viernes, 7 de agosto de 2020

Libro II. Episodio 52. Lo que no deja se deja

 

   En la sobremesa de la posada de la villa de Jerte, al preguntar uno de los vendedores trashumantes porque el pueblo tiene tantos edificios nuevos, el posadero lo explica:

   -Las casas nuevas se las debemos a los gabachos de cuando la Guerra de la Independencia. Como los jerteños de entonces se negaron a suministrar bastimentos a las tropas napoleónicas y además las atacaban, en mil ochocientos nueve, y como represalia, los soldados franchutes quemaron el pueblo. Luego hubo que reconstruir las casas de la localidad.

   A la mañana del séptimo día, Julio se pone en camino de vuelta. Ha sido una semana en la que ha aprendido mucho sobre la venta ambulante y sobre el negocio de los productos de droguería, fármacos y artículos de toda índole que acarrea. En cuanto llega a Plasencia lo primero que hace es pasarse por la tienda para informar al Bisojo, darle la recaudación y decirle que tras dejar a la Pelona en su cuadra volverá para pasar cuentas e intercambiar impresiones.

   -No tengas prisa, chico, que no me voy a ir a ningún lao. Lo que debes hacer en cuanto dejes el carro y la mula es irte a tu casa, darle un beso a tu señora madre, asearte, ponerte ropa limpia, comer algo caliente y mañana, sin prisas, te pasas por aquí.

   Siguiendo el consejo del patrón, llegado a casa Julio se mete, tal y como vino al mundo, en el pilón que hay en el patiecillo, se quita el polvo y la mugre de siete días de viaje, se pone ropa limpia y se sienta a tomar un vaso de pitarra. Todavía le queda un culo del caldo cuando llega su madre.

   -¡Hijo, que alegría, ya de vuelta! Cuéntame, ¿qué tal ha ido este segundo viaje?

   -Mejor de lo que esperaba, pero ahora solo pienso en comer, tengo un hambre de lobo. En la vuelta no he comido más que unos cachos de pan seco, unas rodajas de embutido y un puñado de cerezas, de las que te he traído un cestillo.

   -¡Las cerezas del Jerte que algún día serán famosas en toda España! Siéntate y descansa mientras preparo la cena y me sigues contando el viaje.

   Julio hace un detallado relato de su periplo a través de ambas orillas del Jerte. Cuando el joven termina, llega el turno de las preguntas de su madre.

   -Globalmente, ¿cómo calificarías el viaje?

   -De positivo, con reparos. Las ventas, con alguna excepción, no han ido mal gracias a que he ido cuando se cobra la cosecha de la cereza y el dinero circula con fluidez. En cuanto a la gente con la que me he cruzado me ha tratado si no amable, sí correctamente –Es decir eso y acordarse de la vecina de Rebollar que no le dejó su pajar para dormir-,… aunque con salvedades. En cuanto a los aspectos negativos, básicamente son dos. Uno que el señor Elías puso en el plan de viaje a pueblos con cortos vecindarios. Al haber poca gente, los clientes también son pocos y por consiguiente son pocas las ventas. El otro es que he traspasado el Jerte un montón de veces para ir a pueblos con unos pocos centenares de vecinos, y en ocasiones he debido desandar lo que ya había andado y eso te hace perder un montón de tiempo.

   -Otra pregunta, ¿qué piensas decirle mañana a tu patrón?

  -Le voy a decir que pienso continuar con el trabajo, que empieza a gustarme, pero que tengo que ganar más. Con el sueldo que me paga ahora más la comisión no voy a ninguna parte, necesitaría una pila de años para ahorrar unos pocos miles de pesetas. Para que siga es imprescindible que o me aumente el sueldo o me suba la comisión. Y mejor, ambas cosas.

   -¿Le vas a proponer cifras concretas? –se interesa la madre.

   -Del sueldo no lo tengo decidido, pero de la comisión sí, tendría que ser al menos el diez por ciento y mejor si fuera el quince.

   -No te lo va a dar –asegura de manera tajante Pilar-. El señor Elías es buena gente, pero también muy tacaño. Además, no tiene experiencia como patrón, tú eres el primer empleado que contrata. Lo que ahora haces tú, antes lo hacía él y cada punto de porcentaje de más que le pidas le va a parecer que se lo robas.

