viernes, 24 de febrero de 2017

108. Vieques resulta ser Mr. Connolly



   Atienza se apresta a dirigirse al Hotel Barceló Emperatriz en la madrileña calle de López de Hoyos, donde tiene una cita con el señor Kevin Vieques, del que solo sabe, aparte de su nombre, que es portorriqueño y que quiere charlar con él de un asunto que preocupa a ambos. Como la cita tiene algo de incierto, hace algo poco habitual, coge su pistola, una Heckler &Koch USP Compact, semiautomática, del calibre nueve milímetros parabéllum, con un cargador de trece balas y que es el arma reglamentaria del Cuerpo de la Policía Nacional española.
   En recepción Atienza pregunta por el señor Vieques. Le está esperando en el bar. No tiene que volver a preguntar por él, en una mesita sita en un discreto rincón hay un hombre que cuando le ve entrar le hace un gesto con la mano y al acercarse se levanta para saludarle, hechos que ponen en guardia al policía. Este tío parece conocerme, ¿cómo es posible?, se pregunta el inspector de Patrimonio. El tal Vieques es grande y parece fuerte, aunque el ancho cinturón no oculta que su barriga comienza a expandirse. Por el moreno color de su tez podría pasar por español, piensa Atienza, aunque lo más sorprendente de su rostro es que tiene los ojos de un azul desvaído.
- Señor Atiensa, gusto en conoserle – el portorriqueño le ofrece una mano ancha y recia.
- El gusto es mío, señor Vieques. Por cierto, no recuerdo que nos hubiéramos visto antes.
   Vieques esboza una media sonrisa mientras invita a sentarse al policía.
- ¿Qué quiere tomar? – pregunta el portorriqueño.
- Lo mismo que usted.
- Dos wiskis con hielo – encarga Vieques al camarero que ha respondido a su llamada y luego se explica -. No, señor Atiensa, no nos hemos visto antes, pero previo a llamarle me tomé la molestia de echarle un repaso a su historial y en él había una foto que, por sierto, no le hase justisia, parese mucho más joven al natural.
- ¿Y de dónde sacó mi historial? – quiere saber Atienza que está empezando a ponerse alerta.
- Mire, señor Atiensa, entre profesionales creo que lo más práctico es jugar con las cartas vistas. Y para demostrarle mi buena voluntad comensaré yo. Para empesar, el apellido Vieques es el de mi mamá y lo suelo usar cuando estoy en un país de lengua española. Mi primer y autentico apellido es Connolly. Así se llamaba mi papá, un irlandés del condado de Waterford que tras emigrar a los Estados Unidos conosió en Nueva York a una linda portorriqueña, Mía Vieques, con la que se casó. Trabajé en lo mismo que papá, en la polisía neoyorquina, hasta que alguien pensó que el sargento Connolly de la brigada antiterrorista, que hablaba español con asento caribeño pero con total fluides, serviría mejor a su país estando en la Agensia que patrullando por el Spanish Harlem. Y esa, de forma resumida, es mi biografía. Ya ve, con la mala fama que tenemos los de la Agensia de ocultar nuestra verdadera identidad y de enmascarar nuestro trabajo y lo primero que hago es contarle mi vida o, al menos, la almendra de la misma.
   Atienza no se extraña demasiado, tenía el pálpito de que algo así podía ser el señor Vieques; mejor dicho, míster Connolly. Y decide pagar al americano con la misma moneda, la de la sinceridad.
- Le agradezco su franqueza en lo que vale, míster Connolly, es la mejor manera de entenderse. Y en lo que a mí respecta, como ha leído mi historial poco más puedo contarle.
- Llámeme Kevin, por favor, y sí, puede contarme mucho, justamente para eso estoy aquí.
- ¿Qué quiere saber?
- Lo que pueda contarme de las investigasiones de su grupo sobre el robo del Tesoro Quimbaya. Y le adelanto,…; ¿puedo llamarle Juan Carlos? – Ante el asentimiento del español prosigue -, y le adelanto que más o menos estoy al corriente de adonde habían llegado hasta fines de febrero.
