martes, 14 de junio de 2016

35. ¡Eureka, la primera pista!




   La sobremesa en el Café del Río se alarga. Ballarín da la impresión de que está realmente interesado en la posible contratación del establecimiento para la primera comunión de una de sus nietas, por eso continúa dialogando con el maitre sobre fechas, número de invitados, precios de menús y el largo etcétera que acompaña a un evento que en España es tan farragoso como puede serlo una boda. Ponte se ha quedado al margen de la conversación, de la que todavía no sabe si por parte de Amadeo va en serio o es solo para dar cuerda al jefe de sala. El diálogo que está manteniendo su amigo y el empleado le lleva a evocar, inevitablemente, su ya lejana primera comunión en la iglesia de su pueblo vestido de marinerito como mandaban los cánones de la época. De aquella memorable jornada dos hechos anecdóticos se le han quedado grabados a fuego: que la sagrada forma se le quedó pegada al paladar y que para despegarla tuvo que meterse los dedos en la boca;  pasó un mal rato pensando en si aquello sería pecado mortal. El segundo hecho, y que todavía parece escuchar hoy, es a su hermano pequeño, casi cuatro años menor que él, tirándole del pantalón y diciéndole:
- Tete, no rompas el traje que madre dice que va a guardarlo para mí – En aquellos empobrecidos tiempos de la posguerra era habitual que las vestimentas de los hermanos mayores las heredaran los más pequeños y más un traje de gala como el de la comunión.
   Manuel deja de pensar en hechos que casi tienen tres cuartos de siglo cuando oye que el maitre le explica a Ballarín que el único problema puede estar en las fechas porque para mayo, el mes álgido de las comuniones, ya le quedan pocos huecos, otra cosa sería si el evento se celebrara en abril o en junio. De pronto, se da cuenta que llevan toda la mañana indagando sobre el empleado del museo que vive en Los Cármenes y allí no lo han hecho. Como su amigo no parece que vaya a hacerlo decide ser él quien lo haga. Es consciente que están lejos de lo que podría considerarse el ámbito habitual de desenvolvimiento de alguien que vive en la calle San Conrado, pero ¿quién sabe dónde puede saltar la liebre?, como siempre repetía su tío Daniel que tenía fama de ser la mejor escopeta de Sevilla la Nueva.
- Señor Ramiro – Así les ha dicho el jefe de sala que se llama -, escuchándoles he recordado que, al igual que le sucede a mi amigo Amadeo, también uno de mis muchos nietos – No es cierto, solo tiene dos – va a tomar la primera comunión el próximo año y, por lo que usted nos está contando, éste sería un sitio ideal para celebrarlo. El mayor problema podría estar en casar las fechas. Hágame un favor, mientras ustedes terminan con los detalles para la celebración de la comunión de la nieta de Amadeo, ¿podría usted facilitarme la relación de fechas en que ya tiene el local comprometido? – Lo que realmente interesa a Ponte no son las fechas, lo que espera encontrar son los nombres de quienes han alquilado el restorán.
   El maitre duda unos instantes, mientras manosea el cuaderno en el que guarda la relación de encargos en firme.
-  No es política de la casa revelar nuestros encargos, pero tampoco lo hacemos cuestión de alto secreto y ustedes parecen gente de fiar - y dicho eso, le entrega a Ponte el cuaderno en cuestión.
   En la primera ojeada Ponte ve confirmada su suposición, junto a las fechas aparecen los nombres de quienes han hecho el encargo. Va pasando nombres que no le dicen nada, hasta que uno de ellos hace sonar un timbre de alarma en su cerebro, le suena pero no sabe de qué. Está dándole vueltas al nombre hasta que recuerda algo. Lleva consigo una libretita roja con un diminuto lápiz, útiles que le aconsejó Grandal; en ella apunta todos los datos, hechos y detalles que descubre en sus pesquisas detectivescas. Pasa una página, otra, otra… Ahí está, Juan Quesada es el nombre del pálpito. No por él, sino porque Quesada es cuñado de Obdulio Romero, el empleado del museo que vive en la calle San Conrado. ¿Qué importancia puede tener esa conexión? ¿Qué puede deducirse de que el cuñado del empleado sospechoso haya contratado toda la terraza del Café del Río para una primera comunión? El dato en sí no parece ofrecer ninguna pista consistente, pero una atenta lectura de la letra pequeña hace aumentar su interés. Dado el número de plazas encargadas, cercano al centenar, el tal Quesada necesitará disponer de toda la terraza. La celebración se realizará el tercer domingo de mayo, en plena vorágine de comuniones. Lo que no le dice nada es el menú elegido, el G-5, así como otras siglas que aparecen en la hoja.
