viernes, 5 de junio de 2020

Libro I. Episodio 39. ¡Qué te den por saco!


   Julio está decidido a romper la adictiva relación que le tiene atado a Dolors, pero hasta ahora lo ha ido posponiendo, lo que ha hecho ha sido darle esquinazo a la moza. La mallorquina piensa que si el extremeño le rehúye tendrá que ser ella quien le busque, y va a esperarle a la salida de la bisutería.
   -¿Te ha pasado algo, rei meu? Te he estado esperando en vano. ¿Qué pasó, te arrestaron?
   El mañego lleva días preparando este momento, pero cuando se encuentra cara a cara con la joven toda su entereza se viene abajo. En cuanto Dolors le hace un arrumaco y siente el roce de su mano sobre la piel sus buenas intenciones se disuelven como un copo de nieve al acariciarlo el sol. Como estaba convencido de que resistiría la atracción de la joven no tiene pensada ninguna excusa, por lo que se acoge a la percha que le ha brindado la muchacha.
   -Pues sí, me arrestaron. Cosas del sargento Fernández que a veces te sale por donde menos esperas. Se empeñó en que había redactado mal un escrito y me metió un puro de una semana de arresto en la compañía. Ni siquiera he podido ir a dormir al piso. Y la verdad es que quería avisarte, pero como esos días no vi a Agustín no pude mandarte recado.
   La muchacha sabe, precisamente por Agustín, que no es verdad lo que cuenta Julio, que no le han arrestado, pero se hace la desentendida y acepta como buena la disculpa. Lo que importa es que le tiene otra vez a su vera. Dolors ha tenido tiempo estos días en los que no ha visto al mañego para reflexionar qué es lo que siente por Julio, y no acaba de tener claros sus sentimientos. No sabe si está enamorada, pero de lo que no tiene ninguna duda es que Julio le gusta a rabiar y piensa que con el paso del tiempo igual acaba enamorándose de él. De momento, vuelve a tenerlo consigo y, como sabe lo que le gusta, está dispuesta a seguir dispensándole sus favores para mantenerlo a su lado como un corderito.
   Días después de su vuelta con Dolors, Julio recibe la carta semanal de su madre en la que le cuenta la victoria alcanzada en su enfrentamiento con el tío Bronchales por el controvertido asunto de la subida de su salario, así como por la pelea del medio punto de beneficios. Impensadamente, el escrito le sienta como una bomba al veleidoso mañego. Una vez más, piensa que su madre está en Plasencia peleando como una jabata para ayudarle en el futuro, mientras él continúa gastándose los cuartos en invitar y comprarle chucherías a la mallorquina. Y hay algo que puede ser mucho peor, pues como la deje embarazada será el fin de todos los sueños compartidos con Consuelo. Y otra vez, y van unas cuantas, decide que ha de cortar la relación con Dolors que a la larga puede traerle problemas que quizá no tengan solución o que sean dolorosamente costosos. Tomada la decisión, esta vez no hace lo que en la ocasión anterior, sino que coge el toro por los cuernos como se dice coloquialmente. Han quedado en verse el domingo por la tarde, y Julio acude a la cita pertrechado con toda clase de argumentos y resuelto a no dejarse enredar por las artimañas de la muchacha.
   -Dolors, tenemos que hablar –le dice nada más verla.
   -Huy, huy, huy, no me gusta na el tono con que lo has dicho, mi cabo –La joven maneja la tecla de tomarse a broma el comienzo de la charla.
