lunes, 3 de septiembre de 2018

*** Fiestas patronales en la Torreblanca de nuestros días


   Si hace unos días les hablaba de las fiestas patronales en la Torreblanca de hace 70 años, hoy les voy a describir como son las de ahora. Muchos aspectos han cambiado, pero los toros siguen siendo la clave de los festejos y las ganas de divertirse de mis paisanos son las mismas que en 1950.
   Ahora el prólogo de las fiestas comienza con la elección o designación de las reinas infantil y juvenil y sus respectivas damas de la corte de honor, a lo que habría que añadir los correspondientes acompañantes. Todos ellos ataviados con trajes tradicionales valencianos de gran gala porque no creo que ningún antepasado de esta bendita región fuera a labrar o a recoger naranja vestido de tal guisa. Algunos años no hay reina porque el  Ayuntamiento no encuentra una familia que esté dispuesta a gastarse los dineros que cuesta el efímero reinado y que pueden ser facturas de hasta cinco dígitos.
   Las fiestas propiamente dichas no comienzan el 24 de agosto, día de San Bartolomé, sino que suelen hacerlo uno, dos y hasta tres días antes. Este año empezaron el 22 con La Crida (la llamada), acto que tuvo el acompañamiento de una batalla de confeti, la concentración de todas las collas y la crida, acto amenizado por una charanga y finalizado con un disco-móvil popular.
  El 23 fue el día de El Pregó (el pregón) que consiste en una cabalgata encabezada o ultimada por el pregonero que es quien lee montado en un imponente caballo el pregón de las fiestas. Después desfilan grupos de danzas, collas de dulzaineros y atabaleros, las carrozas participantes, destacando las carrozas de las reinas y damas del año. Por la noche la verbena amenizada por una orquesta, generalmente de la provincia.
   El 24, día de San Bartolomé, hubo por la mañana un ciclo-indoor masterclass (los anglicismos también han llegado a mi pueblo), luego la solemne misa en honor del patrón finalizada con la procesión del santo. A las 19 ofrenda floral al Santísimo Cristo del Calvario, la mayor devoción del pueblo, para terminar con una ronda de bailes populares en la Plaza Mayor. Sobre las 21 una ginkana popular por las calles del pueblo y a partir de las 00 horas una verbena amenizada por la misma orquesta del día anterior.
   El 25, el día del Santísimo, antes era una fecha de nítido fervor religioso, ahora se ha hecho menos eclesial. A las 12 bingo popular y volteo de campanas. A primera hora de la tarde la tradicional subasta de carros y carafales, una tradición que se mantiene. Luego otra ginkana. Después solemne misa y procesión. Hacia las 23 velada musical y por la noche la inevitable verbena. Mis paisanos siempre han sido muy bailones.
   Del 26 de agosto al 1 de septiembre el programa de las fiestas es muy parecido con ligeras variantes. El 26 se construye la artesanal plaza de toros en la que los antiguos carros de los labriegos han desaparecido y han sido sustituidos por unos armazones prefabricados. Luego vienen los diversos masterclass, la entrà, la pròba, la exhibición de vaquillas para terminar con la verbena de todas las noches.
   A partir del 27 se añade otro festejo diario que tiene mucho tirón popular: la torrà y el vi (es una  barbacoa de sardinas acompañada de vino de bota). Su gancho popular estriba en que es gratis. Por la noche de ese mismo día hay otra variante, se celebra la nit de la xulla (la noche de la chuleta) acompañada por un concurso de all i oli (ajoaceite). El 28 la variación más destacada es la celebración de una fiesta temática flamenca. El 29, hay un festejo también muy popular: el día de las paellas. A mediodía en el Raval, la calle principal y más larga del pueblo, el Ayuntamiento cada x metros proporciona una gavilla de leña, una litrona y unos melones y las distintas collas de amigos y familiares cocinan una paella al aire libre poniendo ellos los ingredientes. Realmente es una fiesta espectacular ver unos trescientos y pico de metros de calle con una gran hilera de paellas elaborándose al unísono. Según me han contado este año había apuntadas para participar 2.800 personas, todo un récord pues supone la mitad de la población. El 30, por la mañana hay un concurso de elaboración de cocs (empanadas con carne) y en la que los cocineros son niños. Por la tarde hay un campeonato de parchís y sobre las 21 h. hay una cena popular de pa i porta (literalmente de pan y lo que traigas). Un bonito detalle es que se pide a los participantes que aporten un kilo de comida para los más necesitados. Las variantes del 30 son un campeonato de guinyot (guiñote, un juego de cartas) y una fiesta temática de disfraces. Y finalmente llegamos al 31 donde el cierre oficial de las fiestas es un castillo de fuegos artificiales que se dispara en medio del pueblo.
   Si se acuerdan de cómo describía las fiestas patronales de hace 70 años en un post anterior comprobarán que los cambios han sido muchos, unos para mejorarlas, otros para vulgarizarlas. Vaya una cosa por la otra. Me quedo con las de mi niñez, aunque reconozco que no puede ser de otra forma. Hace todos esos años era un crío y disfrutaba mucho con los festejos. Hoy soy un anciano y las fiestas no son para viejos. O tempos o mores.