- Señor Ramiro, perdone, solo un par de preguntas. Una es ¿qué clase de menú es el G-5? y la otra, dicho a bote pronto, ¿cuánto podría costarme alquilar la terraza?
- El menú G-5 es nuestra estrella, el más caro de la carta. En cuanto al coste del alquiler de la terraza eso depende, básicamente, de un conjunto de factores. Los cuatro más importantes son: uno, si se alquila la totalidad de la terraza o solo una parte; dos, el tipo de menú elegido; tres, el número de invitados y cuarto, de que mes se trate. A esos capítulos habría que añadir otros complementarios tales como la clase de decoración, si se quiere música en directo o enlatada, si se va a hacer un reportaje fotográfico, si se contratan animadores infantiles, si los regalos-recuerdos los facilitamos nosotros, etcétera, etcétera.
- Supongamos que pretendo alquilar toda la terraza, que el menú elegido es el G-5, que los invitados son cien y que el mes es mayo – precisa Ponte.
- ¿Y los elementos complementarios? – quiere saber el maitre.
- Los necesitaría todos. La comunión de un nieto solo se da una vez en la vida.
- Habría que hacer números – de pronto, el empleado se ha vuelto cauto.
- Por supuesto, pero dígame una cifra aproximada, ¿tres, cuatro, cinco mil euros?
   El maitre esboza una sonrisa pelín irónica.
 - A vuela pluma le diría que estaríamos hablando de una cifra que podría superar los veinte mil.
- ¿Veinte mil euros? – repite Ballarín, escandalizado, que ha seguido atento las preguntas de su amigo y las explicaciones del empleado.
- Tengan en cuenta – justifica el maitre -que solo el precio del G-5 para un centenar de personas estará rondando los once mil euros. Si a ello le añadimos todo lo demás, el monto final no estaría muy lejos de la cifra que les acabo de dar y hasta es posible que la supere.
- Gracias, señor Ramiro. Por el momento me bastan con esos datos – agradece Ponte.
   ¡Veinte mil eurazos! Es mucha pasta para derrocharla en una primera comunión, salvo que te sobre el dinero, piensa Manuel. No sé a qué se dedica el tal Quesada, se dice Ponte, habrá que investigarlo. Razón tiene Grandal cuando insiste que uno de los rastros que más datos terminan revelando son los que deja el dinero.
   La charla entre Ballarín y el maitre va concluyendo. Tras mucho tira y afloja, parece que ambos interlocutores llegan a un acuerdo, a reserva de la última palabra que será la de los padres de la neófita.
- ¡Cuántos sacrificios se hacen por los nietos! – exclama Ballarín que, al darse cuenta de que su frase es un poco exagerada, la matiza -. Aunque en este caso, solo es un sacrificio monetario y el dinero está para eso, para gastarlo.
-  Y bien cierto es don Amadeo – corea el empleado adulándole.
- ¡Lo que hace uno por los hijos o por los nietos! – Ponte se suma al laudatorio sobre los vínculos familiares.
- Fíjense, lo que para alguna gente supone la familia – comenta el maitre que también quiere poner en valor la importancia del núcleo familiar - Aquí vemos ejemplos de toda clase de familias. Desde las que se llevan fatal a las que ni siquiera se llevan. Aunque, afortunadamente son más las situaciones que podríamos calificar de ejemplares. Hablaba antes don Manuel de lo que se puede llegar a hacer por los hijos o por los nietos, pues bien hay personas que hacen lo imposible por familiares que ni siquiera son de consanguinidad directa. Un ejemplo: el cliente que ha contratado toda la terraza en el tercer domingo de mayo para una comunión no es ni el padre ni el abuelo de la criatura, solo es tío suyo.
- Ese tío tan generoso se llama Juan Quesada, por un casual – Es el tiro no tan a ciegas de Ponte.
   La cara de asombro del maitre vale por toda una respuesta.

