viernes, 10 de enero de 2020

Libro I. Episodio 6. ¿Y si lo encuentra y a ella le gusta?


   El joven quinto, una vez compuesto, sale en busca de Carolina, la amiga que lleva y trae mensajitos entre la pareja. La joven al verle muestra un cierto desconcierto. Julio, que está un pelín nervioso, todavía se intranquiliza más al ver la actitud de Carolina.
   -Carol, ¿pasa algo?, ¿es referido a Consuelo? –pregunta, receloso, el joven.
   -¡Anda, ya!, ¿qué va a pasar?, ¿por qué lo dices?
   -Porque me da la impresión de que estás una mijina de los nervios.
   Cuanto más se empeña el quinto en preguntar, más reservas tiene la joven que, ante la insistencia de Julio, al final explota.
   -Mira, chacho, te lo voy a contar, pero me has de jurar por la Virgen de la Luz que no le dirás a Consuelo ni papa de lo que te diga.
   Carolina le cuenta lo que se chismorrea por el pueblo. Al parecer, la madre de Consuelo no ve con buenos ojos que su hija mayor ande viéndose sin su consentimiento con un mañego que no tiene oficio ni beneficio. Es hijo de una maestra de primeras letras, y es sabido lo que se dice de esa profesión: pasas más hambre que un maestro de escuela. Según cuentan las chismosas, la chica de los Manzano cuanto más se opone su madre a su relación con el mañego más se emperra en seguir viéndole, y no atiende los requerimientos maternos que quiere para ella un novio de una familia con fanegas y muchos duros. Al haber estado Julio ausente del pueblo, el rumor se ha afianzado y las vecindonas comentan que la señora Soledad se ha salido con la suya, y que la rotura entre la pareja es un hecho. Julio acusa las malas nuevas, pero se rehace y piensa que por ahora solo son rumores. Conoce bien lo dada que es la gente de los pueblos pequeños a inventarse toda clase de bulos.
   -Eso es lo que se cuenta en los mentideros, pero lo que importa es lo que sienta y diga Consuelo. ¿Has hablado hace poco con ella?
   -Antiayer, que nos encontramos en la fuente de la Plaza Nueva.
   -¿Y te dijo algo del rumor?
   -Ni papa. Le pregunté por ti y me dijo que te esperaba un día de estos.
   El joven resopla, si Consuelo le esperaba, lo que cuentan las chafarderas no es más que un bulo como un campanario. Carolina le tranquiliza al asegurarle que no debe preocuparse, que se va a pasar por casa de los Manzano a decirle a Consuelo que ha llegado, y que al atardecer saldrán a pasear. Por mucho que Carolina ha intentado quitarle hierro al rumor, lo que le ha contado ha dejado a Julio hecho un mar de temores. Que la madre de Consuelo le esté buscando novio que sea de una familia adinerada puede ser un bulo, pero también puede ser cierto. El joven ha tratado de consolarse pensando en el dicho popular que suele escucharse en San Martín: no creas nada de lo que oigas, ni la mitad de lo que veas. Ello no es suficiente para que se le calmen los nervios.
   Llegado el atardecer, parece que el tiempo se ha estancado y por mucho que Julio mire y remire el reloj de bolsillo las manecillas giran con lentitud desesperante, la lengua se le pega al paladar y tiene la boca seca como después de una noche de farra. En un momento de lucidez se da cuenta de algo: que ha dejado de pensar en la mala fortuna del sorteo. La idea de tener que viajar a Palma de Mallorca no se le ha vuelto a pasar por la cabeza.
   -Bueno –musita-, vaya una cosa por la otra. Razón tiene madre cuando dice que un mal mayor te hace olvidar otro menor -Su ensimismamiento se trunca cuando alguien vocea su nombre.
   -¡Julio, chacho!, ¿qué haces ahí parao como un farol? –Es uno de sus conocidos del pueblo.
   -Puedes figurarte, Fernando, esperando a la moza.
   -Espabila y ándate con cuidao que te la pueden madrugar –le previene el mozo que ni siquiera se ha detenido.
