viernes, 8 de abril de 2022

Libro III. Episodio 139. Mientras los Carreño veranean nace la URSS

 

   El novio, con el que Merche se ha quitado a Julio de encima, no existe, se lo ha inventado la joven como cortafuego contra los avances del jefe, y es que, además del chorreo que le echó Julia en su día, también cuenta el recordatorio que le susurró Lupe en cuanto la familia se marchó a Punta Umbría.

   -Merche, bonita, la jefa se va, pero para ti como si no. Ni se te ocurra hacerle la más mínima carantoña al jefe porque me chivaré, y en cuanto llegue Julia te va a poner de patitas en la calle. ¡Conque ojo al Cristo que es de plata!

   Al estar en plan de soltero de verano, Julio puede permitirse mayores licencias y una de ellas es que sus visitas al casino son más frecuentes. El doctor Lavilla, que se ha convertido en todo un experto en Rusia, tiene a sus contertulios al día de lo que la prensa internacional ha bautizado como la Revolución Rusa. Aunque lo que más interesa a los contertulios es el devenir del conflicto bélico. Así, en la segunda mitad de julio el comandante Liaño cuenta a sus amigos que el Reichstag alemán ha hecho una declaración de paz para detener la guerra.

   -Comandante –pregunta Julio que, por lo que le va en ello, se ha puesto alerta al oírlo-, lo que ha dicho sobre la paz, ¿quiere decir que los alemanes están rindiéndose?

   -Ni mucho menos, pero intuyo que comienzan a sentirse acorralados y la entrada en el conflicto de los Estados Unidos ha hecho que esa sensación se intensifique.

   Ajenos por completo a los vaivenes bélicos y a las disquisiciones sobre los mismos que llevan a cabo los contertulios del pater familia, el resto de los Carreño veranea plácidamente en Punta Umbría disfrutando de los últimos días de playa. Álvaro, bajo la supervisión de su madre, enseña a nadar a Julián y a Jesús y a la pareja de amigos sevillanos que tampoco saben. El hecho de ser el mayor parece que le confiere un especial status de liderazgo que los demás hermanos aceptan sin rechistar.

    Las madres siguen en sus tumbonas charlando y contándose confidencias que quizá no se atreverían a hacerlo en otro entorno.

   -¿Así que tenéis una dependienta que le ponía ojitos a tu marío? ¿Y cómo ha terminao er asunto? –Julia cuenta a la sevillana la charla que tuvo con Merche y como desde entonces se han terminado los coqueteos de la joven.

   -¿Y no te preocupa que ahora que tu mario se ha quedao solo sea él quien la busque?, mira que los hombres solo piensan con la bragueta y en cuanto pueden la meten en caliente.

   -Creo que Julio ya está mayor para andar detrás de las faldas de una veinteañera y, además, la chica está advertida, como tenga el menor desliz la pongo en la calle.

   -Yo no estaría tan tranquila. Los hombres, por mu mayores que sean, lo del triquitriqui lo tienen siempre metio entre seja y seja y a la que te descuidas ya s´an liao.

   La charla se ve alterada porque los chiquillos se han peleado y la niña sevillana busca el apoyo de su madre acusando a Pili de haberle tirado de las trenzas. Las madres ponen paz y dada la hora que es recogen los bártulos y cada familia regresa a casa.

   -Pili, eres imposible, ¿por qué has tenido que pegarle a la pobre Rocío, qué te ha hecho?

   -No le ha hecho na, mamá. Se ha puesto furiosa porque el tato le hace más caso a Rocío que a ella –se chivatea Julián, y luego, en voz baja para que no le oiga su madre, agrega-. Es que el tato y la Rocío son novios.

   El mes de julio ha concluido y los Carreño regresan a Plasencia. La estancia en la ciudad es corta porque en unos días se desplazarán a Pinkety donde pasarán agosto. El padre lleva a la familia con la Fiat y los deja en la finca, donde los reciben los medieros y sus tres niños, que cuando estuvieron la vez anterior no llegaron a conocerlos. Los hijos del tío Venancio tienen entre dos y siete años y al principio tratan con desconfianza a los recién llegados, pero en unos días ya están todos formando una piña bajo el mando de Álvaro. Los chavales creían que no se lo pasarían tan bien como en la playa, pero pronto descubren que los campos, las arboledas, las praderas y los arroyos pueden ofrecerles esparcimientos que acaban gustándoles más que la repetitiva vida del mar y la arena.