viernes, 10 de junio de 2016

34. Almorzando en el Café del Río



   Cuando Ponte abre su ordenador en el ángulo inferior derecho aparece la fecha del cuatro de diciembre. Hoy toca ojear El País. La mayoría de las noticias de la portada son alusivas, como no podía ser de otra manera, a las inminentes elecciones generales. Arranca la campaña más plural y abierta de la democracia es el primer titular. Y al lado la foto del todavía Presidente del Gobierno en la noche del inicio de la campaña. Marianito, se dice el viejo, te van a dar más palos que a una estera. De todos los demás titulares el que más le llama la atención es una encuesta que el diario titula así: El PP ganará, pero quedará en manos del Ciudadanos, según el CIS. Si pasa eso habrá que ver la cintura de los populares para pactar, piensa Ponte. Quizá no fuera un mal resultado, al menos no tendrían que negociar con los trabucaires insaciables de los nacionalistas como ha ocurrido en anteriores legislaturas. Lo que no acabo de creerme es que el PSOE tenga tan malos resultados cuando medio país se considera de izquierdas, si no que se lo pregunten a mis hijos. También concitan su atención dos noticias sobre Venezuela: El chavismo amenaza con la “lucha en las calles” si pierde las elecciones y El 85 % de los venezolanos no está satisfecho con la situación del país. Ves, se dice, a donde lleva la demagogia populista, a la pobreza y al caos, pero lo más chocante de esos demagogos de pacotilla es que se declaran demócratas mientras ostentan el poder y cuando lo pierden pretenden recuperarlo al precio que sea, si es necesario a balazos. Espero que esto no llegue a suceder nunca aquí, sería volver al 36.
   Ponte se levanta pronto. Ha quedado con Ballarín en volver a la zona de Madrid Río a investigar al empleado del museo que vive en el barrio de Los Cármenes y que es uno de los sospechosos de haber manipulado las cámaras. Como había prometido, el bueno de Amadeo le recoge con su coche para que no tengan que viajar en bus.
- ¿Dónde piensas dejar el coche? – pregunta Ponte.
- Me ha dicho mi yerno, que es un forofo del Atleti y se conoce bien los alrededores del Calderón, que por esa zona hay una calle, la Vía Carpetana, en la que suele haber sitio salvo los días en que hay partido.
- ¿Y eso queda lejos?
- No, según Google Maps a cinco minutos del río.
   La Vía Carpetana resulta ser una calle con una pronunciada pendiente y que, en efecto, tiene muchos huecos para aparcar y, además, no es zona azul. Allí dejan el coche y van andando hasta el bar La Competencia, en la esquina de San Conrado con la ribera del río, donde toman el primer cafelito del día.
- ¿Le volvemos a preguntar a ese fulano? – pregunta Ballarín señalando al barman -. A ver si hoy está más charlatán que ayer.
- No vale la pena, no le vamos a sacar nada – opina Ponte.
   El día anterior ya comprobaron que en las riberas del río en dirección sur no hay ni un merendero donde preguntar, al menos hasta la suave curva con la que el río parece querer abrazar el estadio que inicialmente se llamó Manzanares, pero que desde mil novecientos setenta y uno lleva el nombre de un antiguo presidente del Atleti, Vicente Calderón. Estadio al que, según la prensa y si la política no malbarata el proyecto, le quedan pocos años de vida.
   La pareja de detectives aficionados sigue orillando el río hacia el norte. En la Cafetería de la Presa número 6 no está el correturnos del día anterior, pero el camarero habitual tampoco les aporta nada. Lo mismo ocurre en todos los bares y merenderos en los que paran. Siguen su paseo, sobrepasan el Puente Oblicuo y llegan al Paseo de la Ermita del Santo; allí, a la altura de la Sala Riviera, una popular sala de fiestas que está en la otra orilla, hacen una pequeña parada para descansar. Cuando han recobrado fuerzas siguen lo que en vez de un paseo se está convirtiendo en una caminata y sobrepasan el Puente de Segovia. En el siguiente tramo les llama la atención un edificio ante cuya puerta hay una larga cola de personas.
- ¿Qué deben regalar ahí? – pregunta Ponte por decir algo.
