martes, 14 de febrero de 2017

105. Tirar con pólvora del rey



   Blanchard le ha dado muchas vueltas sobre lo que quiere contar a Grandal, pero tras sopesar pros y contras decide hablarle con total franqueza acerca de lo que les ha dicho el Director Adjunto. El excomisario le escucha atentamente y cuando el inspector francés termina su relato queda en silencio, como rumiando lo que acaba de oír, hasta que se arranca:
- Estimado colega, no me extraña un pelo lo que acaba de contarme. Hasta los carrozas de mis amigos se olieron hace tiempo que había algo raro en este robo, algo que daba mala espina. Y lo que ha dicho Carranza viene a confirmarlo.
- Si estuviera en nuestra piel, ¿qué haría? – indaga Blanchard.
- Pues en primer lugar, cumplir la orden del Director que además viene probablemente del Secretario de Estado o del propio Ministro. Y en segundo, no haceros mala sangre. No vais a conseguir nada con ello.
- ¿Nada más? – inquiere el francés, evidentemente decepcionado con la respuesta de Grandal de quien esperaba una contestación más rotunda y más distinta.
- Nada más.
- De acuerdo – acepta Blanchard -, pero permítame, comisario que, aunque sea a título de un simple ejercicio policial, hagamos un análisis meramente especulativo de lo que puede haber detrás de esa orden, como si fuese una clase de las que creo que daba usted en la Escuela de Ávila. Un análisis no solo de la orden del Director Adjunto sino también de la información que le dio a Atienza su amigo del CNI. ¿Le importa?
   Grandal, tocado en su fibra de viejo policía por la desmedida valía que el inspector galo parece dar a sus dotes analíticas, accede.
- Vale, analicemos lo que puede haber detrás de la orden, pero ya le adelanto que solo sacaremos hipótesis que no creo que vayan a servir de mucho. Usted pregunta y yo contesto. O si lo prefiere, lo hacemos al revés.
- Estoy tan confundido que sería incapaz de dar una sola respuesta. Si no tiene inconveniente, seré yo quien plantee algunas de las preguntas que no me dejan dormir.    
- Okey, dispare – acepta Grandal.
- ¿Por qué nos mandan parar? – es la primera de las preguntas de Blanchard.
- Posiblemente porque, aunque a primera vista no pueda parecerlo, es probable que estuvieran acercándose al desenlace del robo. Y los que tienen autoridad para ello han optado por no contrariar a quienes parecen detentar lo robado, no sea que cambien de opinión y decidan no devolver las piezas del tesoro. Es solo una respuesta hipotética.
- ¿Presupone eso que la autoridad, sea la que fuere, que ha dado esa orden está en contacto con los que tienen el tesoro robado en su poder?
- Posiblemente, sí. Bien sea de forma directa o, lo que es más probable, a través de intermediarios que es seguramente el papel que puedan estar jugando los cubanos. Y sigue siendo una hipótesis – insiste Grandal.
- Admitido. ¿Es posible que la gente que planificó el robo y que luego lo ejecutó, directa o por medio de otros individuos, es la que tiene las piezas del tesoro en su poder y la que está negociando con el gobierno español?
- Esa no es una pregunta sino al menos tres, pero respondo. No sé si los que planearon el robo son los mismos que lo llevaron a cabo. Tampoco sé si continúan teniendo el producto del robo en sus manos o lo vendieron o cedieron a terceras personas. Y desconozco si son los que están en negociaciones con mi gobierno. Si no se ciñe a los datos estrictos – le reconviene Grandal -, el análisis solo conducirá a respuestas como las que acabo de darle.
- Bien, le daré datos concretos, aunque me aparte algo de las premisas iniciales. El dictamen de la doctora Martín-Rebollo de que eran meras réplicas las piezas que le mostraron, ¿presupone que los que tienen lo robado estén tratando de engañar al gobierno español ofreciendo como recompensa un material que no es el original?
   Esta pregunta, que Grandal no esperaba, le hace meditar. Cuando contesta su tono no tiene la seguridad de anteriores respuestas.
- Lo ocurrido en el secuestro de Martín-Rebollo da pie para suponer que los que tienen las piezas robadas dudaban de su autenticidad. ¿Qué si son los mismos que están negociando con mi gobierno? Es probable, pero no con una seguridad del cien por cien.
