viernes, 12 de julio de 2013

1.16. ¿Quién será el siguiente?

    José Ramón Arbós tiene abierto el periódico encima de la mesa camilla, pero no lo está leyendo, su mirada está perdida en el vacío.
   La mujer abre la puerta sin llamar. Es seca de carnes y tiene un gesto avinagrado.
- Bajo está Amador, dice que quiere verte, que es un asunto urgente.
- ¿Urgente para quién, para él o para mí? – El tono de sarcasmo del hombre es hiriente.
- ¿Qué le digo? – La voz de la mujer sigue siendo cortante como un cúter.
   Arbós duda unos instantes, al final accede:
- Dile que suba, pero añade… – Al darse cuenta del hosco gesto de la mujer decide mostrarse más cortés -, por favor, que tengo una jaqueca espantosa y que no estoy para mucho parloteo.

   Arbós sube las persianas de las dos ventanas del estudio, pero corre los visillos para que desde fuera no pueda verse el interior. Se abre la puerta y Amador Garcés se precipita a darle un abrazo.
- Las ganas que tenía de verte. Elvira me ha dicho que no estás muy allá, ¿qué te pasa?
- Nada que no pueda curarlo una gachí con un buen culo. Y hace unas semanas que no me como una rosca porque lo que tengo en casa no sirve ni para unas prisas.
- ¡Siempre serás un pichabrava, José Ramón! No sabes cómo envidio lo sietemachos que eres. A pesar de que somos de la misma quinta da la impresión como si tuvieras veinte tacos menos – La adulación de Garcés no parece afectar demasiado a Arbós.
- Hombre, tú es que tienes la suerte de tener en casa una buena jamona, lo digo con todo el respeto por Manolita. Si tuvieras la mojama que te ha abierto la puerta, ya veríamos.   
- Cuando quieras, cogemos el coche y nos vamos a un nuevo club que han abierto cerca de Albalat. Me han contado que hay material de primera. Dicen que han traído unas rusas que son la releche.
- Pero bueno, Amador, ¿qué me dices? ¿Tú de putas? Si no te conociera tan bien diría que te estás quedando conmigo. Cuéntame otra historia que esa no cuela. Pues buena es tu parienta como para consentirte que te vayas de picos pardos.

   Ambos prosiguen la conversación en el mismo tono de chanza durante unos minutos hasta que Arbós se cansa y, sin solución de continuidad, pregunta de manera tajante:
- ¿Y qué te trae por aquí? Supongo que no has venido a invitarme a echar unos casquetes.
- ¡Qué cosas dices! Vengo por el problema que te expliqué el otro día. Los de Cajaeuropa me han citado, tengo que ir a Valencia a verles. Si no encuentro la solución para seguir pagando los créditos temo que sea el final. Tienes que echarme un cable, José Ramón, por los viejos tiempos.
- Amador, no insistas, ya te dije que no puedo ayudarte. Y además tengo otro problema mucho más preocupante; mejor dicho, lo tenemos porque también te afecta. De hecho me has pillado leyendo la noticia. ¿Sabes a quién han estado a punto de cargarse? A Oriol Bricart.
- ¡No jodas!

   Arbós coge el ejemplar del ABC, en su edición valenciana, y lee la crónica de la redacción del periódico en Barcelona cuyo titular es elocuente: Un intento de asesinato termina con la víctima en la cárcel. El reportaje narra que Oriol Bricart, conocido empresario catalán de la construcción y antiguo consejero delegado de BACHSA, fue tiroteado al salir de su casa. Afortunadamente, sólo le alcanzó uno de los disparos y según el parte del hospital de Sant Pau su estado no reviste gravedad. Lo chusco vino cuando los mossos d´esquadra, al levantar el atestado, descubrieron que un juzgado valenciano había activado hacía tiempo una orden de busca y captura de Bricart, que hasta el momento no había sido localizado. Está acusado de cohecho, receptación y blanqueo de capitales, fraude fiscal y delito societario. En consecuencia, y tras la convalecencia, el constructor pasará de víctima a recluso. Sobre el autor o autores del tiroteo y sus posibles motivos la policía guarda silencio, aunque fuentes oficiosas afirman que podría tratarse de un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, que acaso confundieron a Bricart con un importante distribuidor de estupefacientes que, al parecer, vive en el mismo barrio del empresario. Este extremo no ha sido confirmado por las fuerzas de seguridad. La crónica también hace un resumen de la vida sentimental, bastante ajetreada, del constructor, así como de sus aventuras empresariales coronadas por el éxito hasta que en el dos mil ocho, como un reguero de pólvora, se extendió por el mundo entero el fiasco de las hipotecas subprime y la consecuente crisis que lo acompañó. La periodista remata el reportaje relatando los devaneos del empresario con el mundo del fútbol en el que llegó a ser propietario de un conocido equipo.

