martes, 13 de diciembre de 2016

Capítulo 17. Crecen las certezas, también las dudas.- 87. Así de fácil se compra un cómplice



   Ponte teclea www.el país.com y se abre la portada del rotativo madrileño del uno de marzo del 2016. Su información central se refiere a la sesión de investidura para elegir un nuevo Presidente de Gobierno. El titular principal, a tres columnas, dice: Sánchez apelará a todos los partidos para evitar elecciones. El viejo piensa que los actuales periodistas son cada vez menos precisos titulando pues tendrían que haber añadido el adjetivo nuevas a elecciones. Entre los subtitulares que ahondan en la información del principal hay uno sobre la nueva formación de la izquierda: Podemos rechaza la última oferta del candidato socialista para su abstención. Otro se refiere al nuevo partido centrista: Rivera advierte de que sólo votará por Sánchez si no se cambia el pacto firmado.
- ¡Dale con el dequeísmo! – exclama en alta voz -. Cada vez escriben peor. ¿Es que ya no tienen correctores los periódicos? Porque si los tuvieran no se les hubiera pasado que escribir de que en esa frase es hacer un roto a la lengua. ¡Adoquines, que sois unos adoquines! ¿Qué diablos os enseñan en esas pomposas facultades de Ciencias de la Información? Desde luego, a escribir correctamente no.
   La fotografía de la portada es la muestra gráfica de una de las tragedias de estos tiempos. Así reza su pie: La desesperación de los migrantes desborda las fronteras. Y explica que cientos de migrantes fueron contenidos el día anterior con gases lacrimógenos cuando trataban de abandonar Grecia en dirección a Macedonia. Que a buen seguro que tampoco los van a recibir con ramos de rosas, se dice. Y un punto asqueado cierra el portátil.
   Los inspectores del Caso Inca tienen otras preocupaciones: están analizando los próximos pasos a dar tras conocer la foto que les acaba de pasar Grandal, la que recoge la visión de las vitrinas del Museo de América con los huecos donde estaban las piezas que fueron prestadas al museo parisino. La foto parece ser un dato concluyente en la polémica de si las piezas enviadas a Paris eran las originales o réplicas. Todo apunta a que eran las piezas auténticas. Con ello, muchas de las hipótesis barajadas se caen por su base.
   Otra preocupante cuestión viene a recargar más su agenda. Adolfo Martínez, el técnico de seguridad que trabaja ocasionalmente en el Museo de América y al que la policía tiene sometido a una estrecha vigilancia por ser sospechoso de haber colaborado en el robo, ha descubierto que le vigilan. La policía logró que dejaran de seguirle los detectives privados, pero eso no ha bastado para que el sospechoso al fin se haya dado cuenta de que algo raro pasa a su alrededor. En los muchos viajes que realiza en los autobuses que cubren la línea Majadahonda-Madrid, Martínez se ha fijado en ciertos rostros que se repiten habitualmente en esos desplazamientos. Y se ha puesto nervioso, muy nervioso.
- Esto se nos está yendo de las manos – afirma Bernal al enterarse del hecho.
- Sí y algo habrá que hacer antes de que empeore. No vamos a tener más remedio que volver a la jueza para que dicte una orden de detención del fulano y podamos interrogarle antes de que desaparezca, se pegue un tiro o vaya usted a saber – corrobora Atienza. 
  Inesperadamente, la jueza instructora parece haber cambiado de criterio. Donde antes todo eran cortapisas y reticencias, ahora todo son facilidades. Les autoriza a detener al sospechoso y a proceder a su interrogatorio, tras lo cual deberán ponerlo a disposición judicial.
- Esta juez es como una veleta – comenta Blanchard -, se mueve en cuanto rola el viento.
- Lo que no sabemos es si el viento ha rolado o en esta ocasión le han convencido nuestros argumentos – apunta Atienza.
   Como dispone la Ley de Enjuiciamiento Criminal, la policía tiene un plazo máximo de setenta y dos horas para poner al detenido en libertad o a disposición de la autoridad judicial. No obstante, puede prolongarse la detención otras cuarenta y ocho horas, siempre que la prórroga sea autorizada por el juez. O sea, que los Sacapuntas disponen de cinco días para conseguir que el técnico de seguridad cante. Adolfo Martínez aguanta relativamente bien los dos primeros días, pero al tercero se desmorona y acaba confesándolo todo.