- De acuerdo. Sigo. Si los que negocian con el gobierno español saben que las piezas que tienen son simples réplicas, ¿acaso no se han planteado que el gobierno ya conozca ese extremo?, me refiero a la no autenticidad de las piezas. Y otra pregunta ligada a la anterior: si el gobierno sabe que no son piezas originales, ¿por qué negocia por un material que no vale nada?
- Aquí hay dos planos diferentes. Uno es que, sean originales o no las piezas robadas, quienes las tengan en sus manos seguro que se habrán planteado el hecho de que nuestras autoridades conozcan tal extremo, pero algo tienen que ofrecer en el supuesto de ese hipotético acuerdo con el gobierno. Respecto al otro plano, ¿de por qué el gobierno negocia si sabe que las piezas son falsas?, no tengo respuesta. Mejor dicho, lo que tengo son más preguntas. ¿De verdad está negociando el gobierno? Sabemos de una oferta, pero nadie ha dicho de manera explícita que el gobierno haya aceptado tal proposición. Y otra, si es cierto que el gobierno está negociando nunca lo haría por unas réplicas, ¿puede eso suponer que las piezas robadas son las auténticas? Daría la próxima paga extra por saberlo – concluye Grandal.
- Entonces, aquí ¿quién está engañando a quién? ¿Los ladrones al gobierno tentándolo con  una recompensa que no vale nada? ¿O el gobierno a los ladrones haciéndoles creer que no sabe que se trata de simples copias?
- Eso de quien engaña a quien me ha hecho recordar unas estrofas que, a usted que es un enamorado de la lengua española, seguro que le va a encantar oír. Se refieren al usual trapicheo de los gitanos en la Feria de Jerez, pero aquí vienen al pelo – y Grandal imposta la voz y declama -. Rumbo y elegancia de esta raza vieja que gasta diez duros en vino y almejas vendiendo una cosa que no vale tres. Pues aquí parece que está ocurriendo lo mismo. Los ladrones y/o el gobierno se han gastado por valor de más de diez tratando de vender algo que no vale ni tres. Algo muy propio de nuestros políticos que siempre tiran con pólvora del rey, pero no tanto de los amigos de lo ajeno que no suelen dar puntada sin hilo – y al ver la cara de desconcierto del francés, añade -. Dicho de otro modo: no sé quién engaña a quién. Quizá estén intentando engañarse ambos, todo podría ser.
   La siguiente pregunta de Blanchard es la que menos podía esperar Grandal.
- ¿Le importa decirme quien es el autor de esa frase que acaba de citar?
- José María Pemán.
- ¿Pemán? Nunca oí hablar de él.
- No me extraña. Fue un periodista, poeta y dramaturgo gaditano muy famoso en la postguerra española. Su compromiso con el gobierno de Franco hizo que con la llegada de la democracia su nombre y su obra pasaran al olvido más absoluto. Hoy, posiblemente no haya casi nadie con menos de cincuenta años que haya oído hablar de él. Pero a lo que estamos, ¿le queda alguna otra pregunta?
- Sí, y aunque supongo que no tiene respuesta para la misma se la hago. Jugando otra vez con los dos últimos datos conocidos, el mensaje que viene de La Habana y la orden de que dejemos de investigar, si tuviera que apostar sobre la identidad de los ladrones, ¿por quién apostaría?, ¿por las FARC, por un cártel de narcotraficantes, por el gobierno cubano o por el colombiano?
   Grandal no puede menos que esbozar una sonrisa. Piensa que el franchute es mucho más listo de que le gusta aparentar. Y opta por seguirle el juego.
- Puestos en el terreno de las meras hipotésis, le contesto. De los cuatro candidatos a quien adjudicarles el robo descarto a los dos gobiernos citados. Cuba, al menos eso creo, jamás daría el paso de robar a otro estado soberano. La posición del gobierno cubano es más frágil de lo que aparenta. Y en un casus belli como el del robo perdería mucho más que ganaría. En cuanto al gobierno colombiano, va de suyo que no puede ser el autor. Es un gobierno demócrata y, por consiguiente. no cometería un delito, más contra un país como España a la que necesita como puerta de entrada a la UE. Respecto a las FARC, también las descarto. Bastante tienen con lograr un acuerdo de paz con su gobierno antes de que se mueran de viejos sus líderes sin conseguir ninguno de los objetivos por los que dicen luchar. Nos quedan los narcos. Yo apostaría por un cártel o por varios unidos en una especie de joint venture. Y no siga preguntando más porque a mí me pasa lo mismo que a usted y a sus colegas, que por cada respuesta tengo mil preguntas.

