viernes, 15 de febrero de 2019

91. ¡Como si nos hubiese tocado el bote de euromillones!


   Jaime Sierra, aunque le repugna ser un chivato por cuestión de principios, hace de tripas corazón y decide responder con la verdad a la pregunta de la instructora sobre si conoce a otras personas que visitaron a Salazar. Y lo hace porque si le pillan en un renuncio puede acarrearle problemas.
-Sí, conozco a varias, señoría. Precisamente, al día siguiente que le pegaron a Salazar la paliza, nos juntamos un grupo de personas esperando su vuelta de Castellón para saber qué le habían dicho los médicos. De ese grupo conocía a todos salvo a uno. Allí estaban: Alfonso Pacheco, el hijo mayor del difunto Francisco José, Rocío Molina su antigua novia y la persona que conocí en ese momento, Carlos Espinosa.
-Explíqueme de qué les conocía.
-A Pacheco le conozco desde hace muchos años, ambos hemos trabajado para la Junta de Andalucía y además somos compañeros de partido. A Francisco José le conocía al ser hijo de Curro pero muy superficialmente. A Rocío la conocía como novia del fallecido, pero que al igual que con su hijo mis contactos con ella fueron escasos y superficiales. En cuanto a Espinosa, como he dicho, no le conocí hasta aquel día.
-¿Sabe usted si alguno de ellos podía sentir aversión hacia Salazar o tener algún motivo como para causarle la muerte?
-No lo creo, señoría, aunque mis contactos con todos ellos eran muy someros salvo con Pacheco y este no solo no sentía ninguna animadversión hacia Salazar sino que fue quien le salvó de que siguieran golpeándole y quien al día siguiente le llevó a Castellón a que le reconocieran. Los demás no sé si sentían alguna aversión hacia Curro. De Espinosa, que como acabo de declarar le conocí en ese momento, no puedo decir nada –A Sierra no le importa desviar las sospechas hacia el malagueño, piensa que es mejor que haya un cabeza de turco.
-Volvamos atrás. La causa que ha declarado de su estancia en la provincia la considero bastante inconsistente. Podría explicarla de la forma más convincente posible.
   Sierra, que hasta ahora ha estado a la defensiva, decide pasar al ataque.
-Tengo poco más que añadir, señoría, pero si tiene en cuenta que soy soltero, que estoy en el paro y que por muy conocidas me aburren un tanto las playas andaluzas, comprenderá que no es tan inconsistente que decidiera pasar unos días con un amigo en la Costa de Azahar que no conocía, exactamente en una de las playas más publicitadas, Marina d´Or, y en cuyo mismo municipio también se encontraba un viejo amigo, Alfonso Pacheco. Usted, señoría, puede calificar que todos esos motivos son inconsistentes, si me lo permite yo los adjetivaría de otro modo: habituales, comunes, ordinarios o naturales –Sierra tira de sinónimos para hacerle ver a la jueza que no está tratando con un palurdo iletrado.
-¿Por qué se marchó el mismo día del fallecimiento de Salazar? –la instructora cambia de tema.
   Sierra procura ser lo más convincente posible porque es consciente de que ese puede ser uno de los puntos débiles de su declaración. Es una respuesta que también la ha pactado con Pacheco.
-Al fallarme el amigo con el que había organizado el viaje, me aburría de estar solo y estaba pensando en marcharme. Solo faltó que Alfonso, me refiero al señor Pacheco, me dijera que se volvían a Sevilla porque le habían llamado del trabajo. Fue lo que acabó de decidirme y como dicen en esta tierra, pensat i fet, lo pensé y lo hice al instante. Empaqué mi espartano equipaje, cogí el coche y me puse en carretera. Si hubiera sabido lo que le estaba pasando a Salazar no me hubiese ido, habría ido a echar una mano en lo que pudiera.
-¿Tiene algo más que declarar?
-No, señoría.