   En ese momento es cuando Atienza lamenta haber tenido que posponer la entrevista con Grandal porque a buen seguro que el excomisario le habría aportado algunas conclusiones interesantes que quizá pudiera usar ahora como moneda de cambio, por otra parte se dice que es preferible que en esta entrevista, que supone que no será la última, no le cuente al americano todo cuanto sabe. Lo que hace es exponerle los dos últimos datos fehacientes del caso. El ofrecimiento de los servicios cubanos de inteligencia de que si el actual gobierno español en funciones sigue apoyando las conversaciones de La Habana, España podría verse recompensada con la devolución de unos bienes culturales. Connolly atiende como pudiera hacerlo un alumno que escucha una lección ya sabida; al menos, esa es la impresión que le produce a Atienza. En cambio, cuando le cuenta el otro dato: que los mandos superiores de la policía han puesto en stand by las investigaciones referentes al caso, le produce la impresión de que es algo que el norteamericano no conocía.
- Juan Carlos, le agradesco su sinseridad, pero aparte de los datos en cuestión, supongo que después de analisarlos alguna conclusión habrán sacado.
- En eso estamos, pero permítame, Kevin, hasta el momento el único que ha puesto sobre la mesa información he sido yo. Creo que antes de proseguir, ahora le toca a usted.
- Touché, mi amigo. Pregunte, que quiere saber que yo pueda contarle.
- ¿Cuál es el interés de la Agencia en el robo del Tesoro Quimbaya?
- Verá. El robo en sí no tuvo ningún interés para nosotros hasta que aparesió la oferta de los cubanos que usted ha contado antes. A partir de ahí es cuando el robo meresió nuestra atensión. No revelo ningún secreto al desirle que cuanto toca a Cuba es analisado con lupa por todas las agensias de seguridad de mi país. Y este caso no es una exsepsión. No es la primera ves que los servisios cubanos montan una espesie de chantaje a países como el suyo y supongo que no será la última. Lo que no hemos podido descubrir hasta ahora es si la oferta de los cubanos es real y, si así fuera, si hablan en nombre de las FARC o de unos terseros que ignoramos quienes pueden ser.
   Al inspector de Patrimonio le da la impresión de que el norteamericano no le está contando todo lo que sabe. Has hablado de mucha franqueza, se dice, pero luego te guardas de la misa la mitad. Y decide hacer lo mismo, a partir de ahora preguntará mucho pero respuestas, las justitas.
- Cuando habla de unos terceros, ¿a quién se refiere? Porque supongo que aunque sean desconocidos tendrán alguna sospecha de quienes pueden ser.
- Sospechas tenemos pero pruebas, ninguna – Connolly también se ha puesto en modo cautelar. Divaga, pero concreciones poquitas.
- ¿Y no tienen algún indicio de quién o quiénes pueden tener las piezas robadas del tesoro? – Atienza insiste en sus preguntas.
- Nos pasa lo mismo que con esos terseros de los que hablaba antes, sospechamos de varios grupos, pero sin pruebas que lo confirmen. ¿Ustedes de quien sospechan? – el americano utiliza el viejo y archisabido método de responder a una pregunta con otra.
   Y así siguen, mareando la perdiz como dicen los castizos, sin que ninguno de ambos interlocutores aporte una sola información que valga la pena. Como ambos son conscientes de que esa primera reunión ha servido, básicamente, para conocerse y romper el hielo, deciden mantener una segunda cuando haya algún nuevo dato o conclusión que merezca la pena. Antes de despedirse, Atienza tiene una última pregunta:
- Me gustaría saber, míster Connolly quién es el amigo común que le dio mi teléfono.
- Ya lo puede suponer, el amigo Pérez Recarte. Y, por favor, no se lo reproche. Le tuve que presionar mucho y recordarle que me debía algún que otro favor.
