martes, 25 de marzo de 2025

“El masover”. 12. Veinte duros son muchos duros

 

Antes de que los Clavijo se fueran a Torrenostra, don José Domingo, se pasó por su casa para contarles que ha logrado reunir el profesorado que dará clases de primero de bachiller al primogénito. Un compañero, don Domingo Mañes, impartirá las asignaturas de aritmética, dibujo y caligrafía. Mosén Florencio le dará religión, y él le enseñará geografía y gramática. También se encargará de organizar el horario y demás cuestiones. Le tomarán las lecciones en el grupo escolar después de la sesión vespertina y, en total, la enseñanza les costará veinte duros al mes, salvo en julio y agosto. El maestro reconoce que cien pesetas es un dinero, pero no tanto considerando el número de profesores y, sobre manera, lo mucho que se ahorrarán al no tener que enviar el chiquillo a Castellón. El maestro omite que el vicario se ha ofrecido impartir sus clases  sin retribución, pues mosén Fumadó no ha renunciado a llevar al chaval al seminario.

  A pesar de la alegría que siente el muchacho por el futuro esperanzador que parece aguardarle, una sombra sigue ennegreciendo ese futuro: parece que no es tan fácil para sus padres ahorrar los veinte duros de marras. Escollo del que se ha enterado por la tía Paca. Saber que su familia tiene problemas económicos para costearle el bachillerato, aunque sea por libre, hace que se le encoja el corazón. ¿Será posible que por cien cochinas pesetas al mes su ilusión por ser bachiller se vea truncada?

   Es consciente de que veinte duros para él solo son un guarismo, pero para padre supondrá que tendrá que trabajar todavía más. ¿Y de dónde sacará tiempo?, se pregunta, porque además de encargado de la luz, hace de proyeccionista y monta instalaciones eléctricas, por su cuenta, en las nuevas viviendas que se construyen en el pueblo. Y de madre, no digamos: llevar una casa y cuatro hijos le absorbe todas las horas de día.

   ¿Podría hacer algo para allegar unas pesetas y serles menos gravoso?, se torna a preguntar. ¿Pero qué puede hacer? Sabe que hay niños que ganan algún dinero ayudando ocasionalmente en tareas domésticas y agrícolas, en trabajos puntuales aptos para las fuerzas de un muchacho. Algunos de esos trabajos se repiten año tras año, sobre todo en las épocas de recoger las cosechas. En el pueblo hay un adagio que dice: qui no pot segar, que espigole –cuya traducción libre sería: quien no puede segar que busque espigas entre la paja-. Lo que especialmente ocurre cuando se cosechan los almendros, pues al quedar algunos almendrucos en los árboles o pasar desapercibidos a los recolectores; tras la cosecha es frecuente ver a gente, chiquillos incluidos, que revisan los almendrales para hacerse con los frutos olvidados. Por otra parte, físicamente no se ve con arrestos para los trabajos agrícolas que son las únicas ofertas de empleo que pueden encontrarse en el pueblo.

    Ha hablado de la cuestión con madre que ha tratado de tranquilizarlo.

   -Es cierto que andamos justitos de dinero, pero tu padre y yo queremos que seas algo en la vida. No queremos que trabajes y padezcas como nosotros. Tú puedes ser algo grande en la vida, Zaquita. Haremos los sacrificios que hagan falta para que puedas hacerte bachiller. Tú no te preocupes. Lo que tienes que hacer es estudiar los libros y aprobar los cursos.

   Pese a las tranquilizadoras palabras de madre, a Zaca le resulta imposible sustraerse al persistente interrogante de: ¿Cómo podría ganar alguna perra?, porque veinte duros siguen siendo muchos duros. La casualidad, el destino o los hados -vaya usted a saber- contestan su pregunta de la forma más inesperada.

   Al señor Zacarías se le ha planteado un problema en el trabajo.