   -Sin cachondeos, que no está el horno para bollos. Como sabes perfectamente, porque nunca te lo he ocultado, tengo novia formal en mi tierra, y formal quiere decir que pienso casarme con ella en cuanto termine la mili. Le prometí que guardaría su ausencia y tú sabes mejor que nadie que no lo estoy haciendo. Y no lo hago porque me gustas a rabiar, porque contigo me lo paso fenomenal y porque eres la chica más guapa y maravillosa de todas las Baleares –El mañego utiliza la táctica de darle coba a la muchacha para que el golpe duela menos-…, pero no estoy siendo justo, ni con mi novia ni mucho menos contigo. La realidad es que os estoy engañando a las dos. Y eso no es de un hombre que se vista por los pies. A Consuelo la engaño porque no cumplo nada de lo que le prometí. Y a ti te engaño porque, aunque me gustas un montón, nunca me casaré contigo. Tú vales demasiado para que lleves al lado a un tipo que lo único que pretende es pasarlo bien contigo, pero que más pronto que tarde te dejará. Tenemos que romper la relación, Dolors. Continuarla no será bueno para mí, y mucho menos para ti porque…
   El mañego se ha quedado sin saliva, tal es la pasión con la que habla y el subidón de adrenalina que está experimentando. La joven le ha escuchado con suma atención y no le ha interrumpido en ningún momento. Julio aguarda la reacción de Dolors que no se produce, sigue callada,… hasta que la muchacha rompe en un llanto inconsolable. Eso no se lo esperaba el extremeño y su reacción instintiva es coger a la joven entre sus brazos para consolarla…, pero se retiene, sabe que como vuelva a rozar el cuerpo de la chica toda su entereza saltará por los aires. Deja que la mallorquina se desfogue con el llanto, pero no la toca ni le dice nada. Cuando el caudal de lágrimas de la joven parece haberse agotado y, tras un rosario de suspiros, Dolors comienza a hablar y lo hace en su lengua materna.
   -Ets un malparit, un fill de puta i un cagabandúrries.
   Julio sigue sin hablar el mallorquín, pero ya entiende lo suficiente para saber que lo que acaba de soltarle Dolors no son flores precisamente. Está en un tris de pedirle que no le insulte pues él no lo ha hecho, pero piensa que no podía esperar mucho más de la joven después de lo que le ha dicho, por lo que sigue callado.
   -¿Te crees muy listo, verdad?, pues eres un tros de quòniam i un pelacanyes –Por lo que se ve, a la inquera se le dan mejor los insultos en su lengua materna que en castellano.
   El mañego, que tampoco sabe lo que acaba de endilgarle la mallorquina, se dice que lo mejor que puede hacer es continuar callado.
   -Ni ets home ni vals res, fill de puta. ¡Qué te den por saco! –remata, airadamente, Dolors.
   Y de forma tan abrupta e intempestiva termina la relación entre la mallorquina y el extremeño. En el futuro, únicamente se verán ocasionalmente de lejos y ambos eludirán cualquier aproximación. La ruptura para Julio es doble, pues su paisano Agustín García se ha posicionado a favor de Dolors y ha roto los lazos con el mañego. Para Julio la disolución de su aventura con la joven insular ha supuesto deshacerse de una carga que lo estaba ahogando. Vuelve a centrarse en su trabajo, tanto en la Secretaría de Justicia como en la bisutería, en las cartas a Consuelo y, de vez en cuando, en salir con otros compañeros de Capitanía. Hasta ha hecho un último intento para encontrar a un profesor que le enseñe lo que todavía no sabe de contabilidad, pero no encuentra a nadie y cuando sabe de alguien no puede pagar lo que le piden. Cuando le cuenta a Carbonero lo que le pasa con los estudios, el brigada lo consuela y le hace ver el futuro desde otra perspectiva.