   Lo que le faltaba para acrecentar sus sospechas y desasosiego. Todos sus temores y angustias desaparecen como por encanto cuando ve aparecer por un extremo de la Travesía Real, en dirección a la Plaza Mayor, a un trío de mozuelas y, ¡bendita sea la Virgen de Guadalupe!, una de ellas es el amor de su vida. El corazón comienza a latirle con tan tanto brío que parece que de un momento a otro se le va a salir por la boca. No sabe si esperar a que las jóvenes lleguen a su altura o adelantarse a su encuentro, al fin eso es lo que hace. La cara con que le recibe Consuelo borra de sopetón todas sus dudas y temores. No, su moza no ha cambiado, esos ojos son incapaces de mentir, esa mirada es la de una mujer enamorada, esa sonrisa es la de una mujer feliz al reencontrarse con su amado. Su madre podrá buscarle todos los novios ricos que quiera, pero el corazón de Consuelo late al unísono del suyo. Al producirse el encuentro ninguno de los enamorados dice nada, solo son capaces de mirarse como si fueran años que no se hubiesen visto, cuando han sido días. El silencio se contagia a las dos jóvenes que acompañan a Consuelo, que a duras penas pueden aguantar una risilla nerviosa. Ese silencio repentino, en el que todo el grupo se ha callado a la vez, lo quiebra Carolina que para romper el hielo exclama:
   -¡Chachos, parece que ha pasao un ángel!
   La tópica frase sirve para que todos estallen en alegres risas. Julio ha de contenerse para no tocar a su enamorada. En el pueblo lo de besarse en público, aunque sea en las mejillas, no está bien visto, ni siquiera entre los parientes y mucho menos entre novios. Y lo de estrecharse las manos tampoco es una práctica muy usual. Por eso, el quinto se conforma con mirarla como si la viera por primera vez. Consuelo tiene un rostro agradable, ojos tirando a marrones, nariz algo roma y labios gordezuelos. Es de mediana talla, el resto de su figura es imposible adivinarla pues lleva un abrigo que oculta sus formas.  
   -Chacho, vaya chambergo que gastas –dice Carolina, en su afán porque la situación se normalice, señalando la cazadora de pana con que se abriga el quinto.
   -Lo acabo de estrenar, lo compré ayer mismo en una tienda de Plasencia –explica el joven.
   -¿Y no has esperao al domingo de Ramos pa estrenarlo? –pregunta con ingenuidad la otra amiga llamada Maritina, aludiendo al adagio popular: el domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos.
   -Es que para mí hoy es el domingo de Ramos, el de Pascua y el día de Navidad todo junto –improvisa Julio sin apartar la mirada de su enamorada que al oír esas palabras se pone colorada como un tomate, aunque la respuesta no vaya con ella.
   -Como se nota los que tenéis letras, sois más redichos que los comediantes que vienen pa la feria de julio –apunta Maritina.
   -Bueno, ya está bien de cháchara, si seguimos parados y con la rasca que hace nos vamos a congelar –dice Consuelo que está deseando poder hablar a solas con su novio. Tiene mucho que contarle y preguntarle.
   -Y a todo esto, ¿dónde te tocó en el sorteo? –pregunta Maritina.
   -Le tocó en Mallorca –indica Consuelo antes de que Julio pueda decir nada.     
   ¿Cómo se habrá enterado?, se pregunta el joven, admirado de que su enamorada sepa su destino cuando él ni siquiera le ha escrito contándoselo. El hecho le confirma aún más que la joven sigue teniendo los mismos sentimientos que antes, lo que definitivamente le pone de buen humor.
   -Como ha dicho Consuelo –En el pueblo la llaman Consuelin por aquello del habla extremeña de terminar los diminutivos en in, ino, ina, pero el joven quinto la ha llamado Consuelo desde el primer día que la conoció-, me ha tocado el destino más alejado de aquí, pero no hay mal que por bien no venga, me han dado las señas de un profesor de allí que me podrá enseñar lo que me falta por aprender de contabilidad.
   -¿Estás estudiando pa saber llevar cuentas?, ¡qué bien!, así podrás encontrar un buen empleo –se alegra Carolina.
   -Lo tengo todo planeado –alardea el quinto-. Si en el ejército consigo un buen destino que me deje tiempo libre, seguiré estudiando contabilidad con un amigo del profesor Hernández, que es el que me da clases en Plasencia. Y así, cuando vuelva de la mili podré encontrar un empleo llevando las cuentas de algún comercio o de una empresa y, a lo mejor, hasta puedo colocarme en un banco.
