viernes, 11 de junio de 2021

Libro II. Episodio 96. La penúltima bala

   Es oír a su hermana preguntarle si está enamorada de otro y Julia salta como una ballesta.

   -No estoy enamorada de nadie. Hay un par de chicos de los que me rondan que me caen muy bien, pero de enamorada nada de nada.

   -Entonces, tú misma -Y ahí termina la conversación entre ambas hermanas.

   El coloquio no acaba de despejar las dudas de Julia. Comprende los temores que siente su hermana por su futuro, por el día que pueda quedarse sola. Es consciente de que Consuelo enfoca el problema no solo desde un punto de vista fraternal, sino también desde el de una mujer cuya experiencia matrimonial ha sido poco gratificante.

   El último día del plazo que le ha dado Julio, nada más levantarse la joven piensa que necesita contrastar su opinión con alguien de su edad, que pueda entender mejor sus anhelos, sus inquietudes y sus dudas. Lo más parecido que tiene a una amiga íntima es María Rosa, Rosi para los amigos, que trabaja de dependienta en la mercería más antigua de la ciudad y que es algo mayor que ella. Le envía un recado para verse antes de la jornada vespertina. Primero le pide que guarde el secreto de lo que va a contarle y luego, sin ninguna clase de preámbulo, le hace un resumen de la declaración de Julio.

   - … y eso es lo que me dijo. Le he dado mil vueltas y lo único que he conseguido es un buen dolor de cabeza. Sigo sin saber qué hacer.

   -Chica, me dejas de piedra. Así que Carreño te ha pedido en matrimonio. Nunca me lo hubiese imaginado. Porque vaya cambios que ha dado, desde ser el tenorio más conocido de Plasencia, a cortejar a una hija del doctor Lavilla, y ahora a declararse a Julia Manzano.

   -¡Rosi, por amor de Dios, tómatelo en serio! Te he llamado para que me ayudes, no para que hagas bromas a mi costa. ¿Si estuvieses en mi lugar qué harías?

   -Ya me gustaría estar en tu lugar, bonita, pero ni mi Plácido ni mi hijo me iban a dejar –al ver el gesto contrariado de su amiga, Rosi cambia de registro-. De acuerdo, se acabaron las bromas. Vamos a ver, o yo no te conozco o tienes tanta vocación de soltera como una novicia de cabaretera. Por tanto lo que tienes que hacer es casarte. Las dos sabemos que no es tu príncipe azul, pero tampoco está tan mal.

   -Pero no le quiero.

   -Perdona que me muestre dura, pero alguien ha de decirte las verdades del barquero. Carreño, aunque se ha puesto algo fondón no está mal, sigue siendo un buen mozo. ¿Qué no le quieres? Pues muy bien, no te cases con él, siempre tienes a mano a alguno de esos palurdos que te ponen ojitos de cordero degollado. De ninguno de ellos estás enamorá, pero piensa que entre esos garrulos y Julio no hay comparación posible. ¿Tienes algún otro pretendiente que desconozca?, ¿no?, pues ya sabes, no hay más cera que la que arde.

   -No sé por qué te cuento mis problemas. A veces me da la impresión de que en lugar de ayudarme me los restriegas por la cara.

   -No, Julia, no. Estás equivocá, me confundes con alguna otra amiga. Yo te quiero bien, creo que no hace falta que te lo diga. ¿Desde cuándo nos conocemos? Desde que llegaste, hecha una paleta, a la ciudad, ¿te acuerdas? Has sido la mejor de mis amigas y me gustaría que lo siguieras siendo, pero alguien ha de decirte las verdades. ¿Te ves llevando una vida cómo la que llevo?, ¿te gustaría?, ¿crees que a mí me gusta? Tú no estás hecha pa una vida así de aperreá. Tú necesitas un hombre de la clase del droguero, del que todos aseguran que acabará haciendo fortuna.

   -Sí, pero el amor…

   -Mira, bonita de cara, creo que ya va siendo hora de que entierres las ilusiones juveniles y dejes de comportarte como una niñata. Hazte un favor: olvídate de una puñetera vez de tus sueños de adolescente y pórtate como lo que eres, una mujer hecha y derecha. Y no tires a la basura la que puede ser una oportunidad inmejorable. Sé realista, las dependientas no tenemos tantas opciones, y la que ahora se te presenta la puedes considerar como un regalo del cielo. ¿Sabes qué?, me voy a comprar el vestido más caro que encuentre en Cáceres pa tu boda, porque espero que me invites y no es cuestión de desentonar. 