   -No te empeñes en aprender más contabilidad de la que sabes, Carreño. Es posible que te falten conocimientos para llevar los libros de una gran empresa, pero por lo que me has contado eso no forma parte de tus proyectos para cuando vuelvas a tu tierra. Sabes más que suficiente para llevar un negocio del tamaño del mío, que es a lo que podrás aspirar. En lugar de partirte los cuernos con los números lo que tendrías que hacer es intentar convertirte en un buen vendedor. Porque al final de todo negocio, ¿quiénes son los que lo sacan adelante?, pues los vendedores. Sin gente que venda lo que produces, lo que distribuyes o lo que revendes no hay negocio que se mantenga. Esta verdad, tan simple como valiosa, me ha costado más de una década aprenderla, pues nadie me la explicó, la he tenido que deducir por mi cuenta. Tú vas a contar con la ventaja impagable de que tienes alguien que te la enseña. Conviértete en un buen vendedor, aprende los trucos del oficio, profundiza en lo de captar la psicología de los compradores y te aseguro, muchacho, que vas a tener el futuro asegurado, sea lo que sea que hagas.
   Las reflexiones del brigada calan hondo en la mente del mañego. Cuanto más piensa en ellas, más convencido está de que Carbonero tiene razón. Si uno domina el arte de vender y todas sus técnicas anejas puede ser capaz de vender cualquier cosa y, por consiguiente, se puede manejar en cualquier clase de negocio. Lo que hace Julio, además de tomarse muy a pecho el consejo del brigada, es comenzar a pensar en la clase de comercio que podrían montar, y lo piensa en plural porque siempre asocia a Consuelo a sus maquinaciones. Tendría que ser un comercio cuyo montaje no costase demasiado porque el dinero que van a disponer al principio no será mucho. Y un negocio que pueda establecerse en alguno de sus pueblos. Excluye de entrada a San Martín, es demasiado pequeño, y piensa en Malpartida sin desechar a Plasencia que es la capital natural de la zona norte cacereña y la ciudad más populosa de la misma. Va pasando revista a todos los comercios y tiendas que recuerda de ambos pueblos, pues lo ideal sería establecer un negocio que no tuviera competidores. Tras pensarlo detenidamente se dice que lo tendrá que comentar con Consuelo que, como está al pie del cañón, quizá se le ocurran mejores ideas que a él.
   En los siguientes días ya tiene tema para meditar, algo que hace en cada momento de la jornada en que el trabajo no agobia. Sus compañeros de la Secretaría, al verle tan absorto, le toman el pelo. Se ponen tan pesados en sus burlas que al final Julio revienta.
   -¡Bueno, ya está bien de coñas! Un respeto que al fin y al cabo soy vuestro cabo.
   -Amos, anda –replica Medrano-, por mucho galón que lleves para nosotros siempre serás el recluta.
   -Lo que te pasa es que aún no se te ha quitado el cabreo porque te has quedado sin moza que llevarte al catre –apunta Beltrán con toda la mala baba de que es capaz.
   Julio se dice que algo de eso puede ser verdad. Echa de menos a Dolors, aunque todavía resuena en su mente lo de ¡Qué te den por saco!

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
40. Aquí hay de todo, como en botica

martes, 2 de junio de 2020

Libro I. Episodio 38. La pelea del medio punto


   Doblarle el brazo al tío Bronchales no fue en absoluto fácil. De él se decía, entre otras muchas habladurías, que los reales que ganaba jamás volvían a ver el sol, pues real que llegaba a sus manos, real que iba a la faltriquera. La partida estuvo en un tris de perderla la maestra pues el prestamista, tras muchos regateos, aceptó aumentarle su salario un veinte por ciento, algo impensable para el usurero unos meses antes. Pero la aragonesa, que ahora conocía de primera mano los entresijos del negocio y los saneados réditos que daba, se obcecó en que le duplicaba la paga o dejaba de llevarle las cuentas. El ultimátum fue demasiado para el Bronchales que se plantó y dijo que no pensaba darle ni una peseta más. Ahí fue cuando la relación estuvo a punto de romperse definitivamente, de hecho la maestra llegó a tener empaquetados los libros de contabilidad para devolverlos. Y cuando todo parecía irremisiblemente roto, la inopinada intervención de Luis Campos propició que ambas partes retomaran el diálogo aunque por persona interpuesta.