   Tras la lectura, Arbós asegura:
- Esto sí que es un problema de órdago y no el tuyo.
- La información habla de la posible confusión con un narco – Garcés se agarra al dato más benévolo de la crónica.
- ¡Qué confusión ni qué leches! Puedes imaginar quienes se lo han querido cepillar. Sabían perfectamente quién era. Ya sabes cómo trabajan nuestros antiguos socios. Lo único que me extraña de todo esto es que fallaran, aunque pensándolo bien acaso lo hayan hecho aposta, como un aviso a navegantes.

   Garcés trata de quitar hierro al asunto:
- Tranquilo, José Ramón. Estoy convencido de que no se meterán con nosotros. No les debemos nada y si al final el negocio salió mal no fue por nuestra culpa.
- Pues no estoy tranquilo ni nada que se le parezca. Si el cerdo del juez instructor no me hubiese quitado el pasaporte me habría largado de España. Porque te recuerdo que Oriol no ha sido el único que ha estado a punto de palmarla. El año pasado un coche atropelló a Rodrigo Huguet y el conductor se dio a la fuga. Todavía lo están buscando. ¿Un accidente? No creo en las casualidades.
- Hombre, José Ramón, no somos tan importantes como para que los compinches de nuestros antiguos socios vengan a por nosotros. Además, que yo sepa, todavía siguen vivitos y coleando Cardona y Arechabaleta.
- Esos dos son punto y aparte. Cardona porque es más listo que el hambre. Hace mucho que nadie sabe de él. Y Arechabaleta, porque como está acostumbrado a dar esquinazo a los etarras, también se zafará de estos. A esos no va a ser fácil encontrarles, pero ya me dirás adónde vamos nosotros.

   Arbós hace una pausa, y luego afirma de manera rotunda:
- Ya han tocado a dos de las cabezas visibles del asunto de la Marina - Y tras un breve silencio, y en tono dramático, se pregunta -. ¿Quién será el siguiente?

martes, 9 de julio de 2013

1.15. Como el gallo de Morón

   Para Sergio se ha convertido en una costumbre, si no diaria sí bastante habitual, lo de pasarse por el bar donde paran cotidianamente Francisco y Lisardo. Les da un ratito de charleta a los jubilados y ellos, a su vez, le invitan a una consumición. Es una situación que le recuerda un episodio que le contó su abuelo Andrés un día que rememoraba escenas de la posguerra, cuando los años del hambre. Los niños de las familias pobres faltaban pocas veces a la escuela, no porque fuesen muy aplicados sino porque no ir suponía que se quedaban sin el cazo de leche y la porción de un grasiento y amarillo queso de extraño sabor, regalos ambos de organizaciones católicas norteamericanas. Ahora, para Sergio la organización de ayuda está encarnada en ambos pensionistas.

   Después de hacer la preceptiva llamada al camarero para encargarle una caña y un bocadillo, Francisco se interesa por el trabajillo que le buscó:
- ¿Qué tal te fue con mi colega?
- Muy bien, señor Francisco. Julio quedó satisfecho con mi trabajo. Me dijo que en cuanto le salga otro encargo contará conmigo.
- Me alegro de escuchar eso, es importante criar buena fama. Cambiando de tercio, el otro día estuvimos comentando sobre el escándalo de los sobornos a los del Ayuntamiento, ¿tú que tienes estudios y leerás lo que traen los diarios sabes algo más de todo ese follón?
- Hace  años que no compro un periódico, señor Francisco, qué más quisiera. Los únicos a los que echo una ojeada de vez en cuando son a los gratuitos y esos traen escasa información política. Lo último que recuerdo haber oído en la tele es que la instrucción de la operación Tornasol, que es el nombre dado por la policía al caso, se había suspendido temporalmente porque el juez instructor se había trasladado a otra plaza y aún no tenía sustituto.
- O sea, que cuando el juez se va las cosas se paran. Ahora comprendo porque dicen que la justicia es un cachondeo - comenta un escandalizado Lisardo.
- Pues hay más. El juez que llegue será el tercer instructor de la causa.
- Lo que yo te digo, un cachondeo - remacha Lisardo.
- Bueno, gracias por la invitación. Tengo que irme, he de seguir buscando curro.

   En cuanto Sergio desaparece, Lisardo comenta:
- Parece que el chaval está saliendo del pozo.
- De chaval, nada. Debe de tener treinta y cinco o treinta seis años - precisa Francisco -. Lo que pasa es que estos flacuchos y con mucho pelo siempre parecen más jóvenes de lo que son. Y lo de salir del pozo habrá que verlo, ya sabes lo que dicen los taurinos: hasta el rabo todo es toro - asegura sentencioso Francisco.

