viernes, 17 de enero de 2020

Libro I. Episodio 7. Una suegra de armas tomar


   El arrobamiento en que están sumidos los novios lo rompe Carolina que se ha acercado.
   -Chachos, ¿sabéis la hora qué es? Si llego más tarde mi padre me va a crujir. Nos tenemos que ir, ya tendréis tiempo pa seguir pelando la pava.
   Consuelo se libra de las manos del joven de un tirón. Se ha ruborizado como si la hubiesen pillado haciendo algo indebido, pero sus ojos siguen brillando. Él se separa un poco, no se ha puesto colorado pero hace rato que está muy tenso. Trata desesperadamente de que la joven no se dé cuenta del bulto que se le marca en la entrepierna.
   Al día siguiente, Julio comienza su rutina de estudiante. Por las mañanas, a primera horita, coge la bicicleta y se traslada a Plasencia. Allí recibe las enseñanzas del profesor Hernández sobre contabilidad, administración, tesorería, caja y demás conocimientos que se encargan de cuantificar, medir y analizar la realidad económica de una empresa. Cuando termina las clases teóricas, come en una taberna cercana y después vuelve donde el señor Hernández y le ayuda a llevar alguna de las contabilidades de las que se encarga el profesor, con lo que cubre la parte práctica de las enseñanzas. A media tarde, regresa a Malpartida, estudia un rato y luego se asea para ir al diario encuentro con su novia.
   Tras el regreso del quinto, los primeros días de los enamorados fueron complicados. En cuanto la madre de Consuelo se enteró de que el mañego había vuelto, y de que se veían diariamente, montó en cólera.
   -Te prohíbo que vuelvas a verle.
   -No puede prohibírmelo, pienso salir con quien quiera. Y lo que debería hacer es no ir poniéndome en el mercao del matrimonio como si fuera una mercancía. ¡Qué diría padre si levantara la cabeza!
   La señora Soledad se puso furiosa y llegó a encerrarla en su cuarto, con el resultado de que cuando regresó de los campos se encontró con que la casa era un batiburrillo de tareas sin hacer, pues quien las llevaba a cabo era Consuelo. Al siguiente día, la dejó libre para que pudiera realizar las faenas domésticas, pero cerró la puerta principal y dejó la llave a su hijo Andrés. A la joven le sobraron cinco minutos para convencer a su hermano de que le abriera. Visto que los encierros no eran la solución, la amenazó con internarla en uno de los conventos de clausura de Plasencia.
   -¿Y quién va a llevar la casa, Luisa con trece años?, y también está Julia, que con siete años ya puede ayudar. ¿O le va a poner un delantal a Andrés para que haga de criada? Que eso es lo que soy aquí, la criada de la casa. Si padre resucitara y viera lo que está pasando le iba a moler las costillas a palos.
   -Eres una descará, esa no es manera de hablar a tu madre. Y mientras vivas en esta casa harás lo que yo te mande y si no… –exige la madre al par que hace ademán de darle un bofetón.
    -Le juro que si me pone la mano encima me marcho de casa. Y lo de hacer lo que mande, bien, siempre que no se meta en mis sentimientos.
   -¿Y adónde vas a ir, desgraciá? ¿A hacer de pelandusca en alguna casa de mala fama?
   -Sin ir más lejos, la señora de don Cristóbal, el boticario, está buscando una muchacha pa servir. Me cogería enseguida, sé muy bien cómo se lleva una casa.
   -Eres imposible, muchacha. Toda la culpa la tie tu padre que siempre te lo consintió to. Si hasta quiso que estudiaras. ¿Cuándo se vio que una chica de buena familia como la nuestra tuviera que estudiar? Eso queda pa las muertas de hambre –La forma de hablar de la madre tiene poco que ver con la de la hija, mucho más formada que su progenitora.
   Tras muchas peleas, la situación quedó en tablas porque María, la hermana mayor de Soledad, le aconsejó que tuviera paciencia.
   -Tu hija es igual de peleona que tú, sois las dos de armas tomar. A las malas no conseguirás na. Y no sigas con las riñas porque eres la comidilla del pueblo. Lo que has de hacer es tener mano izquierda y darle largas. ¿Qué el chico le pasea la calle, y qué? Mientras no pase de ahí no va a pasar na.
