martes, 15 de noviembre de 2016

79. Coge el toro por los cuernos



   El uno de febrero, al abrir la portada online de El País, Ponte se topa con este titular: El PP presiona al Rey para que no ofrezca la investidura a Rajoy. Y un subtitular que lo desarrolla: El presidente confía en que Felipe VI no le propondrá formar Gobierno. Sánchez si aceptará el encargo e iniciará contactos con Ciudadanos. Desde luego, se dice, este país es la leche. El partido que ha sacado más votos y escaños no quiere presentarse a la investidura, supongo que porque saben que el resto de la Cámara no les va a apoyar. En cambio, el segundo más votado, pero a bastante diferencia del primero, si está dispuesto a solicitar el voto al resto del arco parlamentario para formar Gobierno. Imagino que ese es el juego en una  democracia parlamentaria. Espero que hagan lo que sea, pero que haya un gobierno sólido cuanto antes. De pronto, otra idea cruza su mente: ¡caramba, es lunes!, ¿seguirá Chelo interpretando hoy el papel de hacendosa esposa o habrá mandado al cuerno a Jacinto?
   Pues de momento en casa de Grandal no ha pasado nada. Cuando Chelo llega al piso, encuentra a Grandal en la cama medio adormilado. Le prepara el desayuno de costumbre: café con leche, con mucho de lo primero y poco de lo segundo, y unos churros que ha traído. Es un desayuno tan popular y poco consistente como el que toman millones de españoles y encima muchos de ellos luego se van a trabajar, aunque no es el caso del excomisario. Le lleva el desayuno a la cama, le da los buenos días y un beso en la mejilla.
- ¿Qué te apetece para comer? – pregunta la mujer.
   El hombre la mira con ojos inexpresivos y se encoge de hombros.
- Lo que tú quieras. No tengo mucha hambre que digamos.
- Entonces voy a acercarme al Hipercor a ver que ofertas tienen. Si están a buen precio, igual compro unas chuletillas de lechal que se comen hasta sin apetito y a ti te encantan. Acompañadas de una ensalada. Un almuerzo de lo más ligero.
   El hombre no responde, se limita a contemplarla con la misma mirada inexpresiva. Cuando la mujer va a salir, le recuerda:
- No te olvides del ABC – Grandal no es monárquico precisamente, pero le gusta ese periódico más que nada por su formato.
   Al pisar la calle, Chelo piensa: igual tenía razón Manolo y lo que tengo que hacer es el paripé de que todo sigue como siempre. Resiste, Chelo, resiste, se dice.
   Los que también están pensando en resistir son los Sacapuntas. Salieron cabreados como monos de su entrevista con la juez que instruye el Caso Inca por su negativa a ordenar un mandamiento para que el bufete de González-Arroyo y Asociados les revelase por cuenta de quién han vuelto a vigilar al sospechoso de haber colaborado con los ladrones que robaron el tesoro, el tal Adolfo Martínez. Cuando se lo cuentan a Blanchard, el inspector francés les consuela explicándoles que en Francia ocurren hechos parecidos. También allí te topas a veces con jueces y magistrados que se la cogen con papel de fumar, expresión que, desde que se la oyó a Bernal, le encanta usarla como muestra de una lengua coloquial que la televisión está en camino de hacerla desaparecer.
- ¿Y ahora qué? – pregunta el gabacho.
- La verdad es que no lo sé. Estoy más perdido que un pulpo en un garaje – confiesa Atienza usando una expresión que ha dejado de formar parte del lenguaje popular, pero que la usa porque sabe que su amigo Blanchard las colecciona.
- Creo que la única solución es hacerlo por las bravas – afirma Bernal, muy seguro de sí -. Coger a uno de esos estreñidos que trabajan en el bufete, meterlo en un coche, llevarlo a un sitio apartado en el extrarradio y majarlo a guantazos hasta que cante como un ruiseñor.
- Me parece una solución espléndida, solo tiene un pequeño inconveniente: que yo no estoy dispuesto a jugarme mi carrera y mi pensión – ironiza Atienza y añade -. Perdona que te lo diga, Eusebio, pero a veces eres más bruto que un arado. Sabes mejor que yo que eso no lo podemos hacer, ¡ni de coña!
