martes, 4 de octubre de 2016

Capítulo 13. La tormenta de ideas.- 67. Una colaboradora inesperada



   La tarde del diecinueve tal como habían quedado, Grandal se dirige a la sede de la Brigada de Patrimonio donde le están esperando los tres inspectores que dirigen el Caso Inca, pero no están solos, hay alguien más: una mujer. Tiene un rostro de rasgos proporcionados y si no fuera por una silueta un pelín redondeada y unas indiscretas arrugas en las comisuras de ojos y labios, nadie diría que probablemente dobló el Cabo de Hornos de los cincuenta. Va vestida con elegante sencillez lo que provoca que, como afirmaba Coco Chanel, los hombres se fijen más en ella que en su indumentaria. Atienza se la presenta al excomisario.
- Te presento a María Victoria Martín-Rebollo, catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza y una de las expertas de arte precolombino más reconocidas mundialmente. Aprovechando que está en Madrid presidiendo un tribunal, ha tenido la amabilidad de aceptar mi invitación para colaborar con nosotros en la tormenta de ideas. Doctora – dice Atienza dirigiéndose a la profesora -, Jacinto Grandal, comisario jubilado y quizá el hombre que más nos está ayudando, junto a tres amigos suyos, para resolver el caso.
   La profesora y el excomisario se estrechan la mano y musitan el tópico encantado, una, y un placer conocerla, el otro.
- Bien – retoma la palabra Atienza dirigiéndose al grupo -, ahora que ya estamos todos, la señora Martín-Rebollo, que además de en arte es también experta en técnicas grupales, será quien dirija la sesión de brainstorming si no tenéis inconveniente. ¿De acuerdo? Una cuestión de intendencia: antes de comenzar va a venir el chico del bar a preguntar lo que queráis tomar.
   Como si hubiese oído a Atienza, aparece un silencioso camarero que va tomando nota de las peticiones de los participantes. Momento que aprovecha la catedrática para preguntar en voz queda a Grandal:
- ¿Es usted el mismo Jacinto Grandal que resolvió el caso de la calle Leganitos?
- El mismo – responde un sorprendido Grandal -, pero eso ocurrió hace más de veinte años. ¿Cómo es que se acuerda?
- Por aquellos años estaba en Madrid preparando las oposiciones para profesora de secundaria y el crimen tuvo mucho eco en el colegio mayor donde vivía. Una de las residentes había conocido en una fiesta al estudiante de veterinaria que resultó ser el asesino. Cuando se solucionó el crimen todavía recuerdo su foto en la portada de El Caso. Y si me permite, añadiré que el tiempo ha sido generoso con usted. Ha envejecido francamente bien. No todos podemos decir lo mismo.
   Grandal agradece la observación con una sonrisa y piensa que esa cara le recuerda a alguien, pero que no localiza a quién. Cuando va  contestar a la docente, Atienza llama al orden golpeando con su boli en uno de los vasos.
- Señora y señores, atención por favor. Siéntanse donde prefieran que vamos a comenzar. Doctora Martín-Rebollo, cuando quiera.
   La citada se pone unas gafas que le dan un vago aire profesoral y saca de un bolso de un tamaño más que respetable un bloc de tapas negras y un mazo de fichas que deja encima de la mesa. A continuación se dirige a un tablero portapapeles ubicado en el lado abierto de la u que forman las mesas.
- Antes que nada, dos cuestiones de procedimiento. Una, que durante mi presentación, que procuraré sea lo más breve posible, podéis interrumpirme en cualquier momento. La otra, que para que la atmósfera grupal sea más fluida y directa propongo que nos olvidemos de los tratamientos y demás ringorrangos. Por favor, no me llaméis doctora, ni señora Martín-Rebollo, ni siquiera María Victoria, con Mariví es suficiente, aunque a mis años el diminutivo a veces me suena un tanto ridículo. En definitiva, que nos tuteemos ¿De acuerdo?
   Todo el mundo asiente y Grandal levanta la mano.
- Estoy de acuerdo en lo del tuteo, pero lo de a tus años sobraba. Desde mis sesenta bien cumplidos te diré que, como repetía mi santa madre, te veo en la flor de la vida – afirma el excomisario acompañando su galante y tópica frase con una amable sonrisa.
- Gracias, comisario. Se nota que eres de la vieja escuela, de los que lanzaban requiebros a las damas.
- Bueno, ¿empezamos o vamos a pasarnos la mañana echándonos piropos? – Bernal, tan patán como siempre, ha metido baza.