   -Pero es que no la soporto, en cuanto digo lo más mínimo del mozo se pone echa una fiera, no veas el genio que se gasta la mocosa.
   -Sole, ¿es qué no te acuerdas de cuándo tenías su misma edad?, ¿es qué no te acuerdas de las agarrás que tenías con padre porque no le parecía bien que Álvaro, que en gloria esté, te cortejara? Pues lo mismo hace tu hija.
   -Pero como siga consintiendo que ese muerto de hambre la corteje terminará manchando su reputación y no voy a poder encontrarle un buen partido pa casarla como Dios manda –protesta Soledad.
   -No seas alma de cántaro, hermana. Con la de fanegas y ganaos que tenéis le sobrarán novios a tu chica. Lo que has de hacer es tener paciencia un par de meses y capear lo mejor que puedas la situación, que luego el calendario lo arreglará to.
   -Eso del calendario no lo he entendio, María.
   -Sí, hermana, el tiempo te solucionará el problema. En un par de meses, el chico se va a la mili, creo que a Mallorca que, por lo que sé, está mucho más lejos que Madrid. Y la mili dura tres, cuatro o cinco años, y eso si no hay otra guerra con los dichosos moros. ¿Tú crees que van a aguantar tanto tiempo sin verse ni hablarse? Sería un milagro -María termina convenciéndola y Soledad resuelve tener paciencia con su primogénita.
   Los dos enamorados ya han tenido tiempo de contarse todo cuanto necesitaban saber. Él le ha relatado las conversaciones con su madre y los consejos que le dio. Y lo más importante: que su madre está encantada de que haya sentado la cabeza y que si de verdad está tan enamorado, que adelante, que siga con su amada y que les desea que sean muy felices.
   -¿Sabes que te digo, amor mío?, que la mala fama que tienen las suegras no cuenta pa tu madre, aún sin conocerla ya le tengo cariño. Creo que nos vamos a llevar de maravilla.
   -Me gustaría poder decir lo mismo de la tuya –refunfuña Julio.
   -No te disgustes, chacho, terminaréis llevándoos bien.
   -A veces pienso que si tu madre me tiene enfilado es por la sencilla razón de que no me conoce. Nunca hemos hablado más allá de buenos días o buenas tardes. Creo que si me diera la oportunidad de tener con ella una larga charla muchos malentendidos desaparecerían. ¿Crees que sería posible hablar con ella?
   -La verdad es que nunca me lo he planteado, pero… ¿qué podemos perder?
   Y Consuelo, con la resolución que la caracteriza, en cuanto aquella noche vuelve a casa espera un momento propicio para hablar con su madre. La oportunidad llega cuando, después de la cena, le pasa cuentas del gasto semanal que ha hecho en la tienda de la tía Agustina, que es donde se aprovisionan de todo lo necesario para el buen funcionamiento de la casa.
   -Madre, quisiera pedirle algo…
   -Dime.
   -Julio quiere venir a hablar con usted…
   La señora Soledad ni la deja seguir.
   -A ese muerto de hambre que ni se le ocurra pisar esta casa. Como le vea cruzar la puerta le suelto los perros. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
   -Madre, Julio no quiere pedirle nada, solo intenta que le conozca, que sepa cómo es y qué pretende.
   -Ya sé lo que pretende. Lo que quiere ese bribón es hacerte una barriga pa así poder casarse contigo con la excusa de que lo que venga debe tener un padre y unos apellios.
   -No diga burradas, madre. Julio me quiere y me respeta. Sepa que no me ha tocado ni un pelo de la ropa. Yo no se lo consentiría y, aunque lo hiciera, me quiere lo suficiente pa aceptar que debo llegar a mi boda como la Virgen María.
   -Ni una palabra más, no quiero saber na de ese chisgarabís.
   Allí se acaba el diálogo puesto que la señora Soledad no quiere saber más…, aunque se queda con el gusanillo de si habrá hecho lo mejor para sus planes. Ante la duda, y como hace siempre, lo consulta con su hermana María.
   -No puedes cerrarte en banda, Sole. Te lo he dicho cien veces. Cuanto más te obstines en impedir esa relación más se va a emperrar tu chica en mantenerla. Eso, si no llegas un día a casa y te encuentras que tu Consuelín se ha largao.
   -¡No será capaz!