   -Pues lo voy a sentir, pero se quedará sin empleado –afirma Julio muy convencido.

   -No rompas la baraja, hijico. No la rompas, al menos hasta que tengas un as en la manga.

   -O sea, que me pides una vez más que me aguante –exclama, irritado, el joven.

   -No, lo que te aconsejo es que no plantees la propuesta como un trágala, sino de manera que si no acepta tu petición dejes margen para que pueda hacerte una contraoferta. En definitiva, que negocies con él, no que le digas o blanco o negro; el gris es el color que más abunda.

   Al día siguiente del viaje por el Jerte, el Bisojo recibe a Julio con su mejor sonrisa.

   -Chico, no sabes cuánto me alegro de que las ventas hayan ido bien. Ya te dije que después de la cosecha de las cerezas el dinero corre en el valle que da gusto. Cuéntame los detalles.

    Julio le hace un pormenorizado relato de su viaje. Asimismo, le explica que en su opinión habría que hacer algunos cambios en la ruta para próximos viajes. El Bisojo le escucha atentamente, y cuando el mañego termina la exposición le da su opinión.

   -Eso de eliminar los pueblos con poco vecindario me parece bien hasta cierto punto. Quiero decir que borrarlos del to de nuestra lista no es de recibo, pero lo que si podríamos hacer es visitarlos con menos frecuencia. Habría que hacer un calendario marcando las fechas que en esos pueblines corre más el dinero, además de cuando la recogía de las cerezas, cuando las matanzas de los guarros, la época de la venta de los lechales y añojos y cuando celebren la feria anual. ¿Qué te parece?

   -Creo que es un planteamiento muy acertado –Julio está por contentar al Bisojo para que acoja mejor las peticiones que tiene en cartera.

   -¿Algo más que contarme?

  Julio carraspea para aclararse la voz, quiere que suene alta y clara para lo que va a pedir a su patrón.

   -Pues verá, señor Elías, si echa cuentas se habrá percatado de que, sumando el sueldo más la comisión del cinco por ciento, lo que voy a ganar, después de un viaje de siete días por caminos que en muchos casos solo son trochas, es poca cosa…  

   -Lo de poca cosa no es del todo cierto –le ataja el Bisojo-, te vas a llevar un buen dinero teniendo en cuenta que es tu primer trabajo honrao –Lo de honrado lo ha dejado caer con cierta sorna-, y que pa un mozo como tú, soltero y sin compromiso, que vive en casa de su madre y que tiene pocos gastos, no está nada mal. Y lo has ganao sin mancharte las manos ni doblar el espinazo. ¡Cuántos quisieran estar en tu lugar!

   Este cabrón, piensa Julio, que duro es de pelar; no le queda otra que contraargumentar.

   -Tiene usted razón, señor Elías, al menos en parte. Es cierto que es mi primer trabajo desde que volví de la mili, también lo es que vivo con mi madre. Lo de no mancharme las manos no lo es tanto porque en más de una ocasión el carro se quedó atascado en un riachuelo y tuve que remangarme y tirar de azada para poder salir del atolladero. En cuanto a lo de que sigo soltero eso es probable que cambie pronto. Conocí a una chica en Cabezuela –Julio está improvisando sobre la marcha pues lo que va a contar se lo está inventando- que me ha hecho reconsiderar mi soltería. No puede imaginarse lo maja y lo bien plantá que es la moza. Le tiré los tejos y no me hizo ascos. Por lo que he resuelto que voy a empezar a ahorrar porque algún día, posiblemente no muy lejano, pienso casarme. Y con el sueldo más la comisión actual he calculado que voy a tener que trabajar al menos cinco o seis años para tener ahorrado lo suficiente para la boda.

   -Me parece muy bien que sientes la cabeza, ya tienes edad pa ello, pero lo que cuentas no son más que proyectos. Cuando vengas con las amonestaciones hechas por el cura de tu parroquia, entonces hablaremos de subida. Y a lo mejor no te subo solo la comisión, sino también el sueldo. Mientras tanto, dejemos las cosas como están.