   -¿Y por qué dices que habéis estao en el océano?, si dónde habéis estao es en el mar, ¿no? –pregunta el mayor del mediero, al que llaman Chapi sin saber si es su nombre o un apodo familiar.

   -Porque en Punta Umbría, donde hemos veraneado, está el océano Atlántico y no el mar. Te gustaría verlo –le explica Álvaro.

  -Me valdría con un mar aunque fuera pequeñino, nunca he visto ninguno.

   Pese a vivir en una ciudad en la que el campo está a un tiro de piedra del centro urbano, es en Pinkety donde los pequeños Carreño descubren la naturaleza y sus innumerables bellezas y misterios. Los chicos del mediero les enseñan los mejores árboles para trepar, a buscar nidos, a cazar pajarillos y ranas, a distinguir entre un conejo de monte y una liebre, qué comidas son las que más gustan a los cerdos, las gallinas y los conejos. Descubren que los caracoles se comen, lo mismo que las ranas. Aprenden a montar en burro y en la balsa completan el aprendizaje de la natación con un estilo nada ortodoxo pero que les vale. Y Julia encuentra el remanso de paz y sosiego que tanta falta le hacía. Durante cuatro semanas se olvida de las tiendas, de Interplás y de cuantos proyectos bullen en su mente. El verano termina y los Carreño abandonan Pinkety con la firme resolución de volver porque para los niños es un paraíso.

   En tanto la Gran Guerra sigue su trágico curso, pero es en noviembre cuando los acontecimientos se desarrollan por cauces inesperados en la lejana Rusia.

   -Ya sé que siguen poco interesados de lo que ocurre en Rusia, pero aun así no me resisto a contárselo –se excusa Lavilla-. Ha caído el gobierno provisional y los líderes bolcheviques, Lenin y Trotsky, se han hecho con los puestos de mando. Y tras el segundo congreso de los Sóviets, Lenin ha sido nombrado Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Ah, y una curiosidad, el país ha dejado de llamarse Rusia, desde ahora su nombre es la URSS.  

   -La URSS, ¡lo que faltaba!, ¿y eso significa algo o solo es otro capricho de esos comunistas? –La pregunta de don Mauricio no se sabe bien si es en serio o se está chanceando.

   -La URSS es el acrónimo de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, así se llamará Rusia desde ahora.

   -Para mí sigue siendo Rusia, la de toda la vida. Eso de la URSS durará cuatro días –sentencia el letrado.

  Galiana el ferretero susurra a Julio que está a su lado:

   -¿Qué coño es un acrónimo?

   -Luego te lo cuento.

   El último trimestre del año transcurre rápido y, casi sin darse cuenta, la Navidad se echa encima. Los Carreño andan atareados en su preparación, de la del fin de año y de los Reyes Magos, el día mágico de los pequeños. El seis de enero de 1918 será una fecha difícil de olvidar para los cuatro hermanos más pequeños del clan: Julián, Jesús, Eloísa y Concha. Tanto Álvaro como Pili no cuentan porque ellos ya están en el secreto. Un año más, los Reyes Magos han visitado el hogar de los Carreño y han dejado un montón de regalos para la chiquillería, pero lo que más ha impactado a los críos es que esta vez los soberanos han debido hacer una parada en la casa, las huellas dejadas son incuestionables pues se bebieron la sidra que les habían dejado, el balde de agua para los camellos aparece seco y de la alfalfa tan solo quedan unas briznas.

   -Mamá, papá, los Reyes han estado aquí. Se han bebido la sidra y los camellos se han comido la alfalfa –Los pequeños están atónitos, ante la sonrisa cómplice de sus hermanos mayores.

