viernes, 22 de abril de 2022

Libro III. Episodio 141. La abuela Pilar víctima de la gripe española

 

   La gripe española ha vuelto a percutir en la familia Carreño. La abuela Pilar y su nieta Pili han recaído y ambas están postradas en cama intentando superar la letal pandemia. El matrimonio Carreño se vuelve a plantear si llevar a doña Pilar a su casa, pero la abuela se resiste.

   -Me ha dicho que ya la cuida Etelvina –refiere Julia.

   Lo que temían los Carreño ocurre y la abuela empeora, su respiración se hace trabajosa y se la ve agotada. Cuando Julio consulta al doctor Lavilla de si no será mejor llevarla a su casa donde estará cuidada las veinticuatro horas, la respuesta del galeno es desesperanzadora.

   -En las condiciones en que está es mejor no moverla. Como se produzca un empeoramiento y retenga más líquido pulmonar puede ocurrir cualquier cosa. Además, su corazón debe estar sufriendo mucho… Preparaos para lo peor.

   Y en menos de cuarenta y ocho horas lo peor ocurre. El letal virus cierra los ojos de doña Pilar Lahoz que, en un último momento de lucidez, todavía tiene arrestos para preguntar por su nieta.

   -¿Y Pili, cómo está? –Y sin dar tiempo a que le contesten agrega-. Decidle que luche, que no se rinda…, alguna Pilar ha de quedar en la familia…

   Para el matrimonio Carreño el fallecimiento de la abuela Pilar es un mazazo. Se va la persona que, si es la madre biológica de Julio, también es la madre espiritual de Julia; ambos sienten que se han quedado huérfanos. Los niños lloran igualmente a su abuela, pero ahora por quien la familia está verdaderamente preocupada es por Pili, que sigue peleando contra un virus, cuya malignidad es tan letal, que algunos medios calculan que en solo un año ha matado alrededor de treinta millones de personas. La niña llega a estar al borde de lo irremediable, pero al final su granítica naturaleza, los designios divinos, las oraciones de la familia o una mezcla de todo ello, logran que venza al virus y regrese al mundo de los vivos, pues el doctor Lavilla llegó a darla por irrecuperable.

   -Afortunadamente, la medicina no es una ciencia exacta –comenta Julia, que trata de animar a su abatido marido, y duda en proseguir porque no sabe si se va a alegrar con lo que le va a contar, pero acaba dándole la noticia-. Lo que más siento es que tu madre no va a conocer a nuestro próximo hijo, el que sería su séptimo nieto –Y ante la mirada sorprendida de Julio se explica-. Vas a ser nuevamente padre. Sospecho que cuando llegaste de tu último viaje nos pudo los casi doce días que llevábamos de ayuno conyugal.

   A pesar de que Pilar Lahoz no lleva muchos años viviendo en Plasencia su entierro concita la asistencia de más gente de la que esperaban sus deudos. No falta ni uno de los exdiscípulos de la maestra y Julio ve con agrado que también hay una nutrida representación del comercio local. Asimismo, ha venido un grupo de vecinos de San Martín de Trevejo al que acompaña una representación oficial del pueblo encarnada por el señor alcalde. Incluso el párroco de San Martín ha logrado que el obispado le dé el plácet para que sea él quien oficie las honras fúnebres.

   Tras la misa de réquiem, el ataúd, que hasta ahora ha sido llevado a hombros por exalumnos de doña Pilar, es colocado en el furgón fúnebre. Tras él se forma una comitiva encabezada por el sacerdote y dos monaguillos. Detrás del clérigo se coloca Julio al que acompañan sus hijos varones. Julia, sus hermanas, Paca y las niñas, como señala la costumbre y tras asistir a la misa de difuntos, se han vuelto a casa. Los adultos de la familia van vestidos rigurosamente de negro, y hasta los niños llevan un brazalete negro en la manga izquierda de sus chaquetas.

  La comitiva del entierro, siguiendo al furgón, se encamina al camposanto de la ciudad. En cuanto llegan, el sacerdote reza las últimas preces y luego los sepultureros introducen el ataúd en el nicho. Después, todas las personas que han acompañado a la difunta en su postrer viaje se alinean para dar el pésame a la familia. Antes de que comience el ritual, se adelanta el tío Silvanio, alcalde de San Martín y, sacando del bolsillo de su blusa un papel doblado, se dirige a Julio.

