martes, 23 de agosto de 2016

55. Blanco y en botella



   El martes, veintidós, Grandal y Ponte, llegados el día anterior de su viaje por tierras levantinas, se reúnen con Álvarez y Ballarín para hacer la puesta en común de todo lo que ambas parejas han descubierto en sus desplazamientos. Unos por La Plana y otros por Majadahonda. Indudablemente, la noticia estrella de la reunión es haber descubierto que uno de los sospechosos de manipular las cámaras de seguridad del museo se ha gastado en la adquisición de una plaza de garaje un dinero cuya procedencia es incierta. El dilema que se les plantea al grupo de jubilados que investigan el Caso Inca está en sí contárselo o no a la policía. Las opiniones están divididas, pero ahora se centran en cómo averiguar el origen del dinero pagado por la compra hecha por el sospechoso. En este momento es Ballarín quien argumenta sobre la posible procedencia del dinero:
- Estoy de acuerdo contigo, Jacinto, en que es harto improbable que un tipo que es un asalariado tenga guardadas quince mil leandras en su casa o en la caja fuerte de un banco. Lo más lógico es que las tuviera invertidas en una cuenta a plazo fijo, en un fondo de inversión, en acciones o en cualquier otro activo financiero. Y si así fuera, habría pagado la compra con un talón no con billetes. Lo que nos lleva a deducir que probablemente esos quince mil euros que se ha gastado en la plaza de garaje los tuviera no hace demasiado tiempo.
- Tu razonamiento es impecable, Amadeo – admite Grandal -. Ahora bien, para descartar que esa pasta no la tuviera invertida en cualquier clase de activo bancario tendríamos que conocer los movimientos de las cuentas del tal Adolfo. Y para eso habría que indagar en los bancos con los que trabaja ese fulano.
- Dudo mucho que los bancos nos faciliten una información de ese tipo – apunta Ponte.
- Esa información no se la van a dar a unos jubilados, pero sí a la policía y en el supuesto de que le pusieran pegas, ante un mandamiento judicial los bancos abrirían todos sus archivos – argumenta Grandal.
- Ahora veo a dónde quieres llegar, Jacinto – interviene Ponte -. Has conectado el tema del dinero con el de las tres opciones que planteaste antes. Si te he entendido bien no vamos a tener más salida que informar de lo que hemos descubierto a tus colegas pues ellos sí que pueden investigar los movimientos bancarios del sospechoso.
- Ahí quería llegar. Si no queremos toparnos con un muro que va a ser infranqueable para nosotros, no nos queda otra que informar a los Sacapuntas. Ellos van a llegar a donde nosotros no podemos.
- Uno de mis hijos es subdirector de una importante sucursal de Bankia – informa Álvarez, que ve que por momentos se esfuma la posibilidad de que sean ellos los únicos que sigan investigando al sospechoso -. Podría hablar con él y quizá nos consiguiera los movimientos de las cuentas del Adolfo de marras.
- Ni lo sueñes, Luis – replica Ballarín -. Tu hijo no moverá ni un dedo y no lo hará porque una gestión de esa naturaleza podría costarle el puesto. Mejor que no le digas nada y así evitarás que además de negarse te eche un broncazo.
   No hay mucho más que debatir. El acuerdo al que llegan es que Grandal se reunirá con los Sacapuntas, les contará lo que han descubierto y les rogará que les dejen continuar trabajando en las otras líneas de investigación que siguen abiertas. Por tanto, Adolfo Martínez, el sospechoso de Majadahonda, será investigado por la policía. Todos están de acuerdo en que los posibles errores cometidos con el otro sospechoso del barrio de los Cármenes no deben volver a repetirse.
   Grandal llama a Juan Carlos Atienza y le cuenta que han de reunirse nuevamente. Hay novedades. Deja a su criterio si la reunión debe hacerse con todos los que dirigen la investigación sobre el robo del Tesoro Quimbaya o si va a ser un tête-à-tête. Cuando el excomisario llega al remozado Café Restaurante Lion, muy cerquita de la Plaza Mayor, le están esperando Atienza y el galo Blanchard. Una vez más Bernal, el otro componente del trío, no ha querido validar con su presencia una colaboración que considera espuria.
