martes, 5 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 30. La patrona de infantería


   En Palma, Julio se ha acomodado a su vida de soldado. Por las mañanas acude a la Secretaría de Justicia donde la carga de trabajo sigue siendo mínima, por lo que ordenar el fichero es una actividad casi placentera. La relación con sus dos compañeros de oficina continúa siendo cordial, pero es consciente de que nunca llegarán a ser amigos. El capitán Echevarría sigue entrando y saliendo sin apenas molestar, y en cuanto al sargento Fernández ha aprendido a sortear sus salidas de tono y a soportar sus manías. Al lado de lo que ocurre en otros despachos de Capitanía, y por lo que le cuentan en el día a día de los cuarteles, su vida militar es una bicoca. En lo que no ha progresado es en sus estudios de contabilidad, el colega que conocía el profesor Hernández ya no vive en Palma y no ha encontrado recambio.
   A media mañana, salvo cuando le toca guardia en la oficina, continúa yendo al quiosco a la espalda de la Almudaina a tomarse un bocadillo, beberse un vaso de palo y cambiar impresiones, noticias y rumores con los compañeros de Capitanía y de los cercanos cuarteles de caballería y artillería de costa. Acabado el horario de oficina, se va a su cuarto de la calle Deanato, cambia el uniforme de soldado por ropa de civil y almuerza en alguna tasca o restorán familiar, excepto los días que anda mal de dinero en que ha de conformarse con comer un bocadillo o el rancho de caballería. Luego se marcha a la bisutería donde echa la tarde. Como la contabilidad del negocio no le lleva demasiado tiempo, ayuda cada vez más en el mostrador. Ha mejorado mucho como vendedor y tiene muy presente lo que suele repetirle el brigada Carbonero: si eres capaz de vender bisutería serás capaz de vender cualquier otro producto. Julio, que todavía no tiene muy claro a qué se va a dedicar cuando termine la mili, a veces piensa que quizá la experiencia que está adquiriendo como vendedor le pueda servir en el futuro.
   Cuando termina en la tienda, se da un garbeo hasta que le entra gazuza y cena, según el estado de su bolsillo, en una taberna o el consabido bocadillo con lo que pilla ya que, siguiendo el consejo que le dio el cabo Montero en San Martín, se ha hecho amigo del furriel de la compañía de destinos por lo que nunca le faltan chuscos. Paradójicamente, los domingos es cuando más se aburre. Las mañanas hace la colada -¡quién se lo iba a decir, Julio Carreño lavándose calcetines, camisas y calzones!- y luego termina la carta semanal para Consuelo y su madre. Por las tardes procura juntarse con alguno de los grupos de compañeros que salen a pasear. Últimamente, ha hecho amistad con un chico valenciano de Morella al que conoció en la casi siempre desierta biblioteca de Capitanía. A Julio le llamó la atención los libros que sacaba: tratados de arquitectura y guías de la ciudad de Palma.
   -¿Estudias arquitectura? –le preguntó.
   -¡Que más quisiera!, si llegase a maestro de obras me daría por satisfecho, aunque no tengo decidido qué haré cuando acabe la mili. Veo que llevas libros de contabilidad, ¿te dedicas a eso?
   -Estoy en ello. Creo que te he visto por la estafeta.
   -Natural, trabajo allí de cartero. Ah, me llamo Joaquín Puig, Chimo para los amigos.
   Una vez presentados, ambos jóvenes trabaron conversación en la que el mañego aprendió dos cuestiones sobre el valenciano, lengua materna del morellano: que en el antiguo reino de Valencia a los Joaquines se les llama Chimo y que Puig lo pronuncian como Puch. Como congeniaron, quedaron en que el siguiente domingo darían un paseo recorriendo los barrios palmesanos. Con el morellano Julio ha descubierto rincones y edificios de la ciudad que desconocía. Chimo le ha hecho admirar la elaborada fachada del ayuntamiento de Palma en la Plaza Cort, y le ha mostrado el olivo de más de 500 años de antigüedad que hay en la plaza. También le ha llevado a admirar La Lonja, en el barrio del mismo nombre. Y en ocasiones se pierden por el casco antiguo, deambulando por el trazado medieval de calles estrechas y tortuosas donde se concentran la mayor parte de palacios y casas monumentales con sus famosos y bellos patios. Pero como la pasión arquitectónica del mañego es fácilmente mensurable, termina cansándose del morellano y de sus inusuales aficiones.