   En cuanto pasan Reyes, la vida familiar de los Carreño retorna a su ritmo habitual. Los niños al colegio, Julia a dirigir las tiendas y Julio reinicia sus correrías por la región y provincias aledañas, hasta que llega la Semana Santa, que este año discurre del 24 al 31 de marzo. El droguero no viaja durante esa semana y puede disfrutar de la familia y de sus amigos tertulianos que se apresuran a ponerle al día. En el pasado diciembre comenzaron a sucederse acciones encaminadas al fin de la sangrienta contienda. Una ha sido la firma de un armisticio en el frente oriental entre Rusia, Alemania y Austria-Hungría. Otras noticias destacadas han sido que la URSS se ha convertido en una república democrática federal, que Turquía ha solicitado el armisticio a la Entente y, que tras el armisticio, se ha firmado un tratado de paz entre el Imperio Alemán, el Austrohúngaro, el Imperio Turco y la URSS. Con dicho tratado, Alemania refuerza su frente occidental con los efectivos del  oriental que ya no necesita.

   -Entonces, si Alemania sale reforzada en su frente occidental, ¿eso quiere decir que los alemanes están ganando la guerra? –pregunta Julio.

   -Más bien quiere decir que al desaparecer en la práctica el frente oriental, todo el esfuerzo bélico se trasladará al frente occidental –resume Lavilla.

   -¿Y eso que supone, don Enrique? –quiere saber Galiana.

   -Pues que franceses, británicos, y ahora también los yanquis, necesitarán más que nunca de animales de tiro y carne como los que les vende Carreño –Los contertulios, incluido el buenazo de Lavilla, no desperdician la ocasión de soltarle alguna pulla al droguero sobre sus nuevas actividades mercantiles. En el fondo muestran un poco de envidia pues saben que su compañero de tertulia se está haciendo rico con dicha actividad.

   La mayor parte de la primavera, Julio ha estado sin aparecer por la tertulia porque, como anticipó el doctor Lavilla, los contendientes necesitan más que nunca de víveres y animales de tiro y carga, ya que las batallas, que se llevan a cabo en territorio francés y belga, son interminables. Cuando a fines de mayo Julio vuelve al casino, sus amigos solo pueden contarle que la Entente y los Aliados se han enfrentado, y va por cuarta vez, en Ypres con resultado de momento incierto.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 140. ¡¿Qué tu marido te pega?! 

 

viernes, 1 de abril de 2022

Libro III. Episodio 138. Pinkety

 

   El mediero de la finca, que los Carreño han comprado en San Martín, les enseña los conejos a los niños pues Pili le ha preguntado por qué están encerrados en jaulas.

   -Es que, si los dejo sueltos por el patio, excavan madrigueras y se escapan –les explica.

   -¿Señor Venancio, le importará regalarme uno cuando nos vayamos? Ese de color blanco y gris tan chiquito –pide Pili.

   -Hija, no es de buena crianza ir por ahí pidiendo cosas a la gente –le reconviene Julia-. A buen seguro que el señor Venancio ya tiene destino para el conejito.

   La pequeña no insiste, pero su carita lo dice todo, pese a sus casi nueve años sabe bien cuál es el destino del conejo, terminar en una cazuela o en un espetón pero, después de lo que ha dicho su madre, desiste. Los demás niños se lo pasan en grande persiguiendo a las asustadizas gallinas y el colofón lo viven cuándo Venancio los sube, uno a uno, a grupas de la pollina y les da un corto paseo.

   Explorando los alrededores del cortijo, los pequeños han descubierto una balsa mediada de agua. Buscan al mediero que continúa hablando con sus padres, tienen algo que preguntarle.

   -Señor Venancio, ¿podemos bañarnos en la balsa?

   -Si os dan permiso vuestros padres sí pero, no ahora, por las noches todavía refresca y el agua está fría. Cuando volváis en verano.

   -Papá, ¿nos dejarás bañarnos en verano? –pregunta Álvaro, que es el portavoz de la chiquillería.

   -No se preocupe, señor Julio, el agua no los cubre salvo a la chiquitaja –le tranquiliza Venancio.

   -Cuando llegue el verano, si os habéis portado bien, no habéis hecho ninguna trastada y habéis sacado buenas notas, igual os dejo –acepta Julio.