   Bernal no se molesta en contestar, sabe que su compañero tiene razón. Su descabellada propuesta solo ha sido un brindis al sol. Un silencio trufado de desesperanza llena el despacho en que están los tres policías. Silencio que, tras unos minutos, quiebra Blanchard:
- ¿Y por qué no recurrimos al comisario Grandal como ya hicimos anteriormente? Ha demostrado ser hombre de muchos recursos y gran experiencia. Lo mismo a lo largo de su dilatada carrera se cruzó con un juez que se las tuvo tiesas, pero logró encontrar el modo de retorcerle el brazo.
- Pues no es mala idea – acepta Atienza -, pero hoy es lunes y ya te contamos a qué dedica los lunes el comisario.
- De todas formas, lo que si podemos es llamarle y pedirle una cita para mañana – arguye Bernal.
   El inspector de Patrimonio se encarga de hacer esa llamada.
- Comisario, buenos días. Soy Juan Carlos Atienza. ¿Qué tal, cómo estás? ¿Tienes un minuto? ¿Sí? Pues verás…
   Le cuenta a Grandal la posición de la jueza instructora respecto a no ordenar el mandamiento para que el bufete revele el nombre de su cliente. Y que no encuentran argumentos de suficiente peso para que deje de enrocarse en su negativa. Grandal, tras escuchar atentamente a su joven colega, le dice:
- Lo pensaré, Juan Carlos, y quizá se me ocurra algo. Si fuera así, te llamaré. De todas maneras, no os desaniméis, seguid intentándolo.
   Grandal se queda meditando sobre el problema que tienen sus colegas. Tras darle muchas vueltas decide que una charla con sus tres amigos del dominó quizá podría aportarle ideas que a él no se le ocurren. Tendrá que cambiar de planes. A ver como se lo toma Chelo.
- Chelo, ¿te importa si esta tarde en vez de irnos al cine me reúno con mis amigos de partida? He de comentar con ellos unas cosillas sobre la investigación del robo.
- En absoluto, cariño, lo primero es lo primero. Ya iremos otro día al cine.
- Lo que pasa es que había pensado en que nos reuniéramos aquí, como en otras ocasiones, y te vamos a molestar.
- Molestia, ninguna. Sabes que tus amigos me caen fenómeno. Aprovecharé la tarde para ir al centro, tengo que hacer unas compras, pero antes voy a preparar unos bocaditos para que tengáis algo que picar.
   Sobre las cinco treinta de la tarde se reúnen los cuatro jubilados. Grandal les explica el problema de la juez de instrucción y les pide si se les ocurre algo al respecto. Los tres viejos quedan pensativos. ¡Menudo marrón les acaba de endilgar, Jacinto! Ninguno es un experto en jurisprudencia, tendrán que recurrir al sentido común. Después de muchos minutos de pensar y otros tantos de decir vaguedades y alguna que otra tontería, parece que el debate comienza a centrarse.
- Yo creo que esa jueza se ha pasado de frenada – opina Álvarez -. No estamos hablando de un asalto a una farmacia o de un atraco a un banco, estamos ante el robo de un tesoro único en el mundo y que pertenece al Estado; es decir, a todos los españoles.
- Luis ha dado en la diana – secunda Ponte -. No es un robo cualquiera. Es como si hubieran robado Las Meninas, La Maja Desnuda o el Guernica. Si eso hubiera ocurrido, ¿qué habría pasado? Pues que el Gobierno habría recurrido a todo lo imaginable para recuperar los cuadros.
- Jacinto, ¿sabes si esos chicos, me refiero a los Sacapuntas, han planteado algo así a sus jefes? – pregunta Ballarín -. Lo digo porque si no lo han hecho tendrían que hacerlo. Si por la vía del poder judicial no se puede hacer más, que cojan la vía del poder ejecutivo que tiene resortes más que sobrados para doblarle el brazo a esa jueza y a quien sea.
- ¿Y el principio de la separación de los tres poderes? – pregunta retóricamente Grandal.