   La jueza da por terminada la declaración del testigo con lo que han concluido las declaraciones de los tres testigos citados para el día de la fecha. Ha llegado la hora de dictar resoluciones. La instructora vuelve a releer detenidamente las manifestaciones de los declarantes y acaba ciñéndose a la declaración de Carlos Espinosa pues es la que más interrogantes encierra. Se dice que el motivo de la estancia en Castellón del malagueño, un presunto negocio con el fallecido, no parece muy sólido, pero es el suceso de la botella de coñac y que se la diera a beber a un hombre que, según afirman los testigos, se encontraba muy enfermo lo que más sospechoso resulta. Tras meditarlo detenidamente y consultar el Código Penal, resuelve dejarle libre pero con cargos, el de la omisión del deber de socorro. En cuanto a Alfonso Pacheco, al no estar en la habitación 16 la tarde de autos, le deja libre sin cargos. Por el mismo motivo, deja libre sin cargos a Jaime Sierra, aunque se queda con dudas pues la motivación que ha dado de su estancia en la Costa de Azahar hace aguas por todas partes. Finalmente, en la resolución se les advierte a los tres que estén localizables por si es necesario volver a interrogarles o someterles a algún careo.
   En el entretanto, Grandal ha enviado a Castellón al trío formado por Álvarez, Ballarín y Ponte para que, a través del reconocimiento de las matrículas de los coches de los que vienen a declarar desde Andalucía, traten de localizar y, en su caso, fotografiar a Espinosa, Pacheco y Sierra. Si lo consiguen enseñarán sus fotos a los empleados del hostal los Prados para ver si reconocen a alguno. El trio de ayudantes recorre a bordo del Seat de Álvarez los alrededores de los hoteles de más de tres estrellas de la ciudad para ver si dan con alguna de las matrículas. El resultado es decepcionante, no descubren nada.
-Esto no es tan fácil como el negrero de Jacinto había pensado –se queja Álvarez.
-Tened en cuenta que muchos de estos hoteles deben de tener garaje. Si han metido los coches en ellos no los descubriremos –comenta Ballarín.
-Igual están en algún hotel de El Grao o de Benicàssim que están muy cerca de la ciudad –apunta Ponte para que sus amigos no se desfonden.
-Solo nos queda mirar en los alrededores de la Audiencia –sugiere Álvarez.
   Tras debatirlo, optan por aparcar el coche y se van andando a la Audiencia Provincial, ubicada en el Bulevar Blasco Ibáñez, s/n, como si fueran tres viejos que están pasando la mañana. El edificio judicial no está tan protegido como suponían, solo ven a un vigilante de una empresa privada de seguridad, lo que les tranquiliza. Pese a todo siguen sin descubrir ninguno de los vehículos que buscan. Pasa el tiempo y el desánimo va cundiendo entre los vejetes.
-¿Jacinto estaba seguro de que esos fulanos iban a declarar hoy? –pregunta Ballarín.
-Segurísimo, se lo sopló el sargento de Torreblanca y ese lo tiene que saber bien –responde Álvarez.
-Chicos, mis pies han dicho basta, si no me siento un ratito vais a tener una baja –se lamenta Ponte que al ser el más viejo es quien primero flojea.
-Vamos a tomarnos algo en ese bar de la esquina y descansas un rato –propone Álvarez haciendo caso de la queja de su amigo.
   El bar tiene una nutrida clientela entre la que hay muchos funcionarios de la cercana Audiencia. El trio se queda de pie en la barra hasta que Ponte, que es el que más lo necesita, ve levantarse de una mesa a unos abogados que todavía visten la toga obligatoria cuando se presentan ante los tribunales. Se da prisa por ocupar la mesa antes de que otros se la birlen. Cogen las consumiciones de la barra y las llevan hasta la mesa: Ballarín un descafeinado con edulcorante, Ponte un café con leche y Álvarez una cerveza. En la mesilla de al lado hay dos hombres jóvenes y bien trajeados que hablan un andaluz de manual. Aunque procuran no elevar mucho el tono no les queda más remedio que hacerlo pues el nivel sonoro en el establecimiento tiene tantos decibelios que solo hablando alto se puede entender la gente. Por lo que comentan ambos andaluces, en ocasiones acaloradamente, al trio de jubilados les cuesta poco tiempo comprender que sus vecinos deben de ser dos de los que han declarado en el caso Pradera. Ballarín, recordando lo que hicieron durante la investigación del robo del Tesoro Quimbaya (*) en una ocasión parecida, dispone la trama. Saca con toda parsimonia, y sin esconderla, su cámara y se retira unos pasos como si fuera a fotografiar a sus dos amigos que se ponen sonrientes en pose. Además de a sus amigos ha sacado un par de instantáneas a ambos andaluces que ni siquiera se han molestado en mirarles. El exferretero hasta se excede en su virtuosismo de espía aficionado pues haciendo gala de una notable sangre fría le pide a uno de sus vecinos si es tan amable de hacerles una foto a él y a sus amigos.
