domingo, 19 de agosto de 2018

*** En verano hay gente que se cree inmortal, como algunos ciclistas


   El ciclismo, tanto en su versión deportiva como en la meramente recreativa, es un deporte que tiene cientos miles de practicantes en España. De la afición masiva al deporte del pedal es buena prueba que la Vuelta a España sea, después del Tour y el Giro, la vuelta ciclista por etapas más importante del mundo. Este deporte vive en la época veraniega un repunte espectacular. Son cientos de miles los aficionados a la bicicleta que aprovechan sus vacaciones para practicar un deporte tan bonito como recomendable.
   Y ahora les cuento lo que llevo observando verano tras verano sobre algunos ciclistas. A mi casa veraniega (hablé de ella en otro post) solo se puede acceder a través de un camino rural pobremente asfaltado que se llama el Camí del Campàs y que une dos núcleos turísticos de cierta importancia, sobre todo el primero, Alcossebre y Torrenostra. Lo cuento porque por ese estrecho camino deben pasan diariamente en verano, sobre todo por la mañana, más de un millar de ciclistas que van de una población a otra o que llegan más allá. Otro dato que hay que hacer constar es que la inmensa mayoría de esa miríada de amantes de las bicis dan pedales por puro divertimento y supongo que de paso mantener la forma. Son los amantes de la modalidad del cicloturismo que creo que es como se llama.
   Esa legión de ciclistas son, mayormente, buenos deportistas y excelentes ciudadanos que cumplen escrupulosamente las normas viarias por la cuenta que les tiene pues sabido es que no todos los automovilistas respetan como es debido a los que van en bicicleta y, desgraciadamente, de vez en cuando los medios recogen muertes de ciclistas que nunca debieron producirse.
   Todo ello es como lo cuento, pero también es cierto que hay una parte de ese batallón de amantes del ciclismo, seguramente minoritaria, que en cuanto se suben a la bicicleta se convierten en ciclistas agresivos y que desprecian olímpicamente las normas de tráfico, poniendo en peligro su físico y el de los que se cruzan con ellos vayan a pie o en coche. Eso ocurre especialmente durante la época estival. Son los que supongo que forman parte de la gente que en verano se cree inmortal.
   En ese grupo que se cree imperecedero están los que van en grupo por un camino estrecho, como es el Camí del Campàs, y que aunque oigan un coche no se ponen en línea, por lo que cuando te cansas de ir a 20 kmh detrás de ellos has de tocar el claxon para que te dejen pasar. Cada vez que eso ocurre te ganas como poco los insultos de algunos o, al menos, sus miradas reprobatorias. También están los que circulan tan panchos en dirección contraria y como cometas la tontería de afearles su transgresión te llaman de todo menos bonito. Así mismo, en el pelotón de los inmortales figuran los que transitan por los carriles que están señalizados únicamente para peatones y ay de ti, pobre viandante, si te atreves a protestar por ello. Y otra muestra más del inmenso poder de la creencia en la inmortalidad: muchos de nuestros Ayuntamientos se han gastado sus buenos dineros en construir carriles solo para ciclistas, precisamente para que estén a salvo de los automóviles. Concretamente entre Torreblanca y Torrenostra hay dos carreteras que tienen, además de los viales para coches, otros dos, uno para peatones y otro para ciclistas; pues bien, los peatones suelen usar el suyo, pero son muchos los ciclistas que desprecian olímpicamente dichos carriles y corren tan ufanos por los viales de los coches. Y como pases a menos de 1,15 m. de ellos (creo que es la medida correcta para adelantar a un ciclista) te puede caer la del pulpo.
   Podría seguir contando más casos concretos de esos ciclistas que se creen inmortales, pero creo que con lo descrito es más que suficiente.
   Insisto que el pelotón del que hablo forma parte de un grupo minoritario de ciclistas, aunque me atrevo a decir que en verano sigue siendo minoritario pero no tanto como en el resto del año. ¿Por qué esa actitud que pone en riesgo su físico y el de muchos viandantes? Lo desconozco, solo puede suponer que son de la gente que en verano se cree inmortal.