   El ocho de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción y patrona de la infantería española, a todos los soldados destinados en Capitanía se les ordenó que estuvieran, debidamente uniformados, presentes en la compañía de destinos para asistir a la solemne misa en la catedral, y luego degustarán, en compañía de otras representaciones de los distintos regimientos de la isla, un almuerzo especial en el cuartel del caballería. Antes del ágape, un capitán explica a la tropa el motivo por el que la Inmaculada Concepción es la patrona del arma de infantería.
   -A finales del siglo XVI, exactamente en 1585, un Tercio del ejército español, el llamado Tercio Viejo de Zamora, se enfrentó y, en condiciones muy desventajosas, derrotó a una flota de cien barcos de los rebeldes de los Países Bajos. Se consideró que la victoria fue posible gracias a la intercesión de la Inmaculada Concepción, pues la batalla se libró el día de su fiesta, y por ello fue proclamada patrona de los legendarios tercios españoles, precursores de la gloriosa infantería española. Aquella batalla se la recuerda como el Milagro de Émpel, emplazamiento donde ocurrió la lucha. Espero que vosotros, soldados de España, seáis dignos herederos de aquellos héroes. Y ahora, gritad conmigo: ¡Viva la infantería española! –El grito, aunque poco sonoro, es coreado por la mayoría de la tropa-. ¡Viva el rey! –Ahora la arenga es secundada por casi todos, aunque algunos, como es el caso de Julio, saben que el rey tiene poco más de tres años y que quien ejerce la regencia es su augusta madre doña María Cristina de Habsburgo-Lorena. Y el capitán termina con un rotundo- ¡Viva España! –que sí es coreado unánimemente.
   Durante la comida, Julio se ha apercibido de que entre los soldados que representan al regimiento de infantería Mallorca, figura su amigo Agustín, que por lo que observa también se ha dado cuenta de su presencia pues le ha cazado mirándole, pero al ver que también le miraba ha apartado la vista. El mañego, que no se siente cómodo con que su paisano siga enfadado, decide esperarle a la salida para intentar explicarle el motivo de su ausencia en la merienda que iban a preparar Roser y Dolors. Cuando Agustín se ve cara a cara con Julio su primera reacción es dar media vuelta, pero se lo repiensa y le planta cara.
   -¿Qué tal, cagabandurrias, cómo te va? –El tono no puede ser más hiriente.
   -Quiero hablar contigo y darte explicaciones, pero no estoy dispuesto a que me insultes.
   -En cambio yo no tengo ningún interés en hablar con fulanos que lo prometen to, pero que no cumplen na.
   -Si me escuchas te puedo explicar por qué no fui a la merienda.
   Agustín da media vuelta y se marcha, pero apenas si da unos cuantos pasos cuando retrocede.
   -A ver, prenda, explícate por derecho y sin mandangas.
   Julio le cuenta lo que le ocurrió el domingo de marras. Pensó que si iba a pasar la tarde con su amigo, pero también con las dos chicas rompería la promesa que le hizo a su novia de guardar su ausencia. Y precisamente porque era hombre de palabra no fue. Le explica que en última instancia no acudir a la cita fue una cuestión de valores, ¿qué valía más, la promesa que le hizo a la que algún día será su mujer y la madre de sus hijos o la que hizo a un amigo? No cabe duda que un amigo es importante y valioso, pero una prometida lo es muchísimo más.
   -Ponte en mi lugar, Agustín. Supón que hoy te invito…, que sé yo…, a ver un espectáculo en el Recreatiu, pero le prometiste a Roser que saldrías con ella, ¿romperías esa promesa por irte con un amigo?
   Julio casi percibe como los engranajes de la mente de Agustín dan vueltas procesando lo que acaba de referirle y que, puesto que el antiguo porquero no está precisamente avezado a las tareas mentales, le cuesta asimilar lo que acaba de explicarle. Decide ayudarle.
