martes, 14 de abril de 2020

Libro I. Episodio 24. No me la merezco


   Consuelo, antes de proseguir con la carta de Julio, cierra los ojos y se imagina a su amado escribiéndola. Suspira y continúa la lectura.
   …Antes de contarte nada, déjame decirte que te quiero, tanto que cuando pienso en ti, que es a cada momento del día, me duele el corazón.

   Como todos los domingos, aquí me tienes en mi habitación de la calle Deanato escribiéndote, que es lo mejor que hago en toda la semana. Hoy tengo pocas cosas nuevas que contarte. En la oficina todo va como siempre: papeles, fichas mal archivadas y la manía del sargento de que hemos de mejorar la ortografía.

   Me olvidaba de algo que pasó el otro día verdaderamente gracioso. Ya te conté que el capitán Echevarría es bastante distraído. Viene esto a cuento de que hace unos días tenía firma con el Capitán General, el único momento en que se pone el uniforme, pues para mí que lo del ejército se la trae al fresco. Pasó por nuestro despacho a recoger el cartapacio de la firma y al salir me di cuenta, fui el único, de que se había puesto la guerrera, pero llevaba los pantalones de civil en lugar de los del uniforme. Le llamé: mi capitán. Y al volverse, le dije: los pantalones, mi capitán. ¿Crees que se aturulló o se enfadó? ¡Qué va! Sonrío y dijo: gracias, muchacho. Me llamó muchacho porque estoy seguro de que no sabe mi nombre ni el de los otros compañeros. Lo mejor es que Fernández me felicitó, es la primera vez que lo hace.