   -Julino, quería decir unas palabras sobre doña Pilar, ¿puedo?

   En Plasencia no existe la costumbre de hablar de los difuntos en su enterramiento, por lo que Julio vacila pero, al ver lo decidido que parece el alcalde, asiente.

   El alcalde desdobla el papel y lee: Como representante que soy de los vecinos de San Martín de Trevejo, tengo que decir que doña Pilar, que en paz descanse, fue para todos los mañegos mucho más que una maestra. Porque además de lo mucho que nos enseñó, nos daba diariamente ejemplo de cómo hay que vivir y respetar a los demás. No solo tenía una buena chinostra, como decimos en mañegu, sino también un gran corazón. Que sepan todos, y sobre todo su hijo y demás familiares, que nunca la olvidaremos –y doblando el papel añade-. Tenía que decirlo y dicho está.

   Julio da las gracias al alcalde y comienza el acto de dar el pésame a la familia. Uno tras otro, los que se han acercado al cementerio, van dándole la mano a Julio al tiempo que musitan las proverbiales frases de condolencia empleando el tuteo o el usted según el grado de amistad con el hijo de la difunta.

   -Te acompaño el sentimiento.

   -Le doy mi más sentido pésame.

   -Era una gran mujer, nunca la olvidaremos.

   -Mis más sinceras condolencias…

   Julio, acepta los pésames estrechando las manos de los que desfilan. Cuando terminan las condolencias, la gente se dispersa y Julio, con los niños y algún que otro amigo más allegado, regresa a la ciudad.

   Por fin, 1918 se despide con la buena nueva de que la Gran Guerra ha terminado, pero dejando tras sí unas secuelas inasumibles que pueden convertirse en semilla de futuras contiendas. Sin embargo, para los Carreño será el año en que perdieron a una mujer irrepetible. Hasta los niños lo lamentan.

   -Nos hemos quedao sin abuela –se lamenta Jesús.

   -Que si te hubiese oído te diría que no se dice quedao sino quedado –puntualiza Pili.

   -La abuela ha muerto, pero a falta de ella ya tenemos a Pili para regañarnos si hablamos mal; te deberíamos llamar como a ella, Pilar y no Pili –La sugerencia de Álvaro acaba prendiendo en sus hermanos y a partir de la desaparición de la abuela, Pili pasa a ser llamada Pilar y seguirá así en el futuro. Es el último legado que deja Pilar Lahoz.

   Las navidades del 18 son tristes para los Carreño, aunque los adultos hacen de tripa corazón y procuran poner buena cara y remontar el ánimo para que los niños no se contagien de la tristeza en la que les ha sumido la ausencia de la abuela Pilar. Y para conseguirlo, a Julia se le ocurre que, después del día de Navidad y hasta la víspera de Reyes, podían pasar esos días en Pinkety. La propuesta es recibida con alborozo por la grey infantil, aunque a Julio no parece convencerle.

   -No sé si es buena idea, Julia. ¿No vais a pasar frío en aquel caserón?

   -Es posible que no estemos tan cómodos como aquí, pero a los niños les gusta tanto Pinkety que van a dar por bien empleado pasar algo de frío. Además, antes de ir podrías enviarle recado al Venancio para que vaya caldeando la casa y yo me ocupo de coger ropa de abrigo. Creo que ir allí será la mejor manera de que el recuerdo de la abuela Pilar esté menos presente que si nos quedamos en casa.

   Tras discutirlo deciden ir, aunque volverán la víspera de Reyes para preparar mejor los regalos que los Reyes Magos de Oriente traen a los niños españoles. Bien arrebujados en sus abrigos y bufandas, la familia Carreño se desplaza a Pinkety. El tío Venancio ha cumplido con el encargo que le hizo Julio y los Carreño encuentran la casa con una temperatura bastante agradable. Y como explica el mediero:

   -Aquí los inviernos suelen ser fríos, mojaos y con muchos días nublaos, pero el agua de la balsa casi nunca llega a helarse. A lo mejor usté –comenta Venancio dirigiéndose a Julia-, si no está acostumbrá a la sierra, pase algún rato de frío, pero lo que son las criaturicas no se preocupe por ellos. Mis críos, ya los ve, sin abrigo ni bufanda ni na, y bien calenticos que están. Con los de usté pasará lo mesmo.

