Pilar cuenta a su madre porque Álvaro está mustio, no le gustan las
mates que enseñan en la facultad sevillana.
-¿Y
por qué no le gustan?
-Esperaba otra cosa.
-¿Y
qué esperaba?
-Una
enseñanza más moderna, más actual. Por lo que me ha contado, la mayoría del
claustro está formado por catedráticos viejos y bastante oxidados que se pasan
las clases explicando la tesis doctoral que escribieron hace un montón de años
y de ahí no hay quien les saque. Y, por lo que dice, en la actualidad las mates
están creciendo a un ritmo exponencial, en cambio lo que enseñan en la facultad
son las del siglo pasado.
-¿Entonces es que lo que explican no lo
entiende?
-Claro que lo entiende, ese es el problema. A él le gustaría aprender la
nueva matemática y no que le hablaran de conceptos que ya los vio durante el
bachillerato.
Julia le refiere a su marido lo que, a su vez, le ha contado Pilar. El
matrimonio tiene un largo diálogo sobre qué hacer. Valoran qué será mejor, si
afrontar el problema ahora o dejarlo para más adelante.
-Yo
creo que tendríamos que hablarlo ahora con el chico, antes de que la situación
se encone más –sugiere Julia.
-¿Y
por qué no le damos tiempo al tiempo y dejamos que transcurra el curso?
–Plantea Julio-. A lo mejor, con el paso de los meses lo que ahora no le gusta
puede acabar agradándole. Por lo que me ha contado don Enrique, es frecuente
que los profesores, durante el primer trimestre del curso, se dediquen a
explicar una especie de introducción a la materia que enseñan para luego
desarrollarla en los últimos trimestres. Podría ser este el caso.
-Eso
no lo sabía, pero lo que me extraña es que el chico esté tan alicaído, porque
Álvaro es duro, tiene los pies en la tierra y no es de los que se rinden ante
la primera dificultad.
Tras
debatirlo, prevalece la opinión de Julio y el matrimonio toma dos decisiones:
no decirle nada al chico de lo que saben sobre su experiencia en el primer
trimestre escolar, y esperar a que acabe el curso para plantearle si quiere
continuar con la carrera de exactas o prefiere cambiar de estudios.
El
año 1923 comienza para los Carreño, aparentemente, sin mayores incidencias,
aunque sucede algo que hace saltar la normalidad que espera la familia para el
resto del año. Julia lleva casi dos meses sin la regla pero, dados sus cuarenta
y un años, lo achaca a que le ha llegado la menopausia, aunque ciertos cambios
hormonales delatan que el origen del desarreglo puede ser otro. Antes de acudir
a la consulta del doctor Lavilla, recurre a su amiga de siempre que, aunque ya jubilada,
sabe de obstetricia más que ningún tocólogo.
-Etelvina, a mi edad casi me da vergüenza decirlo, pero presiento que
vuelvo a estar encinta –se explica Julia que, después de muchos años de trato,
ha llegado a tutear a la antigua comadrona-. Por eso, antes de lanzar las
campanas al vuelo, me he dicho: ¿y por qué no lo hablo con Etelvina?
-Julia, ser madre, se tenga la edad que se tenga, no es para avergonzar
a nadie. Al contrario, es la función más maravillosa para la que hemos sido
creadas. Y es una ironía que eso lo diga quién no tiene hijos.
-No
habrás sido madre, pero has ayudado a venir al mundo a la mitad de los críos de
la ciudad y a toda la prole de los Carreño.
-Dejémonos de palabreo y vamos a echarte una miradita -La miradita es
corta.
-Enhorabuena, Julina. Y te llamo así porque de menopáusica nada, estás
como de ocho semanas.
La
noticia, que confirma sus sospechas, es recibida por Julia con más alegría que
pena. Se enorgullece de que a sus años siga siendo fértil y de que Julio no
haya perdido fuerza procreadora pese a sus cincuenta y cuatro años. Sabe que
les gastarán alguna que otra broma, pero engendrar a su noveno hijo es motivo
de orgullo. Julio tiene sentimientos parecidos cuando su esposa le cuenta la
buena nueva.
-Supongo
que algún capullo del casino hará algún chiste a nuestra costa, pero te digo,
esposa mía, que me das un alegrón. ¿Se lo dices tú a los chicos o lo hago yo?
–pregunta, aunque ya sabe la respuesta que va a recibir.
-Yo
me encargo.
Los
chicos Carreño que vayan a tener un hermano más lo acogen como algo propio de
su familia. El nuevo embarazo induce a Julia a llevar a cabo una de las
decisiones que lleva tiempo meditando: deshacerse de su participación
empresarial en Interplás, que ha bajado mucho la facturación. Vende su parte de
la empresa a Rafael, el aparejador que es quien hace tiempo lleva la dirección
de facto. En cuanto Julio, como suponía, es objeto de alguna que otra broma por
parte de sus amigos de tertulia.
-Enhorabuena, Carreño, está usted hecho todo un semental.
-Julio, hace usted bueno el dicho de que el hombre antes pierde el
diente que la simiente.
-¡Caramba, Julio, a este paso vas a dejar en mantillas a Charlot!