-Faltaría más –acepta Pacheco que es a quien se lo ha pedido.
   La diosa Fortuna parece sonreír al trio pues cuando están a punto de levantarse un hombre elegantemente vestido que acaba de entrar es llamado por los andaluces. El trio de viejos se queda en la mesa, igual se enteran de más cosas. A quien han llamado Pacheco y Sierra, pues efectivamente de ellos se trata, es a Carlos Espinosa que está tan moreno como pálido, tiene motivos: la jueza hace diez minutos que le ha dejado en libertad pero con cargos. La rabia que le invade es mayúscula. Maldice el momento en que aceptó el encargo de negociar con Salazar y maldice más la estupidez que cometió al tratar de envenenarle. “Menos mal –se dice- que parece que no han descubierto el raticida en la autopsia que han debido hacerle”. Su cabreo aumenta cuando Pacheco y Sierra le informan que a ellos no les han imputado ningún cargo. Oyendo esa charla es como el trio averigua que inopinadamente acaban de descubrir al último de los testigos que buscaban. Ballarín vuelve a hacer la pantomima de fotografiar a sus dos compañeros de mesa y al tiempo retrata asimismo a los testigos. Misión cumplida.
   “¡Esto es como si nos hubiese tocado el bote de euromillones!” se dice Ballarín al pensar en la fortuna que han tenido al poder cazar a los tres testigos de una tacada.

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el capítulo 22, episodio 92. “A ver si descubrimos el filón”.
(*) La novela “El robo del tesoro Quimbaya” puede leerse en este blog.

viernes, 8 de febrero de 2019

90. Alea iacta est


   Carlos Espinosa trata de recordar los consejos que le dio el penalista que le asesoró pues ha de responder a la reiterativa pregunta de la jueza de cómo puede explicar la contradicción entre el autodominio que demostró en la habitación 16, al decir de las testigos, y su estado de shock como acaba de declarar. Su asesor jurídico le dio dos opciones de respuesta: una, que echara balones fuera como se dice coloquialmente cuando uno escurre el bulto y sale por los cerros de Úbeda; otra, que se aferrara a que estaba en estado de shock y que lo mantuviera a capa y espada. Fue esta última la que le recomendó si el interrogatorio era incisivo. El malagueño entrecierra los ojos, lo piensa e intuye que la juez del Valle no parece ser de las que comulgan con ruedas de molino. No sabe por qué en ese momento crucial recuerda a su vieja profesora de latín del bachillerato: alea iacta est, la suerte está echada, y sin pensarlo más se lanza a tumba abierta.
-No niego, señoría, que en un primer momento me mantuve muy calmo, muy dueño de mí. No es la primera vez que en uno de los hoteles que he dirigido me he encontrado en situaciones parecidas. Por tanto, se puede decir que tengo una cierta experiencia ante incidentes similares a los que nos estamos refiriendo. He de añadir que ambas testigos no mienten, su relato sobre mi comportamiento es correcto. El problema surgió cuando salí de la habitación. Como he dicho antes me dio tal shock que me trastorné y solo pensé en irme de allí lo más rápidamente posible. Y me olvidé por completo del médico, de la ambulancia y de todo. Es una de esas cosas que le ocurren a uno y que son irracionales, que no tienen explicación posible. Puede sonar a increíble, pero le juro señoría que eso fue lo que me pasó –cuando Espinosa termina su alegato, dicho en tono vehemente, está ligeramente trasudado.
   En esta ocasión, la juez no parece estar muy convencida con la declaración del malagueño porque insiste en la misma cuestión.
-Señor Espinosa, usted estaría trastornado, pero a pesar de estar en estado de shock, como declara, tuvo el suficiente control para llevarse la botella de coñac puesto que, como ha dicho, pensó que un brandy de esa categoría era una pena desperdiciarlo. Sigue existiendo una remarcable contradicción entre lo que declara y su comportamiento en la habitación 16, dentro y fuera de ella. Insisto: ¿cómo la explica?
-Señoría, ya he dicho que no puedo explicarlo porque hay reacciones que son inexplicables. Es más, soy consciente que fue una reacción totalmente irracional. Es cuanto puedo decir en mi descargo.