   El excomisario les cuenta de pe a pa cuanto hicieron Álvarez y Ballarín hasta descubrir la existencia de un dinero cuya procedencia es de dudoso origen. Atienza insiste en saber si en la investigación la pareja de jubilados utilizó métodos indirectos o dio el nombre del sospechoso en cuantos sitios preguntaron. Grandal les da toda clase de garantías de que sus amigos no cometieron esta vez los errores en que incurrieron en el caso de Obdulio Romero. Van aprendiendo.
   Después de un amplio debate, llegan al acuerdo de que Adolfo Martínez será a partir de ahora objetivo de la policía. Los jubilados deberán abstenerse de llevar a cabo ninguna clase de acción referente al mismo. Por el momento, deben centrarse en localizar al patriarca de los García Reyes por si supiera algo del furgón blindado robado.
   Cuando Atienza y Blanchard le cuentan a Bernal el contenido de la conversación mantenida con el excomisario, el policía de la Judicial, aunque a regañadientes, tiene que admitir que el cuarteto de jubilados están descubriendo unas pistas que a ellos se les han pasado por alto. El trío de inspectores inicia una serie de acciones centradas en saber la vida y milagros de Adolfo Martínez desde que le bautizaron hasta el día de la fecha.
   Aunque en el banco en que el sospechoso tiene su cuenta corriente, el BBVA, les pone toda suerte de pegas para informarles sobre los movimientos bancarios de Martínez, ante el amago de que les obligarán a pedir un mandamiento a la juez instructora, la entidad opta por facilitarles los movimientos. En los datos que refleja la cuenta no hay ni un solo apunte que parezca anormal. La columna de los abonos remite únicamente a los sueldos que percibe de su empresa el técnico. En cuanto a los cargos son los usuales en una familia compuesta por los cónyuges y una hija. La rápida gestión por las entidades bancarias próximas donde vive el sospechoso revela que tiene otra cuenta, en este caso se trata de una libreta de ahorro a la vista domiciliada en la sucursal de Caja Duero. La libreta apenas si registra movimientos y tiene un saldo de mil trescientos euros. Pero aquí encuentran un hecho relevante: la esposa del sospechoso alquiló en esa agencia una caja fuerte el ocho de octubre, catorce días antes de que se produjera el robo del tesoro. La caja continúa alquilada y en los dos últimos meses, la señora Martínez ha pedido su apertura en distintas ocasiones. Para abrir la caja la entidad les pide el pertinente mandamiento judicial, petición que los Sacapuntas remiten inmediatamente al juzgado de instrucción.
   La intensificación de la investigación sobre la vida de Adolfo Martínez prosigue descubriendo más datos notables. En un establecimiento de electrodomésticos llamado Zamvas, sito en la Plaza de Colón, lugar cercano a donde vive el sospechoso, les informan que la señora Martínez compró hace menos de dos semanas un frigorífico, una lavadora y un friegaplatos. Un desembolso total cercano a los ocho mil euros. Y una referencia más elocuente: pagó en metálico. Otro dato que descubre la red de seguimiento que la policía ha montado alrededor del sospechoso es que Martínez tiene miedo. De momento, no saben por qué o de quién, pero su comportamiento cotidiano muestra a un hombre que está mirando continuamente a su espalda. Hasta han constatado que antes de subir al coche de su empresa comprueba los bajos del vehículo; lo mismo que hace un individuo que teme que pongan un explosivo en el coche. ¿Por qué un modesto técnico de una empresa de seguridad, que ni siquiera es una de las punteras en su campo, teme que alguien pueda atentar contra su vida? 
   Los componentes del grupo operativo que coordina el Caso Inca van recopilando los datos relativos al sospechoso Adolfo Martínez: compra de una plaza de garaje y de unos electrodomésticos, ambas adquisiciones pagadas con un dinero que ¿de dónde ha salido? Existencia de una caja fuerte alquilada días antes del robo del tesoro, ¿para guardar qué? El sospechoso es un hombre que tiene miedo, ¿de quién o de qué?, ¿por qué va a tener miedo un hombre con un trabajo y una vida tan planas? Las respuestas a estas y otras tantas preguntas de parecido corte, conducen a un solo corolario que, por los datos que se dan, es sumamente claro y lógico y que resume Bernal con una frase tan rotunda como castiza:
- Blanco y en botella.

