viernes, 23 de octubre de 2020

Libro II. Episodio 63. Las rechazas y se te echan encima

   Aunque a Julio le gusta mucho la descarada boticaria, que es un bombón de diecinueve años necesitado que unos brazos viriles la estrechen hasta hacerle perder el sentido, su rechazo a las atrevidas provocaciones de Isabelina es porque piensa que si don Cristóbal se entera de los devaneos de su esposa adiós al acuerdo que mantienen. Para evitar que la situación se descontrole, antes de visitar la botica lo que hace es asegurarse de que esté presente el farmacéutico, con lo que consigue que los escarceos de su mujer no sobrepasen un cierto límite.     

   El repudio a las insinuaciones de la boticaria provoca un efecto de rebote en quien menos podía esperar. Un tarde, poco antes de la hora del cierre, aparece en la tienda una de las mancebas de la botica de don Cristóbal con una nota en la que el farmacéutico le indica que ha llegado un nuevo lote de medicamentos. La moza, muy chulapona y desenvuelta, aguarda a que Julio lea el contenido de la nota.

   -¿Hay respuesta?

   -No; bueno, sí, dile a don Cristóbal que mañana pasaré por allí a recoger el pedido.

   -Con la de veces que paso por delante de la tienda y nunca había entrao. ¿Me la enseñas?

   -¿Por qué no?, pero antes he de echar el cierre que es la hora –aclara Julio que cree vislumbrar algo turbio en la mirada de la moza.

   Cuando le  enseña la trastienda ocurre lo que Julio medio intuía. Tras un devaneo plagado de algo más que insinuaciones, la joven se le entrega sin ninguna clase de pudor. Ni siquiera la turista belga, con la que intimó cuando estuvo de soldado en Palma de Mallorca, se le entregó a las primeras de cambio. Al irse la manceba, Julio no puede menos que decirse: joder con la moza, menuda calentorra.

   A Julio la audacia de Mariví -abreviatura de María Vicenta- no deja de asombrarle. En las relaciones que ha tenido hasta ahora, las jóvenes con las que coqueteó tenían un común denominador: todas consideraban el cortejo como preludio al noviazgo, primero, y al casamiento después. Mariví parece que es la excepción. Como lo que ocurrió en la trastienda se ha ido repitiendo, al menos una vez a la semana, han tenido ocasión de hacer algo más que fornicar, ahora tienen largas charlas cuando algunos domingos, no más de dos al mes, salen a bailar a alguno de los merenderos que rodean la ciudad. Mariví le ha explicado su particular filosofía de la vida: quiere divertirse todo lo que pueda mientras sea joven, pues sabe que cuando la tersura de su piel comience a tener menos finura tendrá tiempo más que suficiente para llevar una vida recatada y ajustada a la moral convencional. Ahora toca divertirse, y si ha escogido a Julio para desfogarse es porque, además de su buena planta, en la ciudad le han puesto fama de donjuán. Aunque su postura encierra una contradicción, pues la joven manceba también desea lo mismo que las demás: casarse, pero cuando ya no sea tan joven. De hecho, Mariví tiene un entregado pretendiente al que trae al retortero y con el que sale los domingos que no queda con el mañego. Se trata de un mozo que trabaja en una tahona de las que hay en la almendra de la ciudad y que bebe los vientos por ella. Si quisiera, según ha confesado la manceba, ya serían novios formales, pero no piensa darle el sí hasta que no se confirme si se va a quedar con la tahona, que es de su familia, o va a ser para un hermano más pequeño que también trabaja en la misma. La joven, una consumada calculadora, además de divertirse con Julio le usa para darle celos al panadero, treta que parece que le funciona estupendamente. Comportamiento que Julio ni aprueba ni censura, pero que le sirve para chancearse de la joven.

   -Así que el Eladio se sube por las paredes cada vez que te ve conmigo. Espero que no me coja mucha tirria.

   -No llegas a tiempo, ya te ha cogido una ojeriza que no se la salta un galgo.