   La jueza decide que no tiene mucho sentido seguir insistiendo sobre la misma pregunta porque el testigo no hace más que repetir lo mismo y da por concluida la declaración. Ordena un corto receso para que el secretario termine de transcribir el acta que recoge la declaración de Espinosa. En vez de dictar la resolución, la juez opta porque declare el siguiente testigo: Alfonso Pacheco Ruiz.
   Pacheco, en su declaración ante la Jueza de Instrucción, se atiene estrictamente al guion que ha preparado con un jurista del bufete que trabaja para su suegro. En respuesta a las preguntas de su señoría explica que su estancia en la provincia de Castellón se debía a haber recibido del Director General del Medio Natural y Espacios Protegidos, dirección encuadrada en la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio de la Junta de Andalucía, el encargo de estudiar sobre el terreno como se lleva a cabo el Plan de Prevención y Extinción de Incendios Forestales en una zona orográficamente tan abrupta como es el Maestrazgo. Una vez allí, se enteró a través de un amigo común que su paisano Curro Salazar estaba veraneando en Torrenostra. Como hacía tiempo que no lo veía un día que no tenía programada ninguna actividad se acercó a la citada localidad a visitarle. Luego cuenta el incidente de la paliza que alguien a quien no pudo reconocer le estaba dando a Salazar, no cita el nombre del Chato de Trebujena pues el abogado le ha aconsejado que mejor que no lo mencione. Y como al día siguiente se vio en la obligación moral de llevar a su paisano a una clínica de Castellón para que le hicieran una revisión médica. Después le visitó varias veces para ver como evolucionaba su estado, algunas de esas visitas en compañía de Jaime Sierra, amigo común de ambos y que también veraneaba en las cercanías. Y poco más tiene que agregar. La jueza sigue con sus preguntas:
-Usted debía saber que Francisco Salazar estaba en busca y captura por un auto del Juzgado de Instrucción número 6 de Sevilla, ¿por qué ayudó a un prófugo? –La inexperiencia de la jueza se muestra en preguntas como la que acaba de realizar.
-Señoría, era conocedor de que Salazar estaba encausado en el caso ERE, pero no que estuviera en busca y captura. Por eso no tuve ningún problema en ayudarle.
-¿Estuvo viendo a Salazar la tarde del día 15?
-No, señoría –contesta Pacheco con el mayor aplomo posible.
-¿Sabe usted si Salazar tenía enemigos o si existen personas que tengan algún motivo como para causarle la muerte?
   Pacheco recuerda uno de los consejos que le ha dado el letrado: que si le hicieran una pregunta como la que acaba de formularle la jueza declare que Salazar tenía muchos enemigos y que es posible que más de uno de ellos desease su muerte. Con ello puede desviar el foco de atención hacia otros posibles causantes del fallecimiento del exsindicalista.
-Creo que enemigos tenía muchos. Como su señoría debe saber, Salazar al estar encausado en el caso ERE, y debido a que fue el epicentro de muchos de los supuestos falsos expedientes de regulación de empleo, debía de tener mucha información al respecto y podía incriminar a mucha gente que podía desear su desaparición.   
-¿Conoce algún nombre en concreto de personas que deseaban la desaparición del señor Salazar?
-No, señoría. Creo que en Sevilla circulan muchos rumores al respecto, pero noticia fiable y veraz no conozco ninguna, por eso no le puedo dar ningún nombre concreto.
-Bien. Cuente con el mayor detalle posible qué hizo el día 15 –pregunta la instructora.
   Pacheco declara que pasó toda la mañana en la playa de la Concha de Orpesa en compañía de su mujer, que luego estuvieron comiendo en un restorán, que después se echaron una siesta, luego pasearon un rato por el Paseo Marítimo, cenaron pronto y se acostaron porque querían salir a primera hora en dirección a Sevilla…
-Estábamos alojados en el Hotel Tufi Dive Resort, lo cito porque le podrán confirmar lo que le estoy contando -concluye.
-¿Por qué se marcharon al día siguiente del fallecimiento de Salazar?
   Es otra de las muchas preguntas que ha preparado con el letrado del bufete que asesora a la empresa de su suegro.
-Porque el mismo día 15 recibí una llamada de mi Director General informándome de que mi presencia era necesaria en el trabajo y que debía regresar inmediatamente.
-¿Tiene algo más que declarar?
-No, señoría.