Su ayudante, Paco Piñana, ha tenido que pedir la baja porque una gripe mal curada ha devenido en neumonía. Al no tener quien le ayude, la lectura mensual de los contadores va muy retrasada y la fecha para enviarlas a la oficina provincial se acerca. Ha pedido que, como en otras ocasiones, le envíen el ayudante del encargado de la LUTE de la vecina Alcalá de Chivert para que le eche una mano, pero de Castellón le han contestado negativamente. Se las tendrá que apañar por su cuenta. Como último recurso sopesa contratar de su bolsillo a alguien para que le ayude. Cuando lo comenta con su esposa, ésta pone el grito en el cielo.

   -Con lo justitos que vamos ¿y quieres contratar a un peón pagándolo nosotros? ¿Te lo has pensado bien?

   -Es que se me va a echar encima la fecha de cierre de las lecturas y aun me falta revisar como una cuarta parte del pueblo.

   -Bueno, no creo que porque te retrases unos días vayan a ponerte las peras a cuarto en Castellón

   -¡Vaya si me las pondrán! Ten en cuenta que Castellón ha de enviar las lecturas a la oficina principal de Valencia para que esta confeccione los recibos del mes. Y ese es el quid de la cuestión, no les importan tanto las lecturas, pero el cobro de los recibos, para la dirección de la compañía, es una cuestión innegociable.

   La explicación del llumero ocasiona que la mujer comprenda que el problema es más serio de lo que pensaba, pero se le ocurre algo. Por eso es más lista que su marido.

   -¿Sabes qué? No será necesario que contrates a nadie. Se me acaba de ocurrir que la solución la tienes en casa. Zaquita te puede ayudar, y de números sabe un montón –incluso piensa que el chico sabe más que su marido, pero no lo verbaliza.

   -¡¿El niño?, pero qué dices mujer! Si solo tiene diez años y es un alfeñique. Además me podrían denunciar por dar trabajo a un menor de edad. Y en la compañía lo podrían tipificar como una falta grave con consecuencias que no me atrevo ni a pensar.

   -¿Qué te pueden denunciar?, ¿y quién lo va a hacer? En un pueblo como éste que, cuando llega la hora de cosechar, todos los chiquillos, no importa la edad que tengan, dejan de ir a la escuela para ayudar a sus padres. Y las faenas del campo son infinitamente más pesadas que leer contadores. ¿Conoces a algún padre que haya sido denunciado por ello? Jamás se ha denunciado a nadie. Por otra parte, en la suposición de que algún mala sangre te denunciara, siempre podrías alegar que lo llevabas para mostrarle como es tu trabajo. Y te recuerdo que en alguna ocasión ya te lo llevaste a mirar contadores, que para él fue como un juego.

   -Eso es cierto, pero fueron un par de ratitos, y más que nada porque el chico insistió, pero ahora serán tres o cuatro días casi toda la jornada y no creo que aguante.

   -Bueno, pero no se trata de un trabajo pesado.  Si lo llevaras a entrecavar o a plantar cebollinos, sería la primera en poner el grito en el cielo y a negarme que hiciera un trabajo tan pesado, pero de lo que estamos hablando es de ir por las casas de los abonados, subir la escalerilla un par de peldaños, leer el contador y cantar la lectura en voz alta. Faena que  puede hacer perfectamente Zaquita porque, aunque es delgado, está más fuerte de lo que parece.

   -Sí, pero subir esos peldaños muchas veces al día es más cansino de lo que imaginas. Y además, hay que cargar con la escalerita, que es cierto que resulta liviana al ser de madera de chopo, pero al final del día el hombro lo acusa.

   -Eso tiene solución. Cuando se canse, cambiáis los papeles, tú subes la escalera y él anota las lecturas. Otra solución, si es que se cansa, es que lo envíes a casa y sigas solo. Y cuando haya descansado, que vuelva a ayudarte otro ratito. En cuanto a que te pueden denunciar, insisto: habría que denunciar a más de la mitad del pueblo. O sea, que por ahí no hay problema.

   Aunque Rosario tiene solución para todas las pegas de su marido éste, tozudo como buen aragonés, insiste en que la propuesta de su mujer es una pésima solución, y que hay que buscar otras vías. Vista la irreductible postura de su marido, Rosario decide gastar el último cartucho.