- Eso es un camelo, al menos en este país – asegura Ballarín -. Aquí, como al Gobierno de turno se le ponga algo entre ceja y ceja date por jodido.
- Otra cosa – es Ponte el que interviene -. Siempre se puede presionar al Gobierno con que si no exigen a ese bufete que diga el nombre de su cliente, se puede filtrar a la prensa la noticia de que las piezas robadas son más postizas que mi dentadura.
- Antes – vuelve a intervenir Álvarez -, has dicho que un delito como el de un atentado terrorista sería suficiente para que la juez ordenara el mandamiento. Pues con el robo del tesoro se ha cometido un atentado, no terrorista pero si cultural, que mancilla el honor y el buen nombre del país. Razón más que suficiente para estar por encima del derecho a la defensa.
- Yo creo, Jacinto, que esos colegas tuyos han pecado de blanditos, quizá piensen demasiado en sus carreras y eso les coarta. Coge tú el toro por los cuernos y ve a hablar con la jueza o con los jefes de los Sacapuntas y plantéales lo que hemos hablado. Si no os dan el mandamiento, dejo de llamarme Manuel – alardea Ponte.

viernes, 11 de noviembre de 2016

78. Chelo tiene un problema



   Aunque ha dejado de sollozar, Chelo sigue lloriqueando. Ponte, al ver que está a punto de acabar con los clínex, recuerda haber visto apostado en un cruce de semáforos que hay frente a la cafetería a un hombrecillo que vende paquetes de pañuelos.
- Perdona, un momento. Voy a por más clínex.
   Cuando vuelve con dos paquetes, Chelo parece algo más calmada, pero sigue teniendo los ojos enrojecidos y una carita que es todo un poema, aunque ha dejado de llorar. Ponte no le pregunta nada, le acerca los pañuelos y la anima con el gesto y un amago de sonrisa, espera que sea la mujer la que hable cuando esté preparada para ello.
- Se trata de Jacin – dice Chelo con voz todavía entrecortada -. Creo que voy a perderlo, si no lo he perdido ya.
   Ponte sigue sin preguntar, solo pone cara de perplejidad.
- Sí, Manolo, lo voy a perder. Hay otra mujer en su vida.
- ¿Otra mujer?, ¿te lo ha dicho? – pregunta un sorprendido Ponte.
- No, no hace falta. Eso es algo que las mujeres notamos enseguida.
- Pero vamos a ver, Chelo. ¿Estás hablando de hechos ciertos o de corazonadas?
- Mitad y mitad. Decirme que me va a dejar, no me lo ha dicho, pero lo presiento. Desde hace más o menos un mes ha cambiado, no es el de siempre. No está tan cariñoso como solía, me regaña por cualquier cosa, se esconde para hablar por teléfono y… hace tres lunes que no me folla. Súmalo todo y a ver que da.
- Me da que son acciones intrascendentes y bastante normalitas. El que esté menos cariñoso, que a veces te regañe o que cambie de lugar para hablar por teléfono no son pruebas suficientes para deducir que tenga otra mujer. En cuanto a que hace tres semanas que no te hace el amor – Lo de que ahora la gente se exprese con tanta naturalidad sobre lo de follar es algo que a Ponte le cuesta asumir – tampoco es tan raro. Jacinto ya no es un adolescente y a partir de cierta edad la libido decae un montón. Por otra parte, casi todos los hombres somos ciclotímicos, tenemos momentos depresivos y otros de euforia y supongo que Jacinto no es una excepción.
- ¿Sí?, ¿y qué me dices de los dos viajes que ha hecho a Zaragoza en el último mes?, ¿qué se le ha perdido allí?
- ¿Ha estado en Zaragoza?, eso no nos lo ha contado.
-  Tampoco a mí. Me enteré cuando le registré la chaqueta y encontré un billete de ida y vuelta para el Ave a Zaragoza.
- Bueno, tendría algo que hacer en la ciudad maña – Ponte intenta quitar hierro al comportamiento de Grandal -. ¿Tú se lo has preguntado?, me refiero a qué ha ido a Zaragoza.