   Por mucho que el mañego insiste, el Bisojo no se apea del burro. Julio vuelve a casa con la moral por los suelos. No solo porque su patrón ha rechazado sus peticiones, sino también porque en el último momento no ha tenido el valor suficiente para poner pie en pared y decirle al Bisojo que se busque otro empleado. En cuanto llega a casa su madre le consuela.

   -Creo que has hecho bien en callarte, hijo. Ya te dije que un ultimátum, y más con gente como el señor Elías, no suele dar buen resultado. Ahora bien, lo que debes hacer es no desanimarte, al contrario, que este traspié te sirva como acicate para espolear tu imaginación. Deberías de concentrarte en pensar por qué medios, siempre honestos, puedes incrementar tus ingresos al margen de las limitaciones que te impone el patrón.

   -Eres como mi amigo Chimo, siempre ves la botella medio llena.

   -Ya que citas a tu amigo valenciano, ¿él no se dedica a los negocios?, pues te sugiero que le escribas y le cuentes lo que te ocurre. Si es tan espabilado como lo pintas, quizá tenga algún consejo que darte.

   Julio se olvida por el momento de sus diferencias con el Bisojo y se apresta a preparar su próximo viaje que será por la comarca de La Vera. En la planificación de este viaje es cuando comienza a proyectar planes que no siguen al pie de la letra las órdenes de su patrón. Uno es que no piensa parar en los pueblos más pequeños, por lo que borra de su ruta localidades como Arroyomolinos de la Vera y Pasarón de la Vera, y se queda con las de mayor vecindario. Su madre le ha explicado que los municipios que integran La Vera son muy dependientes de la agricultura, siendo los principales cultivos de la zona el tabaco y el pimiento, sobradamente conocidos en muchas partes del país, y termina afirmando:

   -Dentro del marco de pobreza que caracteriza a Extremadura, La Vera es una comarca bastante rica, gracias especialmente al monopolio del tabaco.

   Julio, aunque no es fumador, sabe que la comercialización del tabaco está regulada por el estado, pero no conoce a fondo en qué consiste lo del monopolio; aunque no es el tabaco la idea que da vueltas por su mente sino lo poco que gana, y vuelve a plantearse la idea de que lo que no deja se deja.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 53. Igual acabo haciendo carrera

viernes, 31 de julio de 2020

Libro II. Episodio 51. Un viaje por el Jerte


   Durante la cena, Pilar le pregunta a su hijo cómo ha sido el primer día de vendedor.

   -He vendido poco, pero he aprendido mucho.

   -Pues como vas a recorrer muchos caminos y te quedan muchos días por vivir, solo te hará falta que no dejes los libros, pues como dice un proverbio árabe: libros, caminos y días dan al hombre sabiduría.

   Tras su alternativa como vendedor trashumante, Julio acomete su primer viaje en solitario. En esta ocasión visitará algunos pueblos del Valle del Alagón, ubicados en ambas riberas del río del mismo nombre situado entre la Sierra de Gata y el río Tajo, del que el Alagón es su afluente más largo. La localidad más importante es Coria, pero no llegará hasta allí, el pueblo más destacado que visitará es Montehermoso. No es una comarca muy rica pues sus suelos se dedican sobre todo a encinar y pastos, aunque también se cultivan cereales, tabaco y hortalizas.

   La primera localidad que visita es Galisteo. En ella sobrepasa el río Jerte que confluye allí con el Alagón. Las ventas no pasan de discretas. Se aloja en la posada del pueblo y durante la cena acaba charlando con unos feriantes, los hermanos Galván de la salmantina ciudad de Béjar, que venden toda clase de ropa de saldo. Los ropavejeros le aconsejan que pase de largo en la siguiente localidad en la que preveía parar, Aldehuela del Jerte, pues el pueblo solo tiene unos ciento setenta vecinos y le costará más comer y pernoctar que lo que pueda obtener de las ventas.

   -Pero mi patrón, el señor Elías de Plasencia, me lo ha puesto en la ruta.

   -¡Hombre, el Bisojo!, le conocemos –afirma el mayor de los Galván-. Si te hace parar allí es que debe haberse hecho viejo.