   -¿Y por qué no haces una cosa?, ¿por qué no llamas al chico, le planteas la cuestión, y a ver cuál es su respuesta? Si se niega o tiene dudas lo dejamos correr. Si contesta afirmativamente, tú verás lo que decides. Para contratar a un peón siempre estás a tiempo.

   El señor Zacarías arroja la toalla, piensa que discutir con su mujer es como darse contra un muro. Llama al muchacho, le cuenta lo que está pasando y le pregunta:

   -¿Te gustaría ayudarme algunos ratitos a leer contadores?

   Ante su sorpresa, la reacción del chaval es como si le hubiese propuesto llevarlo a la feria.

   -Claro que sí, padre. Me gustaría mucho. Es muy divertido. La última vez que me llevó lo pasé de miedo. Y no me disgustaría repetirlo.

   -Sí, pero entonces solo fue un rato, ahora será más tiempo.

   -No importa. Mire lo que le digo: un chico que conozco de la escuela, Manolo Pitarch, ayuda algunas veces a su padre cuando va a reparar la línea del telégrafo y la avería está cerca del pueblo. Es verdad que es un año y meses mayor que yo, pero es un enclenque y la mitad de fuerte. Puedo hacerlo perfectamente. Y ayudar a tu padre, no sé si viene en el catecismo, pero seguro que es algo bueno, como una de las obras de misericordia.

   Ahí acaba el problema. Madre tenía razón: Zaquita puede echarle una mano a padre y, además, lo hará encantado, puesto que el trabajo es bastante sencillo. Se entra en las viviendas de los abonados –en el pueblo las casas suelen estar abiertas, como mucho cerradas con picaporte- al aviso de: “¿Se puede?, la llum”, y, sin esperar respuesta, se planta la escalerita bajo el contador, que suele estar ubicado junto a la puerta de entrada. Se suben uno o dos peldaños, se leen los kilovatios que marca el contador, se canta la lectura; quien lleva la libreta la anota, le resta los kilovatios del mes anterior y lectura terminada. Fácil.

   Lo que nadie de los Clavijo pudo imaginar es que de esa ocasional ayuda al señor Zacarías nacerá una derivada que originará que veinte duros ya no sean tantos duros. Una vez más, se hace patente que los hados o el destino tienen designios inescrutables o que, como suelen repetir las beatas: Dios escribe recto con renglones torcidos. Amén.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 13 de la novela “El masover” titulado: El escrivent

“El masover”. 12. Veinte duros son muchos duros

viernes, 21 de marzo de 2025

Libro IV. Episodio 92. Una segunda boda en la familia Carreño

 

   Álvaro, que continúa en el destructor José Luis Díez, cuenta a los suyos que a principios de agosto embarcó en el buque el Generalísimo, acompañado por el ministro de Marina y séquito, desembarcando en La Coruña. Y que en septiembre fue en comisión de servicios a San Sebastián para ponerse al frente de la trainera de la Marina que tomó parte en las regatas de aquel puerto. También les cuenta que le han concedido la Cruz del Águila alemana, todavía no tiene muy claro por qué. Por último, que con fecha 31 de julio, por orden del Almirante de la Escuadra, ha sido destinado al destructor Ulloa, destino en el que dura poco, porque a mediados de septiembre es nombrado segundo comandante del cañonero Calvo Sotelo, lo que representa un ascenso, si no de rango sí de capacidad de mando.

   Entre tanto, en el primer semestre del 42, Andrés cursa y aprueba todas las asignaturas del curso, además de asistir a conferencias del Código Militar, Ordenanzas y Moral Militar. En marzo sale a la mar para hacer prácticas en uno de los destructores de la flotilla afecta a la Escuela. Luego, pasa a disfrutar un mes de licencia reglamentaria hasta el 20 de julio, fecha en que comenzará el tercer curso. El hecho de que haya pasado de curso supone una gran alegría para la familia, que así se lo hace saber cuándo llega a Madrid.

   Aprovechando que Álvaro también está de permiso, Julián le plantea lo de la cuenta única, pues sabe que es quien tiene mayor ascendencia sobre su padre.