PD.- El próximo post dominical irá sobre los conductores que en verano se creen inmortales.

viernes, 17 de agosto de 2018

Capítulo 16. Problemas post mortem.- 65. El olfato policial de Grandal despierta


   Francisco José Salazar se ha quedado de piedra al oír decir a la patrona del hostal que su padre ha muerto.
-Pero, señora, ¿muerto, lo que se dise muerto?
   La señora Eulalia por toda respuesta mueve la cabeza en un gesto que no queda claro si es afirmativo o negativo. Está comenzando a sentirse mal. De pronto ha recordado que no atendió el aviso del chico la primera vez que la alertó sobre el estado de su padre. Si hubiese llamado al doctor quizá… Cierra por un momento los ojos, los remordimientos la acongojan. Trata de serenarse para contestar al muchacho.
-Creo que sí. De todas formas, eso lo tendrá que certificar el médico. Quédate con él que voy a llamar al centro de salud.
   Al joven sevillano no le hace ninguna gracia quedarse en la habitación con un cadáver, aunque sea el de su padre, cree que es algo que trae mal fario, por eso se ofrece a ayudar a la patrona en sus gestiones. Encontrar un médico en pleno puente de la Asunción se revela como algo extraordinariamente complicado. Por si faltaba poco, el galeno de guardia en el centro de salud de Torreblanca está atendiendo a los heridos de un accidente que se ha producido en la peligrosa N-340, atestada de vehículos que retornan a las ciudades después del puente, y no puede trasladarse a la playa. La patrona se está poniendo de los nervios solo de pensar que tiene un huésped posiblemente de cuerpo presente en una de sus habitaciones, y no le ayuda a tranquilizarse el hijo del difunto que se le ha pegado como si fuera su sombra. Para terminar de liarlo el comedor está comenzando a llenarse de comensales del segundo turno para la cena y Anca, uno de los puntales del servicio, sigue desaparecida. Un cliente que les ha escuchado, con la cabeza más fría que la atribulada patrona, le sugiere que si no encuentra a un médico en el pueblo debería llamar al 112 de la Comunidad Valenciana. A su vez, una camarera le recuerda que en la playa hay estacionada durante el verano una ambulancia del Servicio de Asistencia Médica Urgente (SAMU). Como no hay nadie que coordine la situación, al final se realizan ambas gestiones: la patrona llama al 112 mientras el joven Salazar se va a buscar, acompañado por un empleado del hostal, al conductor de la ambulancia de la playa. No lo encuentran porque, según les cuenta un policía local, ha partido a recoger heridos del accidente de la nacional 340. Al enterarse de lo que pasa, el municipal llama a su superior y le informa del suceso, éste curándose en salud pasa la información al cuartel de la Guardia Civil del pueblo.
    La señora Eulalia ha sido más efectiva que el joven Salazar pues conecta sin ninguna dilación con el 112, el teléfono único, permanente y gratuito que atiende toda clase de emergencias incluidas las sanitarias. Una vez recibida la información, el teleoperador del 112 conecta automáticamente con el Servicio de Emergencias Sanitarias (SES) de Castellón, el cual deriva la llamada al Centro provincial de Información y Coordinación de Urgencias (CICUS). A su vez, el teleoperador de este último centro informa al médico coordinador quien por los datos que le aportan infiere que presuntamente está ante un caso en el que se impone la movilización inmediata y la asistencia no diferible por lo que ordena el urgente envío de una ambulancia de soporte vital avanzado, una UVI móvil, equipada con desfibrilador, oxígeno y demás material sanitario para atender urgencias y en la que además del conductor va un técnico en emergencias sanitarias y un médico.
   A todo esto, el hostal se ha convertido en un verdadero pandemónium pues ha trascendido la noticia de que el huésped de la 16, como también se le conoce a Curro entre el servicio, parece que ha fallecido. Suceso que deja en un segundo plano el otro notición del día en el ámbito del establecimiento: que la camarera que tiene asignada esa habitación, Anca la Potranca, lleva desaparecida desde media tarde y nadie sabe que ha sido de ella. El nerviosismo del servicio se transmite de algún modo a los comensales pues alguna de las camareras no da pie con bola.
   Los cuatro jubilados llevan más de medio día en el hostal. Comieron allí, por consejo de Anca, luego jugaron su indefectible partida de dominó y después quedaron en cenar también allí y así luego jugarán una partida nocturna. En eso están, cenando.
-Niña, he pedido espárragos con mayonesa y me los traes con vinagreta –protesta Álvarez a la camarera que les atiende.
-Perdone, señor Álvarez, no sé dónde tengo la  cabeza, pero con lo que está ocurriendo no es de extrañar –se disculpa la empleada.
-¿Y qué es lo que está pasando? –pregunta Álvarez tan curioso como de costumbre.
   La camarera, bajando la voz y en plan confidencial, les cuenta el suceso:
-Se lo cuento a ustedes porque son de confianza, aunque la señora Eulalia nos ha pedido que no se lo digamos a nadie. El huésped de la 16 parece que ha muerto. Lo tendrá que confirmar el médico de urgencias al que se le espera de un momento a otro.
-¿Y quién es el huésped de la 16? –vuelve a preguntar Álvarez.
-Lo conocen porque a veces juega con ustedes, el señor Martínez.
-¡¿Pero qué dices?! ¿Qué Martínez ha fallecido?, ¿si estuvimos con él ayer? –se sorprende Grandal.
-Yo solo sé lo que nos ha dicho la jefa. Y puedo añadirles que han pedido una ambulancia a Castellón porque la de la playa está en la carretera nacional donde ha habido un choque de coches.
   Desde ese momento solo se habla de la noticia que acaba de darles la empleada. Pedro Ramo, que presume de conocer de antaño a la patrona, se levanta para recabar más datos. Vuelve con información calentita.
-Os cuento. Según Eulalia, Martínez o ha muerto o está en las últimas. Ella cree lo primero porque parece que no respira. Han llamado a una ambulancia del servicio de urgencias de las que lleva un médico por si tienen que practicarle alguna intervención que solo un doctor puede llevar a cabo. También me ha dicho que el cadáver; bueno, que el cuerpo de Martínez lo ha encontrado su hijo en la habitación tirado en el suelo. El chaval, que no se despega de Eulalia, está descompuesto y más nervioso que un flan.
-¡Vaya notición!, ¿y tú decías que esta era una playa demasiado tranquila? –pregunta burlonamente Ponte dirigiéndose a Álvarez.
-Tampoco exageres, Manolo –quien le recrimina es Ramo-, la gente puede cascarla en cualquier sitio. Y haya muerto o no Martínez ésta seguirá siendo una playa muy tranquila.
-¿Os acordáis que ayer os decía que el pobre Martínez es un gafe de campeonato? Pues el que la haya palmado, teniendo en cuenta su edad, es una muestra de ello. Y a todo esto, ¿de qué se ha muerto?, si es que lo está, claro –quiere saber Grandal.
-Eso es un misterio –Es otra vez Ramo el que informa-. Como sabéis, tuvo una caída por la que se resintió de las dos fracturas de costillas, pero en los últimos días se había recuperado mucho. Se cree que puede ser de eso, pero hasta que un médico no lo certifique…
-De una fractura de costillas nadie se muere. Es una lesión que tarda en sanar unas semanas, pero que no comporta ningún riesgo de muerte –explica Grandal-. Naturalmente, siempre pueden surgir complicaciones, pero no es frecuente.
   Los dimes y diretes sobre el suceso son el centro de la conversación en la cena de los jubilados. Ramo se ha levantado un par de veces a ver si hay alguna novedad, pero vuelve con las manos vacías, todo sigue igual; bueno, casi, porque en su último voy y vuelvo aporta otra noticia que, aunque no tiene que ver directamente con el caso de Martínez, tiene su miga y que los jubilados desconocen: Anca, la joven camarera rumana, lleva desaparecida desde media tarde. La vieron salir con su novio que portaba un bulto tapado con una toalla y acompañados por una mujer que, al parecer, fue novia de Martínez. Esta noticia pone en alerta el olfato policial de Grandal.
-Si no recuerdo mal, Anca es la que tiene asignada la habitación de Martínez, ¿no es eso? Huy, huy, huy, esto se está poniendo del color de la papaya. Vamos a ver si recopilo lo que sabemos. Uno: nuestro amigo andaluz tiene o tenía dos costillas fracturadas, lesión que salvo excepcionales complicaciones no es mortal. Dos: parece que el andaluz ha fallecido y de momento nadie sabe por qué. Tres: la camarera que atiende su habitación, nuestra joven amiga Anca, ha desaparecido en el momento en que hace más falta que nunca porque el hostal está de bote en bote. Cuatro: se la ha visto salir con su novio que portaba un bulto tapado con una toalla por lo que se deduce que querían ocultar lo que llevaban. Quinto: con Anca y Vicentín también ha salido otra mujer que, al parecer, fue novia del andaluz y que no se sabe que coño pinta en esta historia. ¿Todo esto a qué os suena?
-A novela de Agatha Christie –contesta rápido Ponte.
-Estoy con Manolo, a novela policíaca –secunda Álvarez.
-Estoy con vosotros, esto es algo más que un lío de pueblo –ratifica Ramo.
-Me alegro que tengáis tan buen olfato. Como comisario, aunque esté jubilado, os diré que esto tiene toda la pinta de terminar en manos de la policía judicial.
-De la policía judicial no sé, pero de momento sí de la Benemérita. Ahí está el sargento de la Guardia Civil del pueblo –dice Ramo señalando a un suboficial que está hablando con la patrona y con un joven que está a su lado.
-Es lo que siempre digo y se confirma una vez más, si hay algo que funciona bien en este país de ineptos es la Guardia Civil. No ha llegado ningún médico, tampoco la ambulancia de urgencias, pero ahí están los civiles aunque en principio esto no sea más que una emergencia sanitaria –afirma Álvarez.
-Lo acabas de definir muy bien, Luis. Esto es una emergencia sanitaria… en principio. Veremos en qué acaba –remacha Grandal.