   -Me alegro saberlo. Mi madre va a su tahona a comprar el pan, pero le voy a decir que cambie de panadería, no sea que un día me parta los dientes comiendo una hogaza en la que haya metido unos tornillos.

   -Pues no eres tú cachondo ni na, por eso me hiciste tilín en cuanto te vi. A mí es que me van los hombres que son capaces de guasearse hasta de su sombra.

   -¿Y no puede ocurrir que si estiras demasiado la cuerda con el Eladio, pueda romperse? Lo digo porque lo nuestro no va a pasar a mayores, yo no pienso casarme, al menos hasta los treinta bien cumplidos.

   -Eso lo supe desde el primer día. Y la cuerda del Eladio no se va a romper, de cuando en cuando le dejo sobarme un poco y se queda más suave que la seda. Y hablando de sobeteos, la que tiene tomada la Isabelina contigo pasa de castaño oscuro, cualquier día le da el calentón y se te echa encima. Es más puta que las gallinas, así fue como consiguió que don Cristóbal se prendara de ella. Pero has sido listo, ni le haces caso ni le das achares.

   -Es que si me lío con ella y se entera el boticario me quedo sin proveedor. Y ya sabes lo que se dice, aunque suene muy basto: donde tengas la olla no metas la polla.

   A Julio, haberse topado con una mujer como Mariví le ha resuelto el problema del sexo. Ya no tiene que irse de putas como hacía antes. Y encima tampoco tiene que hacerle falsas promesas como le ocurrió con Nico, la moza de Jarilla con la que coqueteó una temporada. Para tenerla contenta, de vez en cuando le regala alguno de los artículos de belleza que vende, siempre productos nacionales que son más baratos.

   A doña Pilar, una vecina de lengua larga le ha ido con el cuento de la última conquista de su hijo.

   -El pasado domingo vi a su chico mu arrejuntado con una moza que trabaja de manceba en la botica de don Cristóbal. Y le diré una cosa: pa gustos están los colores, pero pa mí que su hijo se merece algo mejor, aunque edad tiene pa saber lo que hace.

   La maestra no hace comentarios, conoce a la comadre y sabe que es una chismosa amiga de toda suerte de dimes y diretes. Pero se queda con la copla y en cuanto tiene oportunidad hace indagaciones sobre la manceba en cuestión. Como tantas veces, es su amiga Etelvina, que desde hace dos años también vive en Plasencia, la que le ofrece información más concreta.

   -He preguntado y al parecer la moza con la que ahora sale Julino es de las que, como dicen en La Sagra, se escurre sin haber barro. Aunque no estés preocupada, no debe ser algo serio porque solo salen uno o dos  domingos al mes como mucho. A la moza, Mariví se llama, se la ve con más frecuencia con un chico que trabaja en la tahona en la que sueles comprar el pan.

   -No me digas más, acabo de averiguar porque, cuando me despachan el pan, uno de los panaderos me pone una cara como si le debiera dinero y no le pagara. Debe de ser el otro pretendiente de la tal Mariví.

   -¿Y Julino no te ha contado na? –a Etelvina le puede la natural curiosidad.

   -Nada de nada. Desde que rompió con Consuelo se ha vuelto muy precavido en lo que respecta a hablar de mujeres. Para mí que la herida que le causó la chinata todavía sigue supurando.

   El diálogo es interrumpido por alguien que grita desde la puerta de entrada.

   -Doña Pilar, soy yo –La recién llegada es una chicuela delgada como una caña y con alguna que otra espinilla en la cara, indicador que revela la edad puberal de la muchacha.

   -He aquí mi alumna preferida. Julia, ¿te acuerdas de la señora Etelvina?

   -Sí, doña Pilar, es la señora partera –decir eso y ruborizarse ha sido todo uno-; mejor dicho, la señora comadrona.

   -Estás desconocida, chiquilla, ¿cuántos años tienes, catorce?

   -Trece, señora Etelvina. Doña Pilar venía a devolverle los últimos libros que me prestó.

   -¿Ya los leíste?, que barbaridad, lees con mucha rapidez. Mañana recuérdamelo y te dejaré otros.

   -¿Manda algo?, ¿no?, pues hasta mañana y queden con Dios –se despide la jovencita.

