martes, 12 de julio de 2016

43. La memoria puede ser una caja de sorpresas



   Ponte se va reponiendo del pequeño vahído que le dio en la frutería. Tras dar otro chupito al coñac que le han servido responde a la pregunta que le ha hecho Grandal:
- ¿Qué porque quería saber de donde era el dependiente? No os lo creeréis, pero la memoria, al menos la mía, puede ser una caja de sorpresas. Debe ser cosa de la edad porque cuando era joven eso no me pasaba.
- ¿Qué es lo que no te pasaba antes? – sigue preguntando Grandal.
- Que recordara cosas con tanto retraso. Tiene que ser la edad porque si no es así es que no me lo explico – insiste Ponte -. Igual no me creéis, pero me ha vuelto a ocurrir.
- Manolo, hijo, das más vueltas y revueltas que los meandros de un río. No nos tengas en ascuas. Dinos de una puñetera vez que te ha vuelto a ocurrir – reclama Álvarez.
- Pues cuando el dependiente de la frutería ha reñido a los chavales que estaban gritando y armando jaleo, ¿recordáis qué les ha dicho? ¿No? Yo sí. Les ha dicho: a callar o… y con la mano les ha hecho un gesto de darles una torta.
- Manolo, eres como el oráculo de Delfos, hay que interpretarte para entenderte – ironiza Grandal -. Habla en cristiano y di de una jodida vez que has recordado, pero sin metáforas, ni enigmas, ni rodeos.
- Veréis. Cuando ocurrió el robo del Tesoro Quimbaya, el atracador que se dirigió a mí y me amenazó con la pistola solo me dijo tres palabras: a callar o… e hizo el gesto de dispararme. Pues bien, esas mismas palabras las ha repetido el muchacho de la frutería y las ha dicho con la misma cadencia, entonación y el mismo acento que utilizó el atracador.
- ¿Qué quieres decir, que el dependiente de la frutería es el atracador que te amenazó delante del museo? – pregunta un atónito Álvarez.
- No, no digo eso. El dependiente debe tener poco más de veinte años y el que me amenazó era un tío hecho y derecho, además no se parecen en nada. Lo que intento deciros es que, posiblemente, aquel atracador debía ser colombiano porque habló igualito que el ayudante del frutero, con idéntico tono, con el mismo deje, con similar cadencia.
- A ver, Manolo, que eso que estás diciendo es importante. – Grandal se ha puesto serio porque considera que está ante una pista significativa, si es que Ponte no se está quedando con ellos o es una muestra de averiada senilidad -. Tú has tenido que oír en muchas ocasiones hablar a sudacas y concretamente a colombianos, bien en persona o en alguno de los culebrones sudamericanos que ponen en la tele, ¿y nunca te habías dado cuenta hasta hace un momento de que el asaltante que te amenazó hablaba de forma parecida a ellos? Piénsatelo bien antes de contestarme.
   Da la impresión de que Ponte no necesita pensar nada puesto que su respuesta es inmediata.
- Te lo juro, Jacinto, hasta hace unos minutos no había caído en ello, pero ha sido oír las tres palabras que ha dicho el dependiente para que rememorara lo que pasó el día del robo. Recodarás que me ocurrió lo mismo con la atracadora que iba disfrazada de hombre. Cuanto más lo pienso más seguro estoy. El tipo que me amenazó era colombiano o de algún país sudamericano, al menos hablaba como los sudacas. Estoy convencido al cien por cien.
- Si es así, y no pongo en duda que lo sea, estamos ante una pista tremendamente importante y que arroja nueva luz sobre el caso – afirma Grandal.
- Os recuerdo una cosa, habíamos venido a investigar si alguien más, aparte de vosotros, preguntó en la vecindad por la pareja que se han cargado. Y no lo hemos hecho. ¿Lo hacemos o nos quedamos con el nuevo recuerdo del figura? – pregunta Álvarez un tanto molesto por el papel protagonista que otra vez ha tomado Ponte.
- Tienes razón, Luis. Vamos a hacer una cosa, quédate aquí haciendo compañía a Manolo hasta que se reponga del todo, mientras yo vuelvo a acercarme a la frutería y a los bares más cercanos a preguntar. Será cosa de veinte o treinta minutos.
   Ni en la frutería ni en los bares recuerdan que alguien anduviera preguntando sobre los dos vecinos asesinados, por lo que Grandal vuelve presto junto a sus compañeros.
