viernes, 22 de enero de 2021

Libro II. Episodio 76. Entonces, ¿voy sola o me acompaña?

   Metidos de lleno en 1901 y unas semanas después de que Julia Manzano cumpla diecinueve años, una charla intrascendente entre su cuñado y el tío Bisojo cambia el rumbo de su vida. Luis Campos es uno de los placentinos que no ha cambiado de droguería, el motivo es obvio, no va a ir a la tienda de quien fuera novio de su esposa. Esta mañana se ha acercado a la vieja droguería a comprar un preparado para sus vacas.

   -Buenos días, tío Elías, ¿qué tal va el negocio?

   -Pa que te voy a engañar, Luis, de pena. Desde que ese judas de Carreño abrió su tienda, las ventas han caído en picao. Te lo cuento porque eres un buen cliente, pero no lo comentes por ahí. Y pensar que to lo que sabe ese hipócrita se lo enseñé yo. Cría cuervos y te sacarán los ojos.

   -Estoy de acuerdo con usted, ese mañego no es de fiar, es más falso que un duro sevillano. Pero debe ser un espabilao porque me han dicho que siempre tiene la tienda llena de gente.

   -Listo lo es, pero más falso que Judas ¡Así le parta un rayo! –Maldice el Bisojo que cambia de tema-. Ya que también eres comerciante y tenemos confianza, una pregunta: ¿tienes problemas con los del ayuntamiento por la contribución sobre las compraventas y cambios?

   -¿Se refiere a La Alcabala, no?

   -Sí y también, aunque sea indirectamente, a lo que nos toca del Repartimiento de la Contribución de Consumos. Es que Lupe -y baja la voz para que no le oiga la dependienta- es una buena vendedora, pero con las cuentas y el papeleo se hace la picha un lío. A mis años, y con lo achuchao que estoy, he de seguir ocupándome de albaranes, impuestos y facturas. Es lo que peor llevo, casi más que haber perdido media clientela.

   -Afortunadamente, yo eso lo tengo solucionao. Mi cuñadita Julia, la hermana chica de la Consuelo, estudió contabilidad con la maestra que le lleva las cuentas al Bronchales, y to lo referido a las contribuciones y cuentas lo borda. Desde que se lo encargué, ya no he tenido que preocuparme más de esos asuntos. Y encima, lo hace gratis. Una ganga, vamos.

   El Bisojo se ha quedado con la copla y tras meditarlo se le ocurre una idea: ¿y si tantea a la cuñadita de Campos para que le lleve las cuentas? En la ciudad no hay muchos que sepan hacerlo y los pocos que saben están saturados de trabajo. Si la jovencita le dice que no, se quedará como está. Si le dice que sí, puede que se enfade Luis, ¿pero qué puede perder?, ¿un cliente?,  ¿alguien que es más un conocido que un amigo? Encima la chica trabaja gratis para su cuñado, eso quiere decir que por poco que le pague le parecerá bien. ¿Pero cómo acercarse a ella sin que el de la lechería se entere? Idea un sencillo plan: ordena a Lupe que aborde a la joven cuando salga de paseo y le diga que quiere hablar con ella, pero que no se lo cuente a nadie. Le quiere hacer una propuesta que le gustará.

   A Julia, el mensaje del tío Elías le produce más curiosidad que otra cosa. ¿Qué puede querer de ella un viejo como el Bisojo? Pero lo que le perturba es la coletilla de que no se lo cuente a nadie, lo que hace que recele del aviso. Piensa que igual el Bisojo es un viejo verde y quiere hacerle proposiciones indecentes. Ha oído contar que algún viejo rijoso ha llegado a pagar mucho dinero por desflorar a una jovencita. Decide no acudir a la cita, pero la curiosidad la lleva a contárselo a su mentora para conocer su opinión.

   -Doña Pilar, tengo que contarle algo –y refiere a la maestra lo del mensaje del viejo droguero-. Lo que más me inquieta es que quiere que no se lo cuente a nadie, me temo que pueda ser una encerrona. ¿Qué me aconseja?, porque Dios sabe lo que puede proponerme ese viejo.

   -Desde luego…, déjame pensar –y tras unos minutos cavilando refiere a Julia lo que ha pensado -. Opino lo mismo que tú, si vas sola a la droguería puede prepararte una encerrona, aunque lo dudo pues el tío Elías está para pocos trotes, pero nunca se sabe… Hay otra opción, si te parece bien se me ocurre que, en tu lugar, sea yo quien vaya a hablar con él. Y en función de lo que diga valoraré si debes ir a verle o no. Conozco bien al tío Elías, hace años negocié con él y sé lo retorcido que puede llegar a ser, pero también sé cómo manejarlo. ¿Qué te parece?

   -Me parece una idea estupenda. Y, por supuesto, le doy las gracias. ¿Qué haría yo sin sus consejos?

   Julia se marcha a casa con sensaciones que no sabe cómo calificar. En su monótona existencia, el mensaje del tío Elías ha supuesto toda una novedad. Está más tranquila desde que doña Pilar ha tomado las riendas del asunto, pero no deja de preguntarse: ¿para qué querrá hablar conmigo el Bisojo si ni siquiera me conoce? ¿Querrá hacerme una proposición indecente?