   En cuanto se despide del hombre de la Agencia, Atienza se apresura a llamar a sus colegas. Que le esperen en la Brigada que sale para allí pues tiene que contarles su reunión con el portorriqueño. Ni Bernal ni Blanchard se muestran demasiado sorprendidos cuando el inspector de Patrimonio termina de narrarles su entrevista.
- Ya me extrañaba que la CIA no hubiera metido sus narices antes en un asunto que, aunque de rebote, afecta a su patio trasero – comenta Bernal.
- A mí lo que me resulta un tanto desconcertante de tu entrevista es la aparente franqueza que ha mostrado Connolly – opina Blanchard.
- Sí, no creo que sea demasiado frecuente, aunque confieso que es la primera vez que hablo con un agente de la CIA. Por cierto, nunca mencionó esa sigla, solo se refirió a la Agencia.
- En definitiva, ¿has sacado algo en claro? – inquiere Bernal, siempre práctico.
- Pues, realmente, nada, salvo que los estadounidenses también están ahora interesados en nuestro caso y que quizá más adelante podamos sacar réditos de esa fuente. Ah, os recuerdo que Grandal quiere hablar con nosotros. Pensaba citarle mañana, ¿os parece bien?

martes, 21 de febrero de 2017

107. Llama un tal señor Vieques




   La pregunta de Ponte de quien va a cerrar el círculo de interrogantes sobre la ecuación: cubanos, guerrilleros, narcotraficantes en relación al robo del Tesoro Quimbaya, genera unos instantes de pausa en el análisis que está llevando a cabo el cuarteto. Mientras eso ocurre, Ballarín está trasteando en su Smartphone de última generación. Cuando encuentra lo que al parecer anda buscando se lo comenta a sus amigos:
- Un nuevo dato que añadir a lo que estamos analizando. Os leo esta información relativa a las conversaciones de La Habana y que es de hace unos años: “El embajador de España En Bogotá, Ramón Gandarias, dijo que la Unión Europea estudia crear un fondo fiduciario para ayudar a Colombia a financiar el posconflicto. «Incluso, hay dos países europeos no miembros de la UE que ya han manifestado su disposición a participar, Suiza y Noruega». O sea – concluye Ballarín – que nuestro gobierno es de los que apostó desde el primer momento porque las conversaciones siguieran adelante.
- ¿De que año son esas manifestaciones? – pregunta Álvarez.
- No lo pone, pero debieron ser hechas al poco de ser nombrado Santos presidente de Colombia.
- Eso supone que, como has dicho, España estuvo desde el principio a favor de las conversaciones de La Habana – deduce Álvarez -. Si ello es así, ¿a santo de qué vienen ahora los cubanos prometiendo el oro y el moro si nuestro gobierno apoya un acuerdo entre las FARC y el gobierno de Bogotá?
- Esa es una buena acotación, Luis – le jalea Ponte -. ¿Por qué ahora?, ¿acaso el actual gobierno en funciones necesita algún tipo de estímulo para mantener su apoyo al hipotético acuerdo?
- Yo no he leído en prensa nada que lleve a considerar que nuestro gobierno haya cambiado de postura respecto a las conversaciones de La Habana – informa Ballarín.
- Hombre, no todo lo que dice o hace el gobierno lo recogen los medios, sobre todo si se ha dicho o hecho en secreto – apostilla Álvarez.
- Bueno, dejemos esa cuestión que no nos lleva a ninguna parte – Grandal trata de reconducir el análisis a su punto de partida – y volvamos a la pregunta de Manolo: ¿Quién empieza a cerrar el círculo del análisis?