- Nadie recuerda nada. Manolo, ¿te has recuperado?, ¿sí? Entonces vámonos que aquí ya no pintamos nada.
- Os invito a unas birras. Tenemos que hablar.                                   
   Hasta que no han terminado la primera caña, Grandal no toma la palabra:
- Lo he estado pensando y tenemos un problema. Los Sacapuntas nos exigieron que no investigáramos más, pero los cuatro estuvimos de acuerdo en que esa prohibición nos la pasábamos por el forro. Ahora estamos ante un dilema: si les contamos lo que Manolo acaba de recordar y porque ha sucedido supondrá revelarles que no hemos hecho caso de su veto, con lo que su cabreo o algo más lo tenemos asegurado. Si no lo hacemos significará que estamos ocultando datos que pueden ayudar a esclarecer un delito con lo que estaremos conculcando la ley. Mi opinión sobre lo que hay que hacer la tengo clara, pero antes de manifestarla quiero oír la vuestra.
- Si el hecho de no contar lo de Manolo supone ir contra la ley y eso significa cometer una ilegalidad opino que debemos cantar la gallina – se posiciona Álvarez.
- Estoy de acuerdo con Luis – dice Ponte -. Además, cuando los Sacapuntas me interrogaron para que les contara en que me basaba para decir que posiblemente uno de los atracadores era una mujer les prometí que cualquier otro dato que recordara se lo comunicaría inmediatamente. Por consiguiente, yo estoy doblemente obligado a contarlo.
- De acuerdo. Opináis lo mismo que yo. Por tanto, ahora mismo llamo a Bermúdez y le pido que nos facilite una cita con los inspectores del caso.  
   Grandal llama al comisario jefe de Moncloa-Aravaca y le cuenta lo que Ponte ha recordado y como ha ocurrido.
- … y es posible, solo posible, que uno de los atracadores fuera un colombiano.
- Pues éramos pocos y parió la abuela – es lo primero que se le ocurre soltar a Bermúdez -. Solo faltaba en este teatrillo que los colombianos anduvieran por medio. Si eso es así el asunto se puede complicar en extremo. ¿Y qué es lo que pretendes contándome esto?
- Que nos facilites un encuentro con Bernal y Atienza, pero garantizándonos que no la van a montar porque no hayamos hecho caso de su exigencia de que dejáramos de investigar el caso.
   Bermúdez no quiere saber nada de volver a intermediar entre los jubilados y los inspectores del Caso Inca. Está hasta el gorro de que le utilicen como si fuera una Celestina arreglando enredos de enamorados, cuando bastante tiene con los problemas de un distrito en el que entre otros quebraderos de cabeza están los que supone que en el mismo radique el palacete de La Moncloa, residencia del Jefe de Gobierno. Tras un tira y afloja, Bermúdez se explaya:
- Mira, Jacinto, los Sacapuntas están que trinan contra vosotros. Y tú que has sido del oficio tienes que comprenderles. Les habéis dejado en ridículo y eso es algo que no se perdona fácilmente. Tú y tu panda de carrozones habéis conseguido lo que ellos, con todos los medios y apoyos de que les han dotado, no lograron. No me extrañaría que cuando se enteren de vuestra última hazaña traten de que la jueza de instrucción os impute por obstrucción a la justicia o vete tú a saber. Y que a ti, en concreto, se te abra un expediente.
- Anselmo, ¿tengo que recordarte que estoy jubilado? – pregunta con sorna Grandal.
- Sabes que el Reglamento del Cuerpo es tan prolijo que todo o casi todo es posible.
- Entonces, ¿qué me aconsejas que haga?
- Aunque es algo fuera de norma y que, posiblemente, vulnera todos los protocolos, quizá lo mejor es que hablaras primero, y en privado, con Juan Carlos Atienza, es el más dúctil y comprensivo y te entenderás mejor con él que con Bernal. Te voy a dar su móvil, pero cuento con tu palabra de que esta conversación no ha tenido lugar y que su número lo has conseguido por otros medios. ¿De acuerdo?
- Tienes mi palabra, Anselmo, y gracias una vez más. Haré lo posible para que ésta sea la última vez que te molesto.
- Pues que te vaya bonito, colega, pero te aviso: entras en terreno pantanoso.