  Pilar ha preferido visitar al Bisojo en su hogar en lugar de ir a la droguería.

   -Que sorpresa, doña Pilar, usted por aquí. Hace mucho que no la veía, pero no es raro, llevo una vida muy rutinaria, de casa a la tienda y de la tienda a casa. ¿Qué se le ofrece?

   La maestra no se anda con circunloquios y entra de lleno en el asunto que le lleva allí.

   -Verá, señor Elías, he estado dando clase durante seis años a Julia Manzano. Creo que sabe quién es, la cuñadita de Luis Campos. Y la muchacha me ha cogido un gran cariño que es correspondido. Por eso no le extrañará que me haya contado el recado que usted le ha hecho llegar por medio de su dependienta.

   -¿Y…? –el Bisojo, que no se esperaba a la mensajera, no quiere cogerse los dedos y no dice una palabra de más.

   -Julia no sabe para qué quiere hablar con ella, cuando ni siquiera la conoce. Pero lo que más la ha desconcertado es que le haya pedido que no se lo cuente a nadie. Por eso no se ha atrevido a visitarle, tenga en cuenta que solo tiene diecinueve años, hace poco que los cumplió. Por lo que me ha pedido que en su lugar venga yo. Solo tengo una pregunta que hacerle: ¿para qué quiere hablar con ella?

   El Bisojo, que sabe más por viejo que por diablo, está preguntándose que puede esconderse detrás del papel de mensajera de la maestra y malpiensa: éstas lo mismo han recelado que iba a proponer a la muchacha alguna sinvergonzonería, y ante ese pensamiento no puede menos que esbozar una irónica sonrisa. ¡Pues bueno estoy yo, como para andarme con jueguecitos sexuales! Deja pasar un lapso de tiempo, recreándose en la impaciencia de la aragonesa. Cuando ve que Pilar está a punto de volver a preguntar le cuenta su propósito.

   -Verá, doña Pilar. Lo de que la muchacha no se lo contara a nadie era más que na pa que su familia no se enterara y me pudiera chafar el plan que tengo pensao. Como esa muchacha lleva la administración de la lechería de su cuñao, pensé que a Luis no le gustaría que se la quite. Porque tengo intención de pedirle a esa jovencita que trabaje pa mí llevando las cuentas del negocio y que también despache si hace al caso. Según me he informao usted le enseñó cálculo y contabilidad y a mí me vendría al pelo una persona así. La empleada que tengo es buena en el mostrador, pero una calamidad con las cuentas. Ese es mi propósito y estoy dispuesto a pagarle un salario a convenir.

   Pilar no esperaba esa propuesta del tío Elías, por eso no venía preparada para dialogar sobre un posible empleo. Opta por ganar tiempo y juega la baza de la consulta.

   -Muy bien, señor Elías. En nombre de Julia le agradezco su propuesta, pero no puedo darle ninguna respuesta, tengo que consultarlo con ella y que decida si habla o no con usted. Tendrá noticias nuestras.

   Pilar llama a Julia y le cuenta la propuesta del Bisojo. La muchacha no sabe si reír o llorar. ¡Un trabajo!, le ofrecen un trabajo y no es uno cualquiera, nada menos que llevar la administración de uno de los comercios más conocidos de la ciudad. Y supone que le pagarán como es debido.

   -Entonces, doña Pilar, ¿qué hago, voy a hablar con el señor Elías?

   -Sí…, aunque estoy pensando que tendrás que negociar el salario y no tienes ninguna experiencia en eso.

   -Usted me ha dicho que el señor Elías no es mala persona. Supongo que me pagará lo que me merezca.

   -Sí, Elías no es mala gente, pero más agarrado que un chotis. Si no te haces de valer te pagará una miseria. Le conozco bien, tuve que negociar con él hace años la comisión y el salario de mi hijo y sé cómo se las gasta en ese terreno.   

   -Entonces, ¿por qué no hace una cosa?, ¿por qué no negocia usted el sueldo por mí?, ¿cuánto cree que debería pagarme?

   -Eso depende de varios factores. Del tiempo que tengas que dedicar al trabajo, de que además de llevarle las cuentas quiera que también trabajes tras el mostrador, de que puedas llevar la administración en tu casa o tengas que ir a la tienda…

   -¿Cuánto cree usted qué debería pedirle?

   -No lo sé, pero una buena referencia puede ser lo que ganan la mayoría de trabajadores. Los peones suelen ganar tres o cuatro pesetas diarias y los oficiales cinco o poco más. Tu trabajo como contable está dentro de este último grupo, por lo que como mínimo debería pagarte 120 pesetas mensuales, y negociando quizá algo más.

   -¡Ciento veinte pesetas! Consuelo me daba un duro al mes.

   -Ya que has citado a tu hermana..., si llegas a un acuerdo con el Bisojo, ¿cuándo piensas contárselo y también a su marido? Lo pregunto porque igual te ponen pegas.

   -La verdad es que no he pensado en ello. Ya me las arreglaré, pero lo primero es: ¿voy a ver al señor Elías? Y otra cosa, me gustaría que me acompañara usted. Va a ser mi primera entrevista de trabajo y no sé si sabré arreglármelas.

   Pilar queda pensativa. Entiende la inseguridad de la joven. Nunca se ha visto en una situación así y no deja de ser una muchacha aunque haya cumplido los diecinueve.