   -Vamos a ver, Agustín, te lo explico de otra forma. ¿Qué es más importante para ti tu novia o un amigo? Bueno, pues por eso, no fui…, aunque reconozco que algo hice mal: no avisarte de que no iba a ir. Por eso, te pido perdón y te doy mi palabra de que no lo volveré a hacer porque, aunque no lo creas, te tengo apego desde que viajamos juntos. Y sin olvidarme del trimestre del campamento, ¿te acuerdas de las qué pasamos?
   Agustín, por toda respuesta le tiende la mano a Julio al tiempo que dice:
   -Bueno, chacho, tos metemos la pata y tú la metiste hasta el pescuezo, pero veo que estás arrepentio. Estrecha mi mano y no pensemos en más bobás.
   -¿Amigos? –pregunta Julio.
   -Más que eso, amigos y paisanos.
   -Otra cosa. Lo he pensado mucho y he llegado a la conclusión de que si algún día salgo contigo, con tu novia y con alguna amiga de ella, sea Dolors u otra chica, no debe suponer que no guardo la ausencia a Consuelo. Te pido que se lo digas de mi parte a Roser.   
   -Chacho, se va a llevar un alegrón.
   El 11 de diciembre, mediada la mañana, Julio recibe el aviso de la guardia de puerta de que un paisano suyo le espera en el acceso principal. El mañego, mientras baja de la Secretaría de Justicia, piensa que el paisano en cuestión no puede ser otro que Agustín el de Montánchez. Y en efecto, junto al acceso principal del palacio se encuentra al extremeño a quien la guardia no ha dejado pasar.
   -Agustín, ¿qué haces aquí? 
   -¡Joder, chacho!, lo estiraos que son estos plantones. No son más que unos sorchis como nosotros por mucho que hagan guardia en Capitanía, pero paece que tos se creen generales.
   -Dime lo que quieras, pero rapidito, que me puede caer un paquete por estar aquí –le insta Julio.
   -Pos que como ya hemos arreglao nuestras diferencias, dice la Roser que si el 13 vendrás a merendar con nosotros.
   -¿Qué día es el 13?
   -¿Qué día libran las chachas?  
   -No sé.
   -El domingo, prenda, no lo olvides.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
31. Un paquete para gourmets

viernes, 1 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 29. Y no me rendiré sin presentar batalla

   Consuelo estima que ha llegado la hora de hablar al placentino de su novio.
   -Te explico, Luis. Hará unos dos años me enamoré de un chico de San Martín de Trevejo que se llama Julio Carreño, y le he prometido que me voy a casar con él. Mi madre cree que Julio es un muerto de hambre por lo que está empeñada en casarme con alguien que sea lo contrario, que tenga fincas, ganados y duros a espuertas. Y esos pretendientes que me busca, que además suelen ser unos palurdos de cuidao, son los que me quito de encima lo antes posible. Como creí que tú eras uno de ellos pensaba hacer lo mismo, pero puesto que te portaste desde el primer momento muy correctamente pensé que era justo corresponderte. Hasta hoy. Una tercera visita son muchas visitas y por eso te estoy explicando cuáles son mis sentimientos. No puedo salir más veces contigo porque le prometí a Julio que guardaría su ausencia mientras estuviera en la mili, y es lo que pienso hacer. Por tanto, puedes volver al pueblo cuantas veces quieras, pero no cuentes que te vuelva a acompañar. Y si madre te invita a comer, yo estaré en la mesa pero como si no estuviera, mi cabeza y mi corazón estarán en otra parte.
   Luis ha estado escuchando atentamente la explicación de Consuelo. Cuando habla es para poner en solfa lo del noviazgo con Julio.
   -Tu madre me ha dicho que no estás ennoviá con nadie. Vamos, que no tienes novio formal.
   -Mi madre puede decirte lo que le venga en gana, pero la que manda en mi corazón soy yo y si digo que tengo novio es porque lo tengo.
   -¡Vaya, mucho debe valer ese Julio pa que estés tan enamoriscada! Y sin embargo, por lo que me han contao gentes de Plasencia que le conocen, el mañego no es ninguna perita en dulce. Más bien es un balarrasa, un viva la Virgen que nunca ha hecho na de provecho. Se dedicaba a contrabandear por la Raya, los civiles lo tenían fichao y si no lo metieron en el trullo fue porque parece que su madre tiene mano con la Guardia Civil. Y por si fuera poco, se jugaba hasta las cejas en las timbas de la Raya y tenía deudas a troche y moche. Y es verdad lo que dice tu madre, no tiene donde caerse muerto. Por no tener ni siquiera tiene casa propia, en la que vive con su madre es propiedad del ayuntamiento de San Martín. Toda una joya, vamos.