   -Tu hija es capaz de to, parece mentira que la conozcas tan mal. Has de ser más pilla. ¿Qué vas a perder en que el mozo te hable?, na. Tú haces como que le escuchas y después aquí paz y allá gloria. Deja que la chica crea que te has ablandao y recuerda que al mañego le quedan dos meses de estar en el pueblo, luego Dios dirá.
   La señora Soledad, tras pensarlo mucho, resuelve hacer caso a su hermana y le dice a su hija que al día siguiente, después de cenar, puede venir Julio a hablar con ella, pero solo un ratito pues se acuesta pronto. Consuelo sale de casa con la excusa de que debe comprar algo y va en busca de su novio para contarle la decisión de su madre.
   -… y dice madre que te espera mañana por la noche después de cenar para hablar contigo.
   -Sabía que al final la convencerías, ¡lo que tú no consigas!
   -Sospecho que el que haya cambiado de parecer no ha salido de ella. Ha debido ser cosa de mi tía María que es a quien le consulta los asuntos que la superan. Madre en el fondo es buena persona, pero más cerril que un potro sin domar. En cambio, la tía es más astuta que una raposa.
   -¡Qué más da! Lo importante es que podré contarle lo que siento por ti, mis sentimientos, que voy por derecho y que mis intenciones son honradas y cabales.
   -Cómo conozco a madre, creo que lo mejor será que, antes de que te sueltes a hablarle de tus sentimientos, le des carrete y la dejes hablar a ella. Así podrás encaminar mejor tus palabras. Y, ¡por amor de Dios!, no pierdas los estribos diga lo que te diga. Traga carros y carretas, pero aguanta el tipo y no pierdas los nervios porque si no podemos hacer un pan como unas tortas. Ah, y trátala de señora, le chifla.   
   A partir de ahí, el mañego no hace más que pensar en una estrategia para enfrentarse a la mujer que algún día puede ser su suegra, pero que hoy es solo la madre de la mujer de la que está enamorado. Por ambas razones no le queda otra que llevarse bien con ella. Aunque no puede evitar preguntarse:
   -¿Seré capaz de lidiar con la suegra de armas tomar que me ha tocado?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 8. Y me dejó con la palabra en la boca


viernes, 10 de enero de 2020

Libro I. Episodio 6. ¿Y si lo encuentra y a ella le gusta?


   El joven quinto, una vez compuesto, sale en busca de Carolina, la amiga que lleva y trae mensajitos entre la pareja. La joven al verle muestra un cierto desconcierto. Julio, que está un pelín nervioso, todavía se intranquiliza más al ver la actitud de Carolina.
   -Carol, ¿pasa algo?, ¿es referido a Consuelo? –pregunta, receloso, el joven.
   -¡Anda, ya!, ¿qué va a pasar?, ¿por qué lo dices?
   -Porque me da la impresión de que estás una mijina de los nervios.
   Cuanto más se empeña el quinto en preguntar, más reservas tiene la joven que, ante la insistencia de Julio, al final explota.
   -Mira, chacho, te lo voy a contar, pero me has de jurar por la Virgen de la Luz que no le dirás a Consuelo ni papa de lo que te diga.
   Carolina le cuenta lo que se chismorrea por el pueblo. Al parecer, la madre de Consuelo no ve con buenos ojos que su hija mayor ande viéndose sin su consentimiento con un mañego que no tiene oficio ni beneficio. Es hijo de una maestra de primeras letras, y es sabido lo que se dice de esa profesión: pasas más hambre que un maestro de escuela. Según cuentan las chismosas, la chica de los Manzano cuanto más se opone su madre a su relación con el mañego más se emperra en seguir viéndole, y no atiende los requerimientos maternos que quiere para ella un novio de una familia con fanegas y muchos duros. Al haber estado Julio ausente del pueblo, el rumor se ha afianzado y las vecindonas comentan que la señora Soledad se ha salido con la suya, y que la rotura entre la pareja es un hecho. Julio acusa las malas nuevas, pero se rehace y piensa que por ahora solo son rumores. Conoce bien lo dada que es la gente de los pueblos pequeños a inventarse toda clase de bulos.
   -Eso es lo que se cuenta en los mentideros, pero lo que importa es lo que sienta y diga Consuelo. ¿Has hablado hace poco con ella?
   -Antiayer, que nos encontramos en la fuente de la Plaza Nueva.