   -¿Podrías hacer algo, Tato?

   -Lo siento, hermano, pero en esa cuestión estoy de acuerdo con papá. En una familia tan unida como la nuestra, encuentro que tiene lógica lo de una familia, una cuenta.        

   Menos de veinticuatro horas después del ataque sobre Pearl Harbor, los japoneses invaden Hong Kong, la gran base británica en China, también las Filipinas y las colonias de Malasia, Borneo, y Birmania. Su objetivo es apoderarse de los campos petrolíferos de las Indias Orientales Neerlandesas. Pese a la resistencia de los Aliados, todos los territorios capitulan en cuestión de meses, y en febrero loa nipones toman Singapur; es la peor derrota británica de su historia. Japón también ataca China, pero dos ejércitos chinos, el nacionalista bajo el mando de Chiang Kai-shek, y el comunista al mando de Mao Zedong, son capaces de contenerlos.

   En la tertulia comentan que en el frente del Pacífico las fuerzas navales de los Aliados casi son destruidas en la batalla del Mar de Java, pero la audaz incursión estadounidense de Doolittle sobre Tokio levanta la moral de los norteamericanos. A principios de mayo, los japoneses intentan conquistar Nueva Guinea, pero el ataque es abortado por las marinas aliadas en el Mar del Coral. Pese a ello, los nipones consiguen la mayoría de sus objetivos y la única fuerza aliada que se les opone son los tres portaaviones americanos que se salvaron cuando Pearl Harbour. Los japoneses envían una flota a la isla de Midway para atraerlos, pero bombarderos, con base en los portaaviones yanquis, hunden cuatro de sus mejores portaaviones. Es una victoria aliada que marca el punto de inflexión en la guerra del Pacífico.

   Entre tanto, en Europa se desarrolla la llamada Batalla del Atlántico; así la narra el siempre bien informado Valdés.

   -En el norte del Océano Atlántico, los submarinos alemanes, los legendarios U-Boot, intentaron cortar las líneas de suministro al Reino Unido. En los primeros meses de guerra hundieron más de 100 buques, pero en mayo del 42, y desconozco el motivo, algo cambió a favor de los Aliados.

   Lo que desconoce Valdés  es que un destructor aliado capturó a un sumergible alemán y encontró, intacto, un ejemplar de la máquina Enigma, un genial aparato de cifrado; con lo que a partir de ese momento las flotas aliadas pueden interceptar y descifrar algunas de las comunicaciones por radio de los alemanes.

   En el frente oriental, Stalin ordena una contraofensiva. Inicialmente los ataques tienen éxito, pero el ataque pronto pierde fuerza. Los alemanes avanzan hacia el Cáucaso, para apoderarse de los campos petrolíferos, pero los rusos incendian los pozos. En septiembre, los alemanes rodean Stalingrado. El VI Ejército alemán no ha sido equipado para luchar en un ambiente urbano y con un frío mortal, y el general Paulus, que lo manda, pide a Hitler poder retirarse, pero éste, que ha llegado a obsesionarse con la toma de Stalingrado, rechaza la retirada.

   En la España del 42 ocurren interesantes sucesos a algunos de los hermanos Carreño. Es en junio cuando el benjamín de los Carreño da un alegrón a su familia, pues aprueba el Examen de Estado. Cuando le preguntan la carrera que piensa estudiar la respuesta de Froilán es tajante:

   -Quiero ser marino de guerra como mis hermanos mayores.

   Su padre se inclina a que estudie Farmacia como Jesús y Ángela -de Pilar suele olvidarse-, pero el chico parece tenerlo claro.

   -No, papá, quiero ser como el Tato y Andrés.

   El 20 de julio, Andrés cesa en la Escuela Naval y pasa al Juan Sebastián de Elcano para efectuar el tercer curso. Al cabo de una semana salen del arsenal de La Carraca a la mar, para cuatro días más tarde volver a Cádiz. El 2 de agosto zarpan hacia Santa Cruz de Tenerife y luego recalan en Las Palmas de Gran Canaria.