   -¿Esta niña es…? -Etelvina deja el final de la frase en al aire.

   -La hermana pequeña de la exnovia de Julio. Y, posiblemente, una de las mejores, sino la mejor alumna que he tenido. Es una maravilla de cría y, si continúa así, será una mujer excepcional, probablemente más en lo psíquico que en lo físico. Es la hija que me hubiese gustado tener, quizá por eso me ha robado el corazón. Casi seguro que será todo lo opuesto a la descarada moza con la que sale mi hijo.

   Julio sigue acumulando problemas pues la esposa de don Cristóbal no se da por vencida y, a espaldas de su marido, sigue flirteando con el mañego cada vez con más descaro. El joven droguero, como buen macho ibérico, lamenta no poder atender los cada vez menos sutiles requerimientos de la boticaria consorte, porque rica lo está y mucho. Hasta que una tarde ocurre lo que temía que pasara. Ha ido a ver al farmacéutico por mor de sus trapicheos pero no está. Isabelina le dice que se encuentra en el casino jugando al tresillo con sus amigachos, y tiene para rato, como unas dos horas al menos. La boticaria, con el pretexto de que tiene que enseñarle unos albaranes, le pide que le acompañe a su casa contigua a la farmacia. En cuanto entran, Isabelina no se anda con rodeos, se echa en sus brazos y se lo come a besos. El mañego, en cuanto ve lo que se le viene encima, piensa en rechazarla, pero la carne es débil y termina cediendo al apasionado abrazo con el que le atenaza la fogosa boticaria. Julio se encuentra con una mujer muy joven, muy pasional y muy insatisfecha. La infiel esposa le cuenta, sin ningún recato, que a su marido le pesan los años y los quilos y que es incapaz de satisfacerla, tanto que no ha tenido un orgasmo con él y, cuando yacen, después ha de masturbarse para llegar al clímax.

   -En cuanto me toca una teta ya se ha corrido y yo me quedo a verlas venir. No sabes las ganas que tenía de estar entre los brazos de un hombre de verdad. De un hombre que me hiciera gritar de gusto, de que se me erizara el vello con solo pensar en él. Y no creas que soy fácil, es la primera vez que engaño a Cristóbal, pero… si quieres no será la última.

   Julio piensa que a las mujeres no hay quien las entienda, las rechazas y se te echan encima.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 64. Regalos del día de Reyes

 

viernes, 16 de octubre de 2020

Libro II. Episodio 62. Operación Ajude o portugueses


   En cuanto Julio resuelve la cuestión de los portes se apresura a enviarle una nota al Hurón, por medio del recadero de Valverde, en la que le comunica que la primera remesa de medicamentos se pondrá en marcha en semana y media; solo restará esperar cómo va la venta en tierras lusas. Cuando cerraron el pacto, el Hurón le contó que tiene sobornados dos guardias civiles del cuartelillo de Valverde y a dos números de la Guardia Nacional Republicana de la dotación de Sabugal, pero que están acantonados en la freguesía de Aldeia Velha, en las cercanías de la Raya. Y para pasar la frontera con total impunidad debe esperar a que coincida que los agentes de ambos lados estén de servicio en la misma fecha. Por ello nunca sabe con más de unos días de antelación cuando podrá traspasar la Raya con plena seguridad.  

 

   En cuestión de un par de semanas realizan la primera operación. Julio envía los fármacos a Valverde por medio de los Piñana y unos días después un recado del Hurón le avisa que la mercancía ya está en tierras lusas. La venta tardará algo, pues por el momento el Hurón solo tiene contactos de corto potencial económico; está haciendo gestiones para encontrar un comprador al por mayor. Unos días más tarde su socio le confirma que la operación se ha saldado satisfactoriamente, y detalla a cuánto asciende el monto de los beneficios. Al ver la cifra, Julio queda decepcionado pues no es tan abultada como presumía. Comprende que los gastos para mantener engrasada la maquinaria son considerables: la compra de los fármacos, el transporte de donde radican los mayoristas hasta Plasencia y luego hasta Valverde, contratar los acemileros que acarrearán la mercancía hasta Portugal, etcétera, sin contar los gastos de la compra de voluntades por hacer la vista gorda al cruzar la Raya. Le queda el gusanillo de desconocer si las cuentas que le ha presentado el Hurón son las reales, pero piensa que tiempo habrá para roer ese hueso.