   Se produce una pausa en la charla, mientras los viejos ven pasar a los viandantes y toman pequeños sorbos de cerveza para estirarla al máximo. Rompe el silencio Lisardo que, tras echar una ojeada a la terraza, comenta:
- ¿Te has dado cuenta de una cosa? Todos los que estamos en el bar somos viejos. No hay nadie que tenga menos de cincuenta y muchos años.
- ¿Y qué esperas? Si ahora los únicos que tenemos dinero para vicios somos los jubilados. Si no fuera por las pensiones más de una familia y más de dos las pasarían más negras que Carracuca.
- ¿Me lo vas a decir a mí? Si no le echara una mano a mi hija la mayor no podría terminar el mes. Hablando de dinero, lo que sí te digo - comenta Lisardo - es que este es el momento para forrarse. Quien tenga pasta podría comprarse media playa. Me refiero a tener duros en cantidad suficiente para poder aguantar el tirón unos años.
- Me parece, socio, que apuntas torcido. Estos no son buenos tiempos para comprar nada y mucho menos para vender. Te voy a contar algo, y no lo comentes por ahí. Conrado el Torrentí, el primo de mi parienta, sabrás que vendió por una millonada una finquita que tenía en la partida del Torreón. Pues bien, por consejo del listo aquél que estaba de director en la caja, compró seis apartamentos para luego revenderlos y ganar otro porrón de millones. Luego llegó la crisis y de venderlos nada, pero el tío emperrado en que si es capaz de aguantar el tirón recuperará los dineros invertidos y, además, sacará alguna plusvalía. Y ahí tienes al Conrado tragando quina y viéndoselas canutas para hacer frente a los recibos de las hipotecas. Ya me ha comentado la Rosalía que cualquier día de estos tendrá que claudicar y poner los pisos a precio de mercado para poder quitárselos de encima.
- Pues el Torrentí es de los que tienen fama de afeitar un huevo y sacarle pelo.
- Admito que es de mucho palabreo, pero al final se quedará como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando.

viernes, 5 de julio de 2013

1.14. Ajo y agua

   En Senillar no son únicamente Sergio y Lorena quienes tienen problemas económicos. José Ramón Arbós y Amador Garcés también parecen tenerlos, a pesar de que en los tiempos de la abundancia movieron mucho dinero y fueron  los más visibles representantes del lobby que defendió los intereses en el pueblo de la empresa constructora BACHSA. Y aunque en tiempos pasados fueron socios, están manteniendo una tensa conversación con posiciones muy dispares.
- Tengo un problema muy grave, José Ramón, y sólo tú puedes ayudarme a solucionarlo. Los créditos que…
   Arbós no le deja terminar.
- Te están apretando las tuercas los buitres de la caja, ¿verdad? Eso lo predije hace tiempo, pero no me hiciste ningún caso, tan poco como cuando Badenes nos recomendó que abriéramos cuentas en Suiza o, al menos, en Andorra. Algunos lo hicimos, pero, claro, tú tenías que demostrar que eras el más listo de la clase. ¿Sabes una cosa? Cuando en el dos mil siete te deshiciste de los inmuebles y de los solares que tenías, no lo entendí, ni yo ni casi nadie. A los pocos meses, cuando explotó la crisis, todos nos hacíamos cruces de tu olfato para los negocios. Lo que nunca podré entender es que después de esa jugada de campeón te liaras a comprar una finca tras otra por el simple hecho de que todavía eran rústicas y estaban tiradas de precio, esperando que el metro cuadrado se volviera a poner por las nubes…
- Esos terrenos - le interrumpe Amador -, como bien sabes, ya están recalificados como urbanos y el día que finalice esta crisis y vuelva a correr el chorro del crédito valdrán millones.
- ¡Vaya, hombre! ¿No te acuerdas de cuando don Indalecio nos recitaba la fábula de la Lechera o el día que nos la contó faltaste a clase? - La pregunta rezuma sorna en cada palabra.

   Garcés no recoge el guante de la pulla y sigue con su argumentación:
- Estoy tan convencido de que ese será el mayor negocio de mi vida que he vendido todo cuanto me quedaba para poder seguir afrontando los plazos de los créditos bancarios, pero pasan los meses y la crisis no parece tener fin. Y los chupasangres de la caja me tienen contra las cuerdas. El día menos pensado esas hienas acudirán a los tribunales y como entre en concurso de acreedores estoy perdido. Por eso recurro a ti, eres el único amigo que me puede echar una mano.
- Veo, Amador, que tienes una pésima memoria. Ya te eché una mano, mejor dicho, te eché las dos, cuando me callé en la operación Tornasol. Saliste de rositas porque yo me porté como un hombre y no conté nada de tu participación al malnacido del juez instructor. En cambio, me tragué el marrón que tú sabes, mejor que nadie, lo que me costó. Y la fianza que tuve que soltar para no ir a la cárcel fue lo de menos, lo peor fue el enjuiciamiento, tener la prensa a todas horas encima, sufrir la pena del telediario y que mis hijas se sintieran avergonzadas de su padre. Y no te cuento nada si el cabrón del fiscal consigue hincarme el diente los años que podría chuparme en Picassent.
- Ya lo sé, José Ramón, ya lo sé, y nunca te lo agradeceré lo suficiente. Aunque te recuerdo que quien destapó aquel feo asunto fue el judas de Badenes que, cuando vio que soplaban malos vientos, habló hasta por los codos y luego tomó las de Villadiego.
- No me hables de ese hijoputa que se me revuelven las tripas.