viernes, 31 de agosto de 2018

67. La Guardia Civil entra en acción


   Francisco José Salazar, después que el médico de urgencias le haya dado el pésame y le deje, recuerda algo que no le ha preguntado y corre tras el galeno.
-Perdone, pero tengo que haserle otra pregunta. No tengo pasta para que le hagan la autopsia a mi padre, ¿entonses qué pasa, quién la paga?
-Tranquilo, cuando la autopsia es exigida por la ley, la Administración pública se hace cargo de los costes. Por cierto, me ha dicho la directora del hostal que en el pueblo hay un tanatorio, tendrás que hablar con ellos para todo lo referente al entierro.
   El joven se queda rumiando lo que le ha explicado el médico, pero de todo ello hay una frase que no se le va de la cabeza: tu padre ha fallecido hará poco más de tres horas… Francisco José echa cuentas y se le pone la piel de gallina. “Eso quiere desir que cuando entré en la habitasión la primera ves todavía estaba vivo. ¡Me caguen…!”. No puede seguir ahondando en su macabro descubrimiento porque alguien se ha plantado ante él, es el sargento del puesto local de la Benemérita.
-Hola, me dijiste que te llamas Francisco José Salazar y que eres hijo de la persona fallecida, ¿no es eso? Bien, pues tenemos que hablar. Vamos a buscar un lugar discreto donde poder hacerlo sin que nos molesten.
   Nada más sentarse, se presentan dos números de la Guardia Civil que hacen el reglamentario saludo.
-A tus órdenes, mi sargento –dicen al unísono.
-Creía que no llegabais. Vamos a ver, Gregorio vas a hacer una relación de todo el personal del hostal, y cuando digo de todo quiero decir sin excepciones. Los interrogas y que te hagan una primera declaración sobre dónde estaban y qué hacían entre las quince y las veintitrés horas. También les preguntas si han observado algo raro o alguna persona que haya hecho algo fuera de lo normal. Martín, tú vas a interrogar a todos los clientes que han estado cenando entre las veinte y las veintitrés horas. Me interesa especialmente saber quiénes de ellos conocían al fallecido aunque fuera superficialmente. Marcáis con un asterisco aquellas declaraciones que os suenen raras y las que creáis que los interrogados han mentido. Cuando acabe con este joven me reuniré con vosotros. ¿Quién ha ido a buscar a la novia de Vicentín Fabregat?
-Braulio, mi sargento, y la chica se llama Anca Dumitrescu –contesta el guardia Martín.
   El sargento retoma el interrogatorio del joven Salazar.
-Cuéntame lo que has hecho hoy desde que te has levantado hasta que has llegado al hostal. Tómate tu tiempo.
   El joven sevillano no necesita tiempo para recordar, lo que le pide el suboficial es fácil.
-Verá, señor guardia.
-Sargento, soy sargento –le rectifica mostrándole el galón de su manga.
-Perdone, señor sargento. Verá, está mañana me he levantao sobre las dies y he bajao a desayunar porque er comedor lo sierran a las dies y media. Luego, me he arreglao y he cogío la moto pa darme una vuerta por las playas de Arcossebre. Endespués he vuerto ar Miramar pa comer y luego de llenar la tripa m´echao una siesta como Dios manda. Cuando me he levantao he visto un buen rato la tele y endespués he vuerto a coger la moto pa bajar a la playa a ver a mi papa como hago todos los días –Esto último no es cierto, pero el chico ha creído que quedará como un buen hijo contando que va a ver a su padre diariamente.