Las
bromas enseguida se olvidan en cuanto Liaño les cuenta las últimas nuevas sobre
la inacabable guerra de África.
-A
primeros de febrero han regresado a España, tras más de año y medio de
negociaciones, los militares españoles presos por Abd el-Krim.
-Por
mi parte les puedo contar que hace unos días, en Italia, Benito Mussolini ha
ordenado la detención de centenares de militantes socialistas –explica el
doctor Lavilla.
-¿Pero Mussolini no era también socialista? –pregunta don Mauricio.
-Sí,
pero ahora es fascista y dictador.
Llega
la primavera, y el 29 de abril se celebran elecciones de diputados a Cortes
bajo la modalidad del sufragio universal masculino –las mujeres continúan sin
tener derecho al voto-. Como en todas las elecciones celebradas durante la
Restauración borbónica, el gobierno convocante es quien termina ganándolas. En
la circunscripción de Cáceres se eligen siete diputados. Los resultados que
arrojan las urnas son: 2 conservadores, 1 de la izquierda liberal, 3 demócratas
y 1 independiente. En el distrito de Plasencia todo el mundo esperaba que uno
de los diputados electos sería Manolo del Pino, que volvía a presentarse por el
Partido Liberal –que sí ganó globalmente-, pero ante la sorpresa general sale
elegido el candidato demócrata, Arturo Gamonal, antiguo alcalde de la ciudad. Una
vez más las esperanzas depositadas en el nuevo gobierno de que llevaría a cabo
una democratización real del sistema se ven frustradas.
-Mientras en España quienes manden de verdad sean los caciques, no habrá
manera de que el país se democratice –proclama don Enrique.
-Totalmente
de acuerdo, doctor, y eso lo explica el siguiente dato: en 146
circunscripciones solo se ha presentado un único candidato, por lo que, de
acuerdo con lo regulado por la ley electoral, ese candidato ha sido proclamado
diputado privando al electorado de su derecho al voto –detalla don Romualdo.
-A
lo que hay que añadir que en los distritos que sí ha habido elecciones ha
intervenido el sistema caciquil para que salieran elegidos los diputados que
habían sido designados en el previo encasillamiento. Así es como la llamada
Concentración Liberal ha logrado la esperada mayoría absoluta. ¡País de mierda!
–se lamenta el médico.
-Pero en Madrid, sorprendentemente, han ganado los socialistas –apunta
Julio.
-Sí,
pero una golondrina no hace verano –replica Liaño.
Cuando Julio llega a casa y comenta a su esposa el resultado de las
elecciones, resulta que Julia ya lo conoce a través de su amiga Maribel Quirós.
-¿Y
qué hayan ganado los liberales qué supone? –pregunta Julia.
-Que
todo seguirá igual –El tiempo confirmará que, como profeta, Julio no da una.
A
pesar de que las elecciones de abril han sido presuntamente democráticas, en
realidad no ha sido así. El resultado es que el pueblo está más que harto de la corrupción
imperante, de las marrullerías caciquiles y de la pasividad de los gobiernos
que casi siempre son efímeros. No importa el partido que gobierne: la política
española ni es democrática ni social ni representativa. Como consecuencia del
hartazgo de la sociedad, los desmanes, las huelgas y los enfrentamientos
violentos se suceden ininterrumpidamente. El 19 de mayo, en Asturias, los
obreros metalúrgicos de la sociedad Duro Felguera se declaran en huelga, y una
miríada de paros y protestas se extiende por el país. La patronal y los
sindicatos se enfrentan en las calles a tiro limpio. Los pistoleros del
Sindicato Libre -a las órdenes de la patronal- atentan contra los sindicalistas,
siendo el caído de más renombre Salvador Seguí. Como represalia, algunos
sindicalistas traman el asesinato de personalidades conservadoras; uno de los
señalados es el cardenal de Zaragoza, Juan Soldevila, que, en junio, cae acribillado por dos individuos, identificados
posteriormente como Francisco Ascaso y Rafael Torres. Detenidos enseguida, la
justicia condena a Torres a cadena perpetua, y Ascaso no puede ser juzgado al haberse
fugado de prisión. El asesinato del purpurado provoca un gran impacto en la
opinión pública y, naturalmente, en la tertulia de Julio.
-¡No
es de recibo que en una nación que se llama demócrata se asesine a un príncipe
de la Iglesia al visitar una escuela-asilo! –Proclama Julio a quien su esposa
le ha calentado la cabeza en casa-. Por este camino, ¿adónde vamos a llegar?,
¿a la guerra civil?
-Estoy con usted, Carreño –le secunda don Romualdo-, eso es una
barbaridad que no debería ocurrir en un país civilizado, y cuando ocurre es que
algo va mal en la sociedad.
-Si
de mí dependiera, cogería a todos esos sindicalistas y los enviaría a África a
verse las caras con los moros –opina don Eduardo.
-Le
recuerdo, Eduardo, que los pistoleros del Sindicato Libre tampoco son mancos
–puntualiza Lavilla.
PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro
del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el
episodio 151. ¿Quieres ser médico?