   -¡Huy, un banco!, esa sí que sería buena. Trabajar en un banco es como si lo hicieras pa el gobierno –asegura Maritina.
   Como han estado andando al tiempo que hablaban, llegan a la calle de Nuestra Señora de la Luz donde las últimas casas del pueblo. Allí, las amigas se apartan un poco de los novios para darles la oportunidad de que puedan hablar de sus cosas a solas. Para eso están las amigas, para cubrir a la pareja, pues no sería decoroso que pasearan sin compañía. Los enamorados se quedan solos, pero lo único que hacen es seguir mirándose como si nunca se hubiesen visto. Los ojos de la muchacha brillan ilusionados y su cuerpo, tenso hasta ahora, se va relajando. El chico la mira entre absorto y maravillado. Consuelo se libra de la prisión de las manos del joven quien, creyendo que ha apretado demasiado, se apresura a disculparse.
   -Lo siento, amor mío, a veces no mido mi fuerza.
    La muchacha no contesta, se limita a mirarlo con más intensidad si cabe y esboza una media sonrisa. Hasta ahora ha tenido los guantes de lana puestos ya que el relente se deja sentir. Lentamente comienza a quitárselos. Cuando sus manos quedan libres coge las manos del chico y entrelaza sus dedos con los de él oprimiéndolos. El roce con la piel de la muchacha le produce al mozo un estremecimiento que recorre todas sus terminales nerviosas como si fuera un calambrazo eléctrico. Es todo el contacto físico que se permiten, enlazar sus manos. Él quisiera más, mucho más, pero no se atreve a pedirlo ni siquiera a insinuarlo, por nada del mundo pondría en peligro romper lo que existe entre ambos. A ella su cuerpo también le pide más, pero la han educado para mantenerse intacta hasta que algún afortunado la lleve al altar y es consecuente con ello. Tienen mucho que contarse y preguntarse, pero todo ha pasado a ser irrelevante, sin importancia ni urgencia. Lo único que vale es reafirmar su amor, aunque Julio, al pensar en las intentonas de la madre de Consuelo de buscarle un novio rico, se pregunta temeroso:
   -¿Y si lo encuentra y a ella le gusta?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 7. Una suegra de armas tomar

viernes, 3 de enero de 2020

Libro I. Episodio 5. Pringá para dos


   En el hogar de los Carreño, madre e hijo continúan conversando sobre la familia de la novia.
   -Si son tan ricos como dices, quizá a la señora Soledad le parezcas poca cosa para su hija. Igual prefiere alguien que tenga fanegas, ganados y muchos duros –apunta la madre que conoce bien  a los ricachos pueblerinos-. Y los ricos prefieren juntarse con sus iguales, aunque siempre hay excepciones.
   -Ese es mi miedo, madre, que crea que no soy buen partido para su hija, pero verás cómo entre Consuelo y yo sabremos convencerla.
   -Muy seguro pareces, hijo, Dios lo quiera. Como veo que lo tienes todo meditado, ¿has pensado algún plan para cuando vuelvas del servicio?
   -El profesor Hernández me tiene dicho que, si acabo lo de la contabilidad, trabajo no me va a faltar. En Plasencia hay negocios y comerciantes que necesitan que alguien les lleve las cuentas. Incluso me dijo una vez que como lleva más contabilidades de las que puede abarcar me pasaría alguna de ellas. También me ha contado que si no en Plasencia, en Cáceres o, mejor aún, en Madrid podría encontrar empleos bien pagados. La gente que sepa de cuentas no abunda.
   -¿Y todo eso cómo lo sabe el señor Hernández? No es más que un jubilado.
   -No olvides, madre, que durante muchos años fue profesor de la Escuela de Comercio de Madrid y todavía está muy bien relacionado.
   -Bueno, quiera la Pilarica que todo os salga bien.
   -Así será, madre y, si no, nos fugamos.
   -¡Dale con la fuga! ¡Haz el favor de quitarte esa idea de la cabeza! ¿Qué quieres, que a tu novia y a su familia la vayan señalando con el dedo por la calle? Eso ni lo sueñes.
   -No te enfades, madre, lo decía en broma. De todas formas, lo que estamos hablando no es más que hablar por hablar y no tiene mucho fundamento porque van a pasar al menos tres años para que todo eso adquiera un valor real.