viernes, 8 de julio de 2016

42. Tres palabras



   Ante la pregunta de Grandal de si están dispuestos a afrontar los riesgos que se puedan presentar si siguen investigando el robo del tesoro, la respuesta ha sido afirmativa. Solo Ballarín no se ha pronunciado. Al ver las caras de sorpresa y hasta de mudo reproche de sus amigos el antiguo ferretero se ve en la ineludible necesidad de justificar su silencio:
- Veréis, si seguir con las investigaciones puede suponer que nuestras vidas o las de nuestros familiares puedan estar en peligro, me lo tengo que pensar. Si fuera solo por mí no habría problema, continuaría, pero no debo ni puedo poner en riesgo a mi mujer, a mis hijos o a mis nietos. La decisión no me corresponde solo a mí, tendría que hablar con ellos.
- Vamos a ver, Amadeo – Grandal se ve en la obligación de delimitar el alcance de los posibles peligros -, en los riesgos a los que me refería no contemplo el supuesto de que vayan a ir por nosotros y menos contra nuestros deudos. Sería una decisión muy arriesgada y con la que no ganarían nada los atracadores y esa clase de malhechores, que están muy profesionalizados, analizan sus operaciones como si fueran una cuenta de resultados, en términos de ganancias y pérdidas. Por tanto, hablar de poner en riesgo a tu mujer, hijos o  nietos es una exageración que no viene a cuento.
- No me jodas, Amadeo – salta Álvarez -. Aquí todos tenemos hijos y nietos. Y algunos, como en mi caso, más que tú. O sea, que esa excusa no vale. Lo que pasa es que hay que tener huevos para seguir adelante y… - Álvarez no termina su frase, en el último momento no ha querido hacer sangre.
- Luis, no comparto tu opinión – le rebate Ponte -. Amadeo tiene todo el derecho del mundo a consultar con los suyos sobre si sigue o no en el grupo. Es su responsabilidad y hasta su deber, como ha señalado. Yo mismo me he planteado si consultarlo con Clarita, pero como sé que me iba a decir que no, prefiero no hacerlo. No me voy a privar de algo que me da tanta vidilla, aunque ello suponga una postura egoísta por mi parte.
- También yo creo que no somos quienes para echar en cara de Amadeo su posicionamiento – afirma Grandal apoyando a Ponte -. Por eso, antes de proseguir las investigaciones, os he preguntado si estabais dispuestos a afrontar los riesgos que puedan sobrevenir, que en ningún caso creo que puedan ser violentos. Dicho eso, también digo que Amadeo tiene todo el derecho del mundo a no arriesgar ni un pelo, como cualquiera de vosotros – y dirigiéndose a Ballarín le dice -. Haz lo que tengas que hacer y no te preocupes por nosotros.
- Amadeo, si sigues nos darás una inmensa alegría, pero si no lo haces continuarás teniendo todo nuestro afecto y nuestra amistad seguirá intacta – afirma Ponte a la par que mira a Álvarez como animándole a que rectifique sus anteriores palabras.
- Suscribo lo dicho por Jacinto y Manolo. Y que conste que nunca he puesto en duda que te sobren redaños para ser el primero de la fila. Y, por descontado, siempre seremos amigos. A estas alturas de la película no estoy dispuesto a cambiar de compañero del dominó, faltaría más – remacha Álvarez.
- Gracias por vuestras palabras, pero me mantengo en lo dicho. Ante el panorama que ha descrito Jacinto no puedo dar mi asentimiento a seguir. Lo tengo que consultar, al menos con mi mujer – reitera Ballarín -. Y ahora, si me disculpáis os voy a dejar, tengo cosas que hacer.
   La salida de Ballarín provoca un molesto silencio en el grupo hasta que Álvarez lo rompe:
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Seguiremos con lo que teníamos planeado, solo que ahora seremos tres. Lo primero que vamos a hacer es volver al barrio de Los Cármenes para averiguar si alguien más que nosotros, sin contar la policía, ha estado preguntando en la vecindad por alguno de los asesinados. Lo de ir al barrio es una decisión un tanto discutible, pero creo que habiendo eliminado a los dos eslabones débiles que vivían allí, a los mafiosos no se les ocurrirá volver por aquellos andurriales.
- ¿Por qué hablas de mafiosos, acaso crees que la mafia está metida en este sarao? – pregunta Álvarez un tanto desconcertado.