PD.- Hasta el próximo viernes.

miércoles, 15 de agosto de 2018

*** Recuerdos de tiempos que no volverán: la Mare de Deu d`Agost


   Hoy, en el universo católico, se conmemora la Asunción de la Virgen María. Mis recuerdos sobre cómo se festejaba en mi pueblo la festividad del 15 de agosto se remontan a la década de los cuarenta. Tendría unos seis o siete años.
   En aquella época, Torreblanca, como la mayoría de los pueblos predominantemente agrícolas, vivía de espaldas al mar. Sus habitantes, mayoritariamente labradores, vivían por, de y para la tierra. Visitar el mar, que podía verse desde cualquier punto del municipio y de su entorno, era algo que únicamente sucedía unos cuantos días al año, asociados a determinadas festividades religiosas. Si no recuerdo mal eran: San Juan (24 de junio), San Pedro (29 de junio), la Virgen del Carmen (16 de julio), San Jaime (25 de julio), y la última, la Mare de Deu d´Agost (literalmente, la Madre de Dios de Agosto) que se celebra tal día como hoy.
   Las familias escogían algunas de esas fechas, no todas, para pasar un día festivo a orillas del Mediterráneo. Se organizaba el viaje como toda una epopeya, pese a que la costa dista del pueblo solamente tres kilómetros. Lo primero era preparar el carro con el que cubrirían el trayecto. Todas las familias campesinas, que trabajaban una agricultura minifundista, tenían un carro y su correspondiente animal de tiro, generalmente un mulo o una mula, escaseaban los caballos y los asnos. Precisamente era el carro el transporte más usado. Estaba formado por una caja donde se aposentaban los pasajeros y se apoyaba en dos ruedas enormes. Casi todo construido en madera con algunos soportes y barras de hierro para hacer más firme el armazón. La suspensión era prácticamente inexistente por lo que cada bache y desnivel del camino lo notabas directamente en las posaderas. El sistema para enganchar el animal que tiraba del carro estaba formado por dos varas o largueros entre los que se uncía al mulo mediante unos arneses con lo que la caja quedaba en posición horizontal. Otro aparejo que se usaba esos días era la llamada vela que consistía en una lona semicircular que servía de resguardo contra el sol y que recordaba a las conocidas carretas de las películas del oeste. Si la familia tenía perro, algo que era frecuente entre los labradores, lo habitual era que lo llevaran atado con una cuerda en la parte de atrás del carro.
   Otra preparación que tenía su aquel era escoger la ropa que se iba a llevar. Y no crean que estoy hablando de tangas, bikinis, ni siquiera de simples bañadores, no. La ropa que serviría para remojarse, que es lo que solían hacer, era para las mujeres la combinación o enagua que se llevaba debajo del vestido propiamente dicho para que el cuerpo no se transparentara. Como solían ser telas livianas en cuanto se mojaban se pegaban al cuerpo revelando las curvas de su portadora, algo que supongo que encalabrinaría a más de uno de aquellos rústicos campesinos que para meterse en el agua portaban los típicos calzoncillos de la época, largos, ajustados a los tobillos y a rayas grises o negras y blancas. Tanto ellos como ellas no se bañaban, lo de los baños quedaba para los señoritos y la gente de la ciudad; aquellos sufridos
labradores de mi niñez se limitaban a remojarse. Le tenían al mar un respeto cuasi reverencial, casi ninguno sabía nadar por lo que no se aventuraban mucho más allá del agua a la altura de la cintura.