   -Pienso que si te acompaño parecerá que no tienes confianza en ti misma y darás una imagen de persona insegura, lo que no es la mejor tarjeta de visita cuando se opta a un trabajo como el que te propone el tío Elías. Por otra parte, ese viejo zorro te puede liar fácilmente a la hora de negociar tu salario porque tiene más conchas que un galápago.

   -Entonces, ¿voy sola o me acompaña?

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 77. ¿Cuánto vamos a resistir?

 

viernes, 15 de enero de 2021

Libro II. Episodio 75. ¿Será posible un cambio de rumbo?

Julia está desencantada de su vida en el pueblo. Creía que reencontrarse con sus amigas de la niñez y sortear las tentativas de los mozos de tontear con ella le resultaría divertido, pero ha comprobado que no es así. Las amigas, con las que tanto se divertía de chiquilla ahora le aburren, solo hablan de lo atrevido que es este o aquel mozo y del buen partido que es fulanito o menganito. En cuanto a los mozos, la mayoría le parecen unos brutos que solo intentan llevársela a las eras y que lo que más valoran de ella es la herencia que algún día recibirá. No saben hablar más que de fanegas, mujeres, corrías y guarros. En cuanto a su propia familia, la ha convertido en la contable de la hacienda familiar y por el momento su madre ni siquiera se molesta en buscarle un pretendiente de una familia de posibles.

   La que sí cree tener un galanteador es la señora Soledad. Hay un viudo, de más los ricos del pueblo, que la corteja y la matriarca se hace ilusiones de que la convierta en su esposa. Tras la primera ocasión en la que el viudo ha compartido mesa y mantel con la familia Manzano, Julia descubre que el supuesto pretendiente de su madre puede ser la excusa que anda buscando para abandonar la casa familiar.

   -Madre, como el próximo domingo vuelva a invitar al tío Timoteo la voy a montar parda. Es un viejo baboso que me desnuda con la mirada y no estoy dispuesta a tolerarlo.

   -Eres una descará, Julina, una descará y una mal hablá. Timoteo no es viejo ni baboso. Y no te hagas ilusiones, criatura, si a alguien mira embelesado es a mí.

   -¿A usted?, haga una cosa, el domingo invítele y no le pierda de vista, verá a quién el viejo verde no le quita el ojo de encima.

   El domingo la señora Soledad, comprueba desolada que el viudo está más atento al escote de su hija que a sus marchitos encantos. En ese momento, cegada por el despecho, toma la decisión: dejará que Julia se vaya a Plasencia.

   A principios de 1900, Julia recibe el permiso materno para volver a Plasencia, donde vivirá en casa de su hermana Consuelo. La jovencita, que pronto cumplirá los dieciocho, abandona el caserón familiar con una sensación de alivio. De niña fue feliz en el pueblo, pero a medida que se iba formando bajo la guía de doña Pilar sus intereses y expectativas tomaron un rumbo muy distinto. Ahora anhela otros horizontes y una vida muy diferente a la que está condenada a vivir en el pueblo en muchos aspectos: amistades, ocupaciones, divertimentos, esperanzas y hasta en cuestiones materiales. A pesar de que su familia es considerada rica en el ámbito local, en su casa, como en las del resto del pueblo, no hay agua corriente ni lavabos para la higiene personal, las deposiciones se hacen en la cuadra y lo de bañarse es inimaginable. No es que la casa de su hermana tenga muchos adelantos, pero está algo mejor equipada que la de su familia. Julia vuelve a Plasencia sin tener una idea muy clara de lo que va a hacer, lo único para ella incuestionable es que no piensa limitarse a ser la criada de su hermana, porque para eso se habría quedado en el pueblo. Quiere ser independiente en la medida de lo posible y para ello sabe que tendrá que ganarse la vida. De momento, Consuelo la pone a trabajar en la lechería que tienen, aunque lo de vender leche no es a lo que aspira la muchacha.

   -Trabajarás conmigo en la tienda y lo que tendría que pagarte es lo que vamos a gastar en tu alojamiento y manutención. Y para que veas que tu hermana no es una roñosa te voy a dar un duro al mes para tus caprichos –le explica Consuelo.

   La jovencita sabe que en su situación no le queda más remedio que aceptar lo que le dé su hermana, pero para su coleto se dice que tendrá que moverse para revertir la coyuntura. En cuanto puede, va a ver a su maestra que la acoge como si fuera la hija pródiga que vuelve al hogar. Pilar se encariñó con la muchacha desde el primer día que la tuvo de alumna y con el discurrir de los años ese cariño no ha hecho más que crecer y enraizarse.

   -Me parece bien tu intención de ganarte la vida, está en consonancia con lo que siempre te enseñe: que la mujer debe ser independiente y para ello ha de trabajar. Una cosa es que la mujer se case y otra muy diferente es que tenga que depender de su marido para vivir.

   -Lo que me enseñó lo tengo bien grabado, doña Pilar, y es lo que pienso hacer en cuanto pueda encontrar un trabajo decente. De momento me tendré que conformar con ayudar a Consuelo.

   -Voy a preguntar por ahí, a ver si encuentro algo que te venga bien para empezar.