   -¿Sabes qué, hijo?, tienes más razón que un santo –Y es el fin del diálogo.
   Al día siguiente alboreando la mañana, el joven mañego, pertrechado de un zurrón donde lleva su menguado equipaje, parte con su remendada bici camino de Plasencia. El puerto de Perales se le atraganta pues, aunque apenas sobrepasa los novecientos metros de altitud, el desnivel medio del cinco por ciento es demasiado para sus poco entrenadas piernas. Se le agarrotan los gemelos y tiene que echar pie a tierra para descansar y que se le distiendan los músculos. Piensa que tendrá que entrenarse para que el recorrido Malpartida-Plasencia no se convierta en un calvario diario. Cerca de Coria, la población más importante del recorrido, tiene un pinchazo y desolado comprueba que su habilidad para reparar neumáticos deja mucho que desear. Afortunadamente, encuentra a alguien que le ayuda a reparar la avería y sigue camino. En el cruce de la carretera que va a Malpartida se detiene. ¿Qué hacer?, ¿va primero a ver a su novia o al profesor Hernández como le aconsejó su madre? Tras pensarlo, opta por lo último. Entre tantos avatares, cuando llega a la ciudad del Jerte se ha consumido el día y no puede hacer nada de lo que había planeado. Entonces se va a casa de los Morales, una familia mañega que vive en Plasencia y que son amigos de su madre. Le reciben con los brazos abiertos y le ofrecen cena y alojamiento. Mañana será otro día, se dice el mozo, y se duerme exhausto y dolorido pero con una sonrisa en los labios, mañana podrá estar con Consuelo y esa será la mejor recompensa.
   A primera hora del miércoles, Julio va a casa del profesor Hernández. Le atiende una de sus hijas que le indica que su padre todavía no se ha levantado. Ha pasado mala noche pues está algo acatarrado. El joven, para hacer tiempo, se da una vuelta por la ciudad. Ha estado más veces en Plasencia pues es la capital natural de todas las comarcas occidentales de la Sierra de Gata y de los valles de su entorno. Mientras pasea, recuerda algunas de las historias que sobre la ciudad le contó su madre, como la boda de Juana la Beltraneja en la Guerra de Sucesión Castellana. En su paseo, recorre parte de la muralla que protege el casco antiguo desde la fundación de la ciudad por el rey Alfonso VIII de Castilla, a finales del siglo XII. Solo se puede entrar a la almendra central a través de una de sus siete puertas de las que solo recuerda el nombre de algunas como la puerta de Trujillo o la de Coria. Consulta su reloj de bolsillo, uno de los contados bienes que le dejó su difunto padre, y se dice que Hernández ya debe haberse levantado. En efecto, el acatarrado profesor, bien abrigado y sentado en una mesa camilla, le está esperando. El joven le cuenta su mala suerte en el sorteo y que ha pensado, antes de irse a la mili, darle un fuerte empujón a los estudios de contabilidad que inició con él. Se ponen enseguida de acuerdo en el horario y el estipendio de las clases que las comenzarán al día siguiente. Antes de marcharse, Hernández vuelve a ofrecerle trabajo para su tiempo libre. Lleva la contabilidad de varios comercios de la ciudad para compensar su magra pensión y le puede pasar alguno, tal como el de una pequeña empresa que comercializa el aceite de oliva de la Sierra de Gata, aceite que tiene fama bien ganada de ser uno de los mejores de la nación. Julio agradece la oferta a su mentor, pero la rechaza aunque deja una puerta abierta por si cuando vuelva del servicio militar le interesara aceptarlo, en el improbable caso de que el puesto siguiera vacante. A punto de despedirse, Hernández recuerda algo referido a Mallorca.
   -En Palma, tengo un antiguo colega con el que podrías rematar los estudios. Antes de irte te daré una tarjeta para él. 
   Tras concluir con Hernández, a Julio solo le resta despedirse de los Morales. La matriarca de la familia, la tía Adelaida, se empeña en no dejarle marchar sin comer.
   -Chacho, no vas a irte con la panza vacía. Estoy preparando una pringá pa la cena de los hombres, le añado un par de rebanás y comemos los dos tan ricamente.