   Otra nueva es que anteayer me tropecé con Agustín, el que es de Montánchez y de quien ya te he hablado. Lo que son las cosas, un tipo que en su pueblo se dedicaba a guardar guarros, que es más bruto que un arado y que no sabe hacer ni la o, pues lo han hecho asistente de un capitán, viste de paisano y, salvo llevar los críos de su jefe al cole y recogerlos cuando salen, casi no tiene nada más que hacer. Lo más chusco es que se ha echado novia, una chica que está sirviendo y que es de un pueblo del interior de la isla. El otro día me la presentó, no parece mala persona, pero es peluda y entrada en carnes. Le ha dicho a Agustín que cuando termine la mili podría quedarse en la isla, que le encontrará trabajo en una de las fábricas de calzado que hay en su pueblo. Hasta le está enseñando algunas frases en mallorquín que, como te conté, es lo que hablan aquí y que no hay Dios que lo entienda. Según Beltrán es un dialecto parecido al valenciano y al catalán y que la mayor diferencia es que los mallorquines usan lo que llaman el artículo salado. Le pregunté la clase de artículo que era, pero entonces entró en el despacho el sargento y ahí se quedó la cosa. Cuando me entere de que va lo del artículo salado te lo contaré…
   Hasta ahí puede leer Consuelo. Ha oído abrirse el portón de la casa, señal de que su madre o alguno de sus hermanos han llegado. Guarda la carta en un escondrijo que tiene debajo de una baldosa de su habitación para que su madre no la encuentre. Cuando termine de leerla la esconderá en el doble fondo del arcón junto a las piezas del ajuar que, con tanto cariño como disimulo, está acumulando hasta el día que pueda sacarlas a la luz.
   Julio no se ha atrevido a contarle a su novia la tarde que pasó con Agustín y Roser, y la amiga de esta. Podría haberlo hecho porque todo fue muy inocente. Merendaron, charlaron, rieron, pero nada más. Sin embargo, prefirió no contarle nada porque piensa que podría darle celos. Sabe que Consuelo no es celosa, pero explicar las relaciones con el sexo opuesto es siempre complicado. Supone que si su novia le contara que estuvo con unos chicos del pueblo, aunque fueran amigos, tampoco le gustaría. Por tanto, lo mejor es punto en boca.
   Así como Consuelo suele recibir sus cartas los miércoles, el mañego no tiene día fijo para recibirlas pues su novia no lleva una vida tan reglada como la suya.
   -¡Carreño! –Los compañeros de Capitanía suelen llamarle por el apellido- carta, que debe ser de una titi a juzgar por lo bien que huele.
   El joven extremeño recoge el sobre que le tiende el cabo de la estafeta y, aunque se lo ha dicho en otras ocasiones, no puede contenerse y se lo suelta.
   -Tío, no es de una titi, es de mi novia; por tanto, un respeto.
   -Por mí como si fuera del obispo de Roma. Y para ti no soy un tío, soy un cabo. Conque atento al parche, recluta, si no quieres ganarte una imaginaria.
   No sabe el motivo, pero Julio intuye que le cae mal al de la estafeta. Posiblemente, es el único cabo segunda que hay en Capitanía que, como acaba de mostrar, le exige que le trate como tal, cuando también forma parte de la clase de tropa. Se encoge de hombros y guarda en uno de los bolsillos de la guerrera la carta de Consuelo. Prefiere leerla en soledad.
   -¿Xiquet de Sant Martí véns a esmorzar? –Es Beltrán quién le pregunta y a veces, como ahora, lo hace en valenciano.
   -Habla en cristiano, Vicente –reclama Julio.
   -Qué si vienes a almorzar.
   El almuerzo a media mañana se ha convertido en un rito cotidiano que los guripas de la Secretaría de Justicia cumplen religiosamente, pero solo pueden ir dos al mismo tiempo, el tercero ha de quedarse de guardia en la oficina. A Julio le encanta esa media hora larga que dedican al almuerzo por varias razones. Escaquearse de la monotonía de la oficina ya vale su peso en oro, relacionarse con otros compañeros e intercambiar noticias, también. Y hasta hay una tercera razón que no ha contado a Consuelo para que no piense que ha vuelto a los tiempos en que alijaba en la Raya, cuando  bebía, jugaba y se iba de putas. Se ha aficionado al palo de Mallorca, una bebida espirituosa muy popular en la isla. Con ella acompaña al chusco generalmente untado con un embutido de carne de cerdo que conocía como sobrasada, pero que en la isla llaman mallorquina porque al decir de los isleños se originó aquí, y que es muy sabrosa al estar condimentada con sal, pimentón y pimienta negra. Esta mañana la noticia estrella en el quiosco es que van a relevar al Capitán General, pues al parecer se marcha destinado a Madrid a presidir el Consejo Supremo de Justicia Militar. Cuando suben a la oficina, Julio pregunta a Vicente:
   -Oye, Beltrán, ¿tú crees que si viene un nuevo Capitán General nos puede afectar?
   -No seas capullo, Carreño, ¿por qué nos va a afectar?
   -Porque el nuevo general puede buscarse otro Secretario de Justicia y entonces el capitán Echevarría tendría que irse, Fernández a lo mejor también y nosotros, ¿qué sería de nosotros?
   -Carreño, ¿tú crees que el ejército es como un negocio privado que si cambia de dueño este puede cambiar a los empleados? A ver si te enteras de una puta vez, el capitán Echevarría es fijo en su destino, al igual que Fernández. Por muchos cambios que haya seguirán en sus puestos. Aquí, los únicos que de fijos nada somos nosotros, y si a los mandos les peta mandarnos a otro sitio para eso no es necesario que venga un nuevo general. ¿Enterado, recluta?
    Después de comer, y antes de ir a la tienda de Carbonero, Julio abre la carta de su novia.
                                                                                  -l-
   Malpartida de Plasencia, 31 de agosto de 1889.
   Cariño: espero que al recibo de la presente estés bien de salud, la mía, a Dios gracias, también es buena.
   Empuño la pluma para decirte lo mucho que te echo de menos. Solo me alivia el pensar que cada día que pasa es un día menos que queda para que volvamos a estar juntos.
   Me ha hecho mucha gracia la anécdota que cuentas de tu capitán y me alegro muchísimo que tu sargento te felicitara. Estar a bien con los sargentos, según me ha contado Argimiro, es una de las mejores cosas que te pueden pasar en la mili. Bueno, cuando dice mili lo adorna con la palabrota que tú sabes, pero que no pienso repetir. Por cierto, hablando del bocazas de Argimiro, una noticia que no recuerdo si te la había contado. Por fin, y después de cinco años largos de noviazgo, se van a casar. Ya podrás imaginarte como está Carolina, loca de contento. Está haciéndose el ajuar y le he prometido que le voy a regalar una mantelería bordada de seis cubiertos, porque a ella no le llegaba el presupuesto. Cuando se lo dije, se emocionó mucho y hasta se la cayeron unas lágrimas.
   De lo que me cuentas de Agustín, el de Montánchez, me alegro por él si es tan buena gente como dices. El que sea analfabeto no quita para que pueda ser una buena persona y eso vale más que todas las letras que le faltan. Me extraña más lo de su novia mallorquina, pues tú me habías contado que las chicas de ahí son bastante ariscas y que no se relacionan con los soldados. Claro que si le lleva la merienda la mitad de los días se entiende, ya sabes lo que se dice: de estómagos llenos nacen amores eternos.
   Aparte de lo de la boda de Carolina, pocas novedades hay que pueda contarte. Este año las cosechas han sido malas porque en abril llovió poco y en mayo lo hizo cuando no debiera y ya conoces el refrán: nos ha …. Mayo, por no llover a tiempo. Menos mal que la paridera ha ido bien. Tenemos una piara de guarros que van a valer sus buenos duros cuando los vendamos en la feria de julio.
   Siempre que te escribo me pasa lo mismo, que no sé si contarte cosas de mi madre o no. Y no lo sé porque, como podrás imaginar, nunca son buenas noticias. Pero creo que debo contártelo todo, aunque no sean unas nuevas maravillosas. Sigue emperrada en buscarme un novio con cuartos, pero me da la impresión que cada vez con menos empeño. Diría que se está cansando de que pretendiente que me busca, pretendiente que sale escaldado. Como eso ya lo sabe todo el pueblo, cada vez le debe resultar más difícil encontrar mozos que se avengan a sufrir mis desplantes. Y en el fondo me da hasta cierta pena que no pueda comprender que para mí solo hay un hombre, y ese eres tú. Se lo tengo dicho por activa y por pasiva, pero que si quieres arroz, Catalina, es muy dura de mollera, aunque al final podré con ella. Lo que supongo que quiere decir que mi mollera es más dura que la suya. Vale.
   Julio hace un inciso en la lectura y piensa: cuánto me quiere Consuelo, no me la merezco. Luego, sigue leyendo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
25. Me da más miedo que un nublao