   Tampoco su amiga Rosi le ha ayudado a resolver el crucial dilema que la atormenta. El tiempo se agota para Julia, al día siguiente vence la moratoria que le dio el mañego y continúa sin saber qué hacer. Lo que le pide el cuerpo es decirle que no, que todavía es muy joven para tomar una decisión de ese calibre. El matrimonio es para toda la vida y casarse sin estar enamorada puede ser el mayor error que cometa. Sabe que a su edad son mayoría las jóvenes que se desposan, pues esa es la costumbre, para luego convertirse en criadas de sus maridos, en cuidadoras de sus hijos y en las fregonas de la casa. Se dice que con Julio, eso no tiene que ser forzosamente así, pero tampoco está tan segura. También piensa en su trabajo, si acepta la propuesta de Julio, ¿qué pasará con su empleo en la tienda del Bisojo? No cree que pueda seguir desempeñándolo. ¿Cómo va a compaginar ser la novia del mayor competidor de su patrón y al tiempo la encargada de la tienda que compite con la de su novio? Tendrá que dejar de trabajar y eso es algo que no le apetece nada, le ha cogido gusto a lo de ser encargada y a dirigir el negocio como crea. Julio le cae bien, le considera y le respeta, pero también hay en él rasgos que no le gustan. Le revienta que sea un donjuán o, al menos, que lo haya sido, porque en los últimos tiempos cuentan que ya no visita otras camas que las de los burdeles de la ciudad. Y si es cierto aquello de que la cabra siempre tira al monte, ¿quién le dice que como los instintos son más fuertes que la razón no acabará volviendo a las andadas? Y tampoco le gusta nada que siga jugándose dinero a las cartas. Doña Pilar le explicó una vez que la ludopatía es el vicio que más cuesta erradicar, que aunque pasen los años los ludópatas continúan atados a su vicio. Al pensar en su maestra, una idea altera el monólogo. ¡Doña Pilar!, ¿cómo no ha pensado en ella?, es lo más parecido a una madre que tiene a mano. Siempre le ha aconsejado bien, aunque… también es la madre de Julio, lo que la convierte en un arma de doble filo, pero… ¿y qué puede perder si le consulta sobre la petición de su hijo? Entonces recuerda la expresión que usó Julio en su declaración: de perdidos, al río. Y en ese momento toma la decisión: hablará con doña Pilar, será su última bala.

   Pese a todo torna a repensarse lo de hablar con su mentora. Sabe el inmenso cariño que profesa a su hijo pues, al fallecer su marido cuando Julio era un niño, ha tenido que hacer de padre y madre. Y a lo mejor, Julio ya le ha contado lo que pasa… Bueno, ¿y qué?, se dice, si doña Pilar ya sabe lo que pasa me ahorro la explicación. Finalmente, se decanta: la maestra será su última bala.

   -Pilar –Tras mucho insistir la maestra ha logrado que le apee el tratamiento, pero Julia sigue hablándole de usted, no lo puede remediar-, ¿le ha contado Julio lo que le pasa?

   -No me ha dicho nada, pero intuyo que algo anda mal. ¿No te has fijado que en las últimas semanas está como ido?

   Julia le cuenta a Pilar lo que está ocurriendo y no se deja nada en el tintero. Le explica que ha hablado con su hermana y con su mejor amiga, pero sigue sin saber que repuesta darle. Por eso quiere conocer su opinión. La maestra la ha escuchado, entre el asombro y la esperanza, pero no la ha interrumpido en ningún instante. Piensa que es casi un milagro que el tenorio de su hijo haya ido a enamorarse de la persona a quien más quiere después de él. Como madre le duele que Julio no le haya contado su mal de amores, y también entiende las dudas de la muchacha teniendo en cuenta que ella no le ama. Solo cuando la joven termina su narración le pregunta.

   -¿Y qué te han aconsejado Consuelo y Rosi?, si puede saberse -Julia que no esperaba tal pregunta se siente decepcionada, pero responde.

   -Que lo acepte, aunque no esté enamorada de él.