- Mi querido amigo Eusebio, con el debido respeto te diré que tienes la sensibilidad de une brique. Piropear a una dama aussi charmante es algo que honra a quien lo hace – Blanchard, que siempre se la tiene guardada a Bernal, ha empleado su lengua paterna para que su frase no suene tan áspera como en español, aparte de que cuenta con el nulo dominio del francés por parte del policía de la Judicial.
- Caballeros, por favor –interviene María Victoria -. Dejémonos de pullas – dice dirigiéndose a Bernal y a Blanchard - y de requiebros – y le dirige a Grandal una mirada que es mitad de reprimenda y mitad de complicidad – y ciñámonos a nuestra tarea. Como os decía antes, en primer lugar voy a comenzar la presentación centrándome en la cuestión de las réplicas de las piezas del Tesoro Quimbaya. Como sabéis, el tesoro está compuesto por ciento veintidós piezas, de oro, plata y cobre… - la moderadora se detiene, Bernal ha levantado la mano -. ¿Alguna pregunta?
- Perdona, Mariví, pero siempre he creído que todas las piezas era de oro macizo.
- Es una creencia generalizada, pero falsa. La composición metalográfica de las piezas del tesoro incluye aleación de oro, plata y cobre en diferentes proporciones. Salvo las cuentas de alguno de los collares ninguno de los objetos que integran el tesoro es de oro macizo. Ello no le resta ni un ápice a su valor histórico, arqueológico y hasta estético. Bien, sigo. El tesoro llegó a España para la celebración del IV Centenario del Descubrimiento, y después de ser expuesto en Sevilla fue guardado en el Banco de España. Dado el enorme valor de la colección, todas las piezas fueron reproducidas en oro y cobre. De esa manera, mientras las piezas originales han estado custodiadas en las cámaras acorazadas del Banco de España, las piezas que se han mostrado en diversas exposiciones o en el propio Museo de América eran réplicas de las auténticas. Esta situación se mantuvo así hasta abril de mil novecientos ochenta y cinco, fecha en la que tras la renovación del museo la colección original se trasladó desde el banco al Museo de América donde permanecen desde entonces. Otra cuestión: las noventa piezas que se cedieron al museo parisino du Quai Branly para la muestra de arte indígena que se llevó a cabo el pasado año y que posteriormente fueron robadas, ¿son las auténticas o meras réplicas? Según la información que me ha llegado y que concuerda con la vuestra, son copias. Bien, hasta aquí lo que podemos llamar la introducción del tema que vamos a debatir. Preguntas, por favor.
   Lo que ha expuesto la profesora es algo que todos conocen por lo que nadie pide la palabra. Esa mínima pausa le sirve a Grandal para recordar a quien se parece la doctora Martín-Rebollo: a la psicóloga que trataba de sus depresiones al protagonista de la serie televisiva Los Soprano, y por la que el mafioso se sentía atraído.
- Dado que no hay preguntas, continúo – es la profesora quien vuelve a hablar -. Como el material para la tormenta es amplio, si os parece, vamos a dejar por probados aquellos ítems en los que haya unanimidad sobre su certeza. Son los siguientes: Primero, las piezas robadas no son las auténticas sino meras réplicas. Segundo, los ladrones no sabían que lo que estaban robando eran copias. Tercero, las autoridades españolas ocultan a la opinión pública que las piezas robadas no son las originales. Y cuarto, el caso parece haber llegado a un callejón sin salida y algo ha de cambiar para solucionarlo. ¿Alguna pregunta, alguna opinión?
   Nadie levanta la mano ni hace gesto alguno de replicar a lo que acaba de exponer María Victoria, por lo que ésta se dispone a continuar cuando Blanchard levanta la mano al tiempo que pide disculpas.
- Excusez-moi, doctora…, quiero decir Mariví, tengo una duda sobre la metodología que vamos a seguir en la lluvia de ideas. Aunque sea interrumpir por unos minutos tu presentación, serías tan amable de darnos unas pinceladas de cual va a ser el método que piensas emplear en el debate.
- Por supuesto, Michel. Pienso hacerlo de la forma más simple posible y sin sujetarme a las reglas preceptuadas del brainstorming. Escribiré en el portapapeles mural la pregunta de turno y a partir de ahí, cada uno de vosotros podrá expresar sus opiniones, discrepancias o planteamientos. Cualquier otro miembro de la mesa podrá rebatirle, apoyar su exposición o replantear lo que se haya dicho. Y seguiremos así, pregunta a pregunta, hasta que lleguemos a una conclusión que cuente, al menos, con tres votos a favor, lo que supone la mayoría absoluta. ¿Entendido?
   El inspector francés asiente por lo que la doctora Martín-Rebollo se dispone a concluir su presentación.