    Más tarde, los padres acompañados por el mediero y su esposa, que hasta el momento no había aparecido, les acompañan a visitar el cortijo. Es un edificio del siglo pasado, de feísimo aspecto exterior con altas paredes de ladrillos, rejas enmohecidas rematadas por pequeños círculos y un escudo de piedra, corroído por el tiempo, encima de la puerta, ventanas con cristales rotos y algunas con las fallebas desaparecidas. Por dentro está bastante mejor: patio con flores, habitaciones con zócalos de azulejos verdes y azules, puertas deslustradas de pino…, pero todo desprende una sensación de paz y de cierta armonía. Tras el recorrido, los Carreño comentan alguna de las particularidades del edificio.

   -A esta casa se le puede sacar mucho partido. De entrada, tiene muchos metros cuadrados y eso es fundamental. Me voy a traer un día a mis socios de Interplás a ver qué nos aconsejan para lavarle la cara a este caserón sin que nos cueste demasiado –sugiere Julia.

   -Por dinero no te preocupes, cariño –afirma Julio sacando pecho.

   De pronto aparecen los niños, capitaneados por los dos mayores, que se dirigen a su padre.

   -Papá, Pili dice que a la finca la podemos llamar la Pelona, como la mula que tenías. A mí me parece que es un nombre muy feo y que si le ponemos algún nombre debe de ser la finca de los Carreño –expone Álvaro.

   -O de los Julios, que es el nombre de los papás –apunta Julián.

   -Hablando de nombres, ¿cómo se llama la finca, señor Venancio? –pregunta Julio.

   -Tie un nombre mu raro porque los primeros dueños paece que eran ingleses. Le decían Pinkety.

   -¿Y eso qué quiere decir en cristiano? –pregunta Julia.

   -No sé dar fe, señora, ya he dicho que los amos que le pusieron el nombre eran extranjeros, y la gente de pai fuera ya se sabe, van a lo suyo y no dan explicaciones a naide.

   -¿Os gusta el nombre de Pinkety? –pregunta Julio.

   -A mí me suena a nombre de herbicida –opina su esposa-, pero a falta de otro nombre podríamos mantenerlo.

   -Chicos, este verano vais a pasar una quincena, al menos, en Pinkety –El aplauso de la chiquillería es general, aunque Pili levanta la mano.

   -A mí el nombre de la Pelona me gustaba más, pero si mamá lo dice…, pues Pinkety.

   El domingo de Pascua, los Carreño regresan a Plasencia. El viaje ha sido muy satisfactorio, especialmente para los niños que han encontrado un pequeño paraíso en la finca. Una vez en la ciudad, la familia se sumerge en el habitual convivir del día a día. Julio, cuando no está de viaje, retoma sus costumbres habituales: por la mañana trabaja en la droguería, almuerza, vuelve a la tienda y cuando cierra vuelve a casa para estar un ratito con la familia, cena y luego suele ir al casino.

   Hoy es uno de esos días en el que las noticias sobre Rusia, que al único tertuliano que parecen importarle es al doctor Lavilla, son un tanto confusas. Al parecer, un marxista llamado Lenin pretendió dar un golpe de estado contra el gobierno provisional, pero fracasó y tuvo que huir, aunque ha regresado a Rusia y ha iniciado otro golpe de estado al que califica de bolchevique. Como explica Lavilla, la insistencia del gobierno provisional en continuar la guerra impide la aplicación de las reformas que exige la población;​ la ausencia de estas provoca que el programa bolchevique, reflejado en sus consignas, Paz, pan y tierra y Todo el poder para los sóviets, gane partidarios rápidamente.

   El curso 1916-1917 ha terminado y Álvaro regresa a casa. Es recibido como un héroe victorioso pues ha aprobado todas las asignaturas de primero de bachillerato con excelentes notas. Para sus hermanos es más líder que nunca; hasta la siempre díscola Pili tiene que aceptar que su liderazgo no tiene punto de comparación del que dispensan al tato el resto de hermanos, entre los que Julián y Jesús son los que mejor aceptan la jefatura de Álvaro.

   Como les había prometido Julio, la familia se prepara para el veraneo que han decidido dividirlo en dos mitades: el mes de julio lo pasarán en la localidad onubense de Punta Umbría y agosto en la finca de San Martín. A primeros de mes, Julia, con la inestimable ayuda de Paca, se lleva a todos los niños a la playa. Los Carreño han alquilado un chalé en las proximidades de la Playa de la Bota que tiene arenas limpias, finas y doradas, y es muy apta para dar agradables paseos a cualquier hora del día. También es un buen sitio para los que buscan la bondad de un clima atemperado por el mar y la ría que circundan la bella población marinera.