   La jueza se da por satisfecha con la declaración del ingeniero y da por terminado su interrogatorio. Tampoco toma de momento ninguna resolución, ha optado por terminar las declaraciones de los tres testigos citados para el día de hoy. El siguiente que declara es Jaime Sierra Ortigosa. La declaración del antiguo director de la Agencia Idea discurre por sendas parecidas a las de su colega Pacheco. Explica el motivo de su estancia en la Costa de Azahar: hacía tiempo que tenía ganas de conocerla, especialmente el enclave de Marina d´Or por la enorme publicidad que de él se hace en los medios. Cuenta igualmente, a preguntas de la instructora, como a través de Alfonso Pacheco se enteró de la agresión que sufrió Salazar y, dado que aunque no podía calificarse de amigo sí era un antiguo conocido, fue a verle al hostal donde se hospedaba. Y que luego le visitó varias veces, algunas de ellas en compañía de Pacheco sin poder precisar cuántas, para ver como evolucionaba de sus fracturas. Y que poco más puede añadir. La jueza comienza a hacerle las mismas preguntas que le planteó a Pacheco, aunque ha reformulado algunas de ellas.
-¿Sabía usted que Salazar estaba en busca y captura?
   Las respuestas de Sierra son un calco de las de Pacheco, para eso han preparado al alimón sus declaraciones.
-No, señoría. Sí sabía que estaba encausado en el caso ERE, pero no que estuviera en busca y captura.
-¿Estuvo viendo a Salazar la tarde del día 15?
-No, señoría –contesta Sierra que no puede evitar que un pequeño espasmo le sacuda el estómago.
-¿Sabe si Salazar tenía enemigos o si existen personas que tengan algún motivo como para causarle la muerte?
   La respuesta de Sierra va encaminada en idéntico sentido a la que dio Pacheco.
-El difunto Salazar era una persona que debía de tener tantos amigos como enemigos. Eso les ocurre generalmente a los que desarrollan su actividad en el ámbito sindical y político. Puedo añadir que era hombre que estuvo muy metido en lo que se ha venido en llamar el caso ERE y como uno más de los encausados también debía tener muchos enemigos, según se comenta en Sevilla. ¿De tal talante cómo para causarle la muerte? No tengo respuesta para ese interrogante, señoría.
-¿Recuerda las personas que vio visitando al fallecido Francisco Salazar?
   Ante la pregunta, Sierra duda. Le repugna involucrar a otras personas, pero como licenciado en derecho sabe que, según dispone el Código Penal español, cuando uno declara como testigo está obligado a contar cuanto sepa sobre lo que se le pregunte. Ya le ha mentido a la jueza, pero ha sido para salvaguardar un bien mayor para él: salir del juzgado sin cargos. Es igualmente sabedor que si le pillan en una mentira puede ser sancionado con multa de 200 a 5.000 euros y que si persistiere en su negativa podría ser acusado de un delito de obstrucción a la justicia. Lo de ser un chivato como se dice en su andaluza tierra no va con él, pero…

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 91. ¡Nos tocó el euromillones!

viernes, 1 de febrero de 2019

89. Una botella de Courvoisier Imperial


   La charla entre el matrimonio Pacheco-Hernández y su amigo Jaime Sierra sobre la citación que ambos hombres han recibido para declarar como testigos en el caso Pradera discurre entre ambigüedades, medias verdades y mentiras flagrantes. A Sierra le ocurre algo parecido que a Pacheco y su esposa, también está convencido de que nadie le vio entrar ni salir de la habitación del exsindicalista, por eso, y tras meditarlo detenidamente, ha resuelto no declarar que estuvo en la habitación de Salazar la tarde de los sucesos. Es consciente de que al no haber sido visto se libra de cualquier acusación, pero si confesara que estuvo allí, dado el estado en que encontró a Curro, podrían acusarle de ser el causante de su situación o, al menos, de la omisión del deber de socorro. Por eso, su repuesta a Pacheco, sobre si estuvo en la habitación de Salazar la tarde de autos es la que ha preparado cuidadosamente y la que piensa declarar ante la Juez de Instrucción:
-No llegué a ver a Curro, cuando me cansé de esperaros pensé en subir a verle, pero justo en ese instante me tropecé con un viejo amigo de mis tiempos universitarios, nos liamos… -Sierra hace una estudiada pausa tras lo de liar- y dejé de pensar en Curro y en vosotros. Y al día siguiente me volví con él a Sevilla.