   Los días le dan la razón al bueno del Venancio. La chiquillería se pasa la mayor parte del día corriendo por los campos sin abrigos ni bufandas y solo se refugian en casa en un par de ocasiones en los que la lluvia hace su aparición. Los ratos pasados al calor de la lumbre, antes y después de las cenas, sirven a Julia para contar a sus hijos historias de cuando la abuela Pilar y Julio vivían en San Martín.

   -¿Y la abuela era la maestra del pueblo? –pregunta Álvaro.

   -Yo, cuando sea mayor, quiero ser maestra como la abuela –anuncia Pilar sin dar tiempo a que su madre conteste a su hermano.

   -Pues yo me pasaré al otro lado de la Raya y traeré cosas de Portugal, como hacía papá–declara Julián.

   -¿Papá iba al otro lado de la Raya? –Pregunta, sorprendido, Álvaro, que agrega-. ¿Y para qué?

    Julia va respondiendo a las preguntas de sus hijos procurando eludir el carácter al margen de la ley que suponían los viajes más allá del otro lado de la Raya. Aunque la curiosidad le lleva a preguntr a Julián.

   -¿Y tú cómo sabes que el papá hacía viajes al otro lado de la Raya?

   -Porque se lo oí decir a Paca que se lo contaba a una amiga -Tendré que decirle a Paca qué cosas se deben contar y qué otras no, piensa Julia.

     El año 1919 comienza bien para los pequeños Carreño porque, como al parecer han sido buenos, los Reyes Magos les han colmado de juguetes para alegría de los más chicos. Para los adultos el año también parece comenzar bien pues tanto las ventas de las tiendas como los encargos que recibe Interplás parecen remontar, pero pronto el ambiente social se deteriora y, aunque los conflictos que generan malestar en amplias capas de la sociedad española se desarrollan lejos de Extremadura, sus repercusiones llegan hasta allí. ¿Hasta qué punto?, se pregunta Julio.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 142.

Un Carreño al que le sobran padrinos 

viernes, 15 de abril de 2022

Libro III. Episodio 140. ¡¿Qué tu marido te pega?!

  A principios de abril, una especie de gripe tardía ha comenzado a hacer estragos entre la población. A diferencia de otras epidemias gripales, que afectan principalmente a ancianos, sus víctimas también son jóvenes y adultos con buena salud. El virus ya ha causado innumerables bajas en los campamentos militares de la Europa en guerra y, según se supo posteriormente, la transmisora inicial fue la tropa expedicionaria norteamericana, pero a causa de la censura militar el hecho no se hizo público, pese que a principios de agosto ya se contabilizaron miles de soldados estadounidenses enfermos entre los desplazados a Europa.

   Como España ha seguido siendo neutral y, por tanto, no hay censura militar, las autoridades sanitarias españolas son las primeras que dan la voz de alarma sobre la altísima tasa de mortalidad del virus –motivo por el que luego se le conocerá, erróneamente, como la gripe española-. En el país llega a haber cerca de ocho millones de personas infectadas y alrededor de 300000 fallecimientos -aunque las autoridades reducen la cifra de víctimas-. Extremadura, como el resto de regiones, no se libra de la pandemia y los Carreño tienen dos afectados: las dos Pilares, abuela y nieta. A la familia le preocupa, sobre todo, la abuela puesto que es persona de riesgo ya que tuvo una angina de pecho. Están menos preocupados por Pili pues la niña es dura como el granito de Gata.

   -Estoy preocupada por tu madre, cariño. Creo que no debería permanecer ni un día más sola en su casa. Le he dicho por activa y por pasiva que se venga con nosotros, que le arreglamos una habitación para ella, pero ya sabes lo tozuda que puede llegar a ser, se ha negado en redondo; dice que les puede contagiar la influenza a los niños. Le he replicado que ya tenemos una contagiada en casa, sin embargo no ha habido forma de convencerla.