   -¿Y te dijo algo del rumor?
   -Ni papa. Le pregunté por ti y me dijo que te esperaba un día de estos.
   El joven resopla, si Consuelo le esperaba, lo que cuentan las chafarderas no es más que un bulo como un campanario. Carolina le tranquiliza al asegurarle que no debe preocuparse, que se va a pasar por casa de los Manzano a decirle a Consuelo que ha llegado, y que al atardecer saldrán a pasear. Por mucho que Carolina ha intentado quitarle hierro al rumor, lo que le ha contado ha dejado a Julio hecho un mar de temores. Que la madre de Consuelo le esté buscando novio que sea de una familia adinerada puede ser un bulo, pero también puede ser cierto. El joven ha tratado de consolarse pensando en el dicho popular que suele escucharse en San Martín: no creas nada de lo que oigas, ni la mitad de lo que veas. Ello no es suficiente para que se le calmen los nervios.
   Llegado el atardecer, parece que el tiempo se ha estancado y por mucho que Julio mire y remire el reloj de bolsillo las manecillas giran con lentitud desesperante, la lengua se le pega al paladar y tiene la boca seca como después de una noche de farra. En un momento de lucidez se da cuenta de algo: que ha dejado de pensar en la mala fortuna del sorteo. La idea de tener que viajar a Palma de Mallorca no se le ha vuelto a pasar por la cabeza.
   -Bueno –musita-, vaya una cosa por la otra. Razón tiene madre cuando dice que un mal mayor te hace olvidar otro menor -Su ensimismamiento se trunca cuando alguien vocea su nombre.
   -¡Julio, chacho!, ¿qué haces ahí parao como un farol? –Es uno de sus conocidos del pueblo.
   -Puedes figurarte, Fernando, esperando a la moza.
   -Espabila y ándate con cuidao que te la pueden madrugar –le previene el mozo que ni siquiera se ha detenido.
   Lo que le faltaba para acrecentar sus sospechas y desasosiego. Todos sus temores y angustias desaparecen como por encanto cuando ve aparecer por un extremo de la Travesía Real, en dirección a la Plaza Mayor, a un trío de mozuelas y, ¡bendita sea la Virgen de Guadalupe!, una de ellas es el amor de su vida. El corazón comienza a latirle con tan tanto brío que parece que de un momento a otro se le va a salir por la boca. No sabe si esperar a que las jóvenes lleguen a su altura o adelantarse a su encuentro, al fin eso es lo que hace. La cara con que le recibe Consuelo borra de sopetón todas sus dudas y temores. No, su moza no ha cambiado, esos ojos son incapaces de mentir, esa mirada es la de una mujer enamorada, esa sonrisa es la de una mujer feliz al reencontrarse con su amado. Su madre podrá buscarle todos los novios ricos que quiera, pero el corazón de Consuelo late al unísono del suyo. Al producirse el encuentro ninguno de los enamorados dice nada, solo son capaces de mirarse como si fueran años que no se hubiesen visto, cuando han sido días. El silencio se contagia a las dos jóvenes que acompañan a Consuelo, que a duras penas pueden aguantar una risilla nerviosa. Ese silencio repentino, en el que todo el grupo se ha callado a la vez, lo quiebra Carolina que para romper el hielo exclama:
   -¡Chachos, parece que ha pasao un ángel!
   La tópica frase sirve para que todos estallen en alegres risas. Julio ha de contenerse para no tocar a su enamorada. En el pueblo lo de besarse en público, aunque sea en las mejillas, no está bien visto, ni siquiera entre los parientes y mucho menos entre novios. Y lo de estrecharse las manos tampoco es una práctica muy usual. Por eso, el quinto se conforma con mirarla como si la viera por primera vez. Consuelo tiene un rostro agradable, ojos tirando a marrones, nariz algo roma y labios gordezuelos. Es de mediana talla, el resto de su figura es imposible adivinarla pues lleva un abrigo que oculta sus formas.  
   -Chacho, vaya chambergo que gastas –dice Carolina, en su afán porque la situación se normalice, señalando la cazadora de pana con que se abriga el quinto.
   -Lo acabo de estrenar, lo compré ayer mismo en una tienda de Plasencia –explica el joven.
   -¿Y no has esperao al domingo de Ramos pa estrenarlo? –pregunta con ingenuidad la otra amiga llamada Maritina, aludiendo al adagio popular: el domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos.