   -¿Julio te desagrada de alguna manera?

   -En absoluto, me parece un hombre con muchas cualidades y posiblemente pueda ser un buen marido y un mejor padre, pero…

   -Pero no le quieres y en los sentimientos no se manda. Mira, Julia, está es la conversación que más he deseado mantener contigo y ahora que está ocurriendo no sé muy bien qué decirte, quizá tendría que pensarlo más detenidamente.

   -No tengo tiempo, mañana he de contestar a Julio.

   Pilar vuelve a quedarse pensativa, pero solo breves instantes.

   -En este asunto no sirven las prisas, querida chiquilla. Si Julio ha esperado treinta y tres años a decidirse a dar este paso, también podrá esperar unos días o unas semanas, lo que sea necesario. Tanto tú como él tenéis que valorar que en este envite os jugáis mucho, muchísimo, no solo vosotros sino también los que os queremos. Y no querría dar un paso en falso antes de darte mi parecer. Vamos a ver, Julia, ¿tienes algún inconveniente de que hable con mi hijo antes de darte mi opinión?

   Julia vacila, lo que le pide su maestra no es lo que esperaba de ella. Creía que doña Pilar, al igual que hicieron Consuelo y Rosi, le hablaría de los pros y contras de aceptar a Julio, pero su mentora ha salido por donde menos esperaba. Pilar intuye el titubeo de la muchacha y se adelanta.

   -Verás, Julia, no hay nada que me gustaría tanto como veros desposados. Te confieso que en más de una ocasión lo he soñado y ha sido el sueño más placentero que he tenido. Sois las dos personas a las que más quiero en el mundo y sería mi mayor felicidad veros convertidos en marido y mujer, pero hay un obstáculo determinante, tú no le quieres y eso es algo concluyente. Si solo pensara en mi hijo te diría que lo aceptes a ojos cerrados, pero también te quiero a ti. Y porque os quiero a ambos, y deseo con toda mi alma que seáis felices, es por lo que necesito más tiempo para reflexionar y hablar con la otra parte, de ahí que ¿me das tu permiso para hablar con Julio antes de pronunciarme?

   No era la última bala, se dice Julia tras dar su permiso a Pilar, era la penúltima.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 97. Si no eres casto, se cauto

 

viernes, 4 de junio de 2021

Libro II. Episodio 95. ¿Estás enamorada de otro?

 

   Julio parece que ha dicho todo lo que tenía pensado decir, aunque todavía le falta el remate.

   -Ahora, la pelota está en tu tejado. Te agradezco de corazón la paciencia que has tenido para aguantar el discurso que acabo de soltarte, pero tenía que hacerlo. No podía demorarlo ni un día más, era un sinvivir, por eso, me he dicho de perdidos, al río. Una vez que te lo he contado estoy más tranquilo. Bueno –y esboza una forzada sonrisa para quitarle gravedad a su exposición-, una tranquilidad relativa, la del encausado que espera que el juez lo absuelva o lo condene.

   Julia no sabe qué decir, lo que acaba de oír ha supuesto una inmensa sorpresa para ella. Había notado que Julio estaba últimamente como más cariñoso, más atento, con ganas de agradar, pero lo achacaba a que su grado de amistad había subido muchos enteros, desde que ambos comenzaron a planear juntos el Pacto de la Pilarica, pero aquello no se lo esperaba. Si ha de ser honesta consigo misma, ha de reconocer que la declaración le ha impactado, la sinceridad con la que ha hablado, la pasión contenida que se desprende de sus palabras, el desgarro y el dramatismo con el que ha terminado… Intuye que cuanto ha dicho Julio le ha salido directamente del corazón, aunque haya pretendido formularlo con una cierta asepsia. Ahora, como él dice, la pelota está en su tejado, el problema es que no sabe qué hacer con ella.

   Julio parece intuir lo que pasa por la cabeza de la joven. Presiente que la respuesta puede ser negativa y juega su última baza.

   -Julia, puesto a pedirte favores, hazme otro: no me contestes ahora, tómate un tiempo para pensarlo. Digamos que veinticuatro horas; no, mejor setenta y dos. En tres días no nos hablaremos ni nos veremos. Y mientras tanto te lo piensas, lo consultas con la almohada, y si lo crees oportuno lo hablas con quien quieras, con tu hermana, con tu confesor, con una amiga… ¿Estás de acuerdo? Bien, pues entonces, el fallo se aplaza y el encausado –y lo dice con una doliente sonrisa– queda a su disposición, señoría, hasta dentro de setenta y dos horas.

