viernes, 20 de octubre de 2017

23. Ir un paso por delante



   El almuerzo, organizado por el exviceconsejero Felipe Muñoz para estudiar qué hacer con el reencontrado Curro Salazar, está discurriendo distendidamente quizá porque el resto de comensales todavía no conocen el motivo de la reunión. Cuando se produce el receso que siempre supone la petición de los postres y cafés, Juan Antonio Almagro, el único de los  presentes que llegó a consejero del Gobierno de la Junta de Andalucía, hace valer su mayor rango político de entre los reunidos y rompe el fuego.
-Bueno, Felipe, ¿nos vas a contar el porqué de esta reunión o esperas a la próxima Feria de Abril?
    Muñoz no se hace de rogar y suelta la bomba: por pura chiripa un amigo suyo ha descubierto el paradero de Curro Salazar. Es nombrar al exsindicalista y un manto de silencio tan denso que casi se puede palpar se abate sobre la mesa. De pronto, parece que a los dicharacheros comensales se les ha comido la lengua el gato, como dice la expresión popular. Es, otra vez, el exconsejero quien vuelve a preguntar, pero en esta ocasión con un tonillo trufado de sarcasmo.
-¿Y nos has congregado a esta mesa para contarnos por dónde hase su vida el pringao de Curro?
-Pensé que tendríais interés en saberlo por lo que pudiera pasar.
-¿Y qué te lleva a suponer que estamos interesaos en conoser el paradero de ese hijoputa?  
   Muñoz, ante la agresividad de quien fuera superior suyo, recula y no se atreve a explayarse sobre el verdadero motivo de la cita. Tiene que ser otro de los comensales, Jaime Sierra, antiguo director general de IDEA, el que verbaliza lo que todos están pensando tras la noticia que acaba de darles el exviceconsejero, pero que nadie se atreve a decir en voz alta.
-No seamos hipócritas, todos los que estamos aquí sabemos lo que puede pasar si la juez instructora le echa mano al membrillo de Curro.
-¿Y qué puede pasar? –El antiguo consejero continúa encasillado en su postura de menospreciar el valor que tiene haber localizado a Salazar.
-¿Que qué puede pasar? Pues entre otras muchas cosas que como ese boquifloja se venga abajo en cuanto la jueza le apriete las tuercas, más de uno y más de dos las podemos pasar más putas que un vendedor de Rolex en un mercadillo de barrio. ¿Por qué creéis que el Curro se dio el piro? Porque es el primero que no ignora que como se vea en la tesitura de tener que cantar lo mucho que sabe se va a ganar enemigos a porrillo y algunos con muy mala hostia. Y si ese amigo de Felipe, aunque sea por casualidad, ha descubierto el paradero del gilipollas de Zahara de los Atunes, ¿cuánto creéis que le va a costar a la justicia echarle el guante? Pues días, por tanto lo que hay que hacer es, primero, agradecerle a Felipe la información y segundo pensar que partido podemos sacarle a esta circunstancia –Jaime Sierra, como oriundo de Lora del Río, sesea en la intimidad, pero no suele hacerlo en público.
-¿Y para qué? –El exconsejero se mantiene terne en su posición de no dar valor a la noticia.
-¿Para qué? –Quien le contesta es otra vez Sierra-. Siempre tuve la sospecha, Juan Antonio, de que tu nombramiento como consejero se debió más a la presión del clan de Alcalá de los Gazules que a tu equipamiento intelectual y con esa última pregunta mi sospecha deja de ser tal para convertirse en otra cosa. ¿Para qué? Para ir un paso por delante del juzgado de instrucción, ¿te parece poco?
-Lo que dice Jaime –El que ahora interviene es Santiago Rivera, socio de un bufete de abogados implicado en el caso ERE y que es otro de los que tampoco sesea- tiene mucho sentido. Os recuerdo que Salazar está en busca y captura, lo que quiere decir que más pronto que tarde  terminarán echándole el guante, por eso si pudiésemos hablar con él antes de que lo detengan podría ser una baza estupenda a nuestro favor.