   Consuelo le ha comprado a Julia un delantal blanco para trabajar en la lechería, aunque de momento lo único que hace son recados y encargarse de la limpieza. Una tarde que el matrimonio Campos-Barrado discute sobre ingresos da pie a la muchacha para sacar a relucir sus conocimientos mercantiles, muy superiores a los de su hermana y cuñado.

   -Hay que diferenciar lo que son ingresos brutos de los netos. El ingreso bruto es la cifra de facturación sin deducir descuentos ni impuestos sobre las ventas ni otros gastos. Los ingresos netos son la cantidad total de beneficios, una vez deducidos todos los gastos, incluidos los impuestos, créditos y deducciones.

   -¡Coño, Julina!, ¿dónde has aprendido tanto sobre cuentas? –se sorprende su cuñado.

   -Ha sido lo que ha estado estudiando los dos últimos años con doña Pilar Lahoz –le explica su esposa.

   -Entonces, sabrás llevar bien una contabilidad, ¿no? Pues, cuñadita, acabas de encontrar otro trabajo. A partir de hoy vas a llevar las cuentas de la lechería. Olvídate del delantal, deja el mostrador y vente conmigo que te doy los libros y el papeleo del negocio.

   A Consuelo no le hace ni pizca de gracia que Julia lleve la contabilidad, pero no se atreve a enfrentarse a su marido. Desde que se casaron, Luis dejó bien claro que en el negocio quien manda es él. Una vez transcurrido el primer mes desde que tomó las riendas de la administración, Julia pregunta a su cuñado cuanto va a pagarle.

   -¿Qué cuánto voy a pagarte? Te recuerdo que te alojamos y mantenemos sin pedirte una perra chica. ¿Y encima quieres cobrar?

   -Pero Luis, tengo que comprarme ropa, zapatos, libros, alguna chuchería…

   -Cuando necesites algo, háblalo con tu hermana y ella te lo comprará.

   Y así termina el asunto de la soldada. Julia piensa que, como suele decirse, ha salido de Málaga para entrar en Malagón. Ahora, por no tener, ni siquiera tiene seguro el duro mensual que antes le daba Consuelo. Vuelve a referirle lo que le pasa a su maestra y le reitera la necesidad de encontrar un trabajo en el que le paguen como es debido.

   -Volveré a buscar, Julia, pero los trabajos que no sean físicos, a desempeñar por una mujer joven, son escasos y están muy solicitados. Algo encontraré, pero debes tener paciencia –reitera doña Pilar.

   El año va transcurriendo y Julia sigue como estaba, manejando las cuentas de la lechería de su cuñado. Lleva una vida más bien aburrida, lo más divertido que hace es que algunos días pasea al atardecer, con la pandilla de amigas de cuando estudiaba, deambulando por la Plaza Mayor y las calles aledañas: Zapaterías, Los Quesos, Vidrieras… En esos paseos es habitual que los mozos las requiebren y, si la ocasión se pone a tiro, las aborden. Los domingos los callejeos son dobles, uno tras la misa de doce hasta el almuerzo, y otro al atardecer hasta la hora de la cena. Julia no es la que más galanteadores tiene, pero tampoco pasa desapercibida para los chicos, tiene un algo que los atrae como moscones.

   Mil novecientos va desgranando los meses y a Julio cada vez le ruedan mejor los negocios. La tienda factura cada día más y el negocio de la venta ambulante que ha puesto en marcha con su amigo Argimiro, y ahora también empleado, está dando aceptables réditos. Con los negocios al alza, el mañego se está aburguesando y para conservar ese estatus procura hacer más vida social y la frecuente visita al casino es uno de sus referentes. Si para el mañego el año está siendo excelente, al menos en el campo de los negocios, no puede decirse lo mismo en el ámbito amoroso, aunque sigue con sus amoríos pasajeros. Ahora tiene otra aventura extramatrimonial, una casada con un terrateniente sexagenario que le lleva a su esposa casi treinta años. Su madre sospecha que la querencia de su hijo a enredarse con casadas tiene una causa y así lo comenta con su mejor amiga.

   -Para mí, Etelvina, que el chico ponga sus ojos en mujeres casadas obedece a un motivo: creo que no ha terminado de reponerse de su ruptura con Consuelo. De ahí que no se empareje con chicas solteras que sería lo normal.

   -Pues edad ya tiene para ello. A este paso te va a pasar como a mí, no vas a tener nietos. ¿Y no te comenta nada?

   -De sus amoríos no hablamos, es un tema tabú.

   Doña Pilar sigue con sus clases de primaria, pero sí ha abandonado la preparación de bachilleres, era demasiado trabajo y dejó atrás la cincuentena. Sí que continúa llevando las cuentas del Bronchales porque es con lo que más gana. Lo que no lleva bien es que hasta ahora ha fracasado en su empeño de encontrar un trabajo adecuado para su alumna predilecta; por mucho que ha preguntado y ha movido todos los hilos posibles, lo único que le han ofrecido para Julia son trabajos de escasa entidad y ningún futuro. Y por mucho que le repite una y otra vez a la muchacha que tenga paciencia, que la ocasión terminará surgiendo, la jovencita se está cansando de aguardar un empleo que la saque de la lechería donde su hermana le exige cada vez más. Julia, que además de llevar las cuentas ahora también atiende el mostrador, se está revelando como una buena vendedora: cordial, educada y atenta con las clientas, pero es que, como cuenta a doña Pilar, para vender leche no hay que ser ninguna lumbrera. Hasta que meses después de cumplir los dieciocho, y cuando está en un tris de abandonar toda esperanza, una charla intrascendente entre su cuñado y el Bisojo puede cambiar el sentido de su vida. ¿Será posible un cambio de rumbo?