domingo, 2 de octubre de 2016

*** El blog se dispara




   El habitual número de páginas vistas del blog se ha disparado en la última semana. Las masivas descargas que se han producido desde los Estados Unidos han hecho que en el último mes sean 1000 las páginas vistas. De forma que hemos rebasado con creces la cifra de 9000 páginas vistas.
   Es obvio decirlo, pero estoy encantado. Todos los novelistas escribimos para ser leídos, alguna excepción habrá pero esa es la intención generalizada. Y es el caso de este octogenario aficionado a escribir literatura de ficción.
   Solo me resta decir: gracias, amigos. Prometo que, mientras me queden fuerzas, seguiré escribiendo. Es mi manera de resistir a los imparables avances de la vejez.

viernes, 30 de septiembre de 2016

66. Preparando la tormenta de ideas



   El lunes, dieciocho, los policías que coordinan el Caso Inca aprovechan la jornada para atacar en dos direcciones. Por una parte, tantean a aquellas autoridades que puedan saber algo sobre la autenticidad o no de las piezas robadas del Tesoro Quimbaya. Han de andar con pies de plomo porque en todos los casos se trata de superiores suyos y alguno de ellos con malas pulgas. No obtienen  ninguna información clara, solo respuestas ambiguas en el mejor de los casos, y hasta algún rapapolvo como el que les suelta la jueza instructora del caso, evidentemente molesta ante la pregunta. Todo ello les lleva a reafirmarse en que las piezas robadas son, casi con toda seguridad, meras réplicas. Por otra, al finalizar la tarde preparan todo lo necesario para que la tormenta de ideas que va a tener lugar al día siguiente, ya con la participación del excomisario Grandal, sea lo más exitosa posible.
   Cuando el trío de inspectores recapitula el conjunto de ítems a desarrollar en la tormenta de ideas se encuentra con la siguiente colección de preguntas:
1. ¿Por qué las autoridades ocultan que las piezas robadas no son auténticas? En ese apartado están, entre otras: la dirección del Museo de América, la jueza instructora, los mandos policiales que van desde el jefe de la Brigada de Patrimonio hasta el Ministro del Interior, y puede que hasta el Presidente del Gobierno.
2. ¿Cómo siendo tantas las personas que, presuntamente, están al tanto del encubrimiento la noticia no se ha filtrado a los medios?
3. ¿Cuáles pueden ser los motivos que les llevan a no hacer pública la noticia?
4. Si todo sigue igual, ¿cómo repercute ello en el esclarecimiento del caso?
5. ¿Qué podría pasar si se publicara la información de la no autenticidad de las piezas robadas?
6. Y cómo corolario del anterior ítem, ¿en su caso qué sería mejor para la investigación policial, publicar la noticia cómo información del poder ejecutivo o filtrarla a los medios como producto de una investigación de la prensa?
7. ¿Cuáles podrían ser las repercusiones que el anuncio de la no autenticidad podría tener en los ladrones y/o autores intelectuales del robo? 
   En tanto los policías se afanan preparado la tarea del día siguiente, Grandal, puesto que la reunión en Patrimonio la han programado para la tarde del martes, reúne a sus colegas de la investigación paralela para contarles cuanto ha sucedido después del interrogatorio que los policías sometieron a Ponte en la cafetería Van Gogh. Todos escuchan muy atentamente el relato del excomisario, quien al finalizar su narración les pide su opinión sobre cómo afrontar mejor la tormenta de ideas de la tarde. Antes de que opinen, Grandal quiere explicarles en qué consiste una lluvia o tormenta de ideas. Ante su sorpresa, resulta que tanto Álvarez como Ponte no solamente lo saben sino que en sus respectivas empresas, el Canal de Isabel II e Iberdrola, participaron en más de una. Solo hay que hacerle un sucinto compendio a Ballarín, quien nunca tuvo necesidad de utilizar semejante técnica de grupo en su negocio de ferretería.
- Y tú, Jacinto, ¿cuál crees que es la pregunta más interesante que podría hacerse? – pregunta Álvarez.
- Creo que hay dos preguntas que podrían ser importantes. Una es ¿por qué ocultan las autoridades que las piezas robadas no son las auténticas? La otra: ¿qué pasaría si se hiciese público que las piezas verdaderas siguen a buen recaudo en el museo? – y añade -. Y ahora vamos a hacer una minitormenta nosotros. ¿Quién tiene alguna respuesta a la primera pregunta? Os doy cinco minutos para que lo penséis.
   Los cinco minutos parecen haberse convertido en cinco segundos, así pasan de rápidos. Cuando Grandal, como si fuera un entrenador de baloncesto, dice: ¡tiempo!, Álvarez levanta presto la mano.