- Puesto que soy el que ha lanzado la piedra al agua, dejadme que comience a cerrarlo yo – se ofrece Ponte -. Tomando como base los dos últimos datos sobre el robo, mis conclusiones son estas. Primera: el llamado clan de los Varelas es el presunto autor, no sabemos si intelectual, ejecutor o ambas cosas del robo del tesoro, y si no es ese clan será otro cártel de narcos, pero todo indica que la autoría se mueve en el ámbito de la droga. Segunda: los narcotraficantes no roban el tesoro para lucrarse con su venta sino para suministrar a las FARC un instrumento con el que presionar al gobierno español, que no hay que olvidar que es un gobierno en funciones, de que siga apoyando las conversaciones de La Habana. Tercera: va de suyo que los narcos no pueden negociar con un gobierno democrático, por eso utilizan la mediación del gobierno cubano para que haga llegar al español el ofrecimiento de que si se porta como desean se le restituirá las piezas quimbayas robadas. Y… - Ponte duda – no se me ocurre cual podría ser la cuarta.
- La cuarta podría ser – le ayuda Álvarez -: aceptando que las piezas robadas las han chorizado unos narcos, la pregunta es ¿dónde las tienen?
- Luis, lo siento, pero eso no es una conclusión, es una pregunta – Ballarín acaba de hacerle un roto al ego de Álvarez.
- Bueno, de acuerdo – admite Álvarez que no parece haberse molestado por la rectificación de su amigo -. Entonces la cuarta conclusión podría ser que ya sabemos porque nuestro gobierno ha dado la orden de parar las investigaciones sobre el robo. Porque sabe quién lo hizo y, posiblemente, esté negociando con los ladrones para recuperar las joyas.
- Sois los mejores, machotes. Tenéis una sesera de primera división – les jalea Grandal muy proclive a incentivar a sus vejestorios amigos -. Creo que habéis cerrado el círculo de la ecuación cubanos, guerrilleros y narcotraficantes en relación al robo. Es tan formidable vuestro análisis que, con vuestro permiso, voy a llamar a los Sacapuntas para contárselo. Van a flipar en colores.
- Esa es la historia de nuestra vida – se lamenta Álvarez -. Nosotros cardamos la lana y otros se llevan la fama.
- Sí, pero, y lo bien que lo pasamos. Eso no tiene precio – replica Ballarín.
   Aquella misma noche, Grandal llama a Blanchard y le cuenta la reunión que ha tenido con sus amigos en la que han analizado los extremos de la conversación que ambos mantuvieron el día anterior. Le explica, sin entrar en detalles, que han llegado a unas interesantes conclusiones y que estima conveniente que también debería contárselas a Bernal y Atienza. El francés lo acepta de buen grado, solo le pide que no les diga el tête à tête que mantuvieron ambos.
   Al día siguiente, Grandal se pone en contacto con Atienza, le cuenta que han estado analizando los últimos datos que hay sobre el robo, que han sacado algunas conclusiones y que le gustaría compartirlas con ellos. Quedan en verse por la tarde en la Brigada. Poco después de la llamada del excomisario, el inspector de Patrimonio recibe otra. Le llama un tal señor Vieques. Antes de coger el teléfono, Atienza repasa su bloc de notas. Un tal Vieques le llamó el pasado día veintiséis, hablaba español con un ligero acento caribeño, podría ser dominicano, portorriqueño, cubano o de por esos pagos. Y no lo tiene anotado, pero recuerda que la llamada le puso de los nervios, no sabría muy bien decir por qué.
- Soy Juan Carlos Atienza, dígame.
- Buenos días señor Atiensa. Permítame presentarme: soy Kevin Vieques, siudadano portorriqueño, me ha dado su teléfono un amigo común. Tengo interés en hablar con usted de un asunto que nos preocupa a ambos. Sería una conversasión privada por lo que es más oportuno que la tengamos fuera de la Brigada.
- Señor Vieques, antes que nada querría saber quién es el amigo común que le ha dado mi teléfono, así como ese asunto que nos preocupa a ambos.
- Estaré encantado de contestar a ambas preguntas y a cualquier otra que quiera formularme, pero no me parese pertinente hablarlo por teléfono. ¿Podría reunirse conmigo esta tarde, sobre las diesiséis horas, en la cafetería del Hotel Barseló Emperatris de la calle Lópes de Hoyos, cuatro?