lunes, 13 de abril de 2020

*** Post info. 7. Antes y después de...


   Esta mañana, tras desayunar y ojear por encima la prensa on line que solo trae un monotema, he estado recorriendo los veinte pasos mal contados de mi apartamento de octogenario durante unos cuarenta y cinco minutos. El paseo, ejercicio que me obligo a realizar diariamente, resulta tan aburrido y monótono que se me hace interminable si no lo alivio pensando en lo que sea. Lo más habitual es que vaya construyendo diálogos de la novela que estoy escribiendo, Los Carreño. Pero hoy se ve que tenía la imaginación en huelga de ideas caídas y he estado cavilando en lo que nos está sucediendo: el maldito coronavirus.
   Y pensando en el jodido bichito se me ha ocurrido que a partir de ahora entre las muchas cosas que van a cambiar, que están cambiando ya, una van a ser ciertas abreviaturas. Me refiero a a.C. y d.C. que, como todo el mundo sabe, significan antes de Cristo y después de Cristo, abreviaturas utilizadas para fechar los años y siglos anteriores a la era cristiana, que convencionalmente empieza con el nacimiento de Jesucristo. O después del mismo.
   Pues bien, estoy convencido que desde ahora a.c. significará antes del coronavirus y d.c. después del coronavirus. Porque esta pandemia ha supuesto tamaño revulsivo, un cambio tan gigantesco y trágico que será un hito, una referencia para datar sucesos y vidas. Mis nietos, unos críos, están sufriendo una experiencia en buena medida traumática, pese a que por ahora (y toquemos madera) ninguno de sus seres más próximos se ha contagiado. Sin embargo la cuarentena, que puede convertirse en cincuentena, y aunque ellos no lo imaginan, cambiará la sociedad en la que van a vivir. ¿De qué manera?, no se me alcanza, pero apuesto doble contra sencillo que no será la misma que a.c.
   Como no lo veré, les ruego que me lo cuenten cuando puedan. Gracias.