   Garcés trata de mostrarse comprensivo con su interlocutor:
- Lo comprendo..., pero volvamos a lo de ahora. Necesito un préstamo o, al menos, tu aval para quitarme a esas sanguijuelas de la caja de encima. El préstamo sería cuestión de poco tiempo - asegura Garcés -. Uno de mis conocidos de Madrid tiene buenos contactos en Frankfurt y puede conseguirme una reunión con unos empresarios alemanes que podrían estar interesados en invertir en Senillar.
- Despierta de tus sueños, Amador, ni compradores alemanes, ni naranjas de la China. Si puedes aguantar el tirón otros cinco o seis años aguanta y, si no, dales a esos negreros todo cuanto pidan. Es tu única salida.
- Es que con lo que me queda no tengo ni para responder a una fracción de lo que adeudo. Necesito cash y sé que tú lo tienes. Antes has recordado que fuiste uno de los que le hizo caso al hijo de mala madre que nos lió y abriste unas cuentas fuera.
- Esas cuentas las liquidé cuando tuve que afrontar la fianza para eludir la cárcel. Estoy tan pelado como tú.
- No sé qué solución me queda – se lamenta Garcés, desesperado.
- Pactar con la caja y decir amén a todo lo que te propongan – pontifica Arbós.
- ¿No ves otra salida?
- Esta puta crisis, Amador, no deja más salida que ajo y agua.

martes, 2 de julio de 2013

1.13. ¿Trabajo, chapuza o menudeo?

   Sergio saluda a la pareja de jubilados sentados como siempre en su bar habitual.
- A los buenos días, señores.
- Hombre, ya te echábamos de menos. Siéntate. ¿Qué quieres tomar? Pepe – llama Francisco al camarero -, cuando puedas.
- ¿Qué nos cuentas de nuevo? ¿Te cogieron en Mercadona? – se interesa Lisardo.
- No señor, no me cogieron. Según el encargado no daba el perfil que buscaban, pero me dijeron que se quedaban con mi nombre por si surgía algo apropiado. Es la historia de siempre, que hoy no, pero a lo mejor mañana sí. Yo creo que cuando me ven tan escurrido de carnes decir no es lo primero que les viene a la boca.
- En cambio yo – tercia Francisco - tengo una buena noticia que darte.
- ¡No me diga que me ha encontrado trabajo! – exclama un alborozado Sergio.
- No eches las campanas al vuelo, hijo. Se trata de algo más modesto, en verdad más que un trabajo es una chapuza. A Julio Bort, otro amigo prejubilado, de vez en cuando todavía le sale algún trabajillo, ya os podéis imaginar que sin factura ni IVA, todo en negro. La próxima semana tiene que reformar un baño y una cocina en Benialcaide y necesita un peón de albañil de confianza. Le hablé de ti y me dijo que vayas a verle. Por descontado, ni papeles ni historias. Te pagará dinero en mano.
- Muchas gracias, señor Francisco, se lo digo de corazón – musita un agradecido Sergio -. ¿Sabe cuántos días va a durar la faena y… - duda en sí formular la pregunta, pero termina haciéndola – cuánto piensa pagarme?
- Será una chapuza de unos días, no mucho más de una semana. Y como te sigo teniendo querencia te voy a dar dos consejos. El primero es que no regatees, acepta lo que te ofrezca, tal y como está el patio es mejor ganarse unos duros – Para el señor Francisco el euro es como si no existiera, sigue pensando en pesetas – que estar contando telarañas. El otro es que te portes bien. Así quizá te vuelva a llamar otro día. Nada de darle al frasco ni acudir emporrado al tajo. ¿De acuerdo?, pues ojo al cristo que es de plata.