- Usé una artimaña. Le conté que una amiga había coincidido con él en el tren y que le vio apearse en Zaragoza. No me lo negó y añadió que tenía unos asuntos que arreglar con unos primos sobre una antigua herencia. Para ser policía mintió muy mal, se le notaba a la legua. Ni hay herencia, ni primos ni Cristo que los fundó. Hay una mujer, seguro.
- Bueno, Chelo, quizá conozca a alguien, pero lo cierto es que todos los lunes seguís juntos, ¿no es así? Pues eso es lo que debe importarte, todo lo demás olvídalo, no harás más que amargarte y no sacar nada en limpio. Mira, te voy a dar el consejo que me pediste. Mientras no te diga a la cara y mirándote a los ojos que tiene otra mujer o te pida que le devuelvas las llaves del piso, lo que tienes que hacer es portarte con normalidad, como si no sospecharas nada. Creo que era Cela el que dijo que el que resiste, gana. Eso es lo que tienes que hacer: resistir, aguantar el tirón y ya verás cómo al final esto se convertirá en un mal sueño y poco más.
- ¡Ay, Manolo, ojalá se solucionara tan fácil como lo pintas!, pero sospecho que esta vez no va a ser así. No es la primera vez que Jacin me engaña, antes ya ha habido otras, pero han sido líos pasajeros, de los de aquí te pillo y aquí te jodo, pero tengo el pálpito de que en esta ocasión no se trata de un ligue de unas horas o de unos días. Esta vez, es distinto. No sé si sabrás que me ha pedido muchas veces que deje el trabajo y que me vaya a vivir con él. Incluso en una ocasión me dijo que si era necesario nos casaríamos para que yo pudiera cobrar pensión en caso de que él falleciera antes. Bueno, pues de eso no ha vuelto a decir ni pío desde hace tiempo.
- Chelo, no sé qué más decirte. En mi opinión, tienes dos opciones: preguntarle directamente si tiene otra mujer o hacerte la distraída y continuar como hasta ahora. Lo que no debes hacer es atormentarte con sospechas y ataques de celos. Eso no te lleva a ninguna parte. Los celos son un sentimiento horrible, te hacen sufrir, te amargan la vida y de rechazo acabas amargando la vida a los demás.
   La mujer no parece muy convencida, pero le agradece sus consejos y que la haya escuchado tan pacientemente. Le dice que ya le llamará y se despide sin volver a sacar el tema del aprendizaje para navegar por la red.
   En tanto Chelo cuenta sus achares al bueno de Ponte, los Sacapuntas reciben noticias sobre el sospechoso de haber colaborado en el robo del Tesoro Quimbaya, el tal Adolfo Martínez. La agencia de detectives Método 5, dejó de vigilarle tras sufrir la exigente presión de la policía, pero el bufete de abogados de González-Arroyo y Asociados, que era el que había encargado la vigilancia, se negó en redondo a dar el nombre de su cliente y hasta amenazaron con querellarse contra los coordinadores del Caso Inca. Ahora, el equipo de policías encargado de seguirle los pasos a Martínez ha descubierto que unos detectives, miembros de otra agencia distinta, vuelven a vigilar al sospechoso de Majadahonda, y lo que es peor, no parecen muy profesionales. Con tantos moscones a su alrededor es cuestión de poco tiempo, quizá días, que Martínez se dé cuenta de que es vigilado. Y todo se irá al carajo.
   En apresurado conciliábulo, Atienza, Bernal y Blanchard acuerdan que la única salida que tienen para que esa pista, una de las pocas que sigue viva, no se les escape de las manos es solicitar a la jueza de instrucción que les dé un mandato pidiendo al madrileño bufete de  González-Arroyo y Asociados que revelen el nombre del cliente a cuenta del cual han encargado a la nueva agencia de detectives que controle las correrías de Adolfo Martínez. La juez, tras oír a los dos policías coordinadores del Caso Inca, se pone en modo exquisito y les endilga una teórica de Derecho Procesal.