-Explícate, Rivera, por favor –pide Macarena Chacón, antigua exdelegada de empleo y
única mujer de entre los reunidos.
-Si los que estamos aquí habláramos con él antes de que ingrese nuevamente en prisión, podríamos cambiar el sentido de sus declaraciones ante la juez instructora y nuestro futuro procesal podría cambiar como del día a la noche –explica Rivera.
-¿Y eso cómo lo podríamos conseguir? –pregunta otro de los comensales.
   Hay un momento de silencio por ver quien contesta a la pregunta. Visto que nadie se arranca, es el abogado quien vuelve a tomar la palabra.
-Así a bote pronto se me ocurre que podríamos contactar con Salazar y proponerle un pacto: él no le cuenta nada a la juez instructora o, mejor todavía, le cuenta una historia que previamente nosotros hayamos confeccionado y a cambio le daríamos alguna clase de compensación a convenir, como una prima o algo así.
-¿Una prima? –masculla el exconsejero-, a ese hijoputa lo que habría que darle es una mano de hostias bien dadas.
-Unas hostias no sé –dice otro de los reunidos-, pero Juan Antonio tiene rasón en parte. He oído comentar que el padre del soplagaitas de Curro va alardeando por ahí de que su hijo tiene guita como para asar una vaca con los billetes que guarda. Por tanto, darle una prima no creo que fuera ningún alisiente para él, tendría que ser otra clase de compensasión.
-Todo hombre tiene su precio en dinero o en especies –afirma Sierra-. Lo importante es llegar a un acuerdo con Salazar. La contraprestación que le podemos ofrecer sería cuestión de estudiarla.
-¿Eso quiere decir que estás de acuerdo con la propuesta de Santiago? –inquiere Guillermo Mina, el exdirector de una compañía aseguradora, también imputado por el caso ERE.
-¿Quién es Santiago? –pregunta el despistado de turno.
-Servidor y picapedrero –contesta en tono burlesco el letrado.
-Yo te conosía como Rivera –se excusa el despistado.
-Y así me apellido, pero como todo hijo de vecino también tengo nombre.
   En vista de que la charla se está yendo por otros derroteros, Felipe Muñoz trata de volver a centrarla en el verdadero motivo de la reunión: qué hacer ahora que conocen el paradero de Salazar.
-Por favor, no nos vayamos por las ramas. Sentremos el debate. Os pido propuestas sobre qué medidas tomar respecto a Curro.
-No sé si se pueden calificar de propuestas, pero aquí se han puesto sobre la mesa tres sugerencias, por llamarlas de alguna manera, –afirma Mina-. Una, la de Jaime, de que sería una ayuda para muchos imputados que pudiéramos ir un paso por delante de la juez de instrucción. Otra y que enlaza con la anterior, la de Santiago, contactar con Salazar y proponerle un pacto para que, en el supuesto de que le detengan, le cuente a la instructora lo que previamente hayamos acordado. Y la tercera, la de Juan Antonio, que sería darle unas hostias bien dadas.
-Lo que acaba de recordar Guillermo –dice Felipe en alusión a Mina- podemos resumirlo en que hay dos posturas básicas, una está muy clara: la de contactar con Curro y negosiar con él antes de que lo trinque la polisia; la otra, la de darle unas hostias o una palisa, no sé cómo calificarla. Por eso, te pido, Juan Antonio que la expliques, comensando por si crees que deberíamos ponernos en contacto con él o no.
   Las miradas de los comensales se centran en el exconsejero que se remueve inquieto,  carraspea, se toma su tiempo, pero al final responde:
-Claro que hay que echarle mano a ese soplón, pero no para pactar sino para meterle el miedo en el cuerpo. La mejor manera de que ese desgrasiao no se vaya de la húmeda es dejarle muy clarito lo que le podría pasar si canta lo que no debe. O sea, lo que hay que haser es acojonarlo.
-¿Y cómo se le acojona? -pregunta Eduardo Guerra, el exsecretario general técnico que hasta ahora no había abierto la boca.