martes, 16 de agosto de 2016

53. En Majadahonda encuentran una pista



   El día veintiuno de diciembre, mientras Grandal y Ponte regresan de Castellón, Álvarez y Ballarín se han vuelto a reunir para continuar recabando más datos sobre uno de los sospechosos del que tienen escasa información. Se trata de uno de los técnicos de la empresa encargada de la seguridad del Museo de América y que pudo haber saboteado las cámaras. El individuo en cuestión, que se llama Adolfo Martínez, vive en Majadahonda, antiguo pueblín de majadas o lugares donde se recogía de noche el ganado y se albergaban los pastores y hoy convertido en una floreciente ciudad del área metropolitana madrileña.
   La pareja de jubilados se ha citado en el Intercambiador de Moncloa para coger un autobús de la Empresa Llorente con[ZR1]  destino a Majadahonda. Toman el bus 265 que les dejará en pleno centro de la ciudad majariega, en la zona conocida como Plaza de los Jardinillos. Durante el corto viaje, unos veinte minutos, los amigos charlan, como no, de la noticia del día: el desenlace de las elecciones generales.
- ¿Qué te ha parecido el resultado? ¡Vaya desastre! – pregunta y califica al tiempo Álvarez.
- Bueno, más o menos es lo que preveían las encuestas con la salvedad que los de Podemos han sacado más escaños de los que les pronosticaban y los de Ciudadanos bastantes menos – contemporiza Ballarín.
- Lo que no sé es qué clase de gobierno se podrá formar con ese resultado – afirma Álvarez que añade -. Debería gobernar el PP que es quien más votos y escaños ha sacado.
- Debería…, pero quien gobernará será el que más apoyos consiga en el Congreso.
- Si terminan formando gobierno los rojos, los que tú llamas progresistas, que Dios nos coja confesados. Esto puede ser el acabose – pontifica Álvarez.
- Tranquilo, Luis, ya verás como no llegará la sangre al río – le consuela Ballarín.
   La charla da para poco más puesto que el bus ha dejado la Carretera del Plantío y ha enfilado la calle del Doctor Calero, el viaje toca a su fin. Una vez en la ciudad, van paseando tranquilamente por la Gran Vía. Álvarez, que hace años que no ha vuelto por Majadahonda, no deja de asombrarse del enorme cambio que ha sufrido la arteria principal de la ciudad al haberla convertido en una vía peatonal. La calle está llena de establecimientos de toda clase, especialmente de bares y cafeterías que, como si se hubiesen puesto de acuerdo sus dueños, en su primer tramo casi todos los establecimientos están situados en la margen izquierda, mientras que en el segundo lo están en la derecha.
   Hacia el final de la Gran Vía, en la Plaza de Cristóbal Colón, se desvían a la izquierda para llegar a la calle de El Cid donde vive el objetivo. La vivienda del técnico sospechoso está ubicada en una pequeña urbanización denominada pomposamente Parque Residencial de Madrid que está compuesta por dos bloques separados por la calle Cid. Ambos inmuebles están cercados en todo su perímetro. En el que agrupa los números 10 al 16 vive el presunto sospechoso. En principio, lo que hacen es dar una vuelta por la calle Pelayo a la que da el piso en que vive el objetivo, luego por la de Santa Bárbara y finalmente por Vasco de Gama con lo que completan el perímetro de la urbanización. No ven nada que les llame la atención ni ningún comercio idóneo para preguntar.
- Tendremos que volver a realizar la habitual ronda por bares y cafeterías – apunta Álvarez.
   Así lo hacen. Recorren las distintas cafeterías, bares y tabernas que hay en la Plaza Colón y el final de Gran Vía sin obtener ni un solo dato que les pueda servir. Hasta entran en una pastelería cercana a la pequeña urbanización en la que vive el objetivo, llamada Cala Millor, y en la que compran unos suizos.
- ¿Qué tal van las ventas con esto de la crisis? – pregunta Ballarín.
- Depende – responde la dependienta como si fuera gallega.
- ¿De qué depende?
- Del día.
   Y no le sacan una palabra más. Por no dejar piedra sin remover hasta entran en un establecimiento de electrodomésticos que encuentran en Colón.
- Estoy viendo aparatos para equipar el piso que acabo de comprar a mi hijo - explica Álvarez al dependiente que les atiende para añadir -, ¿qué tal van las ventas con esto de la crisis?
   Ninguna añagaza da resultado. Nadie menciona a Adolfo Martínez.
- No vamos a tener más remedio que preguntar al portero – apunta Álvarez.
- Pues sí, pero… esta urbanización está dividida en dos manzanas por la calle Cid, ¿no? ¿Por qué no preguntamos primero al portero de los impares?, así evitamos que nos pueda ver el tal Martínez y le suenen nuestras caras – sugiere Ballarín.