   Atienza se lo piensa dos veces antes de responder. Las formas que usa su interlocutor son corteses, pero hay algo en el timbre de su voz y en el hecho de que sea el desconocido quien plantee el horario y lugar de la cita que denotan una cierta prepotencia. Cómo tampoco tiene nada mejor que hacer acepta la invitación del portorriqueño. Nada más colgar, recuerda que por la tarde se ha citado con Grandal. Entre quedar mal con el desconocido que acaba de llamarle o con el excomisario, no lo duda. Llama a la centralita de la Brigada.
- Soy Atienza, ponme con el señor Vieques, acaba de llamarme.
- Lo siento, Juan Carlos, te ha llamado desde la calle. Tengo el número de la cabina y su ubicación, pero no creo que siga en la misma.
   Le fastidia, pero como a Grandal sí que puede llamarle es lo que hace.
- Comisario, lo siento, pero me ha surgido una cuestión imprevista. No puedo reunirme esta tarde, ¿te viene bien que lo hagamos mañana?
   Está colgando el teléfono cuando entran Bernal y Blanchard que en los últimos tiempos parecen haber enterrado la mutua antipatía que se tenían al principio de la llegada del francés.
- Hombre, llegáis como caídos del cielo, a ver que opináis de esto.
   Atienza cuenta a sus colegas las dos llamadas que ha tenido en la mañana, la de Grandal y la del tal Vieques. Y que al no poder volver a comunicarse con el portorriqueño, ha tenido que posponer el encuentro del comisario con los tres.
- … y respecto a la entrevista con Vieques, ¿qué opináis? Estoy pensando que he accedido con demasiada alegría a encontrarme con él. Tal y como está el Caso Inca, reunirse con sudamericanos no estoy muy seguro de que sea lo mejor que puedo hacer.
- Hombre, Juan Carlos, el hecho de que te cite en la cafetería de un hotel de cinco estrellas situado en el centro de la ciudad parece descartar algún tipo de encerrona. Otra cuestión es lo que pretenda ese tipo – cuestiona Bernal.
- Opino lo mismo que Eusebio – secunda Blanchard -, pero si tienes alguna prevención podemos estar apoyándote en la retaguardia. No creo que ese tal Vieques nos conozca ni a Eusebio ni a mí.
- Gracias, pero no lo creo necesario - afirma Atienza -. En todo caso, estad localizables en el móvil por si os necesitara. ¿De acuerdo? 

viernes, 17 de febrero de 2017

Capítulo 21. La CIA se apunta al sarao.- 106. Las preguntas empiezan a tener respuestas



   Grandal, en principio, no se planteó contar a sus jubilados amigos la conversación que sostuvo con Blanchard en la que analizaron las dos últimas novedades relativas al Caso Inca. Tras mucho pensarlo, decide hacerlo. Es grande la confianza que tiene en la capacidad analítica de sus tres compañeros del dominó, a pesar de su avanzada edad.
- El pasado sábado estuve hablando con los Sacapuntas – opta por no contarles que solo habló con Blanchard – y me contaron los últimos datos relacionados con el robo del tesoro y que, realmente, son sorprendentes.
- Del caso del robo a mí no me sorprende nada – asegura Álvarez que parece estar de buen humor -. Me recuerda a aquel viejo chiste en el que un aficionado a los toros contaba a otro, con la intención de tomarle el pelo, que aquella tarde iban a torear en la Monumental el Ministro de Industria, el Embajador de Inglaterra y el Arzobispo de Madrid. La respuesta del embromado fue: ¿y de que divisa son los toros? Pues yo, lo mismo. Cuentes lo que cuentes, esa sería mi pregunta: ¿de qué ganadería son los toros?