-¡No preguntes gilipolleses, coño! Hay muchas formas de acojonar a un tío. Personalisando: a ti te metieron los huevos por corbata cuando te preguntaron porque diste tu visto bueno a algunas partidas de los presupuestos del 2008. En el caso de Curro como jamás firmó un papel, puesto que fuera de la UGT nunca ejersió un cargo, el ejemplo anterior no vale, pero se le puede acoquinar de mil maneras distintas –la iracunda respuesta lleva la firma del exconsejero.
   Felipe Muñoz, como anfitrión de la reunión, ve que los diálogos a dos vuelven a hacer descarrilar el objeto de la cita, por lo que retoma la palabra.
-Constato que todos los que hemos hablado somos partidarios de ponernos en contacto con Curro, en lo que diferimos es qué desirle o haser con él, pero eso es, en mi opinión, la segunda fase del proseso y sería cuestión de discutirlo en su momento. Vamos a dejarnos de toreo de salón y entremos a matar y lo primero es preguntar: ¿quiénes son partidarios de que nos pongamos en contacto con Curro? Los que lo sean que levanten la mano o que lo digan. Naturalmente, los que no lo sean también pueden manifestarse como quieran. Luego, seguiremos hablando.
   La pregunta de Muñoz, sobre contactar o no con Curro, vuelve a provocar un silencio que es más aparatoso que real pues lo de ir un paso por delante de la justicia ha calado en la mente de todos, solo esperan a que alguien levante la mano el primero.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 13 de octubre de 2017

Capítulo 6. En pos de Curro Salazar.- 22. El mundo es un pañuelo



   El almuerzo que han degustado Curro y Anca en Can Roig puede traer cola porque, ¡quién lo iba a decir!, uno de los comensales que estaba almorzando en el interior del restaurante, y al que Salazar no pudo ver porque él y la chica lo hicieron en el jardín, es un subdirector general de la Junta de Andalucía. Cristóbal Diéguez, así se llama el funcionario, no tiene cuentas pendientes con el exsindicalista, pero conoce a alguien que si las tiene, Felipe Muñoz, un viceconsejero del gobierno andaluz, al que el caso ERE se ha llevado por delante y ahora está en la lista de los ex. Desde el mismo restaurante llama a su antiguo superior de quien sabe que daría cualquier cosa por mantener un careo con Curro.
-¿Felipe?, soy Cristóbal Diéguez, ¿tienes un minuto? Verás, tengo una información que te va a interesar. Estoy pasando unos días en la provincia de Castellón, concretamente en Benicàssim, invitado por uno de mis hermanos. Pues bien, hoy hemos ido a comer a un restorán que nos habían recomendado. Y lo que son las casualidades, ¿a qué no puedes imaginar quién estaba almorzando allí? Tu amigo Curro Salazar, por cierto, acompañado de una real hembra.
-¡Coño, Cristóbal!, ¿qué me cuentas? Si me interesa la notisia. ¿Y sabes dónde está viviendo ese impresentable?
-No, pero dado el emplazamiento del restorán supongo que estará residiendo en alguno de los pueblos costeros más o menos cercanos. ¿Quieres que lo localice?
-Me harías un gran favor.
-Creo que sé cómo dar con él. He visto que el maitre le daba mucho palique. Todo será cuestión de trabajarlo y seguro que alguna información me facilitará. Déjalo de mi cuenta.
   El subdirector tiene una breve charla con el maitre quien al principio se resiste a informar sobre sus clientes, pero un billete de cien euros diluye su discreción profesional y le cuenta a Diéguez todo cuanto sabe del rumboso comensal que ha estado almorzando con una joven. Aunque lo que sabe es bien poco: que el individuo es de los que tienen mano izquierda para conseguir una mesa sin haberla reservado previamente, que dice apellidarse Martínez y que le ha dicho que venía de Torrenostra. Diéguez se informa sobre dicha población y cuando descubre que solo tiene un establecimiento hotelero supone que posiblemente Curro resida en el mismo. Al día siguiente envía a su esposa a Torrenostra, a él le conoce el exsindicalista, a investigar el paradero del fugitivo. La mujer se da buena maña, y se presenta en el hostal como una madre de familia que está buscando un hotel tranquilo al lado del mar. En un determinado momento de la conversación con la dueña deja caer que el hostal se lo ha recomendado un amigo de su marido que se llama Francisco Salazar, aunque todo el mundo le conoce como Curro.