- ¿Y qué le preguntamos al portero? – inquiere Álvarez un tanto escéptico.
- ¿Por qué no le colocamos el mismo rollo que les contamos a los porteros de General Perón?
- Me da en la nariz, Amadeo, que ese pretexto no va a funcionar aquí – replica Álvarez -. ¿Porque no preguntamos algo mucho más lógico?, por ejemplo: qué estamos buscando piso para un hijo que se va a casar y que trabaja aquí.
   La entrevista con el portero del bloque de impares es breve puesto que el hombre les informa que no hay ningún piso a la venta en esa mitad de la urbanización. Ya están marchándose cuando el conserje les sugiere:
- Por qué no miran en la finca de enfrente, había un piso que estaba en venta.
   Siguiendo la sugerencia que acaban de darles, la pareja llama al telefonillo del portero del bloque de los números pares y le dicen que quieren hablar un momento con él.
- Buenos días. Verá, estamos buscando piso para comprarlo o alquilarlo. Es para un hijo que se va a casar y su colega de enfrente nos ha dicho que aquí había uno en venta – se explica Álvarez.
- Sí, señor. Lo había, pero ya está vendido.
- ¡Qué lástima!, porque este tipo de urbanización es lo que anda buscando mi hijo.  
- Pues como le he dicho, de momento no hay ningún piso a la venta. Lo que si hay es una plaza de garaje que se vende o alquila. Hasta hace un par de semanas había dos, pero una se vendió.
   Álvarez y Ballarín se miran, sin decir una palabra se han puesto de acuerdo: cuanto mayor tiempo estén con el portero más posibilidades tendrán de sacarle alguna información.
- Si es tan amable y pudiéramos echar un vistazo a la plaza que resta igual le podía interesar a mi chico. Si no es molestia, vamos.
   El portero coge unas llaves y les invita a acompañarle. La plaza de garaje está en el sótano del bloque número 14 y es francamente estrecha y con un acceso complicado. Cuando lo comentan, el portero está de acuerdo con esa opinión.
- Es cierto, hay que hacer un par de maniobras para poder dejar el coche en su sitio, pero es lo que hay. La otra plaza que estaba en venta es como esa de ahí – y señala una que está ubicada en la vertical de la puerta de acceso al garaje -, es más grande y no hay que hacer ninguna maniobra. Por eso se vendió enseguida.
- Una plaza así, me refiero a la grande, ¿cuánto costaría?, más o menos – tantea Álvarez.
- Hombre, eso es cuestión de tratarlo con el propietario, pero calcule usté que sobre unos quince mil euros o algo más. En esta zona las plazas son escasas.
- ¿Y se puede conseguir a plazos? – sigue preguntando Álvarez muy metido en su papel de padre del presunto comprador.
- Eso también hay que acordarlo con el dueño. La plaza que fue la última que se vendió se pagó a tocateja, por eso el comprador logró una pequeña rebaja.
   Como la cosa no da más de sí, salen del garaje y se dirigen hacia la salida. Antes de despedirse, Ballarín decide gastar la última bala:
- Por cierto, cuando le dije a mi hija Almudena – Ballarín no tiene ninguna hija con ese nombre – que venía a acompañar a mi amigo a ver casas en Majadahonda me dijo que en una de estas urbanizaciones vive o vivía un antiguo compañero suyo de colegio, un tal Martínez.
- ¡Vaya, qué casualidad! La persona que compró la plaza de garaje vendida se apellida precisamente así, exactamente Adolfo Martínez. Lo mismo es ese amigo de su hija.
- ¿Adolfo? No me suena. Si no recuerdo mal el condiscípulo de Almudena - Los vejetes están aprendiendo a dejar el menor número posible de rastros tras ellos – se llamaba Jorge Juan.
   En ese momento, los jubilados están a punto de exclamar: ¡bingo!. La suerte acaba de sonreírles, por primera vez tienen un dato que avala la posibilidad de que el técnico sospechoso haya realizado una operación inmobiliaria que supone la existencia de un dinero que excede en mucho a sus ingresos habituales.
   ¿Será el técnico de seguridad uno de los presuntos cómplices que buscan?