   Una vez instalados, la familia Carreño se sumerge en la fácil vida del veraneante, solo salpicada por los pequeños problemas que comporta la vigilancia y cuidado de seis niños. Julia deja a las dos más pequeñas, Eloísa y Concha, en manos de Paca, y ella se encarga de los otros cuatro a los que da instrucciones precisas de cómo deben comportarse, sobre todo en el mar.

   -… y recordad, no debéis de entrar en el mar sin poneros los corchos, y nunca debéis de llegar adonde os cubra el agua más allá del pecho. Si no me veis, tenéis que seguir siempre las órdenes de vuestro hermano mayor, que es el que manda cuando no estoy yo ni Paca…

   -Y si Álvaro tampoco está, ¿quién es el que manda? –pregunta Pili.

   -Tú, naturalmente –Eso es lo que quería oír la chiquilla, a la que sin embargo no le gusta un pelo lo que añade su madre-, pero sin que se te ocurra hacer ninguna trastada.

   -Pero, mamá, Pili es una chica, ¿por qué tenemos que obedecerla? –protesta Julián.

   -Porque cuando no esté el tato es la mayor. Las chicas también tienen cabeza y saben usarla tan bien como los chicos.

   Pronto, la vida de los Carreño se hace rutinaria. Hacia las once se van andando a la playa, buscan un espacio en el que no haya gente cerca, instalan el parasol y dos sillas de tijera para Julia y Paca, extienden las esterillas de junco en la arena, se despojan de la ropa y se quedan con los bañadores que ya llevan debajo. Los chicos usan unos amplios calzones hasta las rodillas y las niñas maillots de lo más decoroso. Julia también luce un bañador de cuerpo entero y Paca, que de ninguna manera quiere ponerse el maillot que le ha comprado Julia, cuando se baña lo hace con la combinación que se le pega provocativamente al cuerpo como una lapa.

   Los niños han hecho amiguitos, lo que ha llevado a Julia a tener que entablar relaciones con sus padres. Se trata de un matrimonio sevillano que hace años veranea en Punta Umbría. El padre tiene una tienda de telas y la madre se dedica a las labores propias de su sexo, eufemismo usado para no decir ama de casa. Los González, así se apellida la familia sevillana, tienen tres críos que se han emparejado con los pequeños Carreño por rango de edades. La niña mayor es de la edad de Álvaro, el chico de la de Pili y el tercero, que tiene cuatro años, va siempre detrás de Julián y Jesús. Todos se llevan razonablemente bien, a excepción de la rebelde Pili que se empecina en ir con los dos mayores. Mientras los chiquillos juegan a construir castillos de arena o se hacen ahogadillas, las madres charlan distendidamente.

   -No sabes lo que te envidio, corasón, has pario seis churumbeles, tenemos casi la misma edá y a tu lao paresco tu mare. Mantienes un tipaso de quitar el hipo.

   -¡Qué manera de pasarse! Luego os quejáis los andaluces de que os ponen fama de exageraos.

   -De exagerá, na. La verdá y na más que la verdá. Y una curiosidá, tu marío te deja sola aquí un mes, ¿y no se pone seloso?

   -¿Por qué iba a ponerse celoso? ¿A dónde va a ir una madre con seis criaturas detrás?

   -Sí, sí, pero ¿t´as fijao en cómo te miran los gachós?, se te comen con los ojos.

   -Ya será menos, Rocío.

   En tanto Julia y los niños veranean en Punta Umbría, Julio sigue en Plasencia bregando con las tiendas. Al no estar su mujer, le presta más atención a Merche, la casquivana dependienta, aunque se ha dado cuenta de que ahora parece serlo menos. Es aún mayor su sorpresa cuando ante sus primeras insinuaciones la reacción de la joven no es la que esperaba.

    -Me disculpará, jefe, pero me he echao novio formal y no está bien que ande coqueteando y más con un hombre casao. Mi chico es muy celoso y si llega a enterarse de que no me porto como es debido puede pasar de to. No sabe cómo se las gasta mi Fernando.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 139. Mientras los Carreño veranean nace la URSS