-Bien, ahora me vas a contar sin perder detalle lo sucedido desde que entraste en la habitación de tu padre hasta que avisaste a la patrona para que llamaran a un médico.
   Contar lo que ha hecho en ese periodo del día ya no resulta tan fácil a Francisco José, no sabe qué contar y, sobre todo, cuanto contar. “Si le digo ar picoleto que cuando no pude acostarlo en er catre me salí a la terrasa a fumarme un pito igual no me cree o, lo que es peor, puede acusarme de no auxiliarle a tiempo… Mejor será echarle a la historia una miajita de imaginasión…”.
-Verá, señor sargento. Como casi todos los días hago antes de la sena, subí a ver a mi papa pa charlar con él, ver cómo ha pasao er día y preguntarle si nesesitaba argo. Cuando entré en la habitasión estaba tendío en er suelo con mu mala postura. Me asusté y le pregunté qué le pasaba, no me contestó ni dijo na, respiraba malamente y tenía una cara der color der membrillo maduro –El joven se toma un respiro, se ha puesto nervioso y está trasudando.
   El sargento aprovecha la pausa para plantearle algunas preguntas.
-¿Aproximadamente, a que hora entraste en la habitación?
-Pues a siensia  sierta no sabría desirle, pero sobre las ocho má o meno.
-¿Qué entiendes por estar tendido en muy mala postura?
-Pues qu´estaba como espatarrao con las piernas abiertas, como si se hubiera caío de mala manera. No sé cómo desirlo más claro.
-¿La habitación estaba revuelta o como siempre?
-La verdá es que no me fijé. Me puse mu nervioso, pero… ahora que lo pienso yo diría que estaba como siempre…; bueno, las puertas der armario estaban abiertas y suelen estar serradas.
-Antes has dicho que cuando entraste serían aproximadamente las ocho de la tarde. Según me ha dicho la señora Eulalia cuando le avisaste de que tu padre se encontraba mal, el primer turno de la cena había terminado lo que significa que eran alrededor de las nueve y algo. ¿Por qué tardaste casi dos horas en decidir que había que llamar a un médico si tu padre estaba tan mal como has contado?
   El joven se azara y no sabe qué responder. La sudoración se ha vuelto llamativa y las manos le tiemblan ligeramente. El sargento toma buena nota del estado del chico.
-Verá, señor sargento…Yo, yo… intenté acostarlo en la cama y me costó mucho, aunque por mucha fuersa que hise no lo conseguí y eso me llevó tiempo. Luego le di agua aunque no la bebió. También… abrí más la puerta de la terrasita pa que entrara más aire…
-Y para intentar acostarlo en la cama, darle agua y abrir la puerta de la terraza, ¿tardaste casi dos horas?, ¿no te parece mucho tiempo para tan poca actividad?
-Pues sí, señor sargento, pero…, pero es que me quedé como atontolinao, no sabía qué haser hasta que se me ocurrió lo de avisar a la patrona.
-Bien. Prosigue con tu narración sobre lo que hiciste en la habitación hasta que llamaste a la señora Eulalia.
-Pues se lo acabo de contar, señor sargento. Quise meterlo en er sobre, pero no tuve fuersas. Quise darle agua, pero no bebió. Abrí la puerta de la terrasa… Ah, se me orvidaba, me senté en er sillón a pensar en er disgusto que se iba a llevar mi mama cuando le contase lo der papa y