   El relato de Martínez comienza cuando recién llegado de sus vacaciones veraniegas del 2015, a fines de agosto, un buen día le abordó un tipo que aunque bien vestido tenía una pinta de gánster de película de serie B. El desconocido hablaba español con claro acento sudamericano, podía ser venezolano, colombiano o de algún país centroamericano. Le invitó a tomar unas copas. Durante la charla le contó que tenía que hacerle una proposición que podría resultarle de gran interés. En el transcurso de la conversación el tipo demostró que sabía mucho de la vida de Martínez, pues en un momento dado le espetó:
- Usted viene a ganar unos veinte y un mil euros al año, algo más cuando puede haser horas extras.
- ¿Cómo lo sabe? - preguntó, atónito, Martínez.
- De usted, señor Martínes, lo sabemos casi todo. Nos hemos molestado en investigarle. ¿Por qué? Porque queremos estar seguros de que nuestros sosios sean gente de fiar. Y usted lo es.
- Yo no soy socio de nadie que yo sepa, vamos – replicó Martínez
- Todavía no, pero si asepta la proposisión que voy a haserle, lo será. A usted, y no digamos a su señora, le gustaría vivir mejor de lo que vive ahora. Le gustaría comprarse un nuevo carro porque el que tiene está muy viejito. Cambiar los electrodomésticos que comiensan a darle problemas. Haser un crusero con su familia de esos que anunsian en la tele. En fin, le gustaría haser montones de cosas que con su sueldo no puede permitirse. Pues bien, nosotros podemos conseguir que todo eso cambie.
- ¿Y a quién tengo que matar? – preguntó Martínez echando mano del humor porque era lo que pedía una conversación tan alucinante como la que estaban manteniendo.
- A nadie, por supuesto. No le vamos a pedir nada que suponga violensia física - el sudamericano cogió una servilleta, sacó un bolígrafo que parecía de oro y escribió unas cifras en el papel: 1 = 35044 -. Esto es lo que le ofresemos: ganar en una hora lo que nesesitaría treinta y sinco mil horas de su trabajo para conseguirlo. Estamos hablando de ochenta mil euros. ¿Qué le parese el negosio?   
- ¿Qué me va a parecer?, ¡cojonudo!, pero ¿qué hay que hacer para ganar tanta pasta en tan poco tiempo?
- Algo relasionado con su trabajo en el Museo de América.
- ¡No pretenderán robar en el museo! – exclamó, sorprendido, Martínez.
- No, el museo no pensamos ni pisarlo. Es algo mucho más simple y para lo que usted es la persona indicada. Se trata de un trabajo en el que no correrá ningún peligro y en el que es, prácticamente imposible, que nadie descubra que usted ha sido el autor. Pero no pienso en contarle más hasta que diga si asepta o no nuestra oferta.
- ¿No será nada ilegal? – insistió Martínez.
- No me sea pendejo, señor Martínes. ¿Usted cree que alguien le va a ofreser tanta plata por algo legal? ¿Asepta o no?, nesesito saberlo ya porque si no quiere esa plata tengo que buscar a otro.
   Y eso fue lo que acabó convenciendo a Martínez, que si no era él sería otro, y era una pasta gansa por una hora de curro. El desconocido le explicó qué tenía que hacer: manipular el sistema de las dos cámaras de seguridad que enfocaban la plazoleta de la entrada del museo para que el día veintidós de octubre, al encender el sistema, dichas cámaras dejasen de funcionar. Cuanta más diferencia de tiempo hubiese entre la manipulación y la citada fecha más difícil sería para la policía descubrir quién lo había hecho. Al día siguiente; o sea, el veintitrés, recibiría un sobre con la cantidad prometida que depositarían en el buzón de correos de su domicilio. El sudamericano le insistió en algo que debía tener muy en cuenta para que no le descubrieran: que debería gastarse el dinero con mucho tiento, nada de empezar a presumir de plata a diestro y siniestro. Y, por supuesto, la boca bien cerrada.
- ¿Y cómo me comunico con ustedes? – fue lo último que preguntó Martínez.
- No se preocupe. Seremos nosotros quién le tendremos a tiro – fue la ambigua e inquietante respuesta del desconocido.
   Y esa fue la confesión de Adolfo Martínez. Recibió el dinero, pero no volvió a saber más del sudamericano.
   Los inspectores le hicieron dos últimas preguntas:
- ¿Se han puesto en contacto contigo?
- No he vuelto a saber nada de ellos.
- ¿Sabes si tuvieron algún otro cómplice dentro del museo?
-  No me dijeron nada de forma explícita, pero lo dieron a entender. Y cuando asesinaron a Obdulio Romero, supe quién fue el otro cómplice, el que necesitaban por si yo fallaba, pero no fallé – afirma con orgullo profesional.