   -Todo lo que dices es cierto, o mejor lo era. Desde que anda conmigo ha cambiado y no es el mismo. Ya no va por la Raya, está en paz con los civiles, ha dejao de jugar y no tiene ninguna deuda. Y sí, sigue sin tener fincas ni duros, pero tiene mi palabra de casamiento.
   -Razón tienen al decir que hay ojos que se enamoran de legañas.
   -Julio es muy aseao y no tiene legañas.
   -Veo que te ha dado fuerte, bonita, aunque esa enfermedad puede curarse con el tiempo. De todas formas, te doy las gracias por haberte sincerao. No todas las mujeres se atreven a hablar con tanta franqueza.
   -Las gracias te las doy a ti por haber tenido la paciencia de escucharme. Y no tengo más que decir. Supongo que esto es el adiós definitivo.
   -¿Y por qué lo supones?
   -Porque ya te he contao lo que tenía que decirte. Espero que lo hayas entendido y que nos despidamos como amigos, pero esto se acabó.
   De pronto, parece que Luis se ha convertido en el hombre de las mil preguntas retóricas.
   -¿Y qué es lo que se acabó?
   Consuelo comienza a desesperarse ante la contumacia del placentino.
   -O me he explicao muy mal o eres duro de mollera. Que se acabó lo de salir conmigo, lo de pasear por el pueblo y hasta lo de mostrarte las posesiones familiares. ¿Lo entiendes ahora o te lo digo en castúo? –Consuelo se ha puesto chula.
   -Perdona, Consuelo, pero me da la impresión de que la que no lo entiendes eres tú. Si volví fue porque me pareció que eras una mujer de las que rompieron el molde cuando te hicieron y esta conversación me lo ha confirmao. Y te vas a llevar un chasco, pienso volver a Malpartida cuantas veces me venga en gana, y después de esta charla pienso aprovechar todas las ocasiones que tenga pa hablar contigo, pa rondar tu casa, pa comer en ella cuantas veces me invite tu madre… Y algo más importante, no era un pretendiente cuando llegué, pero si lo soy ahora.
   El desconcierto de Consuelo es inenarrable, la respuesta de Luis la ha dejado aturdida, es lo que menos podía esperar.
   -Pero… ya te he dicho que estoy enamorada. Sí vuelves vas a perder el tiempo miserablemente. A buen seguro que en Plasencia encontrarás chicas más guapas, más simpáticas y que te pondrán mejor cara desde el primer momento en que les digas una sola palabra.
   -Es posible. En Plasencia se me tiene por un buen partido, pero a mí me gustan las mujeres que lo ponen difícil y tú eres de esas. Por eso, no te voy a decir adiós. Y que te quede claro: no me rendiré sin presentar batalla.
   Desde que Julio Carreño incumplió su promesa de que iría a la merienda dominical, Agustín García no ha vuelto a dirigirle la palabra. Se han cruzado varias veces por la ciudad, pero el extremeño ha ignorado a su paisano. Al mañego eso le ha dolido, pero no se ha atrevido a interpelar a su amigo, es consciente de que Agustín tiene motivos más que sobrados para estar enfadado con él. Un día intentó dialogar con su compañero, pero este le paró los pies de forma contundente.
   -Agustín, quería explicarte…
   -No ties que explicarme na y tampoco quiero escucharte. Los hombres que se visten por los pies solo tienen una palabra y cuando la dan la cumplen. A ti las palabritas te sobran, ties muchas, pero no cumples ni una. Y los que hacen eso no son hombres, son cagabandurrias –Y sin dar posibilidad alguna de que Julio replicara, siguió su camino.