   Septiembre es el mes elegido por Jesús Carreño para contraer matrimonio. Tiene edad para ello pues acaba de cumplir los treinta. Para la boda se juntan todos los Carreño, hasta Pilar viene de Barcelona acompañada de su inseparable Luis. Álvaro es el padrino y la madrina es una tía de la novia. En la propia sacristía de la iglesia donde la pareja ha contraído matrimonio, un funcionario del juzgado hace firmar a los recién casados los documentos preceptivos para darle también carácter civil a la ceremonia, al tiempo que les entrega, debidamente cumplimentado, el Libro de Familia que les acreditará como esposos allá donde vayan. En la España nacionalcatólica esos pequeños detalles marcan la diferencia entre la gente de bien –los de derechas de toda la vida- y el lumpen.

   Julio está contento por el enlace, aunque no deja de preocuparle que sus tres hijas sigan solteras y sin compromiso, pues la única que tenía un pretendiente, Eloísa, hace tiempo que le dio largas. En el fondo, piensa que la culpable de que eso ocurra es Pilar que ha dado un mal ejemplo a sus hermanas. Es lo que comenta con la esposa de su amigo Damián Ramírez.

   -Estarás contento, Julio –le dice Charo-, otro chico que se te casa.

   -Mucho, pero lo estaría más si mis hijas siguieran el camino de Jesús y Julián.

   -Bueno, todavía están en edad de merecer, el día menos pensado cualquiera de ella te trae un yerno a casa.

   -La Virgen de Guadalupe lo quiera.

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 93. Julio fallece

martes, 18 de marzo de 2025

“El masover” 11. Los torreblanquinos se divierten

    Agosto se está agotando y los Clavijo apuran sus últimos días en Torrenostra. Sacarietes piensa que en el pueblo estarán finalizando las fiestas patronales, que es la semana grande en la que se concentran las diversiones de los torreblanquinos. Algunas solo pueden disfrutarse durante esos días, como la representación de alguna zarzuela o la exhibición de una compañía de varietés con sus cantantes de coplas, de rapsodas, de cómicos y de magos. Pero los números que arrancan más aplausos, y a menudo los rugidos de algún mozo incontrolado,son los musicales, con las vicetiples ligeritas de ropa y la vedete luciendo plumas y tipazo.

   Otra de las diversiones más populares durante las fiestas son los toros en versión de correbous. Los paisanos de Zaca no conciben fiestas sin toros. Tal es así que el último día programado de festejos, el rudimentario coso, construido sobre los carros de los labradores, se llena de jóvenes y chiquillos pidiendo mes bous al concejal de festejos. El chaval nunca participa en dicha petición, pues no le gustan los toros. Otro rasgo que le diferencia de sus paisanos. Zaca solo ha visto corridas en los noticiarios cinematográficos, y admira que un hombre se ponga delante de un animal tan peligroso con el único auxilio de una muleta. Pero lo de citar al toro y, cuando éste embiste, salir por piernas a refugiarse en un cadafal, que es lo que hacen en el pueblo, le parece un tostón. Al igual que lo de las charangas, bailes y demás distracciones que se programan en las fiestas. De las diversiones locales solo echa en falta el cine, pues es un empedernido cinéfilo.

   La pasión por el cine la comparte el chiquillo con la mayoría de sus paisanos, pues por un módico precio se pueden vivir aventuras, vidas y amores que sin las pelis sería imposible. En el pueblo hay dos cinematógrafos: el del tío Gilet y el de Les Hostaleres.  Asimismo, hay dos patios que funcionan como cines de verano al aire libre y que en ocasiones sirven como pista de baile. En ambos locales no hay mobiliario, por lo que cada asistente ha de llevar su propia silla. Hay sesiones de cine las noches de los jueves, sábados y domingos –en los dos últimos también hay sesión de tarde-, y cuando la película del domingo tiene mucho éxito a veces se vuelve a proyectar la noche del lunes.