- El mandamiento judicial que me piden no puede ser automático, solo puedo emitirlo de modo restrictivo; es decir, siempre que las pruebas o, al menos, indicios de comisión de delito fueran suficientes para superar el derecho a la confidencialidad de las relaciones abogado-cliente que, como dispone el artículo 24 de la Constitución, forma parte del derecho fundamental a la defensa. Para dictar el mandamiento, en un caso de conflicto de derechos, sería necesario que los hechos para el que lo piden – reitera – atañesen a derechos que se consideraran de rango superior. ¿Es este el caso? – pregunta retóricamente.
- Y si me permite, ¿cuáles son los derechos de rango superior para que su señoría dictara el mandato? – pregunta Bernal.
- Tendríamos que estar hablando de presuntos delitos que atañesen a la defensa nacional, al orden público, a la probabilidad de atentados terroristas…, pero estamos hablando de un atraco; cierto que hubo un homicidio, pero sigue siendo un asalto a mano armada en el que los autores del delito utilizaron armas de fuego, pero poco más.
- Señoría, con el debido respeto – Atienza ha decidido que es el momento de lucir sus conocimientos legales -, considero que si bien el atraco a mano armada es un delito que atenta esencialmente contra el patrimonio, también supone un mayor riesgo para otros bienes jurídicos como la vida o la integridad de las personas físicas.
- Bien dicho, inspector. Me alegra comprobar que, por lo que parece, ahora en Ávila les enseñan a algo más que a pegar tiros o a presionar a los testigos con medios dudosamente legales, pero sigo sin ver base jurídica para obligar al bufete a que dé el nombre de su cliente. Estamos hablando del delito de apropiación indebida, de un delito esencialmente económico, bien que con el fatal añadido de una muerte, pero que no son hechos que puedan doblarle el brazo al precitado artículo 24 de nuestra Carta Magna. En resumen, caballeros, que me traen pruebas o al menos indicios racionales de que estamos ante un presunto delito que afecta a derechos superiores o no me hagan perder el tiempo. Que tengan una buena tarde.
   Los Sacapuntas salen del juzgado echando pestes de la instructora. Posteriormente, Atienza le cuenta a Blanchard que la juez no es de carrera sino que pertenece a lo que se conoce como el tercer turno. Le explica que el método ordinario de ingreso en la Carrera Judicial es de oposición libre para la categoría de juez, más la superación de un curso teórico y práctico. Lo que garantiza, al menos supuestamente, la idoneidad y capacidad profesional de los seleccionados. Pero el primer gobierno socialista legisló otra forma de ingreso: el acceso a la judicatura de juristas de reconocido prestigio con las mismas garantías de selección objetiva para asegurar la capacidad del elegido. No siempre fue así y, en ocasiones, los jueces del tercer turno fueron elegidos más por sus simpatías políticas que por su preparación.
- … y a veces esos jueces se pasan de rigoristas, como si quieran lavar su pecado original, y terminan siendo más papistas que el papa.

martes, 8 de noviembre de 2016

77. Consejos vendo que para mí no tengo



   Ponte abre El Mundo del veintinueve de enero. El titular principal trata del mayor escándalo de la familia real en muchas décadas: El Tribunal niega la doctrina Botín a la Infanta Cristina y seguirá en el banquillo. Y la entradilla que lo acompaña explica: La hermana del Rey se enfrenta a una petición de ocho años de cárcel por dos presuntos delitos fiscales. Las juezas consideran que “no existe un único perjudicado”, en referencia a la Agencia Tributaria. En otras palabras, dan por bueno el eslogan “Hacienda somos todos”.  Desde luego, llevar a una Infanta ante los tribunales no sé si hubiera sido posible reinando su padre, pero está claro que su hermano Felipe tiene otras ideas, piensa. Lo cual me parece bien, ya era hora de que se hiciera verdad aquello de que todos somos iguales ante la ley, porque en este puñetero país hay algunos que son más iguales que otros. Habrá que abrir el ABC a ver cómo cuenta la noticia y qué realce le da, se dice, pero antes de que pueda abrir el diario monárquico suena el móvil.
- Buenos días, Manolo, ¿no te habré despertado? – pregunta la mujer, su voz suena un poco más ronca que de costumbre.
- Buenos días, Chelo. No, ya estaba despierto. ¿Qué es de tu vida?