domingo, 12 de abril de 2020

*** Post info 6. Guía para seguir “Los Carreño”


   Tras haber colgado en el blog 23 episodios de mi novela Los Carreño he creído que era el momento oportuno para incluir la Guía para poder seguir mejor la novela, tal y como hice en las anteriores obras que están compiladas en el blog.
   La Guía no es más que un índice, en orden alfabético, en el que se recogen los principales personajes, localidades, entes accidentes geográficos y expresiones coloquiales que van apareciendo en la novela y que se irán completando en la medida que vayan surgiendo nuevos protagonistas, poblaciones y entidades.
   Considero que la Guía es una herramienta imprescindible en una novela por episodios, en la que el lector fácilmente puede olvidarse de un nombre, de un topónimo, de una entidad o de lo que significa este o aquel gentilicio o determinada expresión coloquial.
   En el blog, la Guía está ubicada en el lateral derecho, debajo de la columna cuyo epígrafe es Páginas y en la que se encuentran las Guías de las anteriores novelas publicadas en el blog.
   Cuando el lector pinche en la Guía para seguir “Los Carreño” se abre una página que contiene el índice que describía en el segundo párrafo de este post. Y como decía en el mismo, a medida que vayan apareciendo nuevos personajes, otras poblaciones y entidades los iré insertando en la Guía. Vale.