viernes, 10 de febrero de 2017

104. Llegó el comandante y mandó a parar



  El Director Operativo, al ver la cara de pasmo que se les ha quedado al trío de inspectores al escuchar su pregunta sobre qué debía hacer la policía ante la información que viene de La Habana, lanza una carcajada. Se ve que es hombre con sentido del humor.  
- La pregunta era meramente retórica. No sois vosotros – dice dirigiéndose a los inspectores del Caso Inca – quienes tenéis que dar la respuesta, ni siquiera nosotros – añade englobando en ese nosotros a Ramos y a él mismo -. La respuesta ya la ha dado quien tiene competencia para ello y es que desde hoy el Caso Inca queda en stand by; dicho en cristiano para que se me entienda mejor: el caso queda inactivo a la espera de recibir nuevas instrucciones. Esto es una orden y viene de arriba.
   Bernal, como hombre que no tiene pelos en la lengua, levanta la mano para plantear el interrogante que todos tienen en mente.
- Director, ¿puedo hacerle una pregunta?
- Dispara.
- ¿Debemos entender que la célula de coordinación queda disuelta y que podemos regresar a nuestros anteriores puestos?
- En absoluto. El grupo del Caso Inca va a continuar como hasta ahora, únicamente que sin llevar a cabo nuevas investigaciones. Podéis ir poniendo al día el papeleo y disfrutaréis de unos días de vacaciones, pero sin salir de Madrid por si el viento rola de otro cuadrante. Ramos ya tiene las correspondientes autorizaciones.
   Ahora es Blanchard quien levanta la mano.
- Señor Director – el galo, como siempre, guarda las formas -, si no se van a realizar nuevas investigaciones aquí estoy de más, por lo que supongo que podré volver a París.
- Lo lamento, Michel, pero la orden le incluye a usted – Carranza habla de usted al francés cuando a sus inspectores les tutea -. Recibirá en cualquier momento la correspondiente comunicación de su departamento – y vuelve a dirigirse al trío -. Como me da la impresión de que os habéis quedado un tanto frustrados, os diré que están en marcha varias operaciones, digamos que por vía diplomática, para recabar más información sobre la oferta de los servicios cubanos. Y no puedo añadir más. ¿Alguna pregunta? – el silencio es la respuesta -. Ah, cualquier duda que se os plantee en relación al caso vuestro interlocutor será el comisario Ramos. Bien, caballeros, solo quiero decir una cosa más: felicitaros por vuestro trabajo. Espero y deseo que esta felicitación se materialice, cuanto antes, en recompensas más gratificantes. La reunión se ha terminado. Buenos días.
   Al salir de la Dirección Adjunta, Ramos pregunta:
- ¿Os dejo en la Brigada?
   Una rápida mirada parece ponerles de acuerdo y es Atienza quien responde:
- Gracias, Jefe. Iremos andando, así vamos digiriendo lo que nos ha ordenado el comisario Carranza.
- Carranza - precisa Ramos -, como yo y como vosotros, al fin y al cabo no es más que un mandado por muy aparente que pueda resultar lo de Director Adjunto. No lo olvidéis. Otra cosa, si alguien quiere tomarse unos días de vacaciones solo tiene que pegarme un telefonazo. Hasta luego.
   Cuando se quedan solos, Bernal propone:
- Opino que es el momento de tomarse un copazo. ¿Vamos a algún sitio en particular o entramos en el primer bar que mole?
- Por mí donde sea – responde Blanchard.
   Atienza, a su vez, se encoge de hombros. Da la impresión de que es a quien la orden recibida ha dejado más tocado. Buscan una cafetería que parece poco ruidosa, eligen una mesa en un rincón y piden tres wiskis dobles para empezar. Durante bastantes minutos nadie habla, como dijo antes Atienza están digiriendo la orden que les acaban de dar. Al final, es Bernal quien rompe el oneroso silencio.
- Tiene cojones de adónde ha llegado la policía – afirma hablando como si él no perteneciera a la misma -. A que te digan que dejes de investigar un delito como la copa de un pino porque hay por medio no sé que mierda de contactos diplomáticos. Como sigan así casi sería mejor que disolvieran el Cuerpo.
- Yo no hago más que preguntarme que hemos hecho mal para que nos aparten del caso – se lamenta Atienza.