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 76. Entonces, ¿voy sola o me acompaña?

viernes, 8 de enero de 2021

Libro II. Episodio 74. No estoy dispuesta a malgastar ni un día más


   Como suele decir su madre, Julio sigue igual que siempre: soltero y sin compromiso. En el terreno profesional está demostrando ser muy solvente, en cambio en el sentimental se ha convertido en un picaflor. A este paso, se dice la maestra, me voy a morir sin tener nietos. Por eso, haber conocido en los últimos meses a la familia de un nuevo médico que acaba de llegar a la ciudad le insufla esperanzas de que eso no ocurra. Don Enrique Lavilla tiene cuatro hijas a cual más encantadora, desde Maricarmen, que es la mayor, a Cristina que es la pequeña, todas están como Julio: solteras y sin compromiso. El hecho de que el médico sea aragonés y que como forastero todavía cuenta con escasos amigos en Plasencia han sido los nexos que han hecho que se relacione a menudo con la maestra.

   Pilar consigue que algunos domingos por la tarde, las muchachas Lavilla acepten su invitación para merendar y bailar al son del gramófono que su hijo, recordando un episodio de su vida en la mili, le ha comprado. Reuniones a las que también acude Julio que muestra sus excelentes dotes de bailarín. Pilar le tiene echado el ojo a la segunda de las hijas del médico, Amparo, que por edad y talante cree que es la mejor candidata para emparejarse con su hijo. La intención materna parece que va bien encaminada pues la muchacha no pone mala cara al joven droguero. En cambio, a la madre de Amparo, hija de una distinguida familia de Zaragoza venida al menos, da la impresión de que el chico de la maestra no le parece un buen partido.

   -Solo es un tendero, hija. Tú puedes aspirar a más, a un hombre de carrera como tu padre –le aconseja a Amparo. La muchacha tiene la respuesta pronta.

   -Un tendero, sí, ¿pero conoces a alguien que sea su propio jefe y que además esté soltero y sin compromiso?

   El negocio de la droguería va viento en popa. Además de la clientela de la ciudad, y tal como previó Pilar cuando se puso en contacto con el obispado para la bendición del local, Julio recibe muchos encargos de establecimientos religiosos de la provincia. El hecho le lleva a plantearse repetir el que fue su primer trabajo en el mundo de la droguería: la venta ambulante. Piensa que debería comprar un carro y una acémila, lo que no es ningún problema; lo que sí puede serlo es encontrar la persona idónea para realizar el papel que él desempeñó con el Bisojo. Debería de ser alguien de confianza, honrado, y que no me las metiera dobladas como acabé haciendo yo con el viejo, se dice. Va desechando nombres de posibles candidatos hasta que llega al final de la lista que ha confeccionado sin encontrar el perfil que busca. Al que no le falta alguna cualidad, le sobran rasgos no deseados. Aparca la idea hasta que encuentre al tipo adecuado.

   En su vida sentimental Julio tiene el enésimo fracaso. Como era de esperar, el marido de Lina ha terminado enterándose de la aventura que mantiene con su mujer. Aunque el ferroviario no es la primera vez que descubre las infidelidades conyugales, se lo toma a mal. Le da unos cuantos zurriagazos a su consorte, procurando no marcarle la cara, y se va en busca de quien le ha puesto los cuernos. En la trastienda, donde Julio lo ha metido previendo lo que podía pasar, tienen algo más que palabras y terminan a puñetazo limpio. El mañego sale del lance con un ojo amoratado, un corte en la barbilla y una solapa de la chaqueta desgarrada. Lo da todo por bien empleado porque ha conseguido que el incidente no se convierta en un escándalo público. El haberse quedado sin el descanso del guerrero que su cuerpo demanda hace que se tome en serio las insistentes sugerencias maternas de que debería dejarse de aventuras frívolas y poner los ojos en una mujer a la que llevar al altar. Y las niñas Lavilla las tiene en casa de su madre algún que otro domingo. Lo de la casa de su madre es literal, pues Julio se ha independizado, ha alquilado un pequeño piso en uno de los barrios antiguos de la ciudad al que se ha trasladado, aunque come a menudo con doña Pilar.

  Al tener un contacto más frecuente con las chicas Lavilla, Julio descubre una faceta de su carácter que desconocía: que le gustan más las jovencitas que las mujeres hechas y derechas. Por eso, aunque su madre no hace más que elogiar las cualidades y encantos de Amparo, quien le encandila es la pequeña de las hermanas, Cristina. Y a ella dedica sus mayores atenciones, es con la que más baila los domingos que hay sarao y con la que mantiene las charlas más distendidas. La muchacha, pizpireta y divertida, le sigue la corriente, pero no le deja ir más allá. Julio no siente por Cristina la pasión que sentía por Consuelo, sin embargo cree que con el tiempo podría enamorarse de la jovencita. Cuando el novel droguero se pone serio y habla de cortejarla, Cristina se sincera: está enamorada de un estudiante de Zaragoza al que le falta un curso para terminar la carrera de medicina. El futuro galeno le ha prometido que en cuanto acabe los estudios y obtenga su primer trabajo pedirá su mano. Por eso, una cosa es divertirse y otra permitir que la cortejen. Y, curiosamente, le sugiere que ponga sus ojos en Amparo, le confiesa que su hermana lo aceptará de inmediato. El problema es que, a Julio, Amparo le parece una excelente muchacha, pero no le dice nada.