   En cuanto entra en casa, a Sergio le falta tiempo para contar a Lorena la buena nueva:
- Encontré trabajo.
- Alguna vez tenía que terminar el mal fario, que parece como si nos hubiese mirado un tuerto. ¿Dónde será el curro y de qué va?
- Es una chapuza en un piso de Benialcaide. Será cuestión de unos cuantos días, pero menos da una piedra.
- Buf – resopla Lorena, decepcionada -, una chapuza, esperaba que fuese un trabajo de verdad.
- Bueno, no está el panorama como para desperdiciar ninguna oferta. Ya sé que no es gran cosa, pero me voy a ganar unos eurillos curiosos, que no veas como nos van a venir.
- Sí, no nos vendrán nada mal, pero las chapuzas no dejan de ser más que trabajos de quita y pon. Eso es pan para hoy y hambre para mañana. Lo que tendrías que hacer es decidirte de una puta vez a trajinar para el Perchas. Hace un par de días me lo encontré y volvió a repetirme que con lo que tú sabes de números le vendrías al pelo, que podrías ganar un pastón.

   Sergio sabe, porque lo habló con el Perchas, que el narcotraficante no lo quiere para que le lleve las cuentas, para eso ya tiene un contable profesional. Lo quiere para incorporarlo a su red de menudeo porque tiene una presencia un pelo mejor que la mayor parte de sus camellos. Y no sabe por qué, pero se resiste a contarle a Lorena la verdad, en su lugar opta por darle largas, terreno en el que sabe que supera con mucho a la mujer
- ¿Qué iba a ganar un pastón sólo moviendo hierba? ¿Y qué pasa si te trincan? Pues que vas al trullo de cabeza y una vez que tienes antecedentes en cada ocasión que haya una redada vienen a por ti. Y si no encuentran a quien buscan igual te cuelgan el muerto.
- Eso no le pasa al Perchas.
- ¡Faltaría más que le pasase! Para eso se gasta una pila de dinero en sobornos, para quedar al margen de todas las redadas. Pero yo ¿de dónde iba a sacar tanta manteca?
- Por ahí dicen que el costo no está tan perseguido como el perico y el caballo.
- Por ahí también decían que éste es un país que jugaba en la champions league cuando donde estamos es en regional. ¡No te jode lo que hay que oír!

   Sergio lo ha pensado muchas veces, pero no encuentra una respuesta concluyente a su rechazo a trabajar de camello. En su fuero interno sabe que Lorena tiene razón, si se metiera en el mundo de la droga ganaría mucho dinero, pero también sospecha que si lo hiciera no se contentaría con fumarse un canuto de vez en cuando, sino que volvería a engancharse a la coca y quizá hasta a la heroína. Ya vivió en el dantesco mundo de los adictos y teme que salir de él por segunda vez sería poco menos que misión imposible. Con todo, esa razón no es la única causa que le lleva a hacer oídos sordos a la insistencia de su pareja para que trabaje con el Perchas, el mayor distribuidor de drogas de la zona. Intuye que su repudio tiene más que ver con algo mucho más hondo que el miedo a la recaída. En todo caso, y como en otras ocasiones, decide darle  a la mujer un motivo para que no siga insistiendo:
- De todas maneras, me pensaré lo de trajinar con el Perchas. En cuanto termine este trabajillo igual me paso a verle.

viernes, 28 de junio de 2013

1.12. Una carta sin remite

   Hacia las doce de la mañana Oriol Bricart sale de su domicilio en el barrio del Ensanche barcelonés. Es el típico edificio que alberga, o al menos lo hacía hasta hace unos años, a familias de la burguesía catalana. Ahora ha venido a menos, como ocurre con otros inmuebles de la zona. Prueba de ello es que son muchos los pisos que se alquilan, uno de ellos es en el que reside Bricart que más que pertenecer a esa burguesía no deja de ser un parvenu. Sus padres eran unos tenderos de la localidad tarraconense de La Canonja donde, tras la guerra civil, llegaron desde el pueblo castellonense de Calig. No tiene inclinaciones partidistas ni suele votar, aunque le gusta presumir de tener buenos contactos con destacados políticos sin importarle su ideología. Legalmente, no es dueño de bienes raíces. No usa tarjetas de crédito ni cheques, paga siempre en metálico, como si pretendiera no dejar rastros tras sí que pudiesen ser detectados por Hacienda. Lo más próximo que tiene al seny es su nombre, tan catalán él, pero eso fue cosa de sus progenitores que pronto comprendieron que lo mejor para un tendero era asimilarse al medio. En cambio, lo que sí tiene es astucia y olfato para ciertos asuntos, entre ellos los negocios y las mujeres.

