domingo, 24 de abril de 2016

*** Guía para seguir “El robo del Tesoro Quimbaya”




   Ha sido una lectora del blog quien me ha llamado la atención sobre algo que faltaba en la publicación de “El robo del Tesoro Quimbaya”. A diferencia de las anteriores novelas, “Apartamento con vistas al mar” y “La pertinaz sequía”, en ésta no existía una página secundaria con la guía o índice de personajes, lugares y entidades de la narración. Sencillamente, lo había olvidado. Mi memoria ya no es lo que fue.
   Reparo el olvido y hoy mismo cuelgo en el blog la citada guía. Se encuentra en la parte derecha donde pone Páginas. Si se pincha en la guía aparece la relación de personajes por orden alfabético de apellidos. Tras cada nombre hay una somera descripción de quién es cada uno.
   Asimismo, incluyo los lugares y entidades más importantes de la novela que están ordenados por la inicial de su nombre, a lo que añado una breve explicación de su situación o su función.
   Puesto que la historia se publica en forma de novela por entregas, esta guía puede resultar una eficaz herramienta para no perderse a lo largo de los distintos episodios.
   A medida que vayan surgiendo nuevos personajes los iré incluyendo en la guía.
   Espero que esta guía ayude a seguir mejor el desarrollo del relato.