   -Señor Dimas, me urge el préstamo. Tengo alquilao el local pa la tienda, pero hay que hacer
unos arreglos y la cuadrilla de albañiles que se va a encargar de las obras me pide un anticipo de ciento veinte duros pa comprar materiales –explica Campos al tío Elías.
   -El préstamo lo tendrás inmediatamente en cuanto la cabezona de la maestra me devuelva los libros. Eso será mañana o pasao lo más tardar.
   -¿Doña Pilar ha dejao de llevarle las cuentas?, ¿y cómo ha sido eso?
   El Bronchales, aunque no es muy dado a contar sus problemas, le refiere a Luis el contencioso que mantiene con Pilar por unas pesetas de nada y que, como no se baja de la pretensión de que le doble el sueldo y a él nadie le pone las peras al cuarto, ha decidido mandarla a paseo y volver a lo de antes: papelitos y memoria. Luis razona al prestamista que, en su opinión, esa no es una buena solución y le hace ver que Pilar le hace más falta a su negocio que él a la aragonesa.
   -Verá, señor Dimas. Pilar Lahoz, hasta donde yo sé y supongo que usted también, no apalea los duros, pero tampoco le falta de na, ni siquiera unas pesetas pa gastarlas en chuminás si ganas tuviera. Por lo que parece, si ella trabaja pa usted es más que na pa darse algún capricho y poco más. Lo que quiere decir que si deja de llevarle las cuentas se va a quedar como antes. Y sí, su negocio también seguirá, pero con más problemas, al menos contables. Y como pa muestra vale un botón, ahí está lo de mi préstamo, usted no me lo puede dar ahora mismo porque le hacen falta los libros que lleva la maestra. ¿Qué usted no quiere doblarle la paga?, lo entiendo, yo tampoco lo haría, pero es que entre parar y correr está el caminar. Si me deja que hable con ella, trataré de que se ponga en razón, en el bien entendido que nunca se hablará del doble de aumento, pero… entre un veinte y un cien por cien hay mucho trecho pa recorrer…y negociar. Y de eso, usted sabe más que nadie –El placentino, que no es tonto, termina trabajándose la vanidad del prestamista.
   El tío Dimas, que aunque le pese sigue necesitando a la maestra, acepta la mediación de Luis y este habla con Pilar. Le hace ver que es una cabezonería obcecarse en que el usurero tiene que doblarle el sueldo y trata de convencerla de que acepte el aumento de la paga otro veinte por ciento más. Así obtendrá un incremento del cuarenta por ciento que no deja de ser una barbaridad de aumento. Y que él se encarga de que la otra parte se trague lo que para el usurero será como tomarse una dosis de aceite de ricino. Pilar le pide tiempo para pensárselo y en el entretanto no se queda mano sobre mano, procura informarse sobre los pactos que se hacen entre empresas y asalariados en el mundo moderno. Y para ello recurre al profesor Hernández, el que fue maestro de su hijo cuando estudiaba contabilidad. Se entrevista con el antiguo profesor de la Escuela de Comercio de Madrid y le cuenta su problema.
   -… y así es como está el asunto, señor Hernández. No es que me vaya la vida en seguir llevándole las cuentas al señor Dimas, pero sí me gustaría continuar porque esas pesetillas extras que me gano me vendrán de perlas cuando Julio vuelva de la mili, y así podré ayudarle si se decide a poner en marcha algún negocio.
   -¡Doña Pilar, no sabe lo que ha logrado! Conseguir que el buitre del Bronchales le suba un cuarenta por ciento el sueldo es una hazaña digna de figurar en un libro de récords si lo hubiera. Mucho debe de hacerle falta para que ese sacacuartos haya llegado a ese extremo, pero… si continúa tirando de la cuerda la va a romper.
   -Entonces la disyuntiva que tengo es: o acepto el cuarenta por ciento de aumento, que dado lo que me paga al final no supone tanto, o hago mutis por el foro y dejo al buitre que se las componga.
