorna:
- Bueno, jefe, parece que vas a sentar la cabeza. Felicidades. Es una chica que no está mal. Algo corta, pero eso puede llegar a ser una virtud.
- ¿Qué quieres decir con eso? – inquiere Gimeno, un tanto mosqueado.
- Lo que he dicho, jefe, que es una chica que no está nada mal.
- No me refiero a eso, sino a que es corta, ¿eso qué significa? 
- Realmente no significa nada, es una forma de hablar – y tratando de enmendar su metedura de pata, añade -. No solo es una chavala muy mona, sino que tengo entendido que es muy simpática y agradable. O sea, que reitero mi enhorabuena.