- Tengo que hacerte una pregunta: ¿podrías enseñarme a navegar por internet?
   Era la petición que menos podía esperar Ponte.
- ¿Y para qué quieres que te enseñe a navegar por la red?
- Pues para aprender y saber cosas. Una amiga me ha contado que en internet viene todo, absolutamente todo, lo que quieras saber. Y también sé que se puede localizar una dirección, una ruta turística, que puedes buscar hotel o cualquier otra cosa. Además, también puede serme útil para ampliar el negocio.
   Lo de ampliar el negocio, Ponte no sabe cómo tomárselo. Mejor será no hacer preguntas, no sea que meta la pata.
- Me parece una sabia decisión, pero verás, Chelo, no has llamado a la mejor puerta para lo que quieres. Yo navego poco y mal por la red. Leo los periódicos por la mañana y a veces busco una calle o alguna referencia o consulto el diccionario pero poco más. Quienes son verdaderos maestros en lo de la navegación son Amadeo y Luis. Hicieron un curso en una universidad de mayores por lo que saben la tira.
- Lo que pasa, Manolo, es que con ninguno de ellos tengo la confianza que contigo.
- Eso no es problema, mujer. Hablaré con el que prefieras de ambos y te garantizo que tanto el uno como el otro estarán encantados de enseñarte.
- ¿Estás tratando de escurrir el bulto?, ¿o es una manera delicada de decirme que no quieres hacerlo? – la pregunta ha sido hecha en un tonillo quisquilloso.
- De ningún modo, Chelo. Si te he dado esa impresión debe ser que me he expresado mal. Estaré encantado de enseñarte a navegar, pero una pregunta: ¿sabes manejar un ordenador?
- Claro que sé. ¿Qué crees que porque soy puta tengo que ser analfabeta? – la pregunta de la mujer rezuma una clara irritación.
- No, por Dios. No he dicho eso. Lo decía para saber qué ordenador íbamos a manejar.
   Chelo, algo más calmada, le cuenta que tuvo un cliente, dueño de una tienda de electrodomésticos, que en cada visita que le hacía le daba la matraca sobre que debía aprender informática. Hasta que un buen día llegó a su casa con un ordenador. Le contó que era uno de los que tenía en el expositor y con el que los clientes probaban, pero que pese a haber sido usado estaba como nuevo. El regalo la sorprendió porque el tipo era bastante rácano.
- ¿Y cómo aprendiste a manejarlo, también te enseñó el comerciante?
- ¡Qué va! Una tarde, en el súper al que suelo ir a comprar, vi un anuncio en el que la asociación de amas de casa del barrio informaba de que se iban a abrir unos cursos para enseñar los principios del manejo de ordenadores. Para inscribirse solo hacía falta presentar un justificante de que se era vecino del barrio. Me inscribí y aprendí lo suficiente para abrirlo, cerrarlo, manejar alguna aplicación informática como el Word y poco más. Ahora, en lo que se dice navegar me armo un lío. Hay tantas referencias, tantos enlaces y archivos que me pierdo. Por eso necesito alguien que me dé unas lecciones prácticas sobre cómo encontrar lo que busco de forma rápida y sin perder demasiado tiempo.
- Pues ya somos dos porque me pasa algo parecido. Hay veces que me canso de buscar y como no lo encuentro termino cerrando el aparato. Me resulta más cómodo preguntarle a mi hija que buscarlo por mi cuenta. Por eso te decía antes que no soy el más indicado para enseñarte.
- Mira, Manolo, si no quieres hacerlo porque no te da la real gana o porque no quieres que te vean conmigo, lo dices de una puñetera vez y acabamos – la voz de la mujer se ha vuelto bronca por momentos.
- ¡Qué no, Chelo, que no! Hazme el favor de no coger el pepino por donde amarga. Estoy dispuesto a enseñarte, pero voy a ser como el maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela.
   Lo del maestro Ciruela consigue arrancar una suave carcajada de la mujer, que olvida el enfado con sorprendente facilidad.