-Pues lo siento por partida doble, señora. El hostal está lleno hasta el veinticinco de agosto y no tenemos ningún cliente que se apellide Salazar, aunque fíjese lo que son las casualidades, tenemos un huésped, don Francisco Martínez, a quien he oído que sus amigos de partida le suelen llamar Curro.
   La esposa del subdirector vuelve a Benicàssim con la información que buscaba su marido: ha localizado a Curro Salazar y hasta sabe el falso nombre que ahora utiliza. Diéguez llama inmediatamente al exviceconsejero y le cuenta lo que ha descubierto su esposa.
-Grasias, Cristóbal. Te debo una. Oye, y tú que estás ahí, ¿dónde se podría hospedar uno serquita de esa playa de Torrenostra?
-Hay cuatro sitios que están cerca y que cuentan con muchos hoteles: Oropesa del Mar Alcossebre, Benicàssim y Peñíscola. ¿Piensas venir?
-No, no lo creo, tengo que hablarlo con algunos compañeros. En cualquier caso, muchas grasias. Esto no lo voy a olvidar.
   Ajeno a que su anonimato ha dejado de serlo, Curro sigue con su vida de fugitivo que en estos momentos pivota alrededor de Anca pues se ha encoñado con la joven rumana. Al día siguiente de su apasionado encuentro en la Sierra de Irta el exsindicalista no se mueve de su habitación hasta que la muchacha llama a la puerta para arreglar la estancia. En cuanto le abre toma a la joven en brazos y comienza a comérsela a besos. La muchacha al principio se deja acariciar, pero cuando Salazar hace un desmañado intento de desnudarla se deshace del abrazo.
-Para el carro, majete, que no todos los días son domingo. Ayer me lo pasé muy bien, pero eso no debe volver a repetirse. No veas la que me montó Vicentín con lo celoso que es. Le tuve que contar un montón de trolas que como algún día las descubra puede hacer cualquier barbaridad. No digo que en otro momento no podamos volver a divertirnos, pero hasta que no se le pasee el cabreo al moro que tengo de novio olvídate de mí. Por ahora, aquí en el hostal, tú eres un cliente y yo una camarera. Tú en tu sitio y yo en el mío. Y ahora o sales de la habitación para que pueda arreglarla o la que se va soy yo. Tú decides.
   Curro, de mal humor, sale de la estancia dando un portazo. Él que creía que tenía a la joven en sus manos y resulta que no es así. Se le pasa pronto el enfado, sabe que con las mujeres la paciencia es una regla de oro. Habrá que darle tiempo a Anca para que compruebe que entre un bobalicón celoso como el tal Vicentín y un hombre hecho y derecho como él hay todo un mundo de diferencia.
   Mientras Anca le pone las peras a cuarto al exsindicalista, a unos  seiscientos veintitrés kilómetros de Torrenostra, en la capital hispalense, Felipe Muñoz, el exviceconsejero de la Junta de Andalucía a quien un antiguo subordinado le ha soplado el paradero de Curro, no hace más que darle vueltas a la información recibida. Ha mantenido conversaciones con otros imputados en el caso ERE sobre la bomba de relojería que puede ser Salazar, sobre el que pesa una orden de busca y captura. Si Curro fuera apresado, y se viera presionado hasta el extremo de tener que contar todo lo que sabe y empezara a soltar nombres, podría involucrar a muchas personas que, por el momento, se han librado de comparecer ante la justicia. Y como parece que posee abundante documentación podría presentar pruebas de muchos de los delitos de los que están acusados diversos imputados que, hasta ahora, solo son presuntos culpables. Y lo peor sería si hiciera un pacto con la fiscalía para rebajar su condena y tirara de la manta, entonces se podría montar un lio procesal del carajo. Muñoz se dice que tiene que ponerse en contacto con algunos de sus amigos que, como él, están inmersos en el caso para ver como gestionan la información sobre el paradero de Salazar. El problema es ¿a quiénes? Han de ser tipos de confianza y, en principio, no demasiados. Es consciente de que hay opiniones muy diversas y hasta encontradas sobre el modo de conseguir que el exsindicalista no declare ante la juez instructora o, en su caso, lo haga de la forma más conveniente para los imputados. Tras muchos descartes, al final se queda con media docena de compañeros, todos ellos pringados en el caso ERE, a los que invita a un almuerzo. Sabe perfectamente que alrededor de un mantel y con buenas viandas por medio las relaciones son más acomodaticias y llevaderas. Asimismo, opta por no revelarles el verdadero motivo de la reunión, se limita a indicarles que van a tratar de un asunto que les interesa a todos, lo hace porque no quiere que la noticia del paradero de Curro comience a circular por los cenáculos sevillanos antes de que él y sus amigos tomen una decisión sobre ello.