   Tal y como preveía Sierra, su forma de aludir al pretendido amigo, hace que Pacheco piense: “Ciertos son los toros, este es de los que pierden aceite y se enrollan con el primero que encuentran a mano”. Acepta como buena la respuesta de Sierra y plantea otra pregunta de índole práctica:
-¿Vamos juntos a Castellón o cada uno por su cuenta? –Y sin dar tiempo a que Sierra conteste lo hace él-. Creo que sería más práctico que fuéramos juntos. Durante el camino podríamos repasar que no hubiera contradicciones en nuestras declaraciones y además el viaje nos saldría mucho más barato.
-Por mí no hay problema. ¿Vamos en tu coche o en el mío? –pregunta Sierra sin pensar en otro medio de viajar.
-Id en el nuestro –propone Macarena-. No es por fardar pero con el Volvo vais a ir más rápidos y seguros que con tu descapotable.
-Es decir, que Volvo gana, Opel pierde –concluye Sierra.
   El primero en llegar a Castellón para declarar es Carlos Espinosa y con él la teoría de Grandal sobre el modo en que viajarán los testigos andaluces se cae por el suelo. El malagueño llega a la ciudad de La Plana y lo hace como en el viaje anterior, en avión. Esta vez no aterriza en el aeropuerto castellonense de Vilanova de Alcolea sino en el de Manises, el aeropuerto de Valencia. Allí alquila un coche. Afortunadamente para el plan del excomisario, Pacheco y Sierra se han puesto de acuerdo en viajar juntos hasta Castellón, por lo que a los ayudantes de Grandal todavía les quedan oportunidades para identificarles a través del vehículo en el que van a viajar, bien en el hotel en el que se alojen, bien viéndoles aparcar en el entorno de la Audiencia Provincial, aunque esta la tienen como última opción puesto que el edificio judicial está vigilado por la Policía Nacional y podrían pillarles haciendo fotos a los testigos.
   El malagueño también es el primero en declarar. Antes de iniciar su declaración, presta juramento de decir todo lo que sepa respecto a lo que le fuera preguntado. La Jueza Instructora le advierte de su obligación de decir la verdad y en el caso de que no lo haga incurrirá en un delito de falso testimonio, según dispone el artículo 458 del Código Penal. Espinosa ha preparado su declaración con el asesoramiento de un abogado experto en Derecho Penal, buscado y pagado por los empresarios que le encargaron negociar con el exsindicalista. Por eso las respuestas de Espinosa son razonablemente coherentes. Lo primero que pregunta la juez a Espinosa es el motivo por el que visitó a Salazar el día de autos. El malagueño contesta sin vacilar:
-Por negocios, señoría. El difunto señor Salazar era un hombre que tenía muchos contactos con el mundo empresarial de media Andalucía, por eso los inversores para los que trabajo me encargaron hablarle de un negocio relativo a inversiones inmobiliarias en el Campo de Gibraltar por si pudiese interesarle a alguno de sus conocidos. La primera vez que se lo planteé me dijo que se lo pensaría. Y en esas estaba, esperando su respuesta. Por eso le visité.
   La señora juez parece dar por buena la explicación del malagueño, para a continuación plantearle otra pregunta:
-¿Y cómo vio al señor Salazar?, me refiero a su estado.
-Pues muy mal, señoría. Yo, aunque pueda sonar a inmodestia, soy hombre de cierta cultura y aunque no sé nada de medicina me di rápidamente cuenta de que Salazar estaba muy enfermo. Pensé que podía haber sufrido un ictus, un infarto o algún ataque de esa clase.
   La jueza ha llevado con tiento el interrogatorio para llegar poco a poco a las preguntas que considera cruciales.
-Y siendo un hombre de cierta cultura, por usar sus mismas palabras, ¿cómo estando en las condiciones que estaba Salazar le dio a beber coñac?
   Espinosa también ha preparado la respuesta a una pregunta que su asesor jurídico le anticipó que sería una de las que marcaría el resultado de su declaración. Su contestación es tan expeditiva como han sido las anteriores.
-Señoría, ahora en frío sé que hice mal, pero en aquel momento, ante un hombre que parecía estar yéndose, mi reacción fue instintiva, quería reanimarlo y lo primero que se me ocurrió fue darle a beber el brandy que llevaba. Que además apenas ingirió porque en el mismo instante que trataba de darle un sorbito tuvo un acceso de tos y escupió las pocas gotas que podía haber ingerido. Es una de esas acciones, señoría, que haces en caliente y que luego tú mismo te preguntas por qué lo hiciste y, como he dicho, solo hay una respuesta posible: lo hice por puro instinto, sin pensarlo.