- De regalar, nada. Ni siquiera esperanza – contesta Ballarín.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque es la Oficina de Empleo de Madrid Puerta del Ángel. Y no dan nada, ni siquiera ofrecen la esperanza de encontrar un trabajo – se explica Ballarín.
- Amadeo, eres como la Enciclopedia Británica, no hay cosa que no sepas – se admira Ponte.
- Es mucho más simple que eso. Antes de venir he visitado la web de Google Maps de la zona y allí está todo. Mira, ahí a la izquierda está el Reino del Agua, es un local para fiestas, celebraciones y eventos de esa clase. ¿Crees que deberíamos preguntar?
- ¿En un lugar así? No creo. Lo que debemos hacer es volvernos o buscar un restorán o cafetería donde comer o, al menos, tomar un piscolabis. Son cerca de las dos y mi estómago empieza a gruñir.
- Estamos llegando a la conexión de la Cuesta de San Vicente y el Paseo del Embarcadero,  ahí mismo hay un restorán, el Café del Río, donde podemos tomar algo. He leído que no se come mal y tienen un menú bastante barato.
- Pues sea. Ya está bien de arrastrar los pies. Ahora entiendo el por qué alguna vez le oí decir a Jacinto que la mejor arma de un policía es un buen par de botas.
   El Café del Río, que en su web se anuncia como la mejor terraza de Madrid, tiene buena pinta. No comen en la publicitada terraza porque allí el precio del menú es algo mayor. Un obsequioso maitre les ofrece la carta en la que va una hoja aparte con el menú del día.
- Oye, pues no está mal – opina Ponte.
- Ya te lo dije. Y todo por 10,90 incluido el pan, la bebida y café o postre.
   Ballarín pide de primero unas lentejas estofadas y de segundo secreto ibérico a la parrilla. Ponte se pide berenjenas rebozadas con miel, de entrante, y merluza en salsa verde de plato fuerte. Entre plato y plato se acerca el maitre.
- ¿Todo bien? – pregunta rutinariamente.
- ¿Puedo cambiar el café por un poleo con menta? –pide Ponte.
- Faltaría más, señor.
   Ballarín ha tomado al entrar un folleto de propaganda del establecimiento en el que, además  de publicitar su terraza, se dice que el restaurante nace con el fin de ampliar la oferta gastronómica de la zona de Madrid Río y que cuenta con un espacio multifuncional y una infraestructura audiovisual y de sonido que hará que los eventos superen las expectativas de los asistentes. En la sección de últimas noticias de la web se informa de las primeras comuniones para el 2016, de un speed run y de las cenas de Navidad. Cuando están tomando el café y el poleo con menta, vuelve a acercarse el maitre para preguntar, una vez más, si todo está bien, ocasión que aprovecha Ballarín para pedirle que si puede ampliarles la información sobre lo de las comuniones para el próximo año.
- Es que tengo una nietecilla que hará su primera comunión el año que viene. Les he dicho a sus padres que la comida de celebración la pago yo y estoy buscando restaurantes que ofrezcan un buen servicio y precios asequibles – se justifica Ballarín.
- Está usted en el sitio adecuado señor… - El maitre deja en el aire el final de su frase en una clara invitación a que la complete su interlocutor.
- Ballarín, Amadeo Ballarín.
- Encantado, don Amadeo. Permítame explicarle que lo más importante para nosotros es la atención personalizada a cada uno de nuestros clientes de principio a fin – el maitre hace su explicación con el tonillo del que lo ha repetido infinidad de veces -. Por eso, en el Café del Río ayudamos al cliente a diseñar y organizar la comunión de su hijo o hija, en su caso de su nieta, con un toque especial, cuidando hasta el último detalle para que los padres y demás familiares e invitados solo tengan que preocuparse de disfrutar.
   Mientras está oyendo como en sordina al servicial empleado, Ponte está pensando que podría ser una buena fuente informativa si el sitio estuviera más cerca de donde vive el sospechoso de la calle San Conrado. Y también cavila sobre lo complejo que resulta investigar, sobre todo cuando no se puede abordar de manera directa a los posibles informantes. Hay que preguntar como al desgaire y siempre dando tantos rodeos que en muchas ocasiones las respuestas no tienen nada que ver ni con lo que preguntan ni con lo que les interesa saber. Lo de ser detective no es tan fácil como lo pintan en la tele, ni mucho menos.