   En el cinematógrafo de Les Hostaleres trabaja como proyeccionista el señor Zacarías, y toda la familia se beneficia de ello, pues tienen la entrada gratis. En cada sesión la peli es diferente, por lo que los Clavijo, que no se pierden ni un pase, ven, al menos, una docena de películas al mes. Las cintas que tienen más éxito suelen ser las americanas y de entre ellas las del Oeste, que son las predilectas de Sacarietes. También las de miedo, que le gustan a Charito que no se pierde una de las de Fu-Manchú. Las cómicas, preferidas por Pedrito, tienen un público entusiasta, especialmente los films de Charlot y el Gordo y el Flaco. Y las españolas, cuando son folklóricas, son las dilectas de Rosario. Curiosamente, el señor Zacarías, que ve las pelis desde la cabina de proyección, no tiene preferencias pues, como suele repetir, él no va al cine a divertirse sino a trabajar. La mayor parte del público vive las películas con pasión. Cuando el protagonista es acechado por el malo, los espectadores le avisan a grito pelado, como si el intérprete pudiera oírles. Y en el momento en que gana el bueno o le da a la chica el beso final, el público estalla en aplausos.

   Una vecina de los Clavijo, Pilar la Catalana, también muy cinéfila, le pregunta a Rosario:

   -Si tuvieras que hacer una lista de las pelis españolas que más te han gustado en los últimos años, ¿cuáles pondrías?

-Para mí: Morena Clara y Nobleza baturra en las que la protagonista es Imperio Argentina. Suspiros de España,  de Estrellita Castro. Yo canto para ti, de Concha Piquer, para mí doña Concha. Y alguna más que ahora no recuerdo.

   -Todas  son pelis musicales.

   -Naturalmente, y en ellas actúan mis artistas preferidos que son los cantantes de coplas.

  Además del cine, el otro divertimento más popular, sobre manera para la juventud, es el baile. Pero es una diversión que no siempre se puede disfrutar porque suele tener la enemiga del párroco de turno, que transige cuando se trata de baile folklórico, pero no con el baile agarrado que es precisamente el que prefieren los jóvenes. Rosario fue muy bailona en su juventud, pero el baile se acabó cuando comenzó a hablar con el llumero, pues el maño no tiene buen oído y nulo sentido del ritmo, por lo que bailar es un suplicio para él.

   Otra diversión, cada vez más popular, es el fútbol. El equipo local, formado por aficionados, juega en una categoría provincial y cuando hay partido, en lo que fue un campo de algarrobos del tío Eixerino, los espectadores lo ven de pie, pues no hay graderío. Tampoco hay césped ni vestuario y los jugadores llegan a la cancha ya equipados. Por supuesto, no hay duchas, dado que no existe agua corriente. La mayoría de asistentes son varones, aunque cada vez se ven más mujeres. Zaca es aficionado, pero solo puede asistir cuando tiene una peseta que es lo que cuesta la entrada, cuando está sin blanca ha de conformarse con ver el partido subido en un algarrobo de una finca contigua. Y nunca está solo, hay más mirones.

   La otra diversión que tiene gran arraigo, sobre todo entre los adolescentes y que además no cuesta nada, es el paseo al atardecer por el Raval. Las pandillas, separados los sexos, pasean calle arriba, calle abajo, desde la Plaza de la Iglesia hasta el Rivet. Chicos y chicas se miran, a veces disimuladamente, otras con descaro, y raras veces llegan a mezclase. Son ellas las que más se pavonean exhibiendo sus encantos.

   Luego están las diversiones que podríamos calificar como minoritarias, pues las disfrutan grupos reducidos. Una es la que proporciona la banda municipal de música que dos o tres veces al año ofrece conciertos en la Plaza de la Iglesia. Las obras más valoradas suelen ser temas populares como el Sitio de Zaragoza y otros temas zarzueleros. Otra diversión son las obras de teatro que una compañía de aficionados, llamada Juventud Alegre, representa de vez en cuando. Un deporte, minoritario y de gente joven, es el trinquete –versión valenciana del frontón vasco-. El trinquete torreblanquino es una rareza, pues en la conjunción del frontal con los laterales hay sendos chaflanes en la parte inferior, de unos tres metros de altura, llamados flares, en los que cuando la pelota impacta toma una trayectoria oblicua. Hay otro divertimento más -si es que puede denominarse así-, popular entre el segmento de la población varonil, aunque tercamente ignorado por el beaterío local: la asistencia a las tres casas de putas a las que, hipócritamente, se las alude como cases de malviure, y a sus pupilas como dones de mala vida. Eufemismos citados siempre entre susurros y evitando que los oiga la chiquillería.