   Muñoz elige un discreto restaurante en el barrio de Santa Cruz. Alrededor de la mesa se sientan una colección de políticos involucrados en el caso ERE hasta la coronilla: un exconsejero de la Junta de Andalucía, uno de los socios de un bufete de abogados, un exdirector general de la Agencia de Innovación y Desarrollo de Andalucía (IDEA), el exdirector de una empresa aseguradora, un exsecretario general técnico y una exdelegada de empleo. Los políticos todos son ex porque el tsunami del caso ERE se los ha llevado por delante. Antes de organizar la reunión, Muñoz se ha atrevido a sondear a los dos últimos expresidentes de la Junta, pero desde los gabinetes de ambos políticos le han informado que declinan su asistencia.
   La conversación entre los siete comensales es distendida al principio. Son viejos conocidos y tienen muchos nexos comunes, el último estar imputados en el caso ERE y haber tenido que declarar ante la juez instructora del caso o ante el Tribunal Supremo en el caso de los aforados. Algunos de ellos incluso han sufrido prisión condicional. Los delitos que se les imputan comprenden un amplio abanico, los más recurrentes son malversación de fondos públicos, fraude en subvenciones, cohecho y falsedad documental, blanqueo de capitales, asociación ilícita, prevaricación, delito contra la Hacienda Pública, omisión del deber de denunciar delitos, infidelidad en la custodia de documentos, negociación prohibida a funcionario, obtención fraudulenta de ayudas, etcétera.
   Cuando está organizando la reunión y al recordar como su amigo Diéguez ha dado con el paradero de Salazar, Muñoz se dice:
-Desde luego, el mundo es un pañuelo.

PD.- Hasta el próximo viernes
 

viernes, 6 de octubre de 2017

21. De postre, un beso y…



   La amplia carta de Can Roig se basa en platos tradicionales, entre ellos algunos marineros, con la especificación de que todos son elaborados con productos frescos de la zona. Curro le deja un tiempo a Anca para que la lea, luego le pregunta:
-¿Qué te apetece comer? Empecemos por los entrantes.
-¡Huy!, es que hay tantos platos que es difícil decidirse.
-¿Me dejas que pida yo? No es por fardar, pero estoy acostumbrado a comer en restoranes de esta clase e incluso de más postín.
   Curro le pide ayuda al maitre, que no le quita ojo de encima a un cliente tan rumboso, para escoger lo más selecto de la carta. El empleado, que a estas alturas ya sabe que a quien hay que bailarle el agua es a la joven, le pregunta con su tono más melifluo:
-La señorita, ¿qué prefiere?, ¿algún plato de los que hay para empezar?, ¿algún entrante de temporada?, ¿algo de los intocables de Can Roig?, ¿entrantes del mar?
-No sé, hay tanto para elegir.
-Si me lo permiten, yo les aconsejo que pidan un plato de cada apartado. Por ejemplo: del primero podrían probar un foie micuitte sobre un mosaico de sabores; del segundo un plato muy típico de la tierra, alcachofas de Cap i Corb, jamón de pato, tomate de colgar y AOVE Bardomus; de los intocables de la casa, escalibada con anchoas y queso fresco de Catí y del último apartado ortigas de mar en tempura.