    La sugerencia de los Galván le plantea a Julio la primera disyuntiva profesional: ¿qué hace, sigue las indicaciones de su patrón o pasa de largo? Piensa que el siguiente pueblo, Carcaboso, tampoco es que sea una urbe pues cuenta con unos trescientos cincuenta vecinos. Al repasar los censos de las poblaciones que le ha marcado el Bisojo resulta que solo hay un pueblo que supere los mil habitantes. Pese a ello resuelve seguir las indicaciones del patrón y visitar todos los pueblos de la ruta. Recorre Aldehuela, Carcaboso y Valdeobispo, en los que las ventas son irrisorias.

   Finalmente, llega a Montehermoso. Julio recuerda que su madre le llevó de niño y le contó que era un pueblo atravesado por varios caminos en ambas riberas del Alagón, por lo que, al tener que salvarlo con barcas o vados -pues antes no había puentes-, las comunicaciones eran complicadas. El forzoso aislamiento propició que se mantuvieran en el lugar muchas tradiciones que han acabado convirtiéndolo en uno de los pueblos más típicos de Extremadura, destacando por su artesanía en la que sobresalen sus historiadas gorras de mujer. En la cena, Julio se vuelve a encontrar con los Galván a quienes les da la razón sobre que es un desperdicio recalar en pueblecitos con tan escaso vecindario.

   -Nosotros solo vamos a los pueblos grandes, de mil vecinos para arriba –afirma Galván el joven-. Solo paramos en los pequeños cuando las ferias o cuando se nos echa la noche encima, como en Galisteo. Yo sé que el Bisojo tiene querencia por los pueblos chicos, sobre todo en las temporadas de siembra y de siega porque vende artículos para ello, pero fuera de esas épocas hacer parada en un pueblo con un vecindario corto suele ser mal negocio –Julio se admira del buen castellano que hablan los Galván hasta que recuerda que son salmantinos.

   Los argumentos de los ropavejeros le dan qué pensar. Es posible que el tío Elías se haya hecho viejo y los tiempos actuales no sean los de antes; quizá se conformaba con ganar poco porque no lo tenía que repartir con nadie; a lo mejor sabía vender mejor que él; es probable que… Termina cansándose de formular hipótesis y piensa que deberá tener una sosegada conversación con su patrón e informarle como están las cosas en sus antiguas rutas, al menos en la del Valle del Alagón. En el camino de regreso un recuerdo le ronda la memoria, la frase de Chimo Puig: lo que no deja se deja, y se afianza en su resolución de plantearle al Bisojo que si las cosas siguen así no va a continuar. Andar por esos andurriales de Dios, comer lo que puedan ofrecerte las modestas posadas y ventas del camino, y dormir en camastros o peor se puede soportar si a cambio ganas un buen dinero, pero no parece que vaya a ser el caso. Quizá la de droguero no sea una profesión que tenga un futuro muy halagüeño. Antes de hablar con el Bisojo lo comenta con su madre.

   -Desde luego, con esa cifra de ventas, tu cinco por ciento de comisión te dará para bien poco –admite doña Pilar.

   -Pues así se lo voy a decir. O me aumenta el sueldo o que se busque a otro incauto que arree a la Pelona. Mi amigo Chimo Puig, del que tanto te hablaba en mis cartas y que tiene un olfato de lince para los negocios, solía repetir que lo que no deja se deja.

   -Verás, hijico –Julio sabe que cuando su madre le llama hijico algún consejo le va a dar-, yo no me lo tomaría a la tremenda. Lo de dar un ultimátum no suele llevar a ninguna parte y al señor Elías no le va a gustar un pelo. Si le vas con esas, seguro que te pone en la puerta de la calle por muy hijo mío que seas. Y encontrar un nuevo trabajo te puede costar Dios y ayuda.

   -¿Entonces qué hago, sigo pateándome esos caminos polvorientos llenos de baches para ganar una miseria?

   -No, por supuesto, pero como suele decirse una golondrina no hace verano. Estoy de acuerdo que tu primera experiencia ha sido poco fructífera, pero por ahora es la única. En tu lugar, y antes de enfrentarme con el patrón, haría más viajes para comprobar si los resultados siguen siendo igual de pobres o este ha sido una excepción, solo entonces podrás decidir con conocimiento de causa.