   -Es que para mí hoy es el domingo de Ramos, el de Pascua y el día de Navidad todo junto –improvisa Julio sin apartar la mirada de su enamorada que al oír esas palabras se pone colorada como un tomate, aunque la respuesta no vaya con ella.
   -Como se nota los que tenéis letras, sois más redichos que los comediantes que vienen pa la feria de julio –apunta Maritina.
   -Bueno, ya está bien de cháchara, si seguimos parados y con la rasca que hace nos vamos a congelar –dice Consuelo que está deseando poder hablar a solas con su novio. Tiene mucho que contarle y preguntarle.
   -Y a todo esto, ¿dónde te tocó en el sorteo? –pregunta Maritina.
   -Le tocó en Mallorca –indica Consuelo antes de que Julio pueda decir nada.     
   ¿Cómo se habrá enterado?, se pregunta el joven, admirado de que su enamorada sepa su destino cuando él ni siquiera le ha escrito contándoselo. El hecho le confirma aún más que la joven sigue teniendo los mismos sentimientos que antes, lo que definitivamente le pone de buen humor.
   -Como ha dicho Consuelo –En el pueblo la llaman Consuelin por aquello del habla extremeña de terminar los diminutivos en in, ino, ina, pero el joven quinto la ha llamado Consuelo desde el primer día que la conoció-, me ha tocado el destino más alejado de aquí, pero no hay mal que por bien no venga, me han dado las señas de un profesor de allí que me podrá enseñar lo que me falta por aprender de contabilidad.
   -¿Estás estudiando pa saber llevar cuentas?, ¡qué bien!, así podrás encontrar un buen empleo –se alegra Carolina.
   -Lo tengo todo planeado –alardea el quinto-. Si en el ejército consigo un buen destino que me deje tiempo libre, seguiré estudiando contabilidad con un amigo del profesor Hernández, que es el que me da clases en Plasencia. Y así, cuando vuelva de la mili podré encontrar un empleo llevando las cuentas de algún comercio o de una empresa y, a lo mejor, hasta puedo colocarme en un banco.
   -¡Huy, un banco!, esa sí que sería buena. Trabajar en un banco es como si lo hicieras pa el gobierno –asegura Maritina.
   Como han estado andando al tiempo que hablaban, llegan a la calle de Nuestra Señora de la Luz donde las últimas casas del pueblo. Allí, las amigas se apartan un poco de los novios para darles la oportunidad de que puedan hablar de sus cosas a solas. Para eso están las amigas, para cubrir a la pareja, pues no sería decoroso que pasearan sin compañía. Los enamorados se quedan solos, pero lo único que hacen es seguir mirándose como si nunca se hubiesen visto. Los ojos de la muchacha brillan ilusionados y su cuerpo, tenso hasta ahora, se va relajando. El chico la mira entre absorto y maravillado. Consuelo se libra de la prisión de las manos del joven quien, creyendo que ha apretado demasiado, se apresura a disculparse.
   -Lo siento, amor mío, a veces no mido mi fuerza.
    La muchacha no contesta, se limita a mirarlo con más intensidad si cabe y esboza una media sonrisa. Hasta ahora ha tenido los guantes de lana puestos ya que el relente se deja sentir. Lentamente comienza a quitárselos. Cuando sus manos quedan libres coge las manos del chico y entrelaza sus dedos con los de él oprimiéndolos. El roce con la piel de la muchacha le produce al mozo un estremecimiento que recorre todas sus terminales nerviosas como si fuera un calambrazo eléctrico. Es todo el contacto físico que se permiten, enlazar sus manos. Él quisiera más, mucho más, pero no se atreve a pedirlo ni siquiera a insinuarlo, por nada del mundo pondría en peligro romper lo que existe entre ambos. A ella su cuerpo también le pide más, pero la han educado para mantenerse intacta hasta que algún afortunado la lleve al altar y es consecuente con ello. Tienen mucho que contarse y preguntarse, pero todo ha pasado a ser irrelevante, sin importancia ni urgencia. Lo único que vale es reafirmar su amor, aunque Julio, al pensar en las intentonas de la madre de Consuelo de buscarle un novio rico, se pregunta temeroso:
   -¿Y si lo encuentra y a ella le gusta?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 7. Una suegra de armas tomar