   A mediados del verano, Julio recibe una visita inesperada, la de Argimiro, su amigo de los tiempos que vivió en Malpartida.

   -Hombre, Argimiro, cuanto me alegro, ¿cómo están Carolina y los niños?

   -Tos bien, gracias.

   -¿Qué te trae por Plasencia?

   -Chacho, hay que ver cómo te lo has montao. Vaya tienda chulísima y paece que ties clientela a mansalva. He venío a ver si me cogen en la empresa de aceites de la Sierra de Gata –y Argimiro le cuenta que el dueño de la almazara, en la que ha trabajado toda su vida, la vendió y el nuevo propietario despidió al personal antiguo para meter a parientes. Al quedarse sin trabajo, y no encontrarlo en el pueblo, ha venido a Plasencia a ver si tiene suerte.

    -Por un casual, tú no conocerás a nadie que necesite a un peón. Puedo faenar de lo que sea. Estoy hecho a to.

  -Pues sí que lo siento. Es una vergüenza que en este país no haya una puñetera ley que ampare a los trabajadores.

   En ese momento a Julio le viene a la mente su proyecto de venta ambulante. Y Argimiro tiene muchos de los rasgos que busca para ese puesto: es trabajador, honrado y le será leal. La contrapartida es que no tiene mucha labia ni demasiada iniciativa, pero eso se lo puede enseñar.

   -¿Sigue tu padre teniendo a la Culona? –Julio alude a la mula con la que Argimiro fue a recogerle a la estación de Malpartida cuando regresó de la mili.

   -Que va, se hizo vieja y la vendió a un carnicero de Mérida. ¿Por qué lo preguntas?

   -Porque igual tengo un trabajo para ti –Y Julio le explica lo de la venta ambulante.

   -Se te agradece, Julio, pero de asuntos de droguería no sé na.

   -Eso mismo le dije al Bisojo y ya me ves. No hay nada que no pueda aprenderse, todo es cuestión de arremangarse y ponerse al tajo. Lo demás viene rodado.

   -Sabes que el trabajo no me echa pa tras, llevo trabajando desde que tenía once años, pero no querría que te llevaras un chasco. Los vendedores son mu charlatanes y yo soy de poco palabreo.

   -Solo deberás tener paciencia, que yo te enseñaré lo que hay que saber. ¿Sabes dónde está la cuadra del tío Miguel Quelo? Pues acércate y echa un vistazo a los mulos que tiene en venta, a ver si encuentras uno que nos pueda valer. Y luego pásate por la carretería del tío Juan de Griñó y pregunta el precio de un buen carro. Cuando cierre hablaremos de lo que puedes ganar y de las condiciones del trabajo. Nos vemos luego.

   Julio se frota las manos. Acaba de poner un nuevo peldaño en la escalera que le debe conducir a convertirse en uno de los comerciantes más respetados de la ciudad, porque la gente respeta a los que triunfan y está en camino de ello. Solo hay un lunar en su vida: el de los sentimientos. Pese a un cierto éxito con las mujeres y haberse convertido en uno de los solteros codiciados de la ciudad, continúa sintiendo un gran vacío interior. Desde que le abandonó Consuelo, y a pesar de sus diversas aventuras, ninguna mujer ha sido capaz de llenar ese vacío, de conseguir que su corazón lata a ritmo desbocado. No sabe si es culpa de ellas o el culpable es él. Ha confundido en más de una ocasión amor con sexo y sabe que no es eso, a Consuelo nunca la tuvo y sin embargo estaba loco por ella. ¡Lo que daría por volver a sentir los mismos sentimientos que la chinata le causaba!

   Esta noche Julio está cenando con su madre, que se la ve muy parlanchina. 

   -¿Sabes quién me preguntó por ti anteayer?

   -No, madre.

   -Pues Amparo Lavilla, me la encontré en la mercería de la señora Paquita, estaba comprando un entredós –Al ver el gesto de ignorancia de su hijo, Pilar se explica-. Es una tira bordada o de encaje que se cose entre dos telas. La necesitaba porque está haciendo una blusa para una de sus hermanas. Esa chica vale un imperio, será un ama de casa de lo más completo, sabe coser, bordar, guisar y tocar el piano.

   Julio no dice nada. Sabe lo que su madre pretende con tantos elogios a la chica de los Lavilla, pero puesto que tener una aventura con ella está descartado, solo cabe una relación formal. Y, lamentablemente y reconociendo las virtudes de la joven, a él Amparo no le da ni frío ni calor, y la indiferencia no es lo más indicado para sacarle de su marasmo sentimental.