   Como otras veces, Julio acepta el consejo de su madre. Tragará quina y volverá a arrear a la Pelona por los caminos del norte extremeño. La segunda expedición que ha planeado es al Valle del Jerte, donde piensa visitar los pueblos que están en ambas riberas del río del mismo nombre. Como las distancias no son grandes, piensa visitar dos localidades en la misma jornada ahora que son los días más largos del año. El Bisojo le ha dicho que es un buen momento para ir al valle porque la recolección de las cerezas, que es el cultivo principal de la comarca, comenzó en mayo y los campesinos habrán cobrado la cosecha.

   Julio visita El Torno enclavado en una ladera de los montes de Traslasierra, Casas del Castañar en la otra ribera del río, después Cabrero, Piornal -la población más elevada del valle y de toda la región-, Valdastillas con fuertes pendientes ocupadas por bancales de cerezos, y Rebollar, otra vez en la ribera norte del Jerte. Las ventas son en general mediocres pues los pueblos son muy chicos. En la última localidad, al finalizar la tarde pega la hebra con una clienta que ha mirado y remirado la mercancía pero que no ha comprado nada.

   -¿Sabe usted dónde podría dormir? –le pregunta Julio.

   -Aquí no hay posada ni fonda. El pueblo es pequeñino. A lo mejor alguien le puede dejar un pajar o un corral pa dormir, es lo mejor que encontrará.

   -¿Y cenar, dónde podría?

   -Bueno, si usté no es mu mirao pa comer, yo misma le podría hacer unos huevos con algo de la matanza. Y de paso le preguntaré a la Benigna si se puede quedar en su pajar, yo tengo corral pero está ocupao por los guarros.

    Mientras la paisana le prepara la cena, le cuenta que la Benigna ha dicho que no quiere forasteros en su casa y que tendrá que pasar la noche en el corral. A Julio lo de dormir en un rincón del establo y oliendo el tufo de los cochinos no le hace ni pizca de gracia hasta que se le ocurre una alternativa: dormirá en el carro, estará igual de incómodo pero se ahorrará el hedor de los cerdos. Con un par de mantas raídas, que le deja la paisana que le ha dado de cenar, se confecciona una precaria yacija en el interior del carro y en la que, contra todo pronóstico, duerme a pierna suelta. Camino del siguiente pueblo, se le ocurre la idea de que mientras haga buen tiempo se puede ahorrar la pernocta de las posadas durmiendo en el carro. Si no se lo cuenta al Bisojo al final de cada ruta podría ganarse unas pesetas de más. Claro que, si se queda con un dinero que realmente no ha gastado, eso supondría engañar al patrón y, por consiguiente, faltar a la confianza que tiene depositada en él. Confianza demostrada en que el Bisojo no le pide facturas de sus gastos de comida y hospedaje, le basta con su palabra. Desecha la ocurrencia, su madre lo educó para que fuera una persona honesta y no va a malearse a estas alturas.

   En su cuarta etapa, llega a Navaconcejo, allí las ventas son francamente buenas. En cuanto acaba se pone en camino hacia Cabezuela del Valle que, con algo más de mil ochocientos vecinos, es el municipio más poblado de la comarca. Aunque solo dista treinta y tres quilómetros de Plasencia, como ha dado tantas vueltas y revueltas a lo largo de ambas márgenes del Jerte, calcula que casi debe haber duplicado esa cifra. Al día siguiente hace unas ventas excelentes y cuando termina, almuerza y pregunta la distancia hasta la villa de Jerte. Hay siete quilómetros, por lo que decide ir a la que será su última parada.

   Jerte, aunque tiene menos vecinos que Cabezuela, es de algún modo la capital del valle. Las ventas son cuantiosas lo que hace que se replantee que debería mantener la ruta del Jerte, aunque eliminando algunos de los municipios menos poblados y que al estar emplazados a ambos lados del río le han obligado a realizar quilómetros de más. Como está cansado se aloja en la posada. Después de cenar departe con el posadero y otros vendedores ambulantes que también hacen noche. Uno de ellos pregunta al dueño:

   -Me ha llamao la atención que hay muchas casas en el pueblo bastante nuevas, más que en cualquier otro pueblo de la provincia, ¿a qué es debido?

   -A los gabachos.

   -¿Los gabachos? –El trashumante no debe conocer el sinónimo despectivo de francés.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 52. Lo que no deja se deja