viernes, 10 de abril de 2020

Libro I. Episodio 23. El ajuar


   Agustín prosigue contando a Julio como ha llegado a ser asistente del capitán Massanet.
   -… y cuando le expliqué a la Roser que pa asistente escogían a los que supieran de letras y no a un tipo que no sabe ni como se coge la pluma, me dijo que lo dejara de su cuenta. ¡Y lo qué es el poderío de algunas hembras! Unos días después me llamaron a la Plana Mayor y me dijeron que debía de presentarme al capitán don Jorge Massanet, el mismo que mandaba nuestra compañía en el campamento. El capitán me echó un vistazo por encima y sin más me comunicó que iba a ser su asistente. Me dio un papel con las señas de su casa y me dijo que me fuera pa allá, que su señora ya me diría lo que tenía que hacer.
   -¿Y aceptaste?
   -No digas chuminás, prenda. ¿Cómo iba a negarse a un chollo asina un tipo cómo yo? Le pedí a un conocio que me leyera la dirección y pa allá que me fui. La señora capitana, amable pero mu mandona, me explicó que tenía que estar en la casa a las ocho y media de la mañana pa llevar los críos al colegio, y que al volver la acompañaría al mercao a hacer la compra. Que luego ya iría viendo los mandaos que me encargaría. Ah, y que tenía que vestir de paisano e ir siempre aseao. Y aquí me tienes, echo to un señorito. Y se lo debo a sa meua al.lota que, encima de buscarme un enchufe que es la rehostia, muchas tardes me trae merienda. Total, que no m´a quedao otra que pedirle relaciones y, ¡pásmate gurriato! me ha dicho que por ella bien.
   Julio no deja de asombrarse de cuanto le está contando su paisano, y lo del noviazgo es la guinda de la historia, pero de pronto recuerda algo que le contó Agustín en sus viajes.
   -¿Pero tú no me contaste que tenías una media novia en tu pueblo?
   -Esa pregunta es una chuminá, paece mentira que la hagas tú. Piensa que la Felisa está allí y la Roser aquí, ¿qué iba a hacer sí no?
   Aplastante lógica, se dice Julio y, cuando va a seguir preguntando, Agustín le dice en un susurro:
   -Cuidao con lo que le cuentas a la Roser que me juego el enchufe y las meriendas. Por ahí vienen.
   -No me has dicho que Roser venía acompañada, ¿quién es la otra?
   No hay respuesta porque las dos mozas ya están a su altura. Una, que lleva una cesta, es bajita y regordeta, pero bastante agraciada de cara y muestra una media sonrisa. La otra, de mediana talla y delgada, tiene un rostro atractivo aunque con un rictus agrio. Agustín se ha adelantado y ha plantado sendos besos en las mejillas de la bajita. A la otra se limita a saludarla.
   -Roser, Dolors, os presento a Julio Carreño, paisano y, sobre to, un buen amigo. Vinimos juntos desde nuestra tierra. Ahora está de escribiente en Capitanía General porque ahí donde le veis es contable, y sabe más que el que inventó la gaseosa de bolita.
   Las muchachas, de no más de diecinueve años al cálculo de Julio, tienden tímidamente la mano que el mañego estrecha educadamente al tiempo que las piropea.
   -Me había dicho Agustín que hoy conocería a las dos muchachas más guapas de Palma, pero veo que se ha quedado corto. Encantado de conoceros.
   La respuesta de la regordeta es una risilla nerviosa. La delgada sí contesta.
   -¡Vaya pico de oro que tiene tu amigo! –y dirigiéndose a Julio le espeta-. Eso se lo dirás a todas, ¿veritat, recluta?
   ¡La jodimos!, se dice Julio, a esta le he caído mal. Afortunadamente, a lo largo de la tarde el ambiente se distiende y la merienda que ha traído la Roser contribuye a que la relación se haga más cordial. Las jóvenes hasta tratan de enseñarle a Julio algunas frases en mallorquín que es su lengua materna, quizá por eso sueltan cada patada al diccionario de la RAE que tiembla el misterio. Cuando Julio, al igual que hace todas las noches antes de dormirse, piensa en Consuelo se pregunta: ¿debería contarle lo de la merienda de hoy?, ¿le gustará que haya estado con otras chicas aunque solo he ido porque son amigas de Agustín? Se queda dormido antes de encontrar respuesta.
   En Malpartida, como suele hacer todos los jueves, Consuelo se pasa por casa de su amiga Carolina para recoger la carta semanal de Julio. Hay veces, sobre todo cuando hace mala mar, que la carta se retrasa y llega el viernes e incluso el sábado. La promesa que se hicieron los novios de escribirse todos los días no han podido mantenerla. Al final, la correspondencia se ha ceñido a una o, en el mejor de los casos, dos cartas por semana. El mañego ya le explicó que, a causa de sus obligaciones militares y del trabajo en la bisutería, le resulta imposible escribirle diariamente. Intentó hacerlo en la oficina, donde el trabajo nunca agobia, pero un día le pilló el sargento y se ganó un broncazo de tres pares de narices. Desde entonces no ha vuelto a intentarlo. En cuanto a Consuelo, su madre la tiene cada vez más ocupada, pues en los últimos tiempos se ha empeñado en que debe aprender a dirigir los trabajos de la peonada, de las fincas y los ganados. Además, como sabe mucho más de números que ella, la ha encargado llevar la administración de compras y ventas de ganado, semillas, aperos y cosechas. En cuanto Carolina la oye entrar ya tiene el sobre en la mano.