   -Tiene otra opción que comienza a usarse en las empresas norteamericanas y que en Europa se está tímidamente abriendo paso. Se llama participación en beneficios, incentivo que el patrón da al empleado dependiendo de las ganancias de la empresa. Hasta donde sé, el Bronchales está moviendo mucho dinero últimamente pues se ha extendido por media provincia, también por parte de Badajoz y hasta tiene deudores en algunos pueblos de las provincias de Toledo y Salamanca. ¿Es así?
   -Efectivamente, profesor. El tío Dimas ha ampliado mucho su negocio en los últimos tiempos y tiene muchos clientes. Creo que su éxito está en el modelo de los préstamos que concede. No dispensa grandes cantidades, sus intereses siendo altos no son los más onerosos, y tiene bastante correa cuando hay que tenerla. Por eso ha crecido tanto y, posiblemente, más que lo va a hacer.
   -Bien, veo que es un negocio con viento en popa como suele decirse. Entonces lo que le propongo es que se olvide de que le doble el salario, acepte ese cuarenta por ciento más de subida, que porcentualmente es mucho, y añada lo siguiente: pídale que una vez al año, cuando hagan el balance del año fiscal, le pague un modestísimo 0,5 por ciento de los beneficios, si los hubiesen habido.
   -Claro que los hay. En el negocio del señor Dimas no existen las pérdidas. Solo hay algún caso, y sobran dedos en una mano para contarlos, de deudores que por fas o por nefas no pueden hacer frente a los vencimientos, bien del interés, bien del principal. Y cuando eso ocurre ya se encarga el tío Feliciano el Cachas y su hijo mayor de que el moroso no vuelva a serlo.
   -Ya sabía que en la usura el concepto de pérdidas es inexistente. Al pedirle ese 0,5 por ciento, añadiendo siempre en el supuesto de que hubiesen beneficios, convierte su petición en algo posible pero nunca seguro y, aunque parezca una patochada, será precisamente ese pequeño matiz el que haga que quizá, y remarco lo del quizá, el Bronchales se lo conceda.
   -¿Y si no acepta este nuevo trato?
   -Entonces, la decisión es suya y el resultado no puede ser otro: o se queda con el cuarenta por ciento de subida o se olvida del Bronchales.
   -Usted, profesor, en mi lugar ¿qué haría?
   -Esa pregunta, y permítame la corrección hecha con el debido respeto, es de las que nunca deberían hacerse. Nunca podemos meternos del todo en la piel de los demás. Ni yo soy usted, ni tengo sus expectativas. Ahora bien, por ser la madre de quien es haré una excepción y le contestaré. Si el Bronchales no se apea del burro, cosa que no me extrañaría, y se empecina en lo del cuarenta de aumento y ni un real más, yo lo aceptaría, pero… en cuanto le pillara en un momento de flaqueza, volvería a plantearle lo del 0,5 por ciento de los beneficios, si existieran. Eche cuentas, y verá el montón de dinero que podría llevarse.
   Doña Pilar, siguiendo los consejos de Hernández, le cuenta a Luis Campos que se lo ha pensado mucho y que está dispuesta a quedarse con el cuarenta por ciento de aumento de salario, con una condición: cuando cuadren los balances anuales, y solo en el supuesto de que los beneficios superaran con creces a los gastos, exactamente más del doble, entonces el señor Dimas le abonará un modestísimo medio punto por ciento de esos beneficios. Esa es una variante que ha introducido la aragonesa que ha vuelto a echar cuentas. El placentino, que no es demasiado ducho en cuestión de números, no acaba de entender del todo lo que realmente propone Pilar, pero se queda con la idea de que puede volver donde el prestamista y jactarse de que, gracias a su buena mano, la maestra se conforma con la subida pactada y la menudencia de medio punto sobre los beneficios cuando estos superen en el cien por cien a los gastos.