  Concluido con éxito el primer alijo, Julio se apresura a poner en marcha el segundo. Aunque el resultado crematístico ha sido menor del que esperaba, en todo caso son unos ingresos con los que no contaba. Ahora lo que se impone es activar a los mayoristas de Mérida y Salamanca para que le remitan la siguiente partida de medicamentos. El segundo alijo se resuelve con idéntica facilidad que el primero. Da la impresión de que entre el Hurón y él tienen el tinglado bien amarrado. Él adquiriendo la mercancía y encargándose de que llegue sin problemas hasta Valverde del Fresno, donde la recoge el Hurón que la lleva a través de la Raya al país vecino.

   A principios de junio, en medio de la operación del tercer alijo, vuelve a aparecer por la droguería el Bisojo. Con la llegada del calor parece que su artritis ha mejorado y quiere hacerse cargo de la tienda. Julio tendrá que volver a la venta ambulante. Esto supone un contratiempo para el mañego, pues yendo de pueblo en pueblo le resultará más complicado manejar las riendas del nuevo negocio. Mal que bien va modificando sus rutas de venta para adaptarlas, en la medida de lo posible, al buen funcionamiento de su otro y clandestino comercio. Y una de las medidas que primero adopta es acortar, lo que razonablemente puede, los días de la venta itinerante.

   En septiembre, el proveedor de Mérida, que maneja escaso volumen de negocio, comienza a dar problemas en los suministros. Falla en las cantidades y en que no cuenta con algunos fármacos, especialmente de los más caros. De hecho, los dos últimos alijos han sido de menor beneficio porque los socios no han podido completar las peticiones que tenían del otro lado de la Raya. Julio vuelve a plantearse conectar con los mayoristas que proveen de medicinas al tío Elías, pero desecha enseguida la idea. Si lo hiciera, ¿cuánto tiempo tardaría el Bisojo en enterarse?, y si eso ocurriera tendría problemas con su patrón. Tendrá que buscar un mayorista de Madrid, la mayor plaza de distribución de fármacos del centro peninsular. Se pone en contacto con un par de empresas madrileñas y, ante su sorpresa, la respuesta es la recepción de unos impresos en los que ha de cumplimentar una serie de datos que le resultan imposible rellenar: nombre y demás datos del titular de la farmacia, tales como la fecha de expedición del título académico, su número de colegiado, etcétera. Amén de varias referencias de orden económico, tales como el banco o caja con el que trabaja, volumen medio de ventas...; Julio se ve sobrepasado por tanto detallismo burocrático y ni siquiera contesta. Pero el problema sigue vivo, el proveedor de Mérida incumple cada vez más y urge su sustitución. Un atisbo de solución le llega de manera inesperada por conducto de una de las mejores amigas de su madre.

   -Esta noche viene a cenar Etelvina. Me la he tropezado al salir de clase –le dice Pilar.

   Durante la cena la comadrona les cuenta que últimamente anda muy atareada.

   -A la gente le ha dado por tener críos y no doy abasto. Como este ritmo de nacimientos sea el mismo en el resto de la nación pronto llegaremos a los veinte millones de habitantes.

   -¡Qué barbaridad, veinte millones de españolitos! –Se admira doña Pilar que añade-: Buenos dineros vas a ganar, maja.

   -No creas, cuatro perras mal contadas, los que se están poniendo las botas son los médicos y los boticarios. Sin ir más lejos, esta tarde he estado en la farmacia de don Cristóbal y había cola, como si fuese día de mercado.

   -Yo recuerdo a un don Cristóbal, pero era boticario de Malpartida –evoca Julio.

   -Es el mismo. Cerró la farmacia de allí y la abrió aquí. De las cuatro boticas de la ciudad es la que más vende con diferencia.