   -Tu cartita de toas las semanas. No podrás quejarte, tienes un novio que es como el reloj del ayuntamiento, da las horas cuando toca.
   -Gracias, Carol. Estas cartas son las que me ayudan a soportar a mi madre.
   -¿Sigue empeñá en…? -Carolina no termina la frase, es consciente de que su amiga sabe bien lo que iba a preguntar.
   -Sí, hija. Es terca como una mula, pero apañá va. Si cree que insistiendo va a conseguir que cambie de sentimientos no sabe con quién se juega los cuartos.
   -¿Quién ha sio el último? –Cualquiera diría que las jóvenes hablan mediante un código cifrado, pero no, se están refiriendo a los pertinaces intentos de la señora Soledad de buscarle a su hija un novio que pertenezca a una familia de posibles de las que en el pueblo hay varias. Por lo que cuando el pretendiente de turno se cansa de los desaires de Consuelo, al poco tiempo la señora Soledad lo reemplaza por otro.
   -No te lo vas a creer. El mayor de los Berruguetes.
   -¿El que es un poco tartaja y bisojo?  
   -El mismo.
   Carolina no puede contenerse y suelta una carcajada de la que al instante se arrepiente.
   -Perdona, Consuelín, pero no he podio aguantarme.
   -Estás perdoná, Carol. Y te entiendo porque el mozo es como para asustar al miedo.
   -Si te busca pretendientes asina es porque ya debe haber agotao los mozos con buena facha.
   -Con buena facha y con buenos cuartos, no lo olvides.
   -No sé si debía contártelo…, pero lo voy a hacer. Por el pueblo corre, no sé si es cierto o un bulo, la especie de que en el casino se hacen apuestas sobre quien va a ganar vuestra pelea, si tu madre o tú.
   -¿Y por quién se decantan las apuestas?
   -Paece que vais empatás.
   -Hablando de cosas serías, ¿cómo va el ajuar?
   Carolina, que va a casarse con Argimiro, su novio de siempre, está preparando la suma de enseres y ropa que, como es costumbre, la mujer aporta al matrimonio. La futura esposa cuenta a su amiga que está ahorrando para que le borden sus iniciales en las sábanas que va a llevar al matrimonio como parte del ajuar.
   -Aunque Argimiro no para de repetirme que no me gaste las perras en bobás que sirven pa bien poco. Pero, ¿qué quieres que te diga?, a mí me hace una jartá de ilusión.
   -No hagas caso a Argimiro, Carol. Los hombres no entienden que a nosotras esas cosas nos hagan tanta ilusión. Borda tus sábanas y, si puedes, también la mantelería.
   -¡Huy, la mantelería!, a eso no llego.
   -Llegarás porque tu amiga Consuelo te la regalará. Una baratita de seis cubiertos, pero tendrás mantelería. Y lo único que siento es que mis ahorros no lleguen pa más.
   A Carolina se le caen unos lagrimones gordos como cañamones y se abraza emocionada a su amiga. Cuando Consuelo se va, Carolina se queda pensando en lo de la mantelería que le va a regalar su amiga con sus ahorros. ¿Qué ahorros?, se pregunta, si Consuelo no trabaja pa naide sino en su casa. ¿Cómo se las arregla pa ahorrar? y, avispada que es, sospecha que solo puede sacar dinero de una manera: sisándole a su madre. Bueno, se dice, y a mí que me importa, que lo saque de dónde quiera, lo que vale es que voy a tener mantelería y así completo el ajuar.
   No sabe Carolina que sus sospechas son ciertas. Hace tiempo que Consuelo tomó la resolución de sisarle a su madre. No siente por ello ninguna clase de reparo moral. Desde que falleció su padre, la señora Soledad la utiliza como la criada de la casa y en los últimos tiempos como la administradora de la economía familiar. Todo ello sin estipendio ni gratificación alguna. Además la joven teme que, conociendo a su madre, el ajuar que lleve al matrimonio será tan escaso y pobretón como si fuera hija de un bracero y no de una familia acomodada como la suya. Por lo que desde hace un tiempo, y aprovechándose de los escasos conocimientos contables de su señora madre, cada vez que realiza una venta de grano o de ganado se queda con un pequeño porcentaje lo suficientemente corto como para que Soledad no se haya dado cuenta. El dinero que obtiene se lo gasta en comprar piezas para su ajuar, y hasta tiene encargado a unas monjas de Plasencia que le borden parte del equipo con las iniciales CM, las que responden al apellido de Julio y el suyo. El mayor problema que ha tenido ha sido donde guardar tantas prendas, pero ha encontrado en la buhardilla un viejo arcón en el que se almacena ropa vieja y que nadie toca. Encargó a un carpintero de un pueblo vecino, Toril, que fabricara un doble fondo y en el mismo guarda amorosamente su ajuar. El que un día, todavía lejano, piensa compartir con el hombre de su vida.
   En cuanto Consuelo llega a casa, se encierra en su habitación y abre la carta de Julio.
                                                                                 -l-
   Palma de Mallorca, 24 de agosto de 1889.
   Mi amor: al recibo de la presente espero que estés bien de salud, la mía, a.D.g., también es buena.
   Antes de contarte nada,…

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
24. No me la merezco