qué podía haser en esa situasión hasta que se me ocurrió lo de la dueña der hostal –Francisco José, que algo se ha recuperado, hasta le echa un punto de imaginación al relato-. No puede figurarse usté, señor sargento, lo duro que es ver morir a un padre.
-Ya que lo dices y aunque no seas un experto en medicina, ¿crees que cuándo pasaba todo eso que me estás contando tu padre todavía estaba vivo o había fallecido?
   El joven vuelve a estremecerse ante un hecho que quizá le marque de por vida.
-No sabría que desirle, señor sargento. Hablar, desde luego no lo hiso, tampoco vi que hisiera argún movimiento y los ojos no los abrió en ningún momento. Yo…, yo creo que ya la había parmao.
-Bien. En esas dos horas que pasaste en la habitación, ¿entró alguien o hubo algún intento de abrir la puerta?
-No, señor sargento.
-Cuando nos presentaron contaste que habías venido desde Sevilla a ver a tu padre porque te tenía que dar unos dineros para tu madre, explícame eso con detalle.
  El chico se toma su tiempo para ver como adorna la explicación sin desvelar el auténtico motivo de su viaje que era alertar a su padre de que le estaba buscando la justicia.
-Verá, señor sargento –Con este reincidente preámbulo el joven ha encontrado un medio para afianzarse en lo que va a responder-. Mis padres no están divorsiaos pero tampoco viven juntos. Mi papa nos pasa una cantidá mensuá pa vivir con argo de desahogo y este verano s´había retrasao en los pagos, por eso mi mama me envió aquí pa que me diera en mano los dineros atrasaos. No es la primera ves que eso pasa.
-Bien, pero tú llevas aquí, ¿desde cuándo?
-Desde er nueve de este mes.
-¿Y seis días no han sido suficientes para que tu señor padre te haya dado esos dineros?
   Al joven vuelven a temblarle las manos. Piensa que va a tener que contar muchas mentiras y en alguna de ellas le pueden pillar.
-Verá, señor sargento. Es que una ves que estuve aquí mi papa me dijo que porque no me quedaba unos días con él y así le hasía compañía –nada más decir lo último, el chico se estremece, no tendría que haberlo dicho porque al sargento le será sencillo comprobar que lo que es compañía le ha hecho bien poca a su padre durante esos días, pero ya está dicho.
-Bueno, otra pregunta: ¿sabes si tu padre tenía enemigos, gente que le quisiera mal?
   Pese a sus nervios, el joven está a punto de soltar una carcajada, ¡que si su padre tenía enemigos!, más que pulgas un perro sarnoso, pero otra vez se impone la cautela.
-Verá, señor sargento. A casi to la gente hay tipos que la quieren mal. Supongo que en eso mi papa no era una exsepsión –y añade para darle más cuajo a su respuesta-. Tenía muchos amigos, pero supongo que también había fulanos que lo tenían enfilao.
-Bien, una última pregunta por ahora: ¿tu padre a qué se dedicaba, en qué trabajaba?
   Francisco José responde con una verdad a medias.
-Curraba en lo de los sindicatos, pero desde hase un par de años o argo más estaba medio retirao.
-Vale. Más tarde seguiremos esta conversación y no te vayas del pueblo sin avisar previamente.
-Me tendré que ir a la fuersa, señor sargento. Ya no me queda tela pa pagar er hotel.
   El guardia piensa unos momentos.
-Lo hablaré con la señora Eulalia, a ver qué se puede hacer.
    