   -¿Don Cristóbal es el que se casó con una de sus dependientas? –indaga, curiosona, Pilar.

   Etelvina, en respuesta a la pregunta de Pilar, les cuenta que don Cristóbal, desde que se quedó viudo, tuvo varias relaciones sin que ninguna de ellas acabara en casamiento hasta que, cuando la gente ya suponía que no iba a salir de su viudez, se prendó de la última empleada que contrató, una niñata de diecisiete años destinada a hacer los mandados que los mancebos de la farmacia le encargaran. En pocos meses la subió de categoría profesional, le aumentó el sueldo y en cuanto cumplió los dieciocho se casó con ella. Y ahí tienes al sexagenario de don Cristóbal haciendo manitas con su esposa como si fuera un jovenzuelo. A Julio la vida amorosa del boticario le importa un comino, pero se le ocurre una idea que, si en principio pudiera parecer descabellada, piensa que no pierde nada poniéndola en práctica.

   -Señora Etelvina, ¿mantiene relación personal con don Cristóbal o es un mero contacto profesional?

   -Más que nada profesional, pero nos llevamos bien y la verdad es que siempre me trata con gran deferencia. ¿Por qué lo preguntas?

   -Es que tenemos algún que otro problemilla en la provisión de medicamentos para la venta por los pueblos en los que no hay farmacia. ¿Podría hablarle de mí a don Cristóbal?

   -Por supuesto, ¿cuándo te viene bien ir a verle?

    Cuando visita al farmacéutico, Julio supone que Etelvina ha debido ponerlo por las nubes, puesto que don Cristóbal le acoge con toda afabilidad. Sentados en la mesa camilla que hay en la rebotica, boticario y droguero hablan de generalidades hasta que el mañego considera que ha llegado el punto de explicar el motivo que le ha traído. Le cuenta la historia que ha urdido: que en algunos de los pueblos que recorre le están pidiendo fármacos que los proveedores habituales no les suministran, con lo que pierde unas ventas aseguradas. Había pensado sí podrían llegar a un acuerdo para que don Cristóbal le suministrara esos medicamentos a precio de mayorista, lo que se vería compensado con creces por la cantidad de mercancía que le compraría. El boticario ve enseguida las ventajas del acuerdo y para cerrarlo pone sobre la mesa dos condiciones: la primera es una obviedad, llegar a un acuerdo sobre la determinación del precio de coste de la mercancía, la otra es que la operación se haga con total discreción, a sus colegas no les gustaría un pelo enterarse de que está vendiendo medicamentos a un droguero. Julio no pone ningún pero a ambas condiciones, al contrario elogia la mesura y prudencia de don Cristóbal al exigir que la operación se haga con total discreción. Tras un regateo, que resulta más tenso de lo que el mañego esperaba, llegan a un acuerdo sellado con el consabido apretón de manos. Tras despedirse, Julio se marcha pensando que tiene un problema menos. La operación Ajude o portugueses, que así la ha bautizado, puede seguir su curso normal.

   Con la llegada del frío a mediados de noviembre, el tío Elías vuelve a recaer, nuevamente la artritis reumatoide le pasa factura y le deja incapacitado para estar al frente de la tienda. Una vez más, Julio aparca el carro, estabula a la Pelona, y se pone detrás del mostrador. Al mañego la invalidez de su patrono le viene de perillas, porque desde Plasencia le resulta más cómodo y eficaz controlar las fases de las que se encarga en la operación Ajude.

   Desde que cerró su trato con don Cristóbal, el mañego tiene que visitar con alguna frecuencia al boticario, aunque por aquello de la discreción utiliza el subterfugio de que va por medicinas para su madre. Esas idas y venidas son la causa de un efecto secundario que nunca estuvo entre los planes del joven droguero. Isabelina, diminutivo de la jovencísima esposa de don Cristóbal, ha puesto sus ojos en él. La buena planta del mañego y su desparpajo han debido impresionarla porque, sin ninguna clase de recato, en cuanto le ve se pone a ronronear como una gata en celo, siempre a espaldas de su marido. A Julio los primeros indicios de un posible affaire le hacen gracia, pero no hace nada para que prospere. Aunque parece que Isabelina no se ha dado por enterada, pues su coqueteo con el mañego aumenta de voltaje en la medida que él se esfuerza por evitarlo.