   Julia tiene mucho qué meditar. Desde el momento que dejó la trastienda, tras escuchar asombrada la inesperada declaración de Julio, no ha dejado de pensar en ella. No se le va de la cabeza, está como ida. Era lo último que podía esperar y, en casa doña Pilar, que está ayuna de la declaración de su hijo, ya le ha preguntado un par de veces si le pasa algo. Claro que le pasa, ha de tomar una decisión que quizá sea la más crucial de su vida. La situación la ha puesto tremendamente nerviosa. Trata de serenarse y de centrarse en la respuesta que ha de dar a su… ¿enamorado?, que rara le suena esa palabra aplicada a Julio. Es incapaz de pensar con claridad, el cóctel de sentimientos, de recuerdos, deseos y temores se mezclan y se agitan en su mente y lo que consigue es un molesto dolor de cabeza que la lleva a tomarse una tisana y acostarse. Lo consultará con la almohada como le recomendó Julio.

   A la mañana siguiente la neuralgia se le ha pasado, pero sigue sin saber qué partido tomar. ¿Unirse a un hombre del que no está enamorada?, ¿casarse para no terminar siendo una solterona?, ¿utilizar a este inesperado pretendiente para darle en la cabeza a su madre?, ¿dejar de ser la señorita Manzano, dicho con el retintín que tanto le molesta, para convertirse en la señora de Carreño?... Muchas de las preguntas que se formula le incomodan, pero los interrogantes se suceden uno tras otro; las que no aparecen por ningún lado son las respuestas. Con frecuencia queda tan absorta en sus pensamientos que apenas se da cuenta de cuanto ocurre a su alrededor. Afortunadamente, apenas media docena de clientes han entrado en la tienda porque la atención que les ha prestado ha sido deplorable. Doña Pilar vuelve a preguntarle si le ocurre algo, le dice que no; bueno, que tiene algo de migraña, pero nada más. Entre un torbellino de sentimientos y emociones encontradas, con una avalancha de ideas confusas y un rimero de preguntas sin respuestas, transcurre el primero de los tres días que Julio le dio de plazo. Acaba la jornada y, además de que no ha encontrado la solución al dilema, la realidad es que está todavía mucho más desorientada que el día anterior. Vuelve a tomarse una tisana porque nota los primeros síntomas de una previsible jaqueca y se acuesta sin saber qué partido tomar. 

   Se despierta, en el dormitorio hace frío que es lo propio en diciembre. Se queda en la cama pensando, ya han transcurrido más de veinticuatro horas y todavía no ha decidido qué va a responder. Algo tendré que hacer, se dice, aunque solo sea por lo caballeroso y sincero que ha sido merece una respuesta. Termina haciendo una de las cosas que le sugirió Julio: pidiendo la opinión al miembro de su familia más cercano, su hermana Consuelo. Va a verla y le plantea el dilema, le cuenta la declaración de Julio y cómo ha quedado en darle una respuesta. Consuelo le escucha, al principio con cierto asombro, luego  con suma atención pues presiente que su hermana puede estar jugándose su futuro.

   -Y la verdad, Consuelo, a estas alturas, y después de casi dos días calentándome los cascos, no sé qué contestarle. ¿Qué me aconsejas?

   - Verás, Julina –Consuelo trata de ganar tiempo para ordenar sus ideas porque la confesión le ha sorprendido y, pese a sus diferencias en los últimos tiempos, sigue profesando gran cariño a su hermana pequeña-, no es fácil aconsejar en estos casos, pero soy tu hermana mayor y tengo el deber y hasta el derecho de hacerlo. Voy a serte muy sincera –duda de si hablarle de su noviazgo con Julio, de lo que hizo bien y de lo que hizo mal, pero ello es un asunto de antaño y lo que ahora importa es el presente-. Conocía, y muy bien, al Julio de hace diez años, al de ahora le conozco poco, casi todo lo que ahora sé de él me lo has contado tú. Me has dicho que te parece buena persona y que tiene mucho porvenir, pero solo me has hablado de él como alguien con quien colaboras y que en los últimos tiempos has llegado a considerar un amigo.