   Bricart fue constructor de éxito en los años prodigiosos del boom urbanístico especialmente en la comunidad valenciana. Ganó dinero a mansalva y lo gastó alegremente. El toro corniveleto y astifino de la crisis del dos mil ocho se llevó por delante la mayoría de los activos de BACHSA, empresa constructora que ayudó a crear y de la que fue consejero delegado. La compañía se acogió a la ley concursal, y a través de sus enrevesados vericuetos, tan complejos y con tantos agujeros, Bricart, entre otros socios, pudo ocultar una ingente masa de capital que hizo desaparecer en las tenebrosas aguas de varios paraísos fiscales. Así se libró del afán recaudatorio del erario, de las exigencias de proveedores que no cobraron, de trabajadores que no recibieron ningún finiquito y de acreedores de toda laya que vieron como el moroso se iba de rositas. La desaparición del patrimonio del constructor hasta afectó a algún que otro político local que dejó de percibir las sustanciosas mordidas que permitieron a Bricart conseguir recalificaciones donde parecía ser imposible. En la actualidad, no se le conoce profesión, oficio, trabajo o actividad alguna que le permitan obtener los medios con los que sufragar el elevado tren de vida que lleva.

   Al salir de su domicilio recibe el respetuoso saludo del portero. El edificio es uno de los contados que sigue teniendo portería, una reliquia del pasado burgués de la casa.
- Buenos días, señor Ripoll - Es el apellido con el que le conoce el portero -. Tengo aquí una carta que no sé qué hacer con ella. Lleva su dirección, pero está dirigida a nombre de un tal Oriol Bricart. Supongo que la tendré que devolver.
- A ver, enséñemela - Su sorpresa es patente. Estaba convencido de que nadie conocía su actual domicilio.
- Pero eso no es todo, hace unos días encontré a un individuo husmeando en los cajetines del correo. Le pregunté que buscaba y me dijo que el buzón del señor Oriol Bricart. Por la manera de hablar tenía que ser un guiri.
- ¿Y qué pasó? – pregunta Bricart cada vez más alarmado.
- Le dije que aquí no vivía nadie con ese nombre. Me dio las gracias y se fue.

   Mientras el portero le cuenta todo eso, Bricart piensa con rapidez y encuentra una solución para salir del paso.
- Ya sé de qué va. Ese es el nombre de uno de mis socios, que se ha ido al extranjero por una temporada. Me pidió que si podía utilizar mi dirección para recibir el correo y, naturalmente, le dije que sí. La culpa ha sido mía porque olvidé comentárselo. Gracias, Venancio - Bricart vuelve a lucir su mejor sonrisa mientras hace desaparecer el sobre en uno de los bolsillos de su blazer azul.

   Pese a la sonrisa tranquilizadora que ha brindado al empleado, y aunque aún no sabe quién es el remitente, su preocupación es evidente. Tan abstraído está que un taxi le da un buen susto cuando cruza la calle sin mirar previamente el tráfico. Tampoco se da cuenta de que un hombre de mediana edad, trajeado como si fuera un mafioso de pacotilla y que parece abstraído mirando el escaparate de una librería, no lo pierde de vista.

   El sobre no tiene remitente. Su nombre y dirección están escritos con ordenador o con máquina de escribir, no sabe distinguir la diferencia. El texto, con idéntico formato, no está firmado. Pese a la ausencia de referentes, después de una primera lectura tiene una idea bastante aproximada de quien se lo remite.

   Tenía pensado ir a comer a un nuevo restaurante del Moll de la Fusta, pero de repente se le ha pasado el apetito y en lugar de realizar el recorrido habitual se vuelve con premura a casa. En esta ocasión cruza la calle por el paso de cebra. No sólo eso, también mira disimuladamente a ambos lados. El hombre que lo acecha se ha escondido detrás de un quiosco de donde no se mueve hasta que le ve entrar en el edificio de donde salió. Saca su móvil y hace una llamada. Sigue de pie junto al quiosco hasta que, a los pocos minutos, el mismo Audi A8 que lleva siguiendo a Bricart varios días lo recoge. Al pasar por delante de la casa de Oriol, el conductor señala una de las ventanas y pregunta algo. Su acompañante asiente.


   En su casa, Bricart, después de atrancar bien la puerta, vuelve a releer la carta. No le queda duda, piensa que el pufo de la Marina de Senillar va a terminar pasándole factura. Registra el mueble bar hasta que encuentra lo que busca, un Glenfiddich de dieciocho años. Mientras saborea el güisqui medita y llega a varias conclusiones: ha sido una estupidez regresar a Barcelona donde hay gente que le conoce, tendrá que volver a huir lo más pronto posible y esconderse para que no lo encuentren, el problema es ¿dónde?

martes, 25 de junio de 2013

1.11. ¿Era dinero de la mafia?