   -Y no es por echarme flores, señor Dimas, pero ya ve lo que le he conseguido. Le confieso que fui a hablar con la maestra con la predisposición de que tendría que regatear con ella más que un tratante de guarros en la feria de julio, pero lo que son la mujeres, se ve que la cogí en un día de esos tontos que a veces tienen o no sé lo que fue, pero al final aceptó la subida del cuarenta por ciento a lo que añadió esa ridiculez del medio punto. Y no crea que no me costó, estuve más de media tarde charlando con ella, que si patatín, que si patatán, porque la jodía es dura de pelar, pero al final me la llevé al huerto…, en el buen sentido, naturalmente. Y es que, como he dicho, no es por echarme flores, pero con las mujeres tengo buena mano. Y dao el buen resultao de mis gestiones, espero que me haga una pequeña rebaja en el interés del préstamo. Creo que me lo he ganao a pulso.
  Nadie sabe lo que pudo pasar por la cabeza del Bronchales, que al revés que el placentino sí sabe mucho de números, pero ante la sorpresa de Pilar, del profesor Hernández y de Julio cuando se le contó en su siguiente carta, el prestamista aceptó la propuesta que le llevó Luis. Y así se solucionó la confrontación entre Pilar y su patrón, que la familia Carreño-Lahoz siempre recordó como la pelea del medio punto y que tanto peso iba a tener en su futuro, aunque ellos no lo pudiesen imaginar en ese momento.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
39. ¡Qué te den por saco!

viernes, 29 de mayo de 2020

Libro I Episodio 37. La prueba del nueve


   Doña Pilar ha mejorado mucho en la tarea de llevar los libros del tío Dimas el Bronchales. Hasta que la maestra no se hizo cargo de sus balances, el usurero llevaba la cuenta de los préstamos en hojitas de papel que en más de una ocasión traspapeló, compensando el arcaico sistema con una prodigiosa memoria. Ahora la aragonesa maneja unos libros en los que anota cada una de las operaciones que hace el usurero, la fecha en que se sustanció el préstamo, el tiempo de duración, el interés al que se prestó y demás detalles complementarios. Dado que en los tiempos que corren, y concretamente en la zona norte de Cáceres, existen muy pocos bancos, los prestamistas cumplen con la función de facilitar los capitales necesarios para poner en marcha un nuevo negocio, ampliar otro ya existente o paliar los efectos de una mala cosecha. Claro que a un interés muy superior al legalmente establecido que es el seis por ciento.
   Han pasado escasos meses desde que Pilar se hizo cargo de la administración del negocio, pero han sido suficientes para que su actuación se haya notado. El negocio ha mejorado muchísimo, pues la maestra no solo lleva las cuentas y escribe cartas y requerimientos, sino que también intenta convencer a los clientes morosos que es mejor que paguen, aunque sean a plazos, antes que los perdonavidas del prestamista les muelan las costillas o algo peor. De tal manera ha progresado el negocio que el tío Bronchales ha confesado a su mujer que sin la ayuda de Pilar ahora no sabría cómo apañárselas, confesión que al parecer ha trascendido. Algo de eso está intuyendo la inteligente aragonesa, lo que le lleva a pensar que debería sacar partido de esa circunstancia y pedir un aumento de sueldo porque el estipendio que le da el tío Dimas es más bien exiguo.
   Una tarde, cuando la maestra termina sus clases, al llegar a casa la está esperando la tía Etelvina, la comadrona de San Martin, persona de toda confianza de Pilar que valora mucho el sentido común y la mundología de la partera. En el curso de la conversación, Etelvina le refiere uno de los cotilleos que corren por la comarca.
   -Me ha llegado el rumor de que el Bronchales te come de la mano.
   -¡Bueno es el señor Dimas!, ese no come de la mano de nadie, ni siquiera de la de su hija.
   - Pues según me han contado, su mujer va diciendo por ahí que su marido asegura que eres la mejor inversión que ha hecho desde que prestó dinero al obispado de Coria.