   Quizá la estampa que recuerdo con mayor nitidez de aquellos tan lejanos días es la del baño de los animales de tiro. A media mañana o a media tarde, según se desarrollaba la jornada, el jefe de la familia, ataviado con los calzoncillos que he descrito, se metía en el agua llevando de la brida o riendas al mulo que les había llevado hasta allí. Los animales eran tan poco partidarios del mar como sus dueños y estos tenían que esforzarse para meter a la acémila hasta que el agua les llegara a ambos costados. Entonces, con la mano o con un cubo el acemilero echaba agua por encima del animal. Estaban convencidos, si mis recuerdos siguen siendo fiables, de que ello servía para desparasitar a las bestias.
   A mediodía se comía al lado del mar. En la mayoría de ocasiones se traían las viandas preparadas desde casa. Cuando era así, la mayor parte de veces consistía en bocadillos regados por el vino, más bien peleón, que contenía una bota de cuero y por el agua del inseparable botijo que se guardaba en una zona sombreada para que el líquido no se calentara. En las ocasiones más señaladas se preparaba una paella que no se servía en platos, sino que se comía directamente de la paellera (en otro post les hablaré de lo que recuerdo de aquellas paellas). La paella iba casi siempre acompañada de una ensalada de lechuga, tomate y  
cebolla. Y para los postres se tomaba fruta pues el campo torreblanquino está lleno de frutales de muchas clases. En junio no faltaban los melocotones, las ciruelas, los albaricoques y las cerezas, pero la fruta preferida eran el melón y la sandía que nunca se comían juntos. No me pregunten por qué, pues no lo sé. En julio, a las anteriores frutas se añadían los higos y las diversas variedades de peras. Y en agosto, había que sumar las distintas clases de manzanas y los membrillos, aunque seguían siendo los reyes de los postres el melón (meló de tot l´any, literalmente melón de todo el año) y la sandía (meló d´Alger, literalmente melón de Argel).
   Y así transcurría la jornada hasta que al atardecer aquellos carros con sus airosas velas retomaban el camino hacia el pueblo y quizá no volvieran a visitar el mar hasta el siguiente año. Lo que he descrito ha desaparecido. Para empezar el pueblo ya no es agrícola, ahora la gente se gana la vida con la industria de servicios o de la cerámica. De la agricultura minifundista de la zona solo quedan algunos campitos en los que algunos jubilados se entretienen y complementan su magra pensión; han acabado con ella los cultivos intensivos, los invernaderos y las ayudas comunitarias de la UE. Por tanto, no hay campesinos y los carros y los animales de tiro ya no son necesarios. De la forma de vestir de mis paisanos no digamos y sus distracciones las satisfacen la televisión, internet y los teléfonos móviles.
   Algo sí ha cambiado, Torreblanca ya no vive de espaldas al mar (a la mar se dice en valenciano pues siempre se habla de ella en femenino); más bien al contrario, vive mirando al Mediterráneo pues sus playas se han convertido en una de las pocas fuentes de ingresos que tiene el pueblo. Y además, como todo el mundo está motorizado, los fines de semana especialmente las playas de Torrenostra (así se llama el barrio marítimo de Torreblanca) se llenan de torreblanquins.
   Esto que les he contado, me da la impresión de que cuando faltemos la gente de mi generación se esfumara de la memoria colectiva pues dudo mucho que esos viajes estén documentados. Esos son mis recuerdos infantiles de tal día como hoy y de tiempos que no volverán. O tempora, o mores que diría Cicerón.

PD.- Hasta el próximo post dominical en el que les voy a hablar de los ciclistas veraniegos