   Francisco y Lisardo, la pareja de jubilados que un día invitaron a Sergio a bocata y caña, están sentados en su bar de siempre, tomando las cervezas de costumbre y llevando la charla a su querencia habitual: los años, para ellos dorados, en los que trabajaron en la construcción.
- ¿Te acuerdas de en qué año quebró BACHSA?
- ¡Cómo no me voy a acordar! - exclama Francisco -. En el dos mil nueve. Echaron a toda la plantilla y dejaron a un montón de proveedores y de subcontratistas con el culo al aire, entre ellos al menda. Tuve que hacer el primer ERE y despedir a la mitad de la gente. A partir de ese momento no levanté cabeza. ¡Cabrones!
- A buen seguro que los de la constructora ya habían hecho su paquete.
- Pon la mano en el fuego a que fue así. Esos sinvergüenzas seguro que tienen millones apalancados en esas islas donde se esconde el dinero de los negocios sucios.
- A los que trincaron fue a los del Ayuntamiento por poner el cazo.
- Es que sólo cogen a los que se dejan untar, en cambio a los untadores ni tocarles un pelo. De todas maneras, me parece bien que los politicastros pasen por el banquillo. A ver si así aprenden y dejan de meter la mano en el cajón del pan.
- Antes las ranas criarán pelo que lo veremos - apostilla un escéptico Lisardo - Aunque ¿sabes qué te digo? Que me alegro de que todos los que entonces se pringaron de alguna manera o se aprovecharon para esconder por esos mundos los millones que aquí ganaron lo paguen y, si necesario fuera, que lo paguen con cárcel.
- ¡Virgen del Amor Hermoso, hay que ver lo bravo que vienes hoy!

   A pesar de que el comentario de Francisco está teñido de ironía, Lisardo no se molesta por ello. Son muchos años de amistad y muchos los trances pasados durante los esplendorosos años del boom peleando codo a codo con los ejecutivos de las grandes constructoras para lograr las mejores contratas posibles.
- ¡Vaya, mira quien viene por ahí! - exclama Lisardo señalando al hombre que se está acercando.

   Sergio, intencionadamente, ha pasado cerca del bar. No se engaña, sabe que si lo hace no es tanto por charlar con su antiguo patrón, sino para ver si le vuelven a invitar. Un bocadillo o un buen pincho a media mañana, cuando sólo se ha tomado una taza de café aguado, no es algo para despreciar. 
- A los buenos días, señor Francisco y señor Lisardo - Sergio presenta hoy un aspecto algo mejor, va como más arreglado.
- Buenos días, Sergio, ¿dónde vas? - se interesa Francisco.
- Tengo una entrevista con el encargado de Mercadona a ver si me cogen como reponedor.
- Enhorabuena. Al fin, encontraste trabajo.
- Yo no diría tanto, señor Francisco. De momento es sólo una entrevista de trabajo, a la una.
- Bueno, principio requieren las cosas. ¿Dices que a la una? Tienes tiempo suficiente para tomarte una caña - Y sin esperar respuesta llama -. Pepe, pincho de tortilla y caña. Oye, el pincho que sea para hombres y no una de esas raciones que sirves que hay que buscarlas con lupa.

   Lisardo se toma un chupito de su cerveza, que a estas horas ya debe de estar caliente, luego se encara con Sergio.
-  Oye, Sergio, antes hablábamos de BACHSA y le preguntaba a Francisco si sabía porque se llamaba así. Tú que tienes estudios igual lo sabes.
- Creo que eras las iniciales de los apellidos de los cuatro socios que crearon la compañía. Recuerdo que una vez vino uno a ver el edificio que estábamos instalando. ¿Se acuerda señor Francisco?
- Sí, uno llamado Cardona, pero ni siquiera llegué a hablar con él. A quien sí me presentaron un día fue a otro, un tal Oriol Bricart, un catalán más chulo que un ocho. También oí decir que había otros dos, uno de Bilbao que tenía un apellido vasco de esos que no hay quien lo pronuncie y el cuarto que era de Valencia, creo que se apellidaba Huguet, por cierto que lo atropellaron el año pasado. Lo leí en Las Provincias.
- Oí comentar a otros subcontratistas que si había unos macarronis que también eran socios - apunta Lisardo.
- Ahora que lo dice - rememora Sergio -, recuerdo que un día el profesor Tormo, el que daba las charlas dónde los jubilados, me comentó que se rumoreaba que si parte del capital de la empresa provenía de dinero negro de la ndrangeta – inmediatamente traduce -. Es la mafia de Calabria - Y antes de que le repregunten aclara -. Una región que está en el sur de Italia.
- Pues en las obras nunca vi a un solo espagueti - asegura Lisardo.
- ¡Nos ha jodido mayo! Como para dejarse ver si eran mafiosos - se burla Francisco – Esos tipos son como las avenidas del riu Sec, que sólo las sientes cuando se te lleva la corriente. Oye, Sergio, tú que eres hombre de letras, ¿te crees eso de que era dinero de la mafia?
- La verdad es que ya no sé qué creer. Entre lo que mienten, engañan y nos ocultan me parece que los ciudadanos de a pie sólo sabemos lo que quieren que sepamos que debe ser la mitad de la mitad.
- Hijo, no he entendido ni papa – se lamenta Francisco.
- Pues ayer oí en la tele a un ministro que decía que todo va muy bien – interviene Lisardo sin que su comentario venga muy a cuento.
- Y no mentía, Lisardo, no mentía, va muy bien… para algunos, incluido el ministro que decía eso – sentencia Francisco.

viernes, 21 de junio de 2013

1.10. ¿Quién sigue a Oriol Bricart?