- He dicho mafiosos como podría haber dicho atracadores, ladrones o asaltantes, no es más que una forma de hablar – se explica Grandal que añade -. Lo de ir a Los Cármenes es algo que podríamos hacer esta misma tarde. No nos llevará mucho tiempo porque iremos a tiro hecho, nos centraremos en la frutería donde dos vecinas del pobre Romero nos dieron mucha información. Y además entraremos en un par de bares de los alrededores.
- Esta tarde no puedo ir – puntualiza Ponte -. Clarita tiene hora con el ginecólogo y me tengo que quedar con el pequeño.
- Bueno, tampoco pasa nada porque retrasemos esa ronda un día. ¿Os viene bien mañana?
- Por mí no hay problema, pero creo que sería mejor que fuéramos por la tarde. Tantas salidas en días y horas intempestivas para lo que eran mis horarios habituales tienen a mi mujer un poco mosca. Igual piensa que me he echado un ligue. En cambio, si vamos por la tarde tengo la excusa de que voy a la partida de dominó – se justifica Álvarez.
- A mí también me viene mejor por la tarde. Así por la mañana sacaré a pasear a Julito – dice Ponte.
- Pues no se hable más. Si os parece quedamos a las cuatro y media en el desaguace, tomamos un café y en Argüelles cogemos el metro hasta Príncipe Pío para enlazar con el bus que va hasta Los Cármenes – propone Grandal.
   Como habían quedado, los tres componentes que restan del inicial cuarteto de jubilados se dirigen al día siguiente a indagar por los aledaños de la calle San Conrado. Su primera parada es en la frutería a la que Grandal había aludido el día anterior. Nada más entrar el frutero les reconoce y se dirige a ellos pues en ese momento no tiene clientes.
- Vaya, ustedes por aquí. No esperaba volver a verles. Por cierto, ¿se enteraron de la terrible desgracia que le pasó a uno de nuestros vecinos del que estuvimos charlando, a  Obdulio Romero?
- No, ¿qué le pasó? – Grandal, como han acordado previamente, es quien lleva las riendas de la conversación.
- Que lo asesinaron, a él y a un cuñado suyo del que por cierto también estuvimos comentando cosas de su vida. No solo eso – y el frutero baja la voz como si alguien fuera a oírle -, también les cortaron la lengua. En el barrio dicen que esas cosas las hace la mafia. ¿Ustedes qué creen?
- ¡Joder!, que los han pasaportado y además los han mutilado. Eso es muy fuerte. ¿Qué es lo que hicieron esos buenos hombres para que les hayan hecho esa canallada? – pregunta Grandal.
- De cierto no se sabe, al menos la policía no ha dicho nada, pero en el barrio corren rumores de toda clase: que si es un asunto de droga, que si es una guerra entre bandas, hasta hay quien apunta a que como Obdulio trabajaba en el museo ese en el que robaron podría tener algo que ver con ello. Pero de mí para ustedes, yo que conocía a Obdulio y a su cuñado de toda la vida no me creo ni lo de las drogas, ni lo de las bandas, ni lo del robo del museo, para mí que les tomaron el número cambiado y les dieron matarile creyendo que eran otros.
   Han entrado tres adolescentes en la frutería, uno de ellos trae un encargo de compra de su madre. El frutero manda a su joven dependiente, el único que tiene, a que atienda a los chavales, pero estos no hacen más que meter bulla y gritar de tal modo que solo se les oye a ellos, hasta que el retaco ayudante se cansa y les manda que se comporten:
- A callarse o… - y les hace el gesto de darles un cate.
   Es oír esas tres palabras y Ponte se queda lívido, hasta le da un pequeño mareo. El frutero, que no pierde ripio, es el primero que se da cuenta.
- ¿Se encuentra usté bien?, ¿quiere un vaso de agua?, es lo único que puedo ofrecerle.
- ¿Qué te pasa, Manolo, te encuentras mal? – Grandal también se ha dado cuenta del pequeño desfallecimiento de su amigo.
- Tranquilos, debe haber sido una bajada de tensión – se justifica Ponte.
- Pues para las bajadas de tensión no hay mejor remedio que un copazo de coñac. Vamos a ese bar de enfrente, te sientas, te soplas un lingotazo y en unos minutos estás como nuevo – sugiere Álvarez.
   Antes de salir de la tienda, Ponte formula al frutero una pregunta que no parece venir a cuento:
- Dígame, ¿de dónde es su dependiente?
- Es colombiano – y volviendo a bajar la voz para que no le oiga el empleado añade -. Es mucho más barato contratar a un sudaca que a uno del país.