viernes, 12 de agosto de 2016

52. El marido de la portera


   En su viaje al barrio de Cuatro Caminos en pos del empleado del museo sospechoso de ser  cómplice de los ladrones del Tesoro Quimbaya y cuyo domicilio les falta por localizar, Álvarez y Ballarín han visto como su objetivo entra en el número 2 de la calle General Orgaz. Ya conocen donde vive, ahora solo falta recabar más datos sobre la presa. En la vuelta al metro, Ballarín está pensando en cómo cambiará el callejero de esa parte del barrio si algún día aplican a sus calles la Ley de Memoria Histórica. Como ha dicho lo que pensaba en voz alta, Álvarez le pregunta de qué va lo de ligar la Ley de Memoria Histórica y los nombres de las calles.
- Nada, una tontería, pero disimula, Luis, uno de los que está sentado delante de ese portal ¿no es nuestro objetivo? – pregunta Ballarín señalando discretamente a un grupito formado por dos adultos y dos niños sentados en sendas sillitas delante del portal del número 2 de General Orgaz, en una estampa que fue familiar hace años en determinados barrios madrileños, pero que en el siglo XXI, prácticamente, ha desaparecido.
- El mismo en carne mortal – ratifica Álvarez -. ¿Y qué coño hace ahí sentado?
   A todo esto, como han seguido andando por Perón en dirección al metro de Estrecho, han pasado la vertical de la bocacalle de General Orgaz por lo que quedan fuera del campo de visión del grupo. Ballarín se para y mira a su compañero, se le acaba de ocurrir algo.
- Luis, la ocasión la pintan calva. Como a mí ese fulano no creo que me haya visto nunca, voy a acercarme y preguntaré cualquier chorrada a ver si saco algo en claro.
   Y dicho y hecho, Ballarín, en actitud de alguien que no sabe muy bien dónde está, se planta delante del grupito y muy cortés les saluda:
- Buenas tardes y perdonen, ¿serían ustedes tan amables de decirme si aquí viven los señores… Cruzdemalta? 
- ¿Cruz de Malta? – inquiere la mujer sentada junto al empleado del museo.
- Sí, Cruzdemalta, como la conocida cerveza, pero todo junto.
- No, aquí no vive nadie con ese apellido – responde la mujer muy segura de lo que afirma.
- Perdón, pero ¿esta parte de calle es el final de Don Quijote o el principio de General Orgaz? -El cambio del nombre de ese tramo de calle lo ha descubierto Ballarín en una web sobre historia de las calles madrileñas.
- Algo de razón lleva usted – afirma el hombre que acompaña a la mujer y los niños -. Hasta mediados de los años setenta este trozo de calle fue el final de Don Quijote. De hecho, este edificio era el número 98 de Don Quijote, pero luego el Ayuntamiento hizo cambios en el callejero y desde entonces es el comienzo de General Orgaz, concretamente el número 2.
- Entonces, si es el 2 tienen que vivir aquí los señores Cruzdemalta – insiste Ballarín.
- Y yo le digo que no – contesta tajante la mujer.
- Disculpe, pero ¿cómo está usted tan segura?
- Porque soy la portera.
- Ah, perdone – Ballarín, en una interpretación que con menos años le hubiese llevado al Teatro Español, pone cara de descubrir que acaba de meter la pata -. Le pido disculpas, señora. Supongo que me han dado mal la dirección.
- No se preocupe, un error lo tiene cualquiera, pero como acaba de decirle mi señora en la casa no vive nadie con ese apellido – corrobora el hombre que añade -. Lo que puede hacer es cruzar Perón y acercarse al último tramo de Don Quijote y preguntar por allí.
- Muchas gracias, muy amables. No les molesto más. Que tengan una buena tarde; bueno, casi mejor sería decir una buena noche.
   Ballarín desanda lo andado hasta reencontrarse con Álvarez.
- El fulano al que seguíamos es nada menos que el marido de la portera.
- Bueno, otro dato más al zurrón que, además, me huele que nos puede reportar buenos dividendos informativos – asegura Álvarez.
- ¿Por qué? – quiere saber Ballarín.
- Porque a partir de ahora, en lugar de preguntar por el objetivo preguntaremos sobre su mujer. Las porteras suelen ser una fuente inagotable de información, sobre todo de chismorreos y rumores. Saber si ese fulano lleva una vida por encima de las posibilidades de un empleado de tres al cuarto nos va a resultar más fácil indagando sobre su mujer.
- Sabes, Luis, me parece una excelente idea – le adula Ballarín -. ¿Volvemos mañana a por más harina?
- Amadeo, mañana es la jornada de reflexión – le recuerda Álvarez.