   Mientras Julio prosigue teniendo éxito en los negocios y fracasos en su vida amorosa, en Malpartida Julia Manzano se plantea un dilema que puede cambiar su vida. Desde que volvió al pueblo el discurrir de sus días se ha convertido en algo monótono y sin alicientes. Su estancia en Plasencia, y especialmente las enseñanzas de su maestra, le han mostrado que existe otra vida y otra forma de vivirla, y no quiere de ninguna manera renunciar a ello. Solo se vive una vez, se dice, y no estoy dispuesta a malgastar ni un día más.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 75. ¿Será posible un cambio de rumbo?

viernes, 1 de enero de 2021

Libro II. Episodio 73. Soltero y sin compromiso

 

   El profesor Hernández aconseja a Julio que soborne al funcionario municipal que concede los permisos de obras y licencias de apertura de comercios.

   -No se me había ocurrido, profesor. Lo que solicito es algo que está contemplado en la normativa municipal, por tanto no pueden negarse a concederlo.

   -A concederlo, no, pero a demorarlo sí. Lo que tienes que hacer es meter cincuenta duros en un sobre y se lo das al funcionario que lleva el departamento de licencias diciéndole que son los documentos que faltaban en tu solicitud de apertura. Yo creo que será suficiente para que se agilice el asunto. Y que te sirva de lección, así es como funciona la administración pública en este puñetero país, untándola.

   Julio hace lo que le aconsejó Hernández y mano de santo. En poco más de una semana el ayuntamiento expide el indispensable permiso de obras, al tiempo que le informan de que, en cuánto estén finalizadas y tras llevar a cabo la pertinente inspección, se procederá a expedir la licencia de apertura. Inmediatamente comienzan las obras de acondicionamiento del local que duran algo más de lo que en principio se preveía. A propósito de la iluminación, el mañego recuerda haber leído que la electricidad, el gran invento del siglo XIX, ya funciona en algunos locales de Madrid y Barcelona, y que incluso en Gerona han instalado una red de alumbrado público. Pregunta a un conocido del casino, que es ingeniero, si podría instalar la luz eléctrica en la tienda.

   -Tendrías que comprar una dinamo y el coste te resultaría prohibitivo. Cuando se pueda generar la corriente eléctrica alterna se podrá transportar a gran distancia y los costes se abaratarán. Y permíteme decirte que eres un adelantado, nadie me había preguntado sobre la luz eléctrica.

   A mediados de mayo, Julio puede inaugurar su flamante droguería. Se ha esforzado en diferenciarla todo lo posible de la del Bisojo. Ha mandado ampliar las dos ventanas que tiene el local y convertirlas en sendos escaparates que al mismo tiempo sirven para dar más luz al recinto. Ha encargado unas modernas estanterías para ubicar los artículos de más venta, y aquellos productos que se venden al por mayor en lugar de tenerlos apilados en un rincón del local, como en la vieja droguería, los ha almacenado en la trastienda. Una serie de carteles indican los artículos que hay en la tienda aunque no estén a la vista. Y ha mandado imprimir un catálogo con la relación de todos los productos existentes. Haciendo realidad lo que improvisó cuando quiso convencer a Lupe, ha abierto una sección de artículos para la mujer. Y ha procurado, hasta donde la normativa lo permite, tener una buena provisión de productos medicamentosos. Tal como le aconsejó su madre, se ha encargado de pregonar la apertura del establecimiento hasta el último barrio. Y ha hecho confeccionar un bonito vestido-uniforme para Antonina, su única empleada por ahora, que a la joven le ha encantado. Unos días antes de la apertura, se le ocurre otra idea: el día de la inauguración rebajará el quince por ciento media docena de artículos hasta el fin de las existencias. Cuando se lo cuenta a su madre, Pilar le sugiere algo en lo que no había caído.

   -¿En quién has pensado para que bendiga la tienda?

   -¿Bendecir la tienda? No se me había ocurrido.

   -¿Quieres que haga una gestión ante el obispado? –propone Pilar.

   -¿Crees que el señor obispo de Plasencia va a venir a bendecir una droguería? –pregunta, escéptico, Julio.

   -¿Y por qué no? Todo es cuestión de tocar la tecla oportuna. Deja que lo intente. Sería una buena propaganda. El acto saldría publicado en la prensa local y de entrada te ganarías el favor de la mitad de las beatas de la ciudad, amén de que pasarías a ser bien visto por la administración de la diócesis que, directa o indirectamente, gestiona templos, conventos, seminarios, ermitas, colegios y un sinfín de establecimientos religiosos. Tener como cliente al obispado no te reportará más que beneficios.

   -Me has convencido, madre. Haz la gestión. Y por curiosidad, ¿cómo piensas conseguirlo?

   -Cómo se consiguen la mayoría de las cosas, con dinero. Prometeré un generoso donativo a la diócesis para obras de caridad.