   Sentados en el bar La Competencia tomándose unas copas, Grandal, al que no se le pasa una, pregunta:
- Manolo, ¿por qué querías saber de dónde era el ayudante del frutero?

martes, 5 de julio de 2016

Capítulo 8. El cuarteto no se rinde.- 41. Un silencio inesperado



   Tras la reunión del cuarteto de jubilados con los inspectores que coordinan el Caso Inca y en la que los policías les exigieron que abandonaran sus investigaciones, los cuatro amigos han cambiado de modus vivendi. A partir del once de diciembre y siguiendo la recomendación de Grandal, los viejos metidos a detectives se vuelcan en llevar una vida de auténticos pensionistas. Por las mañanas pasean por el Parque del Oeste, el Paseo de Rosales o por la Senda Verde de la Ciudad Universitaria, la antigua vía por la que transitaba el estudiantil tranvía Moncloa-Paraninfo. Durante las tardes se quedan en sus casas, pasean a sus nietos o van al centro de mayores a jugar al dominó y a charlar. Como anticipó el excomisario, los escoltas que les custodian, y se supone que les vigilan, se aburren como muermos. A los tres días en los que repiten el mismo plan de vida y en los que no sucede nada de particular, sin previo aviso les retiran la vigilancia policial. Al no tener quien les controle vuelven a estar en condiciones de seguir con sus investigaciones.
   Desde hace varios días, Ponte apenas si echa un vistazo a las portadas de los periódicos. Están repletas de noticias sobre las inminentes elecciones generales y el viejo hace mucho que dejó de interesarse por la política. Es consciente de que un ciudadano cabal no debería hacer dejación de sus deberes cívicos porque, como le repite su hija Clara, si no haces política participando en aquellos eventos en los que puedes dejar oír tu voz, como es el hecho de votar, otros la harán y a lo peor en contra de tu ideología e intereses. Lo que le pasa a Ponte es que los años le pesan más que la razón y no se siente con ánimos de seguir de cerca los vericuetos preelectorales en los que abundan más las promesas que las realidades y la demagogia más que las soluciones de los muchos problemas que azotan al país. Como muestra de cuanto acontece, el ABC del catorce de diciembre lleva en su portada un fotomontaje con los cuatro líderes de los partidos que, al decir de las encuestas, tienen más probabilidades de formar un gobierno de coalición puesto que no parece que ninguno de ellos vaya a obtener la mayoría absoluta. El subtítulo que acompaña a la composición reza así: Ciudadanos y Podemos reúnen a miles de simpatizantes en sus mítines centrales, mientras PP y PSOE apelan al voto útil. Ves, piensa Ponte, a ti no te interesa la política ni en los papeles, pero todavía hay miles y miles de españolitos que sí están interesados, tanto que hasta acuden a los mítines que, por otra parte, no sé para qué sirven cuando lo que más influye en la gente es la tele. Queda claro, Manolo, que estás hecho un carcamal, se dice al fin de su monólogo mental. De sus divagaciones le saca el sonido del móvil. Mira la pantalla, es Ballarín quien llama.
- Buenos días, Amadeo. Algo debe pasar para que me llames tan temprano.
- ¿Llamas temprano a las diez y media? Estás de broma. Acabo de hablar con Jacinto, dice que esta tarde en lugar de ir al desguace – Así es como suelen llamar al centro de mayores – nos reuniremos en su casa. Que tenemos mucho que hablar.
   En la reunión en casa de Grandal, éste ha preparado café y Ballarín, siempre detallista, ha traído unas pastas hechas por su esposa. Es lo primero que hacen, tomar café con pastas.
- Si fuéramos ingleses, haríamos lo mismo a esta hora – Son las cinco de la tarde -, pero con té en lugar de café – apunta irónicamente Álvarez.
- Y si fuéramos más castizos de lo que somos, tomaríamos churros en vez de estas pastas tan ricas. Por cierto, Amadeo, dale las gracias a tu mujer de nuestra parte. Sus dulces están de    rechupete – replica Ponte.
   Y así, entre bromas y veras discurre su buena media hora sin que Grandal, el promotor de la reunión, diga una sola palabra del porqué de su citación. Cuando habla es para preguntar:
- ¿Alguien quiere un chupito?
   Ballarín y Ponte se abstienen, el alcohol está contraindicado para los que se medican mucho. Álvarez si acepta el ofrecimiento:
- Yo me tomaría un licor de hierbas.