- El Gobierno no dice la verdad porque si en el mundo del hampa se sigue creyendo que el tesoro robado es el auténtico nadie volverá a intentar robarlo.
- En cambio, yo creo que no se hace público el cambiazo – dice Ballarín – porque así el Gobierno se quita de en medio la reclamación de Colombia. Si el tesoro lo tienen otros, las autoridades españolas se lavan las manos. Que lo reclamen a los que lo han robado. Vamos, como decíamos en la mili: a reclamar al maestro armero.
- No dicen la verdad porque seguramente piensan que si los ladrones creen que están en posesión de un tesoro como el Quimbaya pueden tratar de venderlo al mejor postor. Y entonces habrá más posibilidades de pillarles – apostilla Ponte.
- Interesantes puntos de vista – les adula Grandal, aunque piensa que las respuestas dadas son más bien disparatadas -, pero siendo sincero no me acaban de convencer. Y de la segunda pregunta, ¿qué tenéis que decir?
- ¿Cuál es la segunda? – pregunta Ballarín.
   Grandal piensa que alguno de sus viejos compañeros comienza a dar muestras de las señales propias de la senilidad, entre ellas la falta de memoria para los hechos recientes. Ahí tiene, como ejemplo, a Ballarín que no recuerda la segunda de las preguntas que hace unos minutos ha planteado. La vuelve a repetir:
- ¿Qué pasaría si se hiciese público que las piezas verdaderas siguen a buen recaudo en el museo? Os doy otros cinco minutos para oír vuestras respuestas.
   Cuando Grandal avisa que ya pasó el tiempo, vuelve a ser Álvarez el primero en levantar la mano.
- Que los ladrones se convertirían en el hazmerreír de todos los chorizos europeos que se dedican al robo de obras de arte.
- Que no podrían vender lo robado a ningún perista o a algún particular – es la respuesta de Ballarín.
- Así a bote pronto, se me ocurre que podrían pasar muchas cosas. Por ejemplo: que quizá hubiese peleas entre los atracadores porque algunos de ellos o los que planificaron el robo se columpiaron de mala manera. Montaron un atraco por todo lo alto para llevarse unas piezas de chichinabo. Además, organizar un robo como el llevado a cabo supone una inversión no solo de tiempo sino también de dinero. Los ladrones habrán tenido que comprar información, pagar a cómplices, hacer viajes, etcétera, y todo el dinero invertido se ha convertido en dinero perdido. A nadie nos gusta perder pasta y supongo que menos a alguien que se dedica a robarla – es Ponte quien vuelve a intervenir.
- Unas respuestas muy agudas – resume Grandal, volviéndoles a pasar la mano por el lomo, aunque, como antes, piensa que las respuestas de los vejetes no son nada del otro mundo y que es Ponte quien ha ofrecido una respuesta que aporta mejores cables de los que tirar -. Por ejemplo, cojamos lo que acaba de plantear Manolo. Supongamos que los ladrones se pelean entre sí por alguno de los motivos que ha apuntado Manolo o por algunos otros. ¿Qué podría pasar en ese supuesto? Os doy otros cinco minutos para que lo penséis.
- Yo no necesito tiempo para darte mi respuesta – se adelanta Álvarez -. Teniendo en cuenta como suelen actuar los aficionados a lo ajeno y como son sus reacciones, estoy seguro que más de uno de los gánster implicados se encontraría con un balazo entre ceja y ceja.
- Yo opino lo mismo que Luís – afirma Ballarín -. Al menos eso es lo que ocurre en las películas. Cuando una banda de hampones la caga porque alguno de sus miembros no ha hecho los deberes, la metedura de pata casi siempre se salda con un tiro en la cabeza o con alguien que va a visitar a los peces, como decían en la serie policíaca de Los Soprano. ¿Os acordáis de Tony Soprano y sus mafiosos como se ventilaban a los que la habían cagado? Pues aquí podría pasar lo mismo.
- Estoy de acuerdo con Luis y Amadeo. Si se llega a saber que lo robado no es ni chicha ni limoná, como dicen los castizos, se podría montar una fiesta fina y no como para lanzar peladillas precisamente. Lo que… - Ponte interrumpe su exposición, parece que su argumentación le ha llevado por otros derroteros -. Oye, Jacinto, se me acaba de ocurrir que si se dijera la verdad de que las piezas robadas no son de ley y se montara una tangana entre los atracadores, eso podría abrir un portillo para nuevas investigaciones sobre el caso.
- Manolo, ¿estás diciendo lo que creo?, ¿qué para resolver el caso lo mejor sería que se hiciese público que las piezas chorizadas no son las auténticas? – repregunta Luís, un tanto perplejo.
   El brillo de los ojos de Grandal vale por toda una respuesta. Sus viejos amigos serán ancianos, pero su caletre se mantiene joven. Veremos, se dice, si en la tormenta de ideas de mañana mis jóvenes colegas están a la misma altura que este trío de viejales.