    Doña Pilar no logró que el señor obispo de Plasencia inaugurara la tienda de su hijo, pero sí que fuera el canónigo que preside el cabildo de la catedral quien bendijera el nuevo establecimiento. Y, como supuso la maestra, los periódicos placentinos publicaron la noticia dándole un realce que casi parecía propagandístico. Fuera por esa publicidad, por el boca a boca o porque en la ciudad la apertura de nuevos establecimientos no ocurre todos los días, desde el primer momento de la puesta en funcionamiento del comercio la afluencia de clientes ha sido numerosa. Y la idea de Julio de rebajar el quince por ciento algunos artículos hasta el fin de las existencias tiene tal éxito que ha decidido normalizar la oferta, y cada lunes cuelga en el exterior un anuncio enumerando los productos que estarán en oferta dicha semana hasta que se agoten. La añagaza comercial la ha ido puliendo con el tiempo: oferta productos de difícil venta y los más demandados, antes de anunciarlos, los aumenta de precio y pone en venta una limitada cantidad. Como le cuenta a su madre, el objetivo de esa estrategia comercial se resume en una frase:

   -Lo importante es que la gente entre, algo siempre se llevarán.

   -Hijo, me tenía por avispada, pero veo que me das ciento y raya. Si sigues así, terminarás haciéndote rico.

   Por todos esos factores, la competencia que le hace Julio al Bisojo provoca que la vieja droguería venda menos cada día que pasa. Y en parte se debe a algo que anticipó el mañego. Lupe, la chica que se ha quedado al frente de la tienda, ha demostrado ser una vendedora aceptable, pero una calamidad en cuanto a la administración del negocio. Simplemente, es que no está preparada para ello, le falta experiencia y sobre todo conocimientos. El resultado es que tan pronto escasean determinados artículos, como se amontonan otros que solo pueden venderse a largo plazo. Con lo que la disminución de la clientela acompaña al declinar de las ventas.

   Una tarde de principios de junio, aparece en la tienda de Julio doña Pilar, algo que no suele hacer muy a menudo pues no quiere interferir, acompañada de una muchacha que al principio Julio no reconoce hasta que se da cuenta de quién se trata: es la alumna predilecta de su madre, Julia Manzano. La otrora angulosa jovencita no parece ser la misma que recordaba. Se ha cortado las trenzas, le ha desaparecido el acné adolescente y su cuerpo muestra unas promesas de redondeces que revelan que la crisálida está dando paso a lo que promete ser una mujer de tronío. Esta cría, en cuanto pase un año, será un bombón, piensa Julio. Como el mañego acabó dándole algunas clases de contabilidad, la muchacha ha querido despedirse de él antes de volver a Malpartida, donde su madre la reclama para que la ayude en la administración de la hacienda familiar. A Julio el hecho le hace recordar la que fue su antigua novia, Consuelo, que también fue utilizada por su madre para llevar las cuentas de los Manzano-Barrado. La historia se repite, se dice Julio, y no puede evitar desear buena suerte a la chiquilla.

   -Que tengas más suerte de la que tuvo tu hermana, Julia.

   -¿A qué se refiere? –quiere saber la chiquita, que parece no haber entendido el mensaje implícito del deseo de Julio.

   Doña Pilar, que sí ha entendido perfectamente lo que ha querido expresar su hijo, interviene para evitar malos entendidos.

   -La suerte suele encontrarse cuando se busca. Y Julia es lo suficientemente inteligente para saber encontrarla. Y ahora, te dejamos, hijo, que veo que entran clientes.

   En el ámbito de su vida privada, Julio vuelve a tener otra aventura con una mujer casada. Es una clienta que se lo puso fácil desde el momento en que le echó unos requiebros, más por galantería de buen vendedor que porque tuviera intenciones non sanctas. El marido de Evangelina -ella prefiere que la llamen Lina- es factor de circulación del ferrocarril Cáceres-Madrid, por lo que está fuera de casa varios días a la semana. Y Lina, que no tiene hijos, lleva muy mal la soledad, tanto que le puso los cuernos al marido a los contados meses de casada. Ahora le ha tocado a Julio disfrutar de sus favores. Al joven droguero le gusta a rabiar Lina, pues a un busto provocador le suma un trasero rotundo y un rostro en el que destacan unos negros ojos almendrados y una boca de labios generosos. Pero lo que más le encanta es lo cariñosa que es y que siempre está dispuesta cuando la busca; ni siquiera cuando tiene sus días malos es capaz de negarse a que se meta en su cama. Porque ese es otro de los factores que tienen a Julio encandilado, en la ciudad tener una aventura fuera del matrimonio suele tropezarse con un problema de difícil arreglo, encontrar un lugar discreto donde yacer. En este caso, los encuentros de la pareja los llevan a cabo en el propio hogar de la adúltera. Julio es consciente de que, más pronto que tarde, el ferroviario acabará enterándose del desliz de su esposa y entonces el lío se acabará, pero que le quiten lo bailado, se dice.

   La señora Pilar, como casi siempre, ha acabado enterándose de la aventura de su hijo. Y la sufre en silencio, puesto que considera que a un hombre de treinta años no se le pueden dar consejos como si fuera un chaval. Lo que más le duele es que Julio no siente la cabeza en cuestión de sentimientos. Debería estar casado y tener más de un crío, pero ahí sigue, soltero y sin compromiso. La maestra a veces piensa que su hijo, pese a los años pasados, todavía no ha sido capaz de olvidarse de Consuelo y eso le lleva a que no ponga sus ojos en una mujer para tener una relación formal que termine en casamiento. Solo tiene aventuras pasajeras que no conducen a nada. Por eso cuando le preguntan por su hijo su respuesta suele ser la misma:

   -Sigue igual, soltero y sin compromiso.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 74. No estoy dispuesta a malgastar ni un día más