viernes, 22 de abril de 2016

20. Les debo una y es hora de pagársela



   En la conversación que están manteniendo los cuatro jubilados para convencer a Grandal de que les lidere para investigar el robo del tesoro, Ponte, que era quien hablaba, ha hecho una pausa para beber agua lo que supone un pequeño lapso de tiempo que aprovecha Grandal para cavilar sobre como rechazar la propuesta que le están haciendo sin ofender a sus ancianos amigos, Álvarez para mordisquearse las uñas y Ballarín para tomar el relevo del decano del grupo y completar el esfuerzo común para convencer al excomisario.
- Mientras Manolo se refresca, te diré que una actividad fuera de lo acostumbrado en nuestras rutinarias vidas sería iniciar una especie de investigación paralela del suceso de marras. Y déjame que conteste algunos de tus anteriores interrogantes. ¿Qué es una propuesta descabellada? No lo niego. ¿Qué el caso lo está investigando la policía? Por supuesto, pero nosotros no queremos suplantarla, nuestra investigación sería más un juego, un entretenimiento que otra cosa. ¿Con qué equipo contarías? Aquí tienes tres ayudantes, es evidente que ninguno somos el doctor Watson, pero entusiasmo no nos falta. ¿Qué así no llegaremos muy lejos? Eso lo damos por descontado, pero nuestro objetivo no es tanto resolver el caso, sino pasárnoslo bien. Anda, Luis, sigue tú, así participamos todos.
- Sigo con las respuestas a tus preguntas – Álvarez toma el relevo de sus colegas -. ¿Cómo obtendríamos información? Para la general, hoy día está todo en internet y a Amadeo y a mí no se nos da mal navegar por la red. Para obtener información concreta sobre el caso hay que investigar y para ello tú eres imprescindible. Y no necesitamos ninguna financiación porque no vamos a ir al extranjero, lo que no consigamos desde nuestras casas lo dejaremos correr. En cuanto al apoyo informático, quizá no lo sepas, pero Amadeo y yo hicimos un curso sobre informática en el programa para mayores de la Universidad Carlos III y, como he dicho, nos bandeamos muy bien en la red.
- Jacinto, como ves, lo hemos pensado todo; bueno, casi todo – Ponte retoma la palabra -. Si te niegas a formar parte del grupo lo entenderemos y… lo sentiremos, porque sin ti somos conscientes que este plan no tiene viabilidad. Eres el único que sabe investigar, que tiene experiencia policial y que conoce cómo enfocar el asunto. Tú tienes que ser el director, el líder, quien nos guie en una materia de la que el resto solo sabemos lo que hemos leído en la literatura policíaca o en las series que dan en la tele. Tuya es la última palabra. Si dices que sí, nos darás un inmenso alegrón, si tu respuesta es negativa, no te vamos a poner mala cara, lo prometemos y, por supuesto, seguirás siendo titular de pleno derecho en el dominó.
   Grandal entrecierra los ojos como para concentrarse en la última parrafada de Ponte. Ahí los tiene, un octogenario y otros dos que van en camino, mirándole expectantes esperando su decisión. Un recuerdo de su infancia le viene a la mente: la carita ilusionada de su hermano menor cuando su padre le regaló la equipación completa del Real Madrid, que era el club de sus amores. Y vuelve a recordar que, seguramente, él pondría la misma cara de alegría cuando los Reyes Magos le trajeron su primera bici. Ahí los tiene. De pronto, no sabe si por esos recuerdos de un tiempo muy añejo o porque les ha cogido cierto cariño a sus carrozas amigos, resuelve dar un cambio insospechado a su postura, va a seguirles la corriente. Está convencido que el juego durará poco, que se cansarán en cuestión de días o quizá de semanas, pero se cansarán. También hay otro motivo que le induce a no romper la baraja, es algo que nunca ha contado a los vejetes ni piensa hacerlo. Cuando se jubiló comenzó a jugar al dominó, juego que no practicaba desde que ascendió a inspector. Al principio lo hizo en un club de policías retirados hasta que tuvo que abandonarlo tras tener varias broncas con otros socios, en la última de ellas la cosa se saldó con algo más que palabras. Terminó recalando en el casino militar, pero nunca se encontró a gusto entre los uniformados, le daba la sensación de que siempre le miraban de reojo. Un día se acercó al Centro de Mayores de Moncloa que está cerca de su domicilio a ver si encontraba partida. De entre las mesas de la sala de juego surgió una voz que pronunció su nombre:
- Grandal, Jacinto Grandal – Al pronto, al viejo, casi un anciano, que le había llamado no lo reconoció, pero en cuanto se acercó lo identificó enseguida.
- Manolo Ponte, dichosos los ojos. ¿Cuántos años hace que no nos vemos?
   Ponte le presentó a sus otros compañeros. Una de las primeras preguntas que le hicieron fue ¿te gusta jugar al dominó? Precisamente estaban a falta de un jugador para completar el necesario cuarteto del juego por parejas. Desde ese momento habían transcurrido ya más de tres años y hasta el presente, pullas de los ganadores aparte, nunca habían tenido el menor roce. Sí, les debo una y es hora de pagársela, se dice.
- Bueno, me habéis convencido. Os ayudaré, pero…
   El pero de Grandal es ahogado por las palmas del terceto. Algunos de los viejos del centro se vuelven, curiosos, a mirarlos y hay uno que les grita:
- ¿Qué pasa, alguien se ha quedado a cero?
- Os ayudaré – retoma la palabra Grandal -, pero con condiciones. Una es que no haremos nada que pueda interferir o perjudicar la labor de la gente que lleva la investigación. Otra es que si llegásemos a descubrir algún dato que la policía desconozca lo pondremos inmediatamente en su conocimiento. La tercera atañe al grupo, en el momento en que vea el menor atisbo de aburrimiento o de cansancio en cualquiera de vosotros dejaremos el juego. ¿Alguna duda?
   La respuesta de los tres entusiasmados jubilados es unánime.
- Gracias, Jacinto – Ponte sigue arrogándose el papel de portavoz del terceto -. No te arrepentirás de tu decisión.
- Bien, pues queda constituido el grupo de investigación parapolicial del Caso Inca. Y la primera cuestión que pongo sobre el tapete es que si queremos hacer las cosas medianamente bien hemos de buscar un lugar adecuado para reunirnos, esta sala vale para el dominó pero no para nuestras nuevas tareas. Luis, tú que conoces a la administración de este desguace – Así es como suele llamar Grandal al centro de mayores -, ¿sabes si nos podrían facilitar una salita aunque fuera pequeña, pero solo para nosotros?
- La gestión que planteas ya la hice con resultado negativo – contesta Álvarez, demostrando con ello que los viejos van por delante de Grandal, y añade -. La cuestión de dónde reunirnos la hemos tratado y después de estudiar varios posibles lugares como centro de reunión, llegamos a la conclusión de que tendría que ser en uno de nuestros domicilios. Y ahí siguen los problemas. Quien tiene la casa más espaciosa es Amadeo, pero su mujer ha dicho que de reunirnos allí ni soñarlo. En mi casa tenía una habitación libre bastante grande, pero desde que se separó la ocupa mi hijo José Antonio. En cuanto al apartamento de Manolo ya sabes que es minúsculo y no podríamos movernos con soltura. Amadeo ha propuesto una alternativa: que nos reunamos en el chalé que tiene en Villaviciosa de Odón, pero eso supone tener que coger los coches para desplazarnos hasta allí.
- Bueno, pues de momento, y provisionalmente mientras no encontremos algo mejor, podemos reunirnos en mi piso – ofrece Grandal -. Lo cierto es que está hecho una pocilga, pero todo será cuestión de coger la fregona y el cubo y hacer una limpieza general.
- ¿Y dónde vives? – pregunta Amadeo.
- Aquí al lado. En Benito Gutiérrez. ¿Sabes dónde está el Polideportivo de los Sagrados Corazones?, pues enfrente.
- Pues no se hable más, queda formalmente constituido el grupo parapolicial de los carrozones al que le va a tocar el honroso honor de descubrir a los mangantes que robaron el Tesoro Quimbaya. Bueno – matiza Ponte con una sonrisa burlona -, al menos que lo va a intentar.
- Manolo, eres un pico de oro. Tendrías que haberte metido a político – remacha Álvarez medio en serio, medio en broma.
- Quita, quita, que yo lo que pretendo es encontrar a unos chorizos y no formar parte de ese gremio – es la vitriólica respuesta de Ponte.