   -Madre siempre ha sido así. De todas formas si empeora, aunque sea a las bravas, la traeré aquí.

   Como parece que tanto la abuela como la niña han mejorado, los Carreño se aprestan a preparar el veraneo de la familia que, como en el año anterior, lo harán en Punta Umbría, primero, y en Pinkety, después. En la localidad onubense han podido alquilar el mismo chalé que tuvieron el año anterior. Los placentinos vuelven a encontrarse con los González, la familia sevillana con la que trabaron amistad el pasado verano. Además de los sevillanos, los niños hacen otros amigos y Álvaro, que crece espigado y parece mayor de lo que es, comienza a concitar la atención de las adolescentes, aunque con quien más charla es con la sevillana Rocío. Las dos madres, mientras vigilan a los niños, charlan de lo divino y de lo humano, más de esto que de lo otro.

   -Quilla, y la calentorra aquella que caracoleaba con tu marío, ¿qué se hiso de ella? –pregunta la sevillana.

   -Sigue en la tienda, más humilde y recatada que una novicia.

   -Ya me gustaría tener el cuajo que tienes, así no tendría que tragarme las ruedas de molino que me he de tragar.

   -¿Qué ruedas? –pregunta, curiosona, Julia.

   La sevillana le confiesa que su marido tiene un lío con una de las dependientas de su tienda, una mozuela descarada que apenas tiene veinte años y que presume de palmito.

   -… y no he tenío el valor de echárselo en cara a ninguno de los dos.

   -¿Y por qué no se lo dices? Mi suegra me aconsejó que más vale ponerse una vez colorado que ciento amarillo.

   -Lo he pensao, no creas, ¿pero y si Roque se enfada y me da un guantaso?

   -¡¿Qué tu marido te pega?! –pregunta, escandalizada, Julia.

   -Solo cuando se cabrea. ¿A ti no?

   -Como lo haga una sola vez será el último día que me vea.

   -¡Que cuajo tienes, quilla, y qué envidia me das! 

  Transcurrido julio, los Carreño vuelven a Plasencia e inmediatamente se preparan para marcharse a Pinkety. En la finca se observan las mejoras que paulatinamente el mediero ha ido introduciendo con el apoyo económico de los nuevos dueños. En el cortijo, las paredes exteriores las han blanqueado, las fallebas que faltaban así como los cristales han sido repuestos, las habitaciones se han adecentado y se ha retejado la cubierta. En los campos, las ribas han sido reparadas, los árboles convenientemente podados y el heno lo han segado; incluso hay un conato de ganadería, pues una veintena de ovejas forman lo que puede llegar a ser un buen rebaño. Para los niños la finca es como su paraíso particular.

   -Cuando sea mayor, voy a vivir aquí –afirma Pili.

   -Eso será si los papás te dejan –replica Julián, que dirigiéndose al tato le pregunta-. ¿Y a ti dónde te gustaría vivir?

   -No lo sé, pero me gustaría ver mundo –responde Álvaro-. ¿Y a ti?

   -A mí me gustaría acompañar a papá en sus viajes por los pueblos.

  En el verano del 18 la Gran Guerra parece acelerar su pulso y el curso de los acontecimientos va en contra de las potencias centroeuropeas, aunque la noticia más impactante es el asesinato del último zar, Nicolás II, y de toda su familia. La derrota alemana en la batalla del Marne marca el comienzo del predominio de la Entente. Julio, siempre pendiente de su negocio, pregunta a Liaño:

   -Entonces, comandante, ¿cree usted que el fin de la guerra está próximo?

   -Mi estimado Carreño, siempre digo que las guerras se sabe cuándo comienzan, pero no cuando terminan. Y me mantengo en ello, pero me da en la nariz que el conflicto no puede durar mucho porque hay un factor que está decantando la balanza a favor de la Entente y es el alto grado de mecanización que han aportado los norteamericanos. No hay más que ver la cantidad de carros de combate que participaron en la batalla de Reims.

   A finales de agosto, Julio se traslada a Pinkety a pasar los últimos días con su familia y luego traerlos a casa. En cuanto ve a su marido, Julia lo nota pensativo, algo le ocurre a este hombre, se dice.

   -A ver, corazón, cuéntale a tu mujercita qué te pasa. Porque algo ronda por esa cabeza, si lo sabré yo.