PD.- Hasta el próximo viernes.

miércoles, 29 de agosto de 2018

*** Fiestas patronales en la Torreblanca de hace 70 años


   En la nominalmente católica España todos los pueblos y ciudades tienen un santo patrón, en Torreblanca es San Bartolomé cuya festividad se celebra el 24 de agosto. La tradición marca que desde dicha fecha (hay años que uno o dos días antes) hasta fines de agosto se desarrollen las fiestas en honor del santo y para el divertimento y goce de mis paisanos.
   Mis recuerdos infantiles marcan el 24 como la fecha grande de los festejos. El día comenzaba con una despertà por los músicos de la dulzaina y el tamboril. Hacia las 12 una misa solemne en la que predicaba un orador sagrado de algún renombre. En las familias era el día de comer paella o alguna comida fuera de lo habitual. Por la tarde se sacaba al santo en procesión presidida por el párroco y las primeras autoridades locales (Ayuntamiento, juez de paz y comandante del puesto de la Guardia Civil). Por la noche había baile en la plaza mayor. Al día siguiente, el 25, la fiesta se dedicaba al Santísimo Sacramento, muy ligado al único hecho de relevancia de la historia local. El programa era similar al del día anterior con un añadido: se subastaban los carros y carafales con los que se iba a construir la artesana plaza de toros radicada en el emplazamiento de los que siempre se llamó Plaza de Ramón y Cajal. El acto, presidido por el concejal de festejos y auxiliado por un oficial administrativo del Ayuntamiento, concitaba mucha expectación. Lo que se licitaba era lo que podríamos llamar el solar donde emplazar los carros de los labriegos.
   El 26 se construía la plaza de toros, de forma rectangular, cuya estructura la formaban los carros de los labradores y se remataba con toda suerte de tablas, tablones, sogas y clavos. El resultado final era de una dudosa solidez, pero que solía aguantar todas las fiestas. A partir de ese día el núcleo de los festejos eran los toros, els bous serrils, mientras lucía el sol, y la verbena o las atracciones artísticas que actuaban en la plaza de toros reconvertida en un teatro al aire libre. Una noche se solía montar el espectáculo, más aparente que bonito, del bou embolad. Un armatoste en la cabeza del animal con dos bolas de brea que eran encendidas y que provocaban que el animal corriera de aquí para allá supongo que con la intención de quitársela o, al menos, que se apagasen. No era un espectáculo demasiado edificante.
   Los llamados bous serrils o reals eran realmente reses semibravas que se toreaban en las fiestas patronales de la mitad de pueblos de la provincia y entre las que abundaban más las vaquillas que los toros, porque un cornúpeta toreado de más de 400 kilos tiene más peligro que una banda de talibanes a los que se les ha mentado a su profeta. Por la mañana, rigurosamente a las 12 h., se celebraba la entrà (la entrada), un remedo de los encierros de San Fermín en Pamplona pero con mucho menos morbo. Por la calle de San Antonio (tradicionalmente llamado el Rabal) corrían las reses acompañadas a prudente distancia de los mozos. Una vez metidas en el corral instalado en la calle del Forn (Horno, de inolvidable recuerdo para mí pues en ella vine al mundo), se sacaban dos o tres ejemplares, uno a uno, a la plaza para que el mocerío las probase, por eso se conocía a esa acción como la próba (la prueba) y que consistía en espolear a los animales para que embistieran a los mozos que corrían a refugiarse en los carafales.
   Por la tarde, se llevaba a cabo lo que en el lenguaje oficial era llamado exhibición de vaquillas. Se sacaban a la plaza, uno tras otro, todas las reses que habían hecho la entrá y se repetía lo de la pròba. El animal perseguía a los jóvenes que la azuzaban con sus gritos y que prudentemente se refugiaban en los seudo burladeros de la artesanal plaza. Alguna vez era cogido un mozo, pero no recuerdo ni una cogida que fuera grave, como mucho de dar algunos puntos de sutura al mozo que no había corrido lo suficiente. La verdad es que, en conjunto, el espectáculo era bastante aburrido.
   Por la noche, volvía a haber verbena y una o dos veces durante la semana de fiestas se cambiaba el baile por una compañía de varietés que hacía las delicias del respetable dado que la televisión todavía no había llegado. Recuerdo que uno de los números más aplaudidos era el de las coristas que arropaban a la cantante cabeza de la compañía porque enseñaban partes de la anatomía femenina que en aquella España dominada por el nacional-catolicismo era muy difícil verlas. El cante flamenco también estaba representado, así como algún rapsoda y no faltaban los humoristas de turno.
   Cuando se acababan las fiestas quedaba el recuerdo agridulce de pensar que hasta el siguiente año ya no habría más festejos, aunque eso no era del todo cierto porque en enero, el 17, se celebraban las fiestas de Sant Antoni, de las que les hablaré otro día. 
   Hoy mi pueblo sigue en fiestas, pero ya no son las mismas de mi infancia. El pueblo ha cambiado, la gente ha cambiado y, con plena seguridad, también yo he cambiado. No hay que darle más vueltas, así es la vida.