-Sé que AOVE son las siglas de aceite de oliva virgen extra –puntualiza Curro dándoselas de gourmet-, pero no sé qué es Bardomus ni tampoco que es Cap i Corb.
- Bardomus es el nombre del aceite que producen los olivos cultivados entre los parques naturales de la Sierra de Irta, Prat de Cabanes-Torreblanca y el Mediterráneo. Tiene un aroma a aceitunas verdes y hierba de monte bajo y un sabor ligeramente amargo y picante como una mezcla de almendras verdes, hoja de tomatera, alcachofa y hojas de olivo. En cuanto a Cap i Corb es el nombre de una pedanía del municipio de Alcalá. Señorita –pregunta el maitre dirigiéndose otra vez a Anca- ¿qué le parece mi propuesta?
-¡Huy!, con eso que ha sugerido ya como.
-Le aseguro, señorita, que son platos tan ligeros que lo que harán será abrirle el apetito. Luego, de plat de résistance como diría un colega galo, ¿qué prefiere pescado, carne o arroces?
-Arroz no, estoy de paellas, del arroz a banda, del negro y de todos los demás hasta el moño. Prefiero pescado.
-Hoy tenemos un lenguado del país con salsa de erizos de mar que está para relamerse de gusto.
-Degustaremos su propuesta –acepta Curro haciendo gala de un falso cosmopolitismo- . Nos trae la carta de vinos, por favor.
   Tras el suculento almuerzo regado con vinos de la tierra les entra una ligera somnolencia, sobre todo a la muchacha poco acostumbrada a yantares tan copiosos.
-Lo que daría por echar una cabezadita –suspira Anca-. Hasta podría recostarme en el coche.
-¿No prefieres una buena cama en una habitación con aire acondicionado para descansar el rato que quieras? –pregunta Curro cuyas intenciones comienzan a traslucirse.
-Quita, quita, una habitación. Me vale con los asientos de atrás del coche.
-Lo que tú quieras, princesa.
   Curro busca una zona solitaria en las faldas de la Sierra de Irta y estaciona el coche debajo de unos pinos.
-Voy a mantener el aire acondicionado un ratito para que se refresque el interior y en cuanto tenga una temperatura adecuada lo apagaré para que no te moleste el zumbido. Ya verás lo bien que vas a estar.
-¡Qué bueno eres, Curro! Tú sí que sabes tratar a las mujeres y no como otros.
-Antes de la siesta querría pedirte algo, ¿puedo?
-Por pedir que no quede.
-Espero que no lo tomes a mal. Desde que te vi no hago más que pensar que un beso tuyo tiene que saber a miel de azahar y romero. Quisiera que me dejaras besarte, para mí será el mejor postre que haya podido tomar en mi vida.
-¡Qué cosas dices! Un beso pedido con tanta finura no puede negarse.
   La joven apoya la cabeza en el respaldo de la butaca y vuelve su cara hacia Curro que, como un avezado donjuán, en lugar de besarle los labios empieza con los lóbulos de las orejas, sigue con los ojos para terminar posando sus labios sobre los de Anca. El exsindicalista no sabrá hacer otras cosas, pero vista la reacción de la muchacha parece que es todo un experto en jugar con los labios y la lengua. Al primer beso sigue otro y otro y otros más. Cuando Curro abre la blusa de Anca, le baja los tirantes del sujetador y comienza a acariciarle los pechos, la joven ya ha perdido el control del que hasta ahora ha hecho gala. El hombre abate los asientos y ambos se van desnudando con las mismas ansias. La muchacha ronronea como una gata en celo, ronroneos que se transforman en gemidos cuando Curro la penetra. Ambos se abrazan con toda la fuerza de que son capaces mientras se mueven frenéticamente. Cuando llegan al orgasmo siguen cogidos con más ahínco si cabe hasta que pasados unos minutos que les han parecido eternos deshacen su abrazo.
-Eres un león. No recuerdo haber gozado tanto. Y luego dirán que los hombres mayores ya no valéis para hacer feliz a una mujer.