   A Julio ni se le ocurre ocultar su preocupación, sabe que su esposa es capaz de leer su mente como si fuese un libro abierto.

   -Pues que, según Liaño, la guerra puede estar dando las últimas boqueadas y si acaba ya puedo ir diciendo adiós al negocio de los animales que tan buenos dividendos nos está dando.

   -¿Eso es lo qué te preocupa? Remonta ese ánimo, cariño, que no es para tanto. Al fin y al cabo solo se trata de dinero, y los cuartos tan pronto vienen como se van. Si se acaba lo del ganado nos quedan las tiendas e Interplás, no vamos a quedarnos desnudos.

   -Ya lo sé, Julia, pero era un dinero con el que pensaba emprender otros negocios, y si se seca ese pozo…

   -Otro habrá de donde sacar agua. Yo doy gracias a Dios todos los días por tener un marido como el que tengo y una familia como la nuestra. Con eso me doy por satisfecha, y tú debes hacer lo mismo. Y hablando de cosas verdaderamente importantes, ¿ya has pensado en si mandamos a Pili a Cáceres para que comience el bachillerato?

   -No, ¿pero crees que la niña debería estudiar?

   -Por supuesto, ¿sabes uno de los muchos consejos que me dio tu madre antes de casarnos? Lo recuerdo como si fuese ahora, y eso que han pasado catorce años. Estábamos hablando de que la mayoría de la gente pensaba como mi madre, los hombres a trabajar o a estudiar y las mujeres a cuidar la casa y a tener hijos. Y a raíz de eso me dijo, lo recuerdo casi literalmente, si algún día eres madre te encarezco que procedas con tus hijas de forma opuesta a como lo ha hecho tu madre, si puedes dales estudios, será el mejor regalo que podrás darles. Y no creo que debamos hurtarle ese regalo a nuestra hija mayor. Y otra cosa te digo, es muy traviesa y rebelde, pero tiene una cabeza muy bien ordenada y como le coja gusto a los libros será lo que quiera. Talento no le falta.

   Julio asiente. No tanto por no llevar la contraria a su mujer, sino porque es consciente de que las palabras de su madre eran y siguen siendo certeras, las mujeres también sirven para estudiar. Agosto finiquita y los Carreño recogen los bártulos y vuelven a Plasencia. Hay mucho que hacer, entre otras cosas hay que preparar la ropa que Álvaro y Pili se llevarán a la residencia de Cáceres. Precisamente, en septiembre es cuando alemanes y austro-húngaros solicitan el armisticio.

   La noticia impulsa a Julio a acelerar el negocio de los animales.

   -Julia, ve preparándome la maleta que mañana a primera hora me pongo de viaje. Liaño ha dicho en el casino que está convencido de que antes de Navidad terminará la guerra. Por si tuviera razón, y no suele equivocarse, solo quedan unos meses para seguir comprando ganado.

   -Me parece bien, marido. ¿Vas también a llevar artículos de droguería?

   -Ninguno, este va a ser solo un viaje de compraventa de bestias. Tengo que apurar las pocas opciones que quedan en los pueblos, porque casi todos los animales válidos desaparecieron hace tiempo, pero algo siempre quedará.

   El vaticinio de Liaño se cumple. El 7 de noviembre, una delegación alemana comienza a negociar el armisticio, pero antes de llegar a un acuerdo el Imperio Alemán deja de existir. El káiser Guillermo II es informado de que el ejército no luchará para mantenerle en el trono, motivo por el cual se exilia. Dos días después en Alemania se declara la república, y se forma un gobierno compuesto por socialdemócratas y socialistas. Por fin, el 11 de noviembre se firma el armisticio con la rendición de los imperios centroeuropeos. Para Carreño también se acabó el fructífero negocio de la compraventa de ganado, pero como le dice su esposa para consolarle.

   -La guerra se ha acabado, gracias a Dios, pero tenemos unos hijos que son un tesoro. En eso debemos volcarnos ahora, en formarles para que sean hombres y mujeres de provecho, para sí y para los demás. Y que sean temerosos de Dios, que eso importa más que los bienes terrenales.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 141. Pilar, víctima de la gripe española