   Grandal cuenta a sus atentos oyentes los hechos en cuestión. El primero, la oferta hecha por un miembro de los servicios cubanos de inteligencia a un agente del CNI de que si el gobierno español, aunque estuviera en funciones, seguía apoyando decididamente las conversaciones de La Habana podría devolverse a España unas joyas que le pertenecían, presuntamente las piezas quimbayas robadas. El segundo, la instrucción emanada de la cúpula policial de que se parasen las investigaciones sobre el caso hasta nueva orden.
- Y ahora os pregunto: ¿qué análisis hacéis de estas dos noticias?
   Transcurren bastantes minutos mientras el trío digiere la información, hasta que el decano del grupo se arranca.
- Poniendo sobre el tapete el mensaje de los cubanos y la orden de parar las investigaciones, tenemos a cuatro posibles candidatos como presuntos autores del robo: las FARC, los gobiernos colombiano y cubano, y un hipotético cártel del narcotráfico – y Ponte repite los argumentos contados por el propio Grandal para descartar los tres primeros -…, por consiguiente, estoy de acuerdo contigo que ese desconocido cártel de narcos es quien tiene más papeletas de ser el autor del robo, perpetrado directamente por su gente o encargado a otra banda. Esto, a su vez, lo ligo con el tiroteo de Fuenlabrada sobre el que el amigo del CNI de Atienza contó que existía una alianza entre una empresa china del polígono, la familia gitana de los Corrochanos y uno de los cárteles más agresivos que quedan actualmente en Colombia, el llamado clan de los Varelas. Entonces… - y Ponte deja en el aire la frase.
- Entonces – Álvarez es quien recoge la tácita invitación de Ponte -, son los Varelas los que tienen más probabilidades de ser los autores del robo. ¿No es ahí adónde querías llegar?
   Aunque lo único que ha hecho Ponte es reproducir el razonamiento que hizo el propio Grandal, este le jalea:
- Manolo, te felicito. Creo que tu razonamiento es impecable. Y aceptando esa teoría, opino que tendríamos que extraerle todo el jugo posible. Supongamos que son los narcos quienes perpetraron el robo. Hay un dato que podría avalarlo: los que secuestraron a la profesora Martín-Rebollo para que autentificara unas piezas quimbayas eran latinoamericanos. Ahora bien, ¿cuál puede ser la conexión entre los narcotraficantes y la inteligencia cubana? Otros interrogantes: ¿qué sacan los narcos de que España apoye las conversaciones de La Habana?, ¿pueden estar los narcotraficantes conchabados con las FARC?, porque no creo que el gobierno colombiano esté también metido en el ajo y, pensándolo bien, tampoco el cubano aunque sean sus servicios de inteligencia los que hayan hecho llegar el mensaje al CNI – concluye el excomisario.
   Ballarín mete baza en el coloquio.
- Metidos en esa espiral de hipótesis, vamos a fabular sobre lo que podría haber ocurrido mezclando lo que sabemos con lo que imaginamos. Es conocido que las FARC se valen de algunos clanes de narcotraficantes para vender la coca que se cultiva en las áreas que dominan y en las que cobran el llamado Impuesto al Gramaje a otros grupos de narcos y de cocaleros. Ahí tenemos una interesada conexión entre la guerrilla y los narcos. Podría ser, podría ser – repite – que las FARC hubieran pedido a una banda de narcos que robaran el Tesoro Quimbaya, no para venderlo sino para presionar a España de que mediara ante el gobierno colombiano en el sentido de que las conversaciones que se mantienen en La Habana alcancen un resultado positivo. Y si eso ocurre, sean cuales fueren las cláusulas del acuerdo de paz, siempre supondrá un triunfo de los guerrilleros. Si aceptamos este argumento, se convierte en la respuesta a la segunda pregunta de Jacinto sobre ¿qué sacan los narcos de que España apoye las conversaciones de La Habana?