   Mientras Pascual Tormo explica a los informadores, a quienes sirve de cicerone, el porqué de los rótulos pintarrajeados del pueblo, lejos de Senillar, en la ciudad condal, el Barça juega un partido de la Copa de Europa lo que se nota en el bar de topless, la clientela es contada. En la barra, sólo un par de habituales que han pegado la hebra con dos de las jóvenes camareras.

   En la sala no hay más que una mesa ocupada. Una pareja. El hombre da la impresión de estar muy pagado de sí, no hay más que verle. Orondo, sin llegar a obeso. Trajeado, sin parecer un dandi. Con una media sonrisa de triunfador. Y con la pinta de los que van por la vida sin pedir permiso a nadie. No aparenta los cincuenta y nueve que ya cumplió, aunque comienza a mostrar en el dorso de las manos unas indiscretas manchas hepáticas que delatan su edad. La mujer es una rubia ceniza, cuyas cejas revelan que no es de bote. Delgada, pero con curvas y redondeces estratégicamente situadas. Lleva un vestido que oculta poco de cintura hacia abajo porque hacia arriba está todo a la vista. Tiene un gesto en el semblante que está a medio camino entre el tedio y el cansancio. Tendrá poco más de veinte, su juventud ni siquiera puede ocultarla el excesivo maquillaje.
- No sé qué sigues haciendo en este antro, preciosa. Conmigo estarías mucho mejor. Te tendría como una reina, no te faltaría de nada. Haríamos viajes, iríamos a fiestas y tendrías un guardarropa de…
- Ya decir, Oriol, que primero tienes que hablar con Paulichovic. Es mi guepresentante y el que dice - En la forma que la muchacha destroza el español se evidencia que es extranjera, de algún país del este de Europa.
- Ya hablé con ese pedazo de bestia, pero no quiere saber nada. Ni siquiera está dispuesto a que te lleve un fin de semana a la Costa Brava o a Mallorca, donde prefieras.

   La expresión fin de semana ha encendido una luz en la mente de la joven. Da vueltas con el índice al combinado que tiene frente a ella mientras se da tiempo para pensar.
- Espera un momento. Yo hablo con Pauli.
   Desaparece detrás de unas cortinas. La espera es corta, a los pocos minutos está de vuelta. En su rostro hay una media sonrisa.
- Pauli dice que fin de semana no, haber mucho trabajo, pero si puedo de lunes a jueves de siguiente semana. Habla con él. Decir condiciones.

   El hombre asiente. Se lo tendrá que pensar, igual la escapada no es tan buena idea. A un conocido suyo un fin de semana parecido le costó ser luego extorsionado por el chulo de su ocasional pareja. Está encaprichado con la muchacha, pero sabe que con los proxenetas kosovares bromas las justas. Da un par de besos a la joven y deja encima de la mesa el precio de las copas más una generosa propina. Al pasar junto a la barra, una de las camareras le pregunta:
- ¿Ya te retiras, Oriol?
   El aludido se limita a saludar con la mano sin abrir boca.
- ¡Coño! ¿ese fulano no es Oriol Bricart, uno de los que empapeló la justicia cuando lo de la operación Tornasol? - se sorprende uno de los que están en la barra. Y sin esperar respuesta alguna añade - Yo creía que estaba en la cárcel o que se había largado del país.
- Pues ya ves, ni está en la trena ni en el extranjero y tiene unas ganas de marcha que parece que tuviera veinte años.
- La tía con la que estaba, ¿es su fulana?
- Fulana lo será tu madre - Se encalabrina la más joven de las camareras -. Sminova es tan decente como la que más. Porque una tenga que enseñar las domingas para ganarse la vida no tiene por qué ser forzosamente una puta.
- Oye, tía guarra, a mi madre ni mentarla o te suelto un par de hostias que te pongo la cara del revés.

   Ajeno a la bronca montada a su cuenta, el llamado Bricart ha salido a la calle donde le recibe la recurrente humedad barcelonesa. Se sube las solapas de la cazadora de cuero en un vano intento de parecer más joven de lo que es y, con paso firme, cruza la calzada mientras pulsa el mando a distancia de un cupé Mercedes clase C. Arranca y se encamina hacia la zona norte de la ciudad. No se ha percatado de que tras él va un Audi A8, el mismo que le ha estado siguiendo desde que salió al caer la tarde de su domicilio, y en el que, pese a sus cristales tintados, parecen entreverse las siluetas de dos individuos.