domingo, 11 de diciembre de 2016

*** Gracias. Thank you



   En español hay una palabra que aunque no se conozca la lengua la entiende medio mundo: gracias. Lo mismo pasa con el thank you de la lengua de Shakespeare. Pues eso es lo que digo a mis lectores: gracias. Viene esto a cuento porque la pasada semana el blog sobrepasó la cifra de 20.000 páginas vistas, según el servicio de estadística de Google.
   Un número tan redondo no sería posible sin la activa colaboración de un montón de gente que abre el blog. Pues lo dicho, gracias o thank you, como prefieran.

viernes, 9 de diciembre de 2016

86. Algo así como buscar una aguja en un pajar



   En la reunión con sus jubilados amigos, Grandal llegó a la conclusión de que la policía era la única que podía obtener del Museo de América datos referentes a colegios que lo hubiesen visitado en las fechas anteriores al robo. El objetivo no era otro que encontrar a un colegial que hubiese hecho alguna foto a las vitrinas en las que se exponen las piezas del Tesoro Quimbaya.
- Vamos, algo así como buscar una aguja en un pajar – Es Ballarín quien resume lo complicada que puede resultar la búsqueda.
   El trío de jubilados exigió a Grandal que, dado que la idea era de ellos, también debían de ser ellos los que llevasen a cabo la investigación en los centros docentes. El excomisario tiene que idear una estratagema para conseguir que los policías encuentren y les faciliten la relación de colegios visitantes en el caso de existir. Le cuenta a Atienza que está ideando una trama para averiguar lo que le planteó respecto a la nota informativa del museo sobre la ausencia de ciertas piezas, pero que para ello necesita saber qué centros docentes habían visitado el museo en los cuatro meses anteriores al robo. 
- ¿Y para qué necesitas ese dato? – quiere saber Atienza un tanto sorprendido.
- Es una parte imprescindible para completar el sistema en el que estoy pensando para investigar lo que necesitáis.
- No acabo de entender qué relación tienen las visitas de colegios y como averiguar si el museo puso el cartel de que faltaban ciertas piezas y si en el lugar de éstas había otras o no – Atienza no solo no lo entiende sino que no acaba de fiarse de Grandal.
- Bueno, Juan Carlos, tú mismo. Si queréis que os ayude necesito esa relación. Si no queréis, pues adiós muy buenas. No pasa nada, resolverlo vosotros.
- Hombre, comisario, no te pongas así. Claro que queremos que nos ayudes, pero sabes como se van a poner mis compañeros si accedo a tal petición.
- Tienes una salida fácil: no se lo cuentes. Te haces con la relación, si es que existe, y me la mandas. Con ella creo que completaré el esquema que estoy elaborando y en cuanto lo termine te lo envío. Y una vez más, seréis vosotros quienes os apuntaréis el tanto. Ya me hubiera gustado en mis tiempos en activo tener a alguien que trabajara los casos y que luego fuera yo quien se llevara los laureles. Ahora bien, si no estás de acuerdo, pues lo dicho: tan amigos como antes.
   Aunque a regañadientes, Atienza accede a la doble petición de Grandal: no les cuenta nada a sus compañeros y se encarga de ir al museo para indagar en el registro. La dirección no le pone ninguna pega. Y encuentra un nutrido grupo de colegios que durante los cuatro meses anteriores al robo visitaron el museo, de los que se lleva una completa relación que se apresura a mandar al excomisario.
   En cuanto Grandal tiene la relación en su poder se apresura a convocar a sus amigos para elaborar una estrategia con la que presentarse en los centros y pedirles algo tan inusual como si algún colegial guarda fotos del día que visitaron el Museo de América. Todos son conscientes de que la principal dificultad que tendrán que salvar es su avanzada edad. ¿Cómo hacer creíble que unos carcamales como ellos sean los que pregunten por algo así? Como imaginación no les falta, elaboran un plan no demasiado verosímil pero que esperan que les sirva. Se van a presentar en los centros como miembros de una asociación de antiguos empleados de los museos madrileños, la cual ha organizado un concurso para premiar a aquellos colegiales que tengan las mejores fotos sobre museos hechas entre el uno de mayo y el treinta y uno de octubre del 2015. El motivo de acotar el tiempo es porque si no fuera así se podría reunir una cantidad ingente de fotografías, y puesto que los asociados son todos mayores ello supondría un esfuerzo para el que los miembros de la asociación no están preparados. En una imprenta al minuto de los bajos de la Plaza de España, les confeccionan unas tarjetas con un logotipo imaginario y un texto que les presenta como miembros autorizados de la Asociación de Empleados Eméritos de Museos Madrileños (ASEEMA); asimismo, encargan un cartel en el que se anuncia el ficticio concurso y una dirección de la inexistente asociación cuya sede no es otra que el domicilio de Manuel Ponte que, al vivir solo, es quien tiene menos problemas para soportar un incremento del correo habitual. Otra cosa que hacen es crear una dirección de WhatsApp para que les puedan remitir las fotos y que pertenece a un móvil de Luis Álvarez. Todo muy de andar por casa, pero piensan que puede servir.