   Puesto que con los compañeros de la oficina, pese a que se llevan bien, no ha acabado de empatizar, lo cierto es que Julio no tiene auténticos amigos. Ha salido algunas veces con el albaceteño encargado de la biblioteca de Capitanía, pero ha terminado cogiéndole tirria por un motivo bien pueril, el chico habla con un tono muy nasal lo cual, y Julio no es capaz de justificarlo, le molesta profundamente. También ha establecido buena relación con los hermanos Salinas, dos gemelos de Calasparra, realmente majos. Lo malo que tienen es que, quizá al ser mellizos, forman una especie de unidad que no necesita de adheridos y en ocasiones en que ha salido con ellos ha terminado dándole la impresión de que estaba de más, a pesar de que siempre le tratan con afabilidad. Y hay otra cuestión: los gemelos son dos tipos bien plantados, y entre su porte y el gracejo de su habla murciana genera que algunas palmesanas se los rifen, lo cual para alguien que les acompañe y que ha de guardar la ausencia de su novia es tan peligroso como arrimar una yesca encendida a un barril de pólvora. Precisamente, en esta mañana otoñal, pues noviembre ya está mediado, en el quiosco donde almuerza la tropa de Capitanía, los Salinas están comentando que se han ligado a cuatro chavalas, todas ellas peninsulares que trabajan en varios hoteles de la ciudad, y que necesitan dos tíos que les acompañen el siguiente domingo para que todas las mozas tengan pareja. Le están insistiendo a Julio porque, al parecer, una de ellas es extremeña.
   -Nos dijo que era de Trujillo, ese pueblo es de tu tierra, ¿no? –pregunta Alberto que es el mayor de los gemelos.
   -Pues sí, es un importante pueblo de la provincia de Cáceres donde, por cierto, nació Francisco Pizarro, el hombre que conquistó el Imperio Inca.
  En tanto, en Malpartida Consuelo tiene que lidiar con el inesperado problema causado por la contumacia de Luis el vaquero. El chico dijo que no se rendiría sin presentar batalla y está cumpliendo su palabra. Todos los domingos, sin faltar uno, espera a la señora Soledad y a su hija a la puerta de la iglesia parroquial de San Juan Bautista, al término de misa de doce. Y se repite la misma escena: le pide permiso a la madre para acompañarlas hasta casa, la señora Soledad le invita a almorzar, el chico acepta y durante las comidas, a la que continúa asistiendo la tía María, se monta un coloquio a tres porque Consuelo sigue sin participar. Hasta ahí todo parece que vaya de acuerdo con los intereses maternos, pero al finalizar las comidas las cosas se tuercen. Consuelo pone todas las excusas que se le van ocurriendo para no acompañar al placentino a dar un paseo, a pesar de las persistentes peticiones de su madre que en ocasiones se pone al borde del mandato imperativo. Cuando se llega a una situación límite, sorprendentemente quien trata de calmar las exigencias del ama de casa es el joven vaquero.
   -Señora Soledad, por favor, no insista, se lo ruego. Si Consuelo dice que no se encuentra bien no es cuestión de forzarla, podría ponerse peor. A lo mejor, el próximo domingo está mejor y podemos dar ese paseo.
   Ante intervenciones así, Consuelo se encuentra atrapada entre la espada de las exigencias maternas y la pared de los apoyos que le proporciona Luis. Con lo cual, tratarle con malos modos se le hace cuesta arriba. Y una forma de agradecer el comportamiento del vaquero es cambiar la manera de tratarle cuando están fuera de la vigilancia materna. De ahí que, en los paseos que finalmente dan algunos días, la joven se preste de buena gana al diálogo con el placentino.
   -¿Sabes una cosa, Luis?, con la de veces que hemos comido juntos y todavía no sé cómo te apellidas.
   -Campos Simón. No son apellidos de alcurnia, pero estoy orgulloso de ellos. Tanto la familia de mi padre como la de mi madre fueron siempre gente honrada, trabajadora y seria. Por cierto, hablando de apellidos, ¿te has dado cuenta, Consuelo, que si tuviéramos hijos posiblemente alguna broma les gastarían con los suyos? Se apellidarían Campos Manzano.  
   -No somos na y tú ya estás hablando de hijos, desde luego lo que es imaginación no te falta.
   -No somos na porque tú no quieres…, pero eso puede cambiar.
   -Anda, Luis Campos, no lo estropees, con lo bien que íbamos.
   -Perdona, Consuelo, tienes toda la razón. Olvida lo que he dicho. Hablemos de otra cosa.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
30. La patrona de infantería