   Además de las diversiones públicas, están las privadas que se centran en reuniones de pandillas en domicilios particulares en las que se baila o donde se organizan juegos, más o menos inocentes, como la gallinita ciega, las sillas, el escondite inglés y otros similares. A ello hay que sumar las reuniones -la mayoría de mujeres casadas- en las que se juega al parchís o a juegos de cartas como la brisca, el cinquillo o el guiñote. Y todavía quedan otras diversiones aún más privadas: la lectura –escasa, pues los torreblanquinos son de poco leer- o la escucha de los programas de radio para las contadas familias que poseen un receptor. Una de esas familias son los Clavijo, dueños de un Telefunken del que Rosario se siente muy orgullosa, pues fue el regalo que le hizo su marido cuando parió el primer hijo. A veces, cuando suenan tangos, boleros y pasodobles Rosario da unos pasos de baile en recuerdo de sus tiempos mozos y de unos brazos nervudos que le ceñían la cintura. Sabe que aquellos días no volverán, pero le queda algo que no podrán arrebatarle: la música y con ella la canción.

   A Rosario siempre le gustó cantar. No es dueña de una voz potente, pero tiene buen oído, un timbre agradable y entona bien las canciones. De joven formó parte del coro parroquial, participación que no ha podido mantener de casada, pues las obligaciones de una madre y ama de casa lo impiden. Y del inabarcable universo musical, lo que más le gusta son las coplas. Cuando las ocupaciones se lo permiten, Rosario enciende el aparato, busca una emisora con programas musicales, y escucha con arrobo a las grandes figuras de la época: Concha Piquer, cantando  Suspiros de España, En tierra extraña,  Ojos verdes o Tatuaje. Estrellita Castro, interpretando María de la O, Mi jaca o Los piconeros. Imperio Argentina, modulando El día que nací yo, Échale guindas al pavo o La falsa moneda. Angelillo, con su gran éxito de La hija de Juan Simón. Pastora Soler, entonando La bien pagá o Raquel Meller, con su incomparable El relicario.

   -Zaquita –le dice a su hijo-, no hay nada como las coplas. Escuchas, por ejemplo, Tatuaje y es como si oyeras representar una obra de teatro -Y Rosario entona-: Él vino en un barco de nombre extranjero/ Lo encontré en el puerto un anochecer/ Cuando el blanco faro sobre los veleros/ Su beso de plata dejaba caer…

   Todavía hay una diversión más, exclusiva de los hombres, y de la que es un adicto el señor Zacarías: la asistencia a tabernas y cafés. El llumero, dos veces al día, tras el almuerzo y la cena, se va al café de Agustín el Meme, o al de Les Catalanes, a jugar su sempiterna partida de manilla y a departir con sus amigos. Práctica que Rosario, al principio de su matrimonio, llevaba mal y que fue motivo de las primeras peleas de la pareja.  Las tabernas son lugar de acogida para la gente menos pudiente, pues el vino, generalmente del país, es más barato que el café y los licores. Su mobiliario suele ser asaz espartano: una pequeña barra de azulejos, tras la cual están los barriles de vino, y unas cuantas mesas de pino sin barnizar acompañadas por modestas sillas de enea. El indicativo de que allí hay una tasca es una rama de pino colgada encima de la puerta.

   Visto como se divierten los torreblanquinos, chavales como Zaca, cuya diversión preferida son sus libros, tebeos y revistas, son una excepción y, como todas las excepciones, difícil de encajar en el colectivo. ¿Cambiará eso en el futuro?

  

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 12 de la novela “El masover”, titulado: Veinte duros son muchos duros