- ¡Qué buen humor tienes, Manolo! Eres de los pocos que consigue hacerme reír. Otros tendrían que aprender de ti. Pero te estoy dando mucha lata. Anda, mira tu agenda y dime cuando podemos quedar para concretar detalles.
- ¿Qué mire mi agenda? ¿Estás de coña? ¿Tú crees que un vejestorio como yo tiene agenda? Quedamos el día que te venga bien y a la hora que prefieras. Bueno, me corrijo: las mañanas me ocupo un rato de Julito. O sea, que mejor quedamos por la tarde y después de la siesta, que es algo que no me pierdo por nada del mundo.
   Quedan al día siguiente, pese a que es sábado, en una cafetería del barrio del Pilar, zona en la que vive la mujer. El local en el que se han citado es confortable y, sobre todo, tranquilo. Ponte encuentra a Chelo algo demacrada. Hace memoria: la vio por última vez hará cuatro o cinco días y en tan breve lapso de tiempo ha desmejorado sensiblemente. No se ha molestado en maquillarse y se le notan los años y las batallas vividas. El viejo, hombre galante donde los haya, la saluda diciéndole todo lo contrario.
- Chelo, cada día estás más guapa. No necesitas ni maquillarte para lucir como un clavel reventón. Y así como vas vestida, con un simple chino y una chaquetilla vaquera pareces una jovencita universitaria. Seguro que más de uno estará pensando: mira ese viejo verde que suerte que tiene llevando a su lado una chavala de lo más guay.
- Manolo, cuando te hicieron supongo que luego rompieron el molde. Ya no quedan hombres tan galantes ni que sepan mentir con tanta gracia. De todos modos, te lo agradezco. En un día como hoy oír palabras amables es como agua bendita.
- Bueno, ¿y qué es lo que tienes pensado? Me refiero a las prácticas para aprender a navegar. El lugar en el que practicaremos, el horario, si vamos a manejar tu ordenador o prefieres que traiga mi portátil. En fin, concretar los detalles.
   La mujer no responde, se queda mirando al vacío como si no supiera qué decir. Ponte observa aquel semblante, entre triste y melancólico, y piensa que Chelo está sufriendo, algo la corroe por dentro. ¿Estará enferma?, ¿tendrá alguna enfermedad de origen sexual de las que suelen tener las mujeres de mala vida? Le suena duro calificarla de puta. Tras unos minutos en los que podría oírse el aleteo de una mariposa, la mujer habla.
- Estoy pensando que lo de internet puede esperar. Lo que ahora necesito más es consejo y no sé a quién acudir. Por eso quiero que me orientes, Manolo.
- Pues aconsejando soy de los que se les puede aplicar aquello de consejos vendo que para mí no tengo. No, Chelo, no estoy escurriendo el bulto – se apresura Ponte a precisar al ver el gesto mustio de la mujer -. No ha sido más que una broma para levantarte el ánimo. Como te he dicho más de una vez, me tienes a tu disposición. Y para empezar, cuéntame qué te pasa porque, como me llamo Manuel, que algo te pasa.
   De forma imprevista la mujer rompe a llorar. Es un llanto silencioso, quizá por eso resulta más estremecedor, pero unos lagrimones gruesos como perdigones se deslizan por sus mejillas. Ponte queda desconcertado, no sabe qué hacer. Lo único que se le ocurre es buscar en sus bolsillos hasta que encuentra un paquete de pañuelos de papel que siempre lleva para limpiarles los mocos a los nietos. Se lo da a la mujer que lo coge sin más. Cuando parece que el lloro va amainando, lo que era una silenciosa llantina se convierte en un llanto a todo trapo. Lo sollozos suben de tono, lo que hace que algunos de los ocupantes de las mesas cercanas se vuelvan hacia ellos mirándoles con curiosidad. Ponte, aunque está hecho un lío, trata de consolarla.
- Vamos, Chelo, por Dios, no llores. Sea lo que sea, todo tiene arreglo.
- No, lo de Jacin, no lo tiene.
   En principio, Ponte no comprende a quien se refiere Chelo, hasta que recuerda que la mujer suele apocopar el nombre de Jacinto y se come la última sílaba. ¿Qué le pasará al bueno de Jacinto?, se pregunta.