- Pues a mí todo esto no me ha cogido de nuevas. No es que supiera nada, claro, pero sí sé que en cuanto los políticos meten sus narices en un asunto todo puede irse al garete – Lo que significa irse al garete tuvo que preguntarlo Blanchard cuando lo oyó por primera vez y desde entonces, venga o no a cuento, utiliza esa expresión siempre que puede. Y para su consternación también ha descubierto que es una frase que ha dejado de usarse, casi nadie menor de cuarenta años sabe que irse al garete es un término que se refiere a una embarcación que por haber perdido sus anclas, tener una avería en sus máquinas  o por otra causa, se mueve solo impulsada por la fuerza del viento, del mar o de la corriente.
- Juan Carlos, no es que hayamos hecho algo mal – Bernal trata de que su compañero remonte el ánimo -, al contrario, creo que más bien se trata de que nos íbamos acercando demasiado a los autores del atraco y, dado que ni éste es un robo vulgar ni los autores deben de ser unos robaperas cualesquiera, alguien en las alturas se ha puesto nervioso y ha dicho aquello de la canción de Carlos Puebla: llegó el comandante y mandó a parar.
- ¿Tú crees? Ojalá fuera verdad lo que dices – dice Atienza que trata de consolarse con los argumentos de su colega para terminar añadiendo - ¿Y ahora qué hacemos?
   Blanchard es quien le contesta:
- Cualquier cosa menos rompernos los cuernos. Nos han ordenado que paremos y vamos a parar, seguir investigando sería un suicidio profesional. Y yo, como Eusebio, tengo hijos que están muy empeñados en comer, como poco, cuatro veces al día. Vosotros supongo que tendréis que poner al día todos los informes pendientes sobre la investigación. Por mi parte, voy a hacer lo mismo para mis jefes. Y lo de cogerme unos días libres de servicio me parece una idea tan sugerente como sugestiva.
- Bueno, pues vámonos a la Brigada y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga – acepta Atienza y antes de que Blanchard le pregunte, explica -. Ese refrán, Michel, quiere decir que, en ocasiones, solo cabe aceptar el buen o el mal éxito de un asunto con resignación y conformidad, por el sesgo que toman las circunstancias.
   En la Brigada, Atienza encuentra la nota de una llamada. Dice escuetamente: te ha llamado el señor Vieques. Volverá a hacerlo. Preguntado, el compañero que ha tomado el recado solo puede decirle que la llamada fue a las once treinta cinco y que el tal Vieques hablaba español con un ligero acento caribeño, podría ser dominicano, portorriqueño, cubano o de por esos pagos. El hecho de que se trate de un hispanoamericano pone de los nervios al inspector de Patrimonio.
- No conozco a nadie que se llame Vieques – le explica a Bernal – y se trata de un latinoamericano.
- Bueno, ¿y qué? – cuestiona Bernal.
- Que puede tener algo que ver con el caso – responde Atienza.
- Mira, Juan Carlos, no te pongas fantasioso. Lo que sea, sonará. Ya tendrás tiempo de ponerte nervioso cuando hables con el tal Vieques. Mientras tanto, tómate una tila o algo para tranquilizarte. Creo que nos hemos pasado de wiskis. Me voy a casa a ver si los meo. Si te parece, esta tarde nos ponemos con el papeleo.
   Blanchard, que se ha ido a su hotel, no deja de pensar en el mandato que les ha dado el Director Operativo: dejar el caso en stand by a la espera de nuevas órdenes. Y a espaldas de sus colegas hispanos y por su cuenta y riesgo toma una decisión que, en el supuesto de que la persona a la que va a llamar no sea discreta, le puede costar un serio disgusto profesional. Recuerda aquella expresión que solía repetir su madre: el que no se moja, no pasa el río, y él está dispuesto a cruzarlo aunque se moje. Además, se dice, solo se me podrá acusar de indiscreto, pues el Director no ha dicho nada de que guardáramos ninguna clase de reserva. Por tanto… llama a Grandal.
- Comisario, soy Blanchard, me gustaría tener con usted una conversación privada, al margen de mis compañeros del caso. ¿Puedo contar con su discreción?
   Grandal vacila. ¿Charlar con el francés sin que lo sepan sus colegas?, ¿qué coño querrá preguntarle o contarle el gabacho? Le puede más la curiosidad y acepta. Quedan en verse después del almuerzo. Como Blanchard conoce bien el disparatado horario español en lo tocante a las comidas, quedan para las cinco de la tarde. ¿A ver qué le digo y, sobre todo, cómo se lo digo?, se dice el francés al apagar el móvil.