   Ahora queda la parte más pesada de la investigación: visitar los colegios para ver si hay suerte y encuentran las fotos buscadas. Discuten si van a los centros de forma individual o lo hacen en pareja. Terminan eligiendo la última opción, una pareja se suele defender mejor que un individuo aislado. También deciden que las visitas las harán solo en la sesión matinal. Quedan en reunirse por las tardes para comprobar cómo van las visitas y el resultado de las mismas. En cuanto encuentren lo que buscan, fin de la operación.
- ¿Os acordáis de cuándo visitamos los hospitales para ver si localizábamos al nieto del Tío Josefo? – rememora Ballarín -. Recuerdo que entonces dijimos que habíamos pasado de jugadores de dominó a visitadores hospitalarios. Bueno, pues ahora nos vamos a convertir en visitadores colegiales.
- Cuando iba a la escuela del pueblo, me acuerdo que como una vez al año venía a visitarnos un inspector de escuelas. Algo que nos daba un poco de grima porque el bueno de don José Domingo, que así se llamaba el maestro, se ponía muy nervioso – rememora, a su vez, Ponte.
  Comienzan visitando los centros que están mejor comunicados porque generalmente se desplazan en metro. Son acogidos de muy diferentes maneras, en unos colegios les atienden amablemente y en otros se los quitan de encima con mejores o peores modos. Pasan los días sin que haya resultados, aunque no desesperan. Grandal no se cansa de repetir que la mayor virtud que puede tener un policía es la paciencia. Son muchos los centros docentes que durante esos cuatro meses acudieron al museo y en la mayoría de casos los jubilados visitadores suelen salir de los mismos con las manos vacías. Han de conformarse con la esperanza de que la dirección del centro difunda su cartel con el falso concurso y que haya colegiales que les pueda interesar el premio que se llevará la mejor fotografía: una Playstation 4.
   Pasan los días y las deseadas fotos no llegan. Cuando están en un tris de arrojar la toalla, la fortuna les sonríe. Del colegio concertado Nervión, ubicado en la madrileña calle del mismo nombre, reciben no una sino varias fotos del museo. Los alumnos de sexto de primaria estuvieron visitando el Museo de América tres semanas antes del robo y una de las chicas guardaba en su móvil varias fotos del Tesoro Quimbaya. Aunque de mala calidad, una vez tratadas por Ballarín, que es un consumado especialista en fotografía, en una de ellas puede verse en la esquina de una vitrina el cartelito de marras que, una vez ampliada la foto, muestra un texto informando que las piezas que faltaban habían sido prestadas al Museo de Quai du Branly de París para una exposición titulada “Arte indígena americano de los siglos VI al XIV”, que duraría cuatro meses. Y lo más interesante que revelaba la foto era que en las vitrinas se veía que faltaban piezas.
- Por tanto, si las piezas que el museo expone son las originales, y no hay porque ponerlo en cuarentena, las que se mandaron a París y que luego fueron robadas son las auténticas – Ponte verbaliza lo que todos están pensando.
- Así es. Todo cuanto se ha estado especulando sobre que las piezas robadas eran réplicas se cae por su base – resume Grandal.
- Y ahora se lo dirás a tus colegas de Cuerpo y serán ellos los que se pondrán la medalla – acusa Álvarez diciendo algo que los demás piensan aunque no lo digan.
- Tengo que recordaros que cuando decidimos investigar el robo no lo hicimos para recibir aplausos ni medallas, sino como un medio para distraernos o, dicho de otro modo, para no aburrirnos. Y eso creo que lo hemos conseguido.
- Estoy de acuerdo contigo, Jacinto – corrobora Ballarín -, y bien que nos lo estamos pasando. Todas y cada una de las varias investigaciones que hemos hecho nos han dado mucha vidilla. Pero también comprendo a Luis, es triste que después de haber logrado algo que los Sacapuntas no han conseguido ahora tengamos que hacernos a un lado y dejar que sean ellos los que rematen la faena.
- No os preocupéis, como son unos membrillos seguro que volverán a recurrir a Jacinto y él a nosotros. Apuesto doble contra sencillo a que todavía nos queda robo para rato – vaticina Ponte.