-¿Y para qué llevaba una botella de coñac?
   Salazar suspira mentalmente, el Cabo de Hornos de la pregunta sobre el coñac parece que lo ha sorteado satisfactoriamente, buena prueba es la inocua interpelación que acaba de hacerle la instructora.
-Señoría, antes de emprender un negocio tengo por costumbre estudiar a mis potenciales clientes y uno de los rasgos que descubrí del señor Salazar era que le gustaba el coñac. Por eso compré el mejor coñac francés que pude encontrar, un Courvoisier Imperial XO. Lamentablemente, no tuve ocasión de ofrecérselo como hubiese querido.
   La instructora todavía se guarda una pregunta sobre el licor.
-En la habitación del fallecido no se ha encontrado ni el menor rastro del coñac francés que le dio, ¿qué se hizo de esa botella?
   Una vez más, el abogado penalista previó que le formularían esa pregunta, por tanto la respuesta estaba preparada y suena como muy razonable.
-No pudieron encontrar ninguna botella porque me la llevé, señoría. Pensé que un coñac de esa categoría era una pena desperdiciarlo porque a mí también me gusta. Ah, por si fuese necesaria la botella para completar el expediente del sumario, la tengo en mi domicilio de Marbella. Solo tengo que pedir que la envíen –Lo que no cuenta el malagueño es que la botella que menciona no es la que compró en el súper de Mercadona sino otra adquirida posteriormente.
   La juez se ha guardado para el final las preguntas más peliagudas.
-Según han declarado dos de las testigos del caso, Rocío Molina y Anca Dumitrescu, usted se comprometió a llamar a un médico de urgencias y a una ambulancia antes de irse de la habitación del fallecido. No existe ningún rastro de que hiciera tales llamadas. ¿Por qué no las hizo?
   La pregunta es la que más teme Espinosa, pues es la más comprometedora, y la que más dolor de cabeza causó a su asesor jurídico para buscar una respuesta que sonara como medio razonable.
-Señoría, a fuer de sincero he de decir que el estado en que vi al pobre Salazar me provocó tal shock que, por usar una frase coloquial, perdí los papeles, me trastorné y solo pensé en volver al hotel. Mire si iba ofuscado cuando salí del hostal que ni siquiera recordé donde había aparcado el coche y me costó un buen rato encontrarlo.
-Según las citadas testigos –La instructora sigue apretando las tuercas al malagueño-, mientras estuvo usted en la habitación 16 dio en todo momento la impresión de estar muy sereno y de controlar la situación. Fue usted quien propuso que lo primero era acostar a Salazar y que luego habría que llamar a un médico y a una ambulancia. Incluso cuando la señorita Dumitrescu le propuso que le acompañaba para buscar al médico, usted contestó que no la necesitaba pues se bastaba para ello. Su tranquilidad y dominio de la situación mientras estuvo con ambas mujeres no se compadece con que le diera un shock que le trastornara. ¿Cómo puede explicar esa notable antinomia, esa contradicción entre lo que acaba de declarar y lo que han contado las precitadas testigos?
   Las palabras de la jueza del Valle resuenan en la mente de Espinosa como un potente eco. Por primera vez desde que comenzó el interrogatorio, el malagueño vacila. Hasta ahora, la declaración ha ido razonablemente bien, no en vano la ha preparado cuidadosamente con el asesoramiento de un experto penalista. Sus respuestas han sido claras, directas y aceptablemente lógicas, hasta que ha llegado a la pregunta crítica de cómo puede explicar su comportamiento mientras estuvo en la habitación donde yacía gravemente enfermo Salazar. Cómo explicar la conducta de hombre equilibrado y dueño de sus actos, pero que al salir no llamó al médico y a la ambulancia como prometió a ambas mujeres. Cómo puede explicar una contradicción de tal calibre. Es consciente de que en virtud de la contestación que dé y de que la jueza se la crea va a depender su futuro procesal. Hace un rápido repaso mental de los consejos de su asesor jurídico y se dispone a sortear de la mejor manera posible el dardo envenado de la pregunta de la instructora.

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 90. Alea iacta est