   -Dudo que el señor Dimas vaya contando detalles del negocio.
   -Ahora es el señor Dimas, antes era el tío Bronchales, ¡vaya cambio, Pilar!
   -Mujer, al fin y al cabo es mi jefe, se merece un mínimo respeto, y no hagas caso de los chismes, la gente habla por hablar.
   -Si eso que cuentan fuera verdad y llegaras a confirmar que le haces tan buen papel al Bronchales, ¿piensas sacar provecho de la circunstancia?
   -No lo tengo claro, pero supongo que lo que podría hacer sería pedirle un aumento de sueldo porque me paga una miseria. 
   -Y con la fama de rácano que tiene el Bronchales, ¿crees que te subirá la paga?
   -Depende de cómo sepa negociarlo. Si lo hago bien y en el momento oportuno, creo que le podría sacar más cuartos de los que me paga ahora.
   -Hay que ver, Pilar, convertida en toda una negociante. ¡Quién te ha visto y quién te ve!
   El revés de la moneda, en muchos aspectos, es el caso de Julio. Su trabajo fuera del ejército no ha experimentado ninguna progresión, se ha estancado. Continúa llevando la contabilidad de los negocios de bisutería del brigada Carbonero, a la que no necesita dedicarle demasiado tiempo pues no es nada compleja. En lo único que ha progresado es como vendedor, dado que se pasa más tiempo detrás del mostrador que en la trastienda. En lo que también está empantanado es en su relación con Dolors. Se dice, día sí, día también, que debería dejarla, pues en cualquier momento puede ocurrir, aunque ambos toman precauciones, que la joven mallorquina quede preñada y entonces no va a tener más remedio que casarse con ella, con lo cual tendrá que despedirse de todos los planes que algún día, todavía lejano, piensa compartir con la mujer de su vida. Porque esa es otra, el mañego sigue queriendo a la chinata con toda su alma, pero… Consuelo está a ochocientos sesenta quilómetros, más o menos, y a la Dolors la tiene a la vuelta de la esquina, como quien dice. El resultado de ese modo de pensar no podía ser otro: el mañego sigue saliendo con la joven mallorquina y sus encuentros siguen siendo igual de tórridos desde aquella noche en la bajera. Todo continúa así hasta que a Julio le llega una carta que le deja sin resuello. ¡Dios sabe cómo ha podido enterarse su madre!, pero en su última misiva afirma estar muy preocupada por la “mala vida” que lleva en Palma. No se atreve a preguntar, y más por escrito, a que se refiere con lo de “mala vida”, pero el uso de las comillas, de las que sabe no ser muy partidaria doña Pilar, hace que se le disparen todas las alarmas. ¿Es posible que se haya enterado de su lío con la Dolors? Y si es así, ¿cómo coño ha logrado enterarse? La única explicación plausible que se le ocurre es que Agustín se lo haya comentado a algún paisano o a alguien relacionado con extremeños, y de esa forma la noticia ha llegado a oídos de su madre. Claro, se dice, que lo de la “mala vida” podría referirse a otra cuestión, pero por mucho que repasa su comportamiento, más bien rutinario, no encuentra en su conducta nada que pueda calificarse como de “mala vida”. Forzosamente, ha de referirse al lío con la joven mallorquina. Tras darle muchas vueltas y analizarlo por la cara y el envés, toma dos resoluciones: una no preguntar a su madre a qué se refiere, otra dejar de ver a la Dolors. Sabe que le costará conseguirlo, pero cree que si es capaz de aguantar dos o tres semanas sin verla, también será capaz de superar su adicción por la muchacha. Aunque en un arranque de sinceridad se dice que más que adicción por la joven, habría que decir adicción al sexo.