martes, 7 de febrero de 2017

103. Una extraña pregunta



   La entrevista en casa de Pérez Recarte ha durado más de lo esperado. Cuando Atienza sale ya es de noche. Pese a ello se apresura a llamar a Bernal.
- Eusebio, tenemos que vernos inmediatamente.
- ¡Coño, Juan Carlos!, ¿tú sabes la hora que es? Estoy ayudando a Berta a bañar a los niños. Como se nota que no tienes críos.
- Lo siento, pero lo que he de contarte no puede esperar a mañana ni tampoco es cuestión de decírtelo por teléfono. Siento que tengas que dejar a Berta que se arregle sola con los niños, pero te espero en la Brigada.
   Acto seguido, llama al inspector francés. Ocurre algo parecido que con Bernal, Blanchard protesta por lo avanzado de la hora.
- Juan Carlos eres un desorganizado. Estas no son horas, pero si es tan importante como dices, me visto y estoy contigo en un periquete – Esta expresión le encanta a Blanchard, les tuvo que contar a sus amigos galos hispanoparlantes que no la conocían que significaba un brevísimo espacio de tiempo y que, desgraciadamente, ya nadie la usa y ha pasado al cementerio de las frases olvidadas.
   Cuando los tres se encuentran en la Brigada, Atienza les cuenta lo que acaba de transmitirle su amigo del CNI. Blanchard es el primero en reaccionar por alusiones.
- ¿Así que te ha dicho el amigo Enrique que estoy armando mucho ruido en mis comunicados a París?
- Literalmente.
- ¿Y cómo sabe el contenido de los informes que envío a mis superiores? – pregunta, mosqueado, el galo.
- No seas ingenuo, Michel. Estamos hablando de los servicios de inteligencia. Esos saben hasta lo que sueñas.
- Hombre, si se tratara del Mossad israelí, la CIA o el MI6 británico aún, pero no creía que el CNI estuviera a su altura.
- Lo esté o no, lo que me ha dicho es eso. Por consiguiente, tú mismo. Además, no sería raro que la información que pueda tener el CNI provenga de tu propia gente. Ten en cuenta que en Francia, como ocurre aquí, los que mandan en la cúpula policial son políticos y esa gente ya sabes cómo se las gasta. Si nos han de vender para apuntarse un tanto lo hacen sin pestañear.
- A mí – Bernal mete baza –, es que en este jodido caso ya no me sorprende nada. Si me dijeran que el mismísimo Papa de Roma o el Presidente Obama también están metidos en el ajo me parecería lo más natural. Teníamos a unos gitanos y a unos chinos, ahora han entrado en la historia las FARC, el gobierno colombiano, el cubano y unos cárteles de la droga. Ya solo falta un émulo de Bob Dylan que cante aquello de The answer is blowin’ in the wind.
- Bueno, si ya os habéis desahogado pongámonos al tajo – Atienza se ha puesto en plan serio -. Hemos de analizar adónde nos lleva esta información y lo que hemos de hacer ante el nuevo escenario que se nos plantea.
- Eso supone muchas horas de trabajo y tampoco es que nos paguen para eso. Tengo tantas ganas como tú de solucionar este puto caso, pero que el análisis lo hagamos ahora, a las tantas de la noche, o lo dejemos para mañana no va a cambiar nada. Si Michel quiere quedarse, allá él, pero lo que es mi menda se vuelve a casa y mañana será otro día – Bernal también se ha puesto serio.
- Por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con Eusebio – dice Blanchard -, yo también me vuelvo. Y te aconsejo, Juan Carlos, que hagas lo mismo. Mañana podemos madrugar.
   Atienza ha de ceder. No tiene sentido de que haga el trabajo de análisis sin sus compañeros. A primera hora del día siguiente, en la Brigada de Patrimonio, los inspectores del Caso Inca proceden al análisis de la información y la petición que les ha pasado Pérez Recarte. Antes de que puedan meterse en faena son llamados al despacho del jefe de la Brigada.
- Os vais a venir conmigo, nos está esperando Carranza – les comunica Ramos. Atienza quiere preguntar a su jefe que es lo que está pasando, pero este le ataja -. Hablaremos en el despacho de Federico.
   Mientras van a coger el coche, Blanchard pregunta a Bernal:
- Me suena el nombre de Federico Carranza, pero ahora no recuerdo exactamente quién es.