- Brillante, Amador – le felicita Álvarez -. Y si se me permite trataré de contestar al tercer interrogante de Jacinto. ¿Pueden estar los narcos conchabados con las FARC? La respuesta también está en la argumentación de Amador. El hilo que conecta a ambos grupos es el común negocio de la coca. Guerrilleros y narcos tienen negocios comunes que pueden verse alterados si el gobierno colombiano en lugar de optar por la paz, cediendo ante los narcoguerrilleros, decide seguir una política de exterminación de cualquier grupo armado que opere en su territorio. Las FARC se juegan que no se les tenga en cuenta los miles de muertos que llevan a sus espaldas y los narcos poder seguir con su fabuloso negocio. Resumiendo, narcos y FARC están conchabados.
- Luis, tu argumentación no tiene que envidiar nada a la mía – aplaude Ballarín.
- ¡Jo, macho!, esto parece un concurso de pelotas, pero como nadie ha contestado al primero de mis interrogantes voy a hacerlo yo – dice Grandal -. Preguntaba: ¿cuál puede ser la conexión entre los narcos y la inteligencia cubana? Por lo que he leído en internet, los contactos de las FARC con sucesivos gobiernos colombianos se remontan a principios de mil novecientos ochenta. Incluso se llegaron a firmar pactos, como “Los acuerdos de La Uribe”, rotos más tarde. Luego, a lo largo de la década de los noventa, durante la presidencia de Andrés Pastrana, el gobierno colombiano mantuvo continuas conversaciones con la guerrilla para logar un acuerdo de paz. Representantes de ambas parte llegaron a reunirse en varios países europeos. En esa época, incluso llegaron a entrevistarse el presidente Pastrana y Manuel Marulanda, el jefe histórico de las FARC. Hubo múltiples acuerdos que acabaron siendo rotos por una u otra parte, siendo la guerrilla la más activa en los rompimientos. Durante todos esos años fueron muchos los organismos internaciones que actuaron como mediadores en el conflicto, la OEA, la UE, el gobierno estadounidense, el Grupo de Río, etcétera, pero por unas u otras causas nunca se logró un acuerdo que fuera respetado por ambas parte – Grandal toma un buche de café que ya se quedó frío y prosigue -. En dos mil dos, es elegido presidente de Colombia Álvaro Uribe, decidido partidario de combatir frontalmente a los grupos violentos. La actividad de las guerrillas, entre las que también había que contar con las AUC o Autodefensas Unidas de Colombia, se incrementó, así como la conexión de los grupos guerrilleros con los narcotraficantes. A finales de la primera década del dos mil hubo fuertes tensiones entre Venezuela y Colombia, al acusar el gobierno de este país a Hugo Chávez, presidente venezolano, de amparar a las FARC. Todo siguió más o menos igual hasta la llegada al poder del actual presidente colombiano, Juan Manuel Santos, que ya en el dos mil once manifestó a la guerrilla su intención de retomar las discusiones para lograr una paz duradera. Ello dio lugar al establecimiento de reuniones presenciales en Cuba de ambas partes en conflicto. Conversaciones que a fecha de hoy siguen manteniéndose y que, al parecer, tienen traza de llegar a buen puerto.
   Aprovechando que Grandal apura su segunda taza de café, Ponte le interpela.
- Jacinto, no te lo tomes a mal, pero la lección que nos estás dando sobre los problemas colombianos más o menos ya la sabemos, ¿por qué no das directamente la respuesta a tu primera pregunta?
- Tienes toda la razón. ¿Qué conexión puede haber entre las FARC y los cubanos? Para mí es evidente. El gobierno de los hermanos Castro es el más fuerte valedor de la guerrilla colombiana que siempre ha alardeado de su marxismo y que tiene a Cuba como referente de esa doctrina política en el continente americano. Un triunfo de las FARC es tanto como un triunfo de la política cubana. Esa es la conexión.
- Entonces, solo nos falta cerrar el círculo que ha iniciado Jacinto con sus preguntas – afirma Ponte -. ¿Quién empieza a cerrarlo?