   -Esta calientabraguetas me puede echar a pique la operación Ajude –se lamenta Julio.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 63. Las rechazas y se te echan encima

domingo, 11 de octubre de 2020

*** Post info. 16. Viviendo la prórroga

 

   Hace unos días, la pérdida de un amigo de la infancia y de un compañero de facultad, ambos octogenarios, me han hecho replantearme que estoy viviendo la prórroga, como la de los partidos de baloncesto cuando ambos equipos empatan, solo que en mi caso no se trata de una prórroga deportiva sino vital. Pero antes de que os cuente las reflexiones que ello me han provocado, dejadme que os explique porque el día de mañana es tan importante para mí.

   El 12 de octubre es un día señero en la vieja Hispania. Desde 1987 esa fecha se ha convertido en el día nacional de España. Asimismo, se celebra la festividad de la Virgen del Pilar, una advocación mariana de la Iglesia católica con innumerables devotos en todo el país. Virgen que es la patrona del Reino de España. Y también se conmemora en dicho día el hecho de que, hace exactamente 528 años, Cristóbal Colón descubrió América, otro hito más para dar lustre a la fecha.

   Para mí también es importante porque un 12 de octubre llegué al mundo... hace 85 años Y son muchos años, como que ya he superado con creces la media de esperanza de vida de los varones españoles que es de 80.9 años. Por eso me refería antes a la prórroga.

   Tantos años han pasado factura a mi físico y tengo una nutrida colección de micropatologías que, lenta pero inexorablemente, harán que en cualquier momento el partido de mi vida termine sin que valgan más prórrogas, con la agravante de que no oiré el pitido final pues mi sordera se ahonda a ritmo exponencial. Aun así no me quejo, puesto que la cabeza me sigue funcionando razonablemente bien, pese a que comienzan a aparecer los primeros indicios de que ello tampoco durará siempre.

   Prueba de que todavía me quedan neuronas en activo es que mantengo al día un blog (senillar.blogspot. com.es) y de que continúo novelando –lo que he convertido en el leitmotiv de la prórroga a la que aludía antes-. Ahora estoy escribiendo Los Carreño, que es posible que sea mi última narración. Un tardío y pobre homenaje para la que fue madre (e.p.d.) de mis hijos. Que es lo mejor que me ha pasado en la vida, mi esposa y nuestros hijos, de cuya educación me siento particularmente orgulloso, más ahora que estoy cosechando los frutos.

   Como cualquier hijo de vecino he tenido más errores que aciertos, más fracasos que éxitos. En el ámbito profesional, posiblemente me faltó ambición y me sobró indolencia, pero teniendo en cuenta de donde partía el resultado final podría calificarse con el grotesco eufemismo de que he progresado adecuadamente, lo que en román paladino viene a decir que no eres un zoquete pero tampoco una lumbrera. En el plano personal cometí muchos fallos, del que más me arrepiento es que todo lo hice tarde. Fui un adolescente tardío, comencé la universidad cuando mis coetáneos la terminaban, me casé a última hora, tuve hijos en la cuarentena, tengo unos nietos adorables cuando deberían ser biznietos, y no comencé a novelar hasta los setenta. Solo hice pronto una cosa: trabajar, pues a los 19 ya me ganaba los garbanzos. Supongo que habré hecho cosas bien y otras mal, pero tarde. Mas llorar por la leche derramada solo conduce a la melancolía.

   Errores y aciertos, como hombre, esposo, padre, abuelo y profesional han hecho lo que soy: un escéptico octogenario que vive día a día y que piensa poco en el mañana porque, en estos tiempos de pandemia, eso no lo tiene asegurado nadie y si estás jugando la prórroga mucho menos.

   Me gustaría poder escribir otro post el siguiente 12 de octubre, pero lo de la prórroga no está en mis manos. En cualquier caso, gracias por estar ahí. Y cuidaros.