- Es el Director Adjunto Operativo, la mano derecha del Director General o, por decirlo de otro modo, el profesional que ostenta el cargo más alto de la policía. Fue quien nos echó una mano en el asunto del bufete de abogados que contrató a la agencia de detectives que seguía los pasos a Adolfo Martínez. Para ser un comisario principal, que en ocasiones se ha de comportar más como un político que como un policía, es un tío bastante majo.
   Cuando llegan a la sede de la Dirección Operativa, les pasan directamente al despacho del Director Adjunto. Carranza está hablando por teléfono, con un gesto les invita a sentarse en una mesa redonda que hay en una esquina del despacho. En cuanto deja el teléfono, saluda a los recién llegados. Ramos le presenta a Blanchard que es el único a quien no conoce Carranza. La puerta del despacho se abre y aparece una secretaria con un bloc en la mano.
- Caballeros – dice Carranza –, antes de comenzar, Amparo tomará nota de lo que queráis tomar. Para mí, lo de siempre.
   En cuanto se marcha la secretaria con la comanda, Carranza toma la palabra:
- Como sabéis, ayer nuestros queridos amigos de la Casa – Así se suele llamar al CNI en los medios policiales – nos dieron una información al tiempo que nos hacían una petición. En vuestro caso – y señala a los inspectores – por medio de un amigo personal de Atienza, en el nuestro – y señala a Ramos – a través del jefe del departamento de América. En ambos casos la comunicación tuvo carácter informal. ¿Por qué no lo hicieron por el conducto reglamentario? Lo pregunté, pero me dieron la callada por respuesta y mi Director, que fue el primero a quien se lo conté, me dijo que ya lo sabía pero no añadió más. De momento vamos a olvidarnos de esta cuestión y vamos a centrarnos en primer lugar en la información que nos pasaron… - En ese momento vuelve a sonar el teléfono. Carranza se levanta como si le hubieran pinchado y al tiempo que se acerca a su mesa le dice a Ramos -. Joaquín, sigue tú.
- Como supongo que iba a contar el comisario – Las diferencias de rango hay que dejarlas patentes desde el primer momento -, la información a la que aludía era la que procede de un hombre de la Casa en La Habana tras entrevistarse con un agente de los servicios cubamos de inteligencia. En síntesis, que si el gobierno español, pese a estar en funciones, seguía apoyando las conversaciones entre el gobierno colombiano y las FARC podría verse recompensado con la devolución de unos bienes históricos…
   Por encima de lo que está diciendo el jefe de la Brigada de Patrimonio resuena la tonante voz del Director Adjunto que le está gritando a alguien al otro lado del hilo telefónico:
- … y no estoy para nadie, aunque llame el mismísimo ministro, ¿queda claro? – a lo que sigue un fuerte chasquido al colgar el aparato.
- Perdón, pero a veces me hacen perder los papeles y lo único que consigo es que se me recrudezca la úlcera de estómago – se lamenta Carranza -. ¿Por dónde vais?
- Me he limitado a resumir el mensaje de los cubanos – se explica Ramos.
- Bien. Continúo y abrevio esta fase. La conversación entre el agente cubano y el nuestro tuvo carácter oficioso. No se mencionó la palabra quimbaya. Es un misterio qué tienen que ver los cubanos en el asunto del tesoro. Todos los intentos de profundizar en la cuestión con los representantes colombianos y de las FARC no han tenido éxito. A pesar de todo ello, tanto en la Casa como en la Dirección General están convencidos de que el cubano se refería al Tesoro Quimbaya. No existe ningún otro bien histórico muy preciado que hayamos perdido o que ha sido robado. ¿Qué grado de credibilidad se le puede dar a la información? Los servicios de nuestra embajada en La Habana, los analistas de la Casa, así como los nuestros le dan más de un ochenta por ciento de probabilidades de que la información sea veraz. Por consiguiente, y mientras no tengamos pruebas o, al menos, indicios en contra aceptaremos este dato como cierto. Dicho en cristiano: alguien que tiene las piezas robadas del tesoro o – y hace un inciso para remarcar lo que va a decir -… que conoce a quien las tiene nos promete que si somos buenos y mostramos un apoyo sin fisuras a las conversaciones de La Habana nos devolverán el tesoro robado. Hasta aquí la parte expositiva de la información que viene de Cuba, ahora entramos en las tripas del asunto, ¿qué ha de hacer la policía española ante esto?
   Los tres inspectores se miran entre sí con evidente estupor. ¿Han entendido bien?, ¿el segundo cargo más importante de la policía española les está pidiendo su opinión sobre lo que hay que hacer? ¿A santo de qué viene tan extraña pregunta?