-Te devuelvo el cumplido: jamás he conocido una mujer que fuera capaz de ponerme a mil como lo has hecho tú. Este ha sido el mejor polvo de mi vida.
   La pareja está un buen rato acariciándose hasta que Curro nota, no sin sorpresa, que su miembro vuelve a revivir. Da la impresión de que a la muchacha le pasa algo parecido. Cuando vuelven a abrazarse aparece inoportunamente un grupito de senderistas que, por la ruta que llevan, van a pasar muy cerquita del coche. Curro suelta un juramento:
-¡La leche que les dieron, ni en plena montaña puedes estar tranquilo!
   Se sube los pantalones y con un cabreo mayúsculo pone en marcha el vehículo. Se calma cuando la joven le dice en un susurro:
-Hay paradores de carretera que alquilan habitaciones por horas a los conductores para que echen un sueñecito.
-Es una magnífica idea, bonita.
   Y en el primer parador que ven en la nacional 340 entran y alquilan una habitación donde la pareja vuelve a hacer el amor, pero esta vez como debe ser. Se desnudan, ya sin prisa alguna, y copulan quizá sin las premuras del anterior enlace, pero con el sabor inigualable que da la ausencia de prisas. Cuando al caer la tarde dejan el parador no se sabe de ambos quién lleva pintada en la cara una sonrisa más amplia. Al llegar al pueblo, y a petición de la muchacha, Curro la deja en una de las solitarias calles que hay a la entrada.
   Anca había apagado el móvil, cuando lo enciende ve que tiene varias llamadas perdidas y algunos WhatsApp sin abrir. Las llamadas y mensajes tienen la misma procedencia: el teléfono de su novio. Le llama y le cuenta una milonga: ha estado con una amiga de compras por Alcossebre y cuando iban a volverse se toparon con una compatriota de Timisoara, la ciudad de la que procede su familia, y que se pusieron a preguntarle por la gente conocida que vive allí y entre unas cosas y otras se les fue la tarde. Que estaba cansada y que mañana se verían.
   Cuando la joven camarera llega a su casa ante el portal está esperándole Vicentín sentado en su coche. El joven está enfurruñado, basta con ver el gesto avinagrado que tiene.
-¿Por qué no has contestado a mis llamadas? –es lo primero que le espeta.
-Porque tenía el teléfono apagado.
-¿Y por qué lo has apagado?
   Anca, ahondando en su patraña, le cuenta que durante la primera media hora de compras le ha llamado un montón de gente y que así no había manera de centrarse en lo que querían ver, por eso ha apagado el móvil con la intención de volver a encenderlo, pero al encontrarse con su compatriota Raluca se le ha ido el santo al cielo y ya no se ha acordado de activarlo hasta llegar al pueblo.
-¿Y qué has comprado si se puede saber?, porque no veo que lleves ninguna bolsa.
-Es que realmente más que de compras íbamos a ver unas tiendas que estaban de rebajas, pero lo que saldaban o era morralla o más pasado de moda que Carracuca y al final no hemos comprado nada.
-¿Y con quién has ido a Alcossebre?
-Con Mihaela –contesta la joven, ha sido el primer nombre que le ha venido a la boca de entre sus amigas que tienen vehículo propio, y piensa que en cuanto suba a casa lo primero que tiene que hacer es llamar a Mihaela para prevenirla ante posibles indagaciones de Vicentín que cuando le entra el síndrome de los celos no se para en barras.
-Pues para un viaje de compras que te ha salido rana llevas una cara de estar más contenta que unas pascuas –Vicentín sigue martilleando en el yunque de sus sospechas.
-Ha sido el encuentro con Raluca lo que me ha puesto contenta. No puedes imaginar la de noticias que me ha contado de la familia de mi madre que vive en Timisoara y de gente que conocí cuando hace unos años mis padres me llevaron a visitar la ciudad. Y la que se va a poner más contenta todavía será mi madre cuando le cuente todo lo que me ha explicado Raluca.
   Anca se cansa del interrogatorio de Vicentín y sabe que solo hay un medio de que su novio se calme.
-Anda, llévame a dar una vuelta y verás lo que te hago.

PD.- Hasta el próximo viernes