   -No hace falta que se moleste, tía Adelaida. Me pararé en una venta del camino y comeré cualquier cosa –Julio sabe lo justos que andan los Morales y no quiere ser una carga.
   -¡Mecagondié, chacho, eres tan cabezón como tu madre!, pero como el Eustaquio se entere de que te he dejao partir sin haberte llenao la andorga es capaz de soltarme una guantá.
   Visto como se lo ha tomado la mujer, al mozo no le queda otra que aceptar. Para darle palique a la anfitriona, pide que le explique cómo prepara la pringá.
   -¡No me lo preguntarás de verdá! –se escandaliza la mujer-. Meterse en la cocina no se ha hecho pa los hombres, eso es cosa de mujeres –Dice mujeres aspirando la jota, por lo que casi suena como mueres.
   -Lo digo en serio, tía Adelaida, tenga en cuenta que debo hacer la mili, ¿y quién no me dice que me pueda tocar ser cocinero?
   -Bueno, chacho, tú sabrás que pa eso ties letras.
   Y la tía Adelaida le explica que lo primero es calentar aceite en una sartén amplia y honda y saltear unas lonchas de tocino. Luego, retirarlas y guardarlas aparte. En el aceite sobrante se fríen unas rebanadas de pan, mejor si es duro, de un dedo de grosor más o menos. Al darles la vuelta para que se frían por los dos lados se añade el chorizo cortado en rodajas… Al llegar aquí, Adelaida hace un inciso.
   -Tú, aunque no eres de casa en las que se mata un guarro por San Martín, sabrás que hay chorizos y chorizos. Lo digo porque no es lo mismo hacer una pringá con un chorizo comprao en la tienda que hacerla con un chorizo de la propia matanza, como este hecho con mis manos. Anda, pruébalo –y le da una hermosa rodaja del embutido-. Bueno, a lo que estábamos, se le añade el chorizo pa que suelte el jugo y el pan quede empapao, así como las lonchas de tocino. Y ya está la pringá hecha. Ahora solo queda meterle el diente porque si se enfría no vale ni la mitá.
   Una vez han comido, Julio agradece a la tía Adelaida su hospitalidad y parte rumbo a Malpartida. En cuanto llega al pueblo, lo primero que hace es pasarse por delante de la casa de su amada por si tuviera la suerte de verla. Aunque hace tres pasadas no ve ningún movimiento en puerta ni ventanas. Consuelo debe estar haciendo las faenas de la casa, se dice, tendré que volver más tarde a ver si tengo suerte. Visto lo cual, se dirige a casa de los padres de Argimiro, en lo que será su nuevo alojamiento hasta que le llamen a la mili. Argimiro y su padre están en el tajo, trabajan para la misma almazara en la que le ofrecieron faena a Julio. Quien sí está es la madre que, como está al tanto del ofrecimiento de su hijo, le recibe cordialmente. Dormirá en la primera planta, en la misma habitación en que duerme Argimiro, en un jergón que han puesto a un lado. Ni la habitación ni la cama son gran cosa, pero al joven ni se le pasa por las mientes quejarse. Sabe de la escasez de posibles de la familia y se dice que quien da lo que tiene no está obligado a más. Agradece a la tía Martirio su acogida, y vacía el zurrón para guardar sus pertenencias en un estante de obra que hay en una de las paredes. Luego, desciende a la planta baja donde la comadre le tiene preparada una palangana desportillada, un jarro de loza con agua y un trapo limpio que hace las veces de toalla para que se asee. Después de las abluciones saca un peine que traía en el zurrón y se peina con esmero.
   Cuando Julio termina de acicalarse se mira en el trozo de espejo que hay sujeto con un alambre en la pared. Lo que ve no le disgusta. La luna le muestra un rostro de rasgos regulares: una lisa mata de pelo de color castaño oscuro, frente amplia, nariz recta, ojos tirando a un marrón claro, labios finos y barbilla firme. Si a todo ello se suma que mide uno setenta y cinco en una tierra de retacos, el conjunto es el de un mozo de buena planta al que las niñas casaderas le ponen buena cara y hasta se lo miran con descaro. No está mal, piensa, los hay más guapos, pero madre siempre dice que de la guapeza no se vive, y además como Consuelo me quiere tal como soy, pues colorín, colorao.
   Qué más se puede pedir, se dice.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 6. ¿Y si lo encuentra?