- No me jodas, Luis, a estas alturas de la película, ¿tienes que reflexionar sobre a quién vas a votar? – pregunta Ballarín con evidente sorna.
- Pues tenía mis dudas sobre si votar al de la coleta o a los del capullo, pero creo que al final votaré a los míos. Más vale malo conocido que bueno por conocer – admite Álvarez -. Supongo que tú también votarás al PP, ¿no?
- Todavía me lo tengo que pensar. Han incumplido más de la mitad de las promesas que hicieron hace cuatro años. Y si han faltado a su palabra, ¿quién nos asegura que no puedan volver a hacerlo?
- Eso es cierto, ¡pero no irás a votar a los rojos! – le recrimina Álvarez.
- Ya casi nadie dice rojos, Luis. Solo cuatro vejestorios como nosotros. Ahora se les llama progresistas.
- ¡Nos ha jodido mayo, menuda gilipollez! ¿Es qué a los demás no nos gusta progresar? Esos fulanos con tal de no llamarse como lo que verdaderamente son; es decir, comunistas, son capaces de ponerse cualquier nombre. Pero no me has contestado, si no votas al PP, ¿vas a votas a los ro…, a los progresistas?
- Ya te he dicho que lo tengo que pensar. Lo mismo voto a Ciudadanos. El chico ese, Rivera, parece un tío majo y sobre todo sensato. La mayor parte de las cosas que dice están llenas de sentido común – confiesa Ballarín.
- Lo de votar a Ciudadanos es pan para hoy y hambre para mañana. Esos tipos, que están como en tierra de nadie, tanto se pueden aliar con el PSOE como con el PP. Creo que no son gente de fiar – replica Álvarez.
- Mira, Luis, dejémoslo ahí, no vamos a ponernos ahora a discutir sobre a quién votar – concluye Ballarín -. En definitiva, ¿qué hacemos, volvemos mañana o qué?
   Al final, ambos amigos acuerdan pasar de cualquier reflexión y regresar al día siguiente al barrio a ver qué pueden averiguar del marido de la portera de General Orgaz. Resuelven que, en lugar de frecuentar bares y cafeterías como han hecho hasta ahora, tienen que inventar alguna treta para poder preguntar en las porterías de los edificios del barrio sin levantar sospechas. Después de desechar una tras otra, las tramas que se les van ocurriendo se quedan con una que propone Álvarez, que no es ninguna maravilla, pero que puede resultar algo más creíble que cualquiera de las demás. Se trata de presentarse como representantes de una asociación de jubilados - decir que aún están en edad laboral no colaría - que está llevando a cabo un estudio. La finalidad del mismo sería elevar al Ministerio de Hacienda la propuesta de que fuera compatible cobrar la correspondiente pensión de jubilación con el trabajo en una portería hasta los setenta años. Ello supondría alargar la vida laboral de los porteros cinco años sin dejar de percibir la prestación ordinaria de jubilación. Antes de elevar tal petición a las autoridades, la asociación está llevando a cabo una encuesta para conocer la opinión de los actuales porteros. Como la asociación no dispone de muchos fondos, en vez de encargar la encuesta a una empresa dedicada a tales actividades, ha movilizado a sus asociados para que sean ellos los que la realicen. Pese a la endeble consistencia del subterfugio, el pretexto no solo funciona sino que se revela como una fuente inagotable de información sobre la vida y milagros de los porteros del barrio en general y de la portera de General Orgaz en particular. El anzuelo que echa la pareja de jubilados es siempre el mismo:
- No sabe cuánto me alegro de que usted piense así – Siempre dicen lo mismo, piense lo que sea el interlocutor de turno -. Y lo digo porque hay otros colegas que piensan todo lo contrario. Sin ir más lejos, la portera del 2 de General Orgaz es de la opinión que…
   Y como el interpelado en cuestión conozca a la aludida portera, le falta tiempo para contar los mil y un detalles no solo de la actividad profesional de la mencionada sino también de su vida, de la de su marido e hijos y hasta de la parentela. La cantidad de cotilleos, dimes y diretes que se enteran los polis aficionados son como para llenar el suplemento dominical de El País. Tras un primer análisis de tanto cotilleo, llegan a la conclusión de que el marido de la portera no vive en absoluto por encima de sus posibilidades. El único dispendio reconocido, si se le puede calificar así, es que es un merengue a muerte que no se pierde un partido de los que el Real Madrid juega en el cercano Estadio Santiago Bernabéu. Todo lo demás, chismes.