   Liquidados los cafés, las pastas y los licores, Grandal toma la palabra:
- Antes de entrar en materia tengo que preguntaros: ¿seguís sin notar algún movimiento sospechoso en vuestro entorno?, ¿nadie ha preguntado en la vecindad por vosotros?, ¿habéis detectado si os siguen? En resumen, ¿algún dato o hecho fuera de lo habitual?
   La respuesta negativa es unánime.
- No sabéis cuanto me tranquiliza oír eso. Por mi parte tampoco he notado nada anómalo. Por consiguiente, creo que podemos estar tranquilos por ahora, pero una advertencia: no bajéis la guardia, seguid vigilantes y al menor indicio de algo que huela raro me avisáis ipso facto.
- ¿Tú crees que alguien puede intentar hacernos daño? – aventura Ballarín que se muestra un tanto intranquilo.
- No necesariamente, pero si los que se cargaron al empleado del museo y a su cuñado son los mismos que realizaron el atraco, eso supondría que la banda o parte de ella sigue en Madrid y pueden tener la tentación de silenciar a todos aquellos que se les acerquen de algún modo. Y en ese supuesto, aunque de manera indirecta, podríamos estar incluidos nosotros.
- No acabo de entender lo último que has dicho, Jacinto – se sincera Álvarez.
- Veréis, le he dado muchas vueltas a lo que me dijo Bermúdez, el comisario jefe de Moncloa – recuerda Grandal – y que luego, con otras palabras, repitieron los Sacapuntas. Que es posible, solo posible, que nuestras pesquisas acerca del empleado del museo que vive…, que vivía – La rectificación del tiempo verbal parece que se le atraganta un tanto – en la calle San Conrado hayan sido el detonante que ha podido provocar su muerte y la de su cuñado. Si los atracadores, o algunos de ellos, siguen en Madrid y se enteraron de que por la vecindad iban preguntando sobre Obdulio Romero es posible que decidieran cortar por lo sano y eliminaron lo que podía ser un eslabón débil de su cadena. Si esa hipótesis fuera cierta, y es probable que lo sea, quizás nuestras investigaciones fueron la mecha que provocó el incendio. 
- Pero nosotros no pretendíamos tal cosa, nuestras intenciones eran otras – rebate Ponte.
- Manolo, de buenas intenciones está el infierno empedrado. No es cuestión de que no tuviéramos ninguna intención de causar lo ocurrido, pero ocurrió y lo que está hecho, hecho está y no hay que darle más vueltas. Es algo con lo que tendremos que apechugar.
- Pues la verdad, se me han revuelto las tripas después de lo que acabas de contar – se lamenta Álvarez.
- Si es como lo cuentas, Jacinto, ¿no será mejor que nos olvidáramos del puñetero robo del tesoro y de todo cuanto lo rodea? – inquiere Ballarín.
- Eso sería una cobardía – es Ponte quien responde -. Si como dice Jacinto somos, en alguna medida, responsables de lo ocurrido no es el momento de adoptar la táctica del avestruz y meter la cabeza bajo el ala. Ahora más que nunca tendríamos que seguir adelante, antes lo hacíamos básicamente para no aburrirnos, ahora tenemos una nueva motivación: reparar de algún modo nuestro posible fallo y seguir investigando para que los que han cometido esos asesinatos no se vayan de rositas.
   Unas palmadas suenan en el salón, son las del anfitrión.
- Manolo, chapó. Tu DNI podrá decir que eres el más viejo de los cuatro, pero tu corazón lo contradice, en realidad eres el más joven con diferencia. Precisamente, esa era la propuesta que pensaba haceros: que debemos seguir investigando. Como bien dice Manolo, ahora tenemos más motivos para hacerlo. Y para poner todas las cartas encima de la mesa hay algo que os debe quedar claro, si seguimos con nuestras pesquisas podemos correr riesgos, ¿de qué clase?, no lo sé, pero no hay que descartar ninguno. Por tanto, se impone peguntaros: ¿estáis dispuestos a seguir afrontando los riesgos que ello nos pueda deparar?
- Por lo que a mí respecta ya he dicho cuál es mi postura, adelante – afirma Ponte.
- Seremos mayores – Álvarez nunca dice viejos, siempre utiliza el eufemismo de mayores -, pero nos sobran huevos para enfrentarnos a quien sea. Contad conmigo.
   Hay un silencio inesperado que resuena más fuerte que todo cuanto se ha dicho, el de Ballarín.