martes, 19 de abril de 2016

19. Sería divertido investigar el robo



   La portada del dieciséis de noviembre de ABC no podía ser otra después de los atentados yihadistas de París de la semana anterior, se ven dos policías apostados en la esquina de una calle parisina. Su titular también es significativo: París no descansa. Desde luego, estos fanáticos no van a parar de jodernos hasta que alguien se eche la manta a la cabeza y se líe la enésima guerra en el medio oriente, se dice Ponte. Y vuelve a pensar en lo que para él se ha convertido en una idea fija: que a los musulmanes les haría falta un Lutero que llevara adelante una profunda reforma religiosa en el islam, como fue la protestante, y hasta que tuvieran una contrarreforma. Hasta que no ocurra eso o algo parecido, piensa, sus facciones más radicales seguirán causando esas masacres absolutamente inhumanas e injustificadas.
   Mientras el viejo termina de leer la prensa del día, la policía continúa sus investigaciones sobre el Caso Inca. En la reunión de ese lunes, de lo primero que Atienza informa a su compañero de equipo es que Blanchard se ha vuelto a París. Le puso un mensaje comunicándoselo. No sabe cuándo regresará.
- ¿Alguno de los que han caído es familiar del franchute? – se interesa Bernal.
- No, pero al parecer le necesitan en su servicio.
- No me extraña, les harán falta todos sus efectivos porque un atentado de esas características ha de tener muchos flecos que investigar – y Bernal añade -. A esos fanáticos habría que pasarlos a todos por la piedra.
- El problema es ¿dónde encontrarlos y, sobre todo, cómo diferenciar los creyentes no violentos de los radicales? La mezquita de la M-30 se llena todos los viernes de musulmanes que van a cumplir con sus preceptos religiosos, ¿todos los que allí rezan son yihadistas? Es uno de los muchos problemas que presenta esta nueva clase de terroristas, diferenciar los que lo son de los que no – opina Atienza.
- No niego que el problema sea peliagudo, pero habría que actuar de forma más contundente de lo que se lleva a cabo. Los países occidentales somos demasiado remilgados con los fanáticos, y no solo con los islamistas sino con toda clase de radicales – sostiene Bernal.
- Se ha vuelto a repetir algo parecido a lo que tuvimos aquí el 11-M – recuerda Atienza.
- Con una diferencia que señala la idiosincrasia de cada país. Aquí, explotaron trenes que transportaban currantes. Allí, han tiroteado a gente que se estaba divirtiendo en restaurantes y salas de fiestas – discursea Bernal.
- ¡Y qué más da! Sea gente que va al trabajo o esté divirtiéndose son ciudadanos que no hacen mal a nadie ni van contra nadie. Y como esta charla no conduce a nada, será mejor que retornemos a nuestro curro. ¿Novedades? – inquiere Atienza, más retóricamente que otra cosa porque sabe tan bien como su colega que no hay ninguna.
   Al día siguiente que los inspectores del Caso Inca constataban, otra vez, que sus pesquisas no conducen a buen puerto, el único testigo de dicho caso y sus compañeros de dominó se juntan en el Centro de Mayores de Moncloa, frente al Parque del Oeste, para su bisemanal partida. Una vez la han concluido, Ballarín reclama la atención del grupo, ha traído algo que quiere enseñarles. Saca de una vieja cartera de mano un cuadernillo anillado de cubiertas de plástico lleno de recortes de prensa recopilados por riguroso orden cronológico.
- ¿Qué demonios es esto? –inquiere Álvarez.
- Es cuanto he ido recogiendo del robo del Museo de América. Como veréis está casi todo lo que ha publicado la prensa madrileña, desde las primeras noticias hasta lo último que ha salido. Incluso tengo grabado en un pendrive algunos reportajes de los que se han emitido en televisión, entre ellos la entrevista que le hicieron a Manolo. El lápiz no lo he traído, pero está a vuestra disposición.
- ¿Y para qué nos lo enseñas? – quiere saber Grandal.
   La callada por respuesta a su pregunta y, sobre todo, las delatoras miradas de sus compañeros de dominó molestan al excomisario que, por un momento, siente la tentación de dar un portazo y largarse. Lo piensa dos veces y se dice que no puede actuar como un adolescente y coger una rabieta ante la actitud de unos viejos que, no cabe duda, se han vuelto seniles. En su lugar opta por explicarles al trío las muchas contradicciones que encierra su proposición de investigar el robo del tesoro.
- No quiero ofenderos, pero creo que decididamente habéis perdido una gran parte del sentido común. Porque si esos recortes de Amadeo forman parte de vuestra descabellada idea de que juguemos a policías en el robo del furgón blindado, es una muestra patente de que el riego sanguíneo de vuestros cerebros está teniendo graves problemas. ¿Habéis pensado en lo descabellado de vuestra propuesta? ¿Pretendéis que investiguemos un caso que ya lo están haciendo mis compañeros en activo? ¿Con qué equipo contaríamos? ¿Cómo podríamos obtener información? Es más que posible que en este caso esté involucrada alguna banda extranjera, ¿quién nos financiaría los viajes al extranjero? Ahora, se hacen muchas investigaciones vía internet, ¿dónde está el equipo informático necesario? Bueno, y podría estar planteando preguntas hasta el año que viene. Preguntas para las que ninguno de vosotros tiene respuestas. O sea, que tengamos la fiesta en paz y dejaros de chiquilladas porque si no lo hacéis tendré que causar baja como miembro titular de esta partida – termina su parrafada con una sonrisa como para restar acritud a sus palabras.
   Manuel Ponte, que como decano del grupo suele ejercer de componedor, es quien responde a Grandal:
- Mira, Jacinto, todo cuanto acabas de decir es más cierto que el hecho de que continuamos instalados en la puñetera crisis. Lo que ocurre es, en buena medida, culpa nuestra porque hemos sido muy torpes al explicarte esta propuesta, idea o como quieras llamarla. No hemos sabido hacerlo mejor y tú tampoco nos has ayudado mucho que digamos porque te has echado al monte a las primeras de cambio. Lo que te pido ahora, lo que te pedimos – rectifica el verbo mirando a Ballarín y Álvarez -, es que nos dejes contártelo con tranquilidad y que nos escuches con ánimo sereno en la seguridad de que si después de esta charla sigues negándote a secundar el proyecto no volveremos a hablar de ello. ¿Te parece bien?
   Aceptada la proposición por Grandal, Ponte le explica lo que han tramado:
- Antes que nada has de saber que esto es cosa de los tres y que la idea nació cuando conté lo de la película Arrugas. El motivo principal y que es el motor de este plan es que nosotros, tú incluido, si algo tenemos en abundancia es tiempo, tanto que en la mayoría de días nos aburrimos como ostras por no saber qué hacer. Lo habitual es que malgastemos horas y horas, apoltronados en un sillón, viendo en la caja tonta programas que en realidad ni nos gustan ni nos interesan. O con tal de escaparnos de nuestras tristes y solitarias casas, es tu caso y el mío, nos sentamos en la barra de cualquier bar de mala muerte bebiendo más de lo que nuestros maltrechos hígados pueden soportar – nada más decir esto Ponte se muerde los labios porque sabe que es lo que suele hacer Grandal, pero continúa con su explicación -. O seguimos matando el tiempo dando interminables paseos a pie o usando nuestras tarjetas de transporte público, yendo a sitios que nos importan un rábano. Dos veces a la semana echamos unas partidas de dominó y poco más. Ahí terminan nuestros esparcimientos. Por eso se nos ha ocurrido que una gratificante manera de darle vidilla a tanto tiempo muerto y aburrido es hacer algo fuera de lo habitual como investigar el robo… Dejadme beber que cuando hablo mucho se me seca la garganta – pide Ponte.
   Mientras Ponte bebe, Grandal está pensando: o sea, que estos tres carcamales creen que para no aburrirse hay que jugar a policías y ladrones o algo parecido. Pues están listos si cuentan que me van a meter en ese disparate. Definitivamente, tendré que buscarme otros compañeros de dominó, pero algo tendré que responderles, aunque ¿qué tendría que hacer para negarme a su extravagante petición sin molestarles demasiado?