   Ajena al mal momento que está atravesando su hijo, a doña Pilar le llegan más habladurías sobre lo satisfecho que está el señor Dimas con su trabajo. Lo que hasta hora es un cotilleo deja de serlo, cuando un día un desconocido va a visitarla a la escuela. Se presenta como Luis Campos, industrial lácteo. Doña Pilar al oír el nombre del visitante lo ha identificado como el joven que, según los rumores, está paseándole la calle a la novia de su hijo. ¿Qué querrá este chico?, ¿querrá hablarme de Consuelo o quizá de mi hijo?, se pregunta; pero al interrogarle por el motivo de su visita Luis le contesta que quiere hablarle de un asunto de negocios. La maestra le indica que podrá atenderle al final de la sesión vespertina. Cuando Campos vuelve, doña Pilar va directa al grano.
   -Pues usted dirá.
   -Me dicen que usted lleva las cuentas del Bronchales.
   -¿Y…? –Sabiendo quien es el joven, Pilar se anda con mucho tiento y habla lo justo.
   El vaquero le cuenta que está en tratos con el usurero pues quiere independizarse de sus padres, y necesita que alguien le preste dinero para montar su primera tienda en la que vender productos lácteos. Al principio, les pidió dinero a sus padres, a lo que estos se negaron pues les pareció un disparate que tratara de hacer la competencia al negocio familiar que acabará siendo suyo. Después lo intentó con otros familiares, pero todos hicieron causa común con sus padres. Hasta que se enteró de que en marzo del pasado año, y a propuesta de la Sociedad Económica de Amigos del País, se había fundado la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Badajoz, uno de cuyos objetivos era fomentar la inversión para la creación de nuevos negocios en la región. Se dirigió a la Caja, pero al faltarle garantías con las que avalar el préstamo no se lo concedieron. Total, que terminó en manos del Bronchales, que sí que le otorgó el préstamo, pero que lo condicionó a que no fuera firme hasta que su mano derecha lo contabilizara…
   -… ¡y resulta que su mano derecha es usted! ¡Quién lo iba a decir! Y lo que le pido es que agilice todo lo que pueda el préstamo.
   Es la confirmación que doña Pilar esperaba conocer. Lo que le ha contado Campos no es un chisme de los que corren por la ciudad. El Bronchales la necesita y aunque se dice que nadie es imprescindible en esta vida, eso siempre suele ser relativo, hay personas que hacen más falta que otras. La aragonesa es consciente que a ella no le hace falta el tío Bronchales, puede pasar perfectamente sin los cuatro duros que le da por llevar sus cuentas, pero por lo que parece al usurero si le hace falta ella. Lo que no sabe es hasta qué punto. Y como es una mujer resuelta, y tiene poco que perder, decide realizar una sui generis prueba del nueve, el artificio matemático que le enseñó una vieja maestra que tuvo en primaria, y que se usa para verificar de forma sencilla si una operación de cálculo, realizada a mano, da un resultado erróneo.
   -Señor Dimas, estoy muy disgustada, pero tengo que contárselo. El inspector de enseñanza se ha enterado que le llevo las cuentas y me ha prohibido que siga haciéndolo. Dice que usted tiene mala fama y que eso no le conviene al prestigio de la escuela.
   -Ese inspector tiene menos luces que el bobo de Coria. ¿Se puede saber por qué no le conviene que trabaje para mí?
   -Ya se lo he dicho, por el prestigio de la escuela. No quiero que se disguste, pero tendré que dejarle.
   -¡Pero, mujer!, ¿usted sabe el estropicio que me hace dejándome ahora? Algún modo habrá de solucionarlo, ¿no?
    Y lo hay. La maestra le cuenta que si le dobla lo que le paga, convencerá al funcionario de que puede mejorar el prestigio de la escuela porque una parte de lo que gane de más lo invertirá en comprar nuevo material didáctico, ya que el actual está muy deteriorado. La aragonesa es consciente de la endeblez del argumento, pero no se le ha ocurrido otro mejor. Ahora comprobará lo que vale para el prestamista y verá si la teórica prueba del nueve, aplicada a esta situación, funciona.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
38. La pelea del medio punto