   -Y así es, hermana. Nunca pensé en Julio más que como un borde al principio de nuestra relación y como un amigo después.

   -Ahora resulta que pretende ser algo más que eso. Y tú ¿qué quieres? Me lo has dicho antes, no lo sabes. En ningún momento has hablado de amor, deduzco que eso quiere decir que no estás enamorada de él. ¿Lo está él de ti?

   -Dice que sí y le creo. También sabe que no comparto sus sentimientos.

   -¿Te lo ha dicho así?

   -Como suena, hermana. Me dijo que está dispuesto a casarse conmigo a sabiendas de que no le quiero.

   -Mucho coraje hay que tener para eso, y debe de quererte mucho, Julina. Un hombre que demuestra ese valor es merecedor si no de tu cariño, sí de tu respeto.

   -Y lo tiene. Ya lo tenía antes, pero ahora mucho más.

   -Si le dices que no, puede pasar que no vuelvas a tener otro pretendiente como éste. Como eres muy joven y tienes toda la vida por delante, no te van a faltar pretendientes, pero su declaración es algo a valorar. Conociéndote sé que eso ya lo has pensado. Te digo otra cosa con el corazón en la mano: no me gustaría que terminaras siendo una solterona. Por ley natural algún día te quedarás sola, ¿has pensado qué clase de vida llevarás? Eres inteligente y todas esas preguntas me imagino que te las has planteado mil veces, pero quiero que escuches lo que pienso sinceramente pues, a pesar de lo que puedas creer, te sigo queriendo. Si la vida de una mujer casada ya es dura, la de una solterona puede serlo aún mucho más. Esta sociedad no está preparada para mujeres sin pareja y las que, por las circunstancias que fueren, no llegan al altar son como una pieza de un rompecabezas que no encaja en ninguna parte. Ya sé, ya sé lo que vas a decir –se adelanta al ver que su hermana quiere hablar-, estar casada tampoco es una garantía de felicidad. Lo sé por experiencia, pero compartir, aunque no sea con el hombre ideal, es casi siempre menos penoso que vivir sola. Hay algo importante a lo que no te has referido en ningún momento. Dices que no estás enamorada de él, pero como hombre, ¿acaso te repugna que pueda tocarte?

   Julia no tiene que pensar la respuesta porque en el plano físico su relación con Julio ha sufrido un cambio radical.

   -No, Consuelo. Ni me repugna ni me da asco ni nada por el estilo. Ya te he dicho que es muy agradable y cuando estoy con él la verdad es que se me pasa el tiempo sin sentirlo.

   -O sea que todo estriba en que no estás enamorada, ¿no es así? Me encantaría que te casaras por amor, el problema es que esperando al príncipe azul puede suceder que nunca aparezca. Con Julio tienes algunas bazas que has de valorar. No te desagrada físicamente y eso es muy importante; las noches de invierno pueden hacerse muy largas con un hombre al lado que ni siquiera te atraiga como tal. También dices que te parece encantador y hasta divertido, eso supone que a su lado te encuentras a gusto. Y le calificas como un excelente amigo. Julina, te diré algo que quizá ignores: la mayoría de las esposas que conozco, tanto en nuestro pueblo como aquí, no pueden decir tanto de sus maridos. Solo con las virtudes que has enumerado creo que deberías aceptar su proposición.

   -¿Así de rotundo, hermana? -La joven se sorprende ante la categórica respuesta de Consuelo             - ¿Y no sería mejor que le diera largas? –pregunta.

   -En estos casos no valen las medias tintas, Julina. Él se ha portado como un caballero y tú debes de hacerlo como una dama. O aceptas su petición o no la aceptas, pero nada de marear la perdiz. Un hombre que te quiere y te respeta y que está empeñado en desposarte, pese a que sabe que no le amas, será muy capaz de terminar conquistando, si no tu amor, si tu consideración y estima. Respetaré cualquier decisión que tomes y me tendrás siempre a tu lado pero, insisto, mi opinión es que lo aceptes.

   -Pero es que no estoy enamorada de él.

   La réplica de Consuelo es contundente.

   -¿